PSICOLOGÍA BÍBLICA (III)
CAPÍTULO III
LOS EFECTOS DE LA
PREOCUPACIÓN
Para el cristiano la preocupación no es loable. Y los
resultados de la preocupación son casi innumerables. Si a la preocupación se le da un poco de
apoyo crece hasta hacerse una costumbre que roba casi todo lo que vale la pena.
Las primeras cosas que caen presas de la preocupación pertenecen al reino de la
felicidad, placer y disfrute. Cuando existe una preocupación demasiado ansiosa,
desaparece la capacidad de disfrutar de toda clase de placer. Toda escena es
frecuentemente por el espectro de un mal desconocido que puede pasar. El dulce
néctar de los buenos momentos se vuelve agrio.
La preocupación te roba la tranquilidad mental. Esta
tranquilidad o paz es un verdadero don de Dios, quien ofrece a sus hijos la
serenidad al afrentar los problemas de la vida. Proporciona calma para tiempos
tempestuosos. Hace que la vida valga la pena vivirla. En cambio, la
preocupación entra para ahogar la paz, y en su lugar pone un miedo que roe. La
salud se perjudica. Muchas personas saben que la mente ejerce una influencia
poderosísima sobre el cuerpo. Toda la composición del hombre va compaginada a
una mente normal.
Al permitirse la preocupación y el miedo, todo cuerpo queda deprimido. La buena digestión se estorba, se desarrolla la tensión, los músculos se cansan con facilidad, aumenta la tensión arterial, el cerebro no funciona bien, se reduce la habilidad. De hecho, la eficiencia del cuerpo puede reducirse a prácticamente cero por la preocupación intensa.
Íntimamente relacionado con todo esto, hay el efecto de la
preocupación sobre los logros conseguidos. Casi todo el mundo tiene algo que
hacer en la vida. El marido y padre su trabajo o negocio. La esposa y madre
tiene su hogar y sus hijos, los jóvenes sus estudios y deportes. Si la mente no
está en forma, y si el cuerpo no funciona bien, pueden producirse toda clase de
fracasos, y de dolencias.
Considera también el efecto de la
preocupación en la salud espiritual. El hombre es el único ser creado que posee
la capacidad de conocer y tener comunión con Dios, el Dios del universo por
medio de Su Hijo. Esta capacidad es mucho mayor que la que tiene de tener
comunión con otros seres humanos. Es el poder asombroso de entrar en
compañerismo íntimo con Dios, por Su gracia. Esta capacidad eleva al hombre por
encima de lo ordinario a unas alturas increíbles de gozo. Pero esta comunión
depende de la pureza de la vida interior del hombre. El gran ladrón, que es la
preocupación, puede, en cualquier momento, presentarse y robarle al creyente su
comunión con Dios estropeando su confianza y fe en el Padre perfectamente sabio
y que ama totalmente.
Si a la preocupación le permites que
lo haga, puede robarte todo aquello que hace que la vida valga la pena. ¡Cuán
trágico y cuán innecesario!
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