CONFESIÓN AURICULAR

Manuel Guerrero

LA CONFESIÓN AURICULAR

Y SUS CONCOMITANCIAS

1ª parte

Naturalmente el sacerdote que oye la confesión de un penitente no es un dios que lee los pensamientos. Debe por tanto el pecador declararle sus pecados; decirlos a la oreja de quien los va a perdonar. Eso es, llanamente, lo que se llama “confesión auricular” (a la oreja) El pecador debe acercarse a una especie de “caseta” (llamada confesionario) y allí decir sus pecados con todas las circunstancias agravantes, sin callar nada por vergonzoso que sea so pena de cometer otro pecado aun mayor llamado sacrilegio. Enseña el dogma católico que si una persona, al confesarse, omite voluntariamente algo que le recuerda la conciencia y aunque exista la duda, todas las confesiones subsiguientes son nulas y sacrílegas.

La iglesia impone al ministro la obligación de hacer toda clase de preguntas y de descender a detalles que sonrojarían al más audaz de los libertinos. Esto, de ordinario, lo ignora el penitente que queda confundido ante tal atrevimiento y juzga mal a su confesor. Pero la culpa no es de él; es del sistema. Quien tenga dudas lea cualquier tratado de Moral que se enseña en los seminarios católicos o a la casuística desde S. Alfonso María de Ligorio hasta los autores más modernos.

Pero existen otras concomitancias que hacen de este sacramento algo digno de su nombre: es la facilidad en el abuso del mismo y la deformación de conciencia a que se presta. Cuando, extraños, observamos el proceder de muchos receptores fáciles de sacramentos, pero olvidadizos de sus deberes más elementales para con Dios y se les reprocha su conducta, nos dejan atónitos con su respuesta: ¿Qué más da? Mañana me confieso y en paz.

No queremos decir con todo esto que el procedimiento en sí sea abominable. Entendámonos. El desahogo de la conciencia, el pedir consejo en momentos difíciles, la confianza con ciertas personas que, por su ciencia, virtud y aun dotes humanas nos pueden orientar puede sernos de gran ayuda. Y aunque esta es la orientación que quiere dar ahora la Iglesia romana a este acto, quietando la impersonalidad en un confesionario, y cambiando los nombres de penitencia, absolución, contrición, lo esencial de este sacramento, permanecerá inalterable; como asimismo los medios usados, la formas y el fin.

 

 

 

 

 

 

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