LA IRA DE DIOS (VI)

LA MANIFESTACIÓN DE LA IRA 

DIVNA

EN EL NUEVO PACTO

El Nuevo Testamento enseña claramente que todos cuantos responden con fe al Evangelio, y se hallan bajo la influencia santificadora del Espíritu de Cristo, son conscientes de un cambio tan grande operado en sus vidas que las únicas expresiones del lenguaje humano para describirlo son los conceptos de “nacimiento” y “resurrección”. Han “nacido de nuevo”; “han pasado de muerte a vida”. Dios los ha libertado del poder de las tinieblas y los ha trasladado al reino de su amado Hijo (Coll.1:13). Un elemento esencial en esta experiencia de conversión es el saber que ya no se encuentran bajo la ira sino bajo la gracia. Con todo, el Nuevo Testamento está lejos de afirmar que el cristiano se ve libre, automáticamente, de cualquier manifestación del enojo divino. El mensaje neotestamentario declara que el pecador justificado debe convertirse em el pecador santificado. Está llamado a permanecer en el amor de Dios. La diferencia esencial entre el creyente y el incrédulo es que mientras éste, tanto si se da cuenta de ello como si no, está inevitablemente sujeto a la ira de Dios, el creyente, mediante su continúa sumisión al Espíritu Santo, permanece en la gracia y escapa a esa ira.

Pablo ponía buen cuidado en advertir a los cristianos en contra del peligro de caer en una falsa seguridad. Si vivían por fe en Cristo, el cual se sacrificó por ellos, entonces ellos se encontraban en la obligación de ofrecerse a su Señor como un sacrificio puro y limpio de toda codicia o suciedad. La contaminación moral demostraría que no eran hijos de Dios, sino hijos de desobediencia y bajo la ira divina (Ef.5:1-6). Más, si antes eran “tinieblas” y ahora eran “luz en el Señor”, debían andar como “hijos de luz”, produciendo los frutos de la luz que consiste en la bondad moral (Ef.5:8.9). Porque habían resucitado con Cristo y podían gozar de los beneficios de su pasión, estaban obligados a mirar “las cosas de arriba”. Y Pablo añade que por causa del pecado “la ira de Dios viene sobre los hijos de desobediencia” (Col.3:1-6). El hecho de que no estuvieren bajo la ley sino bajo la gracia, no debía hacerles olvidar que hay una “ley de Cristo” que debe ser guardada (Gál.6:2). El haberse “despojado del viejo hombre con sus hechos” y haberse “revestido del nuevo”, debían recordar que el nuevo “se va renovando hasta el conocimiento pleno, conforme a la imagen del que lo creó” (Col.3:9-11). Cierto que, como Pablo dijo a los fieles de Tesalónica, “no nos ha puesto Dios para ira, sino para alcanzar salvación por medio de nuestro Señor Jesucristo”, más esto mismo constituye una razón que les impulsa a responder al llamamiento que se les hace de ser sobrios, vestidos con “la coraza de fe y de amor, y con la esperanza de salvación como yelmo” (1Ts.5:8,9). Muchos cristianos de Corinto no acertaron a comprender, al principio, que el cristianismo era algo muy distinto de las religiones paganas. Los que estaban “en Cristo”, miembros del nuevo Isael, e hijos del nuevo pacto, no se hallaban libres de la obligación de ocuparse y preocuparse por las cuestiones relativas a la conducta moral. Porque si bien era cierto que todo les era lícito, también lo era que no todo les convenía igualmente.

En su intento de hacerles ver claro en todas estas cuestiones, el apóstol Pablo recordaba a sus lectores el trágico destino que sufrieron la mayoría de israelitas en el viaje de Egipto a Canaán. Al obrar así, Pablo pone de relieve que el Dios con quien los antiguos israelitas tenían que habérselas es el mismo Dios que ha convertido a estos cristianos corintios en parte del nuevo Israel, estableciendo con ellos un nuevo pacto inaugurado por la sangre de Jesús. La historia del antiguo del antiguo Israel no fue escrita como simple tema de interés para los amantes de las antigüedades, sino porque es un registro inspirado por Dios, que contiene la Palabra de Dios adecuada para el pueblo de Dios de todos los tiempos. “Estas cosas, escribe Pablo, les acontecieron como ejemplo y están escritas para amonestación a nosotros” (1Cor.10:11). Fueron hechos históricos con un significado único porque en ellos el Dios vivo obró para revelar a la humanidad los elementos esenciales de su naturaleza.

Estos israelitas del pasado, recuerda Pablo a los corintios, fueron un pueblo privilegiado no menos que los cristianos. Estaban colocados “bajo la nube” de la protección divina. Ellos también tuvieron un salvador y experimentaron una salvación, puesto que fueron redimidos de la esclavitud de Egipto y tuvieron el privilegio de ser conducidos por Moisés, un hombre a quien Dios dotó de poderes sobrenaturales. fueron alimentados con el pan descendido del cielo y bebieron del agua vida de la roca. Sin embargo, fueron muy a menudo visitados en forma devastadora por la ira divina. “De los más de ellos, dice la Escritura, no se agradó Dios; por lo cual quedaron postrados en el desierto” (1Cor.10:5) En el relato que el Antiguo Testamento hace de todos los ejemplos que Pablo presenta en 1 Corintios 10:1-10, se hace explícita mención de la ira de Dios sobre Israel. Leemos cuando el Señor envió codornices del mar en respuesta al deseo de comer carne que pidieron los israelitas: “Aun estaba la carne en los dientes de ellos, antes que fuese masticada, cuando la ira de Jehová se encendió en el pueblo e hirió Jehová al pueblo con una plaga muy grande” (Núm.11:33)

Cuando Aarón levantó el becerro de ora y dijo: “Israel, estos son tus dioses, que te sacaron de la tierra de Egipto” y “se sentó al pueblo a comer y a beber y se levantó a regocijarse, el Señor dijo a Moisés: “tu pueblo que sacaste de la tierra de Egipto se ha corrompido. Yo he visto a este pueblo, que por cierto es pueblo de dura cerviz. Ahora, pujes, déjame que se encienda mi ira en ellos y los consuma” (Éx.32:4, 9, 10) Cuando “el pueblo empezó a fornicar con las hijas de Moab, las cuales invitaban al pueblo a los sacrificios de sus dioses; y el pueblo comió y se inclinó a sus dioses, el furor de Jehová se encendió contra Israel, y murieron de aquella veinticuatro mil” (Núm.25:1, 3, 9). Cuando Israel probó la paciencia de Dios y murmuró contra Aarón y Moisés diciendo: “¿Por qué nos hiciste subir de Egipto para que muramos en este desierto?” La ira del Señor se manifestó en la plaga de serpientes ardientes, hasta que gracias a la intercesión de Moisés fueron liberados por medio de la serpiente de bronce que obró como un medio de la gracia salvadora de Dios (Núm.21:5-8)

Cuando, después que la tierra se hubo tragado a Coré, Datán y Abiram promotores de una rebelión contraria a los dirigentes que Dios mismo había puesto, la congregación de Israel murmuró de nuevo contra Moisés y Aarón y “Jehová habló a Moisés: Apartaos de en medio de esta congregación y los consumiré en un momento. Y ellos se postraron sobre sus rostros. Y dijo Moisés a Aarón, ve pronto a la congregación y haz expiación por ellos, porque el furor ha salido de la presencia de Jehová; la mortandad ha comenzado” (Núm.16:44-46) Pablo deduce de estas referencias, que cita en 1 Corintios 10, que la misma clase de penalidades que las que sufrió el antiguo Israel caerán sobre los cristianos si piensan que se hallan libres de toda inseguridad: “Así que, el que piensa estar firme, mire que no caiga” (1Cor.10:12).

Sin duda, los cristianos de Corinto se vanagloriaban de no ser ya paganos ni profanos. Pero el apóstol les recuerda que los sectarismos que existen entre ellos son señales de que todavía hay en ellos sacrilegio. Están profanando el templo en el cual Dios se digna ahora morar. Y les advierte, nol de manera incierta, que “si alguno destruyese el templo de Dios, Dios le destruirá a él; porque el templo de Dios, el cual sois vosotros, santo es” (1Cor.3:17)

Es de notar que la epístola a los Hebreos llama la atención también a los castigos que la ira divina infligió a Israel durante su travesía por el desierto. Como resultado de la desobediencia persistente, el autor recuerda a sus lectores, citando el salmo 95, que Dios juró “en su ira” que no entrarían en su reposo en la tierra a la cual se dirigían. Y aunque este reposo sigue siendo una esperanza para los hijos del nuevo pacto, sin embargo, la oportunidad de obtener sus bendiciones puede perderse para siempre, en caso de apostasía, como era el peligro en que se encontraban los lectores de dicha carta (Heb.3:7-12 y Heb.4). El peligro de caer en las manos del Dios vivo que es “fuego consumidor” resulta algo tan real bajo el nuevo pacto como lo era en el antiguo (Hen.10:31 y 12:29)

Cuando Pablo recuerda a sus lectores de manera tan enfática el peligro en que se hallan, parece que proclama no sólo una verdad evidente en el Antiguo Testamento, sino que está refiriéndose a algo que conoce por propia experiencia como cristiano. En los días que precedieron a su conversión, aunque separado ya por Dios desde el vientre de su madre para la gran tarea que le tenía reservada (Gál.1:15), Pablo se encontraba bajo la ira de Dios. Pero lejos de darse cuenta de esto, penaba que era un fariseo sin tacha (Fil.3:6), lleno de celo por Dios. Había guardado la letra estricta de la ley; si bien esta ley no había nunca influenciado realmente las motivaciones internas de su conducta, tan solo había alimentado las llamas de su orgullo.

No obstante, había sido feliz en su propia autojustificación, porque había supuesto alegremente que estaba haciendo la voluntad de Dios durante ese tiempo. Cuando, pues, miraba atrás a esa época de su vida que culminó en el supremo pecado de perseguir a la Iglesia de Dios (1Cor.15:9) bajo el engaño de pensar hacer la obra de Dios, podía decir: “Yo sin la ley vivía en un tiempo” (Rom.7:9). La señal característica del hombre no regenerado es que cree estar completamente vivo cuando en realidad está espiritualmente muerto. Supone que es el objeto del amor de Dios, cuando en realidad es el objeto de su ira. En una palabra: no tiene idea de la extrema gravedad de su situación. Después de su conversión, sin embargo, Pablo vio claramente que hasta entonces no había sido más que un pecador todo el tiempo, necesitado de una salvación que él no hubiera podido alcanzar por sí mismo. Pero ahora que la salvación había llegado hasta él por la misericordia de Dios, era consciente de la lucha moral como no lo había sido nunca antes. Hasta aquel momento había sido enteramente “carnal”, ajeno a las influencias del Espíritu Santo, y por lo tanto, no había conocido la lucha de un yo dividido.

Mas, como cristiano es consciente, de manera aguda, de esta lucha. Sabe que dos fuerzas obran dentro de él: una “carne” que es todavía muy activa y un yo más alto, un “Yo” de tal manera influenciado por Espíritu divino que ahora su mente es sensible a las cosas de Dios, odiando el pecadlo, y deleitándose en la ley divina. Entre esta “carne” y este “Yo” hay conflicto perpetúo; pero la victoria en potencia está en el “Yo”, porque el “Yo” ya no es sólo el “Yo” sino que, como declara en Gálatas 2:20: ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí”. Cuando, pues, Pablo exclama: “¡Miserable hombre de mí!” ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte?” puede afirmar en seguida: “Gracias doy a Dios por Jesucristo Señor nuestro” (Rom.7:24, 25). Pero que la lucha moral prosigue incluso después de haber sido liberado del dominio del pecado es algo que el apóstol afirma muy claramente al añadir después de su grito de liberación estas palabras: “Así que, yo mismo, con la mente sirve a la ley de Dios, ms con la carne a la ley del pecado”.

Hemos visto que en el Antiguo Pacto aquellos que intentaron eludir los propósitos de Dios de Dios y frustrar sus planes para la salvación de sus escogidos, tuvieron que afrontar la ira de Dios y los desastres resultantes de la misma. Pablo tiene la misma certidumbre de que la ira divina descenderá también sobre los que, como dice en 1 Tesalonicenses 2:15, “mataron al Señor Jesús y a sus profetas, y a nosotros nos expulsaron; y no agradan a Dios, y se oponen a todos los hombres, impidiéndonos hablar a los gentiles para que éstos se salven”. La ira del Señor caerá sobre ellos, porque, dice Pablo: “Así colman ellos la medida de sus pecados. Mas de una vez se afirma en la Biblia que Dios aplaza el despliegue de su ira hasta que los pecadores hayan alcanzado cierto grado de saturación inicua, más allá del cual Dios no quiere que vayan.

Así en Génesis 15:16, se advierte a Abraham que la iniquidad del Amorreo no ha llegado a su colmo. De la misma manera, el Señor dijo a los fariseos de su día que debían llenar la medida de la maldad de sus padres antes de que recibieran el juicio del infierno del que no podrían escapar (Mt.23:33). Se deduce de 1 Tesalonicenses 2:16 que el tiempo a que se refería Jesús ya había llegado en los días del apóstol: “Vino sobre ellos la ira hasta el extremo”. La destrucción de Jerusalén por los ejércitos de Tito culminaría este proceso. Las palabras de Pablo se cumplieron entonces, aunque no completamente, cuando la ciudad santa fue asolada el año 70. Aquel fue un día de ira, como Jesús especifica en Lucas 21:23, en cuyo texto, después de profetizar el sitio de Jerusalén, añade: “Habrá gran calamidad en la tierra (la tierra de Palestina), e ira sobre este pueblo (el pueblo judío)”. El lugar en que está colocada esta profecía de la destrucción de Jerusalén en Lucas 21, dentro de un marco escatológico más amplio, hace evidente que Cristo consideró este acontecimiento como precursor del último día de la ira, cuando él mismo volverá para ejecutar el juicio Final.

 

 

 

 

 

EL DÍA FINAL DE LA IRA

La expresión “el día del Señor”, tan corriente en la época de los grandes profetas de Israel, significaba para los israelitas aquel día final en que Jehová vindicaría la justicia de su pueblo contra sus enemigos. Una de las tareas de los profetas era insistir en el hecho de queel día del Señor” sería un día en que Dios vindicaría “su propia justicia” no sólo frente a los enemigos de Israel sino contra Israel mismo. Este “día del Señor” aparece siempre en el Antiguo Testamento como una realidad futura, si bien hubo acontecimientos en la historia que abarca este registro inspirado que fueron verdaderamente días de juicio para Israel y para los pueblos vecinos que lo oprimían.

La certeza de este último “día del Señor”, en el que la absoluta justicia de Dios será completamente vindicada y libres de trabas el furor de su ira, pasa al Nuevo Testamento. Y éste es uno, entre otros, de los factores que dan unidad a la teología bíblica. Queda todavía una “ira que ha de venir”, cuando Juan el bautista da su mensaje, inaugurando la edad del cumplimiento a la cual señala el Antiguo Testamento. Un cumplimiento que, sin embargo, no será realizado completamente sino hasta la segunda venida de nuestro Señor Jesucristo; porque queda todavía una “ira que ha de venir” cuando el Nuevo Testamento termina con las palabras: “Ven, Señor Jesús”.

El propósito principal de la misión de Juan fue capacitar a sus contemporáneos para que escapasen de la ira final; a tal fin les señalaba a Cristo, como el Cordero de Dios por cuyo sacrificio expiatorio los pecados del mundo serían quitados (Mt.3:7; Jn.1:29). Pero este Cordero de Dios también está destinado a ser, como afirma Juan 5:22, el agente divino del juicio final: “Porque el Padre a nadie juzga, sino que todo el juicio dio al Hijo. Por esta razón, el “día del Señor”, esperado todavía al cierre del Antiguo Testamento, “el día de la ira y el justo juicio de Dios”, como Pablo lo llama en Romanos 2:5, en el Nuevo Testamento es sinónimo del día del retorno de Jesús, el dino Hijo del Hombre, en gloria.

 

 

 

Y un elemento esencia de la salvación experimentada por los que se entran en el Nuevo Pacto es la anhelante y alegre espera de la gloriosa aparición del Señor y Salvador. Pablo asegura a los Tesalonicenses que, si permanecen fieles, hallarán aquel día completa liberación de la ira que será manifestada (1Ts.1:10). Dios, que los llamó (Ro.8:28-30) no los puso para ira sino para alcanzar la salvación final por medio del Señor Jesucristo (1Ts.5:9) Los que eran perseguidos, cuando Pablo escribía su carta, pero permanecieron fieles a pesar de la persecución, recibirían el “reposo, en la manifestación del Señor Jesús desde el cielo con los ángeles de su poder” (2Ts.1:7)

Pero, por otro lado, aquellos que no obedecieron al Evangelio de Jesús y no conocieron a Dios tendrán que afrontar aquel día como un día de ira, en el cual “sufrirán pena de eterna perdición, excluidos de la presencia del Señor y de la gloria de su poder, cuando venga en aquel día” (2Ts.1:9) En el Nuevo Testamento, por consiguiente, el día final del juicio puede ser llamado no solamente “el día del Señor”, sino que, tal como se le denomina en Apocalipsis 6:17, es también “el día de la ira” (“la ira de Dios y del Cordero”) en completo paralelismo con el Antiguo Testamento.

El Apocalipsis de San Juan enseña que por cuanto Cristo mismo bebió la copa de la ira divina preparada para los pecadores en su pasión expiatoria, es también el Agente divino a través del cual la ira divina será finalmente manifestada. Esta parece ser la razón principal por la que se amonesta a los creyentes a no tomarse la venganza por sí mismos. Si lo hicieran usurparían una función que pertenece a Dios exclusivamente y que será ejecutada por su Cristo, en cierto sentido, los gobernantes ejercen una autoridad otorgada por Dios (Ro.13:4)

Cuando Pablo en Romanos 12:19 advierte a los cristianos: “No os venguéis vosotros mismos, amados míos, sino dejad lugar a la ira de Dios; porque escrito está: Mía es la venganza, yo pagaré, dice el Señor”, está refiriéndose sin duda a la manifestación de la ira divina en su eclosión final el día del juicio. La presencia del artículo definido en este versículo delante de la palabra “ira” y el hecho de qu7e Pablo cierra su advertencia con la cita de Deuteronomio 32:35, “Mía es la venganza, yo pagaré, dice el Señor” corrobora nuestra interpretación.

 

Viene el día cuando, según el Apocalipsis, el Señor resucitado y ascendido, abrirá los sellos del libro divino de los destinos en el cual están escritos los juicios del Dios Todopoderoso. El Cristo resucitado es el único digno de abrir este libro porque él es al mismo tiempo el Cordero que ha sido inmolado y el todopoderoso León de la tribu de Judá que con su sangre ha comprado para Dios hombres de toda tribu, lengua, linaje y nación (Ap.5:9) El hecho de que el Cordero sea al mismo tiempo el León aumenta el aspecto terrible de su ira, cuando abre los sellos del Libro y desencadena los últimos ayes y plagas que marcarán el fin.

Todos cuantos han tenido alguna responsabilidad en los problemas de la humanidad, pero han obrado de manea contraria a los propósitos de Dios, se esconderán de la ira del Cordero en aquel día según describe gráfica y vívidamente el Apocalipsis. El Santo Cordero de Dios, mediante sus ángeles, arrojará su hoz en la tierra y vendimiará la viña de la tierra y echará las uvas en el lagar de la ira de Dios (Ap.14:19) Cristo es la Palabra de Dios, el Rey de reyes, el Señor de señores, que herirá a las naciones, y las regirá con vara de hierro, y pisará el lagar del vino del furor y de la ira del Dios todopoderoso (Ap.19:13, 15, 16). Y es él Jesucristo, el que dará a beber a los pueblos el vino que produce esta viña, el vino mortal de la ira de Dios.

Toldos los que habrán adorado a la Bestia, o a cualquier otro sustituto del verdadero Dios, y todos cuantos hayan perseguido al pueblo de Dios “beberán del vino de la ira de Dios, que ha sido vaciado puro en el cáliz de su ira” (Ap.14:10) En 15:7 se usa una metáfora algo diferente. A los siete ángeles se les dan siete copas de oro llenas de la ira de Dios para que derramen su contenido sobre la tierra. Por medio de estas figuras y símbolos el libro del Apocalipsis enseña, sin lugar a dudas, la última y completa efusión de la ira divina sobre el mundo.

Los veinticuatro ancianos, que representan la Iglesia de Dios, son presentados en actitud de alabanza y adoración al Señor porque ha vindicado de manera absoluta y suprema su justicia y porque la ira divina ha demostrado ser más fuerte que el rugir vano de las naciones. Así, los siervos de Dios, los profetas y los santos, tanto grandes como pequeños, han recibido su galardón (Ap.11:18) Porque, por grandes y terribles que sean los desastres que sobrevengan a la tierra, cuando los vasos de la ira sean vaciados, no alcanzarán a los siervos de Dios, cuyas frentes están selladas con el bendito nombre de su Redentor, y cuyos nombres están escritos en el libro de la vida del Cordero (Ap.7:3; 3:5) Para los redimidos, espera un paraíso mucho más sublime que el que Adán perdió, lugar de inefables bendiciones en donde verán a Dios, le adorarán y gozarán eternamente.

“Por esto están delante del trono de Dios, y le sirven día y noche en su templo; y el que está sentado sobre el trono extenderá su tabernáculo sobre ellos. Ya no tendrán hambre ni sed y el sol no caerá más sobre ellos, ni calor alguno; porque el Cordero que está en medio del trono los pastoreará y los guiará a fuentes de aguas de vida; y Dios enjugará toda lágrima de los ojos de ellos” (Ap.7:15-18) *

 

*  R. V. G. TASKER

LA IRA DE DIOS               

Una exposición bíblica

EDICIONES EVANGÉLICAS EUROPEAS

Barcelona

Traducción de José Grau

Primera edición: Marzo, 1967

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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