ESCATOLOGÍA
Prof. Ernesto TRENCHARD
LA SEGUNDA
VENIDA DE CRISTO
Y LAS
ÚLTIMAS COSAS
Definiciones
¿Qué es la “Venida del Señor”? Dios tiene un interés profundo
en la raza que Él ha creado, y, en vista de la ruina causada por el pecado,
este interés que es de pura gracia había de manifestarse mediante un Plan de
redención que hará posible la salvación y el bienestar de los hombres. Había de
haber, pues, una “primera Venida” (o “Advenimiento”) para solucionar el
problema del pecado, y, después, una “segunda Venida” para recoger el fruto de
esa obra primera. Dios no ha de dejar que la raza siga su curso como le parezca
– que terminaría en una catástrofe de todas formas-, sino que se ha revelado en
la persona del Dios-Hombre y se revelará a los efectos finales y universales de
su Plan en las profecías del Antiguo Testamento. No es siempre fácil distinguir
entre la primera y la segunda Venida, y sólo poco a poco se revela que el
Cristo, el Mesías, el Dios-Hombre, ha de ser el gran Agente de Dios para llevar
a cabo la Obra en todas sus facetas.
Las profecías no cumplidas de las Escrituras pertenecen a
aquel ramo de la Dogmática que se llama la ESCATOLOGÍA, o sea, las
enseñanzas sobre “las últimas cosas”. La segunda venida de Cristo en Persona es
“doctrina fundamental”, ya que Él mismo dijo con toda claridad: “Venderé otra
vez para recibiros a mí mismo”, mientras que los ángeles, mensajeros
celestiales del Señor, anunciaron a los Apóstoles: “Este Jesús, que ha sido
tomado de vosotros al Cielo, ha de venir de igual modo que le habéis visto ir
al Cielo” (Hch.1:11). Frente a tales versículos, a los que se han de añadir las
clarísimas enseñanzas de Pablo en 1ª Tesalonicenses 4:13-18.
Al mismo tiempo existe una diferencia obvia entre los HECHOS
YA CONSUMADOS de la Redención y aquellos que se anuncian para un tiempo futuro.
La profecía no se nos da para satisfacer una curiosidad vulgar, ni admite, en
sus detalles, un dogmatismo inflexible. Las claras profecías del Antiguo
Testamento sobre la muerte del Mesías, se cumplieron literalmente, pero no se
entendieron por los Apóstoles antes de la resurrección, a pesar de que el Señor
mismo las había subrayado con repetidas enseñanzas sobre la necesidad de su
muerte. De igual modo tiene que haber mucho que queda en la penumbra en cuanto
a los acontecimientos que han de te3ner lugar en el futuro, y haremos bien en
atenernos al doble propósito fundamental de la profecía: a) el de orientar al
creyente en medio de un mundo que va de mal en peor, y b) el de animarle a
“velar y orar”. La profecía no es precisamente un foco eléctrico para poner en
evidencia todo cuanto ha de suceder en el porvenir (lo que nos haría más daño
que bien), sino “un candil que alumbra en lugar oscuro” (2ª Pedro 1:19, de
utilidad para que no tropecemos y para que pongamos la mira en la gran
consumación que se espera.
Ha habido, y todavía existen, muchas “escuelas” de
interpretación de la profecía, aun tratándose de amados hermanos que no desean
otra cosa sino “exponer” la verdad según la han comprendido tras laboriosos y
sinceros estudios de la Palabra de Dios. Este hecho de salvarnos de un excesivo
dogmatismo, y nunca debiéramos considerar a un hermano como “hereje” por su
modo de entender los escritos proféticos, si es que admite plenamente la verdad
bíblica sobre la persona y la obra de Cristo. Adelantamos, pues, el esquema
siguiente en un espíritu humilde, creyendo que es el que mejor se amolda a toda
la verdad bíblica, pero sin dogmatismo, sin pretensión de que sea la única
manera de entender los Escritos Proféticos.
Las indicaciones del Antiguo Testamento
Todos los escritos proféticos anuncian una época de gloria
para ISRAEL, tras un largo período de disciplina por sus pecados, con la
inauguración del Reino del Milenio, que se asocia con la manifestación del Mesías,
o, lo que es lo mismo a la luz del Nuevo Testamento, de Dios mismo (Is.2:1-5,
10; 11:1-11). Daniel, estadista de un imperio gentil, además de israelita
piadoso, interpreta la visión de la Gran Imagen que señala a grandes rasgos la
sucesión de los imperios gentiles desde la toma de Jerusalén por Nabucodonosor
hasta la segunda Venida de Cristo (Dn.2:29-45)
Más tarde recibe la notable profecía sobre su pueblo Israel
de las “Setenta Semanas” de años, cuyo período comprende desde el edicto de
restaurar Jerusalén hasta la muerte del Mesías (69 semanas), quedando una
“semana” por cumplir, después del paréntesis de la Iglesia, y que es de
“asolamientos” en cuanto a Isael. Esta “semana” se relaciona con la
“consumación decretada” de los propósitos de Dios en orden al mundo e Israel
(Dn.9:24-27)
Las Profecías del Señor Jesucristo
Cristo habla de su Venida y de la “consumación” desde dos
puntos de vista: 1) En el Monte de los Olivos pronuncia su “Sermón Profético”
que recoge las profecías del Antiguo Testamento (con referencia especial a las
de Daniel) y manifiesta que él mismo ha de volver en gloria después de la
destrucción de Jerusalén y tras un largo período de apostasía, de guerras y
rumores de guerras, de cataclismos terrestres y, por último, de señales astronómicas.
Todo parece llegar a una crisis final de tribulación, que no
es arriesgado identificar con la última “semana” de Daniel. “Entonces aparecerá
la señal del Hijo del Hombre en el Cielo; y entonces se lamentarán todas las
tribus de la tierra, u verán al Hijo del Hombre que viene sobre las nubes del
cielo, con poder y grande gloria” (Mt.24; Mr. 13; Lc.21:736; Ap.1:7; 2ª Ts.1:9,
10)
2) En el Cenáculo consuela a los suyos con la promesa de su
Venida personal: “Y si me fuere4 y os preparare lugar, VENDRÉ OTRA VEZ para
recibiros a Mí mismo; para que, donde yo estoy, vosotros también estéis”
(Jn.14:1-3). Aquí el Señor está preparando la mente y el corazón de los suyos
para su vida y su testimonio una vez que el Maestro haya salido de entre ellos,
de modo que representan en esta ocasión a la IGLESIA, a la que se da la precisa
promesa de “recogimiento” al Señor para estar siempre con Él.
Las indicaciones de las Epístolas
Hay un número considerable de referencia a la Venida del
Señor en las epístolas, casi todas ellas subrayan el aspecto más importante de
la Promesa, el efecto moral que ha de tener en la vida del creyente: “El que
tiene esta esperanza en él se purifica como Él también es limpio” (1ª Jn.3:3).
Por lo que afecta al “Plan Profético” hemos de acudir a 1ª Cor.15:51-57 con 1ª
Ts.4:13-5:1, y 2ª Ts.1:7-12, donde hallamos los dos aspectos de la Venida que
ya vimos en las enseñanzas del mismo Señor: 1) La promesa del “recogimiento” de
la Iglesia, en que los que “duermen” precederán a los que se “cambian” para ir
juntos al encuentro del Señor en el aire. 2) La Venida en gloria para el juicio
del mundo impío, que no podrá realizarse antes de la manifestación del Anticristo
(Ap.1:7; 1ª Ts.5:1-4 con 2ª Ts.2:1-4), atroz remedo del Cristo de Dios, cuya
aparición será la culminación del “misterio de la iniquidad”.
El Apocalipsis
Los tres primeros capítulos son de introducción, y las cartas
a las siete iglesias indican variadas condiciones del testimonio de la Iglesia
hasta la venida de Cristo. Los capítulos 4 y 5 presentan simbólicamente la
sublime escena referente al “Cordero de Dios” (es decir, Cristo en la virtud de
la consumación de la Obra de expiación), cuando toma el “Libro” de los destinos
últimos de las naciones y rompe el primer sello. Desde el capítulo 6 en
adelante el rompimiento de los sellos, el sonido de las trompetas y el verter
de los vasos reiteran los acontecimientos del tiempo de la consumación, o sea,
la última “semana” de Daniel.
Unos paréntesis detallan más el levantamiento y el curso del
infame reinado del Anticristo. Como en el Sermón Profético y en 2ª
Tesalonicenses, este período de angustia termina con la aparición en gloria de
Cristo para la derrota de las naciones enemigas en la batalla del Armagedón. El
período de los “mil años” corresponde al reino de paz y de bendición que tantas
veces se detalla en las profecías del Antiguo Testamento. Este “MILENIO” ha de
entenderse de tres maneras:
Como el cumplimiento de las muchas promesas a Israel por las que había de ser el cetro de un Reino Universal de paz y de bendición en la tierra. 2) Como la última prueba de la raza humana, puesto que habiendo vivido bajo óptica condiciones de gobierno y de prosperidad por mil años, con todo, cuando Satanás será soltado para tentarles de nuevo, volverá a rebelarse una gran parte de los hombres. 3) Como una figura y anticipo de la NUEVA CREACIÓN en el ESTADO ETERNO, que explica el porqué muchas profecías del Antiguo Testamento describe este Reino como eternamente establecido, pues la visión profética pasa a la NUEVA TIERRA y los CIELOS NUEVOS, que habrán de reemplazar la antigua creación, tan profundamente manchada por el pecado.
En el reino del milenio el hombre no dejará de ser el que
conocemos y somos, pero el gobierno mesiánico será justo y fuerte, prendiendo
la Palabra en muchos corazones. Satanás será “atado”, de modo que “lo bueno”
tendrá todas las ventajas. Gracias a los justos juicios de Jehová entre las
naciones, éstas podrán convertir las armas de guerra en instrumentos de paz, lo
que se indica por la expresiva figura de Isaías 2:4, de cambiar las espadas en
rejas y las lanzas en hoces. Se perderá el triste arte de la guerra,
consiguiendo lo que ha sido imposible para la O.N.U.
Los cielos nuevos y la nueva tierra serán la consumación de
todos los propósitos de Dios en relación con la creación y con los hombres, y
en él los redimidos alcanzarán aquella perfección espiritual, moral e
intelectual que Cristo les procuró con su muerte y resurrección. Dios morará en
medio de los hombres, y al centro de la Nueva Creación se hallará la Iglesia
glorificada que se simboliza por la “Ciudad” que Juan vio descender del Cielo
(Ap.caps.19-21)
El momento de la Venida
Hemos visto que se destacan claramente dos aspectos de la
VENIDA: el que se relaciona con la Iglesia, Cuerpo y Esposa de Cristo, y el que
tiene que ver con Israel y con el mundo. Es lógico suponer que el “paréntesis”
de la Iglesia se cierra con el recogimiento de la Iglesia según la descripción
de 1ª Ts.4 y 1ª Cor.15, cuando la luz profética vuelve a enfocarse en ISRAEL,
ya restaurado a su tierra en incredulidad. En tal caso, la última “semana” de
Daniel se ocupa de la tribulación de los judíos, la manifestación del
Anticristo, que resurge del renovado Imperio Romano, para ocupar el trono, y el
surgir de la ciudad de “Babilonia” que es el sistema de falsa religión que
sustituye la Iglesia en el sistema diabólico.
Esta breve “semana” abarca tanto la manifestación del imperio
y de su impío rey con la última forma de “Babilonia”, como también la
destrucción de todos estos elementos satánicos, Hay por la manifestación en
gloria del Señor de señores. Hay muchos estudiantes de la profecía que creen
que la Iglesia habrá de pasar por este período, y que la Vendida para recoger a
los santos y para juzgar al mundo coinciden. No combatimos dogmáticamente esta
interpretación, pero creemos que la esperanza inmediata de la Venida de Cristo
por los suyos, con anterioridad a los acontecimientos de la última “semana”, se
ajusta mejor a la totalidad de la enseñanza bíblica.
El Tribunal de Cristo
Los creyentes no tendrán que comparecer ante el augusto “GRAN
TRONO BLANCO” que se describe en Apocalipsis 20:11-15, pues es el lugar de
juicio de aquellos que mueren en su pecado por no haber aceptado a Cristo como
su Salvador (Jn.8:24), mientras que “ninguna condenación hay para los que están
en Cristo Jesús”. Sin embargo, este hecho no excusa a los cristianos de tener
que rendir cuentas a su Maestro en cuanto a su fidelidad en el curso de su vida
de servicio aquí, pues todos nosotros somos “mayordomos” y “administradores” de
todo cuanto hayamos recibido del Señor.
Este principio se destaca en muchos lugares de las
Escrituras, pero se detalla especialmente en 2ª Cor.5:9-10; Rom.14:7-12; 1ª
Cor.3:10-15; 4:1-5. Cuando Pablo habla del “Día de Cristo”, o de “Jesucristo”,
tiene delante este momento de “manifestación” que determinará la posición, el
servicio y la recompensa de los redimidos para toda la Eternidad (Fil.1:6;
2:15-16)
Se ha de distinguir el “Día del Señor”, que es la frase del
Nuevo Testamento equivalente al Día de Jehová” del Antiguo Testamento y que se
relaciona con el juicio del mundo y el establecimiento del Reino. Si el
“programa” que hemos adelantado es correcto, el Tribunal de Cristo se celebrará
entre el Recogimiento de la Iglesia y la Venida en gloria: el período que se
denomina la “PAROUSIA”, o sea, la “presencia” del Señor con los suyos. Durante
el mismo período tendrán lugar LAS BODAS DEL CORDERO, cuando la Iglesia, bajo
la figura de ESPOSA, se presentará a Cristo, y se hallará unida a Él para toda
la Eternidad. Vemos por Apocalipsis 19:7-9, que este acontecimiento precede a
la Venida en gloria (Ap.19:11-19)
Las señales de la venida de Cristo
Muchos creyentes se parecen a los discípulos que preguntaron:
“Dinos, ¿cuándo será esto?, ¿y qué señal habrá de tu venida y del fin del
siglo?” Hemos de tener presente el peligro que antes señalamos: la curiosidad
malsana en este asunto. El Señor no reprendió a sus discípulos, pero las
“señales” del “Sermón Profético” consiste principalmente en las características
generales del período de su ausencia de ellos, y queda terminantemente
prohibido procurar fijar “el día y la hora” que el Padre reserva a su solo
conocimiento (Mt.24:36M Hech.1:7)
Por las siguientes razones: 1) El aumento en la frecuencia,
la extensión y el poder destructor de las guerras, que amenazan el
aniquilamiento de la civilización actual 2) La extensión universal de la
predicación del Evangelio 3) El retorno de los judíos en incredulidad a su
tierra con la adquisición de nacionalidad, una posición que no ha sido la suya
desde el tiempo de los Macabeos. Sin duda, la preservación de la raza de Israel
para este fin a través de los siglos, y a pesar de determinados esfuerzos para
exterminarla, es un asombroso milagro histórico.
La “higuera”, que antes no llevó fruto, brota otra vez, pues
el cielo y la tierra pasarán, mas las palabras del Señor no pasarán. Sin duda,
Israel llegará a posesionarse de Jerusalén y de toda Palestina, y será el
centro de los acontecimientos tanto durante la última “semana” de Daniel (por
su dolor), como durante el Milenio (para su gloria y bien). 4) La tendencia a
la federación europea, que puede ser el preludio de la formación del renovado
“Imperio Romano”. “¡Velad, pues, porque no sabéis en qué día ha de venir
nuestro Señor!”.
El orden probable de los acontecimientos
1) El retorno de los
judíos a Palestina, que se está realizando en nuestros días, les dará por fin
la posesión de toda Palestina y Jerusalén, lo que pondrá fin a “los tiempos de
los gentiles” 2) En cualquier momento antes o después de la consumación de este
proceso, el Señor podrá venir en el aire para recoger a los suyos de la tierra,
completando así su Iglesia. 3) Se inaugurará la “Última semana” de Daniel,
durante la cual el Imperio de Roma federado surgirá y se pondrá bajo el poder
del Anticristo.
Éste se aclamará como el “salvador” de los hombres en la gran
crisis mundial que atravesarán, y por fin se hará adorar como “dios”. Los
asuntos religiosos se dirigirán por el “Falso Proferta”, quien guiará los
asuntos de “Babilonia”. Al principio la “Bestia” favorecerá la nación de Israel
y hará un pacto con ella, pero, a la mitad del período, romperá su pacto e
iniciará una gran persecución que será el “tiempo del dolor de Judá”, o sea, la
“Gran Tribulación”.
Habrá fieles que confiesen a Jesús (quizá íntimamente ligados
con el “Resto Fiel” de Israel) y muchos padecerán martirio. Desde el Trono,
Dios visitará el mundo rebelde e impío con grandes y graves desastres que se
simbolizan por los sellos, trompetas y vasos del Apocalipsis. 4) En el cielo el
Señor se manifestará a los suyos en la “Parousia” y se celebrarán el Tribunal
de Cristo y las Bodas del Cordero 5) El Señor aparecerá al mundo a la cabeza de
los suyos y de las huestes celestiales.
Las naciones estarán congregadas alrededor de Jerusalén en un
esfuerzo último de dominar a Israel (Zac.14:3,4), pero tendrán que verse con el
Señor en la batalla de Armagedón, siendo derrotadas y aniquiladas por la gloria
del Cordero 6) La “Bestia” y el Falso Profeta serán lanzados directamente al
Lago de Fuego, mientras que Satanás será preso en el abismo durante el
“Milenio”.
7) Cristo reinará sobre la tierra, asociando consigo en el
gobierno a los fieles que perecieron en la Gran Tribulación (Jer.30:7; Dn.12:1;
Mt.24:21; Ap.7:14)
Se cumplirán las múltiples profecías de los libros
proféticos, pues castigados los rebeldes de Israel, y conservando
milagrosamente el “Resto Fiel” de esa nación, toda ella se convertirá al Seño,
y Palestina será el glorioso centro del Reino terrenal. Es de suponer que la
Iglesia, entidad siempre espiritual, gobernará en los “lugares celestiales” 8)
Al final del Milenio, Satanás será suelto para la última prueba de los hombres,
y levantará a “Gog y Magog” tras sí.
Su derrota será rápida, y, echado el diablo en el Lago de
Fuego, se limpiará todo el universo de todos los elementos perversos en el GRAN
TRONO BLANCO, y sólo los redimidos pasarán a habitar el Cielo Nuevo y la Tierra
Nueva (es decir, el universo reconstruido según principios nuevos por la mano
creadora de Dios para ser la morada apta de los justos (2ª Ped.3:4-13) La
iglesia glorificada será el centro de la manifestación de la Luz Divina en el
nuevo universo (Ef.2:7; Ap.21:9; 22:5)
El destino humano
Se puede decir que el tema del destino humano es el que nos
toca más de cerca en la escatología. ¿Qué hemos de ser nosotros? ¿Qué hará Dios
con el hombre? El futuro se enlaza con el pasado, y hemos de tener en cuenta
que el propósito original de Dios es crear al hombre “a nuestra imagen,
conforme a nuestra semejanza, y enseñoree”. Sólo el hombre, entre todas sus
criaturas aquí abajo, pudo tener comunión con Dios, por tener personalidad,
cualidades morales y el albedrío. Pareció que todo el plan de Dios quedaba
frustrado cuando el hombre, cabeza de la creación, se valió de su libre
albedrío para rebelarse contra su Creador, pero el Consejo de la Trinidad no
puede quedar sin efecto por la intervención del diablo y la caída del hombre.
Por el glorioso misterio de la Encarnación vino al mundo un
hombre celestial en quien Dios pudo deleitarse, y quien pudo, como “Hijo del
Hombre”, cumplir los altos destinos de la Humanidad (Sal.8 con Heb.2:6-9) Al
llevar en su Persona la responsabilidad legal y moral del hombre ante Dios en
la Obra de la expiación, el Dios-Hombre hizo posible que el pecador fuese
reconciliado con Dios por medio del arrepentimiento y de la fe, y que,
“recreado” en Cristo, fuese “renovado conforme a la imagen del que lo creó”
(Col.3:10)
Así que el pensamiento primordial de Dios para con el hombre
se realiza en todo aquel que se une a Cristo por la fe: “Porque a los que antes
conoció, también predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo (Rom.8:29) La
RESURRECCIÓN de los creyentes a la
venida del Señor nos dará el “cuerpo espiritual”, de nueva constitución, que
será el vehículo perfecto del espíritu redimido y recreado en Cristo: “Y como
trajimos la imagen del terreno (Adán), traeremos también la imagen del
celestial (Cristo)” (1ª Cor.15:42-54; Rom.8:30; Fil.3:20-21; Col.3:4; 1ª
Jn.3:2)
El desarrollo del “orden” de la resurrección
Necesitaríamos no un párrafo, sino todo un libro para hablar
del orden de la resurrección, pues las hipótesis esbozadas sobre el tema
dependen en gran parte del sistema de exégesis del comentarista. En 1ª Cor.15
se ven tres etapas (vv.23-28: el levantamiento de Cristo (que encierra en sí
toda la potencia de resurrección a favor de todos); la resurrección de “de los
que son de Cristo”. La tercera fase de “consumación” podría ser más compleja de
lo que se da a entender por frases como “el último día”, “el último juicio”,
“la Segunda Venida”.
Si contrastamos la promesa sencilla y consoladora que el Señor dio a los suyos en el Cenáculo “Vendré otra vez y os recibiré a mí mismo”, con los detalles del Sermón profético sobre el desarrollo de este siglo, culminando en la “señal del Hijo del Hombre en el Cielo”, precedido por muchas señales y grandes desastres, nos hallamos, cuando menos, en ambientes enteramente distintos. Ahora bien, el lenguaje de Juan cap.14 es análogo al de 1ª Ts.4:13-18 y 1ª Cor.15:50-53, mientras que el Sermón profético halla su paralelo en la venida en gloria de Apocalipsis 19:11-21 Una referencia directa a la resurrección se halla al notar la de los mártires del período del Anticristo (Ap.20:4-6), quienes tienen “parte en la primera resurrección”.
Se dice explícitamente en visión profética que “los demás de
los muertos no volvieron a vivir hasta que se cumplieron mil años”, y esta
resurrección coincide con el juicio del Gran Trono Blanco (Ap.20:11-15), que
termina el orden actual del cosmos para introducir “cielo nuevo y tierra
nueva”. Lo que acabamos de notar en 1 Cor.cap.15, tomando en cuenta las
circunstancias señaladas, no parece coincidir ni con la resurrección de los
mártires, ni con la de “los otros muertos”, pareciendo más probable que se
trata del arrebatamiento de la Iglesia como algo que podrá ser inmediato y que
colocará a la Esposa al lado del Esposo antes de desarrollarse los tremendos
juicios, victorias y bendiciones del “Día de Jehová”: período que señala la
intervención directa de Dios en los asuntos de esta tierra hasta llegar a la
consumación determinada.
No insistimos en ninguna hipótesis en especial, pero creemos
que es el deber del buen estudiante reunir toda la evidencia posible sobre este
tema, procurando librarse de ideas preconcebidas y dando valor real a todo lo
revelado, para no caer en el error de los saduceos que ignoraban el alcance de
la Palabra y del poder de Dios.
Muchas descripciones del “Cielo” insinúan ideas erróneas, o
por lo menos, inadecuadas en cuanto a la vida del hombre en el Estado Eterno,
pues n o se hace distinción entre las figuras que representan la Iglesia
glorificada y la gran realidad espiritual que nos espera. Hemos de tener en
cuenta que la personalidad del hombre llegará a su perfección a la semejanza
del Hombre Perfecto. Disfrutará de una perfecta visión de Dios en Cristo,
mientras que el Nombre de Dios estará en su frente, o sea, la voluntad de Dios
gobernará la vida en su totalidad. No será una vida pasiva, ocupada solamente
en alabanzas vocales, sino que “sus siervos le servirán” (Ap.22:3-4)
Todavía habrá servicio que cumplir, pero sin cansancio y sin limitaciones,
dentro de la voluntad de Dios y la condición del hombre glorificado. El
servicio encomendado a cada cual dependerá de la fidelidad con que
administramos “lo poco” que hemos recibido en esta vida (Mt.25:21; Lc.19:16-17)
Si tan hermoso es el mundo en parte, y tan sublimes momentos tiene la vida
humana aquí, a pesar de los estragos que resultan del pecado, ¿qué no será la
vida de los redimidos allí en perfecta unión con Cristo en la Nueva Creación?
“Cosas que ojo no vio, ni oreja oyó, ni han subido en corazón del hombre, son
las que Dios ha preparado para aquellos que le aman” (1ª Cor.2:9)
Hemos hablado del glorioso destino de los redimidos, pero
inevitablemente existirá la terrible contrapartida en cuanto a los rebeldes:
“el que no fue hallado escrito en el Libro de la Vida, fue lanzado en el lago
de fuego” (Ap.20:15) Cuando Dios ofreció la VIDA a un mundo que había “muerto”
por causa del pecado, la ofreció EN EL HIJO. El que rechaza la VIDA ETERNA, en
Cristo queda sin vida, o sea, el estado de muerte espiritual. La severidad de
la sentencia de cada uno será “según sus obras”, con referencia especial a las
oportunidades que el pecador haya rechazado. *
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