ESCATOLOGÍA (I)
Ernesto TRENCHARD
LA SEGUNDA VENIDA DE CRISTO
Y LAS
ÚLTIMAS COSAS
Definiciones
¿Qué es la “Venida del Señor”? Dios tiene un interés profundo
en la raza que Él ha creado, y, en vista de la ruina causada por el pecado,
este interés que es de pura gracia había de manifestarse mediante un Plan de
redención que hará posible la salvación y el bienestar de los hombres. Había de
haber, pues, una “primera Venida” (o “Advenimiento”) para solucionar el problema
del pecado, y, después, una “segunda Venida” para recoger el fruto de esa obra
primera. Dios no ha de dejar que la raza siga su curso como le parezca – que terminaría
en una catástrofe de todas formas-, sino que se ha revelado en la persona del
Dios-Hombre y se revelará a los efectos finales y universales de su Plan en las
profecías del Antiguo Testamento. No es siempre fácil distinguir entre la primera
y la segunda Venida, y sólo poco a poco se revela que el Cristo, el Mesías, el
Dios-Hombre, ha de ser el gran Agente de Dios para llevar a cabo la Obra en
todas sus facetas.
Las profecías no cumplidas de las Escrituras pertenecen a
aquel ramo de la Dogmática que se llama la ESCATOLOGÍA, o sea, las
enseñanzas sobre “las últimas cosas”. La segunda venida de Cristo en Persona es
“doctrina fundamental”, ya que Él mismo dijo con toda claridad: “Venderé otra
vez para recibiros a mí mismo”, mientras que los ángeles, mensajeros
celestiales del Señor, anunciaron a los Apóstoles: “Este Jesús, que ha sido tomado
de vosotros al Cielo, ha de venir de igual modo que le habéis visto ir al Cielo”
(Hch.1:11). Frente a tales versículos, a los que se han de añadir las
clarísimas enseñanzas de Pablo en 1ª Tesalonicenses 4:13-18.
Al mismo tiempo existe una diferencia obvia entre los HECHOS
YA CONSUMADOS de la Redención y aquellos que se anuncian para un tiempo futuro.
La profecía no se nos da para satisfacer una curiosidad vulgar, ni admite, en
sus detalles, un dogmatismo inflexible. Las claras profecías del Antiguo
Testamento sobre la muerte del Mesías, se cumplieron literalmente, pero no se
entendieron por los Apóstoles antes de la resurrección, a pesar de que el Señor
mismo las había subrayado con repetidas enseñanzas sobre la necesidad de su
muerte. De igual modo tiene que haber mucho que queda en la penumbra en cuanto
a los acontecimientos que han de te3ner lugar en el futuro, y haremos bien en
atenernos al doble propósito fundamental de la profecía: a) el de orientar al
creyente en medio de un mundo que va de mal en peor, y b) el de animarle a “velar
y orar”. La profecía no es precisamente un foco eléctrico para poner en
evidencia todo cuanto ha de suceder en el porvenir (lo que nos haría más daño
que bien), sino “un candil que alumbra en lugar oscuro” (2ª Pedro 1:19, de
utilidad para que no tropecemos y para que pongamos la mira en la gran
consumación que se espera.
Ha habido, y todavía existen, muchas “escuelas” de
interpretación de la profecía, aun tratándose de amados hermanos que no desean
otra cosa sino “exponer” la verdad según la han comprendido tras laboriosos y
sinceros estudios de la Palabra de Dios. Este hecho de salvarnos de un excesivo
dogmatismo, y nunca debiéramos considerar a un hermano como “hereje” por su
modo de entender los escritos proféticos, si es que admite plenamente la verdad
bíblica sobre la persona y la obra de Cristo. Adelantamos, pues, el esquema
siguiente en un espíritu humilde, creyendo que es el que mejor se amolda a toda
la verdad bíblica, pero sin dogmatismo, sin pretensión de que sea la única
manera de entender los Escritos Proféticos.
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