ENSEÑANZA & ENSEÑADORES
DANIEL VALUJA FORTELA
1ª PARTE
INTRODUCCIÓN
La enseñanza es una de las tareas básicas de las guías de la
iglesia local. La necesidad de ser “apto para enseñar” (1Tm.3:2) y
también “retenedor de la palabra fiel tal como ha sido enseñada, para que
también pueda exhortar con sana enseñanza y convencer a los que contradicen” (Tit.1:9), y, sobre todo: “Lo que has oído
de mí ante muchos testigos, esto encarga a hombres fieles que sen idóneos para
enseñar también a otros” (2 Tm.2:2),
junto con la mención de Heb.13:7: “Acordaos de vuestros pastores, que os
hablaron la palabra de Dios”, sin olvidar el gran mandamiento del Señor: “Id
y haced discípulos a todas las naciones, enseñándoles que guarden todas las
cosas que os he mandado” (Mt.28:19,20), son algunas de las referencias más
destacadas a esta cuestión en el Nuevo Testamento.
Por otra parte, es evidente que una iglesia que ha de
funcionar en total sumisión a la Palabra de Dios, y cuyo Señor es únicamente
Jesucristo, debe tener unos guías que sepan instruirla en las riquezas del
Libro de Dios. La edificación de los creyentes se produce al influjo de la
Palabra, la evangelización es el anuncio de las Buenas Nuevas contenidas en la
Palabra, y ante el error solo la espada de la Palabra puede salir triunfante.
Con una dependencia tan grande de la Escritura, es impensable
que una iglesia pueda funcionar sin que sus guías sean buenos enseñadores. Esto
no impide el funcionamiento de dones especiales de enseñanza, cuyo ámbito de
acción vaya más allá de la iglesia local.
Queremos en este artículo hablar de la enseñanza en sí, y de
su importancia en el funcionamiento de la iglesia local. Pero también de los
guías en su tarea de enseñadores, tanto de la iglesia en general, como de los
futuros enseñadores.
ENSEÑANZA Y APRENDIZAJE
Es muy importante distinguir la gran diferencia que existe
ente lo que entendemos por enseñanza y el aprendizaje. Anticipamos que no
hay enseñanza si no se produce aprendizaje. Para facilitar la comprensión
de esta afirmación intentaremos una definición sencilla de ambas actividades.
a) Nuestra definición tradicional de la enseñanza. Normalmente llamamos enseñanza a
la explicación, o exposición, pública o privada, de un tema determinado, ya
sea basado en un pasaje concreto o en varios. También llamamos enseñanza
sistemática, a la explicación o exposición, continuada de una serie de
temas relacionados o de un libro completo de la Biblia. Por lo tanto, lo que
acostumbramos a llamar enseñanza es más bien explicación o exposición. Porque
para afirmar que hay enseñanza hace falta comprobar que lo enseñado fue
comprendido y asimilado, produciendo fruto.
La enseñanza es una relación que se entabla entre el profesor
y el alumno para la transmisión, comprensión, asimilación e incorporación, en
nuevas actitudes, de unos conocimientos.
Por lo tanto, cuando enseñamos, deberíamos cerciorarnos de
que se cumple todo este proceso, de tal forma que los que son enseñados
incorporen lo aprendido a su forma de vivir cotidiana. En la enseñanza bíblica
no hay nunca la pretensión de que sirva para acumular conocimiento, sino para
cambiar vidas. La finalidad de la Biblia no es formar “teólogos” que sean muy
conocedores y puedan demostrar con facilidad sus grandes conocimientos, de
forma teórica, sino más bien “piadosos, temerosos de Dios” que en el temor de
Dios se esfuercen por obedecerle, de tal manera que cuanto más conozcan de Él,
mayor sea su adoración.
b) Definición del
aprendizaje
El aprendizaje es la adquisición de nuevas formas de
comportamiento, como resultado de la enseñanza. No se trata sólo de la adquisición de
unos conocimientos determinados, sino de su aplicación en la vida diaria.
Normalmente cargamos toda la responsabilidad del aprendizaje sobre el alumno,
aunque podemos percibir que si el que enseña “no explica bien”, no se produce
un buen aprendizaje. Pero la realidad es que dado que el que enseña es el que
sabe, y el que es enseñado no sabe, hace falta que el enseñador “lleve de la
mano” al alumno para que vaya aprendiendo. La enseñanza y el aprendizaje no son
compartimientos estancos sino partes de un todo que no pueden funcionar
independientes. Lo que sucede es que la enseñanza es el proceso visto desde el
emisor y el aprendizaje visto desde el receptor, pero alguien externo a ambos
lo verá todo en conjunto.
Tal vez estamos demasiado acostumbrados a entender la enseñanza como una exhibición de conocimientos, mas que una transmisión de actitudes, y de esta forma hemos llegado a valorar al enseñador por la abundancia de sus conocimientos mas que por los resultados obtenidos en sus alumnos. Esto también sucede en la enseñanza secular. Con demasiada frecuencia encontramos enseñadores, que ganaron las oposiciones por ser los que más sabían, que son estudiantes brillantes, que realmente saben muchísimo; pero que no consiguen enseñar a sus alumnos; y se pasan toda una vida como enseñadores que no enseñan, sin ser en muchos casos conscientes de ello, o tal vez, siéndolo, no les importa en absoluto, porque tienen la plaza segura.
Pero en la enseñanza espiritual no puede ocurrir esto, porque
son los asuntos del Reino de Dios, y almas inmortales. lo que está en juego. Tal
vez la gran “asignatura pendiente” de la enseñanza evangélica sea valorar mucho
más el crecimiento espiritual de los enseñados, que la cantidad de conocimientos
del que enseña. Alguien definía la diferencia entre el buen y el mal enseñador
de la forma siguiente: “Lo más importante de un enseñador no es que sus alumnos
digan: ¡Cuánto sabe!, sino, ¡Cuánto he aprendido!”. Porque el buen enseñador es
seguido, imitado; pero el mal enseñador solo es admirado.
2ª PARTE
No hay enseñanza sin aprendizaje
Esto es evidente. Porque si el que es enseñado no aprende, lo
que sucede es que el enseñador no enseña. Esto parece un juego de palabras,
pero no lo es. Porque si hemos estado exponiendo un tema y al terminar decimos:
“Hemos enseñado tal tema”, para comprobarlo sólo tenemos que averiguar si los
oyentes conocen realmente el tema, y si ha cambiado en algo sus vidas. Si no es
así, no hemos enseñado: a lo sumo hemos “hablado” del tema en cuestión.
Enseñar sólo es un hecho cuando hay aprendizaje; porque las
dos cosas son partes de un todo. Nuestro error más frecuente es suponer que
enseñar es presentar unos conocimientos que los oyentes deben comprender y
asimilar. Pero pocas veces nos hacemos algunas preguntas muy importantes, tales
como: ¿Han entendido realmente lo que he dicho? ¿comprenden lo que quiero
decir?, ¿se han dado cuenta de cuál es el cambio que se espera de su actitud?,
¿han cambiado? Muchas veces damos por sentado que nos han entendido, cuando la
realidad es que la mayoría del auditorio ni siquiera comprende muchos de los
términos que empleamos; porque solemos utilizar expresiones técnicas, que
forman parte de la “jerga” teológica, sin pararnos a pensar que la mayoría del
auditorio no lo entiende en absoluto. El primer elemento, imprescindible de
una buena enseñanza es que hablemos el mismo lenguaje del oyente. Con
demasiada frecuencia decimos muchas cosas buenas, pero lo oyentes no perciben si
queremos transmitirles algo determinado; porque no nos hemos preocupado del
mensaje, que debe ser el principal objetivo de la enseñanza; porque no
enseñamos para que se den cuenta de cuanto sabemos sino para que aprendan. Pero
como aprender es cambiar de actitud, hemos de tener en cuenta, y dejarlo muy
claro, que esperamos una respuesta, un cambio, una reacción.
Por otra parte, si lo que decimos, aunque se entienda, no
sirve para nuestra propia vida, no esperamos que tenga credibilidad alguna para
los oyentes. Si enseñamos desde el objetivo del aprendizaje, y no nos
conformamos con decir, sino con que los oyentes aprendan, aunque sea poquito,
nuestro trabajo de enseñanza será mucho más gratificante y útil.
Las claves del aprendizaje
Para que alguien aprenda realmente, deben darse una serie de
situaciones sucesivas que intentaremos describir. a) Motivación. El que
es enseñado ha de tener deseo de aprender. Y como el aprender tiene su meta en
un cambio de actitud, el que aprende ha de sentir la necesidad de cambiar de
actitud, de adoptar un comportamiento diferente. Por lo tanto, el primer paso
de la enseñanza será poner al descubierto esa necesidad de cambio y
estimularla. Esto obliga a colocarse sinceramente en el lugar del que oye, para
ver las cosas como él las ve. b) La comprensión clara del obstáculo que
impide el cambio.
Si hace falta un cambio, ya se gradual o radical, y aún no se
ha producido, es que hay algún obstáculo que lo impide. Si no se identifica, y
analiza, el problema, no pude abordarse su solución. Es imprescindible que el
enseñador tenga esto en cuenta para que colabore activamente en el aprendizaje
de su alumno, en cada paso del mismo. Este aspecto requiere, no sólo ponerse en
el lugar del enseñado, sino hacer el trabajo en equipo con él.
c) El estudio de la, o las soluciones posibles. La necesidad de cambio no es igual en
todos los casos. Las medidas a tomar, tampoco lo son. Por tanto, se requiere
una gran participación del que es enseñado, en esta parte, para adaptar la
enseñanza general a su caso particular, pero también del que enseña, para que
el estudio de la solución posible sea muy práctico y real y no un mero ensayo
teórico. Esto supone ser muy realista, descender a lo cotidiano y analizar la aplicación
práctica de lo aprendido. Teorizar no sirve da nada; al contrario, distancia,
enfría, impide el verdadero aprendizaje.
d) Cambiar de actitud, aplicar la solución. Sin este paso no hay aprendizaje, y,
por lo tanto, no ha habido enseñanza. Si se ha llegado al convencimiento de que
una determinada solución es la ideal, hace falta ponerla en práctica. Sin este
paso, ni la enseñanza está completa, ni el aprendizaje se ha producido. El
crecimiento en madurez es un cambio progresivo de actitud, es acción, no sólo
conocimiento. El resultado de la evangelización son vidas cambiadas, renovadas,
orientadas hacia Dios. Pero no habrá evangelización si sólo conseguimos
personas que “sepan” las verdades del evangelio, pero no las aplican a sus
vidas. La defensa de la fe de acuerdo con ellas, y, en todo caso, es una
actitud firme de poner incluso la vida para defenderlas.
3ª PARTE
LA IMPORTANCIA DE
LA ENSEÑANZA
A partir de ahora, cuando hablemos de enseñanza, tendremos en
mente el proceso enseñanza – aprendizaje. Por lo tanto, al referirnos a la
importancia de la enseñanza queremos decir de todo el proceso y sus resultados.
Examinaremos tres aspectos básicos en la vida del creyente, y por lo tanto, de
la iglesia local, que deben llevarnos a reflexionar muy seriamente en los
resultados de nuestros esfuerzos en cada uno de esos apartados. Un buen
ministerio de enseñanza requiere un buen conocimiento de los que han de ser
enseñados, porque se trata de ayudarles a encauzar sus vidas y esto n o puede
hacerse bien sin conocerlas. Esta reflexión debe motivar un examen cuidadoso de
nuestra forma de enseñar y de nuestra tarea como enseñadores.
La importancia de la enseñanza
en la edificación
El crecimiento espiritual es la necesidad más importante de
cada creyente porque: “siendo renacidos, no de simiente corruptible, sino de
incorruptible, por la palabra de Dios que vive y permanece para siempre.
Porque: Toda carne es como hierba, y toda la gloria del hombre como la flor de
la hierba. La hierba se seca, y la flor cae; mas la palabra del Señor permanece
para siempre. Y esta es la palabra que por el evangelio os ha sido anunciada.
Desechando, pues, toda malicia, todo engaño, hipocresía, envidias, y todas las
detracciones, desead como niños recién nacidos, la leche espiritual no
adulterada, para que por ella crezcáis para salvación” (1Ped.1:23-2:2)
Para los guías ha de ser su primer objetivo ayudar con su ministerio,
especialmente de enseñanza, a este objetivo, a fin de que “siguiendo la
verdad en amor, crezcamos en todo en aquel que es la cabeza, esto
es Cristo (Ef.4:15)
El pasaje de 1ª de Pedro presenta el crecimiento como
progresivo cambio de actitudes, que va produciendo un nuevo carácter, con el
influjo de la Escritura. En Efesios 4 se enfatiza más el funcionamiento como
miembro del cuerpo (v.12), en perfecta armonía con los demás miembros (v.16) El
creyente tiene la responsabilidad personal de alimentarse de la Palabra para
crecer, pero los guías ha de velar sobre el conjunto para ayudar a cada uno en
el proceso de maduración. La tarea de enseñanza es fundamental, sobre todo
cuando la enfocamos, como vimos arriba, como un proceso en el cual enseñador y
alumno están comprometidos y tienen como finalidad la edificación espiritual,
que ha de manifestarse en una forma de vivir cada día más semejantes a la de
Cristo.
4ª PARTE
La enseñanza es inseparable
de la evangelización
La llamada “Gran Comisión”, de Mateo 28:18-20, incluye la
enseñanza como fundamental: “Haced discípulos, enseñándoles”. Este texto
presenta la enseñanza como esencial en el anuncio del evangelio, porque no se
trata solamente de dar a conocer la Buenas Nuevas, sino de conducir a los que
creen por la senda de la “obediencia a la fe” (Ro.1:5)
A veces derivamos hacia una evangelización, que busca más
interés la confesión de un credo que la práctica de una forma de vida.
Aprovechar todos los medios a nuestro alcance, para anunciar el evangelio “a
toda criatura”, no puede hacernos olvidar que Jesús dijo, además: “enseñándoles
que guarden todas las cosas que os he mandado”, y esto supone que creer al
evangelio es no sólo sentir, o creer, a una verdad, sino también, y sobre todo,
obedecerla. Los creyentes no somo luz del mundo y sal de la tierra sólo por el
hecho de proclamar verdades, sino por vivirlas.
Evangelizar incluye enseñar, y ser evangelizado incluye aprender. Tal
vez tengamos que repasar nuestros planes de evangelización, pro valdrá la pena
si los frutos son más duraderos.
La buena enseñanza
defiende del error
Es fácil convencer a un niño, para llevarle a donde3 no le
conviene, porque aún no tiene madurez, ni conocimiento, para resistirse. Pero a
un adulto, con las ideas maduras, con sus convicciones bien afirmadas, no es
fácil convencerlo ni llevarle a donde él no quiera. Este es el cuadro que
presenta Pablo en Efesios 4:14: “para que yo no seamos niños fluctuantes,
llevados por doquiera de todo viento de doctrina, por estratagemas de hombres
que para engañar emplean con astucia las artimañas del error”. La enseñanza
bien impartida, lleva a la madurez a los que son enseñados, les hace crecer,
les fortalece, les proporciona visión, les afirma en la verdad. Cuando alguien
ha sido bien enseñado, es muy difícil hacerle tambalearse con falsedades.
Los errores más peligros son los que surgen desde dentro.
Sólo los que han aprendido bien tanto en conocer las Escrituras, como en
vivirla, pueden resistir y contrarrestar sus ataques. Pablo está seguramente
pensando en esto, cuando les dice a los ancianos de Éfeso: “porque no he
rehuido anunciaros todo el consejo de Dios. Por tanto, mirad por vosotros, y
por todo el rebaño en que el Espíritu Santo os ha puesto por obispos, para
apacentar la iglesia del Señor, la cual él ganó por su propia sangre. Porque yo
sé que después de mi partida entrarán en medio de vosotros lobos rapaces, que
no perdonarán al rebaño. Y de vosotros mismos se levantarán hombres que hablen
cosas perversas para arrastrar tras de sí a los discípulos” (Hech.20:27-30)
Cuatro cosas muy importantes cita Pablo aquí: 1) La enseñanza
de toda la Escritura (v.27), éste es el armamento con que la iglesia ha
contado, en toda la historia, para enfrentarse al error. 2) Los guías de la
iglesia local (v.28). Deben ser los enseñadores de “todo el consejo de Dios” a
la congregación y los que “vean venir” las desviaciones, y se anticipen con la
verdad. 3) Los errores externos (v.29). Las deformaciones vienen a veces
disfrazadas de famosos enseñadores; pero las más comunes son las que vienen del
entorno. Al igual que con Israel em el pasado, el querer ser “como tales
naciones” (1ª Samuel 8:20), trae consigo un descenso inmediato en la fidelidad
al Señor, y un progresivo deterioro de la vida espiritual que “roba” la
adoración, la meditación, el servicio, la alabanza, el crecimiento, y el poder
espiritual de la iglesia queda anulado. 4) Los enemigos internos (v.30). Estos
son los más peligroso, porque pasan más fácilmente desapercibidos.
Hay una clase de “enseñadores” que sólo buscan seguidores.
Que sólo les importa tener admiradores. Que no les importan tanto los que
siguen a Cristo, como los que les siguen a ellos. Suelen ser brillantes,
persuasivos. dogmáticos, con gran atractivo, y con apariencia de autenticidad.
Pero su enseñanza busca sólo su fama personal, no el crecimiento de cada
creyente y de la obra del Señor.
Otros, sólo buscan el poder, ser los que mandan, tener a
todos bajo su dominio, olvidando que quien manda es el Señor. No consienten a
su lado a nadie que les haga la competencia, que les pueda hacer sombra, que
limite su poder. Se resisten como “gato panza arriba” antes de ceder ni una
mínima parcela de su dominio. Son seguidores, más o menos cercanos, de un tal
Diótrefes (3 Jn.9, 10). Otros, están siempre “rebajando” las exigencias morales
de la Escritura, quitando transcendencia a la Revelación, relativizando las demandas
claras de Dios. Otros, en fin, prefieren instaurar una serie de nuevos
preceptos, rígidos, exhaustivos, inamovibles, que llegan a estar por encima de
la Escritura, hundiendo la vida cristiana en el legalismo más burdo. La lucha
contra el error requiere de los guías conocer bien toda la Escritura y ser
buenos enseñadores de ella, y estar muy atentos para que sea atajado antes de
alcanzar dimensiones peligrosas. El equilibrio es difícil, pero necesario.
Fuente:
“Edificación Cristiana”
Marzo-Abril, 1994
Comentarios
Publicar un comentario