EL FRUTO DEL ESPÍRITU (3ª)

Dámaris García de la Piedra

PAZ (εἰρήνη, eirēnē) 

Para Pablo, la paz no es simplemente la ausencia de conflicto ni un equilibrio emocional interior, sino una realidad teológica objetiva que brota de la reconciliación obrada por Dios en Cristo. La vida cristiana no se sostiene sobre la gestión humana de las tensiones, sino sobre una existencia transformada por el Espíritu Santo, que introduce al creyente en una relación nueva con Dios, consigo mismo y con los demás (Rom.8:9–11). El contraste entre las “obras de la carne” y el “fruto del Espíritu” en Gálatas 5 pone de manifiesto dos modos de habitar la realidad. La carne produce rivalidad, enemistad y división, mientras que el Espíritu, en cambio, genera una paz que no es evasiva, sino reconciliadora y constructora de comunión (Gál.5:15; Ef. 2:14–18)

Gálatas 5:22–23

 Is.9:6; Sal. 85:8–10; Jn.14:27; Rom.5:1; Ef. 2:14–18; Col. 3:15; Fil. 4:6–7.

La paz figura en la lista del fruto del Espíritu no como una virtud privada ni como una técnica psicológica de serenidad interior, sino como la consecuencia visible de una vida reconciliada con Dios. La εἰρήνη cristiana no niega el conflicto, pero impide que este tenga la última palabra, porque se apoya en la obra consumada de Cristo y en la acción presente del Espíritu. La carta a los Gálatas se escribe en un contexto de profunda tensión eclesial. Las divisiones provocadas por la imposición de la Ley como criterio de pertenencia estaban erosionando la comunión y generando conflicto abierto dentro de la comunidad (Gál.5:15). En este escenario, Pablo presenta la paz como fruto del Espíritu en contraste con las dinámicas destructivas de la carne. La paz no es un acuerdo superficial ni una tregua forzada, sino la manifestación de una iglesia que vive desde la justificación por la fe y no desde la competencia religiosa.

Antiguo Testamento: El concepto bíblico de paz está profundamente enraizado en el shalom, que expresa plenitud, integridad y armonía en las relaciones. No se reduce a la ausencia de guerra, sino que describe la vida tal como Dios la quiere, una vida restaurada y justa (Sal. 85:8–10; Is.32:17).

Nuevo Testamento: En Cristo, la eirēnē se concreta como reconciliación objetiva: “justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios” (Rom.5:1). Jesús no solo anuncia la paz, sino que la da como herencia a sus discípulos (Jn.14:27), una paz que el mundo no puede producir.

Martín Lutero (1483–1546) La paz cristiana es la tranquilidad de la conciencia que nace de saberse justificado por la fe delante de Dios. Juan Calvino (1509–1564) La paz es el reposo interior que el Espíritu produce cuando el creyente vive reconciliado con Dios y sometido a su gobierno. Dietrich Bonhoeffer (1906–1945) La paz cristiana no es ausencia de conflicto, sino comunión reconciliada fundada en la cruz de Cristo. John Stott (1921–2011) La paz es la armonía restaurada con Dios y con los demás como resultado de la obra reconciliadora de Cristo.

¿Por qué Pablo presenta la paz como fruto del Espíritu y no como una construcción ética o psicológica del creyente?

Pablo parte de una comprensión relacional del pecado: el ser humano está separado de Dios y, como consecuencia, vive en conflicto consigo mismo y con los demás. Ninguna técnica ética o psicológica puede revertir por sí sola esta ruptura fundamental. La paz cristiana es fruto del Espíritu porque nace de la reconciliación obrada por Cristo y aplicada al creyente por el Espíritu (Rom.5:1; Ef. 2:14–18). No es un logro humano, sino una realidad recibida que transforma progresivamente la vida interior y las relaciones externas. Así, la eirēnē no es un estado que el creyente impone sobre sí mismo, sino una manifestación visible de una vida rendida a la obra reconciliadora de Dios.

¿Cómo redefine el Espíritu Santo la vida comunitaria a la luz de la paz, según Gálatas?

En Gálatas, la ausencia de paz se manifiesta en la hostilidad, la comparación y la fractura comunitaria. Pablo advierte que una comunidad gobernada por la carne termina “devorándose unos a otros” (Gál.5:15). El Espíritu, en cambio, genera una paz que permite convivir en la diferencia sin destruir la comunión. Esta paz no elimina el discernimiento ni el conflicto, pero los sitúa bajo el señorío de Cristo. Como afirma Colosenses 3:15, la paz de Cristo actúa como árbitro en el corazón y en la vida comunitaria.

¿Qué implicaciones prácticas tiene afirmar que la paz es fruto del Espíritu?

Si la paz es fruto del Espíritu, no puede ser reducida a una estrategia de gestión de conflictos ni a una norma disciplinaria. La verdadera paz cristiana exige un corazón reconciliado y una comunidad centrada en la gracia. En el plano personal, esto invita a revisar las fuentes de nuestra inquietud: ¿vivimos desde la autojustificación, el control o la confianza en la gracia? La paz del Espíritu libera de la ansiedad que nace del mérito y del miedo al fracaso (Fil. 4:6–7). En el plano comunitario, una iglesia guiada por el Espíritu será reconocible por su capacidad de afrontar tensiones sin romper la comunión, buscando la verdad en el amor y la reconciliación.

Motivos de oración

• Delante del Señor examinemos si nuestra falta de paz proviene de algún tipo de resistencia a la gracia o de algún intento de controlar nuestra propia vida espiritual. Pidamos al Espíritu un corazón reconciliado con Dios y confiado en su gracia.

• Que la iglesia del Señor sea un lugar donde la paz y la reconciliación sean muestras habituales, reconociendo que el fruto de la paz, Cristo ya lo ha conquistado en la cruz.

 


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