LA INFALIBILIDAD PAPAL

Por Javier Gonzaga

Ya no es menester echar mano de autores no católicos para exponer las razones, tanto de orden bíblico como histórico, que nos impiden aceptar la doctrina de la infalibilidad del obispo de Roma, doctrina que sólo cuenta con un siglo de existencia. Ahora es posible recurrir a autores católicos para examinar y refutar la infalibilidad del papa con casi igual energía que pudieron hacer los apologistas protestantes de antaño. Tenemos a nuestra disposición las obras de Hans Küng, Jacques Flamand y Francis Simons, autores católicos. romanos que han dejado de creer en el dogma que impulso el Concilio Vaticano I.

Seguir el hilo de las discusiones habidas entre Küng y Rahner, entre Simons y los teólogos tradicionales, y zambullirnos en el mar de controversias que ha suscitado esta moderna contestación del dogma tenido como centro de la fe romanista, meterse en el mundo de críticas, argumentaciones, ataques y contra – ataques entre los teólogos católicos, nos exigiría llenar muchas páginas. Tan sólo podemos apuntar lo fundamental: la puesta en tela de juicio de aquella convicción que hacía de un católico alguien diferente de un cristiano, por tratarse de una doctrina peculiar, singular y exclusiva del catolicismo romano.

¿PUEDE UN HOMBRE QUE NO ES DIOS SER INFALIBLE?

En 1970 se cumplieron cien años de la definición del Vaticano I sobre la infalibilidad. Dogma reciente, pero gestado a lo largo de siglos de pugna ente los conceptos conciliaristas (el Concilio la máxima autoridad) y los pontificios (infalibilidad que, salió triunfante el 18 de julio de 1870). La celebración del centenario no ha sido, sin embargo, lo triunfalista que, seguramente, hubiesen querido los conservadores. Entre las múltiples publicaciones que aparecieron y siguen apareciendo descuella la obra de Hans Küng titulada: “¿INFALIBLE? UN INTERROGANTE”.

En el prólogo, su autor comprueba un estancamiento en la pretendida renovación post-conciliar, anunciada con tanto bombo y platillo, creída por el pueblo, pero puesta en entredicho por quienes no se fían de las apariencias. La estructura de poder absoluto de la iglesia romana – argumenta H. Küng – permanece inalterada e inalterable en sus puntos decisivos. Y esto, subráyese bien, a pesar de los impulsos reformadores del Concilio Vaticano II.

Para empezar, cuestiona Kúng el contexto histórico y tradicional en que se definió la infalibilidad hace un siglo. De ello concluye que la doctrina tradicional de Roma descansa sobre fundamentos que no son ni seguros ni inexpugnables para la teología de hoy, y, ni quizá para la misma teología del Vaticano I. Se pregunta Küng: “¿Puede un hombre que no es Dios ser infalible?”. Aunque el lector cristiano no siempre puede estar de acuerdo con todo lo que se lee en estas páginas (a veces, Küng es excesivamente tributario de las tesis discutibles de la crítica radical bíblica), sin embargo, lo cierto es que en ciertos párrafos uno tiene la impresión de leer a algún autor dentro de la más pura línea reformada. Por ejemplo, cuando escribe a la manera de Cullmann: “La Palabra” de la revelación, comunicada al nuevo pueblo de Dios, no es ya provisional; es última y definitiva. Por lo tanto, el peligro y la amenaza no pueden jamás afectar de modo definitivo al nuevo pueblo de Dios que posee, en medio de su debilidad, la certeza de la salvación”.

Pero, aquí tomamos con un obstáculo serio, Küng no sólo abandona la infalibilidad de la sede vaticana, sino la de la misma Biblia. Relativiza el mensaje bíblico y propone que, así como la ortodoxia griega y la rusa reemplazó la infalibilidad papal por la de los concilios ecuménicos, así la teología protestante proclamó la infalibilidad del mensaje bíblico y se equivocó al sujetarse a dicha infalibilidad del Libro Sagrado. Admite que conviene hablar de la autoridad y verdad únicas de la Escritura, pero no en el sentido de una inerrancia de sus proposiciones, dada desde un principio, sino en el sentido de un testimonio correcto, veraz, de Jesucristo, en medio de todos sus defectos de detalle.

Por supuesto, es la explicación que aceptarían los teólogos modernistas y ecuménicos. Küng trabaja con un concepto racionalista de la historia y con una exégesis bíblica discutible cuando enjuicia los detalles, a pesar de que en lo que al meollo de la cuestión se refiere, la negación de la infalibilidad, puede operar sobre presupuesto históricos tradicionalmente válidos y una hermenéutica igualmente correcta. Diecinueve siglos de historia de la Iglesia sin infalibilidad dicen bastante a favor de quienes se oponen a un dogma novedoso y que tanto ha costado de inculcar incluso en las conciencias de quienes debieran ser los incondicionales.

¿EXISTE O NO UNA MÁXIMA AUTORIDAD?

La debilidad de Küng estriba en su tesis que distingue ente “permanecer en la verdad” y “la verdad de las proposiciones”. Reconoce una indefectibilidad de la Iglesia -pero, tiene cuidado de no precisar qué iglesia, o iglesias- y, sin embargo, el permanecer en la verdad de los verdaderos creyentes no queda relacionado, atado, o relegado, de manera lógica con la indefectibilidad de la Escritura. La tesis de Küng contradicen la totalidad de la teología católica, hecha explícita en el Vaticano I y el Vaticano II, pero también se hallan en conflicto con la teología reformada, evangélica, bíblica que ve en la Escritura la norma absoluta, inapelable de la autoridad divina; ni los concilios ni el papa – cierto, y aquí estamos de acuerdo con Küng-, pero sí Dios, quien nos habla por su Palabra y su Espíritu, de modo que la Biblia es máxima y única autoridad.

Hemos de dar la razón a Karl Rahner cuando le pregunta a Küng: “¿Ha reflexionado H; Küng suficientemente sobre el hecho de que Jesús y su causa sólo nos son asequibles mediante proposiciones? ¿y que, su dominio sobre nosotros, al cual nos sometemos incondicionalmente, sólo puede darse mediante proposiciones, que aceptamos libremente como norma, o sea, como “infalibles”? Pero, sólo la Escritura es norma non normata, porque solamente ella es Palabra de Dios. Así, como dijera Lutero, no es la Iglesia la que dice lo que la Biblia enseña, sino la Biblia la que debe determinar lo que la Iglesia predica o enseña.

Mucho más positivo nos parece – aún sin estar tampoco de acuerdo con todos los detalles de su obra- el libro INFABILIDAD Y EVIDENCIA, del obispo Francis Simons, de Ediciones Ariel, Barcelona 1969. Simons nació en Holanda en 1908; doctorado por la Universidad Gregoriana de Roma, ha vivido muchos años en la India como misionero. Sus intervenciones en el concilio Vaticano II se caracterizaron por las dudas que lanzó constantemente al supuesto de la infalibilidad de Roma, así como a sus reflexiones sobre los problemas demográficos y la miope perspectiva con que los enfoca el Vaticano.

En INFALIBILIDAD Y EVIDNECIA, Simons afirma, sin rodeos, que no hay una sola evidencia en el Nuevo Testamento que apoye el dogma infalibilista. Su sugerencia es contundente: que Roma abandone esta doctrina. He aquí, pues, a un obispo crítico de aquella que para muchos fieles de su Iglesia es la esencia misma del sistema religioso al que pertenecen. Ya no es un simple teólogo, ni unos profesores teóricos de algunas facultades teológicas; Simons aborda el problema desde perspectivas bíblicas, pero también desde un enfoque pastoral y misionero.

A lo largo de sus casi 200 páginas, el obispo Simons expone sus argumentos bíblicos e históricos, de manera que nos recuerda un poco a Ignaz von  Dollinger ( uno de los sabios prelados de la Iglesia Católica en el siglo pasado) quien tanto escribió en contra del dogma de la infalibilidad del papa en vísperas del Vaticano I, lo que le valió ser excomulgado al término de dicho Concilio. Pero, ni Hans Küng, ni el obispo Simons, son excomulgados.

Pera el obispo Simons la Revelación bíblica es más que suficiente para apoyar y fundamentar nuestra fe. Esta revelación se halla alcance de todos, garantizada, asimismo, por los textos del Nuevo Testamento. “Los libros del Nuevo Testamento son esencialmente el testimonio apostólico en forma escrita. El testimonio escrito tiene considerables ventajas sobre el oral. El testimonio de tiempos posteriores que no es oralmente directo, ni ocular, no heredó autoridad del de los apóstoles. Al contrario, este testimonio depende del del Nuevo Testamento para probar su propia autenticidad y legitimidad.

La autoridad del magisterio actual debe basarse en la Biblia y no viceversa. La Biblia es el testimonio original y autorizado de los mismos apóstoles respecto a Cristo; la Biblia es superior a la enseñanza, derivada respecto a ella del magisterio posterior. Ella constituye la fuente y la norma, mediante esta enseñanza. La tare de los ministerios posteriores es esencialmente la de trasmitir, explicar y aplicar el contenido del testimonio original apostólico; su relación con éste, no puede ser otra que la de subordinación y servicio”.

Simons termina con estas palabras: “La única solución para este problema que tanto preocupa al Pontífice es afrontarlo con honestidad. Me parece que nos engañamos a nosotros mismos si creemos que otros cristianos aceptarán nuestras posiciones sobre la infalibilidad y el poder papal. Nuestra causa, simplemente, no resulta suficientemente buena. Si nosotros estamos equivocados en nuestras posiciones, entonces somos nosotros el obstáculo infranqueable para la unidad”.

Solamente, el día en que un “papa infalible”, a la luz pública de la Plaza de San Pedro en Roma y ante miles de personas, proclame solamente que en virtud de su infalibilidad entiende que el dogma de la infalibilidad estaba equivocado y, por lo tanto, queda anulado, solamente entonces el Vaticano quedará sin reversas para posibles autoritarismos futuros. *

* "Catolicismo y Biblia".Editorial Irmayol.Apartado 2.001. Madrid-2. Año 1976

 

 

 

 

 

                                                                      

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