TRADICIÓN Y REVELACIÓN
Por Manuel Gutiérrez Marín
Tanto se ha escrito sobre esta cuestión que resulta difícil
el exponer algo nuevo. Sin embargo, no carece de actualidad, antes, al
contrario: prosigue siendo una cuestión de máximo interés para quienes toman en
serio a Dios y al hombre y, sobre todo, la Biblia. Ya es mucho y de gran valor
distinguir entre la revelación como obra exclusivamente divina y la tradición
como obra humana, porque dicha distinción reconoce la actuación de Dios y no
desprecia la actuación del hombre.
Situémonos en el caso concreto y, por consiguiente, práctico
y cierto de que Jesús no escribió nunca nada (Juan 8:6 y 8 es algo insólito) y
acerca de Él dice un evangelista: “Hizo Jesús además muchas otras señales en
presencia de sus discípulos, las cuales no están escritas en este libro. Pero
estas se han escrito para que creáis” (Juan 20:30-31)
Nunca han faltado filósofos dotados que han situado a Dios en
su inmanencia divina, ya no sólo como el gran arquitecto del universo, como el
regulador del mismo, regulador que, a veces, corrige los fallos de la
humanidad. Pero tampoco han faltado filósofos que honesta y sinceramente han
reconocido que entre Dios y los hombres existe una frontera, un límite
imposible de rebasar por el hombre. Ni unos n i otros filósofos han realizado
otra cosa, sino defender la inmanencia de Dios, o sea, de apartarle de las
opiniones humanas por sumamente morales que estas sean. Así, desde trescientos
años antes de Cristo han imaginado un Dios lejano, no alcanzable e inabordable.
Precisamente contrario de esta postura filosófica es la
revelación, conforme a la cual Dios no se complace en permanecer en su
inmanencia, sino que se manifiesta a los hombres, se allega al mundo, toma
contacto con el mundo, con la humanidad. Este Dios, el Dios verdadero, es el
Dios transcendente. Se basta a sí mismo, no requiere que loe apoye nada, por
que Él es el Creador del Universo y del hombre; pero le place ser también el
sustentador de la Creación y el salvador y santificador del hombre.
Si la revelación es obra exclusiva de Dios, también en cuanto al triple aspecto en que se nos ofrece, nos vemos enfrentados con el Dios santo, fascinante y tremendo. Como santo, Dios mora en regiones llamadas las “alturas” y la “gloria”, adonde nosotros no podremos llegar mientras vivamos. Y ante la santidad de Dios de nada vale erguirse sobre una pierna y, haciendo equilibrios, demostrar o, mejor, pretender demostrar su santidad. Lo único que podemos realizar es postrarnos de rodillas y adorarle y para poder adoptar nosotros esta postura, es imprescindible que el Dios santo nos santifique. Y esto lo realiza Él concediéndonos su propio espíritu de santidad.
La santidad propia de Jesucristo son el mejor ejemplo y señal
de la existencia del Dios santo. Pero al igual que Dios reveló a Abraham, Moisés,
Josué, los profetas, Cristo se ha revelado en forma ineludible a Saulo de
Tarso, convirtiéndole en apóstol, o a un varón como Ananías (Hech.9:10-17) o a
Pedro (2Ped.1:14). ¿Y qué decir de las visiones y revelaciones Pablo? (2
Cor.12:1-4) ¿Y qué es todo el Apocalipsis, sino revelación del Dios santo?
(Ap.1:1, y los capítulos 22?
La revelación siempre es exclusivamente de Dios, mientras que el
hombre puede ser objeto de la revelación, pero nunca sujeto; puede recibirla,
pero nunca podrá obligar a Dios que Dios se la conceda. ¡Y es que Dios ya ha
concedido su revelación entera, toral, aunque, repetimos únicamente la conoceremos
si a Él le place otorgárnosla! Porque la revelación pura de Dios se encuentra
expuesta en la Biblia, en las Sagradas Escrituras. ¡Pero cuidado con hacer de
la Biblia una especia de fetiche y más cuidado todavía con pretender completara
o añadir o quitar de ella lo que Dios ha revelado! Y es que existe una única
fuente de revelación y no vale ni siquiera aproximar a ella la denominada tradición.
El hombre interpretará la revelación bíblica debidamente si el Espíritu Santo le acompaña. Y si le acompaña no le dirá otra cosa de lo que ya dice la Biblia. Se comprende que sea más cómodo el atenerse a la “tradición”; es más cómodo porque la tradición siempre está respaldada por alguna institución, según magisterio regido por algunos especialistas. Y conste que dicha tradición existe y tiene valor en la Iglesia Católica. Y igualmente hay grupos que aseguran basarse en la Biblia y, sin embargo, poseen al lado escritos o documentos tradicionales.
Por ímprobo que ello resulte, no queda otro remedio sino cotejar la revelación con lo manifestado por la tradición y sólo entonces será posible reconocer hasta que punto la tradición es admisible. Todo lo que sea un cotejar a fondo conduciría únicamente a discusiones inútiles. Porque no se trata de estructuras o formas eclesiástica de culto y organización, sino de la revelación infalible de Dios. La revelación es de Dios y ya está escrita en la Biblia, mientras que la tradición siempre será cosa humana y, en el mejor de los casos, o sea, si resulta aceptable, estará en conformidad con el texto bíblico.
Leer la Biblia con máxima atención, leerla, estudiarla; pero leerla y estudiarla a corazón abierto y será la Biblia misma la que nos revelará a Dios mismo, en la que tantos hombres y mujeres han escrito sobre la Biblia aplicándola a la vida cristiana, vida de santidad, única vida que a Dios agrada. Ocupaos en dicha lectura a fondo, pero no dejemos la Sagrada Escritura a un lado, sino confiemos en que solamente en ella está la verdad. Y entonces será cuando palparemos con el alma que Dios es luz y amor y que en Jesucristo tenemos el Señor que, además de merecer toda nuestra confianza, intercede por nosotros ante Dios, su Padre y nuestro Padre celestial, si hubiésemos ofendido a Dios en su santidad, desoído su palabra o tenido en poco su libérrima libertad para hacernos esperar hasta que Él intervenga. Cuando intervenga lo hará conforme a su revelación, de acuerdo con lo que la Biblia “ya está escrito”.
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