PROFECÍA DE APOCALIPSIS (IV)
Samuel Pérez Millos
“Y el templo de Dios fue abierto en el cielo, y el arca de su pacto se veía en el templo. Y hubo relámpagos, voces, truenos, un terremoto y grande granizo” (v.19) “Y fue abierto el templo de Dios en el cielo y fue vista el arca del pacto de Él en el santuario de él y ocurrieron relámpagos y voces y truenos y terremoto y granizo grande” (Gr.)
La descripción de la visión celestial concluye con la manifestación visible del templo de Dios en el cielo y el arca del pacto, que se veía en el santuario. Dos detalles de importancia: el santuario y el arca del pacto. El santuario era el lugar donde Dios manifestaba su presencia en medio de su pueblo. Era el lugar de esperanza, donde el Señor cumplía sus promesas y daba bendición a su pueblo. Es cierto que la presencia de Dios no se puede vincular a un determinado lugar, pero era en el santuario, especialmente, Lugar Santo, donde se hacía realidad visible para los hombres y, especialmente, para su pueblo. Dios siempre ha sido un santuario de refugio y de gracia, para su pueblo en circunstancias adversas: “Por tanto, di: Así ha dicho Jehová el Señor. Aunque les he arrojado lejos entre las naciones, con todo eso les será por un pequeño santuario en las tierras adonde lleguen” (Ezq.11:16)
El segundo elemento de importancia en la visión es el “arca del pacto”. Se trataba en la antigua dispensación y en el santuario terrenal, de un mueble de madera forrado de oro sobre cuya tapa estaba una lámina también de oro llamada el propiciatorio, sobre la que se extendía parte de la sangre del sacrificio de expiación. El propiciatorio estaba bajo las alas extendidas de dos querubines de oro. En el interior del arca se había colocado las dos tablas de la Ley. Dios podía mostrarse propicio al pueblo pecador a causa del sacrificio de expiación, en cuyo simbolismo, el animal inocente moría por el pecado del pecado. Ello era la figura y símbolo del gran sacrificio de expiación que el Cordero de Dios efectuaría en el tiempo histórico determinado por Dios, al morir por todos en la Cruz. El arca era también símbolo de la alianza, del pacto, que el Señor había hecho para su pueblo, en razón de cuyo compromiso, se establecía la protección de Dios en relación con los enemigos de su pueblo. De este modo, el arca marcaba el camino por donde debían ir (Josué 3:3-4), y de esa misma manera derribó los muros de la ciudad de Jericó (Josué 6:3-4)
Juan vio el templo de Dios abierto, lo que supone un contraste notable con el pozo del abismo que se abrió y del que salieron demonios que produjeron conflictos y dificultades entre las gentes del mundo (Ap.9:2). Ahora se ve la visión del templo abierto como figura de esperanza para quienes se llama proféticamente “prisioneros de esperanza” (Zac.9:12). El Santuario de Dios fue abierto, lo que significa que el Señor va a actuar en cumplimiento de todas sus promesas.
El santuario abierto puso de manifiesto la presencia del arca del pacto. Un velo impedía la visión del arca en la antigua dispensación a causa del pecado (Is.59:2), al no haberse llevado a cabo la muerte del Salvador, cuya obra abrió paso al creyente a la misma presencia de Dios (Heb.10:19-20). La muerte redentora de Jesucristo permitió a Dios, rasgar el velo en dos, de arriba abajo, quedando libre el acceso al trono de Dios, que es ya un trono de gracia para el creyente (Heb.4:11:16; 10:19-22)
El arca del pacto había sido dada a Israel como señal del cumplimiento de las promesas de Dios, cuyos dones son irrevocables (Ro.11:29). Las promesas dadas a Israel, como pueblo de Dios, tendrán cumplimiento cierto en el reino literal de Jesucristo en la tierra. Una tradición judía enseña que el arca del pacto aparecerá cuando se establezca el reino mesiánico y se construya el nuevo templo (2Mac.2:4-8). Una gloriosa esperanza mesiánica cierra el pasaje de los juicios como provisión de aliento ante lo que se aproxima aún en la manifestación de lo que Dios ha determinado antes del retorno de Jesucristo.
Con intenso dramatismo se producen otras manifestaciones que Juan describe, como son los relámpagos, efectos luminosos que anuncian la descarga eléctrica de la tormenta. A todo esto, se une un terremoto, finalizando esa violenta tempestad con una granizada intensamente grande. La tierra y los elementos que la forman se hacen eco de la acción que Dios va a emprender inmediatamente. La misma naturaleza gime esperando el momento de la manifestación de Dios, que resultará también para ella en liberación (Ro.8:22). Mientras los hombres se reblan con Dios, la naturaleza le sirve como portavoz de su determinación, reconociéndole y proclamándole a todos como el Soberano.
Ante todo, será lo mejor recordar aquí las palabras de exhortación del apóstol Pedro: “Pero el día del Señor vendrá como ladrón en la noche, ¡cómo debéis andar vosotros en santa y piadosa manera de vivir!” (2Ped.3:10-11). El creyente espera anhelante el momento en que la intervención de Dio se produzca y la trasformación definitiva de todo este estad de rebeldía remita para sujetarse en todo a Dios (1Cor.15:27-28). Previamente todo se sujetará a Cristo como consecuencia del decreto divino, que así lo estableció (Sal.8:6)
En el momento presente parece que el programa de Dios para sujetar las cosas a así mismo no se está cumpliendo (Heb.2:8), pero la soberanía de Dios hará realidad el decreto divino. Nuestro Señor Jesucristo está efectuando la obra de restituir todo bajo la autoridad divina. El Hijo en todo a la condición de hombre perfecto, hace posible que se el único Mediador entre Dios los hombres (1Tm.2:5). La función mediadora para salvación y restauración cumplirá el objetivo previsto por Dios, que es el de sujetar todas las cosas a Dios mismo.
En la nueva creación y reino eteno, el Hijo reinará eternamente (Ap.22:3). Pablo enseña que el Hijo entregará el reino en sujeción perfecta al Padre, restaurando todo en plenitud, con lo que todo el universo, en el más absoluto sentido de creación completa, quedará sujeto a Dios. Hasta entonces el acceso a Dios se hace por medio Hijo, en razón de ser el único Salvador y Mediador (1Tm.2:5). Pero, en el futuro perpetuo, todos habrán llegado a Dios y como salvos, todos tendrán plena comunión con él en una convivencia plena, más perfecta que en Edén (Ap.21:3)
El santuario de Dios ya fue abierto para el creyente que tiene acceso, nol a un trono de juicio, sino de gracia, en razón de la obra del Señor (Heb.10:19-22). Esto debiera llevarnos a desear y acceder al trono de gracia continuamente para encontrar provisión y socorro oportuno en medio de las dificultades propias de la peregrinación (Heb.10:22). Mientras tanto el Señor no nos llame para estar para siempre con Él, vivamos en esperanza que comporta una vida conforme a la esperanza que profesamos (2Ped.3:14)
Comentarios
Publicar un comentario