LA IRA DE DIOS (VIII)

R. V. G. TASKER

3ª parte

La tercera manera en que Jesús manifestó la ira divina a través de su ministerio profético fue la severidad con la que denunció a aquellos cuya conducta y creencias eran contrarias a lo que sabían era la explícita voluntad de Dios, o que deliberadamente rechazaban la gracia divina que se les ofrecía en la Persona y obra del Redentor.

Una de sus palabras más severas fu dirigida en conta de quienes deliberadamente levantaban piedras de tropiezo en el camino de los creyentes faltos de madurez: “Cualquiera que haga tropezar a alguno de estos pequeños que creen en mí, mejor le fuera que se le colgase al cuello una piedra de asno, y que se le hundiese en lo profundo del mar” (Mt.18:6)  “El pecado de los pecados, se ha dicho con razón, mes el de llevar a otros al pecado, especialmente los débiles, los simples, los inconstantes”. Los fariseos (y más tarde los judaizantes, que trataron de robar a los convertidos de Pablo la libertad que tenían en Cristo) fueron culpables de este pecado.

No es, pues, sorprendente que algunas de las más agrias denuncias de Jesús fueran dirigidas en conta de los fariseos; y la serie de “ayes” que llenan Mateo 23 constituyen una descripción aguda y completa de la clase de conducta pecaminosa que caracteriza a la “gente religiosa y respetables”. La única conducta de la que son capaces, pues permanecen fundamentalmente inconversos, sin conocer el arrepentimiento y ciegos al poder del pecado en sus vidas. El cual sigue minando sus intenciones y pervirtiendo sus acciones. El contenido de Mateo 23 puede aplicarse, no solo a los fariseos que por primera vez lo escucharon, sino a todos cuantos fueron satirizados por Jesús como las noventa y nueve personas “justas” que no necesitan arrepentimiento”, gente que mira con desprecio a los demás a quienes califica de “pecadores” porque se resisten a guardar sus tradiciones.

Pero los “ayes” de Jesús, que tan elocuentemente hablan de la ira de Dios, van dirigidos no sólo a los fariseos y a cuantos manifiestan un espíritu farisaico, sino también a los que se enorgullecen de sus posesiones materiales o de sus dones personas; a los que complacen en sí mismos; a los que están ciegos a su necesidad de arrepentimiento; y a los que imaginan que su vida debe ser buena porque recibe la aprobación de sus semejantes. La ira de Dios, según se desprende de Lucas 6:24-26, está sobre los que se sienten “ricos”, “saciados”, o que “ríen”, o son considerados por la sociedad. ¡Ay de vosotros, los que ahora reís!  Porque ya atenéis vuestro consuelo. ¡Ay de vosotros, cuando todos los hombres hablen bien de vosotros! Porque así hacían sus padres con los falsos profetas”.

Cristo sabía que ésta es la condición en que se encuentran todos los hombres por naturaleza, aunque la mayoría de ellos no se dan cuenta. Más, como su venida al mundo tuvo por objeto revelar el amor de Dios, tanto como su ira, tenía que hacer algo más que proclamar la trágica suerte que aguardaba a los incrédulos en las manos de Dios justo y airado contra el pecado. Además de un ministerio profético, Jesús tenía que llevar a cabo una obra sacerdotal; una obra que implicaba nada menos que beber la copa de la ira divina. Bebió esta copa en Getsemaní y en el Calvario cuando Dios “cargó sobre él el pecado de todos nosotros”. El conocimiento de la amargura de esta copa le llevó a orar: “Padre mío, si es posible pase de mí esta copa; pero no sea como yo quiero, sino como tú”. “Ahora está turbada mi alma; ¿y qué diré? ¿Padre, sálvame de esta hora? Mas para esto he llegado a esta hora” (Mt.26:39; Juan 12:27)

 

 

 

 

 

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