LA IRA DE DIOS (V)
R. V. G. TASKER
LA MANIFESTACIÓN DE LA IRA DIVNA
EN EL NUEVO PACTO
El Nuevo Testamento enseña claramente que todos cuantos
responden con fe al Evangelio, y se hallan bajo la influencia santificadora del
Espíritu de Cristo, son conscientes de un cambio tan grande operado en sus
vidas que las únicas expresiones del lenguaje humano para describirlo son los
conceptos de “nacimiento” y “resurrección”. Han “nacido de nuevo”; “han pasado
de muerte a vida”. Dios los ha libertado del poder de las tinieblas y los ha
trasladado al reino de su amado Hijo (Coll.1:13). Un elemento esencial en esta
experiencia de conversión es el saber que ya no se encuentran bajo la ira sino
bajo la gracia. Con todo, el Nuevo Testamento está lejos de afirmar que el
cristiano se ve libre, automáticamente, de cualquier manifestación del enojo
divino. El mensaje neotestamentario declara que el pecador justificado debe
convertirse em el pecador santificado. Está llamado a permanecer en el amor de
Dios. La diferencia esencial entre el creyente y el incrédulo es que mientras
éste, tanto si se da cuenta de ello como si no, está inevitablemente sujeto a
la ira de Dios, el creyente, mediante su continúa sumisión al Espíritu Santo,
permanece en la gracia y escapa a esa ira.
Pablo ponía buen cuidado en advertir a los cristianos en contra del peligro de caer en una falsa seguridad. Si vivían por fe en Cristo, el cual se sacrificó por ellos, entonces ellos se encontraban en la obligación de ofrecerse a su Señor como un sacrificio puro y limpio de toda codicia o suciedad. La contaminación moral demostraría que no eran hijos de Dios, sino hijos de desobediencia y bajo la ira divina (Ef.5:1-6). Más, si antes eran “tinieblas” y ahora eran “luz en el Señor”, debían andar como “hijos de luz”, produciendo los frutos de la luz que consiste en la bondad moral (Ef.5:8.9). Porque habían resucitado con Cristo y podían gozar de los beneficios de su pasión, estaban obligados a mirar “las cosas de arriba”. Y Pablo añade que por causa del pecado “la ira de Dios viene sobre los hijos de desobediencia” (Col.3:1-6). El hecho de que no estuvieren bajo la ley sino bajo la gracia, no debía hacerles olvidar que hay una “ley de Cristo” que debe ser guardada (Gál.6:2). El haberse “despojado del viejo hombre con sus hechos” y haberse “revestido del nuevo”, debían recordar que el nuevo “se va renovando hasta el conocimiento pleno, conforme a la imagen del que lo creó” (Col.3:9-11)
Cierto que, como
Pablo dijo a los fieles de Tesalónica, “no nos ha puesto Dios para ira, sino
para alcanzar salvación por medio de nuestro Señor Jesucristo”, más esto mismo
constituye una razón que les impulsa a responder al llamamiento que se les hace
de ser sobrios, vestidos con “la coraza de fe y de amor, y con la esperanza de
salvación como yelmo” (1Ts.5:8,9). Muchos cristianos de Corinto no acertaron a
comprender, al principio, que el cristianismo era algo muy distinto de las
religiones paganas. Los que estaban “en Cristo”, miembros del nuevo Isael, e
hijos del nuevo pacto, no se hallaban libres de la obligación de ocuparse y
preocuparse por las cuestiones relativas a la conducta moral. Porque si bien
era cierto que todo les era lícito, también lo era que no todo les convenía
igualmente.
Estos israelitas del pasado, recuerda Pablo a los corintios,
fueron un pueblo privilegiado no menos que los cristianos. Estaban colocados
“bajo la nube” de la protección divina. Ellos también tuvieron un salvador y experimentaron
una salvación, puesto que fueron redimidos de la esclavitud de Egipto y
tuvieron el privilegio de ser conducidos por Moisés, un hombre a quien Dios
dotó de poderes sobrenaturales. fueron alimentados con el pan descendido del
cielo y bebieron del agua vida de la roca. Sin embargo, fueron muy a menudo visitados
en forma devastadora por la ira divina. “De los más de ellos, dice la
Escritura, no se agradó Dios; por lo cual quedaron postrados en el desierto” (1Cor.10:5)
Cuando Aarón levantó el becerro de ora y dijo: “Israel, estos son tus dioses, que te sacaron de la tierra de Egipto” y “se sentó al pueblo a comer y a beber y se levantó a regocijarse, el Señor dijo a Moisés: “tu pueblo que sacaste de la tierra de Egipto se ha corrompido. Yo he visto a este pueblo, que por cierto es pueblo de dura cerviz. Ahora, pujes, déjame que se encienda mi ira en ellos y los consuma” (Éx.32:4, 9, 10)
Continuará
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