LA IRA DE DIOS (IV)
R. V. G. TASKER
LA MANIFESTACIÓN DE LA IRA
DIVINA EN JESUCRISTO
Ya hemos dicho bastante en este
estudio para indicar ahora que la opinión sustentada por Marción en el siglo
segundo y consciente o inconscientemente adoptada por ciertos sectores que
quieren llamarse “cristianos, de que el Antiguo Testamento revela solamente a
un Dios de ira y el Nuevo Testamento solamente un Dios de amor, es
completamente errónea. Puede ser refutad por cualquiera que tenga de la Biblia
un conocimiento algo más que superficial. Al menos que se haga uso del cuchillo
de la crítica para cortar, aquí y allí, todos aquellos textos que no encajan
con las preposiciones del crítico. Es un hecho evidente, y bien comprobó, que
en el Antiguo Testamento la idea de la ira divina no sufre menoscabo nunca;
pero también es verdad que la revelación de Dios como Padre amoroso no se
limita al Nuevo Testamento, aunque es en la Persona y la obra de Jesucristo que
esa revelación adquiere su suprema expresión. Pocas descripciones más hermosas
del amor de Dios como la que Tampoco es en “Misericordioso y clemente es
Jehová; lento para la ira y grande en misericordia. No contenderá para siempre,
ni para siempre guardará el enojo”. No obstante, en el mismo Salterio leemos
también: “Dios es juez justo, y está airado contra el impío todos los días”
(Salmo 7:11). Por otra parte, es un escritor del Nuevo Testamento quién al
hablar de Dios como Padre, enfatiza al mismo tiempo si obra de Juez delante del
cual los hombres deben vivir en temor santo (1Pedro 1:17; y es también otro
escritor del Nuevo Testamento el que haciéndose ero de las palabras del
Deuteronomio 4:24 dice: “Nuestro Dios (es decir, el Dios que adoramos los
cristianos) es fuego consumidor” (Heb.12:29)
Tampoco es en el Antiguo Testamento solamente que leemos
historias acerca de la repentina destrucción que cae como juicio divino sobre
los quieren desbaratar los planes de Dios o pretenden mofarse de su
misericordia, historias tales como la matanza que los osos hicieron de cuarenta
y dos muchachos que se burlaban de Eliseo con estas palabras: “¡Calvo sube!
¡Calvo sube!” (2 Reyes 2:23-25). En el Nuevo Testamento, Herodes Agripa, el
asesino del apóstol Santiago y perseguidor de Pedro, fue herido por Dios “y
expiró comido de gusanos” explica el texto sagrado. Ananías y Safira fueron
castigos con una repentina muerte por haber tentado al Señor, de igual modo que
los israelitas tentaron a Dios en el desierto y fueron destruidos por las
serpientes (Hechos 5:9; 1 Cor.10:9)
Los dos Testamentos registran revelaciones tanto de la bondad
como de la severidad de Dios, porque estos dos atributos de la naturaleza
divina no pueden separarse el uno del otro. “El amor de Dios exige como
correlativo la ira de Dios, y esto precisamente porque Dios se preocupa por los
hombres y es su verdadero Dios. Ha llamado al hombre a tener comunión con él y
el rechazo de esta invitación es su ruina y perdición. El Nuevo Testamento
enfatiza el amor de Dios y por esto mismo subraya igualmente su ira, y el
evangelista presenta repetidamente a nuestro Señor Jesucristo presa de justa y
santa ira”.
Cuando consideramos cuidadosamente las evidencias de los
Evangelios resulta claro que la revelación de la ira de Dios en Jesucristo
constituye en realidad una parte importante de su ministerio profético y
sacerdotal. Como heraldo de “palabras de vida eterna” revela la ira divina
llamando a los hombres, como Juan el Bautista había hecho antes que él, al
arrepentimiento con vistas a la inevitable ira que ha de venir y que caerá
inexorablemente sobre cuantos no se hayan arrepentidos. Que Jesús no enseñó
ninguna doctrina de salvación universal, sino que más bien exhortó a los
hombres a temer el día final de la ira divina, se desprende claramente de las
palabras tales como éstas: “No temáis a los que matan el cuerpo y después nada
más pueden hacer. Pero os enseñaré a quien habéis de temer: Temed a aquel que
después de haber quitado la vida, tiene poder de echar en el infierno; sí, os
digo, a éste temed” (Lucas 12:4, 5). Y “aquellos dieciocho sobre los cuales
cayó la torre en Siloé y los mató, ¿pensáis que eran más culpables que todos
los hombres que habitan en Jerusalén? Os digo: No; antes si n o os arrepentís,
todos pereceréis igualmente” (Lucas 13:4, 5). Jesús veía que lo que aguardaba a
la generación a la cual se dirigía no era la salvación sino la condenación.
Será más llevadero el juicio, dijo, a Tiro y Sidón, ciudades paganas, que a las
ciudades que han presenciado sus poderosas obras y han seguido en la
incredulidad (Lucas.10:14). Es digno de observación que Lucas, el evangelista,
el discípulo que escribió mayormente para los gentiles, no dudo en registrar
todos estos dichos de Jesús. Además, es el único evangelista que toma nota de
las palabras de Cristo anunciando el desastre de la próxima destrucción de
Jerusalén, como manifestación específica de la ira divina (Lucas 21:23)
Una revelación similar de la ira divina aparece en las
parábolas de Jesús, especialmente las que se refieren al juicio de Dios. Es
verdad que los detalles de las parábolas no deben violentarse para convertirlos
en fácil, alegorías; pero algunos comentaristas han pecado quizá por dejarse
llevar por el extremo opuesto: abandonado completamente el elemento alegórico
que parece hallarse implícito en algunas de ellas. En segundo lugar, Jesús
revela la ira de Dios en las expresiones no disimuladas de su propia ira, a las
cuales los evangelistas prestan la debida atención en situaciones concretas del
ministerio profético del Salvador. Mención explícita del enojo del Señor es la
registra Marcos en el relato de la curación del hombre que tenía la mano seca
en la Sinagoga en sábado, en donde leemos: “Entonces, mirándolos alrededor con
enojo, entristecido por la dureza de sus corazones, dijo al hombre: Extiende tu
mano” (Mr.3:5; Lc.6:10; Mt.12:13)
Es Marcos quien a menudo nos muestra las emociones humanas de
Jesús, aunque nunca fueron meramente humanas, porque en ellas se revela la
reacción divina a las palabras y los hechos de los hombres. En una ocasión el
enojo de Jesús parece que fue motivado no sólo al ver quienes presenciaron su
milagro buscando razones para acusarle, sino también al contemplar la miserable
actitud de que Jesús hiciese bien en el día de sábado: “¿Es licito en día de
reposo hacer bien, o hacer mal? ¿Salvar la vida, o quitarla?” (Lc.6:9). No
entendían que, en ocasiones, no obrar implica de hecho obrar mal. No curar al
enfermo es lo mismo que matarlo. ¿Cómo podía Jesús aceptar una interpretación
del descanso sabático que llevaba a la violación del sexto mandamiento?
Cierto que los rabís permitían la curación de un enfermo si
se creía que su vida peligraba; y los fariseos pudieron muy bien haber pensado
que en aquel caso la vida del hombre sanado por Jesús no estaba en peligro.
Pero parece que nuestro Señor se enojó precisamente por esto; porque pensaban
que ellos podían decidir cuándo una vida humana se hallaba realmente en
peligro. Esto forma parte de la arrogancia que engendra el pecado, arrogancia
que nos ciega para ver que nuestra vida está de continúo expuesta al riesgo y
la incertidumbre y que nos subsistiríamos aparte de Dios, Señor de la vida, y
dador de ella. Fue esta ceguera en Marcos 3:5, lo que enojó y entristeció a
Cristo.
En Marcos 10:14 leemos que “Jesús se indignó” con sus
discípulos porque reprendían a los que traían a sus hijos para Jesús los
tocara; o, como dice Mateo, “para que pusiese las manos sobre ellos y orase”
(Mt.19:13). La indignación de Jesús en esta ocasión no fue motivada por razones
humanitarias solamente, Jesús se indignó porque a buen seguro que tras las
palabras de reprensión de los apóstoles a quienes se acercaban, se escondía el
siguiente pensamiento: “¿Qué han merecido, o que han hecho estos niños para
hacerse acreedores de la bendición del Maestro? Más tarde, cuando hayan
amontonado cierta cantidad de buenas obras, podrán venir y reclamar justamente
una bendición, pero no ahora”. Era esta manera de entender la relación de los
hombres con Dios la que despertó la indignación de Jesús.
Los apóstoles estaban demostrando que en su corazón eran unos
perfectos fariseos. Cómo podía Cristo dejar de bendecir a los niños, cuando en
realidad, y como explicó en una ocasión, eran parábolas vivientes de la verdad
esencial que había venido a proclamar: la verdad de que precisamente porque el
pecado convierte al hombre en un ser orgulloso y autosuficiente, es necesario
un nuevo nacimiento llevado a cabo por la actividad creadora de Dios mismo
antes de que el corazón humano pueda recibir el reino de Dios. El hombre tiene
que recibir la salvación, que jamás podrá merecer por más que viva y recibirla
con la misma disposición del niño que acepta lo que se le da. Los evangelistas
han conservado el testimonio de esta indignación de Cristo ante el fracaso de
los discípulos por entender la verdad encerrada en Romanos 3:20, “por las obras
de la ley ninguna carne se justificará delante de Dios”.
También registraron la indignación del Maestro en el templo y
que dio lugar a una clara manifestación de3 su justa ira. La causa de su cólera
en esta ocasión fue la torpeza de los fariseos que confiaban ciegamente en los
sacrificios del templo como un medio para asegurar la continuidad del pacto y
para librase de la ira que había de venir. No acertaron a ver el carácter
temporal del sistema levítico y no conocieron la verdad afirmada en la epístola
a los Hebreos: “la sangre de los toros y de los machos cabríos no puede quitar
los pecados” (Heb.10:4)
El templo además había dejado de ser “casa de oración para
todas las naciones”, y, a partir del exilio, se convirtió en el símbolo externo
del exclusivismo judío. Además, el templo no era ya más que “una cueva de
ladrones”, según palabras del propio Jesús (cf. Jeremías 7:8-11; Mateo 21:13),
donde los hombres pensaban poder salvar sus conciencias mediante fraudulentos
transacción es dentro de la propia casa de Dios. Cuando Jesús, según el
evangelio de Juan, en su primera visita a Jerusalén “hizo un azote de cuerdas y
echó fuera del templo a todos, y las ovejas y los bueyes; y esparció las
monedas de los cambistas y volcó las mesas”, no era llevado solamente por el
celo de la casa de Dios, como sus discípulos acertadamente comprendieron (Juan
2:15 y 17), sino que se hallaba cumpliendo las palabras de Malaquías 3:1, 2, si
bien el evangelista mencionado no las cita: “y vendrá súbitamente a su templo
el Señor a quien vosotros buscáis. ¿Y quién podrá estar en pie cuando él se
manifieste? Porque él es como fuego purificador y como jabón de lavadores”.
En los Evangelios sinópticos es uno de los últimos hechos
proféticos realizado por Jesús y conduce directamente a su muerte y
resurrección; o, para expresarlo teológicamente, a la destrucción y
reedificación del templo de su Cuerpo, acerca del cual el relato de Juan habla
de manera accidental (Juan 2:19-22), y que vendrá a ser el medio por el que se
haría posible una adoración mas pura y universal en el santuario del corazón de
los redimidos. En Marcos y Mateo el incidente se encuentra también conectado
con la misteriosa maldición de la higuera. Israel era como un árbol plantado
junto a copiosas aguas y del que cabía esperar fruto a su debido tiempo. Sin
embargo, no dio este fruto y su condición era la misma que aquella higuera que
Cristo maldijo como símbolo de la maldición fulminante sobre Israel. Por su
apariencia parecía llevar mucho fruto, pero en realidad estaba seca. En lugar
de producir los frutos dignos de arrepentimiento, que les hubieran permitido
huir de la ira futura, los judíos con su legalismo pretencioso y la falsa seguridad
de su templo se estaban haciendo acreedores a la maldición divina.
La tercera manera en que Jesús manifestó la ira divina a
través de su ministerio profético fue la severidad con la que denunció a
aquellos cuya conducta y creencias eran contrarias a lo que sabían era la
explícita voluntad de Dios, o que deliberadamente rechazaban la gracia divina
que se les ofrecía en la Persona y obra del Redentor.
Una de sus palabras más severas fu dirigida en conta de
quienes deliberadamente levantaban piedras de tropiezo en el camino de los
creyentes faltos de madurez: “Cualquiera que haga tropezar a alguno de estos
pequeños que creen en mí, mejor le fuera que se le colgase al cuello una piedra
de asno, y que se le hundiese en lo profundo del mar” (Mt.18:6) “El pecado de los pecados, se ha dicho con
razón, mes el de llevar a otros al pecado, especialmente los débiles, los
simples, los inconstantes”. Los fariseos (y más tarde los judaizantes, que
trataron de robar a los convertidos de Pablo la libertad que tenían en Cristo)
fueron culpables de este pecado.
No es, pues, sorprendente que algunas de las más agrias
denuncias de Jesús fueran dirigidas en conta de los fariseos; y la serie de “ayes”
que llenan Mateo 23 constituyen una descripción aguda y completa de la clase de
conducta pecaminosa que caracteriza a la “gente religiosa y respetables”. La
única conducta de la que son capaces, pues permanecen fundamentalmente
inconversos, sin conocer el arrepentimiento y ciegos al poder del pecado en sus
vidas. El cual sigue minando sus intenciones y pervirtiendo sus acciones. El
contenido de Mateo 23 puede aplicarse, no solo a los fariseos que por primera
vez lo escucharon, sino a todos cuantos fueron satirizados por Jesús como las
noventa y nueve personas “justas” que no necesitan arrepentimiento”, gente que
mira con desprecio a los demás a quienes califica de “pecadores” porque se
resisten a guardar sus tradiciones.
Pero los “ayes” de Jesús, que tan elocuentemente hablan de la
ira de Dios, van dirigidos no sólo a los fariseos y a cuantos manifiestan un
espíritu farisaico, sino también a los que se enorgullecen de sus posesiones
materiales o de sus dones personas; a los que complacen en sí mismos; a los que
están ciegos a su necesidad de arrepentimiento; y a los que imaginan que su
vida debe ser buena porque recibe la aprobación de sus semejantes. La ira de
Dios, según se desprende de Lucas 6:24-26, está sobre los que se sienten
“ricos”, “saciados”, o que “ríen”, o son considerados por la sociedad. ¡Ay de
vosotros, los que ahora reís! Porque ya
atenéis vuestro consuelo. ¡Ay de vosotros, cuando todos los hombres hablen bien
de vosotros! Porque así hacían sus padres con los falsos profetas”.
Cristo sabía que ésta es la condición en que se encuentran
todos los hombres por naturaleza, aunque la mayoría de ellos no se dan cuenta.
Más, como su venida al mundo tuvo por objeto revelar el amor de Dios, tanto
como su ira, tenía que hacer algo más que proclamar la trágica suerte que
aguardaba a los incrédulos en las manos de Dios justo y airado contra el
pecado. Además de un ministerio profético, Jesús tenía que llevar a cabo una
obra sacerdotal; una obra que implicaba nada menos que beber la copa de la ira
divina. Bebió esta copa en Getsemaní y en el Calvario cuando Dios “cargó sobre
él el pecado de todos nosotros”. El conocimiento de la amargura de esta copa le
llevó a orar: “Padre mío, si es posible pase de mí esta copa; pero no sea como
yo quiero, sino como tú”. “Ahora está turbada mi alma; ¿y qué diré? ¿Padre,
sálvame de esta hora? Mas para esto he llegado a esta hora” (Mt.26:39; Juan
12:27)
Cuando Pablo dice que “Cristo nos redimió de la maldición de
la ley, hecho por nosotros maldición” (Gal.3:12) y que “al que no conoció
pecado, por nosotros le hizo pecado” (q Cor.5:21), está diciendo en realidad
que Cristo, aunque era sin pecado, experimentó la ira de Dios en contra de los
pecadores que los convierte en malditos según la sentencia de muerte de la ley
divina. No vamos a suponer, desde luego, que al beber la copa de la ira Jesús
pensó que Dios estaba airado contra él. ¿Cómo podía Dios enojarse con aquel de
quien dijo: “Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia”, y que se
levantó de e Getsemaní diciendo: “No sea como yo quiero, sino como tú”; y que
sabía que Dios podía ser glorificado de manera suprema únicamente por la pasión
de su Hijo amado? (Jn.12:31)
Pero experimentó la miseria, la aflicción, el castigo y la
muerte que son la paga trágica de todos los pecadores sujetos a la ira de Dios.
Dios es santo y justo, completamente santo y perfectamente justo: debe, pues
castigar a los pecadores. “¿No os conmueve a cuantos pasáis por el camino?
Mirad, y ved si hay dolor como mi dolor que me ha venido; Porque Jehová me ha
angustiado en el día de su ardiente furor” (Lm.1:12). Fue el horror de
experimentar la completa separación de Dios, que constituye el estado
inevitable y permanente de los impíos. “Dios mío, ¿por qué me has desamparado?”
(Sal.22:1; Mt. 27:46)
El beber la copa de la ira en lugar de aquellos para quienes
estaba preparada, formaba parte esencia de los “negocios del Padre” (Lc.2:49)
que Jesús había venido a realizar. T cuando Pedro trato de disuadirle,
queriendo estorbar su vocación, el Señor ke habló en términos tan vehementes
que es difícil no entenderlos como una expresión de su santa ira: “¡Apártate de
delante de mí, Satanás!; me eres tropiezo” (Mt.16:23)
Los que no le acepten como Cordero de Dios, por cuyo
sacrificio la culpa de los pecadores es perdonada, escogen para sí la
condenación y se alejan de la salvación; prefirieren las tinieblas a la luz, la
muerte a la vida. Tal es la verdad que Jesús enseñó en múltiples ocasiones,
según nos revela el Evangelio de Juan en muchas de las sentencias del Señor que
nos ha conservado. Más, acaso ninguna tan explícita como Juan 3:36: “El que
cree en el Hijo tiene vida eterna; pero el que desobedece al Hijo no verá la
vida, sino que la ira de Dios está sobre él”. Igualmente, severas son las
palabras registradas en Mateo 21:44, cuando Jesús se refiere a sí mismo como la
Piedra angular rechazada por los edificadores y la cual, sin embargo, es la
piedra principal del nuevo templo en donde el hombre puede hallar seguridad y
obtener la liberación de la ira divina que se cierne sobre él, y añade: “El que
cayera, sobre esta piedra será quebranto; y sobre quien ella cayera, le
desmenuzará”. Los judíos, había caído sobre esta piedra, por lo tanto, Jesús
profetizó que el reino de Dios les será quitado y dado a otro pueblo que produzca
los frutos de él (cf. Mateo 21:43)
Una persistente incredulidad equivale a un rechazo de la obra
del Espíritu Santo, lo cual se considera como una blasfemia; “y cualquiera que
blasfeme contra el Espíritu Santo, no tiene jamás perdón, sino que es reo de
juicio eterno” (Mr.3:29). De igual manera, no reconocer lo que Jesús es, o sea:
el Hijo de Dios venido para proclamar la palabra de Dios y realizar la gran
obra de Dios, hizo que los judíos ya no pudieran ser considerados más como
hijos de Dios. Demostraban que eran más bien hijos del diablo, condenados a
morir en sus pecados y a recibir el castigo preparado para el diablo y sus
ángeles” (cf. Juan 8:42)
Son palabras de Cristo muy severas, pero forman parte
integrante de la revelación de Dios dada a conocer en Cristo Jesús tanto como
aquellas otras sentencias del Maestro que expresan tan maravillosamente el amor
y la misericordia del Dios hecho hombre. Echar a un lado estas palabras tan
duras y concentrar la atención únicamente en aquellos pasajes de los Evangelios
que proclaman la paternidad de Dios es presentar un cristianismo debilitado e
incompleto que no podrá nunca hacer lo que Cristo quiso que se hiciera con él y
por él: salvar a los hombres de la ira que ha de venir.
“Los que tan solo tienen ojos para ver el amor de Dios
desvían la mirada de la antipática doctrina de la ira de Dios. Pero al eliminar
la ira de Dios han eliminado también la gracia de Dios. Donde no hay condenación,
no puede haber liberación. El amor debe estar basado en la justicia. También
podemos expresar esta verdad tan vital de manera algo distinta diciendo que al
tratar de eliminar el infierno hemos de eliminar también el cielo, el cual,
Jesús mediante su muerte y resurrección “abrió a todos los creyentes”.
La resurrección es la evidencia constante de que el sacrificio sacerdotal de Cristo ha sido aceptado por Dios. El Nuevo Testamento nos enseña claramente que la buen nueva del primer día de Pascua no fue tanto el hecho de que un Hombre se había levantado de su tumba, como el que el sacrificio de Cristo, el verdadero cordero pascual, había recibido la aprobación divina y que, por consiguiente, todos los que aceptasen este sacrificio para sí, con fe como medio de salvación, quedaban colocados en una nueva relación con Dios, en un estado de gracia; dejando de ser objeto de la ira divina y convirtiéndose en herederos de la gloria de Cristo como hijos redimidos.
Por esto a Jesús le proclaman los apóstoles como “quien nos
libra de la ira venidera” (1Ts.1:10) “Pues mucho más, estando ya justificados
en su sangre, por él seremos salvos de la ira”, explica Pablo a los Romanos
(Rom.5:9). El creyente puede, pues, esperar con confianza y seguridad el día en
que la ira de Dios será revelada de manera plena y final, sabiendo que el Señor
“no nos ha puesto para ira, sino para alcanzar salvación por medio de Nuestro
Señor Jesucristo” (1Ts.5:9)
Aunque la ira de Dios se halla revelada siempre, en mayor o
menor grado, en los juicios de Dios que encuentran expresión en el ordenamiento
providencial de la historia humana, sigue en pie el hecho de que en su
misericordia soporta “con mucha paciencia los vasos de ira preparados para
destrucción” (Rom.9:22). Debe haber, pues, ya que la Biblia lo afirma
constantemente, un día de juicio final que resultará ser un día de salvación
completa para el creyente, pero que sería también día de ira extrema para los
impíos.
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