LIBRO DIGITAL (Dr. CAMPA)
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ECONOMÍA DE LA MUERTE
Por Dr. José Manuel González Campa
Prólogo
Cuenta el autor del libro más importante del mundo —la Biblia es del otro mundo, aunque inspirada y redactada para nuestro mundo— que, después de haber escrito la primera parte de las inmortales hazañas del Caballero de la Triste Figura, se puso a redactar el prólogo. A Cervantes le costó trabajo; no sabía qué decir; tomó muchas veces la pluma, y la dejó otras tantas. Hallándose «en suspenso, con el papel delante, la pluma en la oreja, el codo en el bufete y la mano en la mejilla, pensando lo que diría», entró a deshora un amigo suyo que, de inmediato, comenzó a darle ideas.
Yo no necesito tanto. Presiento que este prólogo me va a salir de corrida. Por dos razones: porque siento una pasión sentimental sin regateos por su autor —lo confieso ya—, y porque me apasiona el tema que desarrolla.
Si al hombre lo definen sus capacidades y sus obras, para tener una idea de quién es el Dr. José Manuel González Campa basta con echar una ojeada a su apretado currículum, que imagino figurará en algún lugar de esta obra. No obstante, me interesa subrayar las tres dimensiones más destacadas de su personalidad: la científica, la teológica y la literaria. Por este orden.
Decir que es un médico psiquiatra de prestigio internacional no basta. De psiquiatras, como de manicomios y de locos, está el mundo lleno. Campa es un científico de primera línea. Un científico puro, profundo, un investigador constante. Un hombre para quien la ciencia se convierte en conciencia.
De este sentimiento nace su preocupación teológica. Un hombre nada sospechoso de beatería, como fue Voltaire, escribió las palabras que transcribo, más propias de un san Agustín o un santo Tomás de Aquino: «Una falsa ciencia contribuye a crear ateos; una ciencia verdadera prosterna al hombre ante la Divinidad».
Muchas de las investigaciones científicas modernas terminan en vagas hipótesis; convierten a los hombres, en decir de Unamuno, en meros fantasmas cargados de conocimientos. Campa recorre ambos lados de la vida —el del hombre y el del misterio— y consecuencia de su agotadora investigación es este bello libro.
En Campa se cumple el dicho de Cervantes: su pluma es lengua del alma. Así lo ha venido siendo desde hace muchos años. Libros e infinidad de artículos suyos han inspirado muchas ilusiones; han levantado ánimos caídos; han señalado el camino de las estrellas a seres extraviados, y han mostrado la senda de la inmortalidad y de la eternidad a quienes vivían en el estiércol.
Buscando, como es habitual en él, la etimología de las palabras que utilizamos a diario, la raíz profunda de las ideas, Campa tituló en principio este libro La sociedad tanática. El que figura en portada fue sugerencia del editor.
Ni la voluminosa Enciclopedia Espasa-Calpe, ni la moderna Larousse, ni la mundialmente acreditada Enciclopedia Británica, registran el término. ¿Estamos ante un erudito cuya preocupación por el drama del hombre supera todas las definiciones y disquisiciones enciclopédicas? Que lo diga el lector.
El término «tanato» está contenido, casi oculto, en el original griego de la epístola de Pablo a los Romanos, cap. 6, ver. 23. «No se refiere tanto a la muerte como un hecho físico concreto» —dice Campa— «cuanto a la misma infraestructura o conjunto de fuerzas dinámicas que conducen al hecho».
Hasta aquí quiere llegar este eminente psiquiatra asturiano. Nadie como él para abrirnos el tumor, señalar el lugar concreto por donde se extiende la pus y colocar semáforos rojos en el camino de la conciencia.
Porque las cosas son así. No es que estemos recitando ya los capítulos finales del Apocalipsis, ni quiere Campa chantajearnos con el miedo. Pero estamos atravesando situaciones políticas, sociales y económicas que nos enfrentan a diario con la precariedad de la existencia.
El hombre de hoy muerde. No quiere llegar a ninguna parte y solo quiere llegar a las manos. Los conceptos sobre la amistad, la lealtad, la dignidad, el respeto y el amor se han derrumbado. La contaminación moral parece irreversible.
Hay quienes creen que es mejor vivir de espaldas a todo, levantar la tonta mano hacia la nada, no sentir la crueldad ni el vacío, parapetarse detrás de una estúpida sonrisa.
El análisis del Dr. José Manuel González Campa es certero. Y, a la vez, implacable. Dice: «La humanidad está cayendo en su propia trampa; el progreso material, científico y tecnológico, creará un mundo de seres frustrados en sus demandas espirituales y existencias más profundas».
No se le califique de derrotista. Si bien el derrotismo también ha ganado muchas batallas, en opinión de Voltaire, la esperanza de los derrotistas es no tener esperanza, lo que de ningún modo es la posición de Campa. Ni siquiera es crítico en sus juicios. Es, eso sí, analista. Campa estudia, observa, razona, advierte. Y lo hace desde su propia perspectiva de científico social. No de científico de laboratorio: de científico del pueblo, de la gente, de la masa; lo hace desde su posición de hombre que vive en permanente contacto con el drama de la calle, de psiquiatra acostumbrado a hurgar en todas las miserias que llevamos dentro.
Al Dr. José Manuel González Campa le sería muy fácil escribir cien o doscientas páginas pregonando, como en el verso de Walt Whitman, alegría, alegría por doquier. Pero no ha nacido para adular. Está hecho de otra madera más fuerte. Además, él sabe que la sociedad española ha entrado ya en el festín de Belsasar. Y nadie quiere leer el fatídico mene, mene, tekel, uparsin escrito en las paredes del alma por la mano de Quien nos conoce mejor de lo que nos conocemos nosotros mismos.
El drama de esta España de fin de siglo es que en todas las orillas la barca encalla en la concepción materialista del tiempo. El comamos y bebamos que mañana moriremos, se ha convertido en el becerro de oro de nuestros días.
Dos temas preocupan principalmente al Dr. José Manuel González Campa y a ellos dedica atención preferente en las páginas de este libro: el alcohol y la droga. Es decir, dos tipos diferentes de adicción. Para Campa, «el alcoholismo es una enfermedad, no un vicio; el alcohólico no es un vicioso, es un enfermo». No se trata de una apología amable del alcohólico ni del alcoholismo. Es el reconocimiento y la proclamación de una realidad que él conoce tan directamente como su propia respiración y tan ampliamente como pocos en España. No en balde ha dedicado la mayor parte de su vida a combatir el alcoholismo y a regenerar al alcohólico. En este campo es un especialista reconocido internacionalmente.
Cuando enfoca el problema de la droga surge el pensador cristiano. Campa es sociólogo. Basta con leerle para convencerse de ello. Pero el tema de la drogadicción lo enmarca en la rebeldía espiritual del hombre, no en un fenómeno social de raíces puramente seculares. «Desde el punto de vista bíblico y teológico» —escribe Campa— «se puede considerar el problema de la drogadicción como una problemática inserta en otra más amplia y trascendente: el pecado, error, fracaso y frustración en que devienen su existencia “debajo del sol” los seres humanos (Ec. 1:12)».
Muy recientemente se ha dicho que en relación con el grave problema que plantean el tráfico y el consumo de la droga en el mundo «ha llegado el tiempo de la acción». Conformes. Pero, ¿qué tipo de acción es el más indicado, el más sano, el más seguro, el más efectivo para luchar contra esta plaga?
El libro que estoy prologando debería ser leído en los altos estamentos políticos y sociales del país, y analizado por todas las personas responsables de establecer programas para combatir la drogadicción. Las soluciones que presenta este afamado psiquiatra no son milagrosas; son posibles y están al alcance de la voluntad.
Un libro es la reunión de muchas hojas de papel impresas y encuadernadas. Pero puede contener en sus páginas medicinas para el alma como las farmacias las venden para el cuerpo. A este género pertenece el libro del Dr. José Manuel González Campa.
Corrigiendo en su primera línea el poema de Neruda, concluyo: Este libro comienza aquí. Ha nacido de la ira como una brasa, como los territorios de bosques incendiados, y deseo que continúe como un árbol rojo propagando su clara quemadura.
Juan Antonio Monroy
Justificación del autor
La motivación para escribir esta obra tendría que buscarla en el proceso de concienciación que a lo largo de mi experiencia profesional, científica y cristiana se ha devenido en la esfera de mi intimidad. Para mí, la Ciencia y la Biblia no constituyen dos realidades contradictorias o antagónicas; antes al contrario, considero que los verdaderos conocimientos y descubrimientos científicos pueden ser integrados y asumidos desde el punto de vista teológico y redundar para mayor enriquecimiento existencial del creyente. Devenir experiencias científicas y espirituales en paralelo aboca, necesariamente, a vivir una dicotomía existencial que conlleva un desequilibrio de la homeostasis psicoemocional de las personas. En este libro se pretende dar una visión integral y totalizadora de la realidad dinámica del mundo.
Considero necesario que, en la época actual, el cristiano disponga de un método fiable que le permita analizar su realidad y la de su perimundo. Los elementos fundamentales, que constituyen la infraestructura de dicho método analítico, se corresponden con los contenidos básicos y más trascendentes del Evangelio. Me ha parecido que una problemática social, existencial y humana, que está causando sufrimiento a más de la mitad de los habitantes de nuestro planeta, debía merecer la atención de todos aquellos que vivimos en el mismo.El Evangelio contiene la fuerza necesaria para cambiar la situación de frustración en el que la mayoría de los seres humanos desarrollan su proyecto existencial. La llamada «gran comisión» (Mt.
28:16-20) que Jesucristo encomendó a su pueblo, no puede limitarse a la predicación mítica de «una salvación para las almas». La oferta que desde las páginas de la Biblia, como Revelación de Dios, se hace a los seres humanos es de carácter integral; es decir, el acto soteriológico de Cristo supone la salvación total de las personas. O dicho de otra manera, la oferta de salvación abarca al hombre y a sus circunstancias. El psicoanálisis ha puesto de manifiesto que la realidad existencial y biográfica del hombre se deviene en la confrontación dialéctica de dos poderosas tendencias instintivas:
el EROS y el TANATOS. Un gran médico francés, el fisiólogo e investigador Claudio Bernard, cuando se le invitó a que diese una definición sobre la vida, su respuesta fue la siguiente: «La vida es la muerte.» La aseveración del insigne médico, se corresponde con las enseñanzas del mismo Jesucristo: «si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, queda solo; pero si muere, mucho fruto lleva» (Juan 12:24).
Lo erótico, en su acepción genuina, estaría al servicio de los principios realizadores que informan la vida, y correspondería a la fuerza realizadora y trascendente del amor; mientras que, por el contrario, lo tanático sirve al instinto desestructurador y alienante de la muerte. La problemática de la drogadicción, a escala universal, corresponde a la realización tanática de este último principio. La visión que se explicita en las páginas de este libro no pretende, ni muchísimo menos, agotar las posibilidades de estudio y de interpretación que de la seria y complicadísima problemática toxicomanígena, que los seres humanos padecemos, pudiera realizarse; pero sí aspira a despertar las conciencias de aquellos que tenemos la responsabilidad ética y moral de sentirnos comprometidos con los problemas y los sufrimientos humanos. Durante décadas, y por razones de carácter histórico y represivo que no se nos escapan, los cristianos evangélicos españoles hemos proyectado nuestro testimonio, de la dimensión social del Evangelio, hacia dentro; y quizá ha llegado el momento de realizar una extrapolación testimonial que conlleve un compromiso, serio, con los problemas del perimundo en el que vivimos inmersos.
También es necesario que desde nuestra privilegiada situación, como testigos de Jesucristo, no sólo volquemos toda nuestra capacidad en una proclamación kerigmática, que se concrete en una oferta meramente pneumatológica, sino que seamos capaces, desde la asunción de todos y cada uno de los contenidos del Evangelio, de llevar a los hombres una interpretación del mundo, y de las circunstancias que en él se devienen, que les aporte luz y esperanza en una época en la que la frustración, el desamor y el egoísmo constituyen principios fecundantes de la realidad vivida.
Dr. José Manuel González Campa
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