Dr. CAMPA
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Capítulo 22
El destino del hombre
Suave ciertamente es la luz; y agradable a los ojos ver el sol; pero aunque un hombre viva muchos años, y en todos ellos tenga gozo, acuérdese sin embargo que los días de las tinieblas serán muchos. Todo cuanto viene es vanidad. Alégrate, joven, en tu juventud, y tome placer tu corazón en los días de tu adolescencia; y anda en los caminos de tu corazón y en la vista de tus ojos; pero sabe, que sobre todas estas cosas te juzgará Dios. Quita, pues, de tu corazón el enojo, y aparta de tu carne el mal; porque la adolescencia y la juventud son vanidad. Acuérdate de tu Creador en los días de tu juventud, antes que vengan los días malos, y lleguen los años en los cuales digas: No tengo en ellos contentamiento; antes que se oscurezca el sol, y la luz, y la luna y las estrellas, y vuelvan las nubes tras la lluvia; cuando temblarán los guardas de la casa, y se encorvarán los hombres fuertes, y cesarán las muelas porque han disminuido, y se oscurecerán los que miran por las ventanas; y las puertas de afuera se cerrarán, por lo bajo del ruido de la muela; cuando se levantará a la voz del ave, y todas las hijas del canto serán abatidas; cuando también temerán de lo que es alto, y habrá terrores en el camino; y florecerá el almendro, y la langosta será una carga, y se perderá el apetito; porque el hombre va a su morada eterna, y los endechadores andarán alrededor por las calles; antes que la cadena de plata se quiebre, y se rompa el cuenco de oro, y el cántaro se quiebre junto a la fuente, y la rueda sea rota sobre el pozo; y el polvo vuelva a la tierra, como era, y el espíritu vuelva a Dios que lo dio. (11:7 a 12:7)
Cabe repetir de nuevo que ECLESIASTÉS es un libro único en la literatura bíblica; y, sin duda, también en la sapiencial, en cualquier ámbito o cultura en que ésta se haya dado. Fue el gran poeta Antonio Machado quien escribió aquella sentencia lapidaria: “Caminante, no hay camino; se hace camino al andar”. Las aseveraciones de un poeta están fundamentadas en dos pilares básicos: la experiencia vivida y la inspiración; dicho de otra manera, “de la abundancia del corazón habla la boca”. La esfera de la intimidad de cualquier ser humano se encuentra llena de contenidos que empiezan a formarse en los primeros estadios de la vida intrauterina. El código genético que recibimos de nuestros progenitores nos aporta todos los contenidos de nuestro inconsciente colectivo, y también aquellos que corresponden a nuestro inconsciente étnico; además, durante nuestra permanencia en el seno materno recogemos en nuestro corazón pensamientos, sentimientos, emociones y vivencias que nos transmite nuestra madre. Así se va llenando el fondo de nuestro ser de las realidades arquetípicas que constituirán la infraestructura psicodinámica de nuestra conducta. Esta realidad antropológica y existencial es devenida histórico-biográficamente por cada ser humano.
El pasaje que vamos a considerar en este capítulo trata de las vivencias, emociones, conductas, sentimientos y pensamientos que se manifiestan a lo largo de la vida humana, y, de una forma más concreta, desde la adolescencia hasta la senectud.
Si realizamos una exégesis de los versos 7 a 9 del capítulo 11, nos encontramos con dos importantes consideraciones en cuanto a la realidad existencial que el ser humano vive a lo largo de su periplo vital. Por un lado, hay una exhortación a que el hombre devenga su existencia alegremente: “si el hombre vive muchos años, alégrese en todos ellos”.
La alegría es un estado de ánimo que se genera en la esfera de nuestra intimidad y que, trascendiendo los estratos inconscientes de nuestro corazón, asciende al campo de nuestra conciencia, de nuestro yo, llenando todo nuestro ser de exultante gozo. El sentimiento de alegría nace de nuestra esfera afectiva, o timopática, pero coadyuvan a su génesis los factores peristáticos en los que los seres humanos vivimos inmersos. Así, leemos en el verso 7: “Suave ciertamente es la luz, y agradable a los ojos ver el sol”; una traducción más literal diría: “dulce ciertamente es la vida, y agradable a los ojos ver el sol”. Aquí se relaciona la realización existencial de una persona, que hace que su experiencia sea dulce y gratificadora, con el grado de luminosidad del medio ambiente en el que se ubica su existencia.
El sistema planetario en el que vivimos es heliocéntrico; es decir: nuestro sistema solar constituye la fuente de energía calorífica y luminosa indispensable para que la vida en la Tierra sea una esplendorosa, gozosa y extraordinaria realidad.
Está demostrado que el estado afectivo de las personas se influencia y condiciona por las circunstancias de su perimundo. El grado de luminosidad –en definitiva, la intensidad de las radiaciones solares– es captado por las terminaciones nerviosas de nuestra piel y, desde ella, estos estímulos sensitivos-sensoriales son transmitidos en forma de impulsos eléctricos a determinados centros de nuestro cerebro (el tálamo), donde se transforman en sensaciones que nos permiten tomar consciencia de nosotros mismos y de nuestra realidad peristática. La corteza cerebral, que ha sido informada desde dichos centros del grado de luminosidad existente, actúa a su vez sobre nuestro cerebro límbico, o emocional (el cerebro medio), y éste nos permite vivenciar nuestro ser y estar en el mundo como una situación de placer o displacer, de bienestar o malestar, de alegría o de tristeza.
El verso 8 nos presenta la posibilidad de vivir una larga vida, y además de vivirla con gozo. No obstante, también nos advierte de que es conveniente mantener vivo el recuerdo de que en toda experiencia existencial se darán “días de tinieblas”, tanto a nivel inmanente como trascendente. La pérdida de contacto con esta realidad nos abocaría a una experiencia de extrañamiento y alienación que desestructuraría la integración yoica de nuestra personalidad. Tendríamos que recordar aquí las enseñanzas contenidas en 3:1 a 11: La vida del hombre constituye la vivenciación de un discurrir existencial lleno de contradicciones, que termina desembocando en la experiencia frustradora de la muerte. La resolución o no del gran interrogante metafísico, de la incógnita de la trascendencia del ser, dará su sentido realizador o frustrador a nuestra vida.
En definitiva, los versos 7 y 8 nos vienen a enseñar que el gozo experimentado en su dimensión inmanente puede ser una fuente de alegría, bienestar y realización siempre que pueda proyectarse metafísicamente, para alcanzar una trascendencia inefable y eterna.
Siguiendo con nuestro análisis, nos encontramos con los contenidos explicitados en los versos 9 y 10, que nos hablan de la juventud y de la adolescencia, y de la profunda y complicada problemática que se presenta en estas etapas de la vida.
En el verso 9 se equiparan la juventud y la adolescencia; aunque desde el punto de vista psicológico y psicodinámico no constituyen dos momentos idénticos en el desarrollo de la personalidad, lo que es indudable es que son periodos consecutivos de la existencia durante los cuales tiene que definirse, definitivamente, el sentido de identidad del ser como persona. Desde la valoración de una perspectiva psicoanalítica, en la adolescencia se vuelve a revivir, a nivel inconsciente, un proceso primario ocurrido subliminalmente entre los 3 y los 5 años de edad. Si en la infancia se resolvió bien este proceso, tiene muchas posibilidades de que también ocurra lo mismo en la pubertad.
Definir el sentido de identidad implica la posibilidad de clarificar la orientación psicosexual de una persona. Esta definición somática, psicológica y noético-pneumática constituye el fundamento sobre el que se asentarán las bases de una vida futura homeostática y equilibrada en todos los ámbitos de la existencia.
Creo que Qoheleth conocía que la vida de todo ser humano se deviene en la confrontación dialéctica entre esos dos principios que ya hemos considerado en otro lugar: el del placer y el de la realidad; y de cómo el joven adolescente vivencia su realidad dialéctica, a nivel intrapsíquico, se habla precisamente en los versos 9 y 10.
Hoy se considera que la adolescencia se ha alargado muchísimo, particularmente en el mundo occidental; sin duda, en función de la propia prolongación de la vida. La adolescencia correspondería al periplo existencial que va desde la pubertad hasta los 20 o 23 años.
El despertar físico, hormonal, emocional, intelectual, psicológico y espiritual de la adolescencia pone de manifiesto la gran confrontación dialéctica –que impregna toda la existencia del hombre– entre los dos principios mencionados. Quizá por eso Qoheleth le dice al joven adolescente: “Alégrate, joven, en tu juventud, y tome placer tu corazón en los días de tu adolescencia; y anda en los caminos de tu corazón y en la vista de tus ojos; pero sabe, que sobre todas estas cosas te juzgará Dios”.
Nuestro autor emplea un tiempo imperativo para exhortar al joven a vivir una vida con sentido y que traiga alegría a su experiencia existencial. La adolescencia y la juventud son periodos de la vida donde el ser humano puede experimentar y vivenciar importantes gratificaciones realizadoras en la esfera de su intimidad; realizaciones que quedarán esculpidas, con el cincel de la experiencia vivida, en los estratos más profundos de su corazón. Pero en la adolescencia no sólo se generan sentimientos placenteros y pensamientos ilusionantes, sino que el púber –que despierta a una nueva realidad– empieza a descubrir la vida tal y como es. El pensamiento emocional y prelógico propio de la infancia es invadido, y en parte relegado, por el pensamiento lógico y racional: el principio del placer tiene que enfrentarse, de forma consciente, con el duro y nada gratificante principio de la realidad.
Los mecanismos de defensa frente a la angustia que el niño intentaba superar mediante la idealización o sublimación –ya sea del otro o de la realidad– se menoscaban, dando entonces prioridad a otros, tales como la intelectualización, la racionalización y la represión de los conflictos intrapsíquicos. El yo se siente atrapado por la angustia y sufre, hasta el extremo de intentar huir de esa realidad anímica y existencial mediante la elaboración de mecanismos de defensa psicopatológicos, tales como las fobias (miedos), las obsesiones, la conversión de conflictos inconscientes en somatizaciones y crisis de angustia y ansiedad, que le afectan integralmente. Este falso escapismo puede llevarle a la peligrosa situación de ser invadido por los sentimientos de la tristeza y la melancolía, hasta el hecho de llegar a acariciar la autolisis, la realización tanática: el suicidio como la única salida liberadora de su malestar existencial.
Todo este proceso se produce porque el adolescente, para proseguir el curso de maduración de su personalidad, tiene que proceder a realizar un doloroso esfuerzo de desmitificación de la realidad, y de su realidad. La desidealización y desmitificación de las figuras parentales supone un fuerte shock en la esfera de la intimidad del joven adolescente, y aunque sabe que para hacerse mayor, para seguir creciendo emocionalmente, ese proceso desmitificador es insoslayable, también siente que en lo más profundo de su alma se generan resistencias que se oponen al mismo.
En todo este proceso psicodinámico del desarrollo de la personalidad, la relación del adolescente con su padre biológico juega un papel fundamental. Freud y otros psicoanalistas llegaron a afirmar que la imagen de Dios como Padre no era otra cosa que la proyección de las cualidades que el niño y el adolescente adjudican a su padre natural y biológico, y que luego extrapolan y proyectan metafísicamente, dando lugar a la creación de un Ser Trascendente que es omnisciente, omnipresente y omnipotente. Yo pienso que, realmente, ocurre lo contrario; es decir, que el niño inviste a la figura de su padre carnal con las cualidades atribuidas al Ser Supremo y Padre sobrenatural, porque recibe de sus progenitores contenidos arquetípicos que forman parte de su inconsciente colectivo, y que están esculpidos en el corazón del hombre desde el momento de su creación a imagen y semejanza de Dios. Recordemos de nuevo que el inconsciente colectivo es una entidad psíquica común a todos los seres humanos.
En la adolescencia, al producirse el proceso de desmitificación de la figura paternal, se corre el riesgo de que también este proceso desmitificador afecte a la imagen de Dios como Padre. Por eso, cuando el adolescente tiene una buena relación con su padre biológico, tiene también grandes posibilidades de tener una buena relación con Dios. En esa etapa de la vida se pone en crisis toda la vida emocional, anímica y espiritual del joven, y, en el ámbito de esa conmoción –profunda y generalizada–, se vivencia una crisis de lo Trascendente, una crisis metafísica de gran calado, que sume al adolescente en una situación de desorientación, desconcierto y desamparo existencial. Muchos padres creyentes no comprenden la crisis de fe de sus hijos, y no se dan cuenta de que la infraestructura que la informa suele estar fundamentada en una mala relación paterno-filial. Por eso se hace necesario insistir en que el rechazo de los padres naturales puede ser proyectado –metafísicamente– con el consiguiente rechazo de Dios.
La rebelión contra el padre biológico puede convertirse en una rebelión contra el Padre que está en los Cielos, porque Dios puede aparecer ante los ojos del adolescente como una figura punitiva y represora, de la cual hay que liberarse para tener la posibilidad de vivir en libertad. Recogiendo el significado psicológico y teológico de la relación padres-hijos, el psicoanalista Erich Fromm –analizando precisamente el capítulo 3 del GÉNESIS– decía que la rebelión del ser humano contra su Padre celestial, es decir contra Dios, constituyó el primer acto de libertad y liberación de la historia del hombre sobre la Tierra.
La verdad es que al rebelarse el hombre contra su Creador, obedeciendo el consejo del diablo –“no moriréis, sino que sabe Dios que el día que comáis de él (del árbol de la Ciencia del Bien y del Mal) serán abiertos vuestros ojos, y seréis como Dios, conociendo el bien y el mal”–, transgredió los límites del equilibrio psicoemocional y espiritual en los que había sido colocado: cayó en la trampa que se le tendía, y se alienó. Su deseo de ser como Dios supuso su desestructuración yoica, la escisión de su propio yo, el extrañamiento de sí mismo y, por consiguiente, su alienación integral.
Es exactamente lo mismo que se constata hoy, en el campo de la psicopatología, cuando un ser humano se convierte en otro al ser invadido el campo de su conciencia, de su yo, por contenidos reprimidos en la esfera inconsciente de su mente. Así, podríamos decir que el hombre actual –y de manera más evidente en nuestro mundo occidental– vive alienado porque, en su rebeldía contra Dios, ha reprimido la imagen de su Creador y decretado su muerte, anunciando el nacimiento del Superhombre; es decir, anunciando su propia desestructuración anímica, su conversión en el Otro, y, en definitiva, su enajenación universal. De la Religión como neurosis universal (Sigmund Freud) y como opio del pueblo (Carlos Marx), se ha pasado a devenir la realidad existencial del ser humano como una experiencia de locura colectiva, que puede abocarle teológicamente a una posibilidad de realización autolítica; es decir, de desestructuración tanática de sí mismo.
Es por todo esto que el autor del ECLESIASTÉS exhorta al joven adolescente de la siguiente manera: “Quita, pues, de tu corazón el enojo y aparta de tu carne el mal; porque la adolescencia y la juventud son vanidad”. Quitar del corazón el enojo supone la posibilidad de superar los sentimientos de angustia existencial que vivencia el adolescente en su crisis puberal. El término hebreo que se emplea para enojo significa pena y tristeza. La Revelación de Dios nos está hablando aquí de la melancolía de la adolescencia, y la relaciona con la realización de todas las tendencias instintivas que, desde la esfera inconsciente, tienden a ascender al campo de la conciencia para realizarse hedonísticamente. De ahí la recomendación “aparta de tu carne el mal”. El vocablo carne que aquí se utiliza hace referencia al yo en su expresión corporal; por consiguiente, Qoheleth demuestra tener un profundo conocimiento de las intrincadas y complejas relaciones psicosomáticas que informan, regulan y condicionan la conducta humana; y, además, añade una argumentación existencial incontrovertible cuando dice “porque la adolescencia y la juventud son vanidad”.
Los términos adolescencia y juventud corresponden a un solo vocablo hebreo, shaharut, que debe traducirse por una de estas dos expresiones: la aurora de la vida o el tiempo del pelo negro. El término vanidad significa, como ya dijimos en otra parte del libro, variedad, vacío, frustración, y también podría traducirse por efímero. Con estas afirmaciones de nuestro autor, entramos en el abordaje del devenir existencial del hombre.
En los versos 1 al 7 del capítulo 12 se nos describe el discurrir de la vida humana, su brevedad y el proceso de envejecimiento que nos conduce a la experiencia insoslayable de la muerte, y a la confrontación con las posibilidades de la trascendencia metafísica del ser.
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