Dr. CAMPA
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Capítulo 21
La certidumbre de lo incierto (2)
En este capítulo vamos a proceder al análisis de los versos 5 y 6. Como repito una y otra vez, un acercamiento superficial, sin la profundización teológica necesaria, al verso 5 nos dejaría la impresión de que las taxativas afirmaciones del autor ponen en evidencia una falta de conocimiento científico sobre los fenómenos que analiza. El estudio exegético riguroso nos demostrará que esto no es así.
Qoheleth afirma: “Como tú no sabes cuál es camino del viento…”. Es evidente que en su época no existían los conocimientos astronómicos y astrofísicos de que disponemos en la actualidad. En aquel tiempo “se oía y se sentía el sonido de los vientos”; pero, rememorando unas palabras de Jesús de Nazaret al maestro fariseo Nicodemo: “el viento sopla de donde quiere y oyes su sonido (en gr, su voz); mas ni sabes de dónde viene, ni a dónde va”.
Hoy existen medios para intentar conocer el origen, la gestación, la dinámica, la orientación y hasta el recorrido y el agotamiento de los vientos; pero ¿alguien se atrevería a afirmar que los actuales especialistas en meteorología conocen mejor los fenómenos eólicos que los sabios sumerios, caldeos, egipcios o persas? No sería yo quien tal afirmación hiciera. Pero es necesario no olvidar que muchos de los descubrimientos científicos que se consideran modernos, o contemporáneos, solo han puesto al descubierto fenómenos y realidades de las que ya tenían conciencia los sabios de la antigüedad. Tal es el caso del descubrimiento de nuestro sistema solar, de los métodos de reanimación boca a boca, de la circulación sanguínea, de la conservación incorruptible (embalsamamiento) del cuerpo, o el de la complicada urdimbre psicológica que regula las relaciones humanas. Copérnico, Galileo Galilei, Miguel Servet, Halley y Sigmund Freud fueron geniales en sus aportaciones científicas y produjeron una auténtica revolución en el conocimiento de la realidad, pero, en el fondo, se limitaron a realizar una exégesis y una hermenéutica científica más depurada de lo que ya en parte conocían y en parte intuían los caldeos, los egipcios, los hebreos, los griegos o los medos y los persas.
Pero, dejando a un lado mis consideraciones epistemológicas al respecto, el análisis exegético del verso 5 nos aporta una nueva posibilidad interpretativa. El término viento corresponde al vocablo hebreo ruah, y se puede traducir por viento, espíritu y aliento indistintamente y según el contexto en el que se encuentre enmarcado. En el caso que nos ocupa, ruah se podría traducir por espíritu. Para probar esta posibilidad es necesario que sigamos nuestra exégesis.
En su segunda parte, nuestro verso dice: “o cómo crecen los huesos de la mujer encinta”. Sabemos que los conocimientos del desarrollo embrionario en la época de nuestro escritor distaban mucho respecto de lo que hoy sabemos sobre el desarrollo intrauterino del embrión y del feto. No obstante, ya el rey David –padre de Qoheleth– dejó plasmado en sus versos cuando escribió el Salmo 139 no sólo palabras de una belleza literaria incomparable, sino que usó vocablos hebreos cuyo significado alcanza a revelarnos los descubrimientos más avanzados de la embriología y de la genética en materia del desarrollo fetal. Pero este aspecto tan relevante de la Revelación de Dios, y su análisis pormenorizado, lo dejaremos para más adelante. Volvamos ahora a la exégesis más incisiva de nuestro verso.
Para profundizar mejor en el posible sentido y la más enjundiosa enseñanza de este texto, tenemos que volver a recordar que el mismo término ruah no se utiliza sólo una vez, sino dos. Apreciaremos en nuestra lengua esta notoriedad lingüística y teológica si dejamos constancia de otras posibles traducciones. Así, la BAC lo hace de este modo: “como no sabes por qué camino el espíritu entra en los huesos en el seno maternal”; y L. A. Schökel aporta una traducción también muy significativa: “si no entiendes cómo un aliento entra en los miembros en un seno preñado”.
Si recomponemos 11:5 según las matizaciones apuntadas, yo me atrevo a sugerir la siguiente traducción integral: “Como tú no sabes cuál es el camino del espíritu o como no sabes por qué camino el espíritu entra en los huesos en el seno maternal, así ignoras la obra de Dios, el cual hace todas las cosas”. Con esta traducción se despejarían muchos malos entendidos y diversas e importantes incógnitas. El texto no nos estaría hablando del movimiento del viento, ni de los diversos procesos tróficos (los nutritivos y alimentarios) que se devienen bioquímicamente en el seno uterino para que se lleve a buen término el desarrollo biológico del nuevo ser; antes bien, estaríamos ante la presentación, extraordinaria, de dos cuestiones pendientes de resolución en el campo de la antropología, de las ciencias del espíritu y de la ontogénesis del ser. Hasta el día de hoy, nadie puede presumir de conocer los movimientos, sobre todo los inconscientes, del espíritu humano. Ya el profeta Jeremías, en el siglo VI aC, hablando del espíritu del hombre y de sus movimientos y contenidos, escribía: “Engañoso es el corazón (esa esfera de la intimidad a la que me refiero continuamente) más que todas las cosas, y perverso (lit, desesperadamente malo, VM), ¿quién lo conocerá? (¿quién podrá conocerlo?, VM)”.
Por otro lado, esta segunda parte del verso nos lleva nada menos que a enfrentarnos con la espinosa y complicadísima problemática de las relaciones alma-cuerpo; nos aproxima, por no decir que nos aboca o que nos introduce de lleno, en la confrontación dialéctica más importante que se da en el campo de la bioética. Hoy se discute en los foros científicos más prestigiosos cuál es el momento antropológico en el decurso del desarrollo embrionario en que un conglomerado de células, llamadas primero mórula y después embrión, se pneumatizan (es decir, se convierten en habitación, o tienda, del espíritu), y, por consiguiente, al nuevo ser ya se le puede considerar humano. A partir de ahí, se producen debates científicos, filosóficos y teológicos que tienen una relación vinculante con la problemática ético-biológica de la inseminación artificial, de la fecundación in vitro, la clonación, el embarazo no deseado, el aborto y el infanticidio, así como con las cuestiones metafísicas de la inmanencia y la trascendencia del ser.
Ante estas realidades que venimos comentando, no puede dejar de sorprendernos cómo la Biblia sigue teniendo una actualidad palpitante y correlacionada con los descubrimientos científicos más recientes.
En relación con la concepción del ser humano como una unidad psicosomática y la cuestión ontológica de la relación alma-cuerpo, habíamos dejado pendiente la exégesis y hermenéutica de algunos textos del Salmo 139. Ha llegado el momento de ocuparnos de esta cuestión. En él, David manifiesta su experiencia de la realidad en cuanto a la relación que el ser humano mantiene con Dios, tal y como la experimenta. Merece la pena reproducir algunos de los textos: Oh Jehová, tú me has examinado y conocido. Tú has conocido mi sentarme y mi levantarme; has entendido desde lejos mis pensamientos. Has escudriñado mi andar y mi reposo, y todos mis caminos te son conocidos. Pues aún no está la palabra en mi lengua, y he aquí, oh Jehová, tú la sabes toda. Detrás y delante me rodeaste, y sobre mí pusiste tu mano. Tal conocimiento es demasiado maravilloso para mí; alto es, no lo puedo comprender. ¿A dónde me iré de tu Espíritu? ¿Y a dónde huiré de tu presencia? Si subiere a los cielos, allí estás tú; y si en el Seol hiciere mi estrado, he aquí, allí tú estás. Si tomare las alas del alba y habitare en el extremo del mar, aun allí me guiará tu mano, y me asirá tu diestra. Si dijere: Ciertamente las tinieblas me encubrirán; aun la noche resplandecerá alrededor de mí. Aun las tinieblas no encubren de ti, y la noche resplandece como el día; lo mismo te son las tinieblas que la luz. Porque tú formaste mis entrañas; tú me hiciste en el vientre de mi madre. Te alabaré; porque formidables son tus obras; estoy maravillado, y mi alma lo sabe muy bien. No fue encubierto de ti mi cuerpo, bien que en oculto fui formado, y entretejido en lo más profundo de la tierra. Mi embrión vieron tus ojos, y en tu libro estaban escritas todas aquellas cosas que fueron luego formadas, sin faltar una de ellas.
Apreciamos que en esta excelsa composición poética se considera la omnisciencia, la omnipresencia y la omnipotencia de Dios como realidades del Ser Supremo que se devienen imbricadas e interrelacionadas, constituyéndose en la realidad trascendente y actuante. A este respecto, nos ocuparemos de manera especial de una traducción más exacta y teológicamente más productiva de los versos 13 al 16: “Porque tú formaste mis entrañas (en heb, riñones, como sede de afectos y emociones). Tú me hiciste (en heb tejiste: formación de los tejidos de un ser) en el vientre de mi madre. Te alabaré, porque formidables maravillas son tus obras. Estoy maravillado, y mi alma lo sabe muy bien (te alabaré porque asombrosamente y maravillosamente he sido hecho, maravillosas son tus obras, VLA; o, en algunas versiones antiguas, te alabaré porque asombroso y maravilloso eres tú). No fue encubierto de ti mi cuerpo (lit, mis huesos), bien que en oculto fui formado y entretejido (lit, bordado con la mayor habilidad, implicando la creación de venas, músculos, tendones y nervios) en lo más profundo de la tierra. Mi embrión (en heb, golam, que sólo se encuentra aquí en el Antiguo Testamento, y que significa el ser inacabado; en Éx 2:22 se designa al feto con el término normal para niño yetadine, y en 2 R 2:8 se emplea para embrión el mismo término que se utiliza para la expresión enrollar el manto: el sentido en cuanto al embrión sería el del enrollamiento de las tres hojas blastodérmicas que lo constituyen) vieron tus ojos, y en tu libro estaban escritas todas aquellas cosas que fueron luego formadas sin faltar una de ellas”.
El término que se utiliza en el original para embrión lo traduce la VM por imperfección, y lo relaciona con un libro “en el que estaban escritas todas aquellas cosas que luego fueron formadas, sin faltar una de ellas”. En mi criterio; David nos está hablando nada menos que del código genético del ser humano. En nuestros días, y muy recientemente, los científicos que trabajan en el campo de la genética terminan de secuenciar el código genético de diversos seres vivos ¡y del hombre! Se ha avanzado de forma impresionante y admirable, y en un período de tiempo muy breve, en el conocimiento de los 80/100.000 genes que constituyen nuestra dotación genética. Hoy sabemos que muchas enfermedades advienen, y se devienen patológicamente, en relación con la alteración de uno o varios genes. Dicho en otras palabras: desde el primer momento de la concepción de un ser humano, su código genético ya está alterado. Considero que estas alteraciones en nuestro código genético, primarias y primitivas, son las que el salmista David denomina, cuando se refiere al estado embrionario, con el término golam, que literalmente significa imperfección.
Resulta obvio que, hoy, la Ciencia sabe que nuestro código genético no es perfecto, que en algún momento de su devenir histórico-biológico, el homo sapiens sufrió una desestructuración que explica, en parte, la imperfección que hoy observamos en el mismo. Hasta ahí llega el conocimiento científico: hasta constatar la imperfección (o alteración) de nuestra dotación genética. Hoy sabemos que nuestro código genético constituye el llamado Libro de la Vida y que, tal como afirma el salmista, en él están escritas todas las cosas que luego serán formadas, sin faltar una de ellas. En ese código está escrita la esencia de la vida, pero también la posibilidad irrevocable de la muerte. Todos los procesos de desarrollo psicosomático del antropos serán informados y dirigidos por la dotación genética de que dispone desde el primer momento de su concepción.
Como hemos dicho, la Ciencia conoce nuestra desestructuración, o imperfección genética, aunque desconoce el momento histórico-biológico en que ocurrió y, sobre todo, desconoce la causa que la originó. Sólo la Teología, o, si queremos, la Revelación de Dios, está en condiciones de respondernos y aportarnos datos para comprender esa desestructuración amártica de nuestro código genético.
Con mis últimas consideraciones no deseo introducir concepciones de tipo racionalista o científico, como aportaciones que nos ayuden o conduzcan a confiar en Dios a través de la fe. Se trata tan sólo de intentar ayudar un poco a entender que la pretendida dicotomía radical entre las aseveraciones de la Ciencia y los contenidos de la Revelación de Dios no es tan clara como algunos pretenden, y, lo que es más importante, no ha sido jamás demostrada. La Biblia afirma que la Sabiduría (así, con mayúscula) emana de Dios, y que entre ésta y la verdadera Ciencia de los hombres no tiene por qué haber contradicción alguna. El hombre –como diría Teilhard de Chardin–, inclinado sobre la materia, podría dar “el paso de la reflexión” y llegar a tomar auténtica conciencia del Ser inefable que denominamos Dios.
Pero no quiero desviarme del propósito que se desprende del enunciado de estos dos capítulos: La certidumbre de lo incierto: La fe, tal y como se la presenta en las Sagradas Escrituras, supone la certidumbre de lo incierto; y, en mi experiencia personal, la superación y la resolución de la contradicción que implica lo cierto y lo incierto no se consigue por vía intelectual, sino por un proceso espiritual y psicológico informado y dirigido por el Espíritu de Dios interiorizado, que favorece el ascenso desde los estratos más profundos de la esfera de la intimidad (esfera inconsciente) hasta el campo de nuestro yo, (esfera consciente) de la imagen arquetípica de Dios que el ser humano tiene reprimida. Esta percepción yoica en nuestro corazón como una realidad que vive en mí y que me trasciende, es la única posibilidad de que se realice en mi vida la certidumbre de lo incierto. La conversión (la experiencia de la fe) consiste, esencialmente, en hacer consciente lo inconsciente; en que lo inefable e inaccesible, aquello que se escapa a cualquier capacidad racional, alcance el campo de mi conciencia (mi yo) y, desde ahí, trascienda todo mi ser.
Para finalizar este capítulo, retrocederemos unos milenios para acudir a la fuente de donde emana, desde el punto de vista humano, la esencia de la fe. Hemos de remontarnos a la ciudad de Ur de los Caldeos (hace unos 6.000 años), y encontrarnos con un hombre llamado Abraham. La Biblia afirma que este patriarca fue un hombre de fe y que, además, “es el padre (en cuanto a la experiencia de la fe se refiere) de todos los creyentes”. Él recibió la promesa de Dios de que, en su descendencia –la cual es Cristo–, serían bendecidas (obtendrían reconciliación con Dios mediante la fe) todas las familias, o naciones, de la Tierra.
Si nos preguntamos si la fe de Abraham –que constituye el prototipo de toda fe– fue racional, hemos de responder que no lo fue en absoluto. Recordemos lo que, al respecto, nos dice de ella el Nuevo Testamento: “Por la fe Abraham, cuando fue probado, ofreció a Isaac; y el que había recibido las promesas ofrecía a su unigénito, habiéndosele dicho: En Isaac te será llamada descendencia; pensando que Dios es poderoso para levantar aun de entre los muertos, de donde, en sentido figurado (en gr lit, en parábola), también lo volvió a recibir”.
En consecuencia, Abraham creyó las promesas de Dios, no por la razón; antes bien al contrario; en contra de ella. La recepción y confianza en la Palabra de Dios generó la fe que le justificaba, obrando el Espíritu Santo en su propio corazón. El fundador del existencialismo, Sören Kierkegaard, hombre de fe probada, en una de sus obras más ilustres y preciadas habla del patriarca, de su experiencia existencial y de su fe, y, al considerar las circunstancias en las que Abraham creyó, define esa experiencia trascendental y trascendente del hombre de Ur con estas palabras: “La fe empieza donde la razón termina”.
He aquí, en mi humilde criterio, la única posibilidad de alcanzar, durante nuestro devenir inmanente, la seguridad de la trascendencia; o, dicho de otra manera: la posibilidad de conseguir la certidumbre de lo incierto.
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