Dr. CAMPA
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Capítulo 20
La certidumbre de lo incierto (1)
Echa tu pan sobre las aguas; porque después de muchos días lo hallarás. Reparte a siete, y aun a ocho; porque no sabes el mal que vendrá sobre la tierra. Si las nubes fueren llenas de agua, sobre la tierra la derramarán; y si el árbol cayere al sur, o al norte, en el lugar que el árbol cayere, allí quedará. El que al viento observa, no sembrará; y el que mira a las nubes, no segará. Como tú no sabes cuál es el camino del viento, o cómo crecen los huesos en el vientre de la mujer encinta, así ignoras la obra de Dios, el cual hace todas las cosas. Por la mañana siembra tu semilla, y a la tarde no dejes reposar tu mano; porque no sabes cuál es lo mejor, si esto o aquello, o si lo uno y lo otro es igualmente bueno. (11:1 a 6)
Los primeros seis versos de este capítulo constituyen un fiel exponente de la contradicción implícita en este enunciado. La vida de los seres humanos debajo del sol se manifiesta como un conjunto de inquietudes e incertidumbres que, a manera de jalones, o hitos, enmarcan la existencia de todo ser. Esos textos vienen a constatar que las realidades intrapsíquicas y peristáticas en las que el hombre deviene su existencia le sumergen, de una manera ineludible e insoslayable, en el ámbito de lo incierto. Tal vivenciación de la existencia puede constituir el elemento primordial que genere, a nivel consciente e inconsciente, sentimientos de frustración que, a su vez, constituyan la infraestructura de la que brote el manantial del que mana esa angustia de la que venimos hablando, y que convierte al ser humano en un esclavo de su propia finitud, de sus propias circunstancias y limitaciones.
Estas palabras de Qoheleth invitan a sentirse seguro en un mundo de inseguridades, confiado en una sociedad donde la desconfianza mediatiza las relaciones interpersonales, esperanzado en una época de desesperanza quasi-apocalíptica; en una palabra: se trata de conseguir superar todas las contradicciones que se dan en el devenir histórico de los seres humanos, alcanzando la certidumbre de lo incierto.
Para ilustrar esta realidad contradictoria, vamos a rememorar un acontecimiento sobresaliente en la vida de Jesús de Nazaret. Se trata de uno de sus actos taumatúrgicos más relevantes. El hecho está recogido por los tres evangelios sinópticos (Mateo, Marcos y Lucas). Reproducimos el texto de Marcos, por parecernos el más completo y esclarecedor: “Cuando llegó a donde estaban los discípulos, vio una gran multitud alrededor de ellos, y escribas que disputaban con ellos. Y enseguida toda la gente, viéndole, se asombró, y corriendo a él, le saludaron. Él les preguntó ¿Qué disputáis con ellos? Y respondiendo uno de la multitud, le dijo: Maestro, traje a mi hijo que tiene un espíritu mudo (en gr, un espíritu que no le deja hablar), el cual, donde quiera que le toma, le sacude (en gr lit, golpea con los pies, o patea); y echa espumarajos, y cruje los dientes, y se va secando; y dije a tus discípulos que lo echasen fuera y no pudieron (en gr, no tuvieron fuerzas). Y respondiendo él, les dijo: ¡Oh, generación incrédula! ¿Hasta cuándo he de estar con vosotros? ¿Hasta cuándo os he de soportar? Traédmelo. Y se lo trajeron; y cuando el espíritu vio a Jesús, sacudió con violencia al muchacho, quien cayendo en tierra se revolcaba, echando espumarajos. Jesús preguntó al padre: ¿Cuánto tiempo hace que le sucede esto? Y él dijo: Desde niño. Y muchas veces le echa en el fuego y en el agua, para matarle; pero si puedes hacer algo, ten misericordia de nosotros, y ayúdanos. Jesús le dijo: Si puedes creer, al que cree todo le es posible. E inmediatamente el padre del muchacho clamó y dijo: Creo, ayuda mi incredulidad. Y cuando Jesús vio que la multitud se agolpaba reprendió al espíritu inmundo, diciéndole: Espíritu inmundo y sordo, yo te mando, sal de él, y no entres más en él. Entonces el espíritu, clamando y sacudiéndole con violencia, salió, y él quedó como muerto, de modo que muchos decían: Está muerto. Pero Jesús, tomándole de la mano, le enderezó, y se levantó”.
Deseo que nos fijemos y concentremos en la personalidad, actitud y comportamiento del padre del muchacho enfermo. La enfermedad de su hijo le crea una situación de ansiedad, angustia y frustración. Él desconoce sus causas, y tampoco sabe su remedio. Su ansiedad expectante le lleva a intentar todas las posibilidades, por heterodoxas que éstas sean, con la finalidad de devolver la salud al hijo que ama. Sin duda alguna que oyó hablar de los “hechos y dichos” de Jesús y de sus discípulos. Un rayo tenue de esperanza penetra en el atardecer de un día, quizá triste y aciago, por una rendija de la celosía de su corazón. Conoce el lugar donde Jesús se encuentra con sus apóstoles. Se encamina hacia él, y cuando llega se encuentra en medio de una gran multitud que también demanda de Jesús de Nazaret la resolución de sus problemas. Busca al maestro con una mirada anhelante y escrutadora, pero no le encuentra. No obstante, allí están sus discípulos. ¿Por qué no probar suerte con ellos? La acción taumatúrgica de los apóstoles fracasa, y la inseguridad y la incertidumbre de este padre angustiado se incrementa.
De repente, el Galileo, el Nazareno, irrumpe en medio de una escena de crispación dialéctica, donde seguramente se podría estar discutiendo sobre el porqué y el sentido del mal en el mundo. De nuevo otro rayo de esperanza penetra y estimula los estratos más profundos de la esfera psicoafectiva y psicoemocional de este padre desolado. En medio de una multitud sorprendida y emocionada por la llegada del amigo de todos los parias y sufrientes de la tierra, deja oír su voz, decepcionado por el fracaso de los discípulos del Señor: “Dije a tus discípulos que lo echaran fuera y no pudieron”. La respuesta de Jesús supone un aldabonazo a la conciencia todavía racionalista de este padre acongojado: “¡Oh, generación incrédula!”.
Aquí radica la causa fundamental que, según el Profeta de Nazaret de Galilea, justifica el fracaso terapéutico de los discípulos: la incredulidad, o la falta de fe (en su sentido de confianza plena) del padre del muchacho enfermo.
El significado etimológico del término incrédula implica una situación interna apística; es decir, de falta de fe. La Revelación de Dios enseña que “sin fe es imposible agradar a Dios, porque es necesario que el que se acerca a Dios, crea que le hay y que es galardonador de los que le buscan”.
Pero sigamos analizando el pasaje. El médico divino, Jesucristo, realiza una anamnesis clínica al contemplar la sintomatología neuropsiquiátrica que padece el muchacho. Al relatar la fenomenología patológica que manifiesta su hijo, el padre le hace a Jesús una petición casi agónica: “pero si puedes hacer algo, ten misericordia de nosotros, y ayúdanos”. Al borde de la desesperación, este padre conmovido y acongojado recurre a movilizar afectivamente las mismas entrañas de Dios. La respuesta del Mesías es reveladora: “Si puedes creer, al que cree todo le es posible”. Jesús, que conoce los contenidos e intenciones del corazón de los seres humanos, sabía que la duda y la certeza, la confianza y la desconfianza, la certidumbre y la incertidumbre libraban una gran batalla emocional y espiritual en la esfera de la intimidad de este padre que busca anhelante la curación de su hijo. La respuesta del padre ¡es extraordinaria! Cuando un ser doliente se coloca en la actitud de este padre, se encuentra en la mejor situación para resolver y superar sus contradicciones. El relato bíblico nos dice que “inmediatamente el padre del muchacho clamó y dijo: Creo, ayuda mi incredulidad”.
Se había llegado al momento dialéctico necesario para que este padre, con la ayuda del Espíritu de Dios, pudiera superar sus angustias y experimentar en lo más profundo de su ser la certidumbre de lo incierto. La fe como posibilidad, que viene dada por la gracia y la misericordia de Dios, nació en su corazón y, desde el mismo centro de su personalidad, irradió su luz clarificadora a toda la esfera de su intimidad. ¡El milagro estaba hecho! La “luz verdadera que alumbra a todo hombre y vino a este mundo” despejaba las tinieblas de la duda y de la incertidumbre que anidaban en los recovecos más oscuros y profundos de su corazón. Esta vez, la acción taumatúrgica de Jesús obtuvo un gran éxito. Su hijo recuperó la salud integral que tanto necesitaba.
Todos y cada uno de estos seis primeros versos del capítulo 11 nos invitan a adoptar una actitud de abandono total de nuestras necesidades inmanentes y trascendentes en manos de lo que unos llamarían el destino, otros la providencia y algunos el azar, la necesidad o la casualidad. Los cristianos depositamos nuestra confianza, presente y futura, en la realidad que denominamos Dios, haciendo referencia al Ser Supremo y Trascendente, al Creador de todas las cosas, a aquel que, siendo la Luz y la Vida, es también el único que tiene inmortalidad y existencia por sí mismo.
Entiendo que para muchos resulte difícil asumir una actitud que parece ir en contra de los dictados más elementales de la razón. El texto bíblico dice: “Echa tu pan sobre las aguas, porque después de muchos días (lit, en muchos días) lo hallarás”. ¿Cómo se puede tener confianza en semejante promesa?
A lo largo de la Historia, los seres humanos hemos venido formulándonos esta pregunta: ¿Qué es el hombre? Las respuestas dadas han sido variadas y, algunas, muy interesantes; ya dejamos constancia de este hecho en otra parte de esta obra. De todas las respuestas elaboradas por distintos autores, vamos a recordar una que viene a la sazón de lo que estamos comentando: Se ha dicho que el hombre es un ser pensante: quizá teniendo en cuenta la visión antropológica y existencial del gran filósofo francés Descartes cuando, para clarificar la conciencia de su mismidad, afirmó: “Pienso, luego existo”. Los enciclopedistas (Diderot, Rousseau, D'Alembert, etc.) elevarán la Razón a la categoría de omnisciente.
Para quienes siguen pensando de esta manera, al no ser Dios una realidad tangible, verificable, organolépticamente demostrable por el método científico –para que pueda ser comprendida por el intelecto humano–, no les resulta posible aceptar su existencia. En esta disyuntiva, la Fe y la Razón se nos presentan como dos opuestos incompatibles. Muchos han cometido lo que el psicoanálisis denomina un acto fallido al identificar Razón con Ciencia y Fe con Religión. Tal es el caso de Bertrand Russell. La deducción racional es obvia: al ser la Ciencia y la Religión esos dos opuestos irreconciliables, el hombre, que no quiere devenir su vida en una contradicción permanente, debe de optar por una de estas dos posibilidades. Si se decanta por la Fe, se queda sin el conocimiento de la Ciencia; y se supone que tendría que someter su razón a un riguroso proceso represivo, encontrándose su yo (como espacio psíquico consciente) vacío de los contenidos y recursos indispensables para poder disponer de elementos de juicio válidos que le permitan interpretar de forma adecuada la realidad, y su realidad, en el tiempo y en el espacio. Si, por el contrario, opta por la Razón, entonces se encuentra carente de argumentos irrebatibles (¿fiables?) para dar respuesta a los interrogantes existenciales que siempre han estado palpitando en el fondo de su alma: ¿De dónde venimos? ¿Quiénes somos? ¿A dónde vamos?
Concediéndoles a la Razón y a la Ciencia la posibilidad de dar respuestas satisfactorias, gratificantes y realizadoras en cuanto a nuestra inmanencia –¡lo que ya es mucho conceder!–, no podemos soslayar el hecho de que no se encuentran en condiciones de dar soluciones válidas y vicariantes a las necesidades demandadas desde la esfera de la intimidad de los seres humanos; es decir –y necesitamos enfatizarlo de nuevo–, a los deseos de eternidad, o de vivencia de tiempo indefinido, que brotan de nuestro corazón. Por consiguiente, la Ciencia no está en condiciones de aportarnos soluciones homeostáticas e integradoras a la problemática metafísica de la trascendencia.
Un análisis racionalista de los primeros seis versos de este capítulo nos llevaría a la conclusión de que, lo que se supone que es una porción de la Palabra de Dios revelada a los hombres –y, por consiguiente, infalible–, no contiene más que contradicciones, inexactitudes y crasos errores, fruto de la ignorancia científica del autor. Sin embargo, si la exégesis se realiza libre de prejuicios pseudocientíficos, desde una perspectiva teológica, la aportación de conocimiento que nos suministra resulta más que esclarecedora. Para ejemplificarlo, vamos a realizar un estudio exegético y hermenéutico de los versos 1 y 2, dejando los otros cuatro para el próximo capítulo.
La invitación de Qoheleth es a que depositemos nuestra confianza plena y sin condicionamientos en las promesas de Dios; dicho de otra manera: se nos invita a aceptar lo inverosímil como norma. Lo inverosímil, lo incierto y la norma es la Fe. La concepción de la fe como un asentimiento ciego a “creer lo que no vimos” constituye una argumentación apologética intrascendente, superficial y simplista acerca de lo que en la Palabra de Dios se nos revela como la esencia de la misma fe.
En HEBREOS leemos que “es, pues, la fe la certeza (en gr, hypóstasis) de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve”. Este término griego se debe traducir por sustancia, materia y realidad. El autor de esa carta lo emplea también para decir que Jesucristo, el Hijo de Dios, es, en relación con la suprema Deidad, “la imagen de su sustancia” (hypóstasis); es decir, que, en la medida en que Dios es el Espíritu y el Hijo de Dios también, la Encarnación de este (su hypóstasis) supone la materialización del Espíritu, la divinización (pneumatización) de la materia, la presentación real y sustancial del Dios inaccesible; o dicho a la manera del apóstol Juan en su evangelio: la encarnación del Verbo supone la misma exégesis (explicación) de la Divinidad en el mundo (Juan 1:18). De la misma manera que “el Verbo hecho carne” (la “hypóstasis de Dios) es el Camino, la Verdad y la Vida, así la fe es la certeza (la sustancia, la realidad; lit, la evidencia) concreta de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve (lit, de realidades –pruebas convincentes– que no se ven). La fe como don de Dios, como fruto del Espíritu, no constituye una hipótesis incierta, sino una certeza, una convicción o una demostración de la realidad inefable del Dios inaccesible a los ojos de la carne, pero que se hace vivenciable en los estratos más profundos de la esfera de nuestra intimidad.
Volviendo a nuestro análisis exegético de los dos primeros versos de nuestro texto, vamos a recordar alguna de las interpretaciones que se han dado sobre estas palabras. Para O. G. Gillis tienen el sentido de “dar ayuda a los necesitados, sin investigar demasiado si la merecen o no”. Para otros, el verso 2 instaría a “no poner tu capital en una sola empresa”. La aseveración de O. G. Gillis de que se trata de “la práctica de la beneficencia” queda descartada, porque en Qoheleth no se trata la doctrina de la retribución de Dios al hombre en función de los méritos obtenidos por la práctica de sus buenas obras. Su invitación “al ejercicio del comercio a través del mar” (así opina la BAC) no guarda coherencia con el verso 2; y es evidente que en estos versos se nos está presentando, con imágenes simbólicas distintas, la misma realidad experiencial.
Para terminar con el análisis de estos textos es conveniente recordar que, para algunos autores, estas palabras citarían un proverbio fenicio (F. Piotti) o griego (J. de Sarignac), por su parecido con la expresión teognis: sembrar en el mar. En este sentido, podemos aportar la opinión de Jamieson, Fauset y Brown, que explican que “había una costumbre de echar la semilla (que representaría el pan) desde botes sobre las aguas desbordadas del Nilo o en zonas pantanosas, y que, tras el reflujo de las aguas, el grano brotaba del aluvión”. Esta última apreciación nos ayudaría a entender, tanto desde el punto de vista biológico (científico) como simbólico (parabólico-analógico) que, en la fe, es posible que se convierta en realidad la certidumbre de lo incierto.
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