MUCHAS PRUEBAS INFALIBLES (V)

 MUCHAS PRUEBAS INFALIBLES

La Evidencia del Cristianismo

Por Arturo T. Pierson

Reedición: Juan Bta. García Serna, Zaragoza/ España, 2026

CAPÍTULO V

El testimonio que la Biblia da de si misma; Su exactitud científica.

Para siempre, Oh Jehová, permanece tu palabra en los cielos. Salmo, CXIX, v. 89.

Esta sublime afirmación de la estabilidad eterna de la Palabra de Dios es el «lema de Lutero.» Lo tenía escrito con carbón en las paredes de su habitación y bordado en los vestidos de sus criados. Los cambios terrenos no alcanzan á la esfera celeste; y allí la Palabra de Dios permanece, mucho más allá del alcance de causas de disturbio. Hasta la moderna ciencia progresiva, que ha trastornado las nociones de los siglos, es incapaz de probar que sea falso el testimonio de la Palabra Divina.

La Biblia es un libro muy notable, cualquiera que sea su origen. Uno de los príncipes de la humanidad, luz del siglo cuarto, cuya oratoria le valió el nombre de Crisóstomo, boca de oro, y cuyas virtudes hicieron de él la admiración y el terror de la corrompida corte de Eudoxia, semejante hombre, al mismo tiempo uno de los sabios más eminentes de su tiempo, ha dado á la Biblia su verdadero nombre, "H BIBLOS, el libro por autonomasia.

En todo trabajo vemos al trabajador, su destreza en el manejo de las herramientas, su inventiva, su genio y su gusto en la disposición y el adorno. El artista vive en su obra y habla en su mármol. Si hubiera una obra de Dios, esperaríamos que lo expresara y lo revelara. Se va á San Pedro, se sube y se está debajo de aquella vasta cúpula, preparado á experimentar sentimiento de admiración por las grandes proporciones y la maravillosa decoración que Miguel Angel concibió, y en la quietud de la noche contemplais la bóveda celeste y veis miles de lámparas que arden por millares de años sin consumirse, y brillan á mayor distancia de lo que alcanza el cálculo humano. ¿Recreáis que aquella muchedumbre de luz, la Via Lactea, ese compuesto de miríadas de estrellas en apretadas filas, como guijarros innumerables, de modo que sólo veis las líneas de luz avanzando en sus cauces, prontos á creer que Dios planeó esta bóveda y escribió su propio nombre en ella en letras luminosas; y que los cielos cuenten la gloria de Dios y la expansión denuncia la obra de sus manos. (1)

Así, siendo este libro obra de Dios, encontraríamos en él la prueba y la huella de un espíritu y de otros superiores. Habrá una grandeza en lo que se esparcen y abruman sus enseñanzas que recuerde el arco del firmamento, gloria sobre sus hechos y verdades que sugiere el esplendor de los soles y estrellas; habrá lo que está demasiado elevado para nuestro alcance y demasiado extenso para nuestra medida. Dios nos impele á decir: "¿No ha hecho mi mano todas estas cosas?". Este hecho en sí, que lo demuestre con esta prueba: ¿Lleva señales de un espíritu superior al humano? Si no hay nada en él que no guarde relación con un origen puramente humano, es idolatría llamarle Palabra de Dios, tratarlo como de origen divino y rendirle honores divinos. Pero si hubiera aquí tal estructura gigantesca de verdad que ni aun una raza de Titanes pudiera haberla construido; si sus cimientos son más profundos de lo que el hombre pudiera haber cavado, y sus cimas se levantan á alturas que nunca alcanzó el hombre, ¿como podremos escapar de la conclusión que la convicción de que su autor y hacedor es Dios?

La Biblia ha sido siempre el centro de toda la controversia, pues es la verdadera llave de todo el sistema del cristianismo; y si no se consigue tomar lo más importante del cristianismo, y los centinelas avanzados siguen la suerte de las principales defensas; poco la forma de ataque y del asalto han variado. El ataque es siempre insultante, despreciativo; más bien es plausible, patrocinadora. Acostumbraba á zurar á la Biblia con palabras violentas; ahora le da un golpecito en el hombro y le dice: "Verdaderamente eres un libro muy hermoso, pero de ningún modo sin faltas., El Doctor Préssensé dice de Renan: "Mima mucho á la Biblia, con ternura mientras la colma de alabanzas, enterrándolo bajo flores. Se acerca á la tumba del Salvador no para llorar y adorar como las mujeres del evangelio, sino para robarle el cuerpo y esencias alguna chispa fija de vida de la religión de Jesús. No asesta el golpe con espada cortante; no, inocencia. Pero el resultado es el mismo que si hiciera un ataque violento.

El escéptico moderno, con elevación de la sabiduría profunda y de la duda filosófica, se acerca á la Palabra Divina. Bajo el pretexto de una investigación libre é imparcial, como si se opusiera á creer que la Biblia no es todo lo que pretende ser, aplica sus pruebas estrictamente científicas, y, semejante al médico que toma un pulso débil, ausculta unos pulmones destrozados, ó reconoce un corazón enfermo, se vuelve con un suspiro de disgusto, meneando tristemente la cabeza. Y sin embargo, cuanto más comprendemos el escepticismo científico y filosófico, más satisfechos estamos de que, como Lord Nelson, tapa el único ojo sano y declara que no puede ver con el ciego. Debajo de toda esta apariencia de serenidad y justicia, de juicio observamos el afán de suprimir la verdad, un pleito parcial, deseadas corrupciones de la verdad, perversiones de los hechos de las Escrituras, y el mismo odio fiero de la religión de la Biblia, la misma pasión para derribarla, la misma resuelta hostilidad hacia todo lo sobrenatural, y las más atrevidas y provocadoras formas del ataque. Podéis encontrar este escepticismo solapado en la casa editorial, en la elocuente palabra del orador, en la cátedra universitaria y también en el púlpito de algunos predicadores que sólo lo son de nombre. La Biblia es, según confiesan hasta los escépticos, el mejor de los libros, y en su conjunto notable por todo lo que da y aún permanece; pero querían hacernos creer que apenas marcha de la mano con nuestros tiempos de progreso, y que su pretensión á la infalibilidad es absurda.

Pero la Biblia no acepta protección, ningún homenaje dudoso, ningún encomio concedido á medias. Someted la Palabra de Dios á cualquiera clase de prueba posible, intelectual, moral, filosófica, ética, literaria ó científica. Si en cualquier terreno racional no resiste la prueba, caerá; si no tiene base de granito, es locura el intentar afianzarla con derechos á la autoridad divina con puntales podridos de nuestra invención.

De todas las pruebas, la científica es la que menos promete; pues, si en alguna parte podemos esperar encontrar un punto débil de la Biblia, es en ésta. He aquí un gran fuerte cuyas murallas no tienen punto alguno que no defiendan bien sus cañones. Aún partidarios acérrimos de la Biblia demuestran algún pequeño escrúpulo cuando hablamos de aplicar pruebas científicas, cuando ven aparecer á la ciencia con el crisol en que se funde la verdad y el escalpelo que todo lo pone al descubierto, para aplicar sus procedimientos rigurosos á la Palabra de Dios. Pero, hasta en este punto, el más débil, la Palabra de Dios es demasiado poderosa para la fuerza combinada de todos sus enemigos. Desde este punto, como desde cualquier otro, si examinado con justa distancia y barren el campo, y todo escéptico de buena fe puede encontrar pruebas abundantes, aún por la parte científica de que algo sobrehumano ha producido la Biblia en el crisol en que los que lo atacan, semejantes á las olas que se acercan á la gigantesca roca del Mediterráneo, no lo destruyen ni lo conmueven, sino que se estrellan contra ella.

El argumento de la parte científica es el más concluyente porque la Biblia no es, ni puede ser, por su misma índole, un libro científico. En la historia, al tratar de la escritura, el historiador busca, como cosa puramente casual, y cualquier error científico ó inadvertencias que pudieran ocurrir no perjudicarían su valor como narración de hechos. Así un tratado de matemáticas no sería digno de confianza para resolver problemas difíciles, sólo porque se encontraran en él errores ortográficos ó afirmaciones inexactas en materia geográfica. Todo libro es juzgado por lo que constituye su asunto principal, todo lo demás carece de importancia.

El objeto de la Biblia no es enseñar la ciencia, sino dar á conocer la verdad moral y espiritual. Los hechos y las verdades científicas pueden descubrirse por la inteligencia y el trabajo del hombre, y así no se necesita su revelación. Pero nuestro origen y destino, nuestras relaciones con Dios, el camino de la paz y la pureza, la unión entre esta vida y la otra, la sabiduría más alta del hombre no ha hecho más que conjeturar sobre estas cosas; y de aquí la necesidad de que Dios hable.

Tenemos, por consiguiente, que juzgar la Palabra de Dios por el propósito que la informa y en el desenvolvimiento de la verdad moral y religiosa, aparecen los errores ó las inexactitudes científicas que no tienen relación con la verdad moral y no por eso harán que la Biblia sea un libro indigno de aceptación como guía para el conocimiento y práctica del deber.

Lord Bacon, desde un punto de vista estrictamente filosófico, ha dicho que el objeto ó propósito del Espíritu de Dios no es dar á conocer la ciencia de la naturaleza en las Escrituras, si no es de enseñar y atendiendo á la cultura del hombre y á enseñanzas morales y divinas.

No constituía parte del designio ó la misión de los escritores inspirados decirnos la verdad científica. De aquí que fuera natural que, refiriéndose al reino de la naturaleza, emplearan un lenguaje figurado, como hacemos hoy en una edad del mundo mucho más avanzada en conocimientos científicos. Sabemos que el sol es el centro del sistema solar y que la tierra se mueve alrededor de él, sin embargo decimos que el sol sale por el este, y se pone por el oeste, y da vueltas alrededor de la tierra. Decimos que el rocío baja del cielo, como si fuera destilado en las lejanas profundidades del espacio, cuando en realidad la atmósfera suelta el vapor á la aproximación de una capa de aire más fría, condensándose como la humedad del aire en contacto con una superficie helada. Cuando, por consiguiente, los escritores sagrados emplean formas del lenguaje que se conforman con las apariencias, no con la realidad, y tienen más relación con las impresiones populares que con los descubrimientos científicos, la ausencia de exactitud científica en ninguna manera implica discrepancia de la Biblia.

Si el lenguaje de las Escrituras hubiera sido científico en vez de popular, esto hubiera constituido un defecto y obstáculo, porque hubiera distraído la atención del hombre de las verdades más grandes que la Biblia estaba llamada á desarrollar, y hubiera dado lugar á controversias sobre asuntos de poca transcendencia. Si, por ejemplo, que en los primeros capítulos del Génesis, Moisés hubiera anunciado con exactitud en términos claros todos los descubrimientos de la geología y la astronomía, y la creación del globo una antigüedad muy anterior á la creación del hombre; hubiera hecho los seis días de la creación seis períodos de vasta duración; hubiera descrito la vasta esfera de fuego que la tierra fuera y el maravilloso proceso por el cual fué aquella convertida en carbón; hubiera hablado á los hombres de los primitivos luz y calor químicos ó cósmicos que prevalecían antes de la luz del sol, de los poderosos monstruos que jugueteaban en las aguas y vagaban en la tierra; hubiera narrado las tremendas convulsiones que agitaron la tierra como en el seno de un inmenso cráter, hubiera sido el efecto?

Primeramente, el descubrimiento científico hubiera sido anunciado prematuramente antes de que el género humano estuviera en condiciones para entenderlo ó aprovecharlo. En segundo lugar, el mismo Dios se hubiera contradicho comunicando directamente al hombre conocimiento que El había decretado que el hombre averiguase por sí mismo. En tercer lugar, el hombre hubiera olvidado las verdades espirituales más importantes, que son las principales materias de revelación, en discusiones de asuntos secundarios, para los cuales la raza no estaba todavía dispuesta. En cuarto lugar, el efecto hubiera sido desacreditar toda revelación, haciendo que Moisés apareciera como loco ó soñador, destrozando así el gran fin para el cual se pronunció la Palabra inspirada. Y sin embargo, si la Biblia es la verdad divina, no debe, ni aún si la ligera, afirmar lo que no sea una realidad falso. No podemos imaginar á Dios infinito revelando al hombre las grandes verdades sobre temas espirituales y rodeándolas de muchas pequeñas falsedades, simplemente porque el hombre no estaba lo bastante maduro para comprender los hechos completos.

Había algún camino por el cual se llegara á todos los fines que se deseaban? Solamente uno se presenta. Dios podía hacer que hombres sagrados emplearan un lenguaje tal que, sin revelar los hechos científicos con anticipación, se pudiera estar con exactitud á ellos, cuando se descubrieran. El lenguaje podía ser tan elástico y flexible que se contrajera á los límites estrechos de la ignorancia, y sin embargo, se agrandase á las dimensiones de la ciencia, como la vejiga goma, inapreciable en la moderna cirugía, que se dilata alrededor de un miembro inflamado é hinchado y se contrae á medida que baja la hinchazón. No hubiera términos ó frases que, sin ser obscuros enigmas, contuvieran en sí mismos amplio espacio para todas las demandas de la humana ciencia en constante desarrollo; si la Biblia pudiera hacer selección del lenguaje imperfecto humano, sacando términos que contuvieran verdades ocultas hasta que las edades vendepusieran su sentido interno, esta parecería ser la mejor solución de este difícil problema. Y cuando llegamos á comparar el lenguaje de la Biblia con la ciencia moderna, vemos que precisamente este es el hecho.

I. Fijémonos, por ejemplo, en la astronomía. ¡Cuán cruel ha sido la batalla entre los astrónomos no creyentes y la Palabra de Dios!

Dicen que el término bíblico firmamento, es un antiguo error, por la noción de la ciencia moderna adoptando además solemnes, dice: "Habéis oído decir que los antiguos afirmaban que hay una esfera sobre nosotros giratoria con el movimiento oscilante de sus lámparas; pero, yo os digo que esto es una antigua idea ignorante, pues no hay nada sobre nosotros más que el espacio inmenso, y las estrellas son soles que varían por las distancias infinitas que las separan y la tierra gira sobre su eje."

Pero examinemos con detención la palabra firmamento.- Mientras Mr. Goodwin la declara irreconciliable con la moderna astronomía- y los apologistas tímidos se arriesgan á insinuar que Moisés cometió algún pequeño error, ó que se le puede perdonar porque habló el lenguaje del vulgo, vemos que el término original hebreo rakiya significa lo que se extiende ó cubre, una expansión. Y se hallará que no hay allí donde encontráremos firmamento, y no solamente no hay contradicción en cuanto se refiere á la astronomía, ni la más leve armazón, sino que si el mismo Milton hubiera escogido palabra mejor para expresar la apariencia y que sin embargo se acomodara á la realidad. Efectivamente se anticipó á la ciencia. Y este es uno de los "Errores de Moisés".

Otro error de los antiguos fué el de la revolución de los cuerpos celestes alrededor de la tierra; y desde que Copérnico mostró que ésta entrañaron la verdadera ley del sistema solar los hombres alzaron el grito contra la Biblia. Y sin embargo, la Biblia está de acuerdo completamente con los descubrimientos de la ciencia, de que la tierra no es plana sino esférica y de que se mueve en perfecta uniformidad sobre su eje.

Veamos las siguientes expresiones: Job, XXVI: 7: "El cuelga la tierra sobre nada. Job. XXXVIII: 8: "¿Quién encerró con puertas la mar, cuando se derramaba por fuera como saliendo de madre? ¿Cuando puse yo nubes por vestidura suya y por su faja oscuridad, y establecí sobre ella mi decreto y le puse puertas y cerrojos y dije: Hasta aquí vendrás y no pasarás adelante etc.?, Job XXVIII: 12. ¿Has mandado á la mañana tus dias? ¿Has mostrado al alba su lugar?

Así, maravillosamente se adapta este lenguaje á los hechos científicos no conocidos entonces, de que hay establecida una relación entre la tierra y el mar por la cual las aguas no pueden invadir la tierra; de que este globo no está soportado por ninguna otra sustancia sólida, como las mitologías paganas aún ahora nos enseñan, sino sostenido en el espacio por fuerzas de gravitación invisibles; de que la revolución de la tierra sobre su eje es tan absolutamente regular que, como dice La Place, no ha variado lo centésima parte de un segundo en dos mil años; de modo que el alba nunca se retrasa en el oriente. Jeremías XXXIII: 22: ¿No puede ser contado el ejército del cielo, ni la arena de la mar se puede medir? Esta es la ciencia del vasto ejército de estrellas es un hecho de los descubrimientos modernos.

Hiparco, siglo y medio próximamente antes de Cristo, calculó el número en 1.022, y Ptolomeo al principio del siglo segundo de la era cristiana no pudo determinar más que 1.026. Podemos ver en una noche clara á simple vista 1.160, ó si pudiéramos abarcar toda la esfera celeste, unas 3.000, pero cuando el telescopio empezó á ser dirigido al cielo hace menos de tres siglos, por Galileo, los hombres empezaron á apreciar que Jeremías tenía razón cuando consideraba que las estrellas eran infinitas como las arenas del mar. Cuando el instrumento de Lord Ross dirigió al cielo su gran lente, he aquí que el número de estrellas visibles aumentó á unas 400.000.000, y Herschel compara la multitud de ellas á polvo brillante esparcido en el fondo oscuro de los cielos. Cuando Juan Herschel, al sur del continente africano, convierte las nebulosas en soles y Lord Ross, como si tuviera ojo de Titano, encuentra en la aureola de Orión un número de estrellas, y la misma vía láctea se ve que es sencillamente una gran procesión de estrellas absolutamente innumerables, cuán verdadera es la exclamación de Jeremías, 600 años antes de Jesucristo, 2.200 antes que Galileo: "¿No puede ser contado el ejército del cielo? ¡Quién enseña la ciencia astronomía á Jeremías!

II Cuando la moderna geología empezó á desenvolver las capas terrestres y á leer las historias de las rocas, la fe tímida palideció y tembló ante la palabra de Dios. Una gran edad fué revelada para nuestro globo, y ¿qué vamos á hacer con los "Errores de Moisés"? ¿Cómo se formaron estos fósiles ó restos orgánicos en las rocas, y en tales cantidades que las rocas que los representan innumerables millones de zoofitos y masas enormes están compuestas de conchas no más grandes que un grano de arena? Las sierras toscanas están formadas por lo que en un tiempo no fué más que una onza de piedra contiene unas 10.000, y el polvo que cae de la tiza en el encerado, visto al microscopio, se ve que es un compuesto de fósiles. ¡Cuán enormes deben haber sido los lechos para que los seres vivientes formaran masas semejantes!

Algunos intentaron explicar el depósito de estos fósiles por las convulsiones que acompañaron al diluvio; otros pensaron que Dios hizo el mundo de fósiles en los cuales nunca había habido vida, de modo que las rocas, después de todo realmente nos engañan. Otros han anatematizado fácilmente la ciencia porque no podían reconciliarla con las Escrituras, imitando al bramin que, cuando el microscopio le demostró la locura de sus nociones y prácticas paganas, se libró de sus dudas haciendo añicos el microscopio. Pero, seguramente la Biblia no necesita semejantes métodos para su defensa. Si la verdad se dividiera contra sí misma, ¿cómo prevalecerá su reino?

La correspondencia entre la relación mosaica de la creación y los descubrimientos más avanzados de la geología, prueba que sólo El que hizo el mundo hizo la Biblia. He aquí unos cuantos ejemplos:

1º. Orden de la creación.

La geología habla de un caos acuoso cuyos densos vapores no dejaban pasar la luz; Moisés afirma que al principio la tierra estaba sin forma y vacía y las tinieblas reinaban sobre el abismo. La geología hace que la vida preceda á la luz y que la vida se desenvuelva en el abismo; Moisés presenta el espíritu creador posándose sobre el abismo inmenso antes de que Dios dijera: Sea la luz. La geología hace que la atmósfera forme una expansión elevando vapores acuosos que convierte en nubes, y separando así los manantiales de arriba y de los de abajo; Moisés afirma que la meteorología nos dice que los continentes surgieron de debajo del gran abismo y produjeron vegetación; Moisés declara también que la tierra estaba seca y produjo la hierba, plantas y árboles, correspondiendo exactamente á las tres órdenes de la vegetación primitiva. La geología afirma, pues, que los cielos se limpiaron de vapores, y el sol y la luna y las estrellas aparecieron. Moisés no dice que Dios creó todos estos cuerpos celestes en el cuarto día de la creación, sino que ellos empezaron entonces á servir para dividir el día de la noche y se convirtieron en señales para las estaciones, los días y los años. La geología nos enseña, así, los monstruos marinos, los reptiles y los seres alados; Moisés del mismo modo revela que las aguas produjeron seres que se mueven y se arrastran, peces y aves que vuelan en el espacio. La geología presenta luego la raza de los cuadrúpedos mamíferos, y del mismo modo hace aparecer Moisés el ganado y los animales de la tierra en igual orden y en el sexto día de la creación. La geología, lo mismo que Moisés, presenta en la escena al hombre después de los demás animales.

La primera luz y el primer calor no fueron solares sino químicos ó cósmicos; según Moisés, la luz precedió á la primera aparición del sol en el espacio de tres días de la creación.

2. Contemplad el orden de la creación animal. La geología y la anatomía comparada se combinan para enseñar que el orden de la creación fué de inferior á superior. Peces, proporción de cerebro á médula vertebral, 2 á 1. Reptiles, 2 1/2 á 1. Pájaros, 3 á 1. Mamíferos, 4 á 1. Hombre 33 á 1. Ahora bien, ¿está exactamente el orden de Moisés. ¿Quién dijo á Moisés el orden? La anatomía comparada moderna ha descubierto, esto es, que los peces y los reptiles son inferiores á los pájaros.

Y he aquí, algunos más de los "Errores de Moisés". Aquí tenemos un relato de la creación, obra de quince ó veinte siglos antes de que la ciencia descubriera estos hechos, y verdades modernos; y sin embargo, no hay un engaño ó un error científico, y las coincidencias y las relaciones son tantas y tan notables, que un hombre de ciencia moderno ha confesado que, si se pudiera dibujar ligeramente el mecanismo celestial de La Place, el Cosmos de Humboldt, y el último sistema de geología, no se podrían encontrar palabras más sencillas y más sublimes que las de Moisés.

4. Además, la geología nos demuestra que las grandes plantas de la gran edad del carbón son de tal naturaleza que nunca crecieron á la luz del día; sus perpétuas sombras son de tal naturaleza que deben haberse alimentado de una atmósfera llena de vapor, y su madera no se ha endurecido como si hubiera estado á la luz del sol. Sin embargo, obligó á Moisés á que pusiera el crecimiento de aquella vegetación primitiva en el período que precedió á la primera aparición del sol en el cielo.

5. La geología habla de seis períodos de la creación, extendiéndose á través de las edades. Moisés parece que habla de seis días de 24 horas cada uno. Pero también, al examinar atentamente, encontramos la palabra hebrea, yom, que significa período de tiempo, y se usa á menudo por períodos indefinidos ó estaciones. En el capítulo primero del Génesis, los escépticos dicen con aire de triunfo: Parece que los períodos se midan por 24 horas; y sin embargo, en Génesis II: 4, la palabra Yom está empleada hablando de todo el período de la creación. En el Salmo XCV: 8, "en el día de la tentación", significa cuarenta años. Empleamos la palabra española con la misma vaguedad de aplicación: un día polar, un día de tres meses, el día de gracia, el período de prueba (1). Orígenes y Agustín, mucho antes de que la ciencia sugiriese la idea de que día pudiese significar período, mantuvieron que la creación entera era indeterminada, y cuando la Biblia declara que "un día delante del Señor es como mil años" (1), da la clave para su propia interpretación.

Además, observaréis que de estos días creadores Moisés dijo y la noche y la mañana eran el primer día. Si se refiere al día solar, ¿por qué empezar por la noche?, el día solar naturalmente empieza por la salida del sol. Explicar este curioso rasgo en la relación mosaica por el hecho de que los judíos contaron su día desde la puesta á puesta de sol, es razonar en un círculo, porque ¿por qué de este primer capítulo del Génesis del que procede este extraño modo de contar. Ahora cuando volvemos la geología y encontramos que el período de la creación empezó en una noche y se desarrolló en una mañana, (surgiendo la luz de las tinieblas y el orden de la confusión), vemos por qué Moisés fué inspirado para hacer que cada día empezara con la noche.

6. El diluvio ocurrido según el relato en tiempos de Noé, se considera como irreconciliable con la ciencia moderna. El gran punto al cual se dirigen las objeciones es el del carácter universal del diluvio. Como la raza humana ocupaba entonces sólo una pequeña parte del globo, sumergir el todo de modo que las más elevadas montañas estuviesen completamente cubiertas, parece un gasto innecesario de energía divina; especialmente cuando puede la lluvia y la atmósfera condensada en lluvia bastaría para exterminar los mares hasta esta altura; y se cree que hay muchas pruebas en ciertas partes de la tierra, de que no ha habido ninguna inundación dentro de los últimos 6.000 años.

A estas objeciones basta con replicar que desde el momento en que el relato bíblico se interpreta con referencia á la razón y la ciencia, todas las dificultades desaparecen. Frases como, toda la tierra," debajo de todo el cielo, etc., se usan frecuentemente en las Escrituras hablando de la tierra entera que estaba poblada; ó más bien de Palestina y las tierras que la rodean. Las palabras de carácter universal deben interpretarse racionalmente, sino de acuerdo con la intención y el fin del escritor. Cuando se nos dice que "toda la tierra se venía á Egipto para comprar granos (1), ¿qué entendemos nosotros? ¿Vamos á creer que había habitantes en Bretaña, iban á Egipto por grano? En aquellos tiempos hubiera invertido tanto tiempo el ir y volver como asegurar una nueva cosecha. Pero si entendemos que toda la tierra venía á ser un granero, un vasto almacén para toda la región en la cual reinaba el hambre, el relato es claro.

En cuanto se refiere al diluvio, Moisés escribe del juicio terrible de Dios sobre el pecado de la raza. Su juicio cayó sobre la tierra, por causa del hombre, y sólo á la parte de la tierra que fué teatro del pecado del hombre se refería necesariamente. Si nosotros entendemos que "toda la tierra" se refiere á la superficie completa habitada, el torrente todavía es relativamente universal, esto es, universal en cuanto al género humano, y el uso de términos semejantes en otras partes de la escritura justifica esa interpretación. Hugo Miller ha demostrado que todos los fenómenos de que nos hablan podían producirse por el hundimiento y la elevación gradual de aquella parte de la superficie terrestre conocida como cuna de la raza, y reproduciría los mismos efectos tan gráficamente descritos por Noé, "fueron rotas todas las fuentes del grande abismo, y tornáronse las aguas de sobre la tierra" (2). Debe añadirse que la tradición aún entre los paganos confirma el hecho del diluvio y el que el arca quedase en Ararat.

Haywood W. Guion de North Carolina ha ideado una teoría del diluvio que armoniza todos los descubrimientos de la ciencia con el relato del Génesis, y hasta puede conciliarse con todas las concepciones previas de este asunto. Literalmente interpreta la afirmación de San Pedro, "El mundo de entonces pereció anegado en agua.,, En el Génesis leemos: Dios dividió las aguas que están debajo de los cielos en un lugar, y descubrase la seca.,, En ambos pasajes no hay indicación de más de un continente ó mar.

La tierra seca parece estar sola en una gran elevación sobre el nivel del mar, y las aguas reunidas en un sitio. Esto implicaría, como sabe cualquier hombre de ciencia, condiciones peculiares. Este continente solitario, elevándose como una masa del medio del mar que lo rodea, no presentaría grandes desigualdades de superficie, aunque hubiera elevaciones que, comparadas con el resto, fueran colinas ó, aun montañas; habría una gran uniformidad de clima y temperatura, conservando la tierra bastante húmeda, no la lluvia ó las nubes, sino las espesas neblinas, y por consecuencia, el crecimiento de grandes vegetales, espléndidos y abundantes, haciendo el alimento animal inmenso y el clima insalubre y bestia; habría un paraíso de verdura y una primavera perenne. Este cree Mr. Guion que era el caso. En tiempos del diluvio esta elevada bóveda, que surgió del agua, fué rota por explosiones volcánicas y un gran terremoto, y su gran techo se desplomó convirtiéndose en el lecho de lo que es hoy el océano Pacífico, mientras su borde, destrozado en millones de fragmentos, formando las grandes cadenas de montañas, que constituyen los límites orientales del Pacífico; y el lecho de este océano original se elevó viniendo á ser los continentes de nuestros hemisferios oriental y occidental, mientras el mar se precipitó con ímpetu en el nuevo lecho formado por el hundimiento del continente original. Esto nos daría en el nuevo orden de cosas, grandes cordilleras de montañas notables designables de clima y temperatura y todos los fenómenos de los cambios de estaciones, vientos, nubes y tempestades de lluvia y nieve, y por consecuencia el primer arco iris. Los animales que habitaban las partes estériles se verían impelidos a devorar animales más débiles que ellos, y el alimento animal se haría necesario al hombre. Según esta teoría todo el mundo original estaría sumergido y todas las altas colinas cubiertas. Los animales gigantescos de aquel continente primitivo que fueron tragados por las profundas aguas y enterrados después debajo de la masa superficial de suelo movedizo, proporcionarían los notables restos encontrados en tantos sitios, dando a conocer que los seres que representan fueron sorprendidos en alguna catástrofe universal.

Mr. Tullidge dice que "con el progreso del descubrimiento, la oposición que se supone que existe entre la revelación y la Geología, ha desaparecido; y de las ochenta teorías que el Instituto Francés contó en 1806 como hostiles a la Biblia, no queda hoy una. No es esto solamente, sino que entre los que abogan más poderosamente por la Palabra de Dios, hay muchos de los maestros que han explorado Sus obras. Su testimonio unánime es: No tenemos por qué temer por la Biblia a pesar de la oposición de la ciencia falsamente entendida. Pues, "El cielo y la tierra pasarán, más mis palabras no pasarán." (S. Mateo XXIV: 35).

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