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Capítulo 10
Confrontación Iglesia-mundo
(Efesios 6:10-24)
Resta por analizar la última parte de ésta epístola, que para su exégesis y hermenéutica la dividiremos en dos secciones: Efesios 6:10-20 y Efesios 6:21-24.
Esta sección, de la Revelación de Dios, suele analizarse e interpretarse de una manera personalista y muy individualizada; en términos generales, se la suele denominar como aquella parte de la Palabra de Dios que hace referencia a la armadura del cristiano. Sin querer entrar en discrepancia o controversia con esta visión, creo que si prestamos una atención más profunda y enjundiosa al pasaje del que estamos hablando, nos daremos cuenta de dos aspectos fundamentales de la misma:
1) No se trata tanto de la armadura del creyente sino, real y verdaderamente, de la armadura de Dios.
2) Por otro lado, el estudio pormenorizado de esta sección nos lleva a la conclusión de que la armadura de Dios, de la que aquí se habla, no es tanto para que se la coloque el cristiano a nivel personal, como para que se la vista la Iglesia como una persona colectiva.
Como a lo largo de todo este comentario seguimos utilizando la versión Reina-Valera del 60. El verso 10 de este capítulo 6, se traduce de la siguiente manera: Por lo demás, hermanos míos, fortaleceos en el Señor, y en el poder de su fuerza. La versión de Reina-Valera Actualizada omite los términos hermanos míos y pone una nota en la que aclara que algunos manuscritos antiguos incluyen el término hermanos. La traducción que me parece más adecuada mirando al texto griego de NESTLE es la que realiza el Nuevo Testamento Interlineal Griego-Español: Por lo demás, robusteceos en el Señor y en el vigor de la fuerza de él.
Pasando al estudio exegético del versículo nos encontramos que el término fortaleceos de Reina-Valera 60, es traducido en el N.T. Interlineal por robusteceos y que además este vocablo significa literalmente sed llenos de poder. En el original griego se emplea un término derivado del verbo endunamou, que tiene el sentido de fortalecerse de forma endógena, desde adentro, desde la esfera de nuestra intimidad donde habita el Espíritu de Dios.
Para poder, se emplea un término griego derivado del verbo crateo, que significa ser fuerte, tener fuerza o poder, dominar, reinar, conservar en su poder, vencer, prevalecer, ser dueño y ser el amo. El término fuerza, mirando al original habría que traducirlo por vigor, poder, potencia, fuerza militar y fuerza armada.
Como podemos comprobar, la exégesis del versículo 10 empieza a generarnos luz para poder valorar todo lo que se nos va a revelar, especialmente, en los versículos del 11 al 18. Nuestro fortalecimiento surge del poder de Dios, que se deviene en la esfera de nuestra intimidad, y emerge a nuestra conciencia llenándola, en toda su dimensión cognoscitiva, con la seguridad de que el Señor pone a nuestra disposición una fuerza espiritual, suficientemente equipada, para poder vencer en la batalla que como persona colectiva; es decir, como Iglesia tenemos que librar con el poderoso sistema que gobierna el mundo en el que vivimos inmersos.
Pasando al versículo 11 nos encontramos con el vocablo vestíos que corresponde a un verbo griego que podríamos traducir por vestir y revestir (se trata del mismo término que en 4:24 se emplea para vestíos). El término que estamos analizando tiene el sentido de revestirse del hombre nuevo; por lo que resulta obvio que la sección que estamos estudiando hace referencia y tiene que ver con la Iglesia como PERSONA COLECTIVA; también el vocablo vestíos, puede traducirse por renovarse, purificarse, penetrar y entrar. Se trata, por consiguiente también de algo que surge dentro de, en el interior de; es decir, se trata de algo endógeno que se deviene en la esfera de nuestra intimidad.
El vestido que constituye el nuevo hombre es aquél que reviste nuestro corazón y que, transcendiendo todos los estratos de nuestra personalidad (espíritu-alma-cuerpo), nos aboca a una manera de vivir, en el sentido de la confrontación dialéctica con el mundo, conforme a la voluntad de Dios.
El versículo 11 nos habla de vestirnos de toda armadura de Dios. El término armadura corresponde al vocablo griego panoplian y designa toda la armadura de un hoplita (soldado con: escudo, espada, lanza, grebas y coraza). La armadura completa, en el tiempo en el que el apóstol Pablo escribe, incluía todos los elementos a los que aquí hacemos referencia; no obstante, es necesario que nos percatemos de que Pablo omite la lanza y añade algunos elementos que no están reseñados en la lista de Polibio, tales como el cinto y el calzado, que en sí mismo no son elementos constituyentes de la armadura, pero que si son artículos necesarios e indispensables para el soldado.
No cabe ninguna duda de que Pablo describe los elementos de esta armadura teniendo en cuenta la que utilizaban los soldados romanos, ya que no en vano estuvo encadenado, a los mismos, durante tres años. El que la Iglesia como nuevo hombre (2:15), como un varón perfecto (4:13) y como una persona colectiva, tenga que vestirse de toda la armadura de Dios, tiene como finalidad el que pueda estar firme contra las asechanzas del diablo.
La expresión estar firmes se vuelve a repetir en el versículo 13. En la versión de Reina-Valera Actualizada el estar firmes se traduce por para que podáis hacer frente; sin duda esta expresión tiene el sentido de mantenernos en pie y resistir; también significa levantar, alzar, erigir, establecer, instituir y parar o detener a la tropa: en definitiva, mantenernos en pie y resistir frente a las asechanzas del diablo.
El término asechanzas, lo traduce el N. T. Interlineal por artimañas; esta palabra corresponde al término griego metodeias y puede traducirse por asechanzas, cerco y rodeo. Se trata de un término que no aparece en otros lugares del Nuevo Testamento y que tiene el sentido de: seguir detrás o en pos y practicar el engaño. Indudablemente que el vocablo original hace referencia a las estrategias, artimañas y a la metodología que el Príncipe de este mundo utiliza, dirigiendo su sistema, para enfrentarse a la Iglesia como persona colectiva y equipada con toda la armadura de Dios.
Para comprender mejor, todo lo que venimos diciendo, será conveniente recordar lo que el apóstol Pablo nos dice en Efesios 1:19-23: La supereminente grandeza de su poder, para con nosotros los que creemos, según la operación de su fuerza, la cual operó en Cristo, resucitándole de los muertos y sentándole a su diestra en los lugares celestiales, sobre todo principado y autoridad y poder y señorío, y sobre todo nombre que se nombra, no solo en este siglo, sino también en el venidero; y sometió todas las cosas bajo sus pies, y lo dio por cabeza sobre todas las cosas a la Iglesia, la cual es su cuerpo, la plenitud de Aquel que todo lo llena en todo.
Así mismo también debemos de tener en cuenta Ef. 3:10, en cuanto a la trascendencia de la proclamación kerygmática del Evangelio del Reino de Dios: Para que la multiforme sabiduría de Dios sea ahora dada a conocer, por medio de la Iglesia, a los principados y potestades en los lugares celestiales. En definitiva, la Iglesia como persona colectiva y como cuerpo de Cristo se reviste con toda la armadura de Dios, es decir, se reviste de Cristo mismo para enfrentarse a las artimañas del dios de este siglo.
La corroboración de lo anteriormente expuesto la encontramos en el versículo 12 de la sección que estamos analizando: Porque no tenemos lucha contra carne y sangre, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes.
Algunos términos del verso 12, aquí reseñado, merecen una atención más pormenorizada. La palabra lucha corresponde al vocablo griego pále y se deriva de un verbo que significa arrojar y balancear. El término nos da la idea de que se trata de una lucha cuerpo a cuerpo entre dos, hasta que uno arroja al otro al suelo y lo mantiene caído. Es un conflicto cuerpo a cuerpo hasta el fin.
Por otro lado se nos habla de principados (término que también se utiliza en Ef. 1:21, y que se puede traducir por poder, autoridad, magistratura, dignidades, cargos y potencias celestiales; y que puede hacer referencia al comienzo y origen de las mismas), potestades (término griego que también encontramos en Ef. 1:21 y en otras partes del Nuevo Testamento tal como Romanos 13:1, y que expresa la realidad de las autoridades celestiales que están detrás, supervisan y condicionan la actuación de las autoridades que gobiernan esta tierra) y gobernadores de las tinieblas de éste siglo; para gobernadores de éste siglo, se emplea en el original griego un solo término kosmokratoras.
Esta palabra la traduce el N.T. interlineal por dominadores del mundo; aquí el término mundo implica más que a todos los seres humanos; en realidad se refiere a toda la creación de Dios; es decir, se refiere al COSMOS. La palabra kosmokratoras se encuentra en los Himnos Órficos de Satanás, en los escritos gnósticos del Diablo, en los escritos rabínicos que hacen referencia al ángel de la muerte y en las inscripciones del emperador Caracalla. Se trata, en consecuencia, de describirnos lo que a continuación se nos define como pneumatika tes ponerias, expresión que en castellano se traduce por las huestes espirituales de la maldad.
El verso 13 vuelve a recordarnos sobre lo que ya se insistió en el verso 11: Por esto, tomad la armadura toda de Dios, para que podáis resistir en el día malo y todas las cosas habiendo llevado a cabo, estad firmes (traducción del N.T. Interlineal). La expresión estar firmes tiene todos los significados que ya señalamos al estudiar el versículo 11.
A partir del versículo 14 empieza la descripción de los distintos elementos que constituyen toda la armadura de Dios; a cada uno de los cuales dedicaremos una breve consideración:
Ceñidos vuestros lomos con la verdad. El término ceñidos corresponde a un verbo que significa ceñir alrededor; y en este lugar su sentido, más adecuado, es el de habiendo ceñido vuestros propios lomos. Entendemos que el término aletheiai hace referencia a la verdad como Revelación de Dios, con la expresión de ceñir los propios lomos. Se refiere sin duda a un ancho cinturón de cuero o ceñidor que sujetaba y articulaba, a nivel de la cintura del soldado, otras piezas de su armadura y servía, al mismo tiempo, para protegerle; en algunas ocasiones lo llevaban los oficiales como señal de su rango.
Vestidos con la coraza de justicia. El término griego thoraka, hace referencia a la parte de nuestra anatomía humana que denominamos pecho o tórax; encontramos la misma referencia metafórica de justicia, que la coraza expresa, en 1ª Ts. 5:8: habiéndonos vestido con la coraza de fe y de amor. La coraza que llevaban los romanos consistía en una especie de chaleco de cuero o de metal que protegía la parte superior del cuerpo. Considero que esta coraza hace referencia por una parte a la justificación que la Iglesia, como persona colectiva, ha alcanzado ante Dios en Cristo (1ª Co. 1:30), y por otra a la misma justicia de Dios que desea realizarse en el mundo.
Calzados los pies con el apresto del evangelio de la paz. El soldado romano llevaba una especie de botas o de sandalias que hacía más firme su marcha, teniendo en cuenta esta circunstancia el verso 15 también podría traducirse así: preparaos con firmeza para anunciar el evangelio de la paz (versión V.R.V95). El término calzados significa literalmente habiendo atado abajo, y el término apresto tiene el significado y el sentido de preparación, disposición y presteza.
Por consiguiente, el verso 15 nos presenta las circunstancias y actitudes que se deben de dar en la realidad somática y pneumática de la Iglesia para llevar adelante, con éxito, la misión de proclamación kerygmática, al mundo, que Dios le ha encomendado.
Tomad el escudo de la fe. Siguiendo con la analogía de las diversas piezas de la armadura de un soldado romano, el autor de Efesios nos presenta aquí el escudo de la fe; se trata de un escudo grande, cubierto de cuero o de una placa de metal, capaz de detener los dardos de fuego que podía arrojar, o que arrojaba el enemigo. Estos dardos se encendían, a veces, a fin de incendiar la ropa, el campamento o las casas del enemigo. Volvemos a recordar aquí lo que ya analizamos al tratar el verso 8 del capítulo 2 de ésta carta: La fe es un don de Dios, y la misma debe de constituir la infraestructura que sirva de base y sostenga nuestra fidelidad al Señor en el contexto de nuestra conducta o manera de vivir.
Y tomad el yelmo de la salvación. Algunos traductores prefieren la expresión y recibid. Tomar o recibir el yelmo de la salvación supone colocarse un casco de cuero, de bronce o de otro metal, que proteja nuestro macizo craneal. Lo que denominamos masa encefálica (cerebro y cerebelo) constituye aquella parte de nuestro cuerpo mejor resguardada por un casco óseo, constituido por varios huesos, unidos entre sí, de manera tan vinculante e intrincada, por las diversas suturas, que lo configuran como única pieza que protege el órgano más importante de nuestra anatomía: aquél que regula y dirige todas y cada una de las funciones de nuestro cuerpo; que supone tanto como decir, que todas nuestras funciones motrices, sensitivas, sensoriales, biológicas y psicológicas; es decir: vitales, dependen de diversos centros, ubicados en nuestra masa cerebral o de la actuación de substancias hormonales segregadas por nuestro sistema nervioso central.
Colocarse el yelmo de la salvación para proteger el órgano que dirige el buen funcionamiento psicosomático y somatopsíquico de la Iglesia, como Persona Colectiva, es tanto como saber que disponemos de todos los recursos de la Economía divina para poder combatir, con éxito, en las diversas luchas que tenemos que sostener contra las potestades, los gobernadores de las tinieblas de éste siglo y las huestes espirituales de maldad. Por otro lado Cristo no es sólo nuestro Salvador, sino que constituye nuestra salvación. Revestirnos de Cristo supone pues, tanto, como recibir el yelmo de la salvación. Cristo es el centro de la economía divina y el Agente dinamizador de la misma.
La espada del Espíritu. Aquí la Revelación de Dios clarifica que la espada del Espíritu es la Palabra de Dios. De todas las piezas de la armadura, que se describen en esta sección, la espada es la única arma ofensiva que se menciona. El término griego utilizado para espada, es el vocablo machairan, y hace referencia a un arma corta, de doble filo, y especialmente eficaz en la lucha cuerpo a cuerpo. Para palabra, en éste texto (vrs. 17), se utiliza el término griego rema, que se puede traducir por doctrina, y que tiene los siguientes significados: dicho, palabra, lenguaje, discurso, mandamiento y precepto.
No se refiere, por consiguiente, en este punto, el término palabra al Logos (Hijo de Dios o Verbo Divino) sino a toda la Revelación de Dios escrita. Así que la Iglesia, como persona colectiva, debe de utilizar como arma de ataque y de defensa, en su confrontación con el mundo, la Palabra de Dios escrita; lo cual supone un conocimiento profundo y exhaustivo de la misma, a la manera como Cristo la utilizó (Mt. 4:1-11).
La carta a los Hebreos en su capítulo 4 y versículo 12 nos habla de una relación analógica entre la Palabra de Dios y una espada de dos filos: Porque viva es la Palabra de Dios y operante y más cortante que toda espada de dos filos y que penetra hasta la división del alma y del espíritu, tanto de las coyunturas como de los tuétanos, y capaz de juzgar los pensamientos e intenciones del corazón.
La diferencia entre Ef. 6:17 y Heb. 4:12, en cuanto el sentido del término palabra, es que en Efesios se emplea, en el original, el vocablo griego rema (doctrina) con referencia a la Palabra de Dios escrita, y en Hebreos para palabra se utiliza el término griego logos con alusión al Verbo de Dios. De todos modos, la utilización de la espada del Espíritu, tanto en el sentido de Revelación escrita, como de Encarnación del Verbo, hace referencia a la misma realidad o arma ofensiva y defensiva que la iglesia debe de utilizar.
Orando en todo tiempo. Una vez que el autor del libro ha terminado de describir todas las piezas de la armadura de la Iglesia, como Persona Colectiva, exhorta a los destinatarios, de esta carta, a que tengan en cuenta que el elemento imprescindible para poder salir victoriosos en la confrontación que la Iglesia sostiene con el sistema de este mundo, es la oración.
La oración que debe practicar la Iglesia como Cuerpo de Cristo se realiza en dos dimensiones o estados de la conciencia; existe una posibilidad consciente de la praxis de la oración, por medio de la cual pedimos al Señor que nos comprenda y empatice con nosotros, en nuestra realidad existencial, al mismo tiempo que rogamos su ayuda para que nos de la fuerza y el poder necesarios para salir victoriosos en las diferentes confrontaciones, o luchas, contra principados, potestades, gobernadores de las tinieblas de este siglo y huestes espirituales de maldad; por otro lado, la oración, en su dimensión trascendente y transcendental se deviene a nivel inconsciente, tanto en lo que afecta a la Iglesia como Comunidad de fe, como lo que alcanza a los individuos que constituyen esa Comunidad cristiana (Ro. 8:26-27).
La oración, que la Iglesia debe de realizar a nivel consciente, debiera de tener todos y cada uno de los contenidos de la denominada oración modélica (el Padrenuestro), que fue explicitada por el Señor Jesucristo y que el evangelio de Mateo la registra en su capítulo 6 y versos 9 al 13. El Nuevo Testamento insiste de manera constante, en la necesidad de: orar sin cesar (1ª Ts. 5:17).
Este orar sin cesar no debe entenderse de manera literalista cuando se trate de practicar la oración, por parte de nuestro YO (ya sea el YO colectivo o el YO individual), sino que tiene el sentido que se nos enseña en Ro. 8:12: constantes en la oración. El término griego que se emplea para constantes debe de traducirse, más conforme al original, por los vocablos perseverantes y pacientes; también en el libro de los Hechos de los Apóstoles 2:42, se relaciona la oración de la Iglesia como Comunidad con el término perseveraban.
En este caso el vocablo griego empleado para perseverar es diferente del que se emplea en Ro. 8:12; Lucas utiliza un término procedente de un verbo que significa estar ocupados asiduamente o incansablemente, y que tiene el sentido de ser fielmente adictos. La conclusión a la que podemos abocar es aquella que nos aconseja el que tanto como individuos o como Iglesia (Comunidad cristiana) establezcamos una dependencia, sólida y vinculante, con Dios.
Volviendo al estudio exegético de Ef. 6:18, debemos matizar que el término griego traducido por tiempo no corresponde al vocablo kronos, sino al término kairós. Este último término no tiene un sentido temporal cronológico, sino que corresponde a un concepto del tiempo que debe de ser traducido por momento u ocasión oportuna; en definitiva, la concepción kairótica del tiempo viene a coincidir, en lo que se refiere al ejercicio consciente de la oración, con aquellos momentos oportunos en los que es necesario que nuestro espíritu, bajo la influencia del Espíritu Santo, se ponga en comunicación con Dios.
En Ef. 6:18 se nos insiste en la actividad yoica o consciente de la oración: Y velando en ello con toda perseverancia y súplica por todos los santos. El término perseverancia empleado en éste texto, es el mismo que analizábamos anteriormente, con referencia a Hechos 2:42. Queda pues, claro, que el deseo y la voluntad de Dios para su Iglesia, como el Hombre Nuevo, es el de practicar la oración de manera consciente y perseverante hasta el punto de establecer una dependencia con Él, que cree en nosotros un estado de necesidad que sólo puede ser satisfecho, mediante la comunicación consciente de nuestro espíritu, con la Divinidad.
En cuanto a la actividad inconsciente de la Iglesia como Persona Colectiva, considero que tenemos ejemplos, importantes, a lo largo de toda la Revelación de Dios. En el Antiguo Testamento podemos considerar dentro de los libros Poéticos o Hagiógrafos, el libro de Cantar de los Cantares que, en mi opinión, nos presenta de una manera magistral, y extraordinaria, la actividad inconsciente de la Iglesia.
Dicha actividad queda puesta de manifiesto en la carta del apóstol Pablo a los Romanos en su capítulo 8 versos 26 y 27: Y de igual manera el Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad; pues qué hemos de pedir como conviene, no lo sabemos, pero el Espíritu intercede por nosotros con gemidos indecibles. Mas el que escudriña los corazones sabe cuál es la intención del Espíritu, porque conforme a la voluntad de Dios intercede por los santos.
En estos textos queda puesto de manifiesto que el Espíritu Santo que viene a morar en el corazón del hombre, o en la esfera de su intimidad como consecuencia de la conversión, actúa desde lo más profundo de nuestro ser intercediendo por nosotros ante Dios y pidiendo, conforme a la voluntad de Él, lo más conveniente para que dicha voluntad divina sea devenida en nuestra praxis existencial.
Y esto que es aplicable a cada hijo de Dios como miembro del Cuerpo de Cristo, lo es, al Cuerpo de Cristo como Iglesia, es decir, como Persona Colectiva.
Los versículos 19 y 20 de éste capítulo 6 constituyen un claro exponente de todo lo anteriormente dicho a partir del versículo 10. El apóstol Pablo solicita, que dentro de los contenidos de la oración comunitaria, ejercida de manera consciente por el YO COLECTIVO de la Iglesia, se incluyan peticiones a su favor, a fin de que su testimonio cristiano pueda manifestarse, de manera clara, en la penosa situación en la que se encuentra: A fin de que al abrir mi boca me sea dada palabra para dar a conocer con denuedo el misterio del Evangelio.
El versículo 20 nos presenta al apóstol encarcelado como consecuencia de su testimonio cristiano. Esta condición de testigo del misterio del evangelio le convierte en mártir a los ojos de Dios. Ser embajador en cadenas es el resultado de su confrontación dialéctica y práxica con el sistema que gobierna este mundo; es decir: con aquellas potestades o autoridades invisibles que están detrás y controlan a las autoridades visibles que gobiernan los pueblos y naciones de la tierra.
Un ejemplo clarificador de ésta realidad lo encontramos explicitado en la respuesta que Jesús de Nazaret dio al procurador romano Poncio Pilatos cuando éste le preguntó: ¿No sabes que tengo autoridad para crucificarte, y que tengo autoridad para soltarte? A lo que respondió Jesús: ninguna autoridad tendrías contra mí si no te fuese dada de arriba (Juan 19:10-11). En estos textos para autoridad se emplea el mismo término griego que se utiliza en Efesios 6:12 para potestades.
Esta carta concluye con unas palabras de despedida que se explicitan en los versos 21 al 24: en estos textos el apóstol expresa su deseo de que los creyentes de la Iglesia, o de las iglesias a las que escribe, conozcan sus circunstancias personales: y para que sepáis también vosotros lo tocante a mí, qué estoy haciendo, todo os lo dará a conocer Tíquico el amado hermano y fiel ministro en el Señor, a quien envié a vosotros para esto mismo, para que conozcáis lo concerniente a nosotros y que consuele vuestros corazones.
Es de destacar la comunión íntima que se daba entre el apóstol y los destinatarios de éste documento novotestamentario; comunión que se pone de manifiesto por la interrelación psico-emocional y psico-afectiva que se daba entre ellos como expresión palmaria de una comunión que iba más allá de las palabras.
Finalmente, Pablo termina su carta a manera de una doxología, mediante la cual les desea paz, amor y fe de parte del Dios Padre y del Señor Jesucristo; al mismo tiempo que les asegura que la gracia de Dios será con todos aquellos que aman a nuestro Señor Jesucristo con amor inalterable o con incorruptibilidad.
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