LIBRO DIGITAL (IX)

 

Capítulo 9

Trabajo, familia y salvación

(Efesios 5:21-6:9)

Vamos a proseguir con nuestro análisis de los últimos versículos del capítulo 5 (5:21-33) y de los primeros del capítulo 6 (6:1-9).

Con el análisis de los textos anteriormente mencionados casi concluiremos nuestro estudio exegético de esta epístola y pondremos de manifiesto la interpretación que de la misma concebimos. La finalidad de este libro es dar una visión generalizada, de la carta que venimos estudiando, que nos ayude de alguna manera, en nuestro caminar en este mundo y en el devenir, aquí y ahora, cotidiano.

Cuando comencé a comentar esta carta, hice una división, o esquema de la misma, con finalidades fundamentalmente didácticas. Así dije en el primer apartado, que realizaría un estudio sobre el Plan Económico de Dios, es decir, sobre el plan de la salvación. Este aspecto, trascendente de la carta, lo fuimos analizando en el capítulo 1. En el capítulo 2 estudiamos la realización de dicho plan; en el tres, la dinamización salvífica o acción soteriológica del plan de la salvación; en el cuatro entramos en la confirmación del plan económico de Dios, abarcando el estudio de este último aspecto hasta la última parte del capítulo 5.

Ahora llegamos a la consideración de la realización práctica del plan salvífico de Dios en algunos aspectos, que me parecen muy interesantes, siempre sin perder de vista todo lo que anteriormente hemos venido diciendo; vamos a estudiar aspectos de la Revelación de Dios que pueden resultar polémicos; especialmente aquellos que se refieren al matrimonio y a la relación marido-mujer dentro del mismo; asimismo estudiaremos cuestiones delicadas en cuanto a la relación padres-hijos, y amos-siervos.

Respecto de los temas apuntados, muchas personas creyentes y no creyentes, han llegado a manifestar, a la vista de los textos que nos restan por estudiar, diversas afirmaciones que tienen una gran importancia:

1) Que la Biblia es machista. En esta cuestión la respuesta, en lo que a mí respecta es rotundamente negativa. Considero que esta afirmación apriorística no tiene peso específico, sino que se puede demostrar todo lo contrario de manera clara, y sin dar lugar a la más mínima duda.

2) Que la Biblia favorece la represión de los hijos por sus propios padres. Mi respuesta es la misma que la que se apunta en el apartado anterior.

3) Que la Biblia está de acuerdo con la esclavitud y con el servilismo. Yo mantengo que esta afirmación es absolutamente falsa, y que quien la sostiene no entiende bien ni la letra ni el espíritu de las Sagradas Escrituras.

Todas las afirmaciones que acabamos de mencionar, considero que se desprenden de una lectura superficial de las Sagradas Escrituras, y que son apuntadas por personas con escaso sentido de la responsabilidad y muy poco respetuosas con el espíritu de la Revelación de Dios. Por otra parte existe la posibilidad de que no se sepa discernir entre lo que se revela en la Biblia y las actitudes de los cristianos en su praxis cotidiana; resultando cierto, que para desprestigio del Cristianismo, muchos cristianos caen en una actitud machista, represora y favorecedora de la esclavitud.

Pero la actitud de Dios, que se revela a través de las páginas del Libro Sagrado es que: EL (Dios) ES AQUEL QUE NO HACE ACEPCIÓN DE PERSONAS, Y que por consiguiente no proyecta en Su Revelación ninguna de las actitudes antes apuntadas.

En Efesios 5:20, decía: dando siempre gracias por todo al Dios y Padre, en el nombre de nuestro Señor Jesucristo, y en los textos originales se sigue con los versos siguientes: Someteos (Griego = sometiéndoos) unos a otros en el temor de Dios (versículo 21). Debemos recordar que en el capítulo anterior estuve analizando las diversas facetas del andar o del caminar del cristiano, y de la iglesia, en el marco en que vivimos socio-históricamente.

Ahora tenemos que volver a considerar a la Iglesia como un hombre o como una persona colectiva. La Iglesia como cuerpo de Cristo es invitada a andar de diversas maneras que se conformen a la voluntad de Dios. Una de esas formas colectivas de andar, como Iglesia, es andar sometiéndonos unos a otros en el temor de Dios (traducción más correcta del original), que no es igual que andar sometiéndonos los unos a los otros. La recomendación del sometimiento mutuo y recíproco es vinculante para toda la Iglesia de Cristo como entidad colectiva constituida por todos y cada uno de los creyentes.

Naturalmente esta invitación debe condicionar la conducta o la manera de vivir de los cristianos en este mundo, ya se proyecte, la misma, en el ámbito eclesiástico, conyugal o familiar.

El cristiano debiera de saber y entender que para su conducta, o manera de vivir, existe una normativa de Dios con carácter vinculante; normativa que se revela y deviene al margen del pensamiento o las diversas filosofías de este mundo. Que nuestra vida y el pensamiento que la inspira y la sustenta, no se apoya en la última norma elaborada por partido político en el poder, o por la moda que marque el último pensamiento filosófico en el pensar.

Muchos argumentan que la normativa de Dios, a la que nos venimos refiriendo, se dio en la segunda mitad del primer siglo y que no puede ser aplicable a las circunstancias y características del mundo actual. Pero si la Palabra de Dios es tal, tiene que tener vigencia para todos y cada uno de los diversos momentos en los que la Historia humana se deviene. Lo que supone aceptar la afirmación bíblica de que la Palabra de Dios permanece para siempre.

Llegados a este punto tenemos que preguntarnos ¿Qué parte de la Palabra de Dios es la que permanece para siempre? ¿La que nos conviene? ¿La que va más acorde con nuestros intereses personales o colectivos? Podríamos también preguntarnos si tenemos autoridad, por nosotros mismos, para admitir o desechar de la revelación bíblica, aquello que nos gratifique o que nos moleste.

La Palabra de Dios es un todo integrado e inspirado, y creo, firmemente con el apóstol Pablo, que toda la Palabra de Dios es útil, y que ninguna parte de la misma ha dejado de tener sentido para iluminar nuestra conciencia y favorecer nuestras decisiones, a cualquier nivel que las mismas hubieran de llevarse a término. Concretamente el apóstol San Pablo, escribió: Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, (Griego = proporcionado, adecuado, cabal, íntegro y equilibrado) enteramente preparado para toda buena obra (2ª Ti. 3:16).

Este testimonio, gráfico e inspirado del apóstol, lo considero fundamental y vinculante para cualquier época de la Historia. A nosotros nos corresponde, como creyentes, asumirlo en todas sus consecuencias; si somos cristianos tenemos que demostrarlo en nuestro testimonio como Iglesia, como familia, como cónyuges e individualmente como personas.

El plan de Dios para nuestra vida no tiene, ni puede, ni debe adaptarse a las filosofías humanas preponderantes o hegemónicas correspondientes a los diversos momentos que se devienen en la Historia de los hombres; sino que por el contrario, somos los creyentes los que asumiendo los presupuestos de Dios para nuestra vida debemos de proyectarlos con nuestra proclamación profética y kerygmática en el mundo que nos rodea. Nuestra contemplación de la realidad, debe realizarse desde la perspectiva de Dios y de Su plan salvífico, y tenemos que estudiar, la misma, a la luz de lo que Dios nos revela.

A partir de Efesios 5:22-33, se habla de las relaciones de los hombres y de las mujeres en el marco del matrimonio, y se compara esta relación con la que se da entre Cristo y Su Iglesia. Muchas mujeres se sienten molestas y ofendidas por el contenido de estos textos del apóstol Pablo.

Mi criterio personal, es que las cosas que se dicen en esta parte de la epístola, podrían resultar, en la praxis conyugal cotidiana, más duras para los hombres que para las mujeres; en realidad, a las esposas se las pide muy poco, y a los hombres muchísimo. En mi ejercicio profesional y en la experiencia de mi ministerio cristiano me he encontrado a muy pocos esposos ofendidos por el contenido vinculante de estos textos, pero por el contrario, es muy abundante el número de mujeres indignadas por lo que en los textos aducidos se afirma.

Considero que la indignación femenina, no se justifica a la luz de una exégesis minuciosa y una hermenéutica, adecuada, de esta porción de las Escrituras; sino que la misma se apoya y refuerza por los ecos reivindicativos, y en parte justos, de los movimientos feministas dentro y fuera del marco de las Iglesias cristianas.

Las esposas o las mujeres solteras indignadas, por lo que se dice en ésta perícopa de la Escritura (Ef. 5:22-33), no debieran de orientar su desacuerdo, contra los textos bíblicos, contra el autor de los mismos o contra el Autor de la Revelación. Por mi parte creo que sería necesario, que las mujeres se acercasen a esta parte de la Palabra de Dios, con dignidad, pero con prudencia, porque las cosas que aquí se dicen no son el resultado de la elaboración del pensamiento particular y personal de ningún misógino, sino nada menos que del hombre que Dios escogió para que llevase Su mensaje salvífico a todos los gentiles que viven en esta tierra.

Creo que ante los textos que estamos considerando, tanto varones como mujeres, debemos de tomar un posicionamiento, asumiendo cada uno de nosotros la responsabilidad que de parte de Dios se nos demanda. En Ef. 5:21, recordamos que dice: Someteos unos a otros en el temor de Dios. El mismo sometimiento que Dios nos pide, como miembros del cuerpo de Cristo; es decir como Iglesia, es el que se le pide a la mujer respecto del marido.

Si esto fuese así, no entiendo donde está el motivo por el que tendríamos que escandalizarnos; dado que resulta, que yo (varón) tengo que tomar una actitud con mi hermano o hermana en la fe, similar a la que mi esposa tendría que tomar conmigo, en cuanto que ambos somos cristianos, y nuestra vida y conducta debe de estar enmarcada en lo que es el sentido de la voluntad de Dios para nuestro devenir conyugal y familiar.

El apóstol Pablo no está pidiendo a las esposas, más de lo que se pide a cada uno de los miembros del cuerpo de Cristo en su relación de los unos con los otros. ¿Es eso pedir demasiado? ¿No entraña esa petición la verificación práxica de lo que caracteriza, esencialmente, a la comunión cristiana?

En el capítulo anterior decíamos que la Palabra de Dios nos instaba a andad en amor, como también Cristo nos amó, y se entregó a Si mismo por nosotros. Decíamos que la Palabra del Señor nos enseña que caminar en amor, como Cristo caminó, es entregarnos unos a los otros, y resulta obvio, que en el contexto de estas afirmaciones no se está hablando de esposos y esposas, sino de hermanos y hermanas como miembros del cuerpo de Cristo que es la Iglesia.

Entiendo que el mismo sometimiento, que Dios nos demanda en las relaciones de los unos con los otros como Iglesia, es decir, como hermanos en la fe, es el que pide de la mujer al marido. Así que el sometimiento que se da en el marco conyugal está enmarcado por un sometimiento que es más vinculante y trascendente: por la comunión de los hermanos y hermanas en el marco de la Iglesia.

Desde mi punto de vista no hay ninguna excepción aquí para las esposas de las que los maridos no tengan que participar como miembros del cuerpo de Cristo; además debemos de considerar, en qué condiciones se pide el sometimiento y por qué se pide. Efesios 5:22, dice: Las casadas estén sujetas a sus propios maridos, como al Señor.

Yo entiendo, que la Palabra de Dios nos enseña, que el sometimiento de las esposas a los maridos es semejante al que éstos y ellas deben al Señor. El término sometimiento no es una mera palabra simbólica, tiene el sentido de subordinar, de someterse, o de ponerse debajo de algo, pero hay que entenderlo en el contexto de tomar la misma actitud por la que tenemos que someternos los unos a los otros en la comunión fraternal de los miembros del cuerpo de Cristo.

Las casadas a sus propios maridos, esta frase mantiene una relación vinculante con lo que se expresa en 5:21: Someteos unos a otros en el temor de Dios. Cuando la Palabra de Dios enseña, las casadas a sus propios maridos, nos está diciendo que los maridos son de ellas; si esto no se entiende así, y una persona casada considera que su cónyuge no le pertenece, ni forma parte de sí misma, entonces las consecuencias que se pueden sacar del análisis de los textos que venimos estudiando no serán aquellas que se desprenden de la exégesis y hermenéutica de los mismos, sino de los prejuicios apriorísticos y preexistentes en la mente de dicha persona.

Como consecuencia de lo que venimos diciendo, la Palabra del Señor consideramos que enseña, que si el marido es de la mujer, y la mujer del marido, el resultado resulta obvio: son el uno del otro. Respecto de la actitud de la esposa hacia su marido, lo que está pidiéndola la Palabra de Dios es que se someta a algo que por derecho inalienable la pertenece.

En definitiva, se la está pidiendo que se someta a alguien que es idiosincrásico de ella misma, propio de ella y solo de ella. Lo idiosincrásico de una persona es aquello que la caracteriza, es lo esencial de la persona misma. Por otra parte lo que el Señor nos enseña aquí, es que el sometimiento de la esposa a su marido está sometido a determinados condicionamientos matizados, de manera muy clara, por la Palabra de Dios; no se trata de someterse de cualquier manera, ni en cualquier circunstancia, ni en cualquier medida, sino que la Biblia matiza, lo siguiente: Las casadas estén sujetas a sus propios maridos, como al Señor.

Dios considera que el que se de esta relación, marido-mujer, mujer-marido, es bueno. El sometimiento de la mujer al marido como al Señor está en función de la relación que se establece entre Cristo y Su Iglesia. porque el marido es cabeza de la mujer, así como Cristo es cabeza de la Iglesia, la cual es Su cuerpo, y Él es su Salvador (Ef. 5:23). Lo que acabamos de decir expresa el pensamiento y la voluntad de Dios, que tenemos plasmada en Su Revelación, en esta carta que venimos estudiando.

La relación esposo-esposa entendemos que tiene vigencia en relación a la revelación que se nos hace de Jesucristo como cabeza de la Iglesia. La enseñanza aquí plasmada no se puede circunscribir, exclusivamente, a la situación del primer siglo. Cuando la Biblia afirma que el marido es cabeza de la mujer, así como Cristo es cabeza de la Iglesia, el Salvador del cuerpo; entendemos, que esta fórmula está comprometiendo al marido en la medida que el Señor Jesús está comprometido con su Iglesia (esposa de Cristo). Esta implicación del marido abarca elementos que en la realización conyugal tienen una dimensión salvífica en relación con la mujer; digamos que al marido se le están demandando actitudes y compromisos muy serios, ya que la relación con su esposa debe de ser semejante a aquella que Cristo mantiene con la Iglesia.

Así que, como la Iglesia está sujeta a Cristo, así también las casadas lo estén a sus maridos en todo. No se trata pues de que la esposa se sujete a los caprichos o a las determinaciones arbitrarias y machistas de los maridos, sino a que su relación con el marido se base en principios similares a la que Cristo como cabeza de la Iglesia, mantiene con ella como su esposa. La autoridad de esta relación viene dada por la que se desprende de la relación entre Cristo y la Iglesia; es decir, que así como la Iglesia está sujeta a Cristo, las casadas lo estén a sus maridos en todo.

La esposa o el marido que no asumen el fundamento bíblico que constituye la infraestructura de su relación conyugal, estarían fuera de lo que constituiría la voluntad de Dios para sus vidas.

Teniendo en cuenta que Dios es mucho más sabio que nosotros y nos conoce mejor que nosotros a nosotros mismos, sabe por qué ha dicho las cosas y por qué ha matizado las diversas actitudes de la mujer hacia el marido y del marido hacia la mujer. En este sentido, a los creyentes nos atañe el respetar el plan establecido por Dios para el desarrollo convivencial en el marco del matrimonio.

Cuando un matrimonio respeta y acepta la Revelación de Dios, en lo que al funcionamiento dinámico, del mismo se refiere, está sentando las bases solidas que consoliden una interrelación con posibilidades de realización individual y colectiva entre los cónyuges.

A los maridos se les realiza una llamada de la mayor importancia y trascendencia: Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la Iglesia, y se entregó a Sí mismo por ella. El alcance de la petición que al marido se le demanda tiene una trascendencia soteriológica semejante a la que expresó el amor de Dios en Cristo, al entregarse, Él mismo, por Su Iglesia.

En definitiva, la mediación sobre la que pivota la relación marido-mujer está asentada sobre el amor; por consiguiente, si se desea que un matrimonio funcione, cada uno de los miembros del mismo, tendrá que poner la parte que le corresponde. Y en cuanto a la relación del marido con la mujer, la Palabra de Dios sigue diciendo: para santificarla, habiéndola purificado en el lavamiento del agua por la palabra, a fin de presentársela a Sí mismo, una Iglesia gloriosa, que no tuviese mancha ni arruga ni cosa semejante, sino que fuese santa y sin mancha. Así también los maridos deben amar a sus mujeres.

La Palabra de Dios en este lugar es clara: el compromiso vinculante, para los maridos, es aquel que se basa en amar a sus esposas como Cristo amó a la Iglesia y se entregó a Sí mismo por ella. Si en la convivencia conyugal se diese este tipo de relación, veríamos en la vida y realización de los cónyuges cristianos unas posibilidades de comunión y comunicación que en la mayoría de los casos no se da.

Lo que un marido demande de su mujer estará en función de la entrega que el mismo realice hacia ella. El aspirar a una esposa irreprochable, supone por parte del marido, una actitud consecuente y semejante a la de Cristo respecto de su esposa que es la Iglesia; es decir, que la realización conyugal para que se verifique hay que pagar por ella un alto precio.

En este sentido, de una relación conyugal realizadora, la Palabra de Dios sigue exhortándonos, en el siguiente sentido: Así también los maridos deben amar a sus mujeres como a sus mismos cuerpos. El que ama a su mujer, a sí mismo se ama. Porque nadie aborreció jamás a su propia carne, sino que la sustenta y la cuida, como también Cristo a la Iglesia, porque somos miembros de Su cuerpo.

Entramos ahora, a la luz de estos textos, en consideraciones muy importantes; la Revelación de Dios nos va indicando cómo se pasa de lo moral, de lo ético, a lo intelectual, a lo espiritual, y de esto último a lo orgánico, a lo somático, a lo corporal. Este momento exegético al que hemos llegado, es de la mayor trascendencia, porque si espiritualizamos la Palabra de Dios, donde no estamos autorizados para hacerlo, es cuando elaboramos el pensamiento de que la Iglesia es el cuerpo místico de Cristo.

Y llegados a esta conclusión podríamos también espiritualizar la relación entre los cónyuges en el marco del matrimonio; si esto ocurre el resultado, para la vida y convivencia de una pareja, será nefasto. Hay que poner las cosas donde deben de estar.

Los maridos deben amar a sus mujeres como a sus mismos cuerpos, dado que el que ama a su mujer de esta manera, a sí mismo se ama: Porque nadie aborreció jamás a su propia carne, sino que la sustenta y la cuida, como también Cristo a la Iglesia. No aborrecer a su propia carne supone no aborrecer a su propio cuerpo, y la interpretación del contenido de los textos que venimos analizando nos lleva a la conclusión de que el propio cuerpo del marido es de la mujer, y no le pertenece en exclusiva, a sí mismo.

Llegados a este punto tenemos que abordar un tema que a mí me apasiona, y que en los últimos veinte años de mi ministerio cristiano vengo insistiendo en él, como fundamento antropológico para entender mejor, desde la perspectiva de los seres humanos, la Revelación de Dios en cuanto a aquella pregunta trascendente, que encontramos en diversos lugares del Antiguo Testamento: ¿Qué es el hombre?

Si queremos acercarnos a la realidad antropológica del ser humano es necesario que llevemos nuestro pensamiento a lo que Dios nos revela en el libro de Génesis cuando decide crear al hombre: Entonces dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; y señoree en los peces del mar, en las aves de los cielos, en las bestias, en toda la tierra, y en todo animal que se arrastra sobre la tierra. Y creó Dios al hombre a Su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó (Gn. 1:26-27).

Esto quiere decir que el hombre que Dios creó, en el principio, estaba formado por un varón y una varona; es decir, por un masculino y un femenino; y aunque orgánica y biológicamente tenían dos cuerpos, desde el punto de vista antropológico es igual que si tuviesen uno. Por consiguiente, cuando analizamos el sentido orgánico, funcional, antropológico, psicológico y teológico del matrimonio, no teniendo claro este concepto sobre el hombre; y si la pareja conyugal se piensa, a sí misma como dos, no puede funcionar en sus interrelaciones de manera adecuada y armónica.

Cuando al Señor Jesucristo le plantean, los escribas y los fariseos, la problemática del divorcio, quizá en función de intereses egoístas de características y naturaleza machista, o por razones de disfuncionalidad de la pareja, le presentan la problemática, que venimos analizando, bajo la pregunta de si era lícito al marido repudiar a su mujer por cualquier causa.

Ante este posicionamiento, el Señor Jesús, a su vez, les preguntó ¿Qué os dijo Moisés?, y ellos le respondieron: Moisés permitió dar carta de divorcio, y repudiarla. El Señor les respondió: Por la dureza de vuestro corazón os escribió este mandamiento, pero al principio de la creación, varón y hembra los hizo Dios. Por esto dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y los dos serán una sola carne; así que no son ya más dos, sino uno. Por tanto, lo que Dios juntó, no lo separe el hombre (Mr. 10:1-9 y Mt. 19:1-8).

La afirmación de Jesús por la dureza de vuestros corazones, nos habla de la etiología o causa primaria o fundamental que constituía la infraestructura dinámica, psicológica y afectiva, del divorcio. La dureza del corazón expresa, en el original griego, la verdadera realidad que subyacía al hecho socio-jurídico de la disolución de los lazos conyugales. En griego la expresión dureza del corazón, aparece como la arteriosclerosis del corazón; esta realidad arteriosclerótica, del órgano que representa la esfera de nuestra intimidad, nos habla de un corazón esclerosado y rígido; es decir, de un corazón que no funciona de manera adecuada y que ha ido, progresivamente, endureciéndose; que no recibe sensaciones ni afectos, y por consiguiente tampoco los transmite.

Considero que la exégesis y hermenéutica que el Señor Jesucristo realiza de Génesis 2:24, quiere llevarnos a una comprensión bíblico-teológica del verdadero sentido del matrimonio considerado desde el punto de vista cristiano, y desde la perspectiva soteriológica y salvífica que se relaciona con el sentido más profundo de la unión de un hombre y de una mujer bajo el yugo conyugal.

Cada pareja, unida en matrimonio, debe de tener conciencia de que han dejado de ser dos individuos para convertirse y funcionar como una sola persona; naturalmente cuando este pensamiento no ocupa un lugar clarificador en la conciencia resultará muy difícil aceptar el sometimiento del uno al otro, tanto en lo que respecta a la actitud de la mujer hacia el marido (Ef. 5:22-24), como del marido hacia su mujer (Ef. 5:25-28).

Esta realidad que explicitamos es la que se deviene de un análisis, sin prejuicios, del pasaje de Ef. 5:21-33, donde se expresa la voluntad de Dios en orden al buen funcionamiento de la pareja. La realidad matrimonial tiene mucho que ver con la realidad de la salvación, pero esto no quiere decir que por el hecho de casarse se produce un acto sacramental por lo que ambos cónyuges reciben la gracia especial de Dios.

El matrimonio como sacramento no es una realidad que tenga una apoyatura teológica; pero si es cierto que en el matrimonio se expresa algo muy importante: El modelo de funcionamiento y de relación entre Cristo y la Iglesia. Dicho de otra manera, la vida de un matrimonio cristiano está hablando de una relación salvífica que le trasciende; y es la relación entre Cristo y la Iglesia; lo cual constituye la posibilidad de asumir un serio compromiso en el devenir cotidiano, del testimonio cristiano, de ese matrimonio.

El buen funcionamiento de una pareja, como venimos afirmando, está expresando la relación entre Cristo y la Iglesia; y así la matiza el autor de la epístola, cuando dice: Porque nadie aborreció jamás a su propia carne, sino que la sustenta y la cuida, como también Cristo a la Iglesia. Sustentar significa alimentar, nutrir y criar.

Para explicar el rico contenido del término sustentar, tenemos que recurrir al vocablo griego correspondiente y que, en la actualidad, transliterado al campo de la medicina, cuando hablamos de la alimentación o de la economía de nuestro cuerpo, corresponde al término trofismo; una realidad trófica, es aquella que nos habla de alimentación, nutrición y vida; mientras que una realidad atrófica, es la que nos habla de carencia y precariedad alimentaria, de debilidad y de muerte.

El trofismo constituye la alimentación del cuerpo, y esa alimentación tiene que ver con todas las funciones vitales que el organismo corporal desempeña: es decir, con la propia vida del cuerpo y con el nivel vital del mismo. Es esta imagen la que tenemos representada en las palabras Porque nadie aborreció jamás a su propia carne, sino que la sustenta y la cuida, como también Cristo a la Iglesia.

En este sentido, el marido, está invitado a ser el elemento del trofismo y de la nutrición y vitalización de la esposa; y asimismo, la esposa, también debe de constituirse en una realidad trófica para su marido. En este pasaje de Ef. 5, que venimos analizando, se produce algo muy importante; se pasa, al hablar del marido y de la mujer, a tratar las relaciones entre Cristo y Su Iglesia.

Y este paso se realiza hablando del vínculo somático (corporal) y no del vínculo pneumático (espiritual), porque la Escritura dice: Porque nadie aborreció jamás a su propia carne, sino que la sustenta y la cuida, como también Cristo a la Iglesia, porque somos miembros de Su cuerpo. La relación vinculante Cristo-Iglesia, marido-mujer o esposa-esposo, se realiza a través y mediante el cuerpo.

Este cuerpo no es un cuerpo místico, o un cuerpo ajeno a la materia, a no ser que entendamos por cuerpo místico un cuerpo vitalizado y trascendido por el espíritu; es decir, un cuerpo pneumatizado, en el cual se realiza la acción salvífica del acto soteriológico de Cristo, y se produce, como enseña el apóstol Pablo en el capítulo 15 de la epístola a los Corintios, el paso de un cuerpo animal, a un cuerpo espiritual (1ª Co. 15:44).

El cuerpo de Jesús de Nazaret resucitado, no era un cuerpo místico, era un cuerpo glorificado e inmortal, un cuerpo que había trascendido la materia, pero que se podía verificar de manera organoléptica; es decir, un cuerpo verificable mediante los órganos de los sentidos, un cuerpo que se podía ver, tocar, palpar, etc.

El mismo Señor Jesús invitó a sus discípulos a que comprobasen materialmente la realidad de Su cuerpo espiritual, es decir, de Su somapneumaticón, cuando les instaba a la comprobación orgánica de las señales que habían quedado, en Su cuerpo, como elemento testificador de las heridas que le habían infringido al crucificarle.

Cuando la Escritura dice en Ef. 5:30: porque somos miembros de Su cuerpo, no está hablando de que nuestra vinculación al cuerpo de Cristo tiene un carácter inmaterial o inorgánico, sino todo lo contrario. Es mediante nuestros cuerpos orgánicos que establecemos una relación vinculante, trascendente, metafísica y somática con el cuerpo de Cristo.

La Escritura afirma en una perspectiva escatológica, que Nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde también esperamos al Salvador, al Señor Jesucristo; el cual transformará el cuerpo de la humillación nuestra, para que sea semejante al cuerpo de la gloria Suya, por el poder con el cual puede también sujetar a Sí mismo todas las cosas (Fil. 3:20-21).

Si se habla de un cuerpo que va a ser transformado y vitalizado por el espíritu, el sentido místico del cuerpo nunca se puede clarificar, teológicamente, de manera inmaterial o inorgánica. Yo creo que la Palabra de Dios, de manera clara y seria, nos revela algo muy importante: que somos miembros del cuerpo de Cristo con todas las consecuencias; es decir, que somos miembros orgánicos, somáticos del cuerpo de Cristo.

La concepción mística (no somática) de nuestras personas como miembros del cuerpo de Cristo, considero que es ajena a la letra y el espíritu de la Escritura, y que en cualquier caso solo sirve para espiritualizar el mensaje del Evangelio y producir un reduccionismo del alcance de la redención, que Jesús de Nazaret realizó, por su muerte y resurrección, para reconciliar todas las cosas con Dios (Col. 1:20).

Y tiene sentido, desde mi punto de vista, esta manera de ver las cosas, el que se diga en Colosenses 1:24, lo siguiente: Y cumplo en mi carne lo que falta de las aflicciones de Cristo por Su cuerpo, que es la Iglesia. Lo que nos lleva a la conclusión de que nuestros cuerpos biológicos son miembros orgánicos del cuerpo de Cristo.

Por consiguiente en el devenir de nuestra vida, como creyentes, es de una gran importancia y trascendencia, lo que pasa con nuestros cuerpos materiales. Y es por eso que el apóstol, en Efesios 5:30, dice: Porque somos miembros de Su cuerpo, y relacionándolo con el matrimonio continua el autor de la carta, diciendo: Por esto dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y los dos serán una sola carne. Grande es este misterio; mas yo digo esto respecto de Cristo y de la Iglesia (Ef. 5:31-32).

Pablo afirma en estos textos, que el contenido de los mismos es un misterio grande; pero yo creo que lo que verdaderamente se nos está revelando en esta parte de la Escritura, es la vinculación somática y orgánica de nuestros cuerpos al cuerpo de Cristo, y que el Señor sufre en nosotros, es decir en nuestros cuerpos, de manera auténtica y verdadera.

Al creer en el Evangelio somos salvos por la gracia de Dios, y recibimos el Espíritu Santo que viene a morar en nuestro corazón y en el templo que constituyen nuestros cuerpos biológicos, según se afirma en la 1ª epístola a los Corintios en el capítulo 6:19-20, donde dice: ¿O ignoráis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, el cual está en vosotros, el cual tenéis de Dios, y que no sois vuestros? Porque habéis sido comprados por precio; glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo.

Corresponde al Espíritu Santo la acción transformadora del cuerpo de la humillación nuestra para que sea semejante al cuerpo de la gloria Suya (Fil. 3:21). Esta transformación de nuestro cuerpo biológico, que en el presente ya está siendo llevada a cabo por el Espíritu de Dios, será realizada de manera completa y total en el día de la resurrección de nuestros cuerpos, es decir, en el día en que se efectúe la aplicación del acto soteriológico de Cristo a nuestros cuerpos orgánicos, en el día de la redención de la materia y de la pneumatización de la misma.

Por consiguiente, en Efesios 5:31 para hablar de la vinculación somática, de un hombre y de una mujer, en el matrimonio, se está citando Gn. 2:24: Por tanto, dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán una sola carne. El término basar que se traduce por carne, es una palabra que al expresar el yo en su forma corporal, nos viene a enseñar que la unión de dos individuos constituye una sola persona; es decir, que el matrimonio al unir dos individualidades en una sola persona, representa y refleja, en la vida histórica y real, la esencia fundamental de la unión de Cristo con Su Iglesia; unión, que se deviene como una sola persona, o lo que es lo mismo, como una persona colectiva.

La Iglesia tiene una cabeza, que es el Señor, y un cuerpo, que somos nosotros. La persona colectiva, que como Iglesia unida a Cristo, constituimos, es lo que se califica como misterio grande. Y esta realidad es la que expresa nuestra relación orgánica y corporal con Cristo.

El versículo final de Efesios 5, termina diciendo: Por lo demás, cada uno de vosotros ame también a su mujer como a sí mismo; y la mujer respete a su marido. Diversos comentaristas e intérpretes de la Escritura, consideran que la relación primaria, sobre la que se asienta la unión de Cristo con Su Iglesia, está prefigurada por la fórmula matrimonial de Gn. 2:24; pero la verdad es, justamente, todo lo contrario: la unión de un hombre y una mujer está fundamentada y prefigurada en la unión de Cristo con la Iglesia; la cual es anterior a la creación del mundo, y por consiguiente a la fórmula matrimonial que se expresa en el libro de Génesis, y sobre la cual se fundamenta la interpretación o hermenéutica respecto de la realidad conyugal que se explicita en Efesios 5.

La base teológica de estas afirmaciones considero que se desprende del estudio exegético de Colosenses 1:15-20, donde se afirma, hablando de la economía divina, que Cristo es la imagen del Dios invisible, el Primogénito de toda creación. Porque en Él fueron creadas todas las cosas. Es decir, en el momento que Cristo se da en la realidad de Dios como Dios, como Hijo de Dios, como Verbo, él mismo, se nos está presentando como alguien preexistente al Jesús de Nazaret histórico, y al Adán de la raza humana.

En ese primer momento, de la economía divina, en que todo se crea en Él, es decir, en Cristo, se nos está diciendo, que en Él mismo también se creó el matrimonio, antes de que el varón y la varona fuesen una realidad personal en la Historia humana; por eso el apóstol Pablo al hablar del matrimonio como de una persona colectiva dice: Grande es este misterio; mas yo digo esto respecto de Cristo y de la Iglesia.

Todo esto supone que la relación entre el marido y la mujer está fundamentada en una relación arquetípica, que, como tal, trasciende la realidad histórica y corresponde a una relación que se da en la misma interioridad de Dios: entre Cristo y Su Iglesia desde antes de la creación del mundo.

El Nuevo Testamento enseña, por una parte, en Hebreos 11:3 que lo que se ve fue hecho de lo que no se veía, y por otra, que en Él fueron creadas todas las cosas, las que hay en los cielos y las que hay en la tierra (Col. 1:16). Los elementos arquetípicos están contenidos y son creados en la realidad del Dios invisible.

Cuando el Nuevo Testamento afirma que en Él fueron creadas todas las cosas, nos está revelando que todo lo que apreciamos y aparece en este mundo visible estaba con anterioridad, al mismo, creado en Cristo. Lo que supone que en el Hijo de Dios se crea el arquetipo del primer hombre Adán como una persona bisexual (masculino y femenino), como una persona colectiva constituida por un varón y por una varona, como nos enseña el capítulo 1 y 2 del libro del Génesis.

Es decir, que con anterioridad al primer matrimonio, existía un arquetipo del mismo en el ámbito de la economía divina y que correspondía a la relación entre Cristo y Su Iglesia, antes de que este mundo fuera creado.

Teniendo esto en cuenta, y aplicándolo a la esfera de nuestra realidad, tenemos que llegar a la conclusión de que el modelo de relación entre Cristo y Su Iglesia es el que tenemos que admitir como punto de referencia para la relación entre los cónyuges en el ámbito vinculante del matrimonio.

La conclusión de todo lo que venimos diciendo es que el análisis exegético de los dos primeros capítulos del libro de Génesis y los textos de Efesios 5:22-33, nos lleva a tomar conciencia de que desde la perspectiva de una hermenéutica bíblica consecuente la mujer también es el hombre; y dentro de ese hombre, constituido por el varón y la hembra (varona), en el marco del matrimonio se da, entre ambos cónyuges, una relación de igualdad.

No obstante, es necesario matizar que la igualdad no es lo mismo que la mismidad. En la Biblia nunca se presenta la relación varón y mujer en relación al coeficiente o capacidad intelectual de los mismos; la Revelación de Dios jamás plantea el tema de una supuesta superioridad intelectual o emocional del varón hacia la mujer o viceversa. Lo que si plantea la Escritura, es un problema de relación entre los cónyuges en función del servicio que pueden realizar, en el marco del plan de la economía salvífica de Dios; y en ese sentido se dice, en la Sagrada Escritura, que Jesús de Nazaret como Hijo de Dios se sometió a Dios (siendo Él mismo Dios) para hacer posible la realización, en el ámbito de la Historia, del plan de la salvación, a fin de que todas las cosas pudiesen ser reconciliadas con Dios por medio de Su muerte y de su resurrección.

El apóstol Pablo en su carta a los Filipenses y en los versículos 5-9 del capítulo 2, dice: Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús, el cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a Sí mismo, y tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre, se humilló a Sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. Por lo cual Dios también le exaltó hasta lo sumo, y le dio un nombre que es sobre todo nombre.

Es también el mismo apóstol quien escribiendo su primera carta a los Corintios, nos manifiesta que el varón es cabeza de la mujer; por consiguiente la Biblia enseña que la relación que debe darse entre la mujer y el varón es la misma que la que se dio entre Cristo y Dios. Dicho de otra manera, Cristo que era Dios no consideró que estaba rebajándose, humillándose, al admitir a Dios como Su cabeza, a fin de que por medio de esa actitud se pudiera realizar el plan económico y salvífico de Dios.

Para que dicho plan se canalice y tenga trascendencia en el matrimonio, el modelo de relación entre la mujer (que también es el hombre) y el varón debe de ser el mismo que la que se da o dio entre Cristo y Dios.

Las desavenencias y las desarmonías entre el varón y la mujer ocurren cuando se confunde igualdad con mismidad. Si la mujer quiere ser varón habrá conflictos, y lo mismo ocurrirá si el varón desea ser mujer; por el contrario, los conflictos, desavenencias y tensiones desaparecerán o serán superados si ella y él tienen conciencia de que ambos son el hombre.

En Cristo Jesús se realiza la relación de igualdad que se rompió por la desestructuración amártica (del pecado) que se produjo cuando el hombre Adán (varón y varona) cedió a la sugerencia diabólica, del Príncipe de este mundo, y transgredieron los límites que Dios les había marcado, como condición indispensable, para su realización como persona colectiva.

Como consecuencia de la concepción que venimos exponiendo, en cuanto a la relación varón-mujer, podemos hablar de igualdad, pero no de mismidad. A parte del sentido de igualdad en el ámbito de la relación conyugal, dentro del Plan Económico de la Salvación, hay que tener en cuenta otros aspectos de la relación varón-mujer, donde también se proyecta y se ve la relación de igualdad a la que hacemos referencia.

Un campo, muy importante, donde esta relación de igualdad debe de manifestarse, es aquel que corresponde a la educación de los hijos. En el capítulo 6 de esta carta y a partir del versículo primero, leemos: Hijos, obedeced en el Señor a vuestros padres, porque esto es justo. En algunos de los manuscritos más antiguos, que de esta carta se conservan, no figura la frase en el Señor; pero el contexto deja suficientemente clarificado el sentido que dicha interpolación pretende poner de manifiesto.

El que el apóstol Pablo para padres emplee el término progenitores, no deja lugar a dudas respecto a la actitud de los hijos, de obediencia por igual, al padre y a la madre. Quien entienda que los hijos deben de tomar una postura de obediencia al padre superior a la que deben a su madre, se equivoca y mantiene una postura anticristiana y ajena a los contenidos de la Revelación de Dios.

Los padres unidos por el vínculo del matrimonio, constituyen una sola persona (Mr. 10:8), es decir, lo que venimos denominando como una persona colectiva. Si el hijo pretende dividir o escindir dicha persona colectiva, en función de sus intereses particulares, está actuando contra sí mismo y contra el deseado equilibrio de la familia. Los dos (padre-madre) tienen la misma autoridad ante y sobre los hijos, y en este sentido los dos se devienen como iguales. El hijo, que a su vez constituye un ser personal indivisible, se convierte en el exponente, por antonomasia, de la igualdad de sus progenitores.

Un ámbito, si cabe más importante, donde la igualdad varón-mujer, se pone de manifiesto, es aquel que corresponde a la relación de ambos cónyuges en la esfera de la intimidad; es decir, en la esfera de las relaciones sexuales. Es también el apóstol Pablo quien clarifica, de manera meridiana, dicha relación, cuando refiriéndose a la misma, escribe en el capítulo 7 de la primera epístola a los Corintios, lo siguiente: El marido cumpla con la mujer el deber conyugal, y asimismo la mujer con el marido. La mujer no tiene potestad sobre su propio cuerpo, sino el marido; ni tampoco tiene el marido potestad sobre su propio cuerpo, sino la mujer (1ª Co. 7:4).

Es como consecuencia de esta realidad que el apóstol sigue diciendo: No os neguéis el uno al otro, a no ser por algún tiempo de mutuo consentimiento, para ocuparos sosegadamente en la oración; y volved a juntaros en uno, para que no os tiente Satanás a causa de vuestra incontinencia (1ª Co. 7:5).

El apóstol Pablo es quien deja más claro, entre todos los escritores del Nuevo Testamento, y los seculares de su época, que las relaciones que deben darse en el ámbito conyugal, entre el marido y la esposa, deben de estar fundamentadas en el mutuo acuerdo. Esta frase que Pablo utiliza en 1ª de Corintios 7, corresponde a un término griego, que traducido, literalmente a nuestra lengua, es la palabra sinfonía; el sentido del término tiene un significado suficientemente clarificador, con el que se da a entender que la relación entre los esposos debe de realizarse de manera sinfónica, es decir, el funcionamiento del hombre como entidad antropológica bisexual, con sus componentes masculino y femenino, se deviene en su realización dinámica-funcional, psicosocial, anímica y espiritual, como una realidad personal de acordes sinfónicos.

En Efesios 6:2 el apóstol escribió: Honra a tu padre y a tu madre, que es el primer mandamiento con promesa; para que te vaya bien, y seas de larga vida sobre la tierra. Considero que este sentido bíblico-afectivo de relación de los hijos con los padres se ha ido perdiendo de manera progresiva, en el devenir histórico de la humanidad.

Alguien ha dicho que una sociedad que no valora a sus mayores, está perdida y está colaborando a su propia destrucción y deshumanización. En toda la Revelación de Dios, se da un contenido de gran Sabiduría; la Palabra de Dios deja las cosas claras: en el texto anteriormente mencionado se habla de que hay una promesa de bendición, para aquellos hijos que honran y obedecen a sus padres, no solo en el ámbito ético-moral y espiritual, sino incluso en el ámbito biológico y físico.

Está suficientemente demostrado por las ciencias biológicas, antropológicas y sociales que cuando el desarrollo psicoemocional de una persona (que implica una relación armónica en el terreno afectivo y emocional con sus progenitores) se realiza de forma adecuada, ésta alcanza una vida biológica más larga. La salud emocional y mental de una familia es fundamental como infraestructura básica del desarrollo psicoemocional equilibrado de los hijos, y a su vez repercute sobre la salud física de todos sus componentes.

Una familia en la que se producen tensiones en la interrelación de los diversos miembros que la constituyen, (padres e hijos, hablando de la familia nuclear de la época actual), termina enfermando emocionalmente y constituyendo un caldo de cultivo idóneo, para el padecimiento, en todos y cada uno de sus miembros, de trastornos de tipo emocional, caracterológico, social y espiritual.

En muchas ocasiones es un problema psicopatológico, que afecta a un miembro de la familia, el que da al traste con el equilibrio emocional u homeostático, de la misma, descompensándola. Por el contrario, una familia globalmente enferma, expresa su padecimiento, a través de los diversos miembros que la componen, mediante la presentación de diferentes cuadros psicopatológicos o psicorgánicos, tales como alcoholismo, psiconeurosis, depresión, trastornos psicosomáticos y psicóticos.

Para que la familia funcione de manera armónica, no solo es conveniente y necesario que los hijos obedezcan y honren a sus padres, sino que éstos sepan tratar, con la debida consideración y sabiduría a sus hijos. En este sentido, el apóstol Pablo en Efesios 6:4, continua diciendo: Y vosotros, padres, no provoquéis a ira a vuestros hijos, sino criadlos en disciplina y amonestación del Señor.

En consecuencia a lo que la Biblia nos estimula tanto en lo que respecta a los padres como a los hijos, es que cada uno de nosotros desempeñemos nuestro rol, en el seno de la familia, en una integración psicoemocional y psicoafectiva que esté dirigida y moderada por el diálogo, la empatía, y el mutuo entendimiento. Una familia constituye una persona colectiva, donde todos sus miembros deben de funcionar con un sentido de servicio afectuoso, fraternal y de consideración de los unos hacia los otros.

La obediencia y la honra de los hijos hacia los padres, es considerada como una actitud y una acción justa por parte de Dios. Una acción justa es aquella que establece, pragmáticamente, la justicia en el interior y en el devenir de una familia. También Dios advierte, de manera seria y solemne, a los padres en cuanto a su comportamiento, adecuado, para que redunde en bien de la relación con sus propios hijos.

Y vosotros, padres, no provoquéis a ira a vuestros hijos; el término que se traduce para provoquéis, corresponde a un vocablo técnico, en español, que se utiliza, con muchísima frecuencia en medicina; y que es la palabra paroxismos. Este término es el que se aplica a los movimientos convulsivos que se producen al desencadenarse un ataque epiléptico. La recomendación del Señor es clara en cuanto a la imagen (paroxística) que la expresa. Los padres no deben de mantener una actuación que irrite y descompense, paroxísticamente, a sus hijos.

Los padres deben de tener en cuenta que los hijos no son ni sus esclavos, ni sus criados, sino que son personas a las que hay que respetar su idiosincrasia y favorecer el desarrollo de su propia personalidad, teniendo en cuenta que sus hijos, en última instancia, solo le pertenecen por completo a Dios, y que es el Señor el que los pone en sus manos para que sean educados conforme a Su divina voluntad, y no dependiendo del criterio, a veces arbitrario, de los padres.

Criadlos en disciplina y amonestación del Señor. El término criadlos, como anteriormente mencionábamos, corresponde a un vocablo griego que habla de la nutrición o el trofismo de un organismo; es decir, criadlos significa nutrirlos, y aquí este vocablo implica la nutrición material, moral, ética, cultural y espiritual de una persona.

Esta responsabilidad corresponde a todos los padres, y por consiguiente para los padres cristianos resulta un compromiso vinculante e ineludible, del que tendrán que dar cuenta al mismo Dios y Creador de todos los seres vivientes. Nutrir a los hijos supone darles la oportunidad de que desarrollen todas sus cualidades en todas las dimensiones posibles y deseables; ahora bien, la Palabra de Dios habla de criadlos en disciplina y amonestación del Señor.

Esta frase ha sido mal entendida, y peor predicada y enseñada en las Iglesias, donde tantos padres la han interpretado como una justificación para castigar de manera cruel y física a sus propios hijos, considerando que de esta forma estaban cumpliendo con un mandamiento del mismo Dios. Pero el término disciplina significa, literalmente, la educación de los niños; y corresponde a las primeras etapas de la vida, alcanzando, como mucho hasta el final de la adolescencia; y no se refiere, en absoluto, a la educación de hijos adultos y mayores de edad, sobre los que no se justifica, desde el punto de vista cristiano, ninguna imposición que suponga un factor alienante de su conciencia y de su propia personalidad.

El capítulo 6 de esta carta en los versos 5 al 9, habla de las relaciones laborales y domésticas entre los siervos y los amos. Dicha relación resulta, realmente, conflictiva, y sería interesante abordarla con la mayor profundidad y dimensión posible; pero vamos a tocar, solamente, algunos aspectos relevantes de la misma.

Para ello tenemos que transcribir los textos antes aludidos: Siervos, obedeced a vuestros amos terrenales con temor y temblor, con sencillez de vuestro corazón, como a Cristo.

Con sencillez significa con honradez, con franqueza. Sin duda tenemos aquí, puesto de manifiesto, un aspecto muy importante de la relación siervos-amos; se nos enseña que la actitud de los siervos respecto a sus amos terrenales debe corresponder con aquella que, como creyentes, mantenemos con Cristo.

Por consiguiente aunque se emplea la frase con temor y temblor ésta no significa, que la obediencia a los amos o patrones, para los que podemos trabajar o a quien tenemos que servir, debe de estar mediatizada y fundamentada en el miedo en el sentido más literal y etimológico del término.

También se nos enseña, aquí, que nuestra actitud de servicio a otros, debe de realizarse con sencillez de corazón, es decir, no con un ánimo doble, en el sentido del doble ánimo que encontramos en el capítulo primero y versículo 8 de la epístola de Santiago. En el original griego, el término doble ánimo, se expresa por una palabra que, traducida literalmente, significa: el hombre de dos almas. Se trataría, por consiguiente, de un ser humano que no se expresaría, en sus relaciones laborales, con sinceridad en el contexto de una ética cristiana consecuente.

Por otro lado, el que nuestra relación laboral con los señores para los que trabajamos, tenga que reflejar a la que como hijos de Dios mantenemos con Cristo Jesús, excluye de la misma cualquier forma o actitud de servilismo. Por descontado, que hay que tener en cuenta que las relaciones laborales, en la época en que escribe el apóstol Pablo, (época que corresponde a una sociedad, dominada por los principios del estado imperialista de la sociedad romana: sociedad precapitalista) comparadas con las que se dan en nuestra sociedad capitalista, son, en sus manifestaciones fenomenológicas, diferentes; pero en el fondo, deben de estar asentadas sobre los mismos principios: de la no explotación del hombre por el hombre.

Trabajar es digno, pero además debe de hacerse con dignidad. El apóstol Pablo nos enseña que un cristiano, debe de manifestarse, en el ámbito socio-laboral, con sinceridad, honradez y honestidad, pero nunca con un espíritu de servilismo que aliene su conciencia y el sentido de autoestima de su propia personalidad; personalidad que le ha sido dada por su Creador como un don inalienable, y el cual no debe ser enajenado en cualquier esfera de su devenir existencial.

El trabajador, el obrero, debe de realizar sus funciones respetando a los patronos, pero sobre todo respetándose a sí mismo, y teniendo en cuenta lo que Pablo sigue diciendo en 6:6: No sirviendo al ojo, como los que quieren agradar a los hombres, sino como siervos de Cristo, de corazón haciendo la voluntad de Dios.

La exhortación del apóstol va dirigida a enseñarnos, como trabajadores asalariados, a saber decir sí o no, según las diversas circunstancias laborales, pero siempre teniendo en los contenidos de nuestra conciencia social nuestra relación con Cristo, como punto de referencia, al que debemos aferrarnos.

Considero, que escribir en la época de Pablo no sirviendo al ojo, como los que quieren agradar a los hombres, suponía toda una actitud revolucionaria y progresista. Dicho posicionamiento invitaba a aquellos que eran más débiles y pobres a no venderse a los patronos; es decir, a trabajar con la cabeza alta, manteniendo su dignidad humana.

Por eso el apóstol sigue diciendo: sirviendo de buena voluntad, como al Señor y no a los hombres, sabiendo que el bien que cada uno hiciere, ese recibirá del Señor, sea siervo o sea libre. Recogiendo todo esto que venimos diciendo, se podría concretizar, en una mejor traducción de los textos, así: sirviendo, como siervos de Cristo, desde el alma, haciendo la voluntad de Dios; y la voluntad de Dios se expresa al final de 6:9, cuando el apóstol escribe: que para Él no hay acepción de personas.

Por otra parte, el verso 9 del capítulo 6, contiene un mensaje solemne y de advertencia, de parte de Dios, para los amos: Y vosotros, amos, haced con ellos lo mismo, dejando las amenazas, sabiendo que el Señor de ellos y vuestro está en los cielos, y que para Él no hay acepción de personas.

Lo que el apóstol, aquí, afirma es algo realmente serio, recomienda a los amos que en sus relaciones socio-laborales con sus siervos deben de mantener la misma actitud hacia sus subordinados, que la que desean que éstos mantengan con ellos.

Naturalmente que esta recomendación va dirigida, de manera primordial, a los amos creyentes, pero por antonomasia podemos hacerla extensiva, desde un punto de vista cristiano de la ética del trabajo, a cualquier situación de relaciones laborales entre patronos y obreros en cualquier momento de la Historia.

Todo lo que en este capítulo 6 he venido analizando, corresponde al deseo de expresar, o poner de manifiesto, la objetivización, en la praxis cotidiana, del devenir histórico del Plan Económico de la Salvación de Dios en las diversas esferas en las que, el mismo, se proyecta: la familia, las relaciones conyugales, las relaciones padres-hijos y las relaciones en el ámbito socio-laboral.

De todo lo expuesto en la exégesis y hermenéutica de este documento novotestamentario podemos deducir que el apóstol Pablo, jamás fue un defensor de la esclavitud, en ningún ámbito vertical u horizontal en el que la misma pudiera darse, sino que en su exposición del Plan Económico de la Salvación, solo expone lo que es la voluntad de Dios para las personas, para las familias y para los pueblos. Voluntad que se concretiza en dos palabras: libertad y liberación.

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