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THE SPANISH INQUISITION
Its Heroes and Martyrs
La Inquisición Española
Sus Héroes y Mártires
Obra original de Janet Gordon — Edimburgo, 1870
Edición original: W.P. Nimmo, Edinburgh, 1870
Reedición íntegra
Juan Bta. García Serna — Zaragoza, España, 2026
CAPÍTULO I. ORIGEN Y NATURALEZA DE LA INQUISICIÓN
La Inquisición, recientemente abolida en España, fue un tribunal instituido para descubrir y castigar a todos aquellos que pudieran sostener opiniones, o matices de opinión, que difirieran en cualquier grado de los dogmas religiosos que la Iglesia de Roma ha impuesto a todos los pueblos sometidos a su dominio; y cualquier desviación de los cuales jamás ha dejado de castigar, cuando ha tenido poder para ello, con la mayor severidad.
Regocijándose en el nombre de Santo Oficio, ostensiblemente cristiana y nacida de un pretendido celo y amor por la fe cristiana, la Inquisición, en su procedimiento habitual, despreció y pisoteó por igual los impulsos naturales de la justicia y la compasión humanas, y las obligaciones de esa religión de amor enseñada a los hombres por Jesús.
Poderoso e invisible motor de opresión, se cernió como un íncubo sobre el país, reprimiendo todo progreso y libertad de pensamiento, y amenazando por igual a príncipe y campesino con su brazo invisible y despiadado. Actuando en secreto, sus jueces ejercían en la práctica un despotismo irresponsable, no contenido salvo por la débil protesta de conciencias cauterizadas por la comisión perpetua de crueldades que parecen casi increíbles.
Sus detenciones se efectuaban en secreto y a medianoche; y su trato hacia los prisioneros en su poder era sistemáticamente despiadado e injusto. Bajo una fingida máscara de ley y justicia, falsificaba los hechos y ocultaba o sustraía las circunstancias que podrían haber probado la inocencia de sus desdichadas víctimas, de modo que era casi imposible obtener una absolución, particularmente si la persona sospechosa era rica; pues la riqueza, bajo la jurisdicción de este tribunal — que no tenía más ingresos que los que obtenía de la confiscación de los bienes de los herejes — , resultaba ser un frecuente incentivo para imputar aquel delito.
La naturaleza secreta del tribunal facilitaba la presentación de estas falsas acusaciones. Una cortina impenetrable de la más profunda oscuridad ocultaba a los ojos del público el temible mundo interior en el que los inquisidores perpetraban sus actos de crueldad e injusticia. Uno tras otro, el activo comerciante, el predicador elocuente, el sabio ilustrado, el noble — lamentablemente para él, liberalizado por sus viajes a tierras lejanas — eran vistos desaparecer, para reaparecer alguna mañana fatídica, con el temido sambenito, en el lugar fatal de la hoguera — rehuyendo la luz del día, demacrados, debilitados, con los miembros dislocados por el potro y la garrucha, trémulos y estremecidos actores en el espantoso auto de fe.
En verdad no hay capítulo más triste y vergonzoso del sufrimiento y la injusticia humanos que el que puede leerse en el registro de lo que los hombres han hecho, ostensiblemente por amor a la conciencia y para servir a Dios; como si el Creador misericordioso y Conservador de la naturaleza universal hubiera sido una suerte de Moloch, insaciablemente sediento de sangre humana.
El principio, si así puede llamársele, de la Inquisición — el dogma de que el error religioso es un crimen que debe ser castigado por el Estado — existió desde una época muy temprana en la Iglesia cristiana. Los emperadores Justiniano y Teodosio nombraron oficiales cuyo deber era descubrir y castigar la herejía; pero no fue hasta los siglos XI y XII cuando se intentó instituir un tribunal especial para este fin.
En el siglo XIII, el papa Inocencio III, inquieto por la propagación de la secta de los albigenses en los dominios del conde Raimundo de Tolosa, instituyó una Inquisición general contra los herejes en las provincias de Provenza y Narbona, en Francia. Los monjes entre los cuales se escogió a los primeros inquisidores pertenecían a la orden, recientemente establecida y fanática, de los dominicos.
Fue en España, Portugal y sus dependencias, principalmente, donde se erigieron sus gigantescas prisiones, erizadas como otras tantas fortalezas sobre la tierra gemebunda. Allí, pompa y gloria aguardaban en sus tribunales; allí, los reyes se complacían en honrarla; y allí, ni siquiera la sangre real resultó ser salvaguarda suficiente contra su tiranía invasora.
En 1478, Fernando V de Aragón, esposo de la célebre Isabel la Católica, heredera de Castilla, codiciando las grandes riquezas que poseían los judíos — establecidos en gran número y con extenso poder e influencia en Aragón y Castilla — , obtuvo una bula, o decreto papal, del papa Sixto IV, introduciendo la Inquisición en Castilla y remodelando toda la institución, otorgándole aquella constitución y aquellos poderes tiránicos que, en adelante, conservaría siempre.
Un proceso ante la Inquisición se fundaba generalmente en la denuncia de algún informante; tales denuncias eran consideradas meritorias, y hasta tal punto se concebían como deber de todo buen católico, que se esperaba que la esposa traicionara a su marido, el padre a su hijo, el confesor a su penitente. Todo impulso, en suma, de honor natural y afecto era subvertido y pisoteado en estas denuncias.
Se convocaba al testigo o testigos de las circunstancias, más o menos sospechosas, que constituían la base de la acusación; y habiendo prestado primero juramento de no revelar ninguna de las preguntas que se les formularan, eran interrogados acerca de todo cuanto supiesen sobre el acusado, quién entre tanto, aún no arrestado y en total ignorancia del peligro mortal al que estaba expuesto, continuaba dedicándose despreocupadamente a las ocupaciones ordinarias de su vida.
Estos monjes eran llamados calificadores; y una vez completada su calificación, el fiscal exigía el arresto inmediato del acusado y su reclusión en las cárceles secretas de la Inquisición. Estas capturas se efectuaban generalmente de noche, por servidores del tribunal, llamados familiares o alguaciles.
Arrancado de su lecho en plena noche, aturdido, confuso, sin haber tenido tiempo de ocultar sus bienes o destruir sus papeles, ignorante del crimen que se le imputaba, ignorante de quiénes eran sus acusadores, no es de extrañar que el infeliz acusado a menudo se ofuscara y se contradijera sin remedio.
Las prisiones de la Inquisición eran de tres clases y se denominaban, según sus diversos grados de rigor, prisiones públicas, intermedias y secretas. Las primeras, que eran estancias ventiladas y bien iluminadas, estaban reservadas a los prisioneros no sospechosos de herejía, sino de otros delitos, como la bigamia y el contrabando.
La tercera, que consistía en húmedas, fétidas bóvedas subterráneas, estaba destinada a aquellos infortunados individuos que, sospechosos de herejía o de inclinaciones heréticas, constituían, por así decirlo, la presa natural de este tribunal. Los desdichados ocupantes de estas sucias e insalubres mazmorras eran a menudo encadenados a la pared, donde dejaban pasar los lentos días en un desolado y absoluto aislamiento.
En ellas se exhortaba al prisionero a decir toda la verdad. Hasta entonces, el acusado, con toda probabilidad, habría ignorado el delito que se le imputaba.
Luego se le ordenaba repetir el Padrenuestro y el Credo; y si los había olvidado o, por la excitación, cometía algún error al recitarlos, también se tomaba nota de ello y se recordaba en su perjuicio en el juicio posterior.
El propósito de esta ambigüedad era confundir al prisionero, quien, si no poseía una mente muy clara y lógica, imaginaba a menudo que se le imputaban varios delitos distintos; y al esforzarse por exculparse de ellos, se contradecía y daba así pretexto para acusarlo de haberse apartado de la verdad, justificando la aplicación del tormento.
Las formas de tortura empleadas en las mazmorras de la Inquisición eran variadas. Me limitaré a describir dos de ellas, conocidas por los nombres de potro y garrucha, eligiéndolas porque quizá eran las dos de uso más común.
El potro era una máquina de madera, en forma de surco hueco. Era lo bastante grande para sostener el cuerpo de un hombre, y no tenía fondo, solo una barra de madera que lo atravesaba. Sobre esta barra caía el cuerpo del paciente, de tal posición que los pies quedaban mucho más altos que la cabeza. Esta postura, la más desfavorable para la respiración que pueda concebirse, pronto producía en la víctima un dolor extremo y dificultad para respirar, agravados por la presión de las cuerdas, que se hincaban en la carne penetrando casi hasta el hueso.
Puede imaginarse la agonía causada por estas cuerdas, si se recuerda que a veces se daban hasta once vueltas alrededor de cada miembro. El prisionero, amarrado en esta postura, era forzado a abrir la boca, se extendía sobre su rostro un fino paño húmedo, y entonces se vertía agua en su boca y nariz desde una vasija de barro en un chorro continuo, que caía tan lentamente que se necesitaba más de una hora para consumir una pinta. Este flujo constante añadía a todos los demás tormentos las agonías de una lucha incesante contra la asfixia.
La garrucha podría describirse como un potro vertical. A la persona condenada a ella se le ataban a los pies pesadas piedras. Se le ataban las manos a la espalda y se le izaba hasta el techo de la cámara de tortura, por medio de una cuerda atada a ellas. Luego se aflojaba repentinamente la cuerda y se le dejaba caer a pocos centímetros del suelo con una violenta sacudida, que a veces dislocaba todas las articulaciones y descoyuntaba todos los miembros.
Mientras tanto, el inquisidor permanecía de pie a un lado y, en nombre de la religión, instaba al verdugo a apretar las cuerdas asesinas, protestando todo el tiempo, con suave e hipócrita frase, que, en caso de muerte o fractura, la desdichada víctima solo podía culparse a sí misma.
Con mayor frecuencia el desdichado acusado confesaba el delito que a menudo se le había imputado falsamente. Entonces era obligado al día siguiente a ratificar o retractar bajo juramento esta confesión; y el efecto habitual era que todo prisionero confirmaba la confesión, por más falsa que fuese, porque de haberla negado se habría expuesto a la repetición del tormento.
Si respondía que sí deseaba defensa, se le entregaba una lista de los abogados pertenecientes al Santo Oficio. De entre estos defensores parciales e interesados se veía obligado a elegir un defensor, a quien no se le permitía ver personalmente ni comunicarse con él de ningún modo.
CAPÍTULO II. ORGANIZACIÓN Y PROCEDIMIENTO DEL SANTO OFICIO
Torturas de los prisioneros. Persuadir al acusado a solicitar el perdón de la Inquisición, a confesar sinceramente sus crímenes y a pedir humildemente ser reconciliado con la Iglesia.
Si, por el contrario, el abogado decidía defender al prisionero, generalmente aconsejaba a su cliente que recusara a los testigos. Cuán escasa era la posibilidad de éxito en este intento puede juzgarse si se recuerda que ignoraba los nombres de los testigos; que solo podía enfrentarse a sus acusadores al azar, y a oscuras, por así decirlo; y que, de hecho, a menudo recusaba a personas que nunca habían sido citadas como testigos en su contra.
Cuando el abogado había presentado su defensa, tal como era, el fallo se pronunciaba en privado sobre el prisionero. Las sentencias dictadas eran diversas, y comprendían una gran variedad de penitencias, confiscación, prisión y muerte; pero cualquiera que fuese el castigo, no se comunicaba al prisionero hasta la mañana del auto de fe.
Estos autos de fe, o actos de fe, eran los grandes días de gala de la Inquisición, y estaban rodeados de toda esa imponente pompa circunstancial con la que la Iglesia de Roma gusta investir sus solemnidades. Se celebraban periódicamente en cada una de las doce ciudades en las que la Inquisición había establecido sus tribunales; y siempre se escogía un domingo o una festividad de la Iglesia, a fin de marcar el carácter religioso de la ceremonia. La escena era generalmente alguna plaza amplia en el centro de la ciudad.
Allí, sobre una plataforma cubierta con ricos tapices, se colocaban asientos para los inquisidores, para la principal nobleza y para aquellos miembros de la familia real que pudieran hallarse en las cercanías. Directamente frente a esta galería se levantaba un gran cadalso, el Quemadero, o lugar de la quema, situado de modo que fuera visible desde todos los lados de la plaza, para que ningún católico devoto se viera privado de una buena vista del espectáculo del día.
Temprano en la mañana señalada, las campanas de las iglesias comenzaban a tañir con un toque apagado y lúgubre; las grandes puertas de la Inquisición se abrían de par en par sobre sus goznes, y una fúnebre procesión salía de ellas.
Primero venía una división de tropas montadas, veteranos curtidos que podían haber combatido bajo las banderas del emperador Carlos V, o seguido el estandarte victorioso de su hijo Don Juan. Tras ellos venían los condenados, marchando en fila india, con un familiar del Santo Oficio a cada lado y un par de frailes detrás, que en voz alta, con tono importuno, conjuraban al hereje a arrepentirse y reconciliarse; haciendo así todo lo posible por perturbar y agitar los pocos momentos de vida que aún les quedaban a sus víctimas.
Aquellos prisioneros condenados a las llamas vestían gorros puntiagudos de cartón, cubiertos con grotescas representaciones de demonios, y el sambenito. Esta túnica de infamia era una especie de sayo suelto, de burda lana amarilla, dividido por medio de las figuras pintadas sobre él en tres grados, que servían para indicar al portador el grado de severidad de la sentencia.
El Auto de Fe. Aquellos sentenciados a penitencia, prisión o confiscación llevaban un sambenito en el que se representaba una simple cruz roja. Los que recibían el favor de ser estrangulados antes de ser quemados llevaban, por el contrario, un sambenito con bustos pintados, rodeados de llamas que apuntaban hacia abajo; mientras que a aquellos sentenciados a ser quemados vivos se les reservaban sambenitos bordados con bustos que se consumían entre llamas apuntando hacia arriba, y avivadas asiduamente por esos demonios grotescos que los cinceles monacales nos han conservado en las gárgolas y bajo los aleros de nuestros monasterios y abadías en ruinas.
Una vez que el último prisionero, con su carcelero y confesor, había salido en fila por las puertas de la Inquisición, la procesión se veía engrosada por los magistrados de la ciudad, la nobleza a caballo y un enjambre de eclesiásticos sobre mulas lujosamente enjaezadas.
Luego venían los inquisidores, con grandes estandartes de tafetán rojo sangre llevados delante de ellos, con un lado blasonado con el escudo heráldico de la Inquisición y el otro adornado con las armas papales, unidas a las de Fernando e Isabel de católica memoria.
Los familiares, y aquellos de la nobleza que no desdeñaban servir en sus filas, cerraban la retaguardia; y muy por detrás, empujando, forcejeando, extendiéndose en tumultuosas oleadas por el campo, venían las masas agitadas de la muchedumbre laboriosa, llevada allí por sus superiores para aprender, en el triunfo de la Iglesia y de la Cruz, lecciones aún más embrutecedoras que las enseñadas a la plebe romana pagana por los juegos brutales del anfiteatro.
Cuando la porción más augusta de la asamblea había tomado asiento, y la plaza estaba desbordada por la parte más común de la multitud, un célebre predicador, generalmente uno de los predicadores de la corte o un obispo de inusual elocuencia, se levantaba y pronunciaba lo que se llamaba 'el sermón de la fe', acaparando, durante media hora aproximadamente, la atención del público junto con la huraña muchedumbre de víctimas sobre el cadalso. Éstas eran de toda condición, pues la red de la Inquisición se extendía lejos y a lo ancho; pero una proporción notablemente grande provenía de las clases altas, suministrando el propio sacerdocio no pocas víctimas ilustres por su genio y saber, que en tierras más dichosas podrían haberle conducido a los más altos puestos de honor e influencia, pero que en España solo conducían al hábito de infamia, a la mordaza y a la hoguera, en el Quemadero, o lugar del fuego.
Cuando el predicador había concluido su discurso, el inquisidor general, que era generalmente un cardenal o un arzobispo, se levantaba con sus magníficos hábitos de oficio y, extendiendo las manos, administraba con mucha solemnidad un juramento al concurso reunido, que, cayendo como un solo hombre de rodillas, juraba defender a la Inquisición contra todos los atacantes y serle fiel tanto en la vida como en la muerte, aunque tal fidelidad exigiera sacrificios tan dolorosos como arrancarse el ojo derecho o cortarse la mano derecha.
Durante los reinados de Fernando e Isabel, y de su nieto el emperador Carlos, este juramento se exigía solo al pueblo: no se esperaba que los soberanos lo prestaran. Estaba reservado al taciturno y fanático Felipe inaugurar una ceremonia tan humillante para la posición del soberano español. Los historiadores de su reinado nos cuentan que voluntariamente, en varias ocasiones, prestó este juramento, desenvainando su espada al pronunciar las palabras, como si anhelara con sus propias manos hacer pedazos a los enemigos de su tribunal predilecto.
Cuando concluía la ceremonia del juramento, el secretario de la Inquisición leía en voz alta la lista de los prisioneros, declarando sus respectivos delitos y la sentencia pronunciada contra cada uno.
Los condenados a penitencia y confiscación se arrodillaban entonces, cada uno a su turno, cuando se pronunciaba su nombre; y habiendo confesado y deplorado su culpa en voz alta, pedía humildemente perdón, y era absuelto solemnemente por el inquisidor general, y devuelto a sus carceleros, con el escaso consuelo que pudiera extraer de que sus pecados fueran perdonados por un semejante, igual o incluso más culpable que él mismo.
Pues aún le quedaban al absuelto lo que nosotros, protestantes, consideraríamos penas muy severas. Había escapado, por usar las palabras del antiguo patriarca, con la piel de sus dientes; se había acercado tanto al fuego que aún conservaba su olor. A veces se le condenaba a prisión de por vida, a veces por un periodo más corto. Generalmente era declarado infame y despojado de todos los honores que hubiera heredado o adquirido; y en todos los casos se confiscaba toda su propiedad, y su fortuna, grande o pequeña, iba a llenar las arcas de la Inquisición, que, como la sanguijuela y sus hijas, siempre clamaba: '¡Dad, dad!'
Cuando aquellos que, en el lenguaje inquisitorial, eran reconciliados, eran todos retirados bajo fuerte custodia a sus prisiones, quedaban solo los mártires destinados a las llamas, y todos los ojos se volvían hacia ellos, generalmente con odio y repugnancia.
Las palabras de Jesús a sus primeros discípulos, 'Seréis aborrecidos de todos por causa de mi nombre', se cumplían literalmente en estas víctimas españolas de esta temible institución de la Iglesia romana. Considerados como enemigos tanto de Dios como de los hombres, más malditos que el odiado judío o el infiel moro, no había ojo que se compadeciera de ellos mientras permanecían de pie, pálidos y consumidos por la prisión, con los miembros chamuscados y desgarrados por tenazas al rojo, y dislocados por la garrucha y el potro, cada frente macilenta serena con un valor más que humano, cada ojo hundido resplandeciente con una inspiración no captada de la tierra que tan cruel había sido con ellos, sino del cielo que, más allá de los tormentos del Quemadero, les abría sus puertas luminosas.
Así permanecían, espectáculo para todos los hombres, desafiando con la fuerza invencible e inextinguible del alma toda la ostentación del poder mundano que en vano buscaba sofocar sus convicciones; y debajo de ellos la multitud se agitaba y se mecía, y el notario leía su sentencia, y el inquisidor general los entregaba con toda bondad y misericordia al magistrado secular; y el magistrado secular, atado de pies y manos a la Inquisición, se disponía a cumplir su cruel mandato.
Unos minutos más, y la pira era encendida, las llamas crepitaban y rugían, los gritos de angustia humana se mezclaban con los feroces alaridos y aullidos de la multitud, el humo de su quema ascendía al cielo, y Dios, no podemos dudarlo, escuchaba y lo oía.
Pues con el paso de los años quedó dispuesto que, mediante espectáculos como estos, y la amplia y ruinosa emigración de judíos y moros consiguiente a ellos, España, de ser el más rico y próspero de todos los pueblos europeos, se hundiera hasta ser el más pobre y miserable entre las naciones.
Una idea del poder de este tribunal, en los días más floridos de su gloria, puede formarse a partir del cálculo dado por los historiadores sobre el número de sus víctimas durante el mandato de sus dos primeros jefes, nombrados por Fernando e Isabel.
El primero de estos inquisidores generales fue el Padre Tomás de Torquemada, un monje dominico fanático y despiadado, que mostró tal celo en ejecutar los crueles deberes de su oficio que, durante los dieciséis años en que lo ocupó, entregó, según Llorente y otros historiadores, a más de 8.000 de sus semejantes a las llamas.
Tan grande fue el número de personas condenadas a ser quemadas en Sevilla, que Andrés Bernáldez, un escritor contemporáneo, nos cuenta que el prefecto de la ciudad se vio obligado a erigir, en un campo fuera de las murallas, un amplio cadalso de piedra. Sobre esta plataforma, siendo aparentemente un prefecto de tendencias artísticas, erigió cuatro estatuas de yeso, que llamó los cuatro profetas; pero si los condenados eran encerrados en ellas y lentamente asados hasta morir, o encadenados a ellas con el combustible que componía la pira amontonado a su alrededor, el señor Bernáldez no lo aclara.
Mariana, otro historiador, nos dice que en la provincia y diócesis de Cádiz no menos de dos mil desdichadas criaturas fueron consumidas por el fuego, además de un número casi increíble de otras que fueron declaradas infames y arrojadas al mundo, debilitadas por un largo encarcelamiento en mazmorras inmundas, torturadas, mutiladas, arruinadas, para morir por los procesos más lentos del frío y el hambre. Verdaderamente las tiernas misericordias de la Inquisición eran crueles.
Diego Deza, quien sucedió a Torquemada, y que fue obispo de Jaén y arzobispo de Sevilla, fue también miembro de la fiera e intolerante orden dominica, y en lo que a crueldad se refiere, no fue indigno de seguir los pasos de su predecesor. Durante sus ocho años de oficio condenó a 1.600 personas al mismo terrible destino; y a él pertenece la dudosa gloria de haber incitado a Fernando e Isabel a expulsar a los moros de sus dominios, como Torquemada los había incitado antes a expulsar a los judíos.
Estos dos edictos de destierro procuraron a Fernando e Isabel la pérdida de casi dos millones de sus súbditos más capaces e industriosos, y asestaron a la verdadera prosperidad del país un golpe del que nunca se ha recuperado. Los anales del mundo no contienen registros de un éxodo similar, excepto el que, a menor escala, siguió a la corta de miras revocación del Edicto de Nantes.
Los refugiados franceses trajeron consigo a Inglaterra el conocimiento de ciertas manufacturas de las que Francia había hasta entonces ostentado el monopolio; y en España, las multitudes hostigadas y angustiadas, que vendían sus casas y viñedos por un asno o un pequeño trozo de lienzo, y huían despavoridas, fugitivas del potro y la hoguera, se llevaron consigo, aunque Diego Deza y los fanáticos de su escuela no lo supieran, la prosperidad y la riqueza de la fértil tierra de la que eran arrojados con tristeza.
Fernando, quien sobrevivió a su consorte Isabel, recomendó la Inquisición al morir a su nieto Carlos, heredero de sus reinos unidos. Y el recluso del retiro monástico de Yuste, a su vez, legó el cuidado del Santo Oficio como un deber sagrado a su hijo y sucesor, Felipe II.
Ningún encargo podría haber sido más afín al sombrío heredero del gran emperador. Fue bajo el reinado de este príncipe, y bajo su fomento y protección, cuando este peculiar tribunal alcanzó su mayor poder y arrogancia, y procesó a sus víctimas más distinguidas.
El carácter de Felipe, taciturno, oscuro, receloso, amante de golpear en secreto, le inclinaba a hallar en él un útil y conveniente instrumento de opresión. Era fácil montar una acusación de judaísmo o herejía contra un hombre en un país donde una nimiedad como poner a un niño un nombre hebreo se consideraba prueba presuntiva de que era judío, o la posesión de un libro prohibido, como cualquiera de las obras de Erasmo, Lutero u Ecolampadio, exponía a su propietario a la pena de ser quemado vivo.
En consecuencia, hallaremos que Felipe usó el brazo letal e invisible de este tribunal como medio para satisfacer odios celosos y animosidades políticas, así como aquellos impulsos religiosos que le enseñaban, en común con todos los buenos católicos, a desear sofocar la libertad de pensamiento con la sangre del pensador audaz que osaba disentir de cualquiera de los dogmas que él y la Iglesia habían establecido para guía de sus súbditos.
Fue probablemente este último motivo el que le movió en la parte que tomó en la primera de estas famosas persecuciones de la Inquisición que vendrán bajo nuestro examen. Es la historia de una víctima muy distinguida, quizá la más distinguida, de aquel tribunal despiadado: Bartolomé de Carranza, arzobispo de Toledo y primado de España.
CAPÍTULO III. EL ARZOBISPO CARRANZA — DIECIOCHO AÑOS DE PRISIÓN
En esta asamblea fue escogido para defender lo que se llamaban las tesis, un deber solo confiado a aquellos miembros de la orden que eran conocidos por poseer elocuencia, discreción y capacidad. La tarea no era en modo alguno fácil, y el cargo era bastante ingrato; pero Carranza cumplió sus difíciles deberes con tanto talento y suavidad que obtuvo el rango de doctor y maestro en Teología, y una recompensa que valoró aún más: un permiso del papa Paulo III para leer los libros proscritos de los reformadores alemanes.
A su regreso a España se estableció tranquilamente en Valladolid, enseñando teología con gran éxito en el Convento de San Gregorio, y esforzándose, como buen pastor, por aliviar los sufrimientos temporales, así como por suplir las necesidades espirituales de quienes le rodeaban.
En el otoño de aquel año, 1540, la cosecha había sido un fracaso total en las montañas de León y Santander, y resultaron de ello hambre y sufrimiento generalizados. Tan grande fue la escasez de alimentos que la gente finalmente abandonó sus aldeas, y multitudes débiles y hambrientas acudieron a Valladolid, con la peste y la pestilencia pisándoles los talones.
Gran número de ellos fueron alimentados a sus propias expensas por el caritativo profesor de Teología en su colegio; y cuando sus escasos medios se agotaron, vendió sus libros para poder ayudar a otros en la ciudad, conservando de su biblioteca — que había sido buena para aquellos tiempos — solo su Biblia y la Vida de Santo Tomás.
Durante este periodo, además de sus deberes como maestro, fue mantenido incesantemente ocupado por el Santo Oficio, ya fuera como calificador o como examinador de libros, que eran enviados a su casa por el Consejo de la Suprema. Su elocuencia también le procuró el poco envidiable honor de predicador en los autos de fe, que se celebraban con frecuencia en Valladolid con mucha pompa y magnificencia.
Por aquel entonces también, sus grandes talentos y su vida ejemplar y fervorosa le procuraron el favorable aviso del emperador Carlos V, quien lo nombró obispo de Cuzco, honor tan repugnante a su naturaleza humilde y sin ambición que lo rechazó, diciendo que solo iría a Sudamérica como simple predicador del Evangelio.
El favor del emperador hacia él no parece haberse disminuido en absoluto por su rechazo del obispado, pues en 1545 lo encontramos enviado por Carlos al Concilio de Trento como su teólogo. Permaneció allí durante tres años útiles y laboriosos; y entre otros honores que sus talentos le procuraron hubo uno que, muchos años después, le trajo abundantes tribulaciones.
El cardenal Pacheco, deán de los prelados españoles que eran miembros del concilio, lo designó para predicar sobre la justificación ante los padres de la Iglesia. Obedeció y pronunció un célebre sermón, teñido ya entonces, dijeron sus enemigos, por la mancha de la herejía luterana. Sin embargo, Carranza, en este periodo de su vida, era tan poco un hereje declarado como lo fue en cualquier otro. Era un católico romano ferviente, piadoso y de mente liberal, ansioso de hacer y escoger lo correcto, y de reformar abusos que no ofrecían tentación alguna a su temperamento sencillo, frugal y abnegado.
Durante su residencia en Alemania, publicó en Roma una obra que llamó Sumario de los Concilios, y otra en Venecia el mismo año, que trataba de controversias teológicas. En 1547, dos años después de abandonar España, publicó un libro destinado a reformar los abusos consecuentes de la no residencia de los obispos en sus sedes, que creó una enorme excitación y un sentimiento de ira, y le procuró muchos enemigos amargos e influyentes.
Fue atacado públicamente por fray Ambrosio Catarino, y defendido por fray Domingo de Soto, ambos monjes de su orden. A su regreso a España, el emperador le ofreció el cargo de confesor de Felipe II, entonces Príncipe de Asturias, pero este honor lo rechazó, y en 1549 también rehusó el obispado de las Islas Canarias, que le fue ofrecido por Carlos.
En el mismo año los monjes de su orden lo eligieron prior de los dominicos en Valencia, y este cargo sí lo aceptó. En 1550 fue nombrado provincial de los conventos de Castilla, e inmediatamente emprendió la tarea de visitar su provincia, esforzándose por reformar los abusos que se habían introducido en los conventos a raíz de la creciente riqueza y el lujo.
En 1551 el Concilio de Trento fue nuevamente convocado, y Carranza fue enviado de nuevo por el emperador para asistir. Provisto de poderes por el entonces arzobispo de Toledo, asistió a todas las deliberaciones hasta 1552; y entre otros deberes que desempeñó, estuvo el de redactar un índice — tarea para la cual su capacidad literaria y su relativa liberalidad le hacían especialmente apto.
Cuando regresó a España, el periodo por el que ocupaba el cargo de provincial había expirado; y fatigado por los afanes de la vida pública, entró con alegría de nuevo en su convento de San Gregorio en Valladolid y reanudó sus deberes de enseñanza.
Mientras estaba así ocupado en el simple y discreto ejercicio de su oficio de profesor, Felipe, el único hijo y heredero del emperador, habiendo perdido a su primera mujer, María de Portugal, se casó con otra, prima de su padre, María la heredera de Inglaterra. No bien hubo formado esta alianza, pareció a su mente fanática que sería cosa relativamente fácil reconvertir a los altivos isleños a la fe que tan recientemente habían abjurado.
En España él era absoluto y supremo: no tenía más que decir: Haced esto, y se hacía; y parece haber pensado que tendría más o menos el mismo poder en Inglaterra. Para inaugurar esta obra de conversión, y para dar una apariencia de razón a sus medidas, solicitó a su padre que le enviara un teólogo elocuente, hábil en las intrincadas sinuosidades de la teología escolástica; y Carlos envió un mensajero al Convento de San Gregorio, ordenando a Carranza que se trasladara a Inglaterra sin demora.
Obedeció y encontró allí a un eclesiástico muy de su propia estampa ilustrada: el cardenal Pole. De noble, incluso de regio nacimiento, urbano, pulido y liberal, el cardenal había sabido él mismo lo que era ser perseguido por motivos de conciencia, y todos sus instintos eran a favor de la tolerancia.
Quizá el mayor número de conversiones que no se hicieron por motivos interesados deba atribuirse a su cautivadora urbanidad y amabilidad de trato; pero algunas también se deben, nos dicen los historiadores españoles, a la elocuencia de Carranza. Cierto es que el docto monje predicó incesantemente en los alrededores de Londres; pero como lo hacía en español, no es fácil ver cómo, sin un milagro, las multitudes boquiabiertas que le seguían pudieron ser edificadas o convencidas por sus discursos.
Y ahora llegamos a la gran mancha de su vida — la mancha fatal que hizo que todas sus desgracias posteriores no fueran sino la devolución a su propio seno de aquella medida, colmada y rebosante, que él había repartido a otros.
Las malas compañías, se dice, corrompen las buenas costumbres. Es posible que su elocuencia castellana diera poco fruto en forma de conversiones; cierto es que este hombre, de corazón liberal y alma grande como era, se rebajó al nivel de Bonner, Gardiner y los demás fanáticos de su escuela, y se unió con tal entusiasmo a sus odiosas persecuciones que se hizo eminentemente odioso a los ingleses, quienes lo llamaban el Fraile Negro, en referencia tanto al moreno intenso de su tez meridional como al color oscuro de su hábito dominico.
En 1555, Felipe, hastiado hasta el asco de su pobre y sencilla esposa, e impaciente del freno con que el Parlamento inglés le sujetaba, tomó el camino de Dover; y a excepción de una corta visita de cuatro meses, nunca más puso pie en una tierra cuyo pueblo e instituciones le eran igualmente aborrecibles.
Era un dicho favorito suyo 'que prefería no reinar en absoluto a reinar sobre herejes'; y Inglaterra seguía siendo, a todos los efectos, herética. Fue en vano que Pole adulara, y Carranza predicara y rezara, y diera conferencias en las universidades, y revisara los cánones decretados por el concilio: la nación permanecía distante, hosca y decidida, maldiciendo las hogueras asesinas de Smithfield, y vituperando amargamente a los extranjeros.
Tan profundo era el descontento popular que Carranza estuvo a menudo en gran peligro; pero escapó a salvo de todos los peligros que le acecharon, y en 1557 se reunió con su amo Felipe en Flandes. Allí mostró la misma intolerancia que había manifestado en Inglaterra, e hizo quemar grandes cantidades de libros infectados con la herejía de Lutero.
En Fráncfort hizo lo mismo, e informó a Felipe, quien se había convertido en rey por la abdicación de su padre, de que muchos de estos libros eran introducidos en España a través de Aragón. No cabe duda de que este celo lo recomendó y lo hizo en no pequeña medida querido por el rey, quien resolvió en privado recompensarle en la primera oportunidad conveniente.
Esa oportunidad no tardó en llegar. El cardenal Silíceo, arzobispo de Toledo, murió; y Felipe pensó de inmediato en el docto y piadoso monje que dos veces había rechazado una mitra episcopal. El arzobispado de Toledo era en aquellos días un premio nada desdeñable. Anexa a él iba la primacía de España, y España era en aquel tiempo un imperio tan vasto que su primado ocupaba el puesto de mayor poder en la Iglesia católica romana después del Papa.
La noticia de que había sido designado para este tan codiciado puesto de honor y riqueza cayó sobre Carranza como un trueno. Jamás había ni siquiera soñado con la posibilidad de semejante cosa, y se esforzó, con un instintivo presentimiento de un mal venidero, por apartar de sí aquel don de mal agüero.
Fatales, pues las desgracias de su vida comenzaron desde la hora en que firmó como Arzobispo de Toledo. No es de extrañar que su elevación le procurara muchos enemigos. Había entre el clero muchos prelados de saber y de alto linaje que se consideraban mil veces más dignos de ocupar el trono arzobispal. Su odio, sin embargo, por acerbo que fuese, no era nada comparado con el que sentía un fiero y envidioso monje: Fernando de Valdés, el Inquisidor General, arzobispo de Sevilla.
Carranza había sido debidamente consagrado para su nueva dignidad en Bruselas, el 27 de febrero de 1557. Tenía un libro en las prensas de Amberes, sobre el cual velaba con tierno cuidado paternal. Estaba destinado a ser su primer regalo, como primado, al rebaño bajo su cuidado; estaba destinado también — pero eso él no lo sabía — a ser su propio pasaporte a las prisiones secretas de la Inquisición. Esta importante obra fue más conocida como el Catecismo de Carranza.
Poco después de su visita a Yuste, el primado recibió de uno de sus amigos íntimos, don Antonio de Toledo, gran prior de la Orden de San Juan, un aviso de los cargos que se presentaban contra él. Esa protección no le fue concedida. Felipe, suspicaz por naturaleza y ya predispuesto contra él por los informes de su hermana, la regente Juana, se negó a intervenir.
El Papa designó dieciséis consultores para el juicio y, como preliminar necesario, ordenó que el proceso fuese traducido al italiano, operación que consumió los meses restantes del año 1567. Cuando por fin se ordenó la masa de escritos que contenía la prueba, se halló que faltaban ciertas partes de ella, que contenían las deposiciones de testigos favorables al arzobispo. Los inquisidores habían retenido aquellos papeles.
Con estos sentimientos, puede imaginarse qué poderoso esfuerzo hicieron para ganarse al nuevo Papa, Gregorio XIII, para su causa. Este Papa, el mismo Hugo Buoncompagni que había sido enviado como legado a España en 1564, fue el cuarto soberano pontífice que el arzobispo había visto durante los tristes años de su prisión.
A la cabeza de estos renegados del honor y la conciencia estaba el arzobispo de Granada, un hombre en muchos aspectos como Carranza, verdaderamente respetable por su piedad, erudición y posesión de talentos eminentes, pero de gran edad, y con un débil temor humano a las mazmorras de la Inquisición.
Don Francisco Blanco, Obispo de Málaga, se señaló particularmente por su servilismo. Al principio del juicio de Carranza solo había censurado sesenta y ocho proposiciones en el catecismo; ahora censuró doscientas setenta y tres, de las cuales pronunció sesenta y tres como heréticas en grado sumo. Esta ternura de conciencia le procuró el Arzobispado de Santiago; pero es satisfactorio tener que añadir, que no vivió para tomar posesión de esta recompensa de la iniquidad.
La aparición y deposiciones de tantos nuevos testigos de tal importancia cambiaron completamente el aspecto del juicio. Gregorio XIII, aunque había estado en España, y no desconocía la virulenta animosidad desplegada por el rey y la Inquisición, cayó en la trampa hasta el punto de aceptar como de buena fe las deposiciones de los obispos.
El Papa tomó asiento en su trono, y un anciano, encorvado casi por la mitad, con la cabeza descubierta y miembros temblorosos, y paso tímido e inseguro, entró en la espléndida sala. Era la víctima del odio de Felipe, y de la envidia del gran inquisidor. Nadie fue lo suficientemente valiente para hablarle; ni siquiera un sirviente sostuvo sus temblorosos pasos: estaba completamente solo. Así en soledad — desertado, como parecía, tanto por Dios como por el hombre — se arrodilló humildemente en el suelo, a cierta distancia del Papa, y esperó en silencio la trascendental sentencia.
Ordenó que el arzobispo de Toledo abjurase de todas las herejías en general, y de la herejía de Lutero en particular, como se mostraba en dieciséis proposiciones en su catecismo y panfletos. También lo declaró suspendido por cinco años del desempeño de sus deberes arzobispales; durante cuyo período debía ser confinado en el Convento Dominico de Orvieto, en Toscana.
El gran juicio había terminado por fin; la esperanza y el temor habían pasado; dieciocho años de prisión, de duda, de cansancio del corazón, de prolongada angustia, habían terminado en esto. Lágrimas de desesperación cayeron lentamente por las surcadas mejillas del anciano y muy probado hombre; pero no profirió ninguna protesta contra la injusticia de la cual era víctima.
El 23 de abril de 1576 visitó las siete iglesias que le habían sido señaladas. Gregorio, aparentemente incómodo por la sentencia que había dictado, le ofreció una carta en la que daba testimonio público de su estima por él, y de su interés en su destino; pero Carranza la rechazó.
El 30 de abril, después de haber recibido la absolución, deseó que los cuatro secretarios que habían asistido a su juicio fueran llamados; y cuando entraron en la habitación, dijo lentamente, con voz clara y distinta: 'Declaro que en todo lo que he hecho, escrito, enseñado, predicado y argumentado en España, Alemania, Italia e Inglaterra, siempre he intentado hacer triunfar la fe de nuestro Señor Jesucristo, y combatir a los herejes. Perdono a mis enemigos, encomendándolos a Dios en este momento, amándolos en mi corazón, y prometiendo que si voy a aquel lugar donde espero estar por la misericordia de nuestro Señor, no pediré nada contra ellos, sino que rogaré a Dios por todos'.
Luego, deteniéndose, exhausto, cayó en un estado de inconsciencia y estupor, en el cual murió el 2 de mayo de 1576. El 3 de mayo su cuerpo fue depositado en el coro del Convento de la Minerva, en el cual murió, entre los ataúdes de dos cardenales de la casa de Médici. Gregorio hizo grabar sobre su tumba una inscripción, que decía que era un hombre ilustre por su doctrina y sermones.
Mientras tanto, todo el procedimiento había sido en el más alto grado desagradable para los inquisidores, quienes clamaron ruidosamente contra la lenidad de la sentencia, y suplicaron a Felipe que prohibiera el regreso del arzobispo a España, declarando que era una desgracia para la diócesis de Toledo ser gobernada por un hombre que había sido procesado por la Inquisición. Su caso proporciona un ejemplo memorable de la injusticia y la cruel y engañosa crueldad que guiaba los consejos y dirigía la administración de la Inquisición.
— Fin del Capítulo III —
CAPÍTULO IV. DON CARLOS, PRÍNCIPE DE ASTURIAS
No hay historia más triste en los anales de la grandeza humana que la de Don Carlos, Príncipe de Asturias, y heredero aparente de España. Hemos visto cómo Felipe trató al piadoso monje que, una vez querido por él mismo y por su padre, había sido elevado por su favor al Arzobispado de Toledo; veremos ahora cómo trató a su hijo. Este príncipe malhadado nació bajo los auspicios más espléndidos, heredero del imperio más rico y extenso de Europa. Su madre, María de Portugal, una joven princesa de exterior agraciado y considerable fuerza de carácter, murió en Valladolid apenas una semana después de su nacimiento, dejándolo virtualmente huérfano; pues Felipe, pocos meses después de ese acontecimiento, se fue a Flandes, y de allí a Inglaterra, donde encontró una segunda esposa en su prima María.
El Emperador Carlos V era casi igualmente un extraño para él. Apenas vio al niño que era su nieto y heredero, hasta que renunció al trono y se retiró al Monasterio de Yuste, en Extremadura, momento en que el príncipe tenía unos nueve años. El cuidado de su infancia fue confiado a su tía, la Princesa Juana, la Regente de España. Juana era una mujer piadosa y juiciosa; pero temblaba por la vida del delicado niño confiado a ella, y erró, como algunos padres adoptivos hacen, en una excesiva solicitud por su salud, mientras descuidó en gran medida todos aquellos cuidados necesarios para desarrollar sus poderes mentales y formar su carácter.
Cuando tenía nueve años, Don Honorato Juan, después Obispo de Osma, fue nombrado su preceptor; pero aunque logró inspirar a su molesto pupilo un afecto muy sincero hacia sí mismo, Don Honorato no pudo de ninguna manera desarrollar en él un gusto por el aprendizaje. Era un niño díscolo y ocioso, mimado por la excesiva indulgencia de su tía, a quien no siempre mostraba la deferencia requerida por la estricta etiqueta de la corte castellana. Felipe, que no era muy sensible a los afectos de un padre, y que era un completo extraño para su hijo, ya había concebido una opinión muy desventajosa del príncipe.
'Oigo', escribió al preceptor, 'que Don Carlos se complace mucho en degollar conejos jóvenes, y en verlos expirar. Te ruego que vigiles esto, y hagas todo lo posible por inculcar principios morales, e inspirar en él el gusto por la lectura. Aunque el príncipe no se beneficie tanto como debiera, no será del todo inútil'. Existe aún un raro y curioso volumen, lleno de la correspondencia entre el padre y el tutor; y es notable que el tono de las cartas del padre se vuelve siempre más sombrío a medida que el príncipe se acerca a la edad adulta.
Don Carlos era ciertamente un hijo del cual ningún padre podría estar orgulloso; y sin embargo, en medio de todos sus defectos de temperamento y corazón, había algunos rasgos redentores. Torcida al vicio como parecía estar su constitución, no era del todo malvado. Tenía algo del franco valor de su abuelo Carlos. Era generoso y valiente, con una gran afición, incluso de niño, por la vida de soldado; y tenía cierta agudeza pronta que se desahogaba en dichos ingeniosos, que sus tutores recogían cuidadosamente.
En 1556, Carlos, cuando iba camino al Monasterio de Yuste en Extremadura, se detuvo algún tiempo en Valladolid, con el propósito de conocer a su nieto. Se nos dice que el anciano tomó al pequeño en su rodilla, y repasó para su beneficio sus viejas campañas en Alemania, no omitiendo hablar de una ocasión en que apenas había podido salvarse por una rápida huida de caer en manos del enemigo. 'Yo no habría huido', dijo el niño rápidamente. 'Te habrías visto obligado a hacerlo', respondió el abuelo. '¡Ciertamente no habría huido', protestó el príncipe; 'no habría huido; los habría hecho huir a ellos'!. Carlos, sin embargo, aunque complacido de encontrar su propio espíritu temprano reflejado en el niño, era demasiado sagaz para no ser consciente de los peligrosos elementos que fermentaban en el pecho y cerebro del pequeño príncipe.
Habló a su hija en privado, rogándole que fuera más estricta con el niño; y en Yuste lo encontramos constantemente volviendo su pensamiento desde los asuntos públicos que absorbían su atención, hacia este nieto descuidado, en cuya infancia detectó las semillas de una carrera posterior inquieta y turbulenta. Mantuvo una correspondencia continua con Don García de Toledo, hermano del Duque de Alba, quien era el gobernador de Don Carlos.
En las páginas de Don García tenemos un retrato de la vida temprana del príncipe, que era tanto simple como regular. Se levantaba antes de las siete, iba a misa, y desayunaba, y luego se dirigía al aula, donde permanecía hasta la hora de comer. A las once, se servía la comida; y cuando había comido, se le permitía divertirse con sus compañeros, lo que hacía de varias maneras. A veces cabalgaba, a veces practicaba esgrima, o jugaba a los bolos y al billar. A diferencia de la mayoría de los niños de su edad, parece haber cuidado poco de cualquier juego que requiriera exhibición de actividad o fuerza; en esto se parecía a su padre, que era físicamente inactivo, casi hasta la indolencia.
En lo que difería de Felipe era en esa fuerza de voluntad que puede obligar a la inclinación a servir a un propósito, ya sea digno o indigno. Felipe se había forzado a sí mismo a adquirir el arte de la esgrima y otros ejercicios varoniles, considerados necesarios para la educación de un caballero consumado en estos tiempos; pero Don Carlos no se aplicaría a adquirirlos como tampoco se dedicaría a sus estudios.
Su temperamento, que era feroz y cruel, era también temerario y arrogante; y se hizo más difícil y molesto a medida que sus ataques biliares aumentaron. Don García nota por primera vez estos ataques en 1557, y aumentaron en frecuencia y severidad hasta que el cuerpo del príncipe se consumió, la alegría natural de la juventud lo abandonó, y se volvió tan demacrado y enflaquecido que parecía a punto de caer en la tumba.
Cuando la salud del heredero aparente estaba en este precario estado, Felipe estaba ocupado negociando sobre su matrimonio. La guerra había sido declarada entre Francia y España, y se esperaba una batalla en agosto; pero antes de que se cruzaran espadas, el tratado de Cateau-Cambrésis fue firmado entre las dos potencias en la Abadía de Cercamp. Un artículo secreto de este tratado disponía que Don Carlos, cuando llegase a la edad apropiada, se casaría con Isabel, la hija de Enrique II, Rey de Francia.
Mientras tanto, el 17 de noviembre de 1558, María de Inglaterra, la esposa no amada de Felipe, murió, dejándolo viudo por segunda vez a la edad de treinta y dos años; y después de hacer un vano intento de asegurar Inglaterra casándose con Isabel, hermana y sucesora de María, volvió sus ojos hacia la prometida de su hijo, Isabel de Francia. Esta sustitución del padre por el hijo en el matrimonio francés, el destino prematuro de la joven y bella Isabel, o como sus súbditos españoles la llamaban, Isabel de Valois, y el asesinato de Don Carlos, han proporcionado abundantes temas para la inspiración del genio.
Este amor está ahora bien comprobado que fue solo una ilusión y mito popular. Isabel, que era tan amable y bondadosa como bella, parece haber tratado siempre a su hijastro con una consideración y ternura que ganaron de él a cambio una viva gratitud y afecto; pero no hay el más mínimo fundamento para la imputación de que esta ternura protectora haya tomado jamás, por su parte, un tinte más oscuro o más criminal.
En el momento de su matrimonio, Don Carlos era un niño enfermizo, bilioso, mal formado de catorce años, con aspecto en todo lo contrario de apuesto en su traje de corte. Apareció por primera vez en público en las espléndidas festividades que siguieron al matrimonio; y como correspondía plenamente a la aversión de su padre, es posible que algún sentimiento de maltrato haya anidado en su pecho cuando miró a la bella y cautivadora Isabel. En todo caso, su temperamento era más que usualmente malo. El Duque de Alba omitió involuntariamente un pequeño punto de etiqueta; y cayó en uno de sus imprudentes arrebatos de pasión, que fue con dificultad apaciguado por un humilde reconocimiento por parte del Duque de su error.
En este tiempo el príncipe fue formalmente reconocido por las Cortes como heredero aparente al trono, tomando los varios miembros el juramento de fidelidad hacia él. Esta ceremonia tuvo lugar el 22 de febrero de 1560, y fue un gran asunto; el joven príncipe cabalgando hacia la asamblea, nos dicen los escritores contemporáneos, vestido de terciopelo carmesí, y resplandeciente de joyas, pero tan debilitado por la fiebre cuartana, que estaba extremadamente delgado, débil y pálido.
Isabel, que había caído enferma de viruela pocos días después de su matrimonio, no estuvo presente en esta ceremonia; y antes de que se recuperara, Felipe envió a su hijo a Alcalá de Henares, en parte para beneficio del cambio de aire, en parte para asistir a la famosa universidad allí — la misma en la que Carranza, el arzobispo de Toledo, había estudiado. Dos jóvenes de sangre real, destinados a jugar un papel muy distinguido en la historia de Europa, fueron enviados junto con él. Uno de estos era su tío Don Juan de Austria, el hijo del Emperador Carlos V; y el otro era Alejandro Farnesio, su primo, hijo de su tía Margarita, la gobernadora de los Países Bajos.
El 9 de mayo de 1562, después de haber estado casi tres meses en Alcalá, Don Carlos tuvo un accidente que ejerció la más fatal influencia sobre toda su vida posterior. Al descender de noche por una oscura escalera hacia el jardín, el príncipe, que entonces tenía diecisiete años de edad, perdió el equilibrio, y cayó al pie del tramo de escalones, recibiendo en su caída varias heridas peligrosas en la columna y la cabeza. Se supuso que su cráneo estaba fracturado, y la operación de trepanación fue realizada bajo los auspicios del Dr. Olivares, el médico de la corte, pero sin ningún alivio para el paciente. Luego la erisipela atacó al desdichado paciente; su cabeza se hinchó a tal tamaño, que quedó completamente ciego; el delirio se instaló, y estuvo en el mayor peligro.
Ante esto el rey, convocado apresuradamente desde Valladolid, vino sin demora, habiendo primero ordenado a todos los arzobispos y obispos del reino ofrecer oraciones por la recuperación de su hijo. Se extendió como pólvora por el país que el heredero aparente estaba muriendo; multitudes acudieron a las iglesias; se hicieron peregrinaciones; no hubo fin de penitencias y de implacable autoflagelación. Los azotes estaban rojos de sangre, y toda una cosecha de votos ascendió al cielo, mientras el desdichado joven yacía entre la vida y la muerte. Feliz habría sido para él si hubiera muerto entonces.
Mientras tanto Felipe, más frío que sus súbditos, había resignadamente abandonado toda esperanza. En el Monasterio de Jesús María cercano, yacían los huesos de un hermano lego franciscano, el bendito Diego, quien, aunque aún no canonizado, había muerto en olor de santidad. Muchos milagros se habían realizado, se decía, en su tumba; y Felipe hizo desenterrar los huesos de este oscuro santo. Todos ennegrecidos y amarillentos, estos horribles restos de mortalidad fueron puestos sobre la cama del príncipe, y algunos fragmentos del sudario aferrados al cráneo sin carne fueron raspados y puestos sobre su frente.
Don Andrés Basilio, el médico del rey, estaba al mismo tiempo atendiéndolo asiduamente; y ya fuera debido a sus esfuerzos, o a los del bendito Diego, cierto es que aquella noche hubo un cambio para mejor. Se nos dice que Don Carlos soñó un sueño. El franciscano muerto se le apareció en las visiones de su cerebro desordenado, y con una sonrisa le dijo que se confortara, pues se recuperaría. La enfermedad, en verdad, había llegado a una crisis, la hinchazón comenzó a disminuir, la fiebre desapareció, y la vista y la consciencia regresaron al desafortunado joven, quien lentamente se volvió convaleciente, pero nunca se recuperó del todo.
Frecuentes dolores en la cabeza, y cierto grado de debilidad mental y confusión, permanecieron, produciendo mucho desorden en sus ideas, y haciéndolo, de hecho, apenas responsable de las locas extravagancias y el vicio temerario al que se abandonó. En 1564 fue finalmente emancipado del control de sus maestros, y regresó a la corte; el rey, como recompensa por sus labores, nombrando al bueno Don Honorato Juan al Obispado de Osma.
Este digno hombre, que había adquirido tempranamente el amor de su salvaje pupilo, lo conservó después de su separación. Don Carlos constantemente le escribía. La carta adjunta es una buena muestra de las otras, y no da a uno una gran idea de los talentos del príncipe. Debe observarse que a menudo deja frases imperfectas, y que, por esta causa, su significado es a menudo ambiguo. La carta en cuestión está dirigida: 'A MI MAESTRO, EL OBISPO. MI MAESTRO, — He recibido su carta en el bosque. Estoy bien. Fui de Alameda a Buitrago, que me pareció muy bien. Fui al bosque en dos días; regresé aquí en dos días, donde he estado desde el miércoles hasta hoy. Estoy bien. Termino. Desde el campo. Junio segundo. Mi mejor amigo en el mundo. Haré todo lo que usted desee, Yo, el príncipe'.
Estaba tan apegado al obispo, que obtuvo una dispensa del Papa, concediendo al prelado libertad para residir medio año en Madrid, para que pudiera tener el placer de su sociedad. Don Honorato era, sin embargo, tan anciano y enfermo que no pudo usar este permiso; y su muerte, que ocurrió poco después, privó a Don Carlos de uno de sus amigos más apegados y desinteresados. Mientras vivió, se valió del apego de su pupilo para darle buen consejo, que el príncipe recibiría de él cuando no se sometía a él de ninguna otra persona; pues comenzó a burlarse incluso de la autoridad de su padre.
Había, en efecto, en la juventud de este desdichado heredero de reyes, muchos atributos que parecían señalar hacia el futuro de un Nerón o un Calígula. Era tan cruel, que se nos dice que cuando le daban liebres o cualquier otra caza menor, solía divertirse asándolas vivas. Madrid se mantenía hablando de sus locas extravagancias de pasión. Un día, cuando un zapatero le trajo a casa un par de botas, las cortó en pedazos con su espada, las guisó, e hizo al hombre comérselas. Al día siguiente, cuando estaba cazando en el bosque de Aceca con su gobernador, Don García lo ofendió, y de inmediato cabalgó hacia él con un gran látigo que tenía en sus manos.
Don García, sin embargo, aunque bastante dispuesto a pasar por alto la afrenta por una consideración, había tenido bastante de su cargo de gobernador, que renunció en el acto; Felipe nombrando para el puesto a su propio favorito, Ruy Gómez, Príncipe de Éboli. Brantôme, el embajador francés, nos dice que el príncipe tenía la costumbre de vagar por las calles de Madrid después del anochecer, con una banda de jóvenes tan disolutos como él mismo, insultando temerariamente a mujeres incluso del más alto rango, y abalanzándose sobre los pacíficos ciudadanos con espadas desenvainadas.
También atacó al Cardenal Espinosa, el inquisidor general, que había desterrado de Madrid a un actor llamado Cisneros, del cual era muy aficionado. '¡Qué!', dijo, '¿un pequeño cura como tú se atreve a oponerse a mí?' Y abalanzándose sobre él con su espada desenvainada, lo habría matado, si los nobles presentes no hubieran agarrado su brazo y sacado apresuradamente al cardenal de la habitación. Su chambelán también, Don Alfonso de Córdova, una noche lo puso en una furia espantosa. Era un dormilón pesado; y no despertando en el momento preciso en que el príncipe tocó su campana, Carlos saltó de su cama, y agarrándolo, estaba a punto de arrojarlo por la ventana, cuando los gritos del pobre noble trajeron a los sirvientes en su ayuda.
Felipe mientras tanto, en su silenciosa y sombría manera, se estaba volviendo diariamente más insatisfecho con la conducta de su hijo. Ocasionalmente un gruñido ominoso se le escapaba, mostrando su creciente impaciencia y aversión. Carlos, por su parte, estaba igualmente insatisfecho con su padre: ahora tenía veintidós años de edad, y estaba ansiosamente inquieto por que se le permitiera tomar parte en los asuntos del Estado, y particularmente tener el gobierno de los Países Bajos.
— Fin del Capítulo IV —
CAPÍTULO V. DON JUAN DE AUSTRIA
Y si intentaba hablarles de su encarcelamiento, no debían responderle, sino atesorar cualquier observación que se le escapara y llevarla al príncipe de Éboli. También les estaba estrictamente prohibido relatar en la ciudad o en el campo cualquier cosa que ocurriese en la prisión del príncipe; y si alguien les hacía alguna pregunta sobre el asunto, debían denunciar al individuo demasiado curioso ante el rey.
Durante las primeras seis semanas de su encarcelamiento el príncipe había sido privado de todo rito religioso; pero ahora se ordenó que se dijese misa en una capilla contigua a su habitación, donde, estando las puertas abiertas, podía oírla en presencia de sus carceleros. También se le dieron libros de devoción, como el breviario, las horas y un rosario.
Se designaron seis hombres de la guardia personal del rey — llamados Monteros — cuyo deber era llevar los platos de su mesa a un salón exterior, y también traerlos a los nobles que atendían al príncipe. Cada uno de estos señores podía tener un sirviente que lo atendiese; y había, además, doce alabarderos en los salones exteriores y vestíbulos. Todas estas personas, nobles y alabarderos por igual, fueron obligadas a prestar juramento de secreto y obediencia, y estaban bajo las órdenes del príncipe de Éboli, Ruy Gómez, quien tenía aposentos para sí y para su esposa cerca de los que servían de prisión a Don Carlos.
Habiendo así reglamentado minuciosamente el régimen interior de su prisión, dio ahora órdenes secretas para el enjuiciamiento de su hijo. Para tal fin creó una comisión especial, compuesta por el cardenal Espinosa, inquisidor general, Ruy Gómez y Don Diego de Muñatones, consejero de Castilla. Todo se hizo con aquel decoro y observancia externa de las formas tan grata al corazón de Felipe; siguiendo Su Majestad implícitamente, en cada particular, el precedente establecido por su bisabuelo Juan, rey de Aragón y Navarra, quien encarceló a su hijo y heredero aparente Carlos y, tras un simulado juicio, ordenó que fuese asesinado en su mazmorra.
Mientras tanto, los parientes del rey no dejaron de causarle grandes quebraderos. La reina de Portugal rogó que su desdichado nieto le fuese confiado, prometiendo, pobre mujer, cuidar de él con la mayor ternura; mientras Maximiliano y María continuaban sus importunidades desde Viena, hasta que Felipe, ya sin paciencia, les escribió que Don Carlos nunca se casaría con su hija Ana y que no era su intención liberarlo jamás. Habiendo despachado así a sus molestos parientes en el extranjero, el rey tuvo que librar una nueva batalla en su propia casa. La reina, que siempre había mostrado mucho afecto por su hijastro, y su hermana la princesa Juana, que había criado a Don Carlos, le importunaron para que les dejase ir a visitar al prisionero, y se les negó severamente el permiso.
Felipe, perseguido por los terrores de una conciencia culpable y las sombras de un crimen por venir, vivía en una perpetua sombría melancolía. Era tan receloso de todos que se mantenía casi tan prisionero como Don Carlos; y dejó de hacer aquellas excursiones a Aranjuez, el Pardo y El Escorial, con las que solía deleitarse. Siempre esperaba que se intentase algún rescate del príncipe; y si oía un ruido repentino en la calle, temblaba y se estremecía por entero, como si ya sintiera una espada vengadora en su garganta.
Don Carlos, naturalmente impaciente y excitable hasta la locura, no soportó, como puede suponerse, bien su cautiverio. Su tiempo transcurría en arrebatos de pasión casi cercanos al frenesí, y en los largos accesos de sombrío agotamiento que seguían a tales estallidos. En esos estados no pronunciaba una palabra, sino que permanecía en silencio, sumido en la desesperación, negándose a abrir el breviario que se le ofrecía o incluso a permitir que un confesor entrara en la habitación.
La peculiar piedad de Felipe se alarmó ante esta total indiferencia. Su religión le permitía, más aún, le servía de capa y motivo para los asesinatos más cobardes; pero siempre se mostró peculiarmente solícito de que sus víctimas muriesen en buenos términos con la Iglesia, y mostró esta tierna ansiedad de forma muy marcada en el caso de su hijo. El buen obispo de Osma había muerto — librado, pobre hombre, del mal por venir — ; y el rey, en su dilema, pensó en un tal doctor Juárez, que había sido limosnero de Don Carlos y que, creyó, podría tener alguna influencia sobre él. Juárez fue, en consecuencia, convocado a Madrid, y obedeció; pero Carlos, aunque profesaba mucho respeto por él y decía que guardaba de él un grato recuerdo, se negó a verlo.
Frustrado, el doctor Juárez le escribió el día de Pascua una larga y curiosamente interesante carta. 'Vuestra Alteza', comienza, 'debe disculpar mi franqueza cuando le digo que no toma el camino adecuado para poner fin a este asunto. Su propia conducta y muchas escenas escandalosas de su vida le han privado igualmente de amigos y partidarios. Le ruego que imagine todo lo que se dirá cuando se sepa que no se confiesa. Pueden descubrirse muchas cosas terribles; algunas lo son tanto que, si concernieran a cualquier otra persona que Vuestra Alteza, el Santo Oficio tendría derecho a indagar si es usted realmente cristiano. Declaro a Vuestra Alteza con toda verdad y fidelidad que solo se expone a perder su rango y posición y, lo que es peor, su alma. Con dolor y amargura de corazón me veo obligado a decirle que no hay remedio; y el único consejo que puedo darle es que vuelva a Dios y a su padre, que es su representante en la tierra. Si Vuestra Alteza sigue mi consejo, acudirá al presidente, quien no dejará de decirle la verdad y conducirle por el buen camino.'
Hasta aquí el celoso eclesiástico. Don Carlos leyó la carta, pero no siguió el consejo contenido en ella. Su sombría desesperación continuó; se negó a confesarse. Estrechamente vigilado como estaba, hizo más de un intento infructuoso contra su propia vida. Su salud flaqueó y dormía y comía de la manera más irregular y caprichosa.
Entonces su viejo enemigo, la fiebre cuartana, se apoderó de él, y la rabia y la enfermedad hicieron presa en su persona. Fue en vano que usara una cantidad increíble de agua helada para aplacar el ardor interno que lo consumía. Aumentó hasta tal punto que el desdichado joven hizo que pusieran grandes cantidades de hielo en su cama y andaba descalzo y con la ropa más escasa sobre el frío pavimento de su habitación, sobre el cual había hecho vaciar recipientes de agua helada. De este modo pasó noches enteras, paseándose de un lado a otro como una fiera impaciente cansada de la jaula.
En el mes de junio dejó casi por completo de comer, rechazando todo alimento sólido y tragando solo enormes tragos de agua helada y algo de fruta. Durante once días no probó otra dieta que esta, y se debilitó tanto que sus asistentes temieron que estuviese a punto de morir.
Se informó al rey de su estado; y Felipe, que no parecía desear que muriese de muerte natural, fue a verlo y le dirigió algunas ambiguas palabras de consuelo. Esta condescendencia despertó en el pecho del prisionero un tenue atisbo de esperanza. Pidió comida y comió con tanta inmoderación que el exceso, tras su largo ayuno, estuvo a punto de serle fatal. Llorente dice que le sobrevino una fiebre muy peligrosa y disentería, que lo redujo a tal estado de debilidad que el doctor Olivares, primer médico del rey, fue enviado a atenderlo.
Mientras tanto, el cardenal Espinosa, inquisidor general, quien había conducido el juicio del príncipe según las reglas de la Inquisición — es decir, en secreto y sin permitir al acusado oportunidad de defenderse — declaró que había terminado. La prueba, dijo, que él y sus colegas habían examinado, demostraba que, según las leyes del reino, el príncipe debía ser condenado a muerte. Al mismo tiempo lo recomendaron a la clemencia y aconsejaron al rey que conmutase la pena.
Felipe respondió con decoro, como de costumbre, que su corazón le inclinaba a seguir su consejo, pero que su conciencia le prohibía hacerlo. No creía que fuese para el bienestar de España ni para el bien de sus súbditos que el príncipe viviese; y, por tanto, a pesar de su afecto por su hijo y del terrible sacrificio que ello supondría para él, dejaría que las leyes siguieran su curso. Añadió luego que la salud de Don Carlos se hallaba en tal estado que, si no se le imponían restricciones, su intemperancia en el comer y el beber pronto lo llevaría a la tumba. Lo único que quedaba por atender era convencer al príncipe de que su muerte era inevitable y de que debía confesarse para asegurar la salvación eterna.
Terminado este discurso tan característicamente curioso, y dejando escapar algunas lágrimas, se retiró; pero es probable que en la intimidad de sus aposentos fuese aún más explícito con Ruy Gómez. En todo caso, aquel favorito sin escrúpulos tomó consejo muy pronto con el cardenal Espinosa; y estando de acuerdo el inquisidor general con él en cuanto a la conveniencia de la muerte del príncipe, se determinó envenenarlo. Esto fue el 9 de julio, y como medida preliminar informaron al príncipe de que se hallaba en gran peligro; pero Carlos, aunque más dócil que de costumbre, aún no deseaba confesarse.
El 19 de julio el príncipe de Éboli tuvo una entrevista con el doctor Olivárez, médico de la corte, hombre no indigno de ser su cómplice. El favorito no tuvo necesidad de decir con brusquedad vulgar: '¿Quiere usted envenenar al príncipe?' No se introdujo ninguna palabra tan vulgar. Todo fue placentero y eufemístico; y, sin embargo, el médico y el cortesano se entendieron perfectamente. Ruy Gómez se marchó muy complacido a ver al rey; y el doctor, con una sonrisa en sus delgados labios, se puso a mezclar con toda prisa cierta medicina purgante, compuesta de tales drogas como pocas medicinas han contenido antes o desde entonces.
El 20 de julio esta dosis fue administrada al príncipe por orden del médico y en su presencia. Cabrera, quien después escribió una historia de Felipe Segundo y que entonces estaba empleado en palacio, dice que el príncipe empeoró tan rápidamente después de esta dosis que el médico, que había estado de pie junto al lecho observándolo, le dijo que se moría y que, si deseaba confesarse, debía mandar llamar a un confesor.
Al oír esto el príncipe se incorporó a medias y pidió que se hiciera venir a su antiguo confesor. Esta orden no fue obedecida hasta la noche del 21 de julio, cuando el confesor que deseaba, fray Diego de Chaves, fue llevado ante él. Se hallaba entonces muy débil, pero pidió al sacerdote que en su nombre pidiese perdón al rey. Dijo también que perdonaba a todos sus enemigos, particularmente a Ruy Gómez y al gran inquisidor, que siempre le habían tenido aversión.
Uno de los testigos de esta conmovedora escena había entretanto ido a ver a Felipe, quien gozoso envió de vuelta su perdón y su bendición, y un piadoso mensaje de que esperaba que el arrepentimiento del príncipe obtuviese el perdón de Dios. Le fueron entonces administrados los sacramentos de la Eucaristía y la extremaunción; y el pequeño grupo de sus carceleros se cerró a su alrededor, esperando su muerte inmediata.
Pero se equivocaban: a pesar de su extrema demacración y del veneno que le desgarraba las entrañas, se prolongó durante el 22 y el 23 de julio, murmurando a intervalos frases entrecortadas como: '¿Aún perdura mi miseria?' El 24 se le veía consumirse; y esa misma tarde, hacia la medianoche, se acercó el cambio fatal.
Los ministros de Estado, deseosos de que hubiese apariencia de perfecta reconciliación entre padre e hijo, propusieron a Felipe que fuese ahora a dar a Don Carlos su bendición en persona. El rey, teniendo quizá algunos reparos sobre el asunto, por férreos que fuesen sus nervios, quiso tener antes la opinión del confesor y del doctor Juárez, que asistían al enfermo. Estos dignos sacerdotes no alentaron el proyecto: temían perturbar los últimos momentos del moribundo príncipe; pero Felipe, como era de esperar dada su conducta previa, no tuvo tales escrúpulos. Entró en la estancia y, mirando sin estremecerse al malhadado hijo de la esposa de su juventud, extendió los brazos, de pie entre el príncipe de Éboli y el gran prior, y le dio su bendición.
Se retiró luego, llorando copiosamente; y el príncipe, que había estado inconsciente de su presencia, volvió débilmente sus ojos apagados hacia la luz, movió lentamente una o dos veces la mano que yacía sobre su pecho y, dejándola caer de nuevo, suspiró profundamente y murió, a las cuatro de la mañana, el día de Santiago.
Se divulgó inmediatamente que su muerte había sido natural, resultado de la fiebre cuartana que lo había aquejado durante largo tiempo. El príncipe de Éboli había sido muy preciso en este punto y se había esmerado en inculcar a Olivárez que el asunto debía manejarse de modo que se salvase el honor del rey y que hubiese todas las apariencias externas de muerte natural; pero, como era de esperar, pronto empezaron a circular los rumores más sombríos.
De Thou, historiador contemporáneo francés, dice que el príncipe fue condenado por inquisidores y casuistas y ejecutado en privado mediante caldo envenenado. Pedro Justiniani, noble veneciano que residía en Madrid cuando ocurrió la tragedia, dice que el príncipe fue condenado por la Inquisición y murió en pocas horas por veneno. Otros, como el famoso Antonio Pérez, afirman que se mezcló un veneno lento con su alimento desde el principio de su encarcelamiento, lo cual ocasionó la sed intolerable y la fiebre que ardían en sus venas.
Luis Cabrera, que estaba en términos íntimos con Ruy Gómez, da en su historia oscuros indicios en el mismo sentido, insinuando que Don Carlos debió su muerte no tanto a sus propios excesos y delitos como al odio de su padre. Estrada, que tuvo buenas oportunidades de informarse, dice más o menos lo mismo; como también Brantôme y Fourquevaux, los enviados franceses.
Felipe y su favorito habían estado solícitamente ansiosos de que su honor se salvase; y se envió un relato cuidadosamente redactado de la muerte del príncipe a todas las potencias europeas que habían sido informadas de su arresto, medida de precaución que no le sirvió de mucho.
Poco tiempo después, Guillermo de Orange, en el enérgico manifiesto que publicó para justificar su rebelión, denunció abiertamente al rey como asesino de su hijo. Que merecía ser tachado como tal apenas puede dudarse. Ya sea que Carlos muriese por veneno o por el encierro y la comida malsana, su muerte fue igualmente atribuible a la intervención y aversión antinatural de su padre.
Incluso después de muerto, el odio de Felipe lo persiguió. No estuvo presente en el funeral, que, sin embargo, no se atrevió a hacer tan privado como hubiera deseado. Tuvo lugar a las siete de la tarde, en presencia de una vasta multitud que llenaba todas las calles y avenidas y se agolpó tras el cortejo hasta la iglesia del convento de las monjas de Santo Domingo el Real, donde el cuerpo fue depositado.
Carlos había elegido él mismo aquel lugar de sepultura; y allí, durante nueve días, se celebraron ceremonias religiosas según los ritos de la Iglesia católica romana por el descanso de su alma; y allí su tía y su madrastra acudieron a llorar, mezclando tiernamente sus lágrimas con las de las multitudes que lo lloraban como la esperanza de España. El pueblo olvidó los excesos temerarios y las muchas faltas del príncipe muerto; y recordando solo su valor y generosa liberalidad, dio rienda suelta a su dolor, hasta que el sonido de sus lamentaciones penetró en la lóbrega cámara donde Felipe se hallaba sentado y lo movió a nuevas precauciones.
No permitió que se predicara ningún sermón fúnebre por su hijo; y escribió a su embajador en Roma deseando que no se hiciera allí mención alguna de la muerte y que no se rindiera ninguno de los habituales signos de respeto a la memoria del príncipe difunto. El Papa, sin embargo, tomó su propio camino y celebró con valentía exequias fúnebres por el joven difunto, a las que el embajador y todos sus acompañantes se vieron obligados a asistir y a vestir de negro a pesar de la prohibición de su amo.
Don Carlos tenía veintitrés años cuando murió; y tres meses más tarde, en el mismo año de 1568, la joven y hermosa Isabel le siguió a la tumba. La idea de que fue sacrificada a la violenta y bien fundada celosía de Felipe por su hijo se ha demostrado poco probable; pero Guillermo de Orange, que acusa a Felipe en su manifiesto del asesinato de su esposa, así como del de Don Carlos, señala otro motivo: Ana de Austria, quien, como Isabel, había sido destinada a su hijo, era la mayor heredera de Europa.
Parecía, cuando murió Don Carlos, que con su mano debía perderse para España mucho tesoro; pero Felipe, si sus enemigos no lo calumnian, era inventivo en recursos. Isabel siguió a su hijastro a la tumba a la temprana edad de veintitrés años; y apenas dos años después de su doble duelo, Felipe había cortejado a su sobrina, vencido los escrúpulos de sus padres, obtenido una dispensa del Papa, y Ana y su rica dote estaban en camino hacia España. Afortunadamente, quizá, para ella, no había otra heredera real de igual riqueza. Pero su vida también fue breve: murió en Madrid, tras una breve enfermedad, a los treinta y un años de edad; y Felipe no contrajo un quinto matrimonio.
— Fin del Capítulo V —
CAPÍTULO VI. LA LIGA SANTA Y LA BATALLA DE LEPANTO
Las más severas penas se imponían por infringir cualquiera de estas absurdas disposiciones; y la consecuencia fue que el 1 de enero de 1569 se levantó el estandarte de la revuelta en las montañas de las Alpujarras, y en pocas semanas todo el antiguo reino de Granada estaba en llamas. Todos clamaban por Don Juan. 'Él era el hombre — decían — para acaudillar a las huestes cristianas'; pero Felipe, celoso y suspicaz, vacilaba y enviaba un comandante subalterno tras otro.
Paciente, se ganó, con una amabilidad y una gracia cortés que le eran enteramente propias, el corazón de quienes más hostiles le eran. Incluso el veterano comandante a quien fue enviado a sustituir se ablandó ante su cautivadora gracia. 'Siempre confiaré en usted como en un padre', dijo el hijo de Carlos.
Pocos meses después de que Don Juan llegara al campamento, se obtuvo una gran victoria sobre los moriscos en la Sierra de Bentomiz. El poder de los rebeldes quedó quebrado en torno a Granada; y el general movió sus fuerzas hacia las montañas, donde la guerra asumió aspecto de guerrilla, abundante en sorpresas repentinas y hazañas de valor individual, que se adaptaban por completo al genio del joven caballero andante.
En enero, habiéndose negado este oficial a servir bajo él, puso sitio a Galera, que fue forzado a arrancar palmo a palmo a sus obstinados defensores. Ordenó que no se perdonara ni un alma viviente en Galera; y cuando sus soldados quisieron salvar a aquellas desdichadas mujeres, les ordenó con severidad que recordaran su deber como soldados y las órdenes del día. Deteniendo su caballo sobre una pequeña eminencia, miró fijamente hasta que la masacre terminó.
Dentro de la villa continuó la misma carnicería. Los españoles, envenenados por el odio nacional y religioso, parecían transformados en demonios. Arroyos de sangre estancada corrían por los desagües y grandes masas de llama se elevaban hacia el cielo vespertino; y por doquier, español y morisco supieron que Galera había caído. A la mañana siguiente, en medio de aguanieve y nieve, los cimientos de la infortunada villa fueron arados y sembrados de sal.
Desde Galera, el joven general marchó a Serón, donde perdió a su afectuoso ayo Luis Quijada. Quijada había llevado las riendas del mando con mano muy firme; y su pupilo, aunque afectuoso, consideró su muerte casi como un alivio. Quedaba libre de la amable pero molesta interferencia de su padre adoptivo.
Allí, con el consentimiento de Felipe, publicó una amnistía para todos los que se presentasen y entregasen sus armas en veinte días. Este acto llegó demasiado tarde: la masacre de Galera estaba tan fresca en la memoria de los moriscos, que la consideraron sólo una trampa y rehusaron acogerse.
La entrevista tuvo lugar por la tarde, a la luz de las antorchas, rodeada de toda la pompa posible. El joven general se hallaba de pie a la puerta de su tienda, con sus oficiales alrededor, el país devastado al frente y la soldadesca en pintorescos grupos llenando el fondo. Don Juan recibió las muestras de sumisión del caudillo vencido, que se arrastraba a sus pies con la exagerada humildad de un oriental conquistado.
Don Juan pensó que había logrado sofocar la insurrección, pero ésta continuó estallando a intervalos. A principios de la primavera fue nombrado capitán general de las fuerzas de la Santa Liga, alianza formada por España, Venecia y el Papa contra el sultán turco.
El 6 de junio partió, con mucha pompa, hacia Mesina, donde debían reunirse las fuerzas aliadas; el contingente español, noventa grandes galeras y setenta embarcaciones menores, ya había sido enviado. Una gran compañía de nobles lo escoltó fuera de Madrid; pero cansado de la demora, los dejó atrás y avanzó con rapidez, siendo en todas partes recibido con honores de rey.
En Génova, el Dogo y el senado salieron a su encuentro fuera de las puertas; y fue conducido al palacio de uno de los principales. En medio de inmensa multitud, el cardenal Granvela bendijo el sagrado estandarte y lo entregó, junto con el bastón de mando, en manos del joven capitán general. Felipe vestía terciopelo de colores apagados; pero su hermano, apuesto y amante de la ostentación, se vistió con espléndidas ropas de terciopelo blanco y brocado de oro. Blancos penachos entremezclados con joyas caían de su gorra carmesí entre su cabello rubio.
Tal era la espléndida presencia del Aquiles de España, un Aquiles que, bajo aparente valentía y ardor, ocultaba los vastos designios y el cerebro intrigante de un Ulises. El 25 de agosto llegó a Mesina. Arcos triunfales realzados con plata habían sido erigidos en su honor. La Real, la nave capitana, estaba cubierta de tallas y profusamente dorada. Además, los españoles contaban con ochenta y seis galeras reales; los venecianos tenían ciento seis galeras reales y seis galeazas, enormes cascos que portaban cuarenta piezas de artillería cada uno.
A bordo había ochenta mil personas, de las cuales veintinueve mil eran soldados regulares, veteranos curtidos en las Alpujarras o en campos de batalla franceses e italianos. Antes de zarpar, un obispo italiano concedió indulgencia; y a los soldados, Su Santidad les concedió remisión plena de todos sus pecados. Así preparados, se desplegó el estandarte de la Cruz, se levaron anclas y partieron.
La batalla de Lepanto, la victoria más decisiva que Don Juan había obtenido hasta entonces, se acercaba ya. Los turcos habían estado semanas recorriendo el Adriático, devastando territorios de Venecia. Aldeas incendiadas, alquerías humeantes, iglesias desmanteladas mostraban por dónde habían pasado los saqueadores. No los avistaron hasta que, el 7 de octubre, al amanecer, las galeras de vanguardia se hallaban a la altura de las Curzolaris, grupos de islotes rocosos que guardan la entrada al puerto de Lepanto.
Al principio fue muy dudoso si la escuadra turca estaba allí. Todos los ojos se esforzaban a través de la bruma, hasta que el vigía gritó: '¡Una vela! ¡Una vela!'. Las galeras doblaron una punta rocosa; y allí, con bosque de gallardetes refulgiendo al sol, yacía la flota turca, doscientas cincuenta galeras reales y multitud de embarcaciones menores.
Los ojos de Don Juan chispearon. Bendecido por papas y cardenales, ondeó el estandarte azul de damasco. '¿No sería más prudente retrasar el ataque?', dijeron algunos capitanes timoratos. 'No aprenderé ahora a retroceder', respondió Don Juan con frialdad, ordenando disparar un cañón, señal de batalla. La flota avanzó en frente de tres millas. A la derecha la división genovesa mandada por Andrea Doria; el centro dirigido por él mismo.
Habló a los venecianos de los agravios sufridos, particularmente de la caída de Famagosta. A los españoles les discurrió sobre su alta misión como soldados escogidos de la Cruz, a quienes la derrota era imposible, que debían vencer o morir. Se elevó un poderoso griterío y luego profundo silencio, mientras contemplaban la flota turca avanzando majestuosamente, de cara al viento, que de repente había cambiado, interposición especial del Cielo según Don Juan.
La flota turca estaba dispuesta en forma de media luna, cuyo centro era acaudillado por Alí Pachá. Oró humildemente para que Dios estuviera con Sus elegidos. Las galeazas venecianas habían sido remolcadas delante para interceptar el avance turco; pero aunque hicieron daño, Alí ordenó ensanchar la línea y rebasarlas. Mahomet Siroco envolvió el ala veneciana de Barbarigo, colocándola entre dos fuegos. Aun así, los venecianos lucharon como hombres.
Don Juan, mientras sus lugartenientes se enfrentaban con fortuna dudosa, había conducido el centro gallardamente hacia la victoria. Ordenó que su galera fuese remada directamente contra la del Pachá, conspicua por su talla y dorados, y por el gran estandarte del Profeta ondeando: una lustrosa extensión de verde entretejida con letras y volutas de oro.
Lluvias de flechas volaban. Las cubiertas chorreaban sangre; montones de cadáveres se apilaban. La batalla fluctuaba con suerte variable, mientras a la izquierda el resto de la flota de Barbarigo giraba con valor de desesperación las fortunas del día. Su líder estaba herido, ocho naves hundidas; luchaban sin esperanza, cuando un capuchino alzó un crucifijo gritando: '¡Seguidme!' Embarrancando galeras en la orilla, las dejaron como presa. El grito de triunfo resonó hasta el camarote donde Barbarigo yacía moribundo. 'Gracias a Dios — gimió — mi patria ha triunfado', y murió.
El duelo entre las dos galeras principales continuaba. Espesas nubes de humo se elevaban; los españoles abordaron dos veces la galera del Pachá y dos veces fueron rechazados. Don Juan encabezó a los abordadores en persona y recibió leve herida en el pie. 'No es nada'. Lucharon en confusión, luego depusieron armas. La cubierta estaba cubierta de muertos; de debajo de una pila fue sacado Alí herido pero vivo. 'Mirad abajo; allí hay joyas y dinero suficiente para haceros príncipes'.
Los hombres fueron en busca del tesoro; un galeote se apoderó del jefe, le cortó la cabeza y la llevó a Don Juan. El joven conquistador sintió piedad generosa. '¿Por qué me has traído eso? Arrójalo al mar'. El esclavo colocó el trofeo en una pica y lo levantó en alto, consternación para las galeras turcas. En ese momento el estandarte del profeta fue arriado y el de la Cruz izado; la mayoría se rindieron. Algunas fueron hundidas, otras incendiadas.
En el flanco izquierdo turco, el Dey de Argel, aprovechando la débil línea de Doria, había hundido varias naves y capturado presas, cuando la reserva del Marqués de Santa Cruz cayó sobre él. Viendo que estaba superado y sabiendo las desastrosas noticias del centro y derecha, dio señales de huida, dejando presas a la deriva y desplegando blancas velas como golondrinas.
El Dey logró llevarse más de cuarenta naves desde la desastrosa bahía; sus perseguidores regresaron a Lepanto, donde encontraron al conquistador examinando las presas. Algunas tan dañadas fueron quemadas, otras aseguradas; luego se apresuraron a ganar el puerto de Pétala antes de la noche y tormenta.
El trueno resonaba cuando entraron en rada, tras lograr la mayor victoria naval de la Edad Media. De doscientas cincuenta galeras turcas, sólo cuarenta escaparon. Los confederados perdieron siete mil seiscientos hombres. Se capturó gran botín y más de doce mil esclavos cristianos encadenados a remos fueron liberados, arrojándose a pies de compatriotas, bendiciéndolos por liberarlos.
Entre cautivos más distinguidos estaban dos hijos del comandante turco. Don Juan los trató con generosidad, cediéndoles aposentos de su secretario Juan de Soto y enviando mensajero a Constantinopla para informar que estaban a salvo.
Al poco recibió carta de su hermana suplicando liberase a sus hermanos y aceptase rico presente: ropas de marta y brocado, alfombras, tapices, porcelanas y espadas de Damasco incrustadas de joyas, que no conservó, sino que entregó a sus hermanos, tras inducir al Papa a consentir.
En Pétala se celebró consejo de guerra: se resolvió atacar Santa Maura, pero inspección convenció que asedio sería largo; resolvieron cuartel de invierno y división del botín. La mitad de galeras y cautivos recayó en Felipe.
En Mesina se erigieron arcos, se dispararon salvas, sonaron trompetas, y entre gritos y música y trueno de cañones Don Juan desembarcó; aún no rey, pero recibiendo adulación que pocos monarcas alcanzan. Largas filas de clérigos se mezclaban con multitud; prorrumpieron en Te Deum. La multitud avanzó hacia catedral y, postrándose, dio gracias a Dios.
Desde catedral fue conducido al castillo. Se prepararon suntuosas estancias, gran banquete y la ciudad votó donativo de treinta mil coronas. Este dinero lo gastó no en placeres propios, sino en cuidado de heridos y alivio de sufrimientos. Mostró hacia prisioneros consideración humana rara en aquellos tiempos.
Su primer cuidado había sido enviar noticias de victoria a Felipe. Envió a Lope de Figueroa a España con despachos y con gran estandarte del profeta tomado de galera del Pachá. Cabrera dice que Felipe estaba en vísperas en capilla del Escorial cuando llegaron noticias. Un jerónimo lo miró con avidez; pero el rey no se movió. Con mejilla serena y pálida, continuó devociones; cuando terminaron, ordenó cantar Te Deum.
El comportamiento del anciano Papa fue muy diferente. Cuando le llevaron noticia, prorrumpió en arrebatadas expresiones. Hubo gran iluminación. El legado celebró misa en Santa María, acudieron rey, corte, pueblo y clero, mezclando acciones de gracias. El gran estandarte turco fue colgado en sala del Escorial, donde permaneció hasta 1671, cuando fue consumido por fuego.
El 29 de noviembre Felipe escribió a su hermano carta casi cordial, alabando su valor: 'Soy consciente de que a ti, después de Dios, debo esta victoria, y que debo darte las gracias por ella, como ahora lo hago; y dichoso soy de que haya sido reservado a quien me es tan cercano y tan querido realizar esta gran obra, que te ha granjeado tanta gloria ante ojos de Dios y del mundo entero'.
Los historiadores más cuidadosos consideran que aunque los turcos en esta batalla no sufrieron mayor pérdida que galeras y hombres, fue sin embargo comienzo de su decadencia, y que desde aquel día han ido declinando de forma constante y lenta.
— Fin del Capítulo VI —
CAPÍTULO VII. DON JUAN DE AUSTRIA — DE LA GUERRA DE LAS ALPUJARRAS A LA LIGA SANTA
Este capítulo, omitido en algunas digitalizaciones modernas, narra la conclusión de la campaña de Don Juan de Austria en las Alpujarras y su nombramiento como generalísimo de la Liga Santa.
Tras la sangrienta toma de Galera, cuyos cimientos fueron arados y sembrados de sal, Don Juan marchó a Serón, donde perdió a su ayo Luis Quijada. Libre ya de la tutela de su padre adoptivo, publicó con el consentimiento de Felipe una amnistía para los moriscos que entregasen sus armas en veinte días. Llegó demasiado tarde: la masacre de Galera estaba tan fresca que los moriscos la consideraron una trampa.
La guerra de guerrillas continuó en las montañas, abundante en sorpresas y hazañas de valor individual que se adaptaban al genio del joven caballero. En enero de 1570, don Juan puso sitio a Galera y ordenó que no se perdonara ni un alma viviente. Desde una pequeña eminencia contempló la masacre hasta el final.
Sofocada la rebelión, Felipe II, presionado por el Papa Pío V y por Venecia, nombró a su hermanastro Capitán General de las fuerzas de la Santa Liga, alianza formada por España, Venecia y el Papa contra el sultán turco. El 6 de junio de 1570 partió con gran pompa hacia Mesina, donde debían reunirse noventa galeras españolas y setenta embarcaciones menores.
En Génova, el Dogo y el senado salieron a su encuentro. El cardenal Granvela bendijo el estandarte sagrado y lo entregó junto con el bastón de mando al joven general. Vestido con terciopelo blanco y brocado de oro, con penachos blancos entremezclados con joyas cayendo de su gorra carmesí, Don Juan aparecía como el Aquiles de España.
El 25 de agosto llegó a Mesina. Arcos triunfales realzados con plata habían sido erigidos en su honor. La Real, la nave capitana, estaba cubierta de tallas y profusamente dorada. A bordo había ochenta mil personas, de las cuales veintinueve mil eran soldados veteranos curtidos en las Alpujarras.
Este es el contexto que enlaza directamente con la Batalla de Lepanto narrada en el capítulo siguiente.
— Fin del Capítulo VII —
CAPÍTULO VIII. ANTONIO PÉREZ Y LA PRINCESA DE ÉBOLI
Una de las víctimas más distinguidas de la Inquisición fue Antonio Pérez, el mismo que había figurado de manera tan vil en el asesinato de Escobedo. Este hombre, que fue Ministro y Primer Secretario de Estado de Felipe II, debió su éxito en la vida enteramente a sus propias habilidades y al favor del rey. Era hijo ilegítimo de Gonzalo Pérez, uno de los ministros de Carlos V; y tras ser legitimado por aquel príncipe, fue acogido en la casa de Ruy Gómez, Príncipe de Éboli, el favorito de Felipe II. Aquí sus habilidades pronto lo recomendaron a la atención del rey, a quien llegó a serle primero útil y luego necesario. Apuesto, flexible, astuto, insinuante y experto en acomodarse a los humores y disposiciones de su amo, su carrera podría haber sido tan próspera como la de su primer patrón Ruy Gómez, si no hubiera en mala hora puesto sus ojos en la viuda de aquel noble, Ana de Mendoza, Princesa de Éboli.
Esta mujer, cuya siniestra belleza está asociada a una de las páginas más oscuras de la historia de España, había sido casada con Ruy Gómez, Príncipe de Éboli, a la edad de trece años. Contaba ahora treinta y ocho, viuda, de gran riqueza y extrema belleza, singularmente amada por el rey, y también, por desgracia para él, por el ministro favorito, Antonio Pérez.
Se ha mostrado cómo Pérez engañó y traicionó a Don Juan y a su secretario ante el rey; y como todas las desgracias de Pérez datan de la muerte de Escobedo, es necesario volver a aquella circunstancia y explicar la mortal querella que tuvo lugar entre los dos hombres. Don Juan envió a su secretario, se recordará, a la corte para solicitar su relevo; y el rey, inquieto y receloso, e inclinado a culpar a Escobedo de la ambición de su hermano, convocó al Consejo de Estado y lo condenó secretamente a muerte aun antes de que llegara a Madrid.
La ejecución de esta sentencia fue encomendada a Pérez, quien hasta entonces en el asunto había actuado solo con su habitual sumisión al rey, o más bien a la Corona. Tan pronto como Escobedo llegó a Madrid, todo el estado de cosas tomó la forma sustancial de cargas de mulas con preciosas telas y donaciones de joyas y dinero. Sus parientes, indignados tanto por el expolio del patrimonio familiar como por la vergüenza arrojada sobre el nombre de la familia, apenas podían refrenarse de vindicar su honor lavando el insulto con la sangre del galán. Sus propios criados clamaban contra ella; y este chismorreo, que estaba en boca de todos, no tardó en llegar a Juan de Escobedo.
Como Pérez, él había sido un protegido de Ruy Gómez, un vasallo apegado y fiel, que tenía la memoria y el honor de su difunto amo en reverente afecto. Lo que oyó lo llenó de la más punzante tristeza; y encontrándose por casualidad al secretario saliendo a hurtadillas del palacio de la princesa, se transportó de rabia; y dirigiéndose apresuradamente allá, le echó a la hermosa cortesana un muy franco sermón, rematando su arenga con amenazar con denunciar todo el asunto al rey.
Esta amenaza, de cuya plena y terrible significación era ignorante, llenó a la princesa de consternación y rabia. Estallando en un arrebato de pasión, la hermosa arpía agredió sobre la guarda de su secreto. Nadie podía decir cuánto tiempo permanecería en silencio Escobedo. Había amenazado con decírselo al rey, y era precisamente el tipo de hombre que cumpliría su palabra. Los dos favoritos, detestados como tan a menudo lo son los favoritos de la corte, oían su secreto traicionado en cada palabra envidiosa, en cada mirada burlona a su alrededor.
Sus temores les representaban todo bajo la peor luz. Incluso en la casa de Dios la mujer culpable temblaba de pasión al oír lo que creía una repetición de los reproches de Escobedo, y regresaba a casa para despotricar contra 'ese calumniador de damas nobles', quien, decía, había incitado a los monjes de Santa María a decir cosas desagradables sobre ella en sus sermones.
Pérez entretanto hacía cuanto podía para salvarse a sí mismo y a su compañera de iniquidad. Por lo que a ella respectase, como quiera que fuese, él personalmente, bien lo sabía, no tenía misericordia que esperar. No tenía tropas de parientes ricos, ni fortuna, ni consideración aparte de su cargo: lo debía todo, cuanto tenía y cuanto era, al hombre altivo y vengativo a quien había ofendido. Audaz como era, su corazón se hundía dentro de él cuando contemplaba las leyes vigentes, cuando éstas entraban en colisión con el capricho del rey.
Con vergonzosa facilidad las arrojaron por la borda y, el 24 de mayo, enviaron una orden al alguacil mayor del Santo Oficio, mandándole que tomase los familiares que necesitase y prendiese sin demora al acusado Antonio Pérez. Pero incluso este terrible tribunal, por supremo que fuese, halló más fácil dictar la orden que ejecutarla. El carcelero de la prisión del reino de Aragón se negó a entregar a su preso sin una orden escrita del Justicia Mayor. Al día siguiente, los inquisidores escribieron a este hombre, mandándole, bajo pena de excomunión y multa de mil ducados por resistirse a su voluntad, que entregase al prisionero inmediatamente.
Viendo que el asunto era grave, ni obedeció ni desobedeció, sino que remitió la carta al Justicia Mayor, don Juan de Lanuza. Este dignatario, tras considerable vacilación, firmó la orden de arresto; y Pérez fue conducido sin demora a las prisiones secretas de la Inquisición en un carruaje cerrado, escoltado por una tropa de familiares.
Esto, sin embargo, no fue el final del terrible drama: fue sólo el comienzo. La Inquisición era detestada en Aragón; y Pérez, en el momento de su arresto, envió a sus criados a avisar a muchos viejos amigos suyos que se hallaban en la ciudad, entre otros, al barón de Bárboles, al conde de Aranda y a algunos otros nobles de alto rango y extensa influencia.
En cuanto oyeron la noticia, estos hombres salieron y la proclamaron por las calles. Una inmensa multitud se congregó, y el aire resonó con feroces gritos de '¡Traición! ¡traición! ¡Viva la nación! ¡Viva nuestra libertad! ¡Vivan los Fueros! ¡Muerte a los traidores que quieren esclavizarnos!'
En menos de una hora, una turba armada de más de mil hombres rodeó la casa del marqués de Almenara, el agente más activo del rey en el asunto. Furiosos por la oposición que encontraban, se arrojaron sobre él y lo maltrataron y ultrajaron hasta tal punto que habría sido asesinado allí mismo si algunos caballeros no hubieran cargado contra la turba y lo hubieran arrancado de sus manos. No sabiendo dónde ponerlo a salvo, lo llevaron a la prisión real, donde murió catorce días después a causa de las heridas recibidas.
Habiendo perdido a su víctima, la turba se dirigió entonces al palacio del arzobispo, desahogando su ira en alaridos y chillidos, insultando a su cabeza espiritual de la manera más vil y amenazando con masacrarlo y quemar su castillo sobre su cabeza si no procuraba la liberación del prisionero. El virrey del rey, el obispo de Teruel, fue amenazado de la misma manera; y mientras la multitud se agitaba y se balanceaba en furia ingobernable alrededor de sus respectivos palacios, una división separada de más de tres mil hombres sitiaba el viejo castillo morisco de la Aljafería, donde se hallaban las prisiones de la Inquisición.
Aquel lugar, antiguo palacio de los reyes moros, era una fortaleza extremadamente fuerte. Palancas y almádenas se alzaron en vano contra sus macizos muros y sus fuertes puertas tachonadas de hierro. En vano la multitud gritaba y aullaba y blandía picas y arcabuces: no se lograba ningún efecto, hasta que alguien, con más cerebro y recursos que los demás, gritó: '¡Traed fuego!' No bien dicho que hecho: se amontonaron pilas de materiales combustibles contra las puertas; pero antes de que pudiera aplicarse una tea, los inquisidores capitularon y, constreñidos por el temor a perder la vida y la integridad física, entregaron al cautivo, quien fue llevado a sus antiguas dependencias en la prisión del reino.
Tras haber conseguido sus fines, el populacho se dispersó, dejando a los inquisidores en una condición desagradablemente indefensa. No se atrevieron a arrestar a ninguno de los amotinados; y, sin embargo, no podían someterse fácilmente a esta resistencia exitosa a su autoridad. Para vindicar su poder, propusieron publicar una bula excomulgando a quienes, a su juicio, habían tomado parte dirigente en el disturbio. Esta medida, sin embargo, fue tan vehementemente opuesta por el arzobispo, que permitieron que decayera, contentándose con observar tranquilamente el desarrollo de los acontecimientos.
Los principales adherentes del rey habían huido a Madrid cuando estalló la revuelta, llevando consigo un relato muy negro sobre varios de los primeros nobles del país, a quienes acusaban de haber incitado el tumulto entre el populacho. De esta queja Felipe no hizo caso en aquel momento; pero, ayudado por los inquisidores, concentró todos sus esfuerzos en la tarea de persuadir a la diputación del reino para que consintiera en una suspensión de sus privilegios peculiares en el caso de Pérez.
Fue en vano que Pérez, que era un escritor agudo y vigoroso, se esforzara en combatir estos intentos con panfletos inspirados por la elocuencia de la desesperación. La comisión de jurisconsultos encargada de resolver el asunto se acobardó ante la idea de llevar la cuestión hasta el extremo de una revolución. Prevalecieron las intrigas del rey, del virrey y de los inquisidores; y se decidió en privado que el Santo Oficio reclamaría al prisionero por segunda vez, sin amenazas ni violencia, y que éste sería entregado.
Pérez comprendió entonces que no había seguridad para él excepto en la huida. Gracias a la bondad de un amigo se procuró una lima y trabajó sin cesar en la reja de la ventana de su prisión. Con gran esfuerzo logró atravesarla y sólo esperaba la oscuridad de la noche para intentar su fuga, cuando fue traicionado por Juan de Basante, un falso amigo y pretendido cómplice.
El hombre acosado y perseguido cayó entonces en un estado de apática desesperación. Permaneció acurrucado en un rincón del fuerte y oscuro calabozo al que había sido trasladado, sin habla, inmóvil, rechazando la escasa pitanza de comida que le traían.
El 24 de septiembre se fijó para trasladarlo desde la prisión del reino a las celdas secretas de la Inquisición; y a esta ceremonia fueron invitados a asistir los inquisidores principales, el virrey, el arzobispo, la diputación del reino, el municipio y los gobernadores civil y militar. Todo parecía seguro: la principal nobleza, a quien Felipe había escrito, estaba aparentemente toda ganada; el pueblo estaba ocupado con la vendimia; y, por último y no menos importante, los inquisidores habían reunido una gran tropa de familiares, y el gobernador militar tenía a sus espaldas una banda de tres mil hombres completamente armados.
Parecía desesperado intentar un rescate; y, sin embargo, no sólo se intentó un rescate, sino que se llevó a cabo. Los familiares de la Inquisición estaban ocupados encadenando al prisionero en presencia de los magistrados; el carruaje que debía conducirlo a las mazmorras de la Aljafería estaba esperando; y los soldados estaban apostados a lo largo de la plaza del mercado y de las calles principales, cuando un súbito y furioso embate fue lanzado por un nutrido cuerpo de insurgentes, hábilmente acaudillados por Gil de Mesa.
Rompiendo las líneas militares, derrotaron a la guardia con grandes pérdidas, pusieron en fuga a magistrados e inquisidores y, apoderándose de Pérez, lo llevaron en triunfo, con fuertes gritos de '¡Viva para siempre nuestra libertad! ¡Viva por largo tiempo a los Fueros de Aragón!' Gritando así con tumultuoso celo y algarabía, escoltaron al prisionero hasta la casa del barón de Bárboles. Aquí permaneció unos minutos y luego, montando a caballo, se dirigió con toda celeridad hacia los Pirineos.
En Tauste se detuvo con fines de reconocimiento; y habiendo comprobado que las fronteras estaban estrictamente vigiladas, consideró más seguro regresar a Zaragoza, donde tenía numerosos amigos. Volvió a entrar en la ciudad el 2 de octubre, disfrazado de arriero, y permaneció oculto en la casa del barón de Biescas hasta el 10 de noviembre, cuando circunstancias adversas lo obligaron a abandonar su refugio.
Felipe, entretanto, no había permanecido ocioso. No bien hubo pasado el tumulto, los magistrados, el virrey, el gobernador militar, los inquisidores y la nobleza principal se unieron para enviar una diputación a Madrid, excusándose de toda culpa en la fuga del prisionero. El rey recibió esta diputación con una de sus sonrisas ominosas. Con suaves y enigmáticas frases despidió a los ansiosos aragoneses a sus hogares, y luego despachó un poderoso ejército al mando de don Alonso de Vargas para castigar a la provincia rebelde.
El 10 de noviembre este oficial con sus tropas estaba a la vista de Zaragoza, y Pérez creyó prudente velar por su seguridad mediante la huida. El espía Besante había obtenido algún conocimiento de que se hallaba en la ciudad y había llevado la noticia a la Inquisición. Los inquisidores, valiéndose de esta información, registraron la casa del barón de Bárboles y muchas otras de la nobleza, y entre ellas la del barón de Biescas. El segundo inquisidor instó con mucha vehemencia a este caballero a que revelara el lugar del escondite del exsecretario; pero él declaró que no sabía nada y lo disimuló con tanta naturalidad que se concluyó que realmente ignoraba el paradero del prisionero, mientras que todo el tiempo Pérez se hallaba estrechamente escondido en una hacienda que le pertenecía en Sallent, en los Pirineos.
Desde este lugar escribió, el 18 de noviembre, a Catalina, princesa de Bearne y duquesa de Bar, pidiéndole que intercediera en su favor ante su hermano Enrique IV, para que aquel monarca le concediese asilo en Francia o le permitiera pasar por territorio francés hacia algún otro país donde pudiera vivir con seguridad. Esta carta fue llevada a la princesa por el infatigable Gil de Mesa, y el 24 del mismo mes ella recibió al fugitivo en los estados de su hermano.
Dos días después, los barones de Concas y de Pinilla llegaron con trescientos hombres para prenderlo, pero la princesa se negó a entregarlo; y Felipe, que ya tenía abundancia de guerras entre manos, no se atrevió a obligarla a hacerlo por la fuerza. Dio rienda suelta a su furia arrasando Aragón a sangre y fuego; mientras los inquisidores intentaron en vano lograr que Pérez, que vivía en Pau, se entregase voluntariamente en sus manos. Prometieron que sería bien tratado y absuelto si se entregaba por su propia voluntad; y Pérez, que deseaba ardientemente que su mujer e hijos fuesen puestos en libertad, trató de negociar con ellos y los entretuvo con promesas tan falsas como las suyas, suponiendo vanamente que así procuraría la liberación de aquellos rehenes inocentes.
Durante su estancia en Bearne ofendió mortalmente el orgullo de Felipe con la publicación de dos relatos separados de su vida y sufrimientos. Éstos fueron examinados por los inquisidores, quienes extrajeron de ellos varios cargos nuevos que añadieron al proceso contra él. Luego, de concierto con el rey, olvidaron hasta tal punto su sagrado carácter que ofrecieron vida, cargos y grandes sumas de dinero a cualquier criminal condenado que se comprometiera a asesinar a Pérez o traerlo prisionero a España.
Pérez, sin embargo, parecía tener una vida encantada. En vano Felipe devoraba su alma envidiosa con silenciosa rabia e incitaba a los inquisidores a mayor furia: sólo podían ejercer su despecho sobre su efigie, y ese pobre consuelo procedieron a tomarse. El 15 de febrero de 1592 proclamaron fugitivo al hombre desaparecido y fijaron un edicto en las puertas de la iglesia metropolitana de Zaragoza, emplazándolo a regresar y someterse a su jurisdicción en el plazo de un mes.
De febrero a agosto se ocuparon en cribar pruebas, palpablemente falsas, sobre su pretendida ascendencia judía; y luego, como seguía sin comparecer, lo declararon contumaz y pronunciaron su sentencia. Esta sentencia, que fue dictada el 20 de octubre, declaraba que el acusado Antonio Pérez era un hereje formal, un hugonote convicto y un impenitente obstinado, que debía ser quemado en persona tan pronto como pudiera ser capturado y, entretanto, sufrir ese castigo en efigie, adornándose su imagen con la mitra y el sambenito. Además de esto, sus bienes, que eran muy cuantiosos, fueron confiscados, y sus hijos y nietos condenados a la infamia.
Después de esta sentencia, los inquisidores celebraron un gran auto de fe, en el cual la efigie sin sentido fue consumida, junto con setenta y nueve habitantes de Zaragoza que habían ayudado más o menos en su rescate o fuga, y que expiaron su humanidad con esta horrible muerte.
Cuando esta venganza fútil fue ejecutada contra él, Pérez se hallaba en Inglaterra, festejado por Isabel y su favorito el conde de Leicester. Incluso allí lo persiguió el odio de Felipe: durante su residencia en Londres hubo una conspiración de algunos españoles para asesinarlo; pero no llegó a nada. Cuando regresó a París, los atentados contra su vida fueron renovados por el barón de Pinilla, quien, al ser aprehendido, declaró que había sido enviado a Francia por Felipe con el propósito expreso de matar a Antonio Pérez.
No estaba destinado, sin embargo, que el brillante aventurero muriese de ese modo. En septiembre de 1598 expiró su gran enemigo, el muy católico rey, con su venganza insatisfecha; y el exiliado abrigó alguna débil esperanza de que se le permitiría regresar a España. Podría haberlo hecho, en efecto, pues el imbécil Felipe III no le guardaba enemistad; pero la Inquisición era más implacable. Él había burlado y desafiado sus máximos esfuerzos para apresarlo y castigarlo, y sus jefes no estaban dispuestos a aplacarse.
En París había conocido a Francisco de Sosa, general de los franciscanos y obispo de Canarias. Este hombre le aconsejó regresar a España y entregarse a la Inquisición, ofreciéndose a obtener para él un salvoconducto del inquisidor general y una garantía escrita de que sería puesto en libertad tras un juicio fingido. Era una oferta tentadora, y el pobre exiliado, que añoraba a su mujer y a sus hijos, trató de creerla sincera.
En 1611 escribió a Sosa, diciéndole que estaba dispuesto a partir hacia España tan pronto como llegase el salvoconducto; y al mismo tiempo envió a su fiel esposa una petición en la que exponía sus sufrimientos, la cual ella debía presentar al Consejo Supremo. A esto añadió ella una humilde súplica y memorial de su propia cosecha, y presentó ambas en persona, esforzándose por todos los medios a su alcance en interesar a los jueces en favor de su marido.
Es melancólico tener que registrar que estos afectuosos esfuerzos fueron infructuosos. Pérez murió en el exilio, el 3 de noviembre del mismo año, confortado en la hora de la muerte por la presencia de su amigo de toda la vida Gil de Mesa. Murió, como había vivido, un hombre miserable y decepcionado. Sus veinte años de destierro los había pasado errando de un lugar a otro, en vana búsqueda de un hogar, a menudo sin apenas alimento que comer ni ropa que vestir; sus pensamientos morando con tristeza, no en el viejo amor pecaminoso, sino en la tierna esposa y los inocentes hijos a quienes sus crímenes habían condenado a la pobreza y a una mazmorra.
— Fin del Capítulo VIII —
CAPÍTULO IX. DON CARLOS DE SESO Y LOS PROTESTANTES DE VALLADOLID
Don Carlos de Seso era un hombre de un tipo muy diferente al del astuto, brillante e intrigante aventurero cuya historia ha sido narrada en las páginas precedentes. Pertenecía a una noble familia de Verona, en Italia; su padre, tras la muerte de su esposa, había sido elevado al obispado de Plasencia en aquel país. De Seso mismo era un hombre de mucho saber y de gran capacidad natural, y había pasado su juventud al servicio de Carlos V, con quien era en cierto modo un favorito. Bajo aquel monarca ocupó el cargo de corregidor de Toro, y también lo acompañó más de una vez a Alemania.
Allí la fuente sellada de la verdad había sido reabierta al mundo. Lado a lado con las corruptas supersticiones del antiguo y sensual ritual romano, había surgido una nueva fe, una levadura de viejas ideas, una silenciosa e irresistible revolución de pensamiento y de opinión. Sutil e ingobernable como los vientos libres del cielo, se infiltraba por todas partes y alcanzó incluso en la corte bigota de Carlos al joven noble italiano. Grave, serio y sincero, dotado de mucha cultura intelectual, De Seso quedó al principio impresionado por la grandeza y profundidad de las doctrinas de la Reforma. Allí había alimento para un alma harta hasta el hastío de las cáscaras secas de las leyendas papistas de santos y mártires. Procuró el Testamento griego de Erasmo y lo leyó con sensación de asombro y temor.
Este libro, que era en verdad y en efecto la palabra de Dios, condenaba muchas cosas que le habían enseñado a considerar sagradas. Se levantó una gran lucha en su corazón. ¿Qué debía hacer? ¿Cómo elegir entre la Iglesia y la palabra de Dios? La decisión estaba llena de peligros; y durante algún tiempo el inquiridor, movido por una muy natural prudencia humana, se retrajo de tomarla. Contemporizó, como hicieron muchos otros. Había puntos en su antiguo credo que se esforzaba en retener y fundir con la nueva fe que se había deslizado inadvertida en su alma.
Aun así, indeciso e irresoluto, no olvidó entre dudas y dificultades teológicas que era en su propio corazón y vida donde debía comenzar un cambio salvífico y espiritual. Hasta entonces, como los jóvenes nobles que eran sus compañeros cortesanos, había pasado su vida en una ronda de disipación y diversión, batiendo campos y bosques en el séquito de su amo, quien era apasionadamente aficionado a la caza, y hallando extremo deleite en sus caballos, halcones y perros.
Estas cosas, que habían sido el negocio de su vida, las redujo ahora a su lugar apropiado de fuentes inocentes y de ningún modo absorbentes de relajación, consagrando una parte del tiempo que les había dedicado exclusivamente al estudio y a una consideración serena y desapasionada de las dificultades que lo asediaban.
Por intrépido que fuese, tenía aún tan poca confianza en sí mismo que temía caer en errores; y se sentía constreñido a veces a dar a las Escrituras un sentido que no parecía que tuviesen, para no oponerse a la interpretación de la Iglesia. Durante muchos meses permaneció en esta semioscuridad, deslumbrado por el fulgor de la verdad, anhelando su luz plena y, sin embargo, obligado por el temor a poner un freno a su fe.
Mientras aún estaba al servicio de Carlos, se casó con una dama española de alto rango, doña Isabel de Castilla, hija de don Francisco de Castilla, descendiente de los antiguos reyes de Castilla. Tras su matrimonio, movido por las preferencias de su esposa, se trasladó permanentemente a España y se estableció en Villamediana, cerca de la villa de Logroño, en las cercanías de Valladolid, donde adquirió una propiedad.
Abandonando su vinculación con la corte, vivió allí durante muchos años la vida tranquila y retirada de un hidalgo de campo; pero en lugar de pasar su tiempo en las diversiones frívolas y degradantes tan prevalentes entre la nobleza española de la época, dedicó su ocio a esfuerzos persistentes y discretos para difundir las doctrinas de la Reforma entre sus vecinos ignorantes, supersticiosos y corruptos.
Llorente dice que de él, como de una fuente, emanaron todos aquellos principios heréticos y luteranos que obraron como levadura entre el populacho degenerado y la nobleza de Valladolid, Palencia, Zamora y los municipios pertenecientes y dependientes de estas ciudades. Como la mayoría de los llamados herejes españoles de aquella época, era amigo del arzobispo Carranza; pero, a diferencia del arzobispo, que siguió hasta el final oscilando entre dos opiniones, él no hacía nada a medias. Por el contrario, deseaba ardientemente, si era posible, que toda España conociera las convicciones secretas de su alma. No subía al púlpito, pues no era sacerdote; pero iba de casa en casa, discutiendo, explicando, atacando por todas partes los errores de Roma, pintando los desórdenes del clero con sus verdaderos colores y proclamando entonces el remedio que había hallado para todos estos males en la palabra de Dios.
Grandes multitudes, ansiosas de saber más de las cosas divinas de las que hablaba, acudían a su casa o lo seguían de un lugar a otro. Los sacerdotes se alarmaron por el poder que ejercía sobre sus feligreses, y no mucho tiempo después fue denunciado a la Inquisición como maestro de la nueva herejía.
El cargo de inquisidor mayor estaba ocupado en aquel tiempo por el fiero y vengativo Fernando de Valdés. Este hombre, cuyo corazón duro e inexorable era receptáculo de toda pasión impía, se mostró digno sucesor del fanático Torquemada. Su arrogancia natural se sublevó ante la idea de que cualquier laico presumiera juzgar por sí mismo en materias espirituales. Fue en vano que De Seso, advertido de su peligro, se esforzara con prudencia y cautela por desviar la tormenta que se avecinaba.
Los espías de Valdés estaban por todas partes, y en 1558 fue detenido junto con otros en una redada simultánea de herejes que se llevó a cabo por todo el reino, siendo apresados ochocientos sólo en la ciudad de Sevilla en una noche.
Cuando tuvo lugar el arresto de De Seso, se hallaba en su propia casa de Logroño. Había estado ocupado durante todo el día en sus tareas habituales y se había retirado a descansar con su familia, sin temer nada, cuando a medianoche se oyó un fuerte golpeteo en las puertas y un resplandor de antorchas rodeó la casa. Los familiares de la Inquisición habían venido a apoderarse de su presa. Cualquier resistencia habría sido inútil, y no se intentó ninguna. Don Carlos de Seso, arrancado de su lecho, fue obligado a medio vestir a subir a un carruaje y conducido, mudo de asombro y consternación, a las prisiones secretas de la Inquisición en Valladolid.
En estas mazmorras permaneció hasta el 28 de junio, cuando fue sacado de su prisión ante el tribunal secreto de la Inquisición y allí confrontado con los testigos que habían firmado la requisitoria contra él. Aunque su caso no tenía esperanza, se defendió con resolución y habilidad, confesando sus principios luteranos, pero negándose a incriminar a su amigo el arzobispo Carranza, objetivo que los inquisidores tenían muy presente. Para lograr sus fines, fue interrogado repetidamente sobre conversaciones que había mantenido con Carranza acerca del purgatorio, y también sobre la conveniencia de la confesión; pero nada pudo sacársele que condenase al arzobispo, quien en sus búsquedas de la verdad nunca perdió de vista la prudencia.
Tan pronto como concluyeron los interrogatorios, De Seso fue condenado a muerte como hereje impenitente; pero según la costumbre común de la Inquisición, su sentencia no le fue comunicada hasta el 7 de octubre de 1559, cuando se le informó de que debía sufrir la muerte en el auto de fe que iba a celebrarse al día siguiente.
Al oír su condena, el prisionero pidió papel y tinta; y los inquisidores, imaginando que su fortaleza por fin flaqueaba, ordenaron que se le suministrasen, sin dudar de que era su intención confesar sus errores y hacer así tardía expiación por ellos. En esta anticipación se equivocaron. Lo que De Seso deseaba dejar tras de sí era una confesión, no de error, sino de fe.
En este documento, que fue escrito con estilo vigoroso y lúcido, expuso su creencia en las doctrinas de los reformadores alemanes. Esta nueva fe, decía, y no los dogmas obsoletos y la práctica corrupta de la Iglesia romana, era la religión enseñada en la Biblia. Por su parte, moriría como había vivido, dando intrépido testimonio de la verdad y ofreciéndose humildemente a Dios en memoria de la pasión de Jesucristo. Este memorial, que aún se conserva en los archivos de la Inquisición, llenaba dos pliegos de papel y se distingue por su inusual capacidad y energía.
Durante la noche dos frailes dominicos vinieron a él, y fueron insistentes para que se confesase y se reconciliase con la Iglesia, aun en la undécima hora. Promesas, amenazas, todos los argumentos sofísticos que tan bien sabían emplear: nada se escatimó; pero el mártir se mantuvo resuelto.
Jesucristo, esperanza de los pecadores, Dios manifestado en la carne, está conmigo — dijo — y todo vuestro jactado poder se reduce a la nada. Cómo podría hacer esta gran maldad y pecar contra ese Dios que me ha dicho: “No temáis a los que pueden matar el cuerpo, y después no tienen más que puedan hacer”.
Los frailes, ante estas palabras, lo dejaron y regresaron a los inquisidores quejándose de que era sordo como un áspid y se negaba a oír la verdad. Valdés, sin embargo, no desesperó: sabía cómo la proximidad de la muerte puede hacer temblar al espíritu más firme; y por la mañana, cuando las campanas de las iglesias comenzaban a doblar para la fatal ceremonia, envió de nuevo a los monjes a su víctima.
Lo hallaron ya ataviado con el hábito de infamia, sereno y firme, con un santo valor en su frente demacrada, esperando ocupar su lugar en la procesión de la muerte. Entonces, en el último momento, habiendo fracasado de nuevo en sus esfuerzos, Valdés ideó todavía otra tortura que podría infligir al obstinado hereje: mandó que fuese amordazado. Esto se hizo colocándole en la boca un trozo de madera hendida, que le aplastaba la lengua y, al tiempo que le impedía hablar, le hacía sufrir gran dolor.
Impedido así de proclamar su doctrina, hubo de guardar silencio necesariamente hasta que fue encadenado a la hoguera, cuando se le sacó la mordaza de la boca y se le exhortó por última vez a confesarse. No puedo — respondió con voz fuerte y firme — . Si tuviera tiempo suficiente, os convencería de que estáis perdidos por no seguir mi ejemplo. Apresuraos a encender la leña que ha de consumirme.
Se volvió entonces hacia Felipe, que estaba sentado en una galería revestida de terciopelo, con su hijo Don Carlos a su lado, y dijo indignado: ¿Es así, oh rey, como permites que tus súbditos inocentes sean perseguidos?
Si fuese mi propio hijo — respondió Felipe — yo mismo traería la leña para quemarlo, si fuese un miserable como tú.
El mártir no respondió a estas palabras, destinadas a recibir un cumplimiento terrible mucho después de que él quedase reducido a cenizas; sino que, volviéndose a la muchedumbre, comenzó a declamar en voz alta y solemne contra los errores y crueldades de Roma, continuando hablando hasta que las llamas se alzaron en torno suyo y sellaron con el sello del silencio y de la muerte su valerosa confesión.
Así murió este noble español, preservando su fe en la extremidad de la angustia mortal y rogando con su último aliento que Dios tuviera misericordia de su patria adoptiva, tan feliz de no poder prever los oscuros años de desastre y opresión que aún estaban por venir, en los que la Inquisición, como una encarnación del mal, pisotearía entre sangre la semilla que él había sembrado entre lágrimas.
— Fin del Capítulo IX —
CAPÍTULO X. CONSTANTINO PONCE DE LA FUENTE
En los primeros años de la Reforma, y en aquellos inmediatamente anteriores, la frontera entre lo que constituía la verdadera fe a ojos de la Iglesia Romana y lo que constituía la herejía protestante era muy oscura e indefinida. Por ello, muchos de los sacerdotes católicos romanos más capaces y piadosos recibieron la nueva doctrina bajo las formas del antiguo ritual, y fueron protestantes o luteranos sin ser conscientemente conscientes de ello.
Del formalismo de la jerarquía romana. Estaban dispuestos a que las manos siguieran siendo las manos de Esaú, pero la voz había de ser la voz de Jacob: lo nuevo debía avanzar lado a lado con lo viejo. Dudando, desalentados, trabados por la reverencia y las ilusiones de toda una vida, albergaban la esperanza de que la Iglesia misma llevaría a cabo la regeneración por la que todos los hombres oraban; y esa esperanza les impidió realizar, o incluso desear, un cambio de formas.
Entre estos hombres se contaban el doctor Constantino Ponce de la Fuente y Juan Gil, más conocido como el doctor Egidio — ambos destinados, como él mismo, a volverse odiosos para la Inquisición. Habiendo obtenido el grado de doctor en teología, se hizo profesor en la universidad y pronto se hizo famoso por su saber, piedad y verdadera nobleza de carácter. Como Carranza, estudioso ardiente de la Biblia, insufló una vida nueva, una nueva inspiración, en el material muerto del escolasticismo que prevalecía en la universidad.
En aquel tiempo se habría igualmente escandalizado y sorprendido ante semejante acusación de herejía, e incluso se habría inclinado a disputar su veracidad. Amaba la Biblia y deseaba ver la verdadera piedad sustituida por la bufonada de misas, rosarios y penitencias; pero sentía por los reformadores de Alemania sólo aversión y un inquieto temor. Veía todo lo que amaba y veneraba — sacramentos, ritual, votos — cambiado, modificado y abolido; y retrocedía ante extremos que deseaba considerar innecesarios.
Su elocuencia, su visita a Alemania con acceso al púlpito de la iglesia metropolitana, sus dotes como predicador y escritor, y su fama como teólogo, le recomendaron, poco después de rechazar el cargo de canónigo, a la atención de Carlos V. Aquel sagaz príncipe, en vísperas de una de sus largas ausencias de España, se encontraba tan perturbado y alarmado por la difusión de las opiniones reformadas en Alemania y los Países Bajos, que resolvió llevar en su séquito a teólogos capaces que pudieran predicar y disputar.
Fue nombrado para el Colegio de la Doctrina; y el primer uso que hizo de su poder mostró que su temprana predilección por las Escrituras se había confirmado. Nombró, según Llorente, una cátedra para la exposición y enseñanza de la palabra de Dios, fijó el salario que debía pagarse al lector y se comprometió él mismo a ocuparla. Mientras desempeñaba este cargo, el Cabildo de Canónigos de Sevilla le ofreció el puesto de Magistral, o predicador de la catedral, que aceptó.
Rodeado por los familiares del Santo Oficio. Ante aquel temido nombre, las puertas se abrieron de par en par, cerrojos y barras fueron retirados: los satélites del temido tribunal entraron y dieron a conocer su misión. Constantino los recibió con calma. Naturalmente prudente, se había preparado para la llegada de semejante hora, y no tenía a su lado nada capaz de despertar sospechas o sostener las acusaciones presentadas contra él.
Conducido a las prisiones de la Inquisición, fue colocado en una que, con aire nocivo, impregnado de emanaciones venenosas, su salud pronto comenzó a fallar. Algunos escritores afirman que se le administró un veneno lento; y el carácter sin escrúpulos de Valdés y sus colegas hace que esto no sea improbable. Sin embargo, no es más que una sospecha, sin respaldo de pruebas. Lo cierto es que cayó enfermo, aparentemente de disentería, y que sus sufrimientos fueron tan extremos que sus gemidos se oían a veces en las tranquilas noches.
Entretanto, el Santo Oficio acercándose de nuevo a la casa, concibió que aquel secreto tesoro escondido se había hecho conocido; y temblando por su propia seguridad, se apresuró a adelantarse con la primera palabra de confesión. 'Señor Alguacil', estalló casi antes de que el temido oficial hubiera cruzado el umbral, 'supongo que viene usted por las cosas depositadas en casa de mi madre. Si me promete que no seré castigado por no haber dado cuenta de ellas, le mostraré...'
Había sido causada por la traición de un criado avaro, que presentó una denuncia contra ellos, esperando obtener el beneficio de una perniciosa ley de Fernando V, que asignaba la cuarta parte de los bienes de una persona condenada por la Inquisición al delator. Mientras tanto, el alguacil se había apresurado a volver a la Inquisición con su botín, el cual contenía pruebas más que suficientes para condenar al elocuente y sospechoso Canónigo Magistral: sus libros luteranos descubiertos.
Como Carranza, Constantino publicó un catecismo, del cual sólo la primera parte se imprimió cuando fue aprehendido. Fue también autor de muchas obras, que fueron muy populares y de las que hablan en los más altos términos de elogio sus contemporáneos: una de ellas, su Tratado de la Doctrina Cristiana, fue traducida al italiano. Del resto, las siguientes fueron incluidas en el índice, o lista de libros proscritos, por don Fernando de Valdés, el Inquisidor General, en materia de fe y doctrina, y negándose a violar sus conciencias a instancias de sus tiranos.
Alentada por el rey, la persecución aumentaba cada día. Las prisiones estaban llenas; los autos de fe se multiplicaban; y la Reforma en España fue por fin sofocada en la sangre de sus víctimas. Los familiares de la Inquisición vagaban por el país, cazando como chacales la presa para sus amos. Ningún hogar estaba a salvo de ellos.
— Fin del Capítulo X —
CAPÍTULO XI. EL DOCTOR AGUSTÍN CAZALLA
De todas las barbaridades justamente imputables a la Inquisición española, ninguna fue más horrible que las ejercidas contra los judíos y sus descendientes. Después de su expulsión de España en 1492, muchos de la proscrita raza regresaron, particularmente a Aragón, donde habían poseído grandes riquezas e influencia, y se habían casado con muchas de las familias de la principal nobleza. Estos hombres, que fueron bautizados, eran conocidos como cristianos nuevos y conversos, y vivieron bajo sospecha perpetua.
Era tan desdichado como para vestir mejor lino y ropa en el sábado judío que los que llevaba los demás días de la semana, si comía carne sacrificada según el rito judío, si bebía de un vino particular, si daba a su hijo un nombre hebreo, si moría con el rostro vuelto hacia la pared, si permitía que el cuerpo muerto de alguno de sus parientes fuese lavado con agua caliente, si guardaba luto por la muerte de algún amigo a la manera de su raza, si comía pescado y aceite de oliva, todo ello era indicio suficiente para el Santo Oficio.
Encontraron el mundo entero tan perverso, que permanecieron en España; y doblando sus cuellos al pesado yugo de la Inquisición, lograron prosperar bajo él, y compraron y vendieron y obtuvieron ganancias, y sufrieron con el paciente heroísmo de su infortunada raza.
El doctor Agustín Cazalla, de cuya vida y martirio trata este capítulo, no pertenecía a esa raza perseguida, sino a una de las familias más ilustres de Castilla. Su madre, Doña Leonor de Vivero, era hija de una casa noble. Su padre, Pedro de Cazalla, había sido contador del rey. La familia entera fue tocada por el espíritu de la Reforma.
Cazalla tuvo al famoso Carranza como confesor; y más tarde sus estudios fueron perseguidos en la Universidad de Alcalá de Henares, donde permaneció hasta 1536. Cuando dejó aquella famosa sede del saber español, fue a Salamanca; y habiendo mostrado una especial aptitud para la predicación, fue elegido canónigo de aquella ciudad y predicador de una de las principales iglesias de la población. Como Constantino Ponce de la Fuente, don Carlos de Seso y muchos otros, había acompañado a Carlos V a Alemania y allí había conocido la doctrina luterana.
A su regreso a España no deseaba instituir un catolicismo purificado y regenerado, no una Iglesia nueva, como su amigo Carranza: deseaba instituir un catolicismo purificado y regenerado. Deseaba conservar el ritual romano, adorando a Dios en el secreto de su espíritu y rechazando privadamente lo que le parecía malo en el viejo sistema. Naturalmente opuesto a los extremos, se esforzó con mansa asiduidad en corregir humildemente los desórdenes a su alrededor, y fue rechazado con desdén.
Su objetivo era crear a su alrededor un modelo en miniatura de la Iglesia primitiva; y las armas en las que confiaba no eran la elocuencia ni la erudición humanas, aunque poseía mucho de ambas, sino la palabra de Dios. Se le presentó bajo un aspecto nuevo: ya no era meramente un libro erudito; era la voz de Cristo, hablándole con todo el fervor patético y el afecto con que siglos antes Él había hablado a sus discípulos.
Los detalles de esta acusación los negó cuando le fue leída; y esta negación la repitió después, cuando las pruebas fueron publicadas y puestas en sus manos. Viendo que persistía en esta declaración, el fiscal, de la manera acostumbrada, lo declaró culpable de ocultación y falsedad, y demandó que se le aplicase el tormento, como impenitente y obstinado.
En consecuencia, el 4 de marzo fue conducido a la cámara de tormento; y uno de ellos, en angustia, dejó caer algunas palabras que fueron interpretadas como una retractación. También algunas, frases murmuró en voz alta sobre su amigo. 'Carranza — dijo — siempre me había parecido luterano; y muchos de sus penitentes me habían dicho que habían sido instruidos por el arzobispo en la fe luterana'.
Al día siguiente se retractó de estas declaraciones, que, dijo, le habían sido arrancadas por la flaqueza humana y la extremidad del sufrimiento al que había sido sometido, añadiendo: 'He enseñado y explicado las Escrituras, pero no las doctrinas de Lutero, ni de ningún otro hombre; y que digo la verdad al afirmar esto pueden confirmarlo muchos ante cuyos ojos he vivido estos tres últimos años en Salamanca'.
'Si esa es tu resolución — dijo el hermano Antonio —, debes prepararte para morir en el auto de fe de mañana'. 'Es muy repentino — respondió Cazalla —; ¿no puede haber demora, conmutación de la pena? ¿No se me permite apelar al rey?'. 'Tal apelación sería inútil — dijo el monje —; sin embargo, hay un modo por el que podrías escapar de la muerte. Si confiesas lo que hasta ahora has ocultado, tengo autorización para decirte que se te concederá una misericordia inmerecida'. 'Me es imposible hacer eso — replicó Cazalla sin vacilar — . Debo prepararme a morir en la gracia de Dios; pues no es concebible que pueda añadir nada a lo que ya he dicho, a menos que mienta'.
El monje lo dejó entonces, y Cazalla se dispuso a prepararse para la muerte. Pasó la mayor parte de la noche en oración, confesando sus pecados; y como no había rechazado ninguna parte del ritual romano, no rehusó en la mañana de su muerte recibir la absolución de su visitante monacal del día anterior. Hacia las nueve en punto partió la triste procesión, entre repique de campanas y son de trompetas, caminando a su lado Antonio de la Carrera. Cuando llegó al Quemadero, o lugar de la quema, Cazalla pidió permiso para decir unas palabras a sus compañeros de sufrimiento; pero incluso esa ligera gracia le fue negada.
Fue entonces degradado públicamente del sacerdocio: le quitaron las vestiduras y le rasparon ligeramente los dedos, como para privarle del poder de consagrar, bendecir y ofrecer el sacrificio de la hostia, que le había sido conferido por la imposición de manos. Después de esta ceremonia, que habría sido ridícula de no haber sido el preludio de una tragedia tan espantosa, fue atado a la estaca, atendido todavía con asiduidad por el fraile Carrera, quien quedó tan afectado por lo que vio y oyó que declaró desde entonces que estaba seguro de que el doctor Cazalla era un hombre piadoso y estaba en el cielo.
Se prendió fuego entonces a la pira, pero antes de que las llamas pudieran alcanzar al reo fue estrangulado por orden de los inquisidores. Dos miembros de su familia perecieron en el mismo auto de fe, condenados por las mismas convicciones protestantes: su hermano Francisco de Vibero, cura de Horningos, en la diócesis de Palencia, y su hermana Beatriz. Otra hermana, Constanza, viuda de Don Hernando Ortiz, y un hermano, Juan, con su esposa Juana de Ribera, fueron también condenados por la Inquisición a prisión perpetua, a la confiscación de todos sus bienes y a llevar el infame sambenito de por vida.
Agustín, en el cadalso, hizo un llamamiento a la Princesa Juana, la regente, que estaba presente entre los espectadores con su sobrino Don Carlos, y le suplicó que tuviera compasión de su hermana Constanza. 'Princesa — dijo con patetismo —, suplico a Vuestra Alteza que tenga compasión de esa desdichada mujer, que dejará trece huérfanos'.
No contentos con la ruina de esta infeliz familia, los inquisidores persiguieron también con su venganza a varios de sus criados, e hicieron desenterrar y quemar los huesos de la madre, Doña Leonor de Vivero, que había muerto como buena católica, alegando que también ella había muerto hereje, aunque recibió los sacramentos al morir. Su casa de Valladolid fue poco después arrasada hasta los cimientos; y para impedir que fuese reconstruida, se erigió en el lugar una columna con una inscripción que recogía su supuesto crimen. Además de esta venganza póstuma, sus bienes fueron confiscados y su memoria y la de sus descendientes condenadas a infamia perpetua. El pilar que recordaba el crimen de Leonor de Cazalla seguía en pie, monumento de la injusticia e inhumanidad de la Inquisición, a principios del presente siglo, pero fue destruido durante la ocupación francesa del país en las guerras del primer Napoleón.
— Fin del Capítulo XI —
CAPÍTULO XII. MELCHOR HERNÁNDEZ, MARÍA DE BOHORQUES Y LOS ÚLTIMOS MÁRTIRES
En 1563 vivía en Toledo un mercader muy rico de origen judío, llamado Melchor Hernández. Hombre emprendedor y enérgico, obligado exteriormente a conformarse al ritual romano, su verdadero dios era el dinero; y su adoración de Mammón tuvo tanto éxito que su inmensa riqueza atrajo por fin las miradas de los inquisidores, que tenían un olfato muy fino para ese tipo de presa. Las leyes de la Inquisición hacían en todo momento fácil fabricar una acusación de herejía contra un cristiano nuevo, y el infortunado Rothschild de la época fue acusado ante la Inquisición de Murcia de haber recaído en el judaísmo.
Se consiguió que siete testigos juraran sobre siete circunstancias insignificantes, que fueron magnificadas hasta convertirlas en graves cargos. Los familiares de la Inquisición se abalanzaron sobre su presa y, en un instante, el pobre Melchor Hernández se vio trasladado de su escritorio y sus conocimientos de embarque a un calabozo oscuro, húmedo y fétido, para meditar sobre el deplorable cambio que se había producido en su situación.
Sin un principio religioso fuerte que lo sostuviera, casi sorprende que no enloqueciera de desesperación; pero conservó la razón y, además, una resolución muy firme y no poco natural de preservar su vida y su hacienda si le era posible, aunque fuese mediante falsedad y fraude, si comprobaba que la verdad no serviría a su propósito.
El 5 de junio de 1564 fue llevado ante el tribunal y acusado de haber frecuentado y sostenido una sinagoga judía clandestina en Murcia entre los años 1551 y 1557, cuando fue descubierta la reunión ilícita. También se le acusó de haber hablado y actuado en varias ocasiones de modo que probaba su apostasía. Posteriormente comparecieron dos testigos adicionales; y habiendo el acusado negado persistentemente todos los cargos, las deposiciones de los nueve declarantes le fueron entregadas por escrito; y fue amonestado a considerar el bien de su alma inmortal y a salvarla mediante una confesión plena y libre.
El pobre Melchor, cuya principal preocupación era el bien de su cuerpo y hacienda, no podía por ninguna persuasión ser llevado a ver la utilidad de la confesión. Persistió en su negativa y, por consejo de su abogado, atacó la prueba testifical y mostró que, en justicia, no podía ser admitida, contradiciéndose todos ellos entre sí, y siendo algunos de sobra conocidos como sus enemigos encarnizados: hombres que le debían dinero y que codiciaban la cuarta parte de su hacienda, que les correspondería como informantes si era condenado. En apoyo de esto, y en su propia defensa, presentó un memorial tan vigoroso y contundente que los inquisidores se vieron obligados a admitirlo, aunque después, en una fase posterior del juicio, fingieron que había fracasado por completo en refutar los cargos contra él. Entonces se presentó un nuevo testigo; pero antes de que pudiera ser oído, Melchor fue acometido de lo que a todas luces pareció una enfermedad peligrosa. Declaró que se moría y, como devoto católico romano, pidió un confesor y el consuelo de los sacramentos de la Iglesia.
El 25 de enero de 1565 se le envió un confesor, que lo encontró aparentemente a punto de morir. A este monje le hizo una declaración muy cristiana y edificante, y recibió los sacramentos, pero no murió. Por el contrario, dos días después, el 27, se sintió mucho más fuerte y pidió audiencia con los inquisidores. Dos de ellos acudieron a él; y después de lamentar su mala memoria, les dijo que tenía una especie de vago recuerdo de haber estado en una casa de Murcia en 1553. Había varias personas reunidas en ella, no sabría decir con qué objeto; y hubo cierta conversación sobre la ley de Moisés, en la que él, sin embargo, no tomó parte.
Cuatro días después solicitó otra entrevista, en la que declaró que ahora recordaba plenamente el suceso, y que todo lo que entonces se había dicho sobre la ley de Moisés se había dicho en broma. Poco tiempo después volvió a pedir ver a los inquisidores y presentó otra declaración, que dijo era la verdad. No había oído, afirmó, una palabra de lo que se dijo en la reunión en la que estuvo en 1553; sino que había fingido haberlo hecho porque ciertos testigos habían depuesto falsamente en ese sentido.
Entonces se presentó contra él un nuevo cargo. Otro prisionero había sido colocado en su celda durante su enfermedad, con el propósito de atenderle; y este hombre depuso que le había propuesto un plan de fuga y había tratado de inducirle a connivencia. A partir de este cargo se redactó un nuevo auto de acusación que fue leído a Melchor, quien lo negó rotundamente, declarando que era falso en todos sus extremos. Fue entonces visitado por el inquisidor Don Martín de Coscojales, quien lo examinó con rigor y trató de forzarle a confesar. Fue llevado entonces por segunda vez ante el tribunal; y su abogado pronunció un largo y hábil discurso en su defensa, que, sin embargo, de nada le valió. Viendo que se aferraba obstinadamente a esta defensa, Don Martín ordenó que el 24 de septiembre fuese sacado de su celda y expuesto al tormento de la garrucha. Le ataron los brazos a la espalda, le colocaron un peso en los pies, y fue izado hasta el techo de la cámara de tortura y arrojado violentamente contra el suelo, hasta que cada articulación de su cuerpo fue retorcida y dislocada; pero, aunque sufría una angustia extrema, tuvo suficiente firmeza para soportar el dolor sin hablar.
El inquisidor declaró entonces que el tormento había comenzado, pero no terminado, y mandó que cesase por el momento; y el hombre desmayado y medio muerto fue devuelto a su celda. El 18 de octubre se pronunció su sentencia. Fue declarado hereje judío obstinado, culpable de falsedad y ocultación en su confesión judicial. A causa de esta conducta fue condenado a muerte, como pertinaz e impenitente; pero sus jueces aún no habían terminado con él.
Aunque su condena estaba definitivamente fijada, los inquisidores seguían ansiosos por hacerle acusarse a sí mismo, y en consecuencia no le dejaron descansar. El auto de fe en que debía sufrir fue fijado para el 9 de diciembre de 1565, y el 7 vinieron a él y le instaron a decir la verdad. 'He dicho la verdad — respondió —; he confesado todo lo que sé, que es nada'.
Cuando recibieron esta respuesta, lo dejaron con ira; y después de que se fueron, parece habérsele ocurrido la idea de que podría obtener al menos un respiro repitiendo su anterior confesión falsa. En consecuencia, el 8 de diciembre, cuando el familiar vino y le dijo que se preparase para morir al día siguiente, pidió audiencia. Le fue concedida; y declaró entonces que había estado presente en más de una reunión ilícita en 1553, y que había oído a ciertas personas sospechosas para la Inquisición hablar de la ley de Moisés.
Antes del amanecer del 9, el fatal sambenito fue traído a su celda, y se le ordenó vestirse con él. Percibiendo que su confesión no era bastante amplia para salvarle, pidió otra audiencia. Nombró a muchos hombres de gran riqueza, que habían formado parte de la asamblea. También dio los nombres de doce otros. Algunos minutos después, al ver que la procesión se formaba, y que el sambenito no le había sido quitado, fingió que había recordado circunstancias nuevas, y dio los nombres de otros tres cómplices.
El pobre hombre estaba evidentemente dispuesto a confesar cualquier cosa; y los inquisidores, habiéndolo llevado al punto que deseaban, tuvieron al fin piedad de él, hasta el punto de concederle un respiro. Decretaron que no compareciese en el auto de fe de aquel día, y reservaron para futura consideración la decisión definitiva de su caso. El 14 de diciembre fue llevado de nuevo ante ellos, y confirmó todo lo que había declarado el día 9. El 18 del mismo mes pidió otra audiencia; y cuando le fue concedida, afirmó que creía en la ley de Moisés o, en otras palabras, admitió que su creencia religiosa era todavía la de un judío. La temeridad de esta confesión parece haberle asustado al fin; pues el 29 de junio de 1566 confesó que lo que había dicho era en parte falso. El 6 de mayo siguiente se convocó una reunión especial del tribunal para decidir si debía ejecutarse o no la sentencia de muerte pronunciada contra Melchor. Dos consultores votaron por la muerte; mientras que los inquisidores, el ordinario y los demás consultores se pusieron por una vez del lado de la misericordia, y consideraron que la amplia confesión de Melchor le hacía merecedor de la reconciliación con la Iglesia. Se le concedió acta de reconciliación, pero se le mantuvo todavía en prisión.
De este modo pasaron los meses de verano, y llegó de nuevo octubre — el tercer octubre lúgubre que había pasado en prisión — ; y en un arrebato de rabia y desesperación, pidió audiencia, en la que invectivó amargamente contra el inquisidor Don Jerónimo Manríquez. 'Don Jerónimo — dijo — me ha perseguido y torturado'. El fiscal atacó al preso en un discurso muy virulento, denunciándolo como falso penitente, declarando que no había mostrado señal de verdadero arrepentimiento; que no podría, de ser puesto en libertad, dejar de seducir a muchos hacia la herejía; y por tanto, suplicó que se ejecutara la sentencia pronunciada contra él el 8 de octubre.
El 9 de mayo de 1568 el Consejo Supremo pronunció sentencia definitiva. De los cinco jueces, tres votaron por la muerte, y dos por la reconciliación. Al día siguiente se pronunció sentencia final de muerte; y el tribunal de Murcia recibió órdenes de velar por su ejecución el 8 de junio.
Ved al desdichado hombre, entonces, exactamente en la misma extremidad en que había estado tres años antes. Seguía ignorante de su destino; y decididos a extraerle toda información posible, los inquisidores hicieron que lo llevaran ante ellos los días 5, 6 y 7 de junio, y le exhortaron a hacer confesión plena de cómplices. Melchor no sabía que iba a morir al día siguiente; y faltándole ese acicate, respondió que no tenía nada más que decir.
A la mañana siguiente, tan pronto como se le puso el hábito fatal de los condenados, gritó que tenía una confesión que hacer. Declaró que otra casa en una calle diferente también era usada como sinagoga judía, y nombró a siete personas. Además, escribió una lista de siete sinagogas y denunció a catorce personas. También nombró otra casa habitada por herejes judíos. Todo esto, sin embargo, no lo salvó.
La procesión partió, y marchó entre ellos con el fatal sambenito al lugar de la ejecución. Allí, en el mismo acto de ser atado a la estaca, pidió otra audiencia, en la que nombró otras dos casas usadas como sinagogas y denunció a otras doce personas como herejes judíos. Se le informó que esta confesión era todavía manifiestamente incompleta, e insuficiente para evitar sentencia; ante lo cual dijo con abatimiento que trataría de recordar.
¡Un cobarde lastimoso, señores míos! Sí, un cobarde muy lastimoso y rastrero; pero ¿cuántos de nosotros seríamos más valientes, atormentados y torturados, debilitados por años de reclusión solitaria, y con la perspectiva de ser asados gradualmente hasta la muerte en un fuego lento?
Mientras el fiscal leía los cargos, la imaginación de Melchor no descansaba. Pocos minutos después de recibir la indicación de que sus revelaciones eran insuficientes, anunció que había recordado los nombres de otros siete individuos. Justo antes de que se prendiera fuego a las piras, dijo que deseaba hacer una tercera confesión. En ella nombró otras dos casas usadas como sinagogas, y a seis personas. Esto le procuró el objeto que tenía en vista: fue nuevamente indultado de la muerte a última hora.
El 12 de junio se le pidió que ratificara esta confesión, lo cual hizo; pero cuando fue apremiado a descubrir a sus otros cómplices, respondió que en ese momento no recordaba los nombres de otros. El 13 de junio, con remordimiento consciente de haber acusado a muchos hombres inocentes, intentó salvar a uno de sus amigos particulares alegando que había cometido un error al nombrarle.
Don Jerónimo Manríquez, entretanto, conservaba aún resentido recuerdo de los cumplidos que el infeliz acusado le había dedicado; e instruido por él, el fiscal exigió de nuevo que la sentencia de muerte fuese ejecutada contra el prisionero, alegando que él mismo había sido culpable de ocultación.
Melchor, sospechando con razón que su muerte estaba de nuevo decidida, pidió otra audiencia; y cuando la obtuvo, se esforzó desesperadamente por despertar la compasión de sus jueces. '¿Qué más podía hacer? — exclamó patéticamente — ; me torturasteis cuando dije la verdad, y en defensa propia di falso testimonio, miserable de mí. Sabed con certeza que nunca he sido convocado a ninguna asamblea, y que nunca he asistido a ninguna, excepto con fines de comercio lícito'.
Durante los meses de julio, agosto y septiembre, el condenado fue citado a quince audiencias de interrogatorio. Fue halagado, intimidado, torturado; pero todo fue en vano: sus respuestas fueron invariablemente las mismas. El 16 de octubre apareció un nuevo testigo contra él, y otro el 30. Melchor, sin embargo, negó las declaraciones de ambos, y con inusitado brío redactó una defensa y pidió que también se escucharan testigos a su favor. Podía presentar hombres para probar que estaba en Toledo, y no en Murcia. Los inquisidores, con gran injusticia y crueldad, no permitieron que llamase a sus testigos; ni quisieron leer su memorial.
El 20 de marzo el infortunado fue condenado a muerte por tercera vez. Había, sin embargo, aprendido demasiado de sus lecciones anteriores para correr peligro de sufrirla. Regresó de este tercer auto de fe como había regresado de los dos anteriores, habiendo obtenido de nuevo un indulto mediante acusaciones indiscriminadas contra cualquiera.
Una vez devuelto a su celda, la farsa repetida tantas veces se representó de nuevo. Pidió audiencias y las obtuvo; y en cinco entrevistas que tuvo con sus jueces se ennegreció sin miramientos y denunció a sus conciudadanos sin reparo. Sus revelaciones, sin embargo, no fueron consideradas suficientes. Se le reprochó haber ocultado los nombres de varias personas eminentes y distinguidas.
Esta desvergonzada insinuación agotó su paciencia: fue la gota que colmó el vaso. El desdichado prisionero pasó de golpe de las profundidades de la humildad rastrera a las alturas del resentimiento indignado. '¡Ladrones, asesinos! — gritó a sus estupefactos jueces — ; ¡apartaos de mí, dejadme en paz, no me tentéis más a vender mi alma, ya manchada con sangre inocente, malbaratada en vano por vuestro favor. ¿Qué podéis hacerme? ¿Quemarme? Pues bien, que así sea; no puedo confesar lo que no sé. Sin embargo, tened esto por seguro: todo lo que he dicho de mí mismo es perfectamente cierto; pero lo que he dicho de otros es completamente falso. Solo lo he inventado para salvar mi vida, y porque percibí que deseabais que denunciara a personas inocentes; y no conociendo los nombres y calidad de esos infortunados, nombré a todos en quienes pude pensar, con la esperanza de poner fin a mi miseria. Ahora percibo claramente que mi situación no admite alivio, y por tanto revoco todas mis declaraciones; y ahora que he aliviado mi conciencia y cumplido con este deber, podéis quemarme tan pronto como queráis'.
Así habló el miserable acorralado e irritado. Inspirado por el valor intermitente y efímero de la rabia y la desesperación, se volvió contra los hombres que tanto tiempo lo habían pisoteado en nombre de la religión y los desafió a hacer lo peor. No tomaron, sin embargo, como cabría esperar, su palabra de inmediato. Enviaron un informe del juicio de nuevo al Consejo Supremo, y este cuerpo confirmó la sentencia de muerte por tercera vez.
Los inquisidores de Murcia fueron, sin embargo, demasiado sabios en su propia presunción para someterse a este juicio: se guardaron la reprimenda en el bolsillo y luego con mucha ecuanimidad siguieron su propio camino. Aún quedaban demasiados judíos ricos en Murcia como para poder permitirse perder al prisionero, cuyas acusaciones eran una perfecta mina de riqueza para ellos. El 31 de mayo de 1570, pocas semanas después de recibir la opinión del Consejo Supremo, convocaron de nuevo a Melchor ante ellos y le preguntaron si no tenía nada más que comunicar. A esta pregunta dio una respuesta breve y decidida en sentido negativo; y encolerizados por lo que llamaron su contumacia, trataron con todo su empeño de reavivar los terrores que habían encontrado tan provechosos.
'Os rogamos — dijeron — que recordéis qué discrepancia hay en vuestras declaraciones, y cuán llenas están de contradicciones. Es absolutamente necesario para el bien de vuestra alma que hagáis una confesión plena de la verdad que aún no has hecho, tanto en lo que te concierne a ti mismo como a las personas culpables que conoces. Si no quieres hablar, podría ser necesario, por tu propio bien, obligarte a hacerlo'.
Estas palabras estaban muy astutamente formuladas: contenían una insinuación clara de lo que se deseaba y una amenaza nada velada. Pero Melchor había tenido ya suficiente experiencia de los inquisidores como para resistir la trampa; y en lugar de intentar complacerlos, respondió con firmeza que, si deseaban saber la verdad, la encontrarían en la deposición que había hecho algún tiempo atrás en presencia del inquisidor Ayora.
Con toda prisa se mandó traer y se abrió aquella deposición; y entonces se comprobó que el acusado había declarado solemnemente en ella que no sabía absolutamente nada del asunto sobre el que se le interrogaba, y que los cargos contra él eran falsos.
El 6 de junio de 1570, se informó a Melchor Hernández, según la costumbre de la Inquisición, de que debía prepararse para morir al día siguiente. Fue revestido por tercera vez con el sambenito que llevaban los condenados a las llamas, y se le envió un confesor. De nuevo, como antes, pidió audiencia; y a las dos de la madrugada uno de los inquisidores acudió a él, esperando sin duda ver una repetición de los antiguos y débiles temores; pero Melchor, por fin, estaba fuerte.
Un secretario asistía para tomar nota de las revelaciones del prisionero; pero fueron muy diferentes de cualquiera que antes hubiera hecho. 'Debo morir — dijo con patetismo —, inocente como soy; pero deseo primero declarar que, hallándome a punto de comparecer ante el tribunal de Dios Todopoderoso y no teniendo esperanza, he cometido pecado al denunciar falsamente a aquellos a quienes he denunciado, para que no sufran ni en su honra ni en su reputación por mi error. Estoy intentando liberar mi conciencia del pecado de mis antiguas falsedades. De nuevo afirmo solemnemente ante Dios, que sabe que estoy diciendo la verdad, que todas mis declaraciones anteriores fueron falsas'.
Durante esta conversación, la fría y gris luz de la mañana se había ido colando por las rejas de hierro de la ventana en la miserable celda; y cuando Melchor dejó de hablar, se oyeron pasos que se apresuraban por el corredor de piedra del exterior, y la pesada puerta se abrió. Tal fue el miserable fin de este acaudalado comerciante judío, que había actuado exteriormente, desde su infancia, como un católico sincero, y cuyo único delito fue el éxito mundano que había llenado sus arcas y lo había convertido en una presa demasiado tentadora para que la codicia de los inquisidores pudiera resistirla.
La narración precedente puede considerarse como un ejemplo notable de la manera cruel e injustificable en que la Inquisición trató a los judíos; pero un caso aún más inicuo se encuentra en el caso de María de Borgoña. Esta anciana señora — tenía ochenta y cinco años cuando los inquisidores la atraparon por primera vez — había nacido en Zaragoza, de una rica y respetable familia judía. Siguiendo la costumbre de su raza, se casó con un judío rico, natural de Borgoña, de quien adquirió el nombre de María de Borgoña. Su vida matrimonial transcurrió en Murcia, donde su marido murió dejándole una gran cantidad de bienes.
Uno de sus esclavos fue capturado por la Inquisición bajo algún cargo insignificante, y habiendo sido torturado sin piedad con el propósito de hacerle implicar a su ama, declaró por fin que cierta persona, cuyo nombre había olvidado, le había preguntado si era cristiano o judío; y cuando él respondió que era judío, su ama había dicho: 'Tienes razón; porque estos cristianos que nos rodean no tienen ni fe ni ley'. Una vez obtenido lo que querían, los inquisidores condenaron entonces a muerte a aquel traidor doméstico involuntario; y después de haberlo reducido a cenizas en el auto de fe de 1552, procedieron a actuar sobre la base de la información que habían recibido.
Pocas semanas después de su muerte, la desdichada María fue arrancada de su confortable hogar; y sin siquiera poder obtener respuesta a su pregunta natural de qué había hecho para merecer semejante trato, fue arrojada a un calabozo húmedo y malsano, donde languideció durante cinco años. Sus caridades eran tan grandes, que no se pudo encontrar ni un solo testigo falso que respaldara la deposición arrancada con dolor al desdichado esclavo. La venerable dama se hallaba en la situación de quien no tiene enemigos; y los inquisidores, habiendo buscado en vano durante cinco años pruebas que apoyaran su resolución, resolvieron por último que fuera torturada.
Una tarde, al anochecer, el inquisidor Cano fue a la celda de la desdichada dama, que contaba entonces noventa años de edad; varios familiares lo acompañaban, y por orden suya la prisionera fue sacada de su lecho y conducida a la 'cámara de tormento'. Allí fue colocada por los hombros en el caballete o potro, y sus brazos y piernas fueron atados con cuerdas de cáñamo — habiendo sido dado, por orden de Cano, quien decretó que la tortura debía ser lo que él consideraba un tormento moderado, un número de vueltas menor que el habitual — fue llevada toda magullada y destrozada a su celda.
Allí, despojada de toda comodidad que su avanzada edad requería, con las heridas sin vendar, incapaz de arrastrarse hasta el agua que habría saciado su sed moribunda, su angustia durante días fue indescriptible, hasta que Dios, más misericordioso que el hombre, se apiadó al fin de ella y envió la muerte para liberarla de sus sufrimientos. Aproximadamente una semana después de la brutal administración por parte del inquisidor de su llamado tormento moderado, murió, otra víctima inocente de este odioso tribunal de asesinato y rapiña al por mayor.
Habiendo matado, los inquisidores procedieron inmediatamente a dar los pasos necesarios para tomar posesión de su botín comprado con sangre. Aprovechando algunas expresiones que la agonía del tormento había arrancado a María, declararon que había muerto como una herética judía obstinada e impenitente; y como tal, sus bienes fueron confiscados para uso de la Inquisición.
— Fin del Capítulo XII —
CAPÍTULO XIII. DON PABLO OLAVIDE Y BENITO ARIAS MONTANO — DECADENCIA DE LA INQUISICIÓN
Los judíos, moros y protestantes, aunque fueron los que más sufrieron, no fueron las únicas clases en España perseguidas por la Inquisición. La clase de los autores, los literatos del país, fueron en todo tiempo mirados con ojo receloso; y no solo cayeron en sus garras de tiempo en tiempo, sino que con mucho trabajo lograron preservar sus vidas de las llamas.
Don Pablo Olavide, natural de Lima en el Perú, había adquirido considerable celebridad como autor de varias obras filosóficas. Era, además, un hombre rico e importante, y era prefecto de Sevilla y de los pueblos adyacentes. Este caballero mantenía trato íntimo y una estrecha amistad con los filósofos franceses Voltaire y Rousseau, y en 1776 fue arrestado y llevado a las cárceles secretas de la Inquisición en Madrid, acusado de haber bebido las opiniones impías de sus amigos franceses.
En el curso del proceso, se supo que había pronunciado una serie de conferencias, olvidado del brazo omnipotente y del ojo omnipresente de la Inquisición, había dado rienda suelta a su admiración por todo lo francés, y había insistido particularmente en los títulos de sus amigos filósofos a la admiración y adulación del género humano. Un relato muy recargado de sus dichos y hechos en Sevilla y en los pueblos vecinos se contenía en el acta de acusación presentada contra él; pero muchas de estas alegaciones las negó rotundamente Olavide, y a otras les atribuyó un sentido diferente del que les daban los inquisidores. También demostró que los testigos lo habían, en algunos casos, manifiestamente malinterpretado; pero a pesar de todo lo que pudo hacer o decir, sus jueces llegaron a la conclusión de que era un partícipe secreto en los errores de Voltaire y de Rousseau, y como tal lo declararon culpable de herejía, pero en grado moderado, no violento.
Olavide entonces, por consejo de su defensor, se sometió, y se celebró auto de fe en el patio de la Inquisición en Madrid; y allí, tristemente despojado de pompa exterior, sin ondear de banderas ni redoble de trompetas, y con solo sesenta espectadores — aunque de alto rango — se celebró el auto de fe. El condenado, vestido con el hábito tradicional de infamia, marchó tres veces alrededor del pavimento del patio, ataviado con una holgada túnica de sarga negra y sosteniendo en la mano una antorcha apagada. Como había sido formalmente convicto de herejía, el desdichado prefecto de Sevilla debería haber llevado el horrible sambenito, con sus demonios y llamas pintados; pero sus jueces, que sentían mucha más simpatía por un incrédulo que por un protestante, le dispensaron de aquello, y también de la soga que, según las leyes de la Inquisición, debería haber estado atada a su cuello. Sin embargo, allí terminó su lenidad: el resto de su sentencia no fue excesivamente misericordioso. Todos sus bienes en España y del Perú fueron confiscados, y en adelante se le prohibió aceptar cargo alguno o ser distinguido con título honorífico alguno.
También se le vedó perpetuamente cabalgar a caballo, llevar joyas u ornamentos de oro, plata, perlas, diamantes o piedras preciosas de cualquier clase. También le fueron prohibidos los vestidos de seda o de lana fina; y se le ordenó que en lo sucesivo se vistiera con sarga basta, o alguna otra tela sin adorno de la misma índole. ¿Puede concebirse una tiranía más opresivamente inicua? Y, sin embargo, Olavide podía considerarse comparativamente afortunado: sus miembros no fueron magullados y dislocados, como los de la anciana María de Borgoña; y no fue quemado vivo, como otros miles al menos tan inocentes como él de cualquier delito merecedor de muerte.
La lectura de su sentencia y de los informes detallados de su juicio duró cuatro horas, tiempo que se pasó en el gran patio exterior. Desde el escaño, la proximidad cercana de los inquisidores marchitó su rostro. El fiscal prosiguió con la sentencia, y el pobre ex prefecto, despreciado y abandonado por todos, se desmayó y cayó del banco en el que, como gran favor, se le había permitido sentarse. Esto causó una ligera demora: el fiscal hizo una pausa en su lectura; los familiares levantaron al miserable del suelo, le arrojaron agua al rostro, y lograron por fin devolverle el sentido; y se sentó de nuevo y miró en torno con ojos tristes y apagados.
El fiscal reanudó entonces el hilo interrumpido de su relato; y cuando terminó la lectura de la sentencia, el desdichado discípulo de los filósofos franceses, maldiciendo amargamente el día en que tan falsas luces habían brillado sobre él desde más allá de los Pirineos, cayó de rodillas; y después de haber leído y firmado su profesión de fe, le fue impartida la absolución sacerdotal. Fue una asamblea imponente, si los títulos altisonantes y la más azul sangre de Castilla podían darle importancia; pero, en comparación con la Inquisición, completamente impotente. Nada podían hacer para ayudar a su amigo; pero los inquisidores sospechaban que compartían sus opiniones, y por ello se les obligó a asistir, para que vieran lo que les esperaba si no eran más prudentes y reservados.
Olavide, entretanto, en su prisión conventual, parecía hallarse en circunstancias suficientemente desesperanzadas. Por algún tiempo se abandonó a la desesperación y permaneció agazapado en un rincón de su celda, rumiando todo lo que había perdido, hasta que las ásperas voces de sus carceleros sacerdotales lo llamaban a odiosos ejercicios de penitencia u oraciones formales en las que su corazón no tenía parte.
De este modo languideció durante algunos meses, arrastrando la cadena que detestaba pero que no podía desatar, hasta que la esperanza, la fuerte esperanza instintiva del corazón humano, comenzó una vez más a renacer. Apenas producía una diferencia apreciable en el obstinado hierro. Pero la esperanza lo sostuvo; anidando como paloma en aquella celda de desesperación, lo preservó de los extravíos de la locura y lo alentó a un trabajo tan perseverante que no podía dejar de tener éxito al fin.
Una oscura noche, la terca barra cedió en su mano. La sangre afluyó a sus sienes; un violento temblor se apoderó de él. Era libre — ¡libre al fin! — pero estaba tan anonadado por la súbita cercanía del momento esperado durante tanto tiempo, que no podía ni pensar ni actuar ni rezar. Volviendo a colocar mecánicamente la barra, aplazó su fuga hasta la noche siguiente, que era oscura y tormentosa, y en todo sentido propicia para un fugitivo.
Su intención era ir a Francia, pero se dirigió en primer lugar a la casa de un amigo en Madrid, donde permaneció oculto hasta que pasó la primera furia de la búsqueda. Después marchó a París. En esta ciudad vivió durante muchos años, bajo el gobierno ilustrado del siglo XVIII, fue indultado y se le permitió regresar a su hogar, donde murió pobre y despreciado, pero — es de esperar — en posesión de todos los consuelos de aquella ortodoxia que tanto había sufrido para alcanzar.
Benito Arias Montano, considerado el hombre más sabio de su época en lenguas orientales, autor voluminoso y doctor en teología del Concilio de Trento, también fue procesado por la Inquisición. Como muchos españoles distinguidos de la época de Carlos V y Felipe II, una prolongada residencia en el extranjero había inducido en él una peligrosa liberalidad de espíritu, aunque ésta apenas le fue tan fatal como los talentos y la erudición que despertaron la envidia y el odio sin escrúpulos de sus cofrades sacerdotales.
Su erudición era prodigiosa: entendía hebreo, caldeo, siríaco, árabe, griego, latín, francés, italiano, inglés, holandés y alemán; y aunque su nacimiento fue humilde y sus primeros años habían transcurrido en un oscuro convento, sus capacidades le habían hecho tan notable que era limosnero del rey, caballero de la orden de Santiago y doctor en teología de la famosa Universidad de la Sierra, una aldea en la alta comarca montañosa que separa Extremadura de Andalucía.
Sus primeros años como estudiante los pasó en la Universidad de Sevilla, donde alcanzó gran renombre, distinguiéndose especialmente como lingüista. La misma fama lo acompañó en Alcalá de Henares, donde completó su carrera literaria y donde obtuvo el grado de doctor en teología. Los años siguientes de su vida los pasó en Italia, Francia, Alemania, Inglaterra y los Países Bajos. En cada uno de estos países vivió un tiempo considerable, añadiendo sus lenguas a las antiguas y orientales que ya había adquirido.
Después del célebre Concilio de Trento, en el que estuvo presente, regresó a su país con la intención de pasar el resto de su vida retirado y dedicarlo a los estudios literarios que amaba. Felipe II se hallaba en aquel momento en los Países Bajos; y un célebre impresor, Cristóbal Plantino, preparaba una Biblia Políglota que fue completada e impresa en su imprenta a expensas de Felipe II. Para hacerla lo más completa posible, Montano no solo dedicó a ella toda su erudición y trabajo, sino que obtuvo para que le ayudasen un gran número de ediciones inéditas de la Biblia en muchos idiomas diferentes. La obra misma, una vez terminada, constaba de ocho volúmenes en folio. En el Antiguo Testamento contenía el griego, el hebreo, el Targum de Onquelos, las Paráfrasis Caldeas y la Vulgata. En el Nuevo Testamento comprendía el griego y el latín, y una versión siríaca impresa tanto en caracteres siríacos como hebreos. Montano obtuvo muchos elogios por su Biblia, tanto del Papa Pío V como de Gregorio XIII, quienes ordenaron a sus nuncios en Flandes que le dieran públicamente las gracias por sus trabajos. A este último pontífice Montano también presentó un ejemplar, que llevó a Roma en persona y entregó a Su Santidad.
Sus contemporáneos estaban casi locos de envidia. Entre los jesuitas, en particular, tenía varios enemigos encarnizados. Diego Laínez, Alfonso Salmerón y otros teólogos jesuitas del Concilio de Trento estaban indignados contra él porque no los había consultado. Otro que lo odiaba amargamente era León de Castro, sacerdote secular, profesor de Lenguas Orientales en la Universidad de Salamanca. La queja de este hombre era que Montano no había consultado a la universidad a la que pertenecía ni lo había empleado para que le ayudara en su obra. Perfectamente consciente del rencor que varios miembros distinguidos de la Compañía de Jesús sentían hacia Montano, y consciente de que sería apoyado por ellos, este hombre vengativo, como un perro envidioso que ladra a los talones de la grandeza, denunció al célebre erudito ante la Inquisición de Roma. Esta denuncia la escribió en latín. Otra, en español, la dirigió al Consejo Supremo.
El título que el gran erudito utiliza no es el de rabí, maestro, sino talmid, discípulo. Es posible que De Castro fuera plenamente consciente de ello y de su propia falsedad; pero no por eso fue menos bien acogido en un tribunal que era enfáticamente un tribunal de mentiras. Si la verdad hubiera sido necesaria para las denuncias de la Inquisición, sus condenas habrían sido escasas. La mina abierta por De Castro fue trabajada asiduamente por Diego Laínez, segundo general de los jesuitas, junto con varios de sus hermanos de la Compañía de Jesús, que vertieron acusación tras acusación contra el desprevenido Montano, quien mientras tanto seguía actuando sin ser molestado.
De Castro, desbordante de rencor y sorprendido al ver a su enemigo todavía en libertad, escribió por segunda vez a uno de los inquisidores de Madrid, amigo personal suyo, reprochándole su negligencia y preguntándole la causa de tan inusitada demora en un tribunal cuya venganza solía ser tan rápida. Que el docto erudito tenía más tesoros en la cabeza que en la bolsa, concluyeron sabiamente dejar el asunto de lado y, desistiendo de la prosecución, atrapar en cambio a algún opulento cristiano nuevo con menos saber rabínico y más riqueza judía.
Los problemas de Montano no habían terminado, sin embargo: la mera imputación de herejía en España se adhería a un hombre como la lepra de los israelitas. Era necesario que el sospechoso se mostrase ante los sacerdotes y pasase por un proceso de purificación doloroso y costoso antes de que se le permitiera mezclarse cómodamente en la sociedad de sus conciudadanos. Montano, en consecuencia, resolvió ir a Roma y allí limpiarse en persona de la mancha imputada. A su debido tiempo emprendió su viaje; y De Castro, que era un enemigo inveterado, hizo circular por todas partes copias de su denuncia; haciendo los jesuitas lo mismo con las suyas.
Esto, sin embargo, no pudieron hacerlo. El rey lo protegía, y no fue arrestado, sino confinado a la ciudad de Madrid, donde vivía en su propia casa, con permiso para entrar y salir a placer. Por orden del Consejo de la Inquisición, se puso en sus manos una copia de las denuncias contra él; y a este documento Montano replicó, refutando triunfalmente las acusaciones e insinuando que los cargos contra él eran resultado de un complot urdido por algunos jesuitas y otros que eran sus enemigos.
El inquisidor general no hizo caso de esta defensa; estaba disgustado, no improbablemente, por su tono audaz e independiente: por el contrario, continuó haciendo preparativos para el juicio. De concierto con el Consejo Supremo, nombró a ciertos teólogos eminentes como calificadores o censores de las obras de Montano, y les remitió la denuncia de De Castro y los cargos de los jesuitas, la respuesta del acusado y la Biblia Políglota.
Muy para su propia sorpresa y disgusto, comprobaron que había hombres honrados incluso en la Compañía de Jesús. Mariana, en su dictamen, declaró que no hallaba fundamentos para una acusación de herejía en la obra de Montano. La Biblia Políglota estaba ciertamente llena de pequeños errores e inexactitudes; pero eran inconsiderables y de tan poca importancia que no podían considerarse merecedoras de censura teológica.
Esta decisión tuvo tanta influencia en el Consejo Supremo de la Inquisición, que resolvieron complacer al rey pronunciando la absolución del gran erudito. Así lo hicieron; y poco tiempo después, llegó a Montano la noticia de que también había ganado su causa en Roma. En cuanto a Mariana, los jesuitas no pudieron perdonarle la imparcialidad que había permitido a su enemigo escabullirse entre sus dedos, y no descansaron hasta haberlo convertido también, a su vez, en víctima de la Inquisición.
Habiendo Montano salido así victorioso de investigaciones de las que parece haber sido aficionado, además de estas obras críticas, también publicó un poema sobre el arte de la retórica y escribió una Historia de la Naturaleza. Montano murió en Sevilla, a los setenta y un años de edad, en 1598, habiendo vivido para ver a su enemigo Diego Laínez, segundo general de los jesuitas, y a su censor Juan Mariana, procesados por la Inquisición. Laínez, que estaba ausente de España en el momento de su procesamiento, permaneció en el extranjero y eludió así la jurisdicción del Santo Oficio. Fue acusado de inclinaciones luteranas; pero si la acusación era verdadera o falsa, no hay datos para demostrarlo.
Juan de Mariana era hijo de Juan Martínez de Mariana, canónigo y deán del Colegio de Talavera de la Reina, donde Mariana nació en 1537. Fue educado por su padre con mucho esmero y enviado a terminar sus estudios en la Universidad de Alcalá de Henares, donde entró en la entonces naciente orden de los jesuitas. Su carrera colegial fue tan distinguida, y sus conocimientos en lenguas orientales y en el estudio de la teología fueron tan grandes, que fue nombrado para enseñar teología en las escuelas de su orden, primero en España y después, cuando su espíritu inquieto lo llevó al extranjero, en Roma, donde tuvo a Belarmino, después tan famoso, como uno de sus discípulos.
Mariana fue un gran viajero. Después de algún tiempo pasado en Roma, fue a Sicilia en 1565 y luego a París en 1569. En esta ciudad permaneció siete años enseñando teología, hasta que su salud, que siempre había sido débil, se volvió tan precaria que se vio obligado a regresar a España. Se estableció en Toledo, y comenzó su historia de España, una tarea larga y laboriosa, que se extendía a treinta volúmenes. De estos, publicó veinte libros en 1592, y en 1605 diez volúmenes adicionales, llevando su narración hasta 1516. Esta historia está escrita en latín, con un estilo lúcido, conciso y elegante, que con toda justicia le otorga a Mariana un lugar honorable entre los autores latinos medievales. Tiene además el gran mérito histórico de ser veraz, cándida e imparcial. El docto jesuita, aunque no era cortesano, era tenido en gran estima en la corte; y Felipe tenía por costumbre consultarlo en todas las cuestiones de dificultad. También estuvo, al menos durante algún tiempo, muy favorecido. Lo cual desagradó en gran medida a sus compañeros jesuitas; y poco después los ofendió más allá de toda esperanza de perdón, escribiendo un libro contra ellos, tratando de las enfermedades de la Compañía de Jesús. Esta obra no se publicó hasta después de su muerte; pero tenía por costumbre hacerla circular en privado, y los jesuitas conocían lo suficiente de partes de ella como para sentirse inspirados por un odio virulento contra él.
En 1599 publicó y dedicó a Felipe III, no la más grande quizá, pero ciertamente la obra más notable de su vida, un tratado que tituló De Rege et Regis Institutione. Los principios tirannicidas de esta obra, que la harían notable en cualquier época, le procuraron en aquella era de artimañas regias y de derecho divino una celebridad extraordinaria, y atrajeron un gran grado de odio sobre toda la orden de los jesuitas.
En cada capital de la cristiandad esta curiosa obra fue recibida con una tormenta de injurias. En París fue quemada por el verdugo público; y el general de los jesuitas, Aquaviva, la denunció y condenó públicamente, y prohibió que sus doctrinas fueran enseñadas pública o privadamente en cualquier escuela de la orden. Tampoco fue esta la única molestia a la que la franca exposición de sus opiniones sobre la tiranía expuso a Mariana. Sus hermanos habían estado largo tiempo acechando su tropiezo; y ahora se lanzaron alborozados a la arena, contentos de tener algún motivo tangible de queja contra él, y ansiosos de azuzar a los sabuesos de la Inquisición y a los emisarios del Gobierno, que se abalanzaron como una jauría de chacales aullantes sobre su presa.
El horizonte se veía muy negro; pero Mariana era un hombre de valor indomable. En 1609 publicó en Colonia un volumen que constaba de siete tratados; uno de ellos sobre el cambio de moneda, y los demás sobre la muerte y la inmortalidad. De sus escritos, señalaron los tratados sobre el Cambio de Moneda y sobre la Muerte y la Inmortalidad como particularmente censurables. Sobre estas obras lo forzaron a hacer alteraciones y no le permitieron publicarlas hasta que hubo cumplido sus órdenes. Varias penitencias le fueron también impuestas; y durante algún tiempo fue mantenido en estricto confinamiento en un convento, del cual, sin embargo, se le permitió salir en libertad antes de su muerte. Murió en su propia casa en Toledo, en 1623, a la edad avanzada de ochenta y siete años.
La Inquisición, al procesar y hostigar a hombres como Mariana y sus cofrades literarios, prácticamente frenó el progreso de las artes, la ciencia y la literatura en España. En vano protestaban que sólo se oponían a la invasión de la herejía y dejaban en perfecta paz a todos los que no eran herejes. En la práctica, se oponían a cualquier atisbo de libertad de pensamiento libre sobre cualquier materia.
En la marcha progresiva de las naciones europeas, nunca desde entonces ha dejado de quedar rezagada sin esperanzas. En cada departamento de la literatura y del arte, la influencia paralizante de la Inquisición fue visible. ¿Cómo podía un español ser científico? La ciencia nunca está estancada; y las leyes y dogmas de su temible tribunal nacional eran como los de los medos y los persas: no cambiaban. La historia del progreso nacional, los principios de la economía política, que habían hecho prósperas a otras naciones, estaban vedados a sus investigaciones. El progreso presuponía una reforma de viejos agravios, la admisión y presencia de innovadores; y para los innovadores la Inquisición erigía sus piras funerarias y preparaba, en el potro y el tormento, un lecho ensangrentado de tortura. Incluso el pincel del pintor quedó paralizado.
Se degradaron; y aprendieron, a medida que los años pasaban lentamente sobre ellos, a abrazar sus cadenas y a contentarse. Entre ellos y las incesantes actividades de la cambiante Europa, se extendía un implacable e invisible cinturón de fuego. En el seno de la cristiandad, el germen de poderosas revoluciones por nacer crecía y fructificaba; mientras el corazón nacional de España yacía sin pulso e inmóvil, congelado por el temible poder que se cernía como el genio de la ruina sobre los restos de su antigua fuerza. Una decrepitud prematura y una vejez anticipada se abatieron como una plaga sobre el gigantesco imperio que el belicoso Carlos había dejado a su sombrío hijo. Dentro, había decadencia y división; fuera, había lucha y consternación, hasta que, en bancarrota en casa, despreciada en el extranjero, despojada de colonias y conquistas, España yacía impotente y exhausta a los pies del íncubo al que la miopía fanática de Fernando el Católico había legado.
De los creyentes españoles, no tanto la semilla de la Iglesia como el diluvio que la arrasó. Ya no estaban: su lugar no los conoció más. Los fuegos que el fanatismo había alimentado se apagaron gradualmente, y la decrepitud universal de todas las cosas españolas cayó también sobre la Inquisición, que se vio forzada por fin a buscar su presa, donde no se podían obtener mártires, en las filas de filósofos insensatos como el pobre don Pablo de Olavide. Sólo de los prisioneros más distinguidos de la Inquisición se ha conservado algún registro por Llorente u otros historiadores españoles. Miles de víctimas sin nombre languidecieron en sus mazmorras, se retorcieron en sus potros ensangrentados y fueron consumidas en cenizas en sus piras funerarias, cuyo único registro es aquel poderoso clamor sin voz de angustia, inaudible en la tierra, pero, oído en el cielo, la oración de las almas de los que fueron muertos por la Palabra de Dios y por el testimonio que tenían.
— Fin del Capítulo XIII —
CAPÍTULO I. ORIGEN Y NATURALEZA DE LA INQUISICIÓN
CAPÍTULO II. ORGANIZACIÓN Y PROCEDIMIENTO DEL SANTO OFICIO
CAPÍTULO III. EL ARZOBISPO CARRANZA — DIECIOCHO AÑOS DE PRISIÓN
CAPÍTULO IV. DON CARLOS, PRÍNCIPE DE ASTURIAS
CAPÍTULO V. DON JUAN DE AUSTRIA
CAPÍTULO VI. LA LIGA SANTA Y LA BATALLA DE LEPANTO
CAPÍTULO VII. DON JUAN DE AUSTRIA — DE LA GUERRA DE LAS ALPUJARRAS A LA LIGA SANTA
CAPÍTULO VIII. ANTONIO PÉREZ Y LA PRINCESA DE ÉBOLI
CAPÍTULO IX. DON CARLOS DE SESO Y LOS PROTESTANTES DE VALLADOLID
CAPÍTULO X. CONSTANTINO PONCE DE LA FUENTE
CAPÍTULO XI. EL DOCTOR AGUSTÍN CAZALLA
CAPÍTULO XII. MELCHOR HERNÁNDEZ, MARÍA DE BOHORQUES Y LOS ÚLTIMOS MÁRTIRES
CAPÍTULO XIII. DON PABLO OLAVIDE Y BENITO ARIAS MONTANO — DECADENCIA DE LA INQUISICIÓN
ÍNDICE
CAPÍTULO I. ORIGEN Y NATURALEZA DE LA INQUISICIÓN
CAPÍTULO II. ORGANIZACIÓN Y PROCEDIMIENTO DEL SANTO OFICIO
CAPÍTULO III. EL ARZOBISPO CARRANZA — DIECIOCHO AÑOS DE PRISIÓN
CAPÍTULO IV. DON CARLOS, PRÍNCIPE DE ASTURIAS
CAPÍTULO V. DON JUAN DE AUSTRIA
CAPÍTULO VI. LA LIGA SANTA Y LA BATALLA DE LEPANTO
CAPÍTULO VII. DON JUAN DE AUSTRIA — DE LA GUERRA DE LAS ALPUJARRAS A LA LIGA SANTA
CAPÍTULO VIII. ANTONIO PÉREZ Y LA PRINCESA DE ÉBOLI
CAPÍTULO IX. DON CARLOS DE SESO Y LOS PROTESTANTES DE VALLADOLID
CAPÍTULO X. CONSTANTINO PONCE DE LA FUENTE
CAPÍTULO XI. EL DOCTOR AGUSTÍN CAZALLA
CAPÍTULO XII. MELCHOR HERNÁNDEZ, MARÍA DE BOHORQUES Y LOS ÚLTIMOS MÁRTIRES
CAPÍTULO XIII. DON PABLO OLAVIDE Y BENITO ARIAS MONTANO — DECADENCIA DE LA INQUISICIÓN
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