LIBRO DE JOB (VIII)


CAPÍTULO 8

Continuamos con nuestras consideraciones en el capítulo 7 de Job, versos del 1 al 16. Recogemos el texto bíblico según la versión de Reina Valera del 60: "¿No es acaso brega (heb-milicia; LXX-prueba; AT interlineal-trabajo forzado; Fray Luis de León-guerra) la vida del hombre sobre la tierra, y sus días como los días del jornalero? Como el siervo (esclavo) suspira por la sombra, y como el jornalero espera el reposo (heb-salario) de su trabajo, así he recibido meses de calamidad (LXX-kenoús), y noches de trabajo me dieron por cuenta (noches de fatiga me fueron asignadas-RVA) la noche es larga, y estoy lleno de inquietudes hasta el alba. Mi carne está vestida de gusanos y de costras de polvo; mi piel hendida (heb-se agrieta y supura) y abominable. Y mis días fueron más veloces que la lanzadera del tejedor, y fenecieron sin esperanza. Acuérdate que mi vida es un soplo, Y que mis ojos no volverán a ver el bien, los ojos de los que me ven, no me verán más; Fijarás en mí tus ojos, y dejaré de ser (heb-existir). Como la nube se desvanece y se va, así el que desciende al Seol no subirá; No volverá más a su casa, ni su lugar lo conocerá más. Por tanto, no refrenaré mi boca; hablaré en la angustia de mi espíritu (heb-ruah) y me quejaré con la amargura (tristeza- L.A Schökel) de mi alma. ¿Soy yo el mar o un monstruo marino (lit- ballena) para que me pongas gurda? Cuando digo: Me consolará mi lecho, mi cama (lit- camastro) atenuará mis quejas; Entonces me asustas con sueños, y me aterras con visiones. Así mi alma tuvo por mejor la estrangulación, Y quiso la muerte más que mis huesos. Abomino de mi vida; no he de vivir para siempre; Déjame, pues, porque mis días son vanidad".

Job continúa con su réplica a Elifaz implementada, ya, en el capítulo 6. Ahora se produce un cambio significativo, parece que Job se dirige a otro interlocutor; todos los exegetas, más serios y fiables, están conformes al consensuar hermenéuticamente que el patriarca se está dirigiendo al mismo Dios. En este capítulo iremos viendo como Job sigue develando su situación psico-somática. Nos va relatando su evolución clínica, tanto desde el punto de vista corporal como anímico. Sus trastornos han invadido todo su ser. A nivel dérmico sus tumores ulcerados se agrietan y supuran; sus mecanismos de defensa están fallando, y desde el punto de vista psicopatológico su descompensación psico-emocional es alarmante. La ansiedad, la angustia, la tristeza y la depresión constituyen un síndrome que pone de manifiesto su gran sufrimiento y su agonía existencial. Las tres dimensiones de la estructura o tectónica de su personalidad, cuerpo, alma y espíritu, están afectadas. La argumentación de Job parece encontrarse en cierta contradicción; por un lado, trata a Dios como si fuese uno más con los tres amigos visitantes, y en este sentido se esfuerza en explicarle su calamitosa situación; por otro sigue acusando al Sumo Hacedor como el responsable de sus agónicos sufrimientos. Habla de haber pasado meses de calamidad (LXX- Kenous), el termino por el que los autores de la Septuaginta traducen el vocablo hebreo original, habla de "vanidad, vacío interior y frustración". Es el mismo término con que el apóstol Pablo expresa en la carta a los Filipenses (fil 2:7) el acto Kenótico de Cristo; en RV-60 se traduce al castellano por el verbo despojarse: "sino que se despojó así mismo". Este término "despojarse" nos habla de la verdadera frustración que Job vivencia en su YO consciente; frustración alimentada por los mensajes de "no realización" procedentes de la esfera de su intimidad que ascienden a su conciencia. Job es consciente de su finitud y lo expresa de una forma clara. Conoce que hay un tiempo de nacer (heb-êt-tiempo cronológico) y un tiempo de morir (heb-zeman – momento oportuno). Por consiguiente, como la filosofía lo ha declarado, el hombre es un ser para la muerte. En Eclesiastés 9: 1-3, leemos: "ciertamente he dado mi corazón a todas estas cosas, para declarar (TM-esclarecer) todo esto: que los justos y los sabios y sus obras, están en las manos de Dios; que sea amor o que sea odio, no lo saben los hombres; todo está delante de ellos. Todo acontece de la misma manera (TM-uno el destino) a todos; un mismo suceso ocurre al justo y al impío; al bueno, al limpio y al no limpio; al que sacrifica, y al que no sacrifica; al bueno, y así al que peca, al que jura, como al que teme al juramento. Este mal hay entre todo lo que se hace debajo del sol, un mismo suceso acontece a todos, y también que el corazón de los hijos de los hombres está lleno de mal y de insensatez (lit- locura) en su corazón durante su vida; y después de esto se van a los muertos".

Job explicita su situación tanto durante el día, como en el tiempo de la noche. El dolor de sus trastornos somáticos y el disestar de sus alteraciones psicológicas y psicopatológicas le lleva a desear, en su sufrimiento diurno, la llegada de la noche. Y es en esta situación cuando sus alteraciones físicas y psíquicas se acentúan y le llevan a anhelar la llegada del nuevo día. En esta situación desesperante, exclama: ¿Cuándo me levantaré? En contraste con sus alteraciones psico-somáticas que se van extendiendo en el tiempo, aflora a su consciencia el hecho de su finitud. La amenaza de la muerte invade su pensamiento y siente la necesidad de decirle al mismo Dios la medida que su corazón (alma/espíritu) almacena tristeza, frustración y desesperanza. Toma conciencia de que su vida es una realidad transitoria y efímera. El deseo vehemente por la eternidad que habita en lo más profundo de su ser no puede realizarse. Una vivencia que genera su angustia cosifica toda esperanza de una trascendencia realizadora. Parece que Job ha perdido su confianza en cualquier esperanza de realización metafísica. Lejos está lo que manifestará más adelante: "Yo sé que mi Redentor vive y que al fin se levantará sobre el polvo; Y después de deshecha esta mi piel, en mi carne he de ver a Dios; Al cual veré por mi mismo, Y mis ojos le verán, y no otro, Aunque mi corazón desfallece dentro de mi" Pero para que llegue esta concientización de la realidad tendrá que desarrollarse, todavía, mucha sin- esperanza, y sin- trascendencia metafísica; su corazón doliente es el mismo del que brotará el germen de la más inefable trascendencia: LA ESPERANZA DE LA RESURRECCIÓN Y LA VIDA. El gran patriarca ya habrá superado aquel pensamiento desolador que un día se clavó en lo más profundo de su alma: "Así el que desciende al Seol no subirá; no volverá más a su casa, ni su lugar le conocerá (heb-reconocerá) más".

Llegado este momento de su doloroso devenir psico-somático, Job hace una catarsis abierta y tiene un encendido y duro discurso contra Dios: "Por tanto (heb- por tanto, Yo), no refrenare mi boca; Hablaré en la angustia de mi espíritu (heb- ruah), Y me quejaré con la amargura (Schökel-tristeza) de mi alma (heb-nepes o nefes). Job se siente vigilado de manera infamante por Dios: ¿Soy yo el mar, o un monstruo marino (¿ballena?), para que me pongas guarda (heb- bozal)? Cuando digo: me consolará mi lecho, Mi cama (heb- camastro) atenuará mis quejas; Entonces me asustas con sueños, y me aterras con visiones". Aquí Job describe como sus trastornos psicopatológicos alteran los estratos más profundos e inaccesibles de su ser. Hoy sabemos que el sueño es la actividad más importante de la mente. Soñar es necesario para tener un equilibrio somático y psíquico. La actividad onírica (los sueños) contiene y revelan, de manera simbólica, las realidades más importantes que guardamos en nuestro corazón. Existe una actividad onírica que podemos calificar de normal y otra patológica. Las pseudoperceciones o alucinaciones oníricas pueden generar una angustia que actúe, también, en nuestro estado consciente. Se dice acertadamente que la mente no se acuesta. Para Job el estado de vigilia era una agonía y el estado onírico un tormento. Job se acostaba con la esperanza de obtener en sus sueños una liberación, pero sus vivencias oníricas le sumían en mayor sufrimiento. Como consecuencia de esta desestructuración psico-somática, Job suspira por una liberación; y esta viene de la mano de una abre-acción, tanática, que demanda del Autor de la Vida: "Así mi alma tuvo por mejor la estrangulación, y quiso la muerte más que mis huesos. Abomino de mi vida; no he de vivir para siempre; déjame, pues, porque mis días son vanidad (los LXX, traducen Kenos= frustración existencial)". Aun le quedan al patriarca algunas quejas importantes que trataremos en el próximo capítulo.

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