LIBRO DE JOB (V)
CAPÍTULO 5
La segunda parte de Job 5:7, dice literalmente: “Es el hombre quién la aflicción engendra”, según la traducción de la B de J. Partiendo de este punto, en los textos del 5:8 al 16, siguen los consejos y argumentos de Elifaz para intentar que Job tome conciencia de su realidad y entienda mejor lo que le está aconteciendo, y como va deviniendo su vida bajo la supervisión de Dios; un Dios que premia el bien y castiga el mal, según la aristotélica teoría de la Retribución. La Palabra en estos textos, continua diciendo: “Ciertamente yo buscaría a Dios (RV actualizada= “apelaría a Dios”, B de J= “recurriría” a Dios), Y encomendaría a él mi causa; El cual hace cosas grandes e inescrutables, y maravillas sin número; Que da la lluvia sobre la faz de la tierra, y envía las aguas sobre los campos; que pone a los humildes en altura, y a los enlutados (“los que lloran”-V.M.) levanta a seguridad; Que frustra los pensamientos (heb.-lit=planes) de los astutos, para que sus manos no hagan nada; Que prende a los sabios en la astucia de ellos, y frustra los designios de los perversos. De día tropiezan con tinieblas, y a mediodía andan a tientas como de noche. Así libra de la espada al pobre, de la boca de los impíos, y de la mano violenta; pues es esperanza al menesteroso (heb-pobre), y la iniquidad-injusticia) cerrará su boca”. En definitiva, Elifaz explicita a Job como Dios tiene el control sobre la Realidad. La tierra recibe la lluvia indispensable para que florezca la vida. Dios controla la fauna y la flora. Las diversas especies animales reciben el agua de la vida de la misma mano del gran Hacedor. La amplia variedad de especies vegetales, las flores, los árboles, los helechos (la planta más antigua que brotó de la tierra), las zarzas, etc, reciben el agua de la vida y cumplen con su misión equilibradora y ecológica. Pero Dios también controla el devenir histórico de la especie más paradigmática: los seres humanos. Solo los hombres (varones/mujeres) fueron hechos a imagen y semejanza de Aquel que los creó. Para imagen se emplea el término hebreo celen que significa copia. La Septuaginta (traducción de los LXX, traduce el hebreo al griego por el término eikona que tiene el sentido significativo de exacta representación). Por consiguiente, el Hombre (varón y hembra) es la representación de Dios en el mundo, la proyección de Dios en la realidad cósmica. Dios escruta la comunidad humana y su mirada se posa especialmente sobre los humildes y los enlutados. Los humildes son los pisoteados, esclavizados, los parias de la tierra; son aquellos que viven sin recursos, que no tienen comida, ni vestido y devienen su existencia paupérrima en la miseria. Los enlutados (literalmente- los que lloran) son también pobres y sufren las injusticias de las superestructuras del poder, de los depredadores del Sistema, en el que viven inmersos. De estos se ocupa mucho la Escritura, tal y como encontramos en el libro de Eclesiastés en su capítulo cuatro: “Me volví y vi todas las violencias (heb.- opresiones) que se hacen debajo del sol; y he aquí las lágrimas de los oprimidos, sin tener quién los consuele; y la fuerza estaba en la mano de sus opresores, y para ellos no había consolador. Y alabé yo a los finados (“felicité a los muertos”, según la traducción del autor Silva Kitin), los que ya murieron, más que a los vivientes, los que viven todavía. Y tuve por más feliz que unos y otros al que no ha sido aún, que no ha visto las malas obras que debajo del sol se hacen”. A partir de este texto el autor realiza un análisis de la relación del hombre con el trabajo. En primer lugar, destaca la insolidaridad de los supuestos compañeros de trabajo, que para nada corresponde al principio marxista (socialista) de “Proletarios del mundo uníos”. Después constata la evidencia de que a través del trabajo no se produce la realización que demandan las peticiones del corazón. El necio cruza sus manos y come su misma carne (heb. literal - “se devora así mismo”). Mas vale un puño lleno con descanso, que ambos puños llenos con trabajo y aflicción de espíritu. Aquí nos encontramos con una realidad sociolaboral y psicopatológica evidente. Hay una patología psiquiátrica del paro (trastornos de angustia, depresiones, psicosis, impotencia sexual, oligospermia, intentos de suicidio, etc.), pero también se dan trastornos psico-emocionales, muy serios, en relación con el consumo patológico del trabajo; esto puede llevar a una relación de dependencia patológica respecto del trabajo que se realiza; el trabajo pasa de ser un medio para vivir a constituirse en un fin en sí mismo, creando una adicción semejante a la que se establece con sustancias adictivas (alcohol, heroína, cocaína, anfetaminas, etc.). En estos casos la falta de trabajo, los fines de semana, desencadena un síndrome de abstinencia con trastornos del carácter, de la conducta y cuadros psiconeuróticos graves. Luego se comenta en 4: 9-12 los beneficios de la solidaridad humana, que se experimenta a nivel físico, psicológico, social y político. La explotación de la clase trabajadora genera la pobreza y la miseria más abyecta. De esta manera se institucionaliza la injusticia. Llegado este momento a los pobres, explotados y oprimidos de la Tierra, no les queda más salida que la acción revolucionaria para deponer al régimen opresor que les esclaviza. Algunos pagan su protesta con la pérdida de su libertad y de su vida. Pero el fermento de la lucha por la libertad y por la dignidad a algunos les lleva a las mazmorras, a las cárceles instituidas por los poderosos y a sufrir los castigos y vejaciones a que les someten las llamadas “fuerzas de Seguridad del Estado”. Es entonces cuando ocurre lo que se nos explicita en 4: 13-16: “Mejor es el muchacho pobre y sabio, que el rey viejo y necio que no admite consejos; porque de la cárcel salió para reinar, aunque en su reino nació pobre. Vi a todos los que viven debajo del sol caminando con el muchacho sucesor, que estaría en lugar de aquel (la traducción literal del hebreo al castellano, dice: vi a todos los vivientes que andan bajo el sol, quienes estaban con el joven, el segundo, que iba a ocupar el lugar del otro). No tenía fin la muchedumbre del pueblo que le seguía (no había fin de toda la gente que él conducía - traducción literal del hebreo); sin embargo, los que vengan después tampoco estarán contentos con él. Y esto es también vanidad y aflicción de espíritu”. Sin duda que aquí tenemos expresado, en el devenir socio-político de los pueblos, la falta de madurez política de las masas. No se trata de que los Programas de Gobierno sea malos e inadecuados, sino que lo que les contamina es lo que sale del corazón de los hombres; como la avaricia (lit- ansia insaciable de tener más) del poder y del dinero.
En Job 5: 13, encontramos como Dios controla las acciones de los sabios para que no lleven a término sus maquinaciones sobre los mas débiles. Los pobres, indigentes y explotados, son la fuente de las riquezas de los poderosos y de las superestructuras de poder. Dios actúa en favor de los pobres: “que prende a los sabios en la astucia de ellos”. Este texto es citado y interpretado por el apóstol Pablo cuando escribe su primera carta a los Corintios: “Porque la palabra (Gr.-Logos) de la cruz es locura (Gr.-moría) a los que se pierden; pero a los que se salvan, esto es, a nosotros es poder de Dios. Pues está escrito: Destruiré (Gr.- lit= hacer perecer, aniquilar, inutilizar, desechar) la sabiduría de los sabios, y desecharé el entendimiento de los entendidos. ¿Dónde está el sabio? ¿Dónde está el escriba? ¿Dónde está el disputador (gr- discutidor retórico) de este siglo? ¿No ha enloquecido Dios la sabiduría del mundo? Pues ya que, en la sabiduría de Dios, el mundo no conoció a Dios mediante la sabiduría, agradó a Dios salvar a los creyentes por la locura (Gr.-moría) de la predicación (el sentido en el texto griego es: la proclamación del Kerigma). Porque los judíos piden señales (milagros), y los griegos buscan sabiduría; pero nosotros predicamos (Gr.-proclamamos) a Cristo crucificado, para los judíos ciertamente tropezadero (Gr.-escándalo), y para los gentiles locura; mas para los llamados, así judíos como griegos, Cristo poder de Dios, y sabiduría de Dios”.
Queda claro que el camino de la sabiduría humana no es el que puede llevar al hombre, término genérico, a una relación trascendente con la Deidad. Los enciclopedistas franceses elevaron la inteligencia y la razón humana a la categoría de omnisciente; el gran sabio Salomón llegó a una conclusión diferente, cuando expresó su pensamiento en su libro Eclesiastés, de la siguiente manera: Porque en la mucha sabiduría hay mucha molestia y quién añade ciencia, añade dolor (Ecl. 1:18). El conocimiento de la realidad científica, no supone el reconocimiento de la realidad salvífica y trascendente. Para resolver la angustia que se genera en lo más profundo de la esfera de nuestra intimidad, el ser humano gestó los sistemas religiosos; pero estos no resuelven las contradicciones que se agitan y debaten en el seno de nuestro corazón. Las religiones son pan para hoy y hambre para mañana. Así lo expresó el gran poeta asturiano Ramón de Campoamor, en una de sus cuartetas más paradigmáticas:
Te cantaré en un cantar La Rueda de la existencia: Pecar, hacer penitencia Y luego vuelta a empezar.
La desestructuración amártica, de Génesis tres, sumió al ser humano en una angustia existencial por miedo a su finitud y a su expectativa tanática. El deseo de eternidad que manaba de su corazón solo podía ser satisfecho por un hombre que venciera la muerte. Esta realidad la tenemos revelada en la 2ª Carta a Timoteo de San Pablo: “no te avergüences de dar testimonio de nuestro Señor ( Gr.-no te avergüences del testimonio del Señor)...quien nos salvó y llamó con llamamiento santo, no conforme a nuestra obras, sino según el propósito suyo y la gracia que nos fue dada en Cristo Jesús antes (Gr.-antes de los tiempos eternos), pero ahora ha sido manifestada por la aparición de nuestro Salvador Jesucristo, el cual quitó la muerte (Gr.- quitó de la muerte su poder) y sacó a luz la vida y la inmortalidad por el evangelio”. Solo Cristo tiene poder para librarnos de la esclavitud de corrupción, y dar a nuestro corazón realización y trascendencia eterna.
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