LIBRO DE JOB (IX)
CAPÍTULO 9
Terminábamos el capítulo anterior con las manifestaciones que Job realiza sobre su situación existencial. Las consideraciones sobre sus circunstancias abocan su pensamiento a una ideación autolítica. Job nos explicita el drama que se va gestando en la esfera de su intimidad, y dice: “Y así mi alma tuvo por mejor la estrangulación, y quiso la muerte más que mis huesos (o esta vida). Abomino de mi vida; no he de vivir para siempre; déjame, pues, porque mis días son vanidad” (en LXX-kevòs). El patriarca nos habla, aquí, del lenguaje interior que se establece entre su Alma y la Realidad que se muestra en su cuerpo. El sufrimiento y la desolación inundan todo ser. Psicosomáticamente, no se perciba más que como “un ser para la muerte”. En su pan-agonía estructural, que afecta a todas las dimensiones y estratos de su persona (cuerpo, alma y espíritu), no encuentra más que una plena realización del instinto tanático que le lleva al Seol, donde para él ya no cabe la posibilidad de ninguna trascendencia realizadora, y por eso podría decir: ¡La esperanza ha muerto! Los deseos vehementes por la eternidad que anidan en los niveles más profundos de su alma podrían quedar insatisfechos y reducidos a devenirse tanáticamente de una manera definitiva: ¿Qué es el hombre (LXX= ANTROPOS-SER HUMANO), para que lo engrandezcas (o lo tengas en mucho), Y para que pongas sobre el (lit-en el) tu corazón, y lo visites todas las mañanas, ¿Y todos los momentos lo pruebes? Esta pregunta se la viene haciendo la humanidad desde sus albores. La pregunta forma parte consustancial del devenir de la especie: de dónde vengo, para que estoy aquí, quién soy yo, a donde voy, cual es mi destino). El hombre inclinado sobre la materia busca su ontogénesis, avanza profundizando hasta el mundo subatómico de las partículas, buscando la razón de su existencia y de su esencia; pero la anhelada respuesta a su demanda existencial no le llega. Hasta la hora actual, la investigación científica de la Realidad no ha dado la respuesta que mitigue su angustia y supere su frustración. A la pregunta ¿Qué es el hombre? se han dado diversas respuestas; desde mi punto de vista tengo la convicción de que hay tres que son más que necesarias. el hombre es:
1) UNA INCÓGNITA
2) UNA CARGA PARA SI MISMO
3) IMAGEN Y SEMEJANZA DE DIOS.
En cuanto a la primera afirmación los datos aportados por la investigación científica no son esclarecedores hasta el punto de satisfacer todos nuestros anhelantes deseos del conocimiento de la verdad. La Teoría de la Evolución de Charles Darwin, fue un revulsivo que en su día soliviantó las conciencias; muchos dieron por sentado que por fin el ser humano había descubierto sus orígenes. Pero hoy sabemos que no existe una única teoría de la Evolución, sino varias que incluso se contradicen entre sí. El campo de los estudios antropológicos es muy variado y riguroso; y tendría que haberse confirmado un consenso en los diversos estudios realizados, para considerar firmes los resultados obtenidos al respecto. La antropología, la paleoantropología, la biología, la psicología y cualquier otra rama del saber humano tendrían que haber llegado a unos descubrimientos coincidentes.
Por otro lado, existen evolucionistas ateos y teístas. En medios denominados “cristianos evangélicos” existe una interpretación literalista de la Biblia que obscurece la exégesis y la hermenéutica de la Revelación. Sobre esta base se descalifica a la ciencia sin conocerla y se realiza una hermenéutica que, desde la letra, del texto bíblico, mata al espíritu que la informa. Los evolucionistas ateos realizan una praxis semejante: mantienen que la Biblia es un libro lleno de errores y contradicciones; libro cuyo contenido, en tantas ocasiones, desconocen. Los estudios del hombre como incógnita se deben, principalmente, al científico francés Alexis Carrel. Este prohombre de la ciencia y del pensamiento nació en 1873 (Francia) y falleció en 1944. Médico eminente y Cirujano excepcional, era especialista en fisiología, histología y cirugía vascular. Se consideraba un creyente libre (aunque por su pensamiento y su interpretación de la realidad esto es más que cuestionable). Escribió obras importantes entre las que destaca “La incógnita del hombre” (1935). En 1912 recibió el Premio Nobel en Fisiología y Medicina. Trabajó en el famoso Instituto Rokefeller y en la época de los años 20, años de la ley seca, estaba entregado a su gran pasión investigadora. En Manhattan, donde estaba ubicado el famoso instituto, se rodeó de un conjunto de colaboradores muy eficientes. Sus investigaciones en el campo de la Histología le llevaron a afirmar “lo que degenera no es la célula sino, básicamente el agua, en el que la célula se sostiene y del que se alimenta. Renovando este fluido, a intervalos, brindaríamos a las células lo que necesitan para su alimentación ... y el curso de la vida continuaría para siempre” Tenemos que decir que Carrel impulsaba sus investigaciones partiendo de elucubraciones fascistas. Estaba obsesionado con el hecho de vencer a la muerte y conseguir la Inmortalidad. Sus investigaciones en el campo de la Histología y la Biología le llevaron a la idea de mantener los órganos con vida fuera del cuerpo. Experimentó este hecho con animales especialmente con el corazón de los pollos, consiguiendo que latiesen fuera del cuerpo del ave durante largos periodos de tiempo. Trataba de “desvelar los secretos de la vida oculta dentro de los cuerpos”. Se identificaba con la filosofía tanática nazi y consideraba ético eliminar a los seres humanos que eran más débiles o estaban enfermos. Sentó las bases para la experimentación con células madre para conseguir seres vivos mixtos: mitad animales y mitad humanos. A pesar de su gran sabiduría en todos los campos mencionados, al final de sus días, el hombre para Alexis Carrel seguía siendo una incógnita.
La segunda respuesta a la pregunta ¿Qué es el hombre?, nos viene dada por la misma argumentación de Job al vivenciar su propia idiosincrasia: ¿Por qué me pones por blanco tuyo, hasta convertirme en una carga para mí mismo? El ser humano sostiene un debate, en la esfera de su interioridad psico-pneumática, entre el deseo de eternidad que Dios ha puesto en su corazón (Ecl 3:11) y la realidad metafísica de la muerte. Superar esta contradicción es la tarea agónica que determina su devenir existencial. El hombre busca debajo del sol una actividad y ocupación que le libere de su angustia. Estudia las enfermedades mentales para entender los trastornos y alteraciones de su conciencia; indaga las vivencias inconscientes que se guardan en lo más profundo de su corazón. En su peregrinar en busca de la razón de su existencia, no logra superar su frustración, y constata que “en la mucha sabiduría hay mucha molestia; y quién añade ciencia, añade dolor” (Ecl 1: 18). Busca el elixir de la realización plena, metafísicamente hablando, en el consumo de sustancias alteradoras de su funcionamiento mental, pero tampoco se realiza: “A la risa dije: enloqueces; y al placer: ¿De qué sirve esto? Propuse en mi corazón agasajar mi carne (lit-arrastrar mi carne al vino), y que anduviese mi corazón en sabiduría, con retención de la necedad (lit- locura), hasta ver cual fuese el bien de los hijos de los hombres, en el cual se ocuparan debajo del cielo todos los días de su vida”. Este descubrimiento fue trascendental en medicina y psiquiatría, desvelado el secreto de la dependencia psíquica y somática a las drogas. El resultado de tal auto experimentación es vanidad y correr tras el viento. Los paraísos artificiales no dan la felicidad, ni la trascendencia que el ser humano demanda como imperativo categórico. Igual ocurre cuando el deseo vehemente de eternidad se busca en el trabajo, el dinero, la sensualidad, el poder político, etc. Todo este trabajo se deviene como una gran frustración del ser humano que se vive “como un ser para la muerte”. Esta carga de alienación y frustración existencial se vivencia como un peso que aplasta los anhelos de realización metafísica del ser. Así vuelve a revelarse la gran afirmación del eminente científico Claudio Bernard, que a la pregunta ¿Qué es la vida?, respondería.
La tercera respuesta a la pregunta ¿qué es el hombre? corresponde al relato bíblico revelado por Moisés: el hombre es: Imagen y semejanza de Dios (Gen 1: 26-27). Los textos de Genesis 1: 26-27), rezan :” Entonces dijo Dios: Hagamos al hombre (Martin Lutero traduce: hombres) a nuestra imagen (LXX-eikova- exacta representación; este término griego corresponde al vocablo hebreo Celen que significa: copia y sombra), conforme a nuestra semejanza (LXX-omoiosin); y señoree (Lit-tengan ellos dominio) en los peces del mar, en las aves de los cielos, en las bestias, en toda la tierra y en todo animal que se arrastra sobre la tierra. Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó”. Aquí tenemos una respuesta teológica que satisface, mejor, las demandas del deseo vehemente por la eternidad que subyace en niveles inconscientes de la esfera de nuestra intimidad. El hombre nace de la acción creadora de Dios (Elohim=Uno en que hay varios), y nace como una persona colectiva, formada por un varón (Gr- arsen) una mujer (Gr- telu). La creación del hombre, antropológicamente hablando, es una creación bisexual (Heb- un barón= Ysh y una varona-hebreo= Yshshah). En el capítulo cinco de Génesis se confirma esta realidad: “El día en que Dios creó (Heb- bara- término que significa que Dios crea por primera vez algo nuevo y maravilloso) al hombre a semejanza de Dios lo hizo, varón y hembra los creó y los bendijó, y llamó el nombre de ellos Adán, el día en que fueron creados” (Gen 5: 1-2). Conforme al relato bíblico el hombre es imagen y semejanza de Dios en la medida que es copia y sombra de Dios en el mundo. Este hombre (ser colectivo) no está desestructurado amárticamente (Gr- amartia= error, fracaso y frustración), no está afectado por el envejecimiento, no ha sido todavía el vehículo de entrada del pecado en el mundo. El pecado es una realidad peristática que no nace en el corazón del antropos (varón/mujer), sino en el corazón del Príncipe de este Mundo. La entrada del pecado desestructura a la primera pareja, en el sentido de una relación alienante del uno con el otro y de ambos con Dios. Empieza el envejecimiento y el hombre se va a vivenciar “como un ser para la muerte”. El hombre creado como un ser libre, ha perdido su libertad y se va a devenir existencialmente como un esclavo por el temor a la muerte.
En la Revelación bíblica hay dos hombres de los cuales se dice que son “Imagen y semejanza” de Dios: el primer hombre Adán y el último Hombre o hombre Escatológico, el segundo Adán. El primer Adán fue hecho a imagen de Dios, como una copia y una sombra del Supremo Hacedor en el mundo. El segundo Adán es imagen de Dios en el sentido de que es el Duplicado Perfecto del Altísimo y la Exacta representación del Creador; es el verdadero Creador de toda LA REALIDAD antropológico-cósmica. En el primero entró el pecado y desde, el mismo, se irradió a todo el Cosmos. Por el pecado entró la muerte y esta pasó a todos los hombres y a toda la Realidad creada. Por el segundo entró la Vida y la inmortalidad. El Verbo se hizo (gr- llegó a ser carne) carne en la persona histórica de Jesús de Nazaret, qué fue tentado como nosotros, pero nunca pecó; sin embargo, en su devenir existencial llegó un momento en que se identificó con nuestro pecado y fue hecho pecado por nosotros, para que nosotros fuéramos hechos justicia de Dios en él. Murió nuestra muerte en la cruz del Gólgota y venció a la muerte, sacando a la luz la Vida y la inmortalidad por el evangelio. En Cristo se supera la muerte y se logra la realización metafísica y trascendente. Job llegaría a tener conciencia de esta realidad salvífica y soteriológica como veremos cuando analicemos el capítulo 19 versos 25-27 de este libro, verdadera joya del pensamiento universal de la Humanidad.
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