EVIDENCIAS DEL CRISTIANISMO (VII)

 

CAPÍTULO VII 

La Belleza Moral de la Biblia

A toda perfección he visto fin; ancho sobremanera es tu mandamiento. Salmo, CXIX: 96.

Todo lo humano es limitado en su aparente perfección. Seguid sus huellas todo cuanto podais ó examinadlo hasta la saciedad, y encontrareis defectos, si no deformidades. Todo lo que nace del hombre, es producto de él, y es defectuoso, participa del error. Corregimos nuestros relojes con el cronómetro, y el cronómetro ha de regularse por el sol; pues, "bajo las estrellas nada marcha bien". Pero la ley de Dios no revela defecto alguno, no tiene límite en su perfección.

Había en el Foro Romano, una columna dorada erigida por Augusto y conocida por "Milliarium Aureum", ó piedra miliaria de oro. Allí convergían todos los principales caminos romanos y allí terminaban; y de allí partían hasta los más remotos límites de la civilización, siguiendo todas las direcciones, hasta donde las águilas de Roma habían llevado en triunfo los estandartes del imperio.

La Biblia es la áurea piedra miliaria de los tiempos. Ha sido durante miles de años el gran centro de las ideas más nobles, del amor más puro y de la vida más santa del mundo. En ella convergen todos los caminos; de este centro luminoso irradian las grandes vías del humano progreso; de este gran libro procede la inspiración de la mejor literatura, la más desinteresada filantropía, la moralidad más intachable que el mundo ha conocido. ¿De dónde vino la Biblia? ¿Es el accidente? ¿El punto de convergencia ó es el foco determinado de toda esta luz, este amor y esta vida? ¿Fue esta columna de oro erigida por uno infinitamente más augusto que el más célebre de los Césares, y que señaló el cenit de todos los progresos humanos? ¿Puso Dios la Biblia precisamente en el Foro de las naciones, para que, por todas las sendas, pudieran los hombres, embriagados de error y de verdad, encontrar en ella su meta; y para que desde ella como punto de partida, todo verdadero amante de Dios y del hombre pudiera seguir continuando su noble carrera hacia Dios? Uno ú otro: Esta es la prueba decisiva. Ni la excelencia literaria, ni la rigurosidad científica, ni la perfección como libro, bastarían á explicar el hecho de su inmensa ética ó precepto moral, en un volumen que se atribuye la alta dignidad de ser guía del alma humana en materias de fe y vida, doctrina y deber.

Supongamos que se hubiera hecho revelación alguna al hombre de la voluntad de Dios por semejante medio, pero que de algún modo se nos obligaba á buscar una comunicación escrita de Dios para el hombre, ¿qué esperaríamos? Nosotros creeríamos estar en lo cierto al anticipar que habría en esa obra las siguientes características:

1.ª Sería inteligible, una revelación clara, capaz de ser comprendida por la generalidad de los hombres. 2.ª Sería uniforme, esto es, su testimonio sería esencialmente, uno, acorde, armonioso y no trascendental, sobrepujando todas las enseñanzas humanas en el tono de sus preceptos, y llevando impresa la marca de un espíritu y un corazón divinos en toda su estructura. 4.ª Sería práctica, tratando las necesidades reales del hombre en los puntos más vitales. No podemos, ni aun imaginar el medio humano de la comunicación divina afectando seriamente al resto de la vida. Después de hacer una concesión liberal á la imperfección humana y á la imperfección del lenguaje humano, insistimos, en nombre de Dios, en que todo lo que tienda á representar su voluntad y corresponderá en todos estos respectos á los supremos atributos. Si el Espíritu Santo arroja la luz del cielo en los oscuros recintos de este mundo, no habrá imperfección en los cristales por los cuales pase, que pueda escapar del esplendor mismo su gloria. Puede sufrir alguna absorción ó refracción ó tomar algún color ó tinta á su paso, pero aun será reconocida como luz celestial.

La unidad ó uniformidad de la Biblia es un gran argumento en su favor. Es una colección de libros escritos en diferentes épocas y por diferentes personas, á intervalos de unos dieciséis siglos. En el estilo y carácter de estos libros hay variedad y diversidad sorprendentes; unos son históricos, otros poéticos; unos contienen leyes, otros son poesías líricas; unos son proféticos, otros didácticos. En el Nuevo Testamento tenemos cuatro Evangelios, una narración histórica y veintina epístolas, seguida de poema simbólico en estilo oriental más fantástico. Y sin embargo este libro es un orden artificial de fragmentos. Encontramos el Antiguo Testamento patente en el Nuevo; el Nuevo latente en el Antiguo.

Los distintos libros de la Biblia están perfectamente de acuerdo; hay variedad en la unidad y unidad en la variedad; e pluribus unum. Hay algunas veces divergencia, aparente discrepancia, pero la investigación concienzuda demuestra una armonía real. Ocurre con la palabra de Dios como con el estereoscopio; las dos láminas á veces no se juntan, pero acaba por verse una sola cosa según continuamos mirando y la vista se posa en algún punto particular. Cuando más cuidadosamente son evidentes se hacen su unidad y armonía. Tampoco está la ley y el evangelio en contraposición; sino como los querubines, mirando en dos direcciones, pero uno hacia el arca, los cuatro evangelios como los seres angélicos en la visión de Ezequiel, mirando en cuatro direcciones distintas, se mueven en una sola dirección. Después de tres mil años, ha fracasado en la idea de señalar una contradicción importante ó irreconciliable en el testimonio y las enseñanzas de los que se encuentran más separados en el tiempo, condición, sin embargo, tampoco pudo haber colusión.

En ese libro no habría probablemente unidad, pues, todas las condiciones humanas eran desafiadas, y ningún otro libro se compuso nunca ó fué compilado en circunstancias tan desventajosas á un testimonio y enseñanza morales y armoniosos. Aquí hay unos sesenta ó más documentos distintos, escritos por unas cuarenta personas distintas, esparcidas en grandes intervalos de espacio y tiempo, extrañas unas á otras; estos documentos fueron escritos en tres lenguas diferentes y en distintas tierras, con notables diferencias de estilo literario y por hombres de todos los grados de cultura y de capacidad mental, desde Moisés hasta Malaquías, habiendo entre ellos gran desemejanza en el asunto y en la exposición, y, sin embargo, en ningún sentido hay falta de acuerdo en sus enseñanzas doctrinales y éticas, y de principio hasta el fin encontramos en ellos una positiva unidad de doctrina que nos asombra. Aún cuando á primera vista parece que hay conflicto, como entre Pablo y Santiago, verificado el exámen detenidamente, que en vez de estar frente á frente luchando uno con otro, están de espaldas batiendo á los enemigos comunes. Y lo que aún es más maravilloso, esta unidad moral no se podría concebir sin un autor en que el libro estuvo completo. El proceso de preparación, como andamiado alrededor de un edificio, obscurecía su belleza, y los mismos trabajadores no podían apreciar desde la piedra lo que sería el todo. Juan añadió la última piedra y declaró que nada más podía agregarse, la andamiada cayó, surgiendo una gran catedral.

Para apreciar este argumento poderoso en favor del origen divino de la Biblia, hagamos esta prueba en un caso supuesto. Imaginemos otro libro, compilado por escritores pertenecientes á tantos siglos: Herodoto contribuye con un fragmento histórico sobre el origen de todas las cosas, en el siglo quinto antes de Cristo; un siglo después, añade Aristóteles su filosofía moral; pasan dos centurias y Cicerón añade un tratado sobre la ley y el gobierno; unos cien años más y Virgilio proporciona un gran poema sobre la moral; en el siglo siguiente Plutarco contribuye con unos apuntes biográficos; doscientos años después Orígenes añade unos ensayos sobre credos y conducta religiosa; otro siglo y medio más tarde Agustín escribe un tratado sobre la ciudad; dos siglos más tarde se escribe un libro de sermones; transcurren siete siglos y Abelardo completa la compilación con una magnífica serie de ensayos sobre retórica y filosofía escolástica. Y entre estos extremos, que abarcan como la Biblia, abarcan quince siglos, imaginemos desde Herodoto hasta Abelardo treinta ó cuarenta contribuyentes, más cuarenta, más ó menos, cuarenta en la suma total, hombres de diferentes países, profesiones, hábitos, lenguas y educación; bajo las mejores condiciones: ¿cuánta unidad moral podía esperarse, aún habiendo leído cada contribuyente sucesivo todo lo que precedía á su propia contribución? ¿Habéis oído la gran orquesta de Thomas? Ved cero, según sube y baja la batuta en mano del director se produce una gran armonía con el violín y el violón, la corneta y el flautín, el trombón y la trompeta, el octavín y el clarinete, el cornetín y la bocina francesa, los címbalos y los tambores. No dudaríais de que tras de este vasto oculto, que una inteligencia maestra manda á los que tocan los instrumentos. Pero Dios hace que su oratorio dure más de mil años, y cuando un músico se calla otro continúa, y así, sin embargo, todo es una gran sinfonía; la clave nunca se pierde ni cambia, excepto en aquellas exquisitas modulaciones que dan idea del compositor, y cuando el último acorde de una misma vez que todas estas melodías y estos movimientos gloriosos han sido variaciones de un gran motivo. ¡Compuesto cada músico según iba tocando, y sin gran compositor detrás de muchos ejecutantes, una inteligencia suprema y directora en este concierto de los tiempos! Si Dios fué el compositor que planeó el conjunto y dispuso las partes, nombró los músicos para que se sucedieran unos á otros y para que un acorde se modulara ó fundiera en otro, entonces comprenderemos cómo el gran oratorio de la creación se despliega en el concierto de Isaías sobre el Mesías, confundiéndose luego en las tristes lamentaciones de Jeremías, se agranda en el solemne coro de Ezequiel, cambia en la lírica pasmosa de David, se adapta al cuarteto de los Evangelistas, termina con el coro á gran orquesta de los Santos y los Angeles del Apóstol Juan.

¿Qué puede explicarse? No puede darse contestación, á menos que se admita el elemento sobrenatural. Si Dios realmente dirigió la producción de este libro, de modo que todo lo que contribuía fuese ordenado por su mano, su unidad da la idea de un plan divino, y su armonía la armonía de una inteligencia y de una voluntad divinas.

Dicen del templo construido primeramente sobre el Monte Moriah que fué hecho de piedra labrada antes de levantarse; de modo que no se oyó hierro de ninguna clase en la casa mientras de yo en construcción (1). La piedra fué cortada, cuadrada, pulida y dispuesta para el lugar que había de ocupar en la misma cantera.

Así la plataforma del templo; las vigas y tablas fueron trabajadas en la forma y la estructura apetecidas en los talleres, y todo el material para el templo estuvo reunido en el lugar; y sólo hubo necesidad más que de ir colocando las piezas. ¿Qué fué lo que aseguró la simetría en el templo una vez construido? No había entre los obreros de canteras y los talleres y colinas. Ha debido haber una inteligencia que presidiera la obra y trazara el plan del conjunto. Hubo un cerebro que construyó el templo antes de que la fábrica en su pensamiento antes de construirlo materialmente. Los obreros construyeron más sabiamente de lo que pensaban, iban poniendo juntas las propias ideas.

Sólo en cierto modo podemos nosotros explicar la unidad singular de la Palabra de Dios. La Biblia es una fábrica planeada y construida en el cerebro de un arquitecto divino que á través del tiempo dirigió á sus obreros y su obra. Moisés echó sus cimientos y sin saber, Juan construiría después que él ¿qué forma adoptaría la superestructura? Vinieron unos obreros después de otros; podían apreciar que había armonía con lo precedente, pero no podían predecir que viniera después no sería más que la sublimidad del gran plan. Y sin embargo ¿cuál es el problema? Nadie discute la unidad singular de la estructura; y á pesar de esto, durante todos aquellos dieciséis siglos, al través de los cuales el templo fué levantándose, no hubo ruido de hacha ó martillo, ni trabajo para desbastar la piedra ó la madera por los cuales se ajustaran unas partes á otras. Cada una de ellas está en armonía con las demás, porque toda la Biblia fué construida en la mente de Dios antes de que un sólo libro apareciera en el orden de la construcción. El ejemplo de compilar la catedral de Milán: la primera piedra de la cual se colocó en 15 de Marzo de 1386, permaneciendo incompleta después de estos cinco siglos sin comprender instintivamente que ha sido producto de una inteligencia, aun cuando muchos obreros puedan haber contribuido á elevar sus pináculos y sus paredes de mármol. La unidad de su dibujo no puede ser resultado de casualidad. No, los obreros no eran el arquitecto, cada piedra fué formada y pulimentada para ocupar su lugar propio en el plan. Eso ocurrió con la Biblia, catedral de los tiempos. Eso ocurrirá fuesen los obreros, el Arquitecto fué Dios.

Esta unidad aparece más maravillosa cuando observamos el desarrollo de la revelación en los estudios más notables de la Gran Bretaña, en uno de los libros más grandes del siglo ha dedicado las facultades de su inteligencia á demostrar que el "Progreso de la Doctrina en el Nuevo Testamento." Demuestra que, aunque no pudiera haber habido semejante intento ó acuerdo en los cerebros de los escritores y aunque los libros del Nuevo Testamento no están ni aún colocados en el orden de su producción, ese orden no podría en ningún caso cambiarse sin perjudicar ó destruir la simetría del libro, y prueba que hay un orden metódico en el desarrollo de la doctrina desde el Evangelio, según San Mateo, hasta el Apocalipsis.

Un examen más ámplio demostrará precisamente el mismo progreso de la doctrina desde la primera piedra de los cimientos hasta la parte más elevada; primero desde la base, luego piso tras piso, columna tras columna, pedestales y capiteles como una cúpula reflejando los esplendores del medio día. La Apocalipsis con la gloria de visiones celestiales, abarca y corona y completa de todo.

La unidad de la Biblia es orgánica. Ahora bien, la unidad de un edificio no es orgánica, su unidad es plan, de construcción. Es material, pero se puede derribar la aguja de una iglesia y levantar otra, reemplazar las ventanas por otras conmemorativas, hacer que el cristal de cada una de ellas recuerde al abuso de otro; cambiar todo el maderamen interior; y sin embargo, esto no afecta nada á la unidad y totalidad del edificio. Pero si á un ser humano pierde un ojo, un dedo ó una falange, esta misma totalidad ha desaparecido, su unidad ha sido violada y no puede nunca ser. La falta de la parte perdida por insignificante que sea.

La Biblia es una unidad en esto; que ni uno de todos sus libros podría perderse sin mutilar el cuerpo de su verdad en su contenido. Cada libro tiene un lugar asignado en el todo; en él llena. No podréis de una sola mirada descubrir la unidad de la Ver que es necesario al plan de la obra, pero eso es culpa de vuestra ignorancia; cada libro ocupa un lugar en el plan grandioso; el sello de Dios se ve en esta unidad orgánica.

Tomemos un ejemplo. El libro de Ester se ha dado por añadidura al necesario á la totalidad del canon ó catálogo de los libros sagrados. Pues, (dicen), ni aun contiene el nombre de Dios." Y, sin embargo, estudiado detenidamente demuestra una exhibición singularmente completa de la Providencia de Dios. Revela una mano oculta detrás de los asuntos humanos, ciertas definitivas recompensas al mal y al bien; exhibe esta regla providencial en la inseguridad y falta de satisfacción de la prosperidad de los malvados, y en la prosperidad que últimamente alcanza á los buenos aún á pesar de sus adversidades, demuestra cómo la retribución es á veces poéticamente exacta en las formas del castigo, y para que no confundamos la Providencia de Dios con un fatalismo escueto que suprime la libertad y la responsabilidad humanas, nos demuestra cómo la resolución y la acción en la súplica de los siervos de Dios y el libre albedrío de sus enemigos están en armonía con su soberanía que todo lo rige; y todas las cosas obran de acuerdo para producir todos los grandes resultados. Nosotros vemos el ministerio de las más minuciosas materias al cumplimiento de las providencias. El libro que así pone de manifiesto la Providencia de Dios, su soberanía universal, la armonía universal, la recompensa y el castigo divinos y la responsabilidad humana, no contiene una vez el nombre de Dios; pues se entiende que nos habla de la Mano Oculta que detrás de las escenas, invisible, lo maneja todo.

Cuvier ha dado á conocer en grandes afirmaciones científicas la unidad de los seres organizados. Encuentra él que, en todos los casos, forma un todo, un sistema completo, todas las partes la cual se corresponden mutuamente. Ninguna de estas partes puede cambiar sin que cambien todas las demás, y por consiguiente, cada una por separado indica y revela las demás. Por ejemplo, el diente agudo del león requiere una mandíbula fuerte, ésta necesita un cráneo apropiado para darle lugar á músculos poderosos que sirven para mover la mandíbula y levantar la cabeza; omóplatos anchos, bien desarrollados deben acompañar á esa cabeza, y debe haber un sistema de huesos de las patas que admita que las garras puedan agitar y volverse hacia arriba de modo que puedan usarse como para coger la presa y destrozarla; y por supuesto, debe haber unas poderosas armando las garras. De aquí que podría reconstruir un animal entero con sólo un diente, aunque la especie hubiera perecido.

Así la unidad de la Biblia es la unidad de un organismo, en el cual cada parte requiere las demás. El Decálogo necesita la Montaña. La profecía de Isaías hace necesaria la narración de los Evangelistas. Daniel conviene al Apocalipsis, como el codo con los extraños huesos de la columna vertebral que forman naturalmente el eje del cuello. No es posible entender el Levítico sin la Epístola á los Hebreos. Los Salmos necesitan los cantos de la Iglesia. La literatura más alta del Antiguo Testamento y anticipan la belleza más clara del Nuevo; unen el código mosaico con la moral divina de los Evangelios y de las Epístolas. La Pascua simboliza la Cena del Señor y la Cena del Señor interpreta y realiza la Pascua. Hasta el pequeño libro de Jonás hace más completa la misión de San Juan y Ruth y Ester indican proféticamente los Hechos de los Apóstoles. Ahora bien, examinad más atentamente y descubrid lo que más en el resto de la historia, de los evangelios y de las epístolas, cuando llegais al último capítulo del Apocalipsis, os encontráis misteriosamente como ante el primer capítulo del Génesis. Y aquí que según echáis una mirada sobre todas las huellas de vuestro pensamiento, veis que habéis estado siguiendo el perímetro de un círculo cuyas extremidades efectivamente se curvan, se tocan y se unen de tal modo que no se percibe ningún punto de contacto. Así el principio del Génesis sobre la primera creación, termina sobre la nueva creación (los nuevos cielos y la nueva tierra); allí de los ríos que regaron el jardín, aquí del puro río del agua de vida, claro como cristal; allí, del Arbol de Vida del primer Edén; aquí, del Arbol de Vida que está en medio del Paraíso de Dios; allí, del Dios que bajó para hablar y andar con el hombre; aquí, que el Tabernáculo de Dios está con los hombres; allí, la maldición sobre la maldición que vino por el pecado, de la serpiente cuya huella se ve en todas las alegrías humanas; aquí leemos y no habrá ya más maldición; allí, nada entrará que haga abominación y mentira (1).

II. Si la Biblia es la Palabra de Dios tiene que ser clara é inteligible; de otro modo no sería revelación, que se adapta á la generalidad de los hombres, aún más, la revelación debe descender de Dios hasta el nivel humano más bajo. La Biblia debe tener un mensaje de Dios al hombre como hombre. Contiene un plan de redención que alcanza hasta donde llega la condenación. El rescate debe ser tan completo como la perdición, la salvación debe alcanzar al pecado en todos los momentos. No es restauración lo que no repara por completo la ruina. Y así como todos los hombres han pecado y necesitan salvación, el Evangelio debe ser tan sencillo y claro que todo el que es capaz de pecar sea capaz de entender y apropiarse la salvación. Ahora bien, vemos que desde que hay un ser humano que ha pasado del primer estado de la infancia y no es imbécil ó idiota; dondequiera que hay una serie de acciones morales, aunque no estén desarrolladas, allí puede haber pecado voluntario y por consiguiente responsabilidad. Pero si hubiera un ser humano que pudiera pecar y sin embargo no pudiera entender el evangelio salvador, por incapacidad absoluta de entenderlo, habría fundamento para dudar que el Evangelio fuera de Dios. El mundo ha tenido muchos sabios y buenos maestros de moral, y algunos de ellos han sido centros de gran influencia, pero han hablado á una clase de hombres. Las grandes masas han sido excluídas de su círculo escogido por el mismo carácter de sus enseñanzas. La palabra misterio es de origen griego y significa "secreto revelado", que sólo los iniciados podían entender; y eran misterios para la masa común, y continuaban siéndolo para ellos mismos en grado y inteligencia y capacidad que los más no poseían. Por necesidad el filósofo se dirigía á los menos. Aristóteles, uno de los más famosos entre los filósofos, escribió sobre la "física", luego "metaphysica", "después de la física", y qué hay que exprese mejor aquellas sutilezas que se encuentran más allá de la naturaleza ó en lo que en el "Organon, de Aristóteles contuviera el secreto de la salvación, cuántos pecadores podrían encontrar en el el secreto? Pitágoras fué un gran maestro; pero no intentó tener dominio sobre las masas. Recibía bien á los que deseaban ser iniciados en sus misterios, y los tenía á prueba hasta que descubría si podía confiar en ellos como discípulos; siendo éstos los únicos á quienes se movía á revelar las cosas ocultas de su filosofía. De aquí vino la distinción entre sus doctrinas órficas y esotéricas. Estos hechos indican la tendencia de toda enseñanza meramente humana con respecto á las verdades morales y espirituales. Si hubiera sido completa en sí misma, aún había una falta fatal de principio; no llegaba ni conmovía á todos los hombres, no podía impresionarles ni formarles, no era apropiada para el hombre como hombre.

Abrimos el Libro Santo y una de las primeras cosas que fijan nuestra atención es la sencillez divina que caracteriza su revelación de la vida y brosa sublimidad. El camino de la santidad es una carretera llana y recta, no un sendero estrecho, obscuro, torcido: "los simples aunque insensatos no errarán allí" (1). La visión está escrita con claridad en las tablitas de modo que caminando de prisa se puede leer. Un niño en cuanto á edad puede, no obstante, entender todo lo que es necesario para la salvación. Una de las primeras cosas que apreciamos en la niñez es la "confianza, y la confianza es el alma de la fe. Cualquier niño puede entender lo que significa, en una noche obscura y tempestuosa, después de perder el camino, el entregar á un brazo más fuerte una carga pesada, no poder más tiempo y dar la mano á otra mano que puede conducirle á un hogar que él no puede encontrar ya, entenderá lo que significa que Cristo le lleve sus pecados y le guíe al cielo. Llevar el Salvador de los pecadores á colocar á un niño entre hombres y mandar á éstos que fueran como niños (1), pues los entendidos y los doctos de este mundo de pecado se burlan del Evangelio y huyen de él por su simplicidad. Y sin embargo ¿no es señal de que la verdadera salvación está aquí el que no necesitemos subir al cielo para encontrar á un Salvador, ni descender al abismo para volver á traer al Salvador de los muertos? (2) Dios nos pide no estas imposibilidades, sino sólo que creamos con el corazón y confesemos nuestra fe con la boca. Pero preguntáis, ¿no hay misterios en la Biblia, no hay cosas difíciles de entender, elevados como el cielo, profundos como el abismo? Ciertamente que sí; y si no las hubiera, ¿no argüiría esto contra la Biblia? La facultad de comprender por completo la mente y la mano ó de otro implica cierta igualdad? El mismo hecho de que en el producto del genio de otro hombre haya algo que Vd. y yo no podamos entender, es prueba de que hay en él un orden superior de facultades. No necesito ir al sepulcro de Edison repitiendo mis sentencias para convencerme de que el hombre que inventó esa máquina no es una inteligencia común, y una ojeada á las estatuas de Miguel Angel basta para demostrarme que este hombre fué un príncipe entre los artistas.

Así el mismo misterio de las obras de Dios demuestra que no fueron del todo obra del hombre. ¿Que explique cualquiera como crece una hoja de hierba tomando de la tierra, el aire, la luz y el rocío, precisamente lo que necesita para su propia estructura y desarrollo y sostenimiento. La Palabra de Dios debe revelar el Dios que la inspiró. Debe de haber pensamientos superiores á los nuestros y obra de manos superiores á las nuestras, ó pues de ser después de todo sólo el trabajo de un hombre.

¿Cómo puede la Palabra de Dios ser al mismo tiempo inteligible é ininteligible, asequible á nuestras facultades y superior á ellas, á la vez clara y obscura?

No necesitamos detenernos á trazar líneas sutiles de distinción, como las de Coleridge entre "aprehensión y comprensión." Una cosa puede ser al mismo tiempo sublime y sencilla. La columna de nube y de fuego era por el día una nube oscura, puede decir ni aún hoy, cómo una nube puede moverse con inteligencia suprema, ora yendo delante para guiar, ora deteniéndose para indicar una parada, y caminando otra vez detrás para ocultar las huestes de Dios al enemigo que les perseguía? ¿Cómo puede una nube anunciar la sombra de la noche brillando, ó una columna de fuego que puede extinguir la media noche? Y sin embargo la nube condujo á Israel, y nada pudo ser más sencillo que ir á donde ella fué y detenerse donde ella se detuvo.

Lo que era misterioso en cuanto á la nube no impedía su oficio como guía (1). Las "cosas secretas, pertenecen á Jehová nuestro Dios; mas las "reveladas son para nosotros y para nuestros hijos para que cumplamos todas las palabras de esta ley (2). Hay misterios pero son especulativos; hay misterios, pero no son reguladores; esto es, mientras Dios no contesta nuestras preguntas ¿cómo? y ¿por qué?, contesta á nuestro ¿qué?, Nosotros no preguntamos nunca: Señor ¿qué quieres que haga? para tener una contestación sencilla y pronta, no envuelta en la nube del misterio ó en las sombras de la obscuridad.

Otro ejemplo sería más grande del misterio si no lo hubiera en una revelación de Dios. Eduardo Irving compara al hombre, que con su conocimiento limitado espera comprender todas las cosas, á una oruga, que en una caverna de dos leguas de diámetro, con todo ciego recorriendo sus limitadas galerías subterráneas, tratando de interpretar las marchas y contramarchas de ejércitos poderosos que caminasen por encima. Hay cosas profundas en lo referente á Dios, pero ninguna de ellas se relaciona con el deber. Desconocemos el misterio del movimiento: cómo la voluntad acciona con los nervios, los nervios con los músculos, los músculos con los huesos; y sin embargo podemos levantar nuestros brazos y mover nuestras piernas á voluntad. Y así cualquier que sea el misterio que haya en la Palabra, no oscurece el deber, ni nos impide caminar por la senda de la obediencia. Este Libro Bendito reconoce que hay nubes y tinieblas alrededor de El, pero nunca admite que haya nubes y tinieblas en el camino que conduce á El. Moisés estuvo en el Monte Blanco. La distancia lo esfuma y las nubes envuelven su cima como en blanco sudario. Pero las nubes corresponden á los picos elevados, es su estancia natural y dan á la montaña un aspecto grande y sublime. Tienen propiedades para absorber cualidad de colores de los rayos solares y envolver los picos temibles en los colores del arco iris; dejan la nieve y el hielo allá arriba junto al cielo, los cuales al fundirse destilan agua en las montañas que están allá abajo. Pero aunque las nubes revisten estas cumbres de miles de pies de altura, no hay nubes en los valles. La montaña está aquí, la senda es plana y clara. Y todo esto demuestra que no es propio vivir en aquel nivel más alto. Estos grandes picos, como las estrellas que parecen tocar al mismo firmamento, son admirados, para despertar el asombro en el alma, pero no para habitar sus alturas sin sufrir extravío. Aquellas alturas fueron para meditación, no para su daño, son resbaladizas. El aire es demasiado raro allá arriba, se respira con dificultad y el frío es muy intenso. Pero aquí abajo se pasea sin peligro, sin temor de tropezar. A pesar de todo sirve para alimentar y nutrir la vida.

¿No ocurre esto con la Biblia? Se asemeja á algunos picos elevados, y las nubes de misterio, descansando en la tierra, llega hasta las estrellas. Sus alturas son infinitas, lejanas, esfumadas, envueltas en nubes, pero gloriosas en su oscuridad y misterio. Estas son demasiado elevadas para ser holladas por la planta del hombre. Sólo los ángeles pueden respirar aquella atmósfera etérea y arriesgarse á lo largo de sus escarpadas y profundos de Dios. Para nosotros aquellas alturas sublimes sólo son para contemplarlas, admiradas, adoradas. Ese es el punto donde la Biblia llega á Dios y al cielo, pero en aquella región Dios sólo el contemplar y extasiarnos en la gloria. Pero donde la Biblia toca la tierra llega á nuestro nivel, aquí no hay nubes ni oscuridades, todo es luz y sencillo y claro porque aquí se encuentra la senda del deber.

Y verdad es que podemos, según nos familiarizamos más con la verdad divina, trepar más alto, abarcar perspectivas más extensas, vistas más verdaderas de la relación entre esta vida y la venidera; pero aún entonces, sólo nos rendiremos ante las profundidades de las riquezas, de la sabiduría y la ciencia de Dios y exclamaremos, ¡Cuán incomprensibles son sus juicios é inescrutables sus caminos! (1). Cuando lleguemos á mayor altura que puedan hollar los mortales, solamente es cuando diremos con San Pablo que hay una altura y una profundidad, una anchura y una largura que sobrepujan todo conocimiento.

Bienaventurado es el que se contenta con comprender el camino del deber, y el que, en estos misterios divinos que tienen relación con los arcanos más elevados y más profundos de Dios, sólo ve una prueba adicional de que la Biblia es de Dios. Porque es de Dios, es por lo que se levanta tan alto sobre el nivel terreno que su radiante cima está envuelta en las nubes y es demasiado gloriosa para nuestra contemplación.

 (1) Romanos XI: 33.


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