LIBRO DIGITAL (III)
Capítulo 1
Escogidos en Cristo
(Efesios 1:1-14)
Esta extraordinaria carta, que contiene aspectos fundamentales de la Revelación de Dios a los hombres, tal y como figura en las diversas traducciones bíblicas (adelantamos que para la exposición que realizamos, en este libro, seguiremos el texto básico de Reina-Valera versión 1960) contiene algunas inexactitudes (añadiduras y restricciones), las cuales es necesario tener en cuenta, para proceder a una interpretación más adecuada de la misma. Considero que para crecer en el conocimiento de Dios hay que llegar a tener una madurez, mínima, que nos permita encajar hechos como estos. Este libro ha estado sujeto a los avatares de la Historia: los hombres han actuado sobre él proyectando, sobre su texto original, sus propias concepciones doctrinales e ideológicas; “han puesto cosas”, que no estaban en la mente original de aquel que lo escribió por vez primera, y han quitado “otras”. Esta realidad no menoscaba la grandeza y el valor del libro, ni debe de dejar mal parada la magistral traducción de Reina-Valera a la que anteriormente aludíamos.
Exposición Ef. 1:1-14
Antes de entrar en la exégesis y hermenéutica de esta epístola es conveniente que realicemos algunas matizaciones, a manera de presentación de la misma. Se trata de un libro comprometido en el marco de las Sagradas Escrituras, y fundamental para el conocimiento de la realidad estructural, orgánica y pneumática de la Iglesia. Considero necesario aclarar que todo lo que expongo, en este libro, es lo que, personalmente, entiendo que la Palabra de Dios enseña para los días actuales. Mis concepciones teológicas y mis elaboraciones doctrinales son el resultado del estudio, la reflexión y la investigación más rigurosa de que soy capaz. Considero que el estatismo doctrinario es uno de los males anquilosantes y fosilíferos en la Historia del Cristianismo. Me parece conveniente que el cristiano tenga una mentalidad abierta, y esté predispuesto a recibir la enseñanza actualizada de la Palabra, sin caer en rigideces, actitudes intolerantes y dogmatismos, que tanto han contribuido al oscurecimiento de la verdad, al tiempo que han impedido un verdadero crecimiento en el conocimiento de Dios.
En cuanto a esta epístola, es conveniente realizar alguna reflexión acerca del momento histórico en que se escribe y en relación al autor de la misma.
Comenzaremos esta exposición diciendo que, ya, en el versículo primero nos encontramos con un asunto verdaderamente serio. Evidentemente, no parece que exista la más mínima duda de que esta epístola la escribió el apóstol Pablo; y no solo porque esté aquí la credencial de su mismo nombre ó por lo que al final de la misma dice (6:19-24), sino por el estilo, contenido, terminología griega original y por todo el desarrollo teológico que en la carta se contiene. Todas estas circunstancias vienen a ser argumentos, importantes, que avalan la paternidad del apóstol de los gentiles como autor de esta epístola. Otra cosa distinta sería la respuesta que deberíamos dar a esta pregunta: ¿A quién va dirigida esta carta, quiénes son sus destinatarios? Aunque la respuesta pareciera obvia, en realidad, tiene una enorme transcendencia la clarificación de la misma.
En nuestras Biblias consta el siguiente epígrafe: “La epístola del apóstol San Pablo a los Efesios”. Esto es lo que normalmente decimos y creemos todos; pero no obstante, vamos a ver como el asunto de los destinatarios no está claro. Diversos autores piensan que existen argumentos sólidos, de peso, para llegar a la conclusión de que esta epístola no fue escrita de manera particular a los efesios.
Conviene recordar que no en todos los periodos de la Historia se consideró a los efesios como particulares destinatarios de la epístola. En el siglo XIX y primera mitad del XX se deviene un movimiento teológico liberal-modernista, de carácter crítico, que se extiende fundamentalmente por todo el centro de Europa y cuestiona a los efesios como destinatarios de este escrito del apóstol Pablo.
Pero las dudas, a cerca de a quién iba dirigida la carta, son muy anteriores a este período de la Historia del Cristianismo. Tenemos que retroceder a los primeros siglos de la Era Cristiana para encontrarnos con el hecho, de que ya en aquellos tiempos, no estaba claro que los destinatarios de la epístola fuesen los efesios. En ningún códice, manuscrito o copia de esta carta anterior al siglo II existió un epígrafe ó título que dijera: A LOS EFESIOS. Por el contrario dicha intitulación aparece en épocas posteriores.
Por consiguiente, disponemos de más de siglo y medio en que aquellos que estaban viviendo de manera muy cercana, en el tiempo y en el espacio, las fuentes de donde manó el escrito no tenían esclarecido, de manera determinante, quiénes eran los destinatarios inequívocos de la epístola. Además en el siglo III y IV encontramos, dentro de los denominados Padres de la Iglesia, a los que consideraban que la epístola no fue escrita a los efesios. Nos parece que este argumento es de una solidez inquebrantable si tenemos en cuenta la relevancia, los dones, el ministerio, la categoría, la erudición y la vida personal de estos hermanos. Como ejemplos paradigmáticos apuntamos el hecho de que Orígenes no consideraba que esta epístola fuera escrita a los efesios; de idéntico parecer era San Jerónimo, el famoso traductor de la Vulgata. Por consiguiente recogemos la realidad histórica de que diversos autores del siglo III y IV, entre los que encontramos eminentes figuras de la Historia de la Iglesia, no consideraban que esta carta hubiese sido escrita a los efesios, sino a otra Iglesia; pero además los autores de ésta época a que hacemos referencia, manifiestan conocer antiguas copias de los textos originales, que no eran de manejo común, donde la carta no está dirigida a los efesios, sino a otros destinatarios. Cuestionar que en el siglo III ó IV personas como Orígenes o San Jerónimo estaban engañándonos carece de sentido. No obstante, lo anteriormente aducido, hoy en día podemos leer algunos comentarios que nos digan que en todos los manuscritos griegos, en el versículo primero del capítulo primero de esta epístola aparecen los términos “a los Efesios”. Para ser consecuentes con la verdad debemos de rebatir esta afirmación diciendo que en todos no, sí en la mayoría. Pero esta mayoría de documentos son muy posteriores a otros donde los términos “a los efesios” no constan; por consiguiente la argumentación “de la mayoría” no es válida. El papiro más antiguo que se conserva hoy en el mundo pertenece, exactamente, al año 200 de nuestra era y en el mismo se registra Efesios 1:1 de la siguiente manera: “Pablo apóstol de Jesucristo por la voluntad de Dios a los santos y fieles en Cristo Jesús que están...”
El final del texto, tal y como viene recogido en nuestras traducciones bíblicas, “en Éfeso”, no figura en este valioso documento; que es, por otra parte, el testimonio más antiguo de que disponemos. Pensar que en el papiro ó pergamino original sí figuraban como destinatarios “los efesios” y que posteriormente los copistas, por razones absolutamente desconocidas y arbitrarias, decidieron eliminar dicho epígrafe no puede ser considerado como un argumento sólido, a tener en cuenta, sino a lo más como el producto de interpretaciones subjetivistas y personalistas condicionadas por prejuicios, quizás, de carácter institucional o dogmático. Normalmente los copistas reproducían un documento anterior con fidelidad, y si bien es verdad que en algunas ocasiones en las nuevas copias podían aparecer “añadiduras” (casi siempre con una intencionalidad hermenéutica), no es menos cierto que en rarísimas circunstancias se decidieron a sustraer o restringir una parte del texto.
En definitiva, la carta estaba escrita como una carta circular, que permitía poder poner en los mismos distintos y diferentes destinatarios; algo que resulta coherente y comprensible con el contenido doctrinal y el carácter universal de esta epístola. Esto no quiere decir que la epístola no fuese leída y meditada por los efesios, lo que probablemente sí ocurrió, pero no específicamente sólo por ellos. La carta está escrita desde la cárcel, sobre este aspecto no existe duda alguna (Ef. 6:20). En tres ocasiones, en sus escritos, al menos recuerda el apóstol Pablo que está encarcelado y que es “un embajador en cadenas”. La epístola que estamos tratando pertenece a las denominadas epístolas del cautiverio; es decir, a la serie de cartas (Efesios, Colosenses, Timoteo y Filemón) que Pablo escribió a distintas Iglesias cuando estuvo encarcelado. Como anteriormente apuntamos la carta podría tener carácter circular y haber sido escrita con destino a una o a varias Iglesias en las que el Apóstol no había actuado como fundador de las mismas. También cabe la posibilidad, un tanto remota, de que esta carta tuviese como destinatario a alguna Iglesia de la región de Éfeso que él no conociera personalmente; pero sobre la Iglesia de los efesios que se encuentra historiada en el libro de los Hechos de los Apóstoles (Hch. 19:1-41) se nos dan detalles en cuanto a las circunstancias y el período de tiempo que el apóstol Pablo dedicó a la fundación de la misma; por consiguiente conocería a casi todos o a la mayoría de los miembros de dicha Iglesia, y llama muchísimo la atención que al final de esta epístola (Ef. 6:21-24) menciona a una persona que envía como emisario informativo pero no concreta saludo alguno para distintos miembros o familias de la Iglesia como correspondería a su peculiar costumbre. Conocemos como al final de sus epístolas solía dar listas enteras saludando a la gente de aquí y de allá, y difícilmente nos podemos plantear que a una Iglesia, que él fundó y a la que dedicó años consecutivos de su vida misionera, la escriba diciendo cosas como esta: “Por esta causa también yo, habiendo oído de vuestra fe en el Señor Jesús, y de vuestro amor para con todos los santos” (Ef. 1:15). Él conoce la realidad de esta Iglesia porque alguien se la contó. Cuando escribe a los Colosenses también habla de la realidad de una Iglesia que él tampoco había fundado y habla no solamente de la Iglesia en concreto sino de “todos aquellos que nunca han visto mi rostro” (Col. 2:1).
La similitud entre Efesios y Colosenses es notable, aunque existen también diferencias; pero, en ambas cartas, se repiten frases y casi versículos enteros, y conceptos sobre la Iglesia, la salvación o sobre la vida de la familia que corresponden, exactamente, a los mismos pensamientos; hasta tal punto que se ha dicho que Efesios es como un desarrollo teológico-doctrinal del esquema básico que se plasma en la epístola a los Colosenses. Teniendo en cuenta que el correo que porta ambas epístolas es la misma persona (Ef. 6:21, Col. 4:7), consideramos que hay base suficiente para pensar, no para asegurar, que ésta carta fue dirigida a alguien en relación con las Iglesias de esta zona geográfica de la tierra, quizá a una Iglesia cercana territorialmente a Colosas, pero no a la Iglesia de los efesios. Los destinatarios podrían ser los laodicenses a la luz del contenido del final del capítulo 6 de Efesios (Ef. 6:21-24) y Col. 4:7. En el final de este último texto la versión Reina-Valera dice: “Para que conozca lo que a vosotros se refiere”. Esta traducción no es muy correcta respecto del sentido del original que debería traducirse de la siguiente forma: “A fin de que conozcáis las cosas acerca de nosotros”. Es obvio que el sentido del texto cambia de manera radical, y la conclusión es que la finalidad del viaje de Tíquico a Colosas es la misma que la de su viaje a los destinatarios de la supuesta epístola a los efesios; es decir, que cada una de estas Iglesias, que el apóstol Pablo no había fundado personalmente, conozcan lo que concierne a su situación personal y a la de sus colaboradores más íntimos. Por otro lado citando Col. 4:16, dice: “Cuando esta carta haya sido leída entre vosotros, haced que también se lea en la Iglesia de los laodicenses, y que la de Laodicea la leáis también vosotros”. Llegados a este punto tendríamos que plantearnos, muy en serio, que el apóstol Pablo escribió una carta bajo la inspiración divina, en pleno período de la Revelación, a la Iglesia de Laodicea, carta que por otra parte, no tenemos nosotros, al no aparecer en los códices originales que constituyen el canon del Nuevo Testamento. Es decir, que los libros revelados del Canon neotestamentario estarían incompletos, dado que, al menos, los libros inspirados que deberían contener no serían veintisiete, sino veintiocho. Toda esta problemática quedaría resuelta si admitiésemos que la denominada “epístola a los efesios” que Tíquico portaba junto con la epístola a los Colosenses, iba en realidad dirigida a la Iglesia de Laodicea.
Sobre esta última cuestión hay diversas teorías que resultaría demasiado prolijo ir enumerando. Propósito al que renunciamos en aras de una mayor objetividad hermenéutica, concluyendo que a la luz del contenido de ambas cartas, aquí mencionadas y especialmente al amparo de Col. 4:16, consideramos como muy probable que la denominada “epístola a los Efesios” correspondería a una carta que va dirigida, en el ámbito de las Iglesias de Asia Menor, a la Iglesia de Laodicea.
Una vez dicho esto, que supongo, no ha de romper ningún esquema fundamental, y considerando la riqueza y el contenido que tenemos en esta carta, debería darnos igual que la misma hubiera sido escrita a la Iglesia de Éfeso, a la de Laodicea o a cualquier otra; no obstante, se abre un interesante paréntesis; porque si las copias de los textos originales, que tenemos hoy, en el versículo primero del capítulo primero terminan con la frase “a los santos y fieles en Cristo Jesús que están...” y no hay más, pienso que estaríamos autorizados, por el Señor, para poner los nombres de nuestras Iglesias como destinatarios de esta epístola universal. Es precisamente la consideración de la universalidad de su contenido la que nos ayuda a entender mejor por qué en los originales hasta ahora conocidos no aparece como destinatario una Iglesia concreta; es decir, que en esta carta encontramos no sólo una revelación del sentido universal de la Iglesia, en cuanto a Iglesia total, sino una visión profunda de su dimensión cósmica.
Dicho de otra manera, no solamente encontramos aquí que la Revelación de Dios nos aclara el sentido de la universalidad de la Iglesia, sino también, el sentido de la trascendencia cósmica de la misma. Pensamientos que se desarrollan de igual manera en la Epístola a los Colosenses.
Para poder entender esta epístola hay que tomar en consideración una serie de vocablos fundamentales que no podemos analizar de manera minuciosa, uno por uno, pero será necesario detenernos en el estudio de términos como dispensación, operación, poder, predestinación, escogidos, que constituyen elementos fundamentales en esta epístola, y juegan un gran papel para su interpretación dinámica. Consideramos a esta carta como probablemente la más importante que el apóstol Pablo haya escrito. En ella se desarrollan conceptos que no están tan claros en otros escritos neotestamentarios. Conceptos que constituyen el máximo exponente de la Revelación de Dios hasta el momento actual. La carta contiene una revelación profunda sobre aspectos fundamentales de la Salvación, y desde el punto de vista doctrinal constituye un documento importantísimo dentro del contexto de la Revelación de Dios a los hombres.
Si tuviésemos que pensar en un título que expresase el contenido de esta epístola, es decir, que nos diese el sentido de su tema fundamental, creo que no existiría otro más adecuado que aquel que hace referencia a la “Economía Divina”. El tema de la Economía Divina, es asimismo, el tema de toda la Revelación de Dios que podemos tener hasta el momento presente. Pero es necesario matizar que, hasta ahora, no disponemos de todo lo que Dios puede revelarnos, sino de todo lo que Dios ha querido darnos a conocer; es decir, que no debemos hacernos a la idea, errónea, de que la Revelación de Dios se agota con el libro que estamos estudiando, o con cualquier otro del Canon neotestamentario. Diversos escritos, del Nuevo Testamento, dejan claro, que coincidiendo con los eventos escatológicos de la parusía o segunda venida de Cristo, se producirán nuevos aspectos y contenidos de la Revelación: es decir, la posibilidad de integrar, a los contenidos de nuestra conciencia, nuevos conocimientos que no pertenecen al tiempo presente. Esta última aseveración podría dar lugar a algunos equívocos, en el sentido de inclinarnos a tomar en consideración las supuestas “nuevas revelaciones” que algunos creyentes dicen recibir directamente de Dios. Esta posibilidad no es asumible desde la perspectiva de la misma Revelación bíblica que nos asegura que las Sagradas Escrituras, de las que disponemos, constituyen la única Revelación posible hasta que el Señor Jesucristo vuelva a esta tierra. Por consiguiente no existe un período intermedio, en el que algunos hermanos, especialmente iluminados, reciben revelaciones que van complementando las que ya tenemos en la Biblia, sino percepciones intrapsíquicas de carácter subjetivo que se presentan a nuestra consideración como proyecciones de contenidos noéticos (pensamientos) y afectivos reprimidos y devenidos a nivel inconsciente. En otras palabras, que las pretendidas “revelaciones” de algunos hermanos “espirituales” constituyen un fenómeno psicológico y no una manifestación teológica.
Al abordar el estudio de esta epístola es necesario entrar en algunas consideraciones sobre el tema de la predestinación, el cual, intentaremos considerar desde la amplia perspectiva de la Economía Divina. Cuando hablamos de la Economía Divina, estamos hablando de “la dispensación del misterio” (Efesios 3:9). Nos acostumbramos a manejar la palabra dispensación, con un sentido doctrinal dogmático e institucionalizado. No sé por qué se nos ha secuestrado en las exposiciones, de tantos exegetas e intérpretes de la Palabra de Dios, el sentido literal y esencial de éste término. Si desde que Scofield elaboró sus famosas siete dispensaciones, hubiese tenido la delicadeza, ya que disponía de conocimientos y erudición suficientes, de aclarar que la palabra dispensación significa economía ¡Cuántas cosas se hubiesen aclarado! ¡Cuántos equívocos que constituyeron la infraestructura de supuestas doctrinas bíblicas, no hubiesen sido posibles! Pero la realidad histórico-exegética se devino de tal manera que el término dispensación se ha introducido, en determinadas corrientes del pensamiento evangélico, como una especie de neologismo extraño; es decir, cuando hablamos de dispensación parece que estamos hablando de algo misterioso y que no podemos entender, porque “la dispensación del misterio” es una realidad, de la que no se puede colegir que la dispensación sea, exactamente, el misterio. Como ya explicitamos, la palabra dispensación significa economía y cuando hablamos en términos teológicos de “economía” no estamos hablando esencialmente de dinero, no obstante, el dinero no está excluido del sentido teológico y soteriológico de lo económico. Cuando hablamos de Economía Divina estamos hablando de la gestión del Plan de la Salvación, y de todos los recursos de que Dios dispone para la realización de dicho plan. Cuando hablamos de dispensación no estamos hablando siempre, de períodos de tiempo históricos como tantas veces se nos ha dicho; más bien cuando hablamos de dispensación estamos ubicándonos más allá del tiempo y del espacio, no estamos, dispensacionalmente hablando, ni en el tiempo ni el espacio; salvo en determinados momentos históricos, del desarrollo económico de la Salvación de Dios, que se cumplen témporo-espacialmente. Por consiguiente cuando hablamos de dispensación, a la luz de la epístola que estamos tratando, estamos hablando de una realidad que trasciende los conceptos espacio-temporales, estamos hablando de la Economía Divina, de la Economía de Dios.
El término economía se aplica, por analogía, al funcionamiento del organismo humano, y en éste sentido implica tanto el funcionamiento biológico (orgánico, somático) como el funcionamiento mental (anímico, espiritual); es decir, que el sistema económico de una persona corresponde al funcionamiento integral de la misma, a su unidad funcional o psicosomática. La economía de un ser humano, es todo lo que tiene que ver con el sistema de gestión de la vida, de esa persona, en sus diversas manifestaciones. Es en este sentido que, salvando las diferencias, podemos hablar de la economía de Dios. Por consiguiente, nos planteamos el estudio de esta epístola desde la perspectiva de la economía divina, es decir, desde la consideración de los diversos recursos con los que Dios gestiona su Sistema Salvífico. En esta carta nos encontramos con el tema de la Economía de Dios, por lo menos, en tres momentos importantes de la misma. Para comenzar nuestro análisis, partimos de la consideración del pasaje Ef. 3:1-11: “Por esta causa yo Pablo, prisionero de Cristo Jesús por vosotros los gentiles; si es que habéis oído de la administración de la gracia de Dios que me fue dada para con vosotros; que por revelación me fue declarado el misterio, como antes lo he escrito brevemente, leyendo lo cual podéis entender cual sea mi conocimiento en el misterio de Cristo, misterio que en otras generaciones no se dio a conocer a los hijos de los hombres, como ahora es revelado a sus santos apóstoles y profetas por el Espíritu: que los gentiles son coherederos y miembros del mismo cuerpo, y copartícipes de la promesa en Cristo Jesús por medio del evangelio, del cual yo fui hecho ministro por el don de la gracia de Dios que me ha sido dado según la operación de Su poder. A mí, que soy menos que el más pequeño de todos los santos, me fue dada esta gracia de anunciar entre los gentiles el evangelio de las inescrutables riquezas de Cristo, y de aclarar a todos cuál sea la dispensación del misterio escondido desde los siglos en Dios, que creó todas las cosas; para que la multiforme sabiduría de Dios sea ahora dada a conocer por medio de la Iglesia a los principados y potestades en los lugares celestiales, conforme al propósito eterno que hizo en Cristo Jesús nuestro Señor”. En este pasaje, en dos ocasiones (vs. 2 y 9) nos encontramos con el término administración, término que corresponde a la voz griega “oikonomía” y que literalmente significa economía. Se nos habla de la Economía de la gracia de Dios (3:3). Existe pues una Economía de la gracia, o expresándolo de otra manera, digamos que la gracia de Dios se realiza conforme a un Plan Económico del mismo Dios. A semejanza de como una nación, dispone de un plan económico y ese plan constituye la infraestructura que permite realizar todas las obras necesarias para devenir su existencia como pueblo, y paliar sus necesidades, así Dios, dispone de unos recursos económicos que le permiten la gestión del Plan de la Salvación. En la esfera humana no se puede realizar un programa de estudios sin un plan económico que lo respalde, no se puede llevar adelante un plan sanitario sin los correspondientes recursos económicos; en definitiva, no se puede hablar de la gestión de un país sin una gestión económica, y en este sentido el plan económico constituye el conjunto de recursos que va a permitir dicha gestión. En el ámbito de lo trascendente existe una Economía de la gracia, y esa gracia se va a gestionar (realizar) conforme a la voluntad de Dios ¡Jamás conforme a la de los hombres! La Economía Divina se va a realizar conforme al propósito, al designio y a la voluntad de Dios; los hombres no juegan papel alguno en esta gestión, los hombres sólo se benefician de la misma.
Dios es el gerente y director de Su Plan Económico; es quien lo pone en marcha y lo dinamiza conforme a Su poder, conforme a Su capacidad, conforme a Sus propósitos, conforme a Su determinación. Nadie puede parar, interferir o impedir la realización del Plan Económico de Dios; si esto fuese posible tendríamos que abocar a la conclusión de que Dios no es soberano. Llegados a este punto nos encontramos, en esta carta, con el tema de la Soberanía de Dios. En la carta se habla de la Soberanía de Dios como se habla de la Economía Divina. En el versículo 2 del capítulo 3 encontramos: “si es que habéis oído de la administración de la gracia de Dios que me fue dada para con vosotros”, y más adelante en el vs. 9: “y de aclarar a todos cuál sea la dispensación del misterio escondido desde los siglos en Dios, que creó todas las cosas”.
La palabra administración (vs. 2) y el término dispensación (vs. 9) corresponden al vocablo griego “economía”. Cuando hablamos de la Administración de Dios estamos hablando de la Economía de Dios, y cuando hablamos de la Economía Divina estamos hablando de la Dispensación de Dios. Esta realidad salvífica, económica y teológica tiene poco que ver con la ubicación de períodos dispensacionales (dispensaciones) limitados por la derecha y por la izquierda. La realización o el devenir del Plan Económico de Dios no nos permite establecer límites claros y definidos en su correlación histórico-salvífica. La concretización en el tiempo de la Economía Divina se corresponde con el desarrollo de un plan soberano que responde a las motivaciones del mismo corazón de Dios, y que por consiguiente, en su esencia más prístina y trascendente, se nos escapa. No somos capaces de alcanzar la esencia y las razones profundas de por qué Dios puso en marcha Su Plan.
No obstante, existen aspectos del mismo, que podemos intentar verificar a la luz de la Revelación de Dios, y de manera más concreta en esta carta; así en el Cp. 1:9-10, se nos dice: “dándonos a conocer el misterio de Su voluntad, según Su beneplácito, el cual se había propuesto en Sí mismo, de reunir todas las cosas en Cristo, en la dispensación del cumplimiento de los tiempos, así las que están en los cielos, como las que están en la tierra”. En el vs. 10 nos encontramos con el término dispensación que corresponde al vocablo griego economía: “En la economía del cumplimiento de los tiempos”. Esta frase y conforme a los términos originales, se puede y se debe traducir así: la dispensación (Gr = economía) del cumplimiento (Gr = plenitud) de los tiempos (Gr = momentos). El término que se emplea para “tiempos” no tiene carácter cronológico, es decir, no corresponde al vocablo griego “cronos”, sino al término original “Kairós” y que es conveniente traducir por momentos. Los momentos constituirán realidades salvífico-trascendentes vivenciadas en conceptos temporales no cronológicos, y vendrían a coincidir con los momentos cruciales de la Historia de la Salvación. En la Biblia, y de manera más clara en el Nuevo Testamento, se dan por lo menos dos conceptos del tiempo que mantienen una interrelación salvífica; por un lado, nos encontramos con el tiempo cronológico que corresponde a aquel que nosotros medimos con nuestros aparatos de precisión y que se expresa por el vocablo griego “cronos”; pero además existe un concepto temporal no cronológico, que se expresa por el término griego “Kairós” y que se traduce por momentos. Cuando se trata el tema de la Economía Divina desde el punto de vista histórico dispensacionalista (concepción fundamentalista de los períodos dispensacionales) se fundamenta su realización temporal con una visión, exclusivamente, cronológica. Se pretende tener la capacidad, mediante la investigación exegética, de poder realizar una hermenéutica que deslinde y delimite exactamente los diversos períodos histórico-dispensacionales. Se pretende tener conocimiento y erudición bíblica para caer en la osadía interpretativa de poder determinar, para cada dispensación el período histórico de su inicio y el de su finalización. Al final de este recorrido exegético-interpretativo se aboca a la conclusión de que el devenir dispensacional concluye con la superación de “el tiempo”. Es curioso que cuando se habla de las diversas dispensaciones, se las ubica y determina montándolas sobre el tiempo cronológico y se dice que la realización escatológica de las mismas, cuando se llegue a la plenitud del cumplimiento de los tiempos, supondrá la superación de la misma realidad temporal y la posibilidad de transcender más allá de ella. Esta concepción bíblica consideramos que entra en contradicción dialéctica, hermenéutica y etimológica con el término eternidad, tan difundido por toda la Escritura. La palabra griega que traducimos por “eternidad” en el Nuevo Testamento significa “los siglos de los siglos” y expresa, sin lugar a dudas, un concepto temporal. La concepción de la eternidad como una realidad vivencial atemporal no corresponde a la Revelación de Dios, sino a una concepción extra-bíblica, la de la filosofía griega. En la Biblia la eternidad no constituye la superación del concepto de tiempo, sino que antes al contrario la palabra eternidad, etimológicamente, significa algo así como “el tiempo indefinido”. La concepción de la eternidad que se explicita en la Revelación de Dios, tanto en el Nuevo como en el Antiguo Testamento, y que fue asumida por los israelitas y por los judíos, choca radicalmente con el concepto de eternidad atemporal desarrollado por el pensamiento de la filosofía griega. Por consiguiente, la concepción atemporal de la eternidad corresponde a la introyección y proyección de dicha filosofía en la historia del pensamiento bíblico exegético de algunos pensadores cristianos, pensamiento que revistiéndose de ortodoxia inapelable ha pretendido plasmarse en doctrina inamovible.
En definitiva, existe un concepto cronológico del tiempo y otro kairótico, es decir, no cronológico. Este último se expresa por el término momentos; estos momentos temporales no son mensurables desde el punto de vista cronológico. Un ejemplo paradigmático de los mismos lo constituyen estas palabras de Jesucristo: “Aún no ha venido mi hora” (Jn. 2:4). El concepto expresado por el término hora es un concepto temporal no cronológico y corresponde a un espacio kairótico del tiempo en la Revelación de Dios. Este concepto temporal acronológico está estrechamente ligado con el concepto de Soberanía de Dios y se corresponde con esos momentos que son temporales pero no cronológicos y que se devienen superpuestos, injertados y montados sobre el tiempo cronológico. Los diversos momentos kairóticos pertenecen a la esencia de la dinámica divina y Dios los coloca donde y cuando Él quiere, y en ningún caso son mensurables desde la perspectiva humana. Si toda la concepción temporal que tenemos revelada en la Escritura fuese cronológica, posiblemente nos permitiría realizar un análisis dispensacional de la misma; pero el concepto kairótico del tiempo rompe todos los esquemas del análisis dispensacional cuantificado. Esto nos aboca a la siguiente conclusión: los contenidos más importantes de la Revelación de Dios no se encuentran ubicados en el cronos, sino en el kairós. Esta idea se revela con claridad meridiana no sólo en el Nuevo Testamento, sino también en el Antiguo (Ec. 3:1-11). La Economía Divina se corresponde con el Plan de la Salvación y constituye el conjunto de recursos que permiten la realización o devenir kairótico-cronológico de dicho Plan.
Corresponde a la Soberanía de Dios la gestión y dirección de su realización económica. Nos vamos a encontrar con el concepto de Soberanía en el capítulo 1 y vs. 19 de esta epístola: “Y cuál la supereminente grandeza de Su poder para con nosotros los que creemos, según la operación del poder de Su fuerza”. En este texto nos encontramos con el término poder en dos ocasiones; la primera mención corresponde a la voz griega dynamis y hace referencia a toda la capacidad dinámica y a toda la fuerza creadora de Dios; en la última parte del texto vuelve a aparecer la palabra poder: “según la operación del poder de su fuerza”. El término operación significa actividad, energía, y corresponde a la energía de Dios que mueve y dinamiza todo el Plan Salvífico; el vocablo “poder”, se puede y se debe traducir por “soberanía”.
Existe, pues, una Economía Divina y una Soberanía de Dios que dinamiza y gestiona aquella.
Considerando el estudio de esta epístola desde la perspectiva de la Economía Divina, y a efectos didácticos, podríamos dividirla en cinco capítulos o apartados: 1) La gestación o concepción del Plan Económico-salvífico de Dios, que se correspondería con el capítulo primero de la carta. 2) La realización del Plan de la Salvación, que lo encontramos expuesto en el capítulo segundo. 3) La revelación del Plan de la Economía Divina explicitado en el capítulo tercero de la epístola. 4) La confirmación del Plan, revelación correspondiente al capítulo cuarto y 5) La praxis del Plan Económico de Dios que se correspondería con los restantes capítulos de la carta.
A pesar de que parece que estamos moviéndonos en un plano meramente teórico, lo que intentamos es acceder a las fuentes de nuestra vocación, es decir, volvernos a nuestros orígenes. Interrogarnos sobre quién somos y de dónde venimos desde una perspectiva eclesiológica, para lo cual nos es necesario sumergirnos en el Plan Económico de Dios. Fuera de este contexto nos encontraríamos que no tenemos principio, ni orígenes, ni raíces; pero nosotros no procedemos de nosotros mismos, ni hemos emergido a la realidad existencial trascendente como fruto de nuestras decisiones particulares. Sin embargo, hay quien piensa que somos Iglesia de Cristo porque así lo hemos decidido; pero la Biblia mantiene una enseñanza diferente. La Biblia nos revela que nadie puede decidir ser Iglesia de Cristo. Esto es algo que Dios ha decidido por nosotros y antes de que nosotros existiéramos; más aún, antes de que existiese el mundo, en el que nosotros vivimos, nos movemos y somos.
Si queremos conocer nuestros orígenes y el sentido de nuestra vocación, hemos de ir a la concienciación de la revelación contenida en el Plan Económico de Dios. La ocupación del correspondiente espacio de nuestra conciencia por dicha revelación no presupone la mera vivenciación teórica de la misma, sino que permite que dicha realidad soteriológica se plasme en una realización práctica, es decir, en una manera de vivir y de estar en el mundo. A esta praxis, que se deviene en el tiempo, corresponden los contenidos de los capítulos 5 y 6, de la epístola, donde se concretiza toda la elaboración doctrinal de la misma. Es decir que, en el tiempo, se produce un devenir práctico del Plan Económico de Dios en la Iglesia, y a través de la Iglesia, en la Historia y en el mundo.
Todos estos conceptos nos van a servir, más adelante, para entender muchas realidades socio-familiares y psicosociales, tales como la relación de los padres con los hijos y de éstos con aquellos; la relación de los maridos con las mujeres y de las mujeres con los maridos; la de los siervos con los amos y viceversa. Todo lo cual viene a demostrar que las realidades doctrinales no se devienen en esferas etéreas, sino que se realizan, sociológicamente, de manera trascendente.
Llegados a este punto, tenemos que entrar en el tema que se resalta en el capítulo primero de esta carta: la predestinación. El problema de la predestinación es necesario contemplarlo enmarcado en un campo salvífico mucho más amplio: el de la Economía Divina. Hasta aquí el asentimiento teológico podría alcanzar un amplio consenso; pero es precisamente a partir de esta realidad Económica de Dios que empiezan las divergencias doctrinales, más profundas, soteriológicamente hablando. Se nos dice, por parte de muchos, que la predestinación no se puede entender sino es “en Cristo”. Verdad teológica indiscutible y con la que difícilmente se podría estar en desacuerdo; pero el problema va más allá: el tema de Cristo no se puede comprender sino es dentro del Plan Económico de Dios. Esta última aseveración no suele prodigarse demasiado; se insiste en que estamos escogidos y predestinados en Cristo, y que en Cristo entendemos todo. Consideramos que es necesario profundizar esta realidad e ir más allá de esta aseveración cristocéntrica; debemos de continuar, al menos, hasta donde Dios nos lo permita, y en este sentido la investigación teológica termina abocándonos a este conocimiento: Cristo es la realización del Plan Económico de Dios, y, por consiguiente, para poder entender la problemática de la predestinación es necesario volver al principio. Y el principio es que Dios, en Su voluntad, en Sus designios, y conforme a los sentimientos más profundos de Sí mismo, decidió un plan de Salvación, un Plan Económico para la salvación de los hombres y del mundo, y decidió que ese Plan se verificase en Cristo; por consiguiente, la verificación en Cristo corresponde a la concretización del Plan de la Economía Divina.
El tema de la predestinación, hay que decirlo de manera clara, no está resuelto. El hecho de que esta problemática no se encuentre resuelta no debe de producir inquietud salvífica en los creyentes. No obstante, puede significar, para aquellos que no tienen fe, una piedra de tropiezo; especialmente cuando se racionaliza la Revelación de Dios. Pero los creyentes no somos llamados a racionalizar, ni siquiera a explicar la Revelación de Dios en sus motivaciones más profundas; nosotros somos llamados a aceptar, asumir y proclamar esa Revelación. No estamos capacitados para explicar a Dios, y cometemos una gran equivocación al intentarlo. Las cosas son como son y nuestra realidad es como es, y si quisiéramos interrogarnos sobre las razones más profundas de nuestra realidad existencial, aquí y ahora, las respuestas racionalizadas no serían suficientes; tendríamos que asumir la voluntad de Dios como respuesta más satisfactoria. Como nosotros entendemos la fe, a la luz del Nuevo Testamento, las casualidades no se devienen en el contexto de la voluntad divina; dentro del Plan Económico de Dios no hay lugar al azar. No hay casualidades. Dios tiene una programación que no falla; las cosas se realizan conforme al propósito de Dios, y este propósito se va realizando de manera inexorable, aunque en ocasiones, las circunstancias peristáticas, en las que vivimos inmersos, pudiesen apuntar a todo lo contrario. Pongamos un ejemplo paradigmático: la condena a muerte de Jesucristo. Los que le condenaron consideraban que estaban realizando un acto absolutamente libre, determinado por sus motivaciones volitivas. Es decir, que le iban a quitar la vida porque ellos así lo estaban decidiendo. Esto era verdad, pero no era toda la verdad. Es decir, Jesús de Nazaret no iba a morir en una cruz porque era impotente o carecía de todo recurso para salvarse; es cierto que sus enemigos más enconados habían tomado una decisión institucional para condenarle a muerte, y que esa decisión era vinculante para su responsabilidad personal. Por descontado. Pero es más cierto, según afirma el Nuevo Testamento, que había sido “entregado por el determinado consejo y anticipado conocimiento de Dios” (Hch. 2:23). Los hombres no estaban siendo unas marionetas en la Historia, pero la Historia estaba realizándose, en el tiempo, conforme al Plan de la Economía Divina. Lo que estaba ocurriendo, estaba en el Plan de Dios y tenía, necesariamente, que devenirse históricamente de esa manera. ¡Cuántas veces, en el Nuevo Testamento, encontramos la frase “para que la Escritura se cumpliese”! La Historia no tiene sorpresas para Dios, antes al contrario, Él es el Señor de la Historia. Los acusadores de Jesús hacían uso de su libertad cuando le condenaban, pero la libertad de ellos no invalidaba la actuación soberana de Dios. La Soberanía de Dios, aunque nosotros no lo entendamos, no les excusaba de su responsabilidad en el hecho que estaban determinando; no obstante, también es cierto que se afirma, que en algunos aspectos, estaban actuando por ignorancia: “Mas ahora, hermanos, sé que por ignorancia lo habéis hecho, como también vuestros gobernantes. Pero Dios ha cumplido así lo que había antes anunciado por boca de todos Sus profetas, que Su Cristo había de padecer” (Hch. 3:17-18). Ellos no tenían todo el conocimiento de lo que estaba ocurriendo. Detrás de la realidad histórico-humana se encontraba, informándola, la realidad económico-salvífica de Dios. La Soberanía de Dios es o no es, un Dios soberano a medias, no es un Dios soberano. Soberanía quiere decir, que lo que desde esa realidad salvífico-soteriológica se decide nadie lo puede interferir. El mundo no funciona tan al azar como los hombres piensan, aunque en algunas ocasiones pudiese parecer que la casualidad es el elemento consubstancial y definitorio de la Historia. La Historia sólo se puede comprender en su génesis, realización y trascendencia a la luz de la Soberanía de Dios. Existe un Plan Económico de Dios que se concretiza en la misma realización histórica de los hombres y del mundo.
El problema de la Salvación implica, pues, el problema de la predestinación, y se realiza en el marco de un Plan que estaba gestado por Dios antes de que ningún hombre existiera; es decir, el Plan de la Salvación de Dios es anterior a los Siglos (el tiempo) y al espacio, según encontramos en dos citas de esta epístola. En primer lugar, en el versículo 9 del capítulo 3: “y de aclarar a todos cuál sea la dispensación (Griego = economía) del misterio escondido desde los siglos en Dios, que creó todas las cosas”. Aquí encontramos que el Plan Económico de Dios corresponde a un “misterio”. Misterio escondido en la misma intimidad de Dios. Siendo esto así, no resultan admisibles nuestras racionalizaciones para intentar explicarnos y explicar a los demás “el misterio de la salvación”. No podemos pretender conocer qué es la salvación en su esencia genuina y cómo se deviene, históricamente, en su trascendencia soteriológica. En cuanto a la Salvación tenemos un conocimiento revelado que nos permite conocer, al respecto, qué es lo que Dios ha hecho, cómo lo ha hecho y por medio de quién lo hizo; pero lo que no se nos va a revelar tan claro, para que lo podamos entender hasta sus últimas consecuencias es, por qué Dios lo hizo. Esta realidad corresponde a los arcanos más profundos de Dios y coincide con “el misterio escondido desde los siglos en Dios”. Realizando una exégesis del texto que hemos citado nos encontramos con que la preposición “desde” traducida literalmente significa “aparte”, “lejos de”, y “fuera de”; es decir que aplicando el sentido etimológico del término “desde” al texto, para proceder a una visión hermenéutica del mismo, nos encontraríamos con “el misterio escondido aparte de los siglos, lejos de los siglos y fuera de los siglos: es decir, el misterio (de la Salvación) escondido más allá del tiempo; o sea, antes de que el tiempo existiera; lo que nosotros conocemos por la Revelación de Dios, el Plan Económico de Dios, estaba hecho y terminado. Hecho y finalizado en Cristo. Eso es lo que nos dice la Biblia y, lo que está ocurriendo ahora, significa que ese Plan Económico de Dios se va plasmando en el tiempo. Dicha realización no ocurre porque el plan esté inacabado sino como verificación histórica de su realidad trascendente y metafísica. A Dios no podemos sorprenderle con nuestras decisiones personales. No hay sorpresas para Dios. En cualquier caso, los sorprendidos seremos siempre nosotros.
Hemos analizado la relación que el Plan de la Salvación guarda con la realidad temporal. Vamos a ocuparnos a continuación de la relación que el Plan mantiene con el espacio.
En el capítulo primero y en los versículos 3 y 4 encontramos: “Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos bendijo con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo, según nos escogió en Él antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de Él”. “Antes de la fundación del mundo”. La palabra “fundación”, significa principio, comienzo y fundamento. Por el análisis exegético de 3:9 habíamos aprendido que el Plan Económico de Dios era anterior a la misma existencia del tiempo; la interpretación de 1:4 nos pone de manifiesto que dicho Plan Salvífico también era una realidad anterior a la existencia del espacio, había sido creado antes de la fundación del mundo; es decir, era anterior al cosmos. El contenido de 1:3-4 se encuentra más allá de nuestras posibilidades en cuanto a profundización de conocimiento y explicación didáctica. La realidad es que el Plan Económico de Dios, anterior al tiempo y al espacio se va realizando en el espacio y en el tiempo. Respecto de dicho Plan se nos revela que Dios lo hizo, para qué lo hizo y cómo lo hizo. Que Dios es su autor lo encontramos en 1:3 “Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos bendijo con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo”. Muchas veces en esta epístola nos vamos a encontrar con la expresión “lugares celestiales”; pues bien, es necesario hacer una salvedad para aclarar que la traducción correcta de la frase “los lugares celestiales” es: los celestiales dado que el término “lugares” que aparece en la mayoría de las versiones no es original. Por consiguiente, el vocablo “lugares” es una añadidura o interpolación que jamás escribió el apóstol Pablo, y esto nos conduce a pensar que desde el punto de vista bíblico teológico, en esta epístola, no se pueda hablar de lugares celestiales. Lo celestial tiene otra dimensión que aquella que pudiésemos extrapolar desde una perspectiva meramente humana; en este sentido “lo celestial” no es lo perceptible, desde nuestra realidad, como “lo cósmico”. Desde mi punto de vista, la expresión “los celestiales” nos habla de la misma dimensión de Dios, de la realidad ontológica de Dios, y desde esa dimensión del Ser Supremo hemos sido bendecidos con toda bendición espiritual en Cristo. Ahora bien, lo que Él hizo no es solamente bendecirnos sino escogernos según encontramos en el versículo 4: “según nos escogió en Él”. La palabra “escoger” tiene el sentido de mandar, de dar una orden (Dios) con referencia a alguien. Es decir, la cuestión de “escogernos” no es aleatoria, ni teológica. Nos encontramos, pues, ante una problemática fundamental: compaginar la Soberanía de Dios con la libertad del hombre. El libre albedrío, tal y como se ha presentado por aquellos que están convencidos de que el hombre tiene capacidad para decidir su conducta con libertad no condicionada, me parece muy difícil de asumir. Personalmente, no encuentro por ninguna parte que el hombre sea libre en el sentido que se pretende. Por un lado se puede afirmar que desde el punto de vista biológico el hombre no es libre. Su código genético lleva implícito una programación, trasmitida de antemano por sus progenitores, para toda su vida. No vivimos los años que queremos; en tal caso, vivimos los años que están programados en nuestro código genético, y esa programación corresponde, sin duda, a la Soberanía de Dios. Desde el punto de vista orgánico no somos libres. El funcionamiento fisiológico de nuestro organismo está condicionado por muchas circunstancias, tales como el aire que respiramos, los niveles de contaminación ambiental, la temperatura. No somos libres para sentirnos corporal y somáticamente como nosotros quisiéramos; por ejemplo no somos libres para sudar a nuestro antojo. Para el devenir de toda nuestra realidad somática y biológica estamos condicionados. Si esto es así en nuestra esfera física lo es aún más en lo que hace referencia a los condicionamientos mentales y psicológicos que perfilan y definen nuestra realidad existencial, y que por otra parte son complicadísimos. Sobre este fondo estructural y dinámico yo no veo al ser humano, antropológicamente hablando, como un ser libre, que se pueda devenir realizando actos de libertad asépticos de condicionamientos internos o peristáticos al cien por cien.
El hombre no es libre políticamente, ni socio-económicamente. Considero que no se encuentra en la Palabra de Dios ninguna verificación de que el hombre sea libre desde el punto de vista ético y moral; por el contrario existe abundante material en la Revelación divina que nos pone de manifiesto que el hombre es un esclavo. El ser humano está encadenado a una esclavitud que se llama pecado, que le domina, que le gobierna y que no le permite hacer con su vida los deseos de su voluntad. Es por esta razón que necesitamos, para nuestra realización espiritual, ética y social, un Plan Económico de Salvación. Como ejemplo clarificador de lo que venimos argumentando se puede traer a colación aquel episodio ¡tan importante! que vemos relatado en el evangelio de Juan capítulo 8:31-47. A hombres religiosos que habían “creído” en Él, y que se consideraban libres, Jesús les dijo: “Si vosotros permaneciereis en Mi Palabra, seréis verdaderamente mis discípulos; y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres”. Ellos le respondieron: “Linaje de Abraham somos, y jamás hemos sido esclavos de nadie. ¿Cómo dices tú: Seréis libres? Jesús les respondió: “De cierto os digo, que todo aquel que hace pecado, es esclavo del pecado”. Los interlocutores de Jesús pensaban que disponían de libre albedrío y que se devenían en la vida haciendo lo que querían y cuando querían. Jesús les demuestra su gran equivocación: “el que hace pecado, es esclavo del pecado”. En otras palabras, el que hace pecado comete errores, cae en el fracaso y vivencia la frustración. Error, fracaso, frustración constituyen diversos aspectos del significado etimológico y ontológico del término griego “hamartia” que se traduce en el Nuevo Testamento por “pecado”. Los razonamientos filosóficos y las racionalizaciones de los teólogos pretenden armonizar y compaginar la Soberanía de Dios y la libertad del hombre. Pero humana y racionalmente este ensamblaje de voluntades no parece que encaje muy bien. Si Dios es soberano ¿cómo puede el hombre ser libre? y por otra parte, si el hombre no es libre ¿cómo puede ser responsable? ¿Cómo va a dar cuenta a Dios de una conducta que no ha realizado bajo los dictados de su libre voluntad? El problema está ahí. En ninguna parte de la Biblia, al menos que yo conozca, se nos dice que para solucionar esta problemática trascendente haya que racionalizarla. Cuando ocurre esto, estamos introduciendo nuestros razonamientos humanos en la Revelación divina y lo que es más grave, estamos proyectando nuestros sentimientos de justicia y nuestras vivencias afectivas, desde una ubicación antropológica, sobre la persona de Dios. Estamos antropologizando a Dios, o dicho de manera más sencilla, estamos inventando a Dios.
Estos dos problemas, que el hombre es un esclavo y que Dios es soberano, constituyen dos contenidos básicos de la Revelación de Dios. Dios es soberano, el hombre no es un ser libre y sin embargo tiene una responsabilidad delante de Él. El sentido de la responsabilidad del hombre desde un punto de vista bíblico es necesario considerarlo e interpretarlo desde una perspectiva atávica, es decir, mirando antropológicamente hacia atrás. No se trata tanto de estudiar la conducta del hombre aquí y ahora, sino en cuanto a lo que ocurrió en el pasado, en hechos primarios desde el punto de vista antropológico. Es necesario volver a Adán para entender el sentido de la libertad y de la esclavitud en el hombre. Desde el punto de vista teológico y bíblico, es decir, desde la misma revelación de Dios, Adán y yo (Adán y cada ser humano) somos la misma persona. Entre Adán y yo no hay una distancia histórica, ni antropológica. Nosotros somos Adán. Por otro lado entendemos perfectamente que antes de la “caída” del hombre (es decir, antes de la introducción amártica en la realidad existencial del antropos) éste era responsable delante de Dios en el ejercicio de su libertad. Puesto que nosotros también somos Adán participamos de su misma responsabilidad transhistórica. La demostración teológica, existencial, antropológica y biológica de esta aseveración se concretiza y se verifica en el hecho incontrovertible de la muerte. La muerte es una consecuencia de la transgresión de Adán, de “la introducción del pecado en el mundo por un hombre”. Dicha consecuencia trascendió la esfera antropológica de los dos primeros individuos y afectó a toda la humanidad: “así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron” (Ro. 5:12). La única respuesta que existe en la Biblia para explicar este hecho trascendente y singular es que “el viejo hombre”, Adán, somos todos. Es desde esta perspectiva que se podría encontrar una solución al problema de la confrontación dialéctica entre Soberanía de Dios y libertad del hombre.
En la Escritura, cuando se plantea el tema de la Soberanía de Dios y del libre albedrío del hombre (epístola a los Romanos capítulos 1-11), se desechan las racionalizaciones como argumentos clarificadores de la tensión que la confrontación dialéctica de estos dos conceptos desencadena. El apóstol Pablo como conclusión de toda su argumentación teológica en cuanto a la Soberanía de Dios y a la libertad humana aboca a la siguiente exclamación: ¡Oh profundidad de las riquezas de la sabiduría y de la ciencia de Dios! ¡Cuán insondables son Sus juicios e inescrutables Sus caminos! Porque ¿quién entendió la mente del Señor? (Ro. 11:33-34). Pablo habla de las profundidades de Dios y de los contenidos de Su Revelación que están más allá de su capacidad intelectiva y noética. Renuncia a los razonamientos humanos para esclarecer las verdades más profundas y trascendentes de Dios.
Pero volviendo a la aseveración cuya apoyatura fundamental es esta epístola, de que “Dios nos escoge en Cristo”, se suele intentar armonizar la Soberanía divina y la libertad humana elaborando la siguiente argumentación: Dios, como es omnisciente, ve de antemano la Historia y su devenir; por consiguiente Dios conoce lo que va a pasar en el futuro. Dios trasciende el tiempo futuro con Su pensamiento omnisciente. Para Dios no hay pasado ni futuro. Dios es una realidad que es y en este sentido hay que entender la famosa definición que dio de sí mismo a Moisés en el Antiguo Testamento: YO SOY EL QUE SOY” (Ex. 3:14). En definitiva, lo que con este enfoque se quiere decir es que Dios está ahí viendo todo el proceso histórico de la predicación del evangelio y tiene la posibilidad de “conocer de antemano” las respuestas de los hombres a dicha predicación. Dios podrá saber lo que va a ocurrir en el tiempo antes de que éste se realice, y por consiguiente quiénes van a ser los que darán una respuesta afirmativa o negativa a la predicación kerygmática. Como consecuencia de ese conocimiento Dios predestina en Cristo a los que van a ser salvos. El único problema que se plantea a toda esta argumentación filosófico-teológica es que la Escritura no revela que el conocimiento de Dios se fundamente en tal argumentación. Antes bien, si el conocimiento de Dios solo estuviera fundamentado en Su visión escatológica de la Historia, Su Soberanía (escoger y predestinar en Cristo) estaría determinada por la voluntad humana. Dicha Soberanía, en su sentido más genuino, tendría que ser cuestionada. Llegados a este punto tendríamos que preguntarnos: ¿La Soberanía de Dios puede estar fundada en las decisiones del libre albedrío de los hombres? Es evidente que esto no es así. La Soberanía de Dios se realiza conforme a la voluntad divina y no tiene condicionamientos; y si los tuviera los mismos dimanarían de la misma intimidad de Dios y nunca dependerían de la conducta de sus criaturas. La salvación de los hombres se deviene conforme a la voluntad de un Dios soberano en todas y cada una de sus particularidades. ¿Significa esto que unos son predestinados para ser salvos y otros para ser perdidos? Ni en el capítulo primero de esta epístola, ni en el resto de la misma, ni en ninguna otra parte del Antiguo o del Nuevo Testamento encontramos una respuesta afirmativa a la anterior pregunta. En el pasaje que estamos examinando solo se habla de los salvos y de cómo su salvación ha sido gestada y realizada en el “cielo”; no se nos está explicando aquí qué es lo que acontece con los que se pierden; por el contrario se nos confirma que existe un Plan soberano de Dios que se cumple de manera inexorable, y que se cumple en aquellos “que van siendo salvados o que están siendo salvados o que se están salvando” (Hch. 2:47), es decir, en aquellos en los que la salvación de Dios se va deviniendo en el tiempo de la Historia; pero estos sujetos de la salvación no se salvan a sí mismos, no se justifican en Cristo por sí mismos; su justificación en Cristo no se fundamenta básicamente en la respuesta afirmativa que dan cuando se les predica el evangelio de la gracia de Dios. Su justificación en Cristo es por la fe, pero ¿qué fe? Ya veremos cuando lleguemos al capítulo dos que, efectivamente, existe una fe que salva, pero dicha fe no es aquella que el hombre puede fabricar; porque si la fe que salva corresponde a un “hecho antropológico”, es decir, corresponde a una realidad creada por el ser humano en la esfera de su intimidad, entonces tendríamos que concluir que la salvación es por la obras. Daría igual que la obra que justifica al hombre consistiera en actos sacrificiales de naturaleza física que en una creación psíquica explicitada y concienciada como fe. Yo creo que la Escritura no conoce una fe de esas características. La fe que justifica jamás puede ser gestada por el hombre, ni en el hombre. La fe que justifica sólo puede ser recibida por el ser humano como un don de Dios. Si cuando algunos afirman que la salvación es en Cristo, que la predestinación es en Cristo y que somos escogidos en Él, lo están haciendo sobre la base de una fe elaborada por nosotros mismos, entonces considero que su argumentación teológica no se adapta ni al espíritu ni a la letra de la Escritura. Está claro a la luz de la Revelación divina que la elección, la predestinación y la salvación “son en Cristo”. Pero “en Cristo” dentro del contexto de la Economía Divina. Cristo es quien realiza el Plan de la Salvación; es quien gestiona y convierte en realidad el Plan Salvífico de Dios. Por consiguiente, es claro que somos escogidos (elegidos) en Cristo porque Cristo es ya, desde el principio, el escogido de Dios. Dios nos escoge en el escogido; si entendiésemos esto seríamos capaces de superar tantas elucubraciones, escritas y expresadas verbalmente, sobre la problemática de la salvación. Cristo es el escogido de Dios. ¿Cuál es la razón? ¿Podemos preguntarle a Dios por qué escogió a Cristo? Si podemos preguntar eso también podemos preguntar por qué escogió a los que se salvan. Preguntar por algo que corresponde a lo secreto del Dios inefable y trascendente solo tiene como respuesta el silencio; o en cualquier caso aquella que se le dio al profeta Habacuc cuando cuestionaba la justicia de Dios: “mas el justo por su fe vivirá”. (Hab. 2:4). En relación con la Salvación, la revelación bíblica está llena de elementos positivos, pero los elementos negativos no se mencionan en la Escritura y sólo son producto de las deducciones racionalistas del pensamiento humano. A pesar de toda la complejidad del problema de la predestinación, la Biblia afirma como un presupuesto básico “que Dios no hace acepción de personas” (Dt. 10:17; Job 32:21; Job 34:19; Hch. 10:34; Ro. 2:11; Gá. 2:6; Col. 3:23; 1 P. 1:17), y para que no exista la menor duda esta aseveración se encuentra en la misma epístola que estamos investigando. Ef. 6:9.
Como conclusión de lo anteriormente expuesto alguno podría decir: “bueno, pues entonces no lo entiendo”. Por nuestra parte el comentario a dicha aseveración se concretizaría de esta manera: Pero ¿es que tengo que entenderlo? O dicho de otra forma ¿estoy capacitado, aún siendo creyente, para investigar lo más profundo y trascendente de Dios? Por nuestra parte la respuesta es que ni yo puedo entender a Dios, ni tampoco puedo explicarlo; porque si yo pudiese explicar a Dios, si Dios pudiese ser reducido a mi capacidad intelectual, ese Dios tendría que ser absolutamente cuestionado. Lo más probable es que un Dios comprensible y explicable por el hombre no coincidiría con el Dios Trascendente y Supremo, sino con la proyección de una imagen elaborada a nivel del inconsciente del hombre. En definitiva, un Dios semejante sería un Dios que el hombre hubiese creado a su imagen y semejanza. No es necesario insistir que la Escritura afirma todo lo contrario (Gn. 1:26-27). La problemática de la Salvación y sus motivaciones más profundas hay que admitirlas tal y como las tenemos reveladas en esta carta. Somos escogidos en Él antes de la fundación del mundo, y que la palabra “escogidos” tiene el sentido de un mandato por parte de Dios. Escogidos en amor habiéndonos predestinado”; teniendo en cuenta que “predestinado” significa también determinar o predeterminar; y sobre todo tiene una significación de una claridad meridiana: “fijar antes”. Esta traducción no se puede adulterar bajo el presupuesto de la pretendida defensa de doctrina alguna que los hombres hayan elaborado en su proceso racionalizador de la Escritura. “Fijar antes” significa antes de que ocurra el devenir histórico, o dicho de otra manera, que la predestinación como acción determinante de Dios no está en función de decisiones humanas, sino que por el contrario en los propósitos de Dios ocurre antes de que las acciones humanas se verifiquen. Si Dios predestina exclusivamente en función de un preconocimiento su predestinación como tal es más que cuestionable; porque en tal caso lo que Dios está haciendo no es determinar o predeterminar de antemano, es decir, “fijar antes” los acontecimientos salvífico-escatológicos, sino que en función de su preconocimiento testifica de que dichos acontecimientos van a realizarse en la Historia. Dios al predestinar estaría revelando el devenir histórico, pero no ejecutando su voluntad soberana.
En 1:5 también se manifiesta lo que Dios ha hecho por nosotros al hacernos hijos de Dios o “ser adoptados hijos Suyos”. Ahora bien, Dios que hizo estas cosas ¿para qué las hizo? La respuesta a esta cuestión la encontramos en el vs. 4 del capítulo primero: “según nos escogió en Él antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de Él”. Dios no solamente nos escoge, sino que nos escoge para que seamos santos, nos escoge para que seamos sin mancha delante de Él, nos escoge para alabanza de la gloria de su gracia (vs. 6), nos escoge para darnos a conocer Su voluntad (vs. 9) y, en definitiva, nos escoge para hacernos sus herederos (vs. 11). En este último texto leemos: “en Él asimismo tuvimos herencia”. El sentido de la palabra herencia es más que significativo y hace referencia a algo a lo que nosotros no tenemos derecho, algo que nos toca en suerte.
El medio por el cual se realizan estas donaciones salvíficas es Jesucristo y su muerte en la cruz del Calvario. Así lo afirma Pablo en todos los versículos que hemos citado (4, 5, 6, 9, 11). Si nos preguntamos el por qué Dios hace esto (la realización de Su Plan Económico) y por qué lo hace de esta manera, la respuesta ya no es tan clara como lo que hemos visto hasta aquí. Hemos visto que Él nos escoge, que nos predestina, que nos hace hijos y herederos Suyos; hemos visto con un poco de luz para qué lo hace y por medio de quién lo hace. ¿Para qué lo hace? la respuesta la encontramos en el vs. 5: “habiéndonos predestinado para ser adoptados hijos Suyos por medio de Jesucristo, según el puro afecto de Su Voluntad”. ¿Por qué lo hace? Porque quiere. La respuesta es así de compleja y de sencilla y la encontramos en el mismo versículo 5: “según el puro afecto de Su Voluntad”. La palabra “afecto” es la misma que encontramos en 1:9 traducida por “beneplácito”: “dándonos a conocer el misterio de Su Voluntad, según Su beneplácito, el cual se había propuesto en Sí mismo”. El afecto de Dios es el beneplácito de Dios, la buena voluntad de Dios, la buena intención de Dios y en definitiva la resolución de Dios. Si volvemos a preguntarnos ¿Por qué lo hace? La respuesta está clara: por Su buena intención, por Su deseo, por Su beneplácito y la referencia de Sus motivaciones es siempre a Sí mismo. La razón última del Plan de la Economía Divina se encuentra en la propia interioridad de Dios. Ahora bien ¿podemos llegar nosotros en nuestra investigación bíblico-teológica a esa interioridad? La Biblia nos enseña hasta donde podemos llegar y hasta donde no podemos. La Escritura nos dice que la razón última del plan de salvación está escondida en Dios, y que existen por consiguiente aspectos, dimensiones y contenidos de dicho Plan que todavía no podemos ni debemos conocer.
En cuanto al propósito salvífico de Dios encontramos en el vs. 11 una palabra cuyo análisis puede arrojar más luz sobre esta cuestión. El texto dice: “En Él asimismo tuvimos herencia, habiendo sido predestinados conforme al propósito del que hace todas las cosas según el designio de Su voluntad”. En este texto se nos descorre un poco el velo a la luz del estudio del término “designio”. La palabra “designio” significa voluntad, determinación, propósito, plan, consejo, deliberación y reflexión. La conclusión es que se produce una reflexión de Dios en función de un Consejo de Dios, y de esa reflexión sale un plan: el Plan de la Economía Divina, el Plan de la Salvación, que se va a verificar en Cristo. El Plan Económico de Dios es una realidad salvífica, soteriológica, pneumática y trascendente antes de que el mundo exista. Este Plan Salvífico es preexistente al tiempo y al espacio y fue determinado en el mismo Consejo de Dios. Para clarificar un poco el concepto “Consejo de Dios” vamos a recurrir a una ilustración bíblica. En Génesis 1:1 leemos: “En el principio creó Dios los cielos y la tierra”. El término que en el hebreo se emplea para Dios en este texto corresponde al vocablo ELOHIM. La traducción literal de este término es “Uno en el que hay varios”. Es decir, Dios es UNO en el que hay VARIOS. En ese UNO en el que hay varios se produce un consejo, y en ese consejo se da lugar a una reflexión que configura un plan, y se determina la verificación del mismo en Cristo. Todas estas realidades metafísicas se devienen espiritualmente antes de que el mundo exista.
Una de las conclusiones más importantes y trascendentes de todo lo anteriormente expuesto es que el Plan de la Salvación se realiza y se verifica en Cristo. Dicho de otra manera: somos escogidos en Cristo, predestinados en Cristo, salvados en Cristo, y hechos Sus hijos y Sus herederos en Él. Por otro lado toda esta realidad salvífica y soteriológica no la podemos desconectar de la Soberanía de Dios. Todo lo que Cristo hace lo hace en sometimiento a esa Soberanía y en cumplimiento de la voluntad divina. Jesús de Nazaret en Su ministerio no hace más que repetir esta verdad: “Mi comida es que haga la voluntad del que me envió, y acabe Su obra” (Jn. 4:34). “Porque no busco mi voluntad, sino la voluntad del que me envió” (Jn. 5:30). “Porque he descendido del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió” (Jn. 6:38). Por consiguiente el Plan Económico de Dios se realiza en Cristo, y el momento central en la realización de dicho Plan lo constituye la muerte de su Hijo en la cruz del Calvario y su posterior resurrección al tercer día. El acto soteriológico de Cristo es el centro del Plan y lo que permite que el mismo se realice y se lleve adelante.
A la luz de estas realidades reveladas, difícilmente podemos seguir pensando que somos escogidos y predestinados en Cristo conforme a la visión omnisciente que Dios tiene del futuro, y que le permite conocer de antemano los que van a dar una respuesta positiva o negativa a la predicación del evangelio. Es necesario considerar lo que se nos dice de Cristo en este contexto, es decir lo que Dios creó en Él antes de que este mundo fuese. La respuesta a esta interrogación es un elemento fundamental para entender el misterio de la salvación. En este sentido es imprescindible clarificar si todas las realidades salvíficas (personales y materiales) devenidas en la Historia no estaban creadas y realizadas en Cristo antes de la creación del mundo, antes de que el tiempo y el espacio existieran. Si esto fuera así, la salvación de los hombres no dependería tanto de su respuesta positiva a la predicación de las buenas nuevas, como al cumplimiento, en su devenir espiritual y biológico, de la misma voluntad de Dios. En otras palabras, su respuesta positiva al llamamiento kerygmático estaría enmarcada, condicionada y determinada por la voluntad divina. En Colosenses 1:15-17 (epístola que trata temas comunes con la carta que estamos estudiando), leemos: “El es la imagen del Dios invisible, el primogénito de toda creación. Porque en Él fueron creadas todas las cosas, las que hay en los cielos y las que hay en la tierra, visibles e invisibles, sean tronos, sean dominios, sean principados, sean potestades; todo fue creado por medio de Él y para Él. Y Él es antes de todas las cosas, y todas las cosas en Él subsisten”. Si entendemos lo que se quiere decir en estos textos podríamos avanzar un poco en la comprensión del Plan Salvífico de Dios y de su realización soberana. Una de las afirmaciones esenciales y fundamentales que aquí se enuncia es de que en Cristo fueron creadas todas las cosas. Cuando pensamos en esta cuestión, quizás no nos detenemos a considerar el significado profundo de la afirmación anteriormente citada y no valoramos en su verdadera medida toda la enjundia y contenido trascendente de la frase. Podemos comprender bastante bien “que todo fue creado por medio de Él” y que “todo fue creado para Él”; sin embargo es posible que cuando llegamos al análisis de que “todo fue creado en Él” se pudieran obscurecer nuestros pensamientos. La luz necesaria para mantener una visión más adecuada del sentido más profundo y revelador de la frase “porque en Él fueron creadas todas las cosas” dimana del análisis de los términos “Él es la imagen del Dios invisible” (Col. 1:15). La palabra “imagen” corresponde a un vocablo griego cuyo significado se podría traducir como que Cristo es el duplicado perfecto y exacto de Dios; en definitiva la traducción literal del término griego eikon (imagen) sería así: duplicado perfecto, exacta representación. Cristo como imagen del Dios invisible es el duplicado perfecto y la exacta representación del mismo; pero al mismo tiempo Él es también el primogénito de toda creación. En definitiva, el primogénito en el que fueron creadas todas las cosas. Como veo yo el tema es así: la creación de Cristo conllevaba todas las demás creaciones. Esta afirmación puede quedar clara a la vista de que “en Él fueron creadas todas las cosas, las que hay en los cielos y las que hay en la tierra, visibles e invisibles; sean tronos, sean dominios, sean principados, sean potestades” (Col. 1:16). Consideramos que el texto afirma que en Él fue creado: criaturas, autoridades, potestades, hombres, estrellas, árboles, ríos, montañas y todo el cosmos y su contenido. Es decir, todo fue creado en Él, o dicho de otra manera, nada de lo creado (histórico) en cualquier tiempo cronológico o momento kairótico fue creado fuera de Él, antes de Él, o después de Él (Jn. 1:1-3). Cuando decimos que todo fue creado en Él estamos haciendo referencia a la “creación” de Cristo y consiguientemente estamos entrando en el manejo de conceptos muy difíciles, porque Cristo es Dios, y Dios no fue creado por nadie. Lo que queremos decir es que en Cristo, en el momento que Cristo es una realidad trascendente (Cristo es Dios, y Dios es una realidad desde siempre) ya estaban creadas en Él todas las cosas que iban a ser creadas en el futuro. Por eso Él es el primogénito de toda creación, y el hecho de ser el primero de toda creación implicaba y conllevaba toda la creación que vendría después. El primogénito de la creación hacía necesaria una creación posterior que se plasmase cronológica y kairóticamente en el devenir histórico Salvífico de la Economía Divina. La frase “todas las cosas” comprendería todo lo creado en Cristo. Por lo tanto el Plan Económico de Dios se realiza en Cristo, porque en Él ya estaban creadas todas las cosas antes de que este mundo fuese. Por consiguiente, antes de la existencia cósmica fue creado en Él toda nueva criatura, toda nueva creación, es decir: los salvos, la Iglesia de Dios. Cristo contiene todos los arquetipos, es decir todos los tipos antiguos correspondientes a realidades a devenir cronológica y kairóticamente. Se puede considerar la Revelación de Dios desde una visión arquetípica. Por ejemplo cuando Dios le ordena a Moisés el hacer un tabernáculo o santuario para habitar en medio de su pueblo le dice: “conforme a todo lo que Yo te muestre, el diseño del tabernáculo, y el diseño de sus utensilios, así lo haréis” (Ex. 25:8-9). El tabernáculo en el desierto era un tipo del verdadero arquetipo que existía en el cielo; cuando se dice que en Cristo fueron creadas todas las cosas se está corroborando la narración del libro de Éxodo. Cristo es el Templo de Dios por excelencia. En el libro de Hebreos se dice que “las cosas que fueron hechas” fueron confeccionadas conforme a un diseño que correspondía a otra dimensión, a una dimensión celestial, donde estaban en Cristo contenidos todos los arquetipos (mundo invisible); los cuales serían tomados como modelo para la realización de las cosas hechas (mundo visible). Así leemos en Hebreos: “Fue, pues, necesario que las figuras (griego = modelo, tipo) de las cosas celestiales fuesen purificadas así; pero las cosas celestiales mismas, con mejores sacrificios que estos. Porque no entró Cristo en el santuario hecho de mano, figura (griego = antitipo) del verdadero, sino en el cielo mismo para presentarse ahora por nosotros ante Dios” (He. 9:23-24). El Plan de la Salvación o la Economía de Dios va a favorecer que aparezcan o se formen los tipos de los arquetipos; es decir que esos arquetipos que esos tipos antiguos que estaban creados en Él puedan tener una realidad y una trascendencia histórica. Realidad y trascendencia que se devendrá en el tiempo y en el espacio. Dentro de esos arquetipos se encuentra el hombre nuevo (Ef. 2:15) del que forma parte la Iglesia; o dicho de otra manera del que forman parte “los que se salvan o los que están siendo salvados” (Hch. 2:47).
Como conclusión de todo lo expuesto hasta este momento tenemos que decir lo siguiente: que los creyentes que somos salvos por haber experimentado el nuevo nacimiento (Jn. 3:3, 5, 6, 7 y 8), hemos sido escogidos en Él antes de la fundación del mundo, hemos sido predestinados (gr. = fijados antes) conforme a la voluntad de Dios, hemos sido hechos aceptos en el Amado (esta frase es muy importante: aceptos en el Amado significa literalmente que nos agració, que gratuitamente nos ha impartido su gracia, o que nos colmó de favores) por parte de Dios y no por nuestra parte. Todo este periplo y devenir salvífico se ha realizado conforme a la voluntad y al beneplácito de Dios que tenía el propósito de reunir todas las cosas en Cristo en la dispensación del cumplimiento de los tiempos (Ef. 1:3-11). Es decir de reunir todas las cosas en Cristo, en la Economía de la plenitud de los tiempos, así las que están en los cielos como las que están en la tierra (literalmente: “así las en los cielos, como las en la tierra”). Desde el punto de vista de la epístola que estamos estudiando todo el Plan de la Salvación de Dios a nivel humano se concretiza en la oferta de reconciliación con Él a dos pueblos: judíos (israelitas) y gentiles. (Ef. 2:11-16). La oferta de la Salvación se explicita mediante la predicación del evangelio a toda criatura. Las personas que aceptan por la fe la proclamación salvífica son sellados con el Espíritu Santo de la promesa que garantiza su salvación eterna (Ef. 1:13-14). Todo este proceso soteriológico se realiza conforme a la voluntad soberana de Dios y no de acuerdo con las decisiones de los hombres. La conclusión obvia al final de este primer estudio es esta: la Salvación es sólo y absolutamente de Dios.
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