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Prólogo leve a un libro profundo

¡De nuevo, un libro de José Manuel González Campa!

Cuando la vena literaria riega con sangre ardiente los rincones más ocultos del cerebro pensante, resulta casi imposible evitar el contacto con la Escritura. Por muchas paletadas de tierra y olvido que hayamos arrojado sobre ella, siempre alienta al fondo, arrastrándonos a sus lares.

Esto mismo le ocurre a José Manuel González Campa.

Pero este hombre, ¿de dónde saca el tiempo para una obra tan voluminosa? Practica la medicina privada en la especialidad de Psiquiatría. Es la cabeza, el alma y el guía de una Comunidad Cristiana que él mismo fundó y que mantiene un crecimiento constante. Le llaman para conferencias en la España peninsular, en las islas y en países al otro lado de nuestras fronteras. Y encima, escribe. Mucho y bien.

¿Cuándo duerme? ¿Cuándo vive?

En la obra que el lector ha empezado a leer por este prólogo suelto, sin pretensiones, destaca la figura del teólogo. Feuerbach decía que la teología es antropología, porque en el objeto de la religión, que los griegos llamaban Theos y nosotros llamamos Dios, no se habla más que del ser del hombre.

Campa es teólogo y es antropólogo. Teología y antropología se unen aquí para ofrecernos unas páginas bellísimas. El libro de Campa tiene una doble raíz. Por un lado, su inequívoca fidelidad a la Palabra inspirada. En segundo lugar, su dinamismo expresivo, en el que se traslucen sus propias creencias. Campa no escribe ni una sola línea que no esté motivada por su concepción de la fe cristiana.

Tengo la seguridad de que este libro será aplaudido por su originalidad y oportunidad. Desde el siglo XVI, con la aportación de pensadores cristianos tales como Casiodoro de Reina, Cipriano de Valera, Juan de Valdés y pocos más, apenas hemos contado en países de habla hispana con teólogos que nos aportasen una visión cristológica, antropológica y eclesiológica enriquecedora y que fuesen más allá de los escasos desarrollos doctrinales clásicos.

No sé qué faceta destaca más en José Manuel González Campa, si la científica o la teológica. No me siento capacitado para juzgar la primera, aunque autoridades que se mueven en este campo han dicho de él que es uno de los grandes psiquiatras de la Europa de nuestros días. En cuanto a su perfil teológico, la competencia de Campa ha quedado ampliamente demostrada en los varios libros publicados, todos ellos agotados, y en la infinidad de artículos aparecidos en distintas publicaciones.

El estudio exegético y hermenéutico que el autor realiza de la Epístola a los Efesios viene a llenar un gran vacío en el protestantismo que lee el idioma de Cervantes y de Machado. Su exposición se corresponde con un estudio serio y riguroso del gran documento paulino. Campa vierte en este libro lo mejor del ropaje teológico acumulado a lo largo de veinticinco años de vida cristiana y de ministerio sin tregua.

Los diez capítulos que estructuran esta obra eminentemente original nos descubren toda la riqueza contenida en la epístola de Pablo a los efesios. Fue De Wette en Alemania (1826) quien inauguró la crítica negadora de la autenticidad de Efesios. Desde entonces, no se han aportado nuevos argumentos en pro de dicha negación. Masson admite Colosenses por auténtica, pero no Efesios. No obstante, Michaelis reconoce que la relación entre Colosenses y Efesios es tal, que la hipótesis de la autenticidad de ambas epístolas es la única solución para resolver el problema que la crítica plantea.

Conviene saberlo desde aquí, desde esta pequeña ventana al monumento literario que estoy prologando: para José Manuel González Campa, la Epístola a los Efesios es, sin discusión, de origen paulino. Es un documento divinamente inspirado que, tal como él lo maneja, nos deja atónitos; nos descubre, como nadie lo ha hecho hasta ahora, una Iglesia limpia, Cuerpo Místico de Cristo que, como él mismo dice en la Introducción, “es una realidad existencial que se deviene en el tiempo histórico”.

Felicitaciones al autor por esta obra profunda y larga vida a un libro único.

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Juan Antonio Monroy

Madrid, junio de 2001


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