SECCIÓN POÉTICA
Colección de Poesías Cristianas
Boletín "Entre Nosotros", España, 1956
I. Jesús en el desierto
Engracia F. de Janoher
Llevado por el Espíritu al desierto, Jesús fue tentado durante cuarenta días y cuarenta noches. No había allí pan ni sombra, sino piedras ardientes bajo un sol implacable, y en la noche, el frío de las peñas y el silencio inmenso. Era el mismo desierto que había probado a Israel, pero ahora era el Hijo del Hombre quien lo atravesaba, solo, ayunando, velando, orando.
El tentador se acercó con sutileza. Primero habló de hambre, de la necesidad inmediata del cuerpo: «Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en pan». Mas Jesús respondió con la Palabra que es pan verdadero, recordando que no sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios. Luego le llevó a la santa ciudad, al pináculo del Templo, y le incitó a probar a Dios, a arrojarse para que los ángeles le sostuvieran. Y de nuevo respondió el Señor: «No tentarás al Señor tu Dios». Finalmente, desde un monte muy alto, le mostró todos los reinos del mundo y su gloria, prometiéndoselos si postrado le adoraba. Entonces Jesús le dijo con autoridad: «Vete, Satanás, porque escrito está: Al Señor tu Dios adorarás, y a Él sólo servirás».
Y he aquí que vencido el enemigo, vinieron ángeles y le servían. En aquella soledad, Cristo nos enseñó el secreto de la victoria: la obediencia, la Palabra morando en el corazón y la confianza absoluta en el Padre. Su desierto es nuestro consuelo; su ayuno, nuestra fortaleza; su triunfo, prenda segura de que también nosotros, en Él, podemos vencer.
En el desierto ardiente y solitario,
sin pan, sin agua, sin amparo humano,
velaste, oh Cristo, con amor temprano
el precio de mi gozo necesario.
El enemigo, astuto y temerario,
te ofreció gloria, pan y reino vano;
mas Tú, con el escrito soberano,
venciste al tentador del adversario.
¡Oh, qué lección nos dejas en la arena!
Que el alma fiel, aunque de angustia llena,
no cede si en la Biblia está asida;
y que tras la noche del desierto austera,
el Padre envía en dulce primavera
ángeles que sustentan nuestra vida.
Boletín: "Entre Nosotros", España, 1956, recopilado por Juan Bta. García Serna, Zaragoza, España, 2026
II. Carlos Wesley, Himnólogo
por G. Báez-Camargo
Entre los himnólogos de la Iglesia cristiana, pocos han ocupado un lugar tan eminente y perdurable como Carlos Wesley. Nacido en Epworth, Inglaterra, el 18 de diciembre de 1707, fue hijo del reverendo Samuel Wesley y de Susana Wesley, aquella madre insigne cuya piedad y cultura dejaron huella imborrable en sus hijos. Estudió en la Universidad de Oxford, donde junto con su hermano Juan y otros jóvenes fervorosos formó el llamado «Club Santo», del cual nació el movimiento metodista.
Carlos Wesley no fue sólo un predicador elocuente; fue ante todo el poeta del avivamiento. Se calcula que compuso más de 6.500 himnos, muchos de los cuales se cantan todavía hoy en todas las iglesias evangélicas del mundo. Su inspiración era inagotable. Se dice que escribía a caballo, en medio de persecuciones, en la cárcel o al borde del camino. Su pluma estaba siempre al servicio del Evangelio, y su corazón rebosaba de aquella seguridad gozosa que caracteriza sus versos.
Aún hoy, cuando cantamos «¡Oh, que tuviera lenguas mil!», «Cristo el Señor resucitó» o «¡Amor divino, todo amor excels!», estamos repitiendo la fe encendida de este siervo de Dios. No fue un poeta de gabinete, sino un cantor del pueblo, que supo poner la teología más profunda en lenguaje sencillo y ardiente, para que el labriego y el erudito pudieran alabar a Dios con la misma voz. A él debemos también la introducción del canto congregacional fervoroso que distingue al metodismo desde sus orígenes.
Murió en Londres el 29 de marzo de 1788, dejando tras sí un legado que ni el tiempo ni las modas han podido borrar. Como dijo con acierto el historiador Gutiérrez Marín: «Carlos Wesley hizo más con sus himnos para enseñar la doctrina de la gracia que todos los tratados de teología de su siglo». Su vida nos recuerda que la poesía, cuando nace de un corazón regenerado, se convierte en ministerio.
Traducción libre de un himno de Carlos Wesley
¡Oh, que tuviera lenguas mil
para cantar de mi Señor,
la gloria de mi Dios y Rey,
los triunfos de su amor!
Jesús, tu nombre es dulce paz
que quita todo mi temor,
consuelo del afán mortal,
y gozo del dolor.
Rompe cadenas, habla, y ve:
el sordo oirá, el mudo hablar,
el cojo saltará de gozo,
el ciego al fin verá.
Boletín: "Entre Nosotros", España, 1956, recopilado por Juan Bta. García Serna, Zaragoza, España, 2026
III. LA CRUZ Y LOS POETAS
A Cristo Crucificado
Atribuido a San Juan de la Cruz
No me mueve, mi Dios, para quererte,
el cielo que me tienes prometido,
ni me mueve el infierno tan temido
para dejar por eso de ofenderte.
Tú me mueves, Señor; muéveme el verte
clavado en una cruz y escarnecido;
Muéveme ver tu cuerpo tan herido;
Muéveme tus afrentas y tu muerte.
Muéveme, al fin, tu amor y en tal manera
que aunque no hubiera cielo, yo te amara
y aunque no hubiera infierno, te temiera.
No me tienes que dar porque te quiera;
Pues aunque lo que espero no esperara,
lo mismo que te quiero te quisiera.
A Cristo en la Cruz
G. González de Zavala
Clavado está mi Dios en el madero
de una cruz tan injusta como impía,
donde viste expirar tu lozanía
con santa mansedumbre de cordero.
Una lanza afrentosa con su acero
dio más pena al dolor de tu agonía;
abriendo en tu costado una sangría
que redimió de culpa al mundo entero.
Yo quisiera, mi Dios omnipotente,
soportar tus espinas en mi frente,
tus llagas en mi carne lacerada
y tu sangrienta herida en mi costado,
con tal de ser mi espíritu bañado
por la luz celestial de tu mirada.
A Jesús Crucificado
Fray Arcángel de Alarcón (1593)
Pues, a cuanto el mundo alaba
Pone fin la sepultura,
Ni quiero bien que no dura,
Ni temo mal que se acaba.
¡Oh qué amor tan sin medida,
Que toda su sangre vierte,
Por darnos vida en su muerte,
El mismo Autor de la vida!
Si de venenosos dientes
De satánicas serpientes
Te sintieres lastimado,
Ve a Jesús crucificado,
Que en sus milagrosas fuentes
De sangre serás curado.
A la muerte de Jesús
Lope de Vega (1565-1635)
Muere la vida, y vivo yo sin vida,
ofendiendo la vida de mi muerte,
sangre divina de las venas vierte,
y mi diamante su dureza olvida.
Está la Majestad de Dios tendida
en una dura cruz, y yo de suerte
que soy de sus dolores el más fuerte
y de su cuerpo la mayor herida.
¡Oh duro corazón de mármol frío!
¿Tiene tu Dios abierto el lado izquierdo
y no te vuelves un copioso río?
Morir por él será divino acuerdo,
mas eres tú mi vida, Cristo mío,
y como no la tengo, no la pierdo.
La primera caída
Manuel Machado
No puede más... Vacila... Los divinos
pies destrozan las piedras y matojos.
Y la sangre corriendo, hasta sus ojos,
borra un momento todos los caminos.
En torno, al verlo vacilar, se aterra
la multitud... Oculta el horizonte
espesa niebla. Se estremece el monte
y gimen las entrañas de la tierra.
Cayó. Todo se abate a su caída...
El cielo, al ver su gloria así rendida
a derrumbarse va sobre la agreste
inmensidad vencida y desolada...
Pero Él clava en la altura su mirada
¡y sostiene la bóveda celeste...!
Las Tinieblas
Gutiérrez de Cetina (1520-1557?)
El claro sol sus rayos oscurece;
en el Templo se rompe el claro velo;
hiere una piedra en otra con gran duelo;
la tierra con angustia se estremece.
Desmaya el día; la tiniebla crece;
de tristeza se cubre el ancho cielo.
Reina en todos piedad y desconsuelo
por su Hacedor inmenso que padece.
Aprende, ¡oh pecador! el sentimiento
debido a esta pasión, pues es causado
tal dolor por tu ciego atrevimiento.
Ablanda con llorar tu pecho helado;
mira en la Cruz al Salvador sangriento
que te ha, con su cruz, libertado.
“Consumado es”
Emilio Romero
El último estertor de la agonía
Nubla del Redentor la frente pura,
Su cabeza se inclina con dulzura,
La muerte ya su corazón enfría.
¡Con eco de tristísima armonía,
El Consumado es su voz murmura,
Y se rompe de horror la roca dura
Y el trueno ruge y se oscurece el día!
Huyen por todas partes los soldados,
De su tumba levántanse los muertos,
Y la turba con ojos asombrados
Mira del Hombre-Dios los brazos yertos
Por el rigor sobre la cruz clavados,
Por el amor sobre la cruz abiertos.
A Cristo Crucificado
Carlos Araujo
Impotente es, Jesús, la lengua humana
para expresar en tono merecido
el triunfo que en la tumba has obtenido,
recobrando tu vida soberana.
La muerte contempló su presa, ufana,
mas luego vio su reino subvertido,
porque no fue en sus brazos retenido
Aquel de quien la vida todo emana.
Morir en cruz y sojuzgar la muerte,
que fue reina de todos tan temida,
sólo Tú lo pudiste, oh Cristo fuerte.
Su poder ya al creyente no intimida,
porque seguro está de poseerte,
y sabe que en ti tiene eterna vida.
Boletín: "Entre Nosotros", España, 1956, recopilado por Juan Bta. García Serna, Zaragoza, España, 2026
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