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Arturo T. Pierson — Muchas Pruebas Infalibles — 1908 / Reed. 2026

PORTADA

MUCHAS PRUEBAS INFALIBLES
Las Evidencias del Cristianismo
ó
La Palabra Escrita y Viva de Dios
POR
ARTURO T. PIERSON.
Traducción
"La escritura que se escribe en nombre del rey, y se sella con el anillo del rey no es para revocarla."
Esther VIII: 8
La Casa Bíblica de los Ángeles
Los Ángeles, California. E. U. A.
1908
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BREVE BIOGRAFÍA DEL AUTOR

Breve Biografía del Autor

Arturo Tappan Pierson (1837-1911) nació en Nueva York el 6 de marzo de 1837, nombrado en honor del abolicionista Arthur Tappan. Se convirtió a los 13 años y se formó en Hamilton College (1857) y Union Theological Seminary (1869).

Pastor presbiteriano, predicó más de 13.000 sermones y escribió más de 50 libros, entre ellos Muchas Pruebas Infalibles. A los 40 años dejó una próspera iglesia de clase alta en Detroit para abrir una capilla en el barrio más pobre, viviendo por fe.

Amigo íntimo de C. H. Spurgeon, le sustituyó en el Metropolitan Tabernacle de Londres (1891-1893). Orador con D. L. Moody en Northfield y Keswick. Consultor de la Biblia Scofield y biógrafo de George Müller. Redactor de Missionary Review of the World. Su pasión fueron los pobres y las misiones. Murió el 3 de junio de 1911.

Texto de su lápida "Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo;" Mateo 28:19

Reedición: Juan Bta. García Serna / Zaragoza, España, 2026

2 / 11 — BIOGRAFÍA

AL LECTOR

Al Lector

El que ha escrito estas páginas se encontró una vez caminando hacia la profunda oscuridad de la duda. Principiando por los fundamentos, escudriñó por sí mismo, hasta que halló las pruebas amplias de que la Biblia es el Libro de Dios y Cristo el Hijo de Dios. Fue como hallar la propia salida de un bosque denso a la plena luz del día.

Otros están todavía en las tinieblas: y estos capítulos son los árboles "señalados," que indican el paso por el cual un hombre ha salido del bosque. Quizá alguno más puede ensayar el mismo camino con el mismo resultado.

Arturo T. Pierson.

3 / 11 — AL LECTOR

INTRODUCCIÓN — CAPÍTULO I

Introducción

CAPÍTULO I
Pesando las Pruebas

La importancia del estudio de las Evidencias del Cristianismo, que establecen el derecho de la religión de Cristo como la única y sola Divina, no puede ser bien encarecida o exagerada.

Todo conocimiento es bueno, deseable en sí mismo y por razón de la potencia que añade al carácter; pero especialmente el conocimiento es necesario cuando ayuda a crear o confirmar nuestra fe en las grandes verdades de nuestra santa religión. Las enseñanzas de la Biblia son a la vez tan peculiares y tan importantes, que es uno de nuestros primeros deberes y privilegios alcanzar una certidumbre de convicción en cuanto al origen divino de las Sagradas Escrituras, y el carácter y la misión divinos de Jesucristo.

Debía alcanzarse esa seguridad. Si cualquier humano legislador dirigiera a sus súbditos las leyes más elementales tocante a sus deberes como ciudadanos, esos súbditos tendrían derecho a pedir buenas y plenas pruebas de que cualquiera que hubiera escrito o compuesto esas leyes, lo hacía con autorización del rey y que él era su propio autor. Ningún súbdito quedaría satisfecho si no encontrara la gran firma y sello reales en el decreto; de lo contrario, probaría la intención de algún traidor o enemigo de engañar o traicionar a los súbditos y aún de trastornar las leyes vigentes.

Si por consiguiente Dios ha dado al género humano la revelación de su voluntad sobre materias del primer momento, no puede caber duda de que es en algún modo evidente un camino infalible, señalado por su mano; lleva en su mismo aspecto la firma y el sello de Dios: hay muchas pruebas infalibles para satisfacer la duda honrada.

4 / 11 — INTRODUCCIÓN

CAPÍTULO I — CONTINUACIÓN

Necesitamos no temer el tomar posiciones fuertes y es especialmente necesario en estos días. El catedrático Fairburn, en su reciente discurso en el seminario de la Unión, observaba que se ha hecho necesario un cambio completo en la dirección de la defensa del cristianismo, debido al cambio de posición por parte de sus enemigos.

El deísmo del siglo pasado concedió mucho al admitir los derechos de la religión natural. Ahora todo se niega y todo debe probarse; pero admitiéndolo así, todo lo verdadero debe ser capaz de prueba. Dios no podría pedirnos nada que no fuera recto y razonable, y no sería razonable ni recto que nos pidiera tener por concedido que la Biblia es el libro del mismo Dios, sencillamente porque ella lo dice así o alguien lo sostiene o aún porque cierto número de personas lo creen honradamente. El mismo Dios nos dio facultades intelectuales para pesar con ellas la evidencia y quiere que ensayemos la verdad y la falsedad, probando todas las cosas y reteniendo lo bueno.

Hay un género de duda que es enteramente recto, y de esa clase es la duda del que no cree lo que no tiene razón para creer y de lo cual no tiene prueba, como verdadero. La inteligencia está dotada de facultades de investigación, reflexión, razón para que podamos examinar concienzudamente la evidencia y así decidir lo que es verdadero y lo que es falso. Habla a nuestra razón, quien nos dio la razón. Apela a ella aún en Su misma Palabra. Nos manda estar siempre dispuestos a dar contestación a cualquiera que nos pide una razón por la esperanza que está en nosotros. Esta contestación implica conocimiento.

Dios mismo, pues, no nos pide fe ciega. Deberíamos saber lo que creemos y por qué lo creemos. Nada debe aceptarse si no se basa en la mayor evidencia; creer sin reflexión puede ser abrazar ciegamente el error y la falsedad. Igualmente es cierto, puesto que Dios da la Biblia para guía de todos los hombres, que las pruebas de que esta es Su Palabra no serán difíciles de encontrar ni de ver; se encontrarán y entenderán claramente, como la firma y el sello del decreto real, por la mayor parte de las gentes.

Este es un día de duda. El escepticismo se ha extendido más que nunca. Está en nuestros libros, en la conversación de nuestros amigos, en el mismo aire que respiramos, se va infiltrando suavemente en las mismas iglesias de Cristo. Debemos ponernos en guardia.

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I — LAS PRUEBAS Y LA DUDA HONRADA

I. Estas pruebas, si se las examina con candidez, curarán todas las dudas honradas. El mucho escepticismo nace de un corazón depravado por la incredulidad, que se aleja de Dios con motivo de una voluntad perversa y mala, opuesta a Dios. Ninguna cantidad de evidencia hará desaparecer semejantes dudas a menos que el corazón cambie; estos incrédulos no se persuadirían aunque vieran levantarse a un muerto.

Pero todas las dudas honradas cederán ante las pruebas de un hecho o una verdad; y así, no hay excusa para dudar donde tenemos medios para conocer. La ignorancia voluntaria es culpable. Cualesquiera que sean las dudas, pues, que no surjan de un corazón depravado y de obstinación para ser convencido, desaparecerán cuando las pruebas se vean y examinen.

Ha habido muchos incrédulos cándidos, pero nunca uno que haya estudiado cuidadosamente las evidencias del Cristianismo. Mr. Hume se declaraba príncipe de los escépticos, como Voltaire lo era de los escarnecedores, y tenebrosas, en verdad, eran aquellas profundidades de duda en las cuales le sumergían sus especulaciones. Él decía de estas especulaciones: «De tal modo han obrado sobre mí y caldeado mi cerebro que estoy dispuesto a rechazar toda creencia y razonamiento, y ni siquiera puedo considerar una opinión como más probable y verosímil que otra.» Y sin embargo, aunque aparentando gran diligencia en la investigación de la verdad y empleando sus hermosas facultades y cultura para destruir la fe en el Evangelio, confesaba, como el Doctor Johnson nos dice, que no había leído nunca, ni siquiera el Nuevo Testamento con atención.

Siempre que uno que duda honradamente se acerca a mí, me siento perfectamente tranquilo diciéndole en su cara: «Vd. nunca ha estudiado las pruebas y es probable que nunca haya examinado atentamente la Biblia.» Y esta flecha nunca deja de dar en el blanco.

Hace unos cinco años me pusieron en relación con un hombre que se enorgullecía de sus opiniones escépticas y se jactaba de no dejarse engañar por la credulidad de los cristianos. Me arriesgué a sacar la consabida flecha de la aljaba. Yo le decía: «Señor, Vd. nunca ha estudiado a fondo la Biblia.» Él desviaba mi flecha, diciendo muy positivamente: «En eso se engaña Vd., pues la Biblia me es familiar desde mi niñez.» Y sin embargo a los diez minutos había demostrado que no conocía la diferencia entre Job y Lot, y creía que era Job quien había vivido en Sodoma y habitado con sus hijas en la cueva.

Si hay por el mundo algún incrédulo cándido que haya estudiado fielmente la Biblia y las pruebas del cristianismo, no ha sido hallado todavía.

Antes de terminar esta argumentación, hemos de llamar la atención hacia dos ingleses eminentes que convinieron en asaltar el cristianismo: pero con objeto de conducir el asalto con los mayores éxito y destreza, convinieron también, en primer lugar, en examinarlo completamente; pero, cuando empezaron a escudriñar de buena fe las Escrituras, ya no pudieron dudar de que la Biblia es la Palabra de Dios, y así Gilberto West y Lord Lyttleton se convirtieron e hicieron defensores de la misma fe que iban a atacar.

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II — CREYENTES INTELIGENTES

II. Un estudio cuidadoso de las pruebas hace creyentes inteligentes.

Una fe no firmemente fundada sobre buenas pruebas no merece el nombre de fe, pues, la base de toda fe o confianza verdaderas es la creencia, que es el asentimiento de la mente o el entendimiento a la verdad sostenida con pruebas adecuadas. Creemos algunas cosas por la evidencia de los sentidos; otras cosas por el testimonio de los demás; y aún otras por la evidencia de la razón; en cada caso hay en el fondo de la creencia alguna forma de evidencia o prueba. Tratar de hacer más amplia y más firme la base del conocimiento sobre la cual descansa nuestra fe, es demostrar respeto hacia nuestra propia facultad de pensar y respeto hacia el Creador que nos ha honrado confiriéndonos tan nobles facultades.

Si Él hubiera querido que fuéramos simples esponjas, para que nuestros padres o maestros nos hubieran puesto a embeber en alguna clase de depósito lleno de sus nociones de la verdad y el deber, hasta que hubiéramos tomado todo lo que pudiéramos absorber. Él nos hubiera convertido en esponjas. Pero Él deseaba que tuviéramos alguna razón más poderosa para nuestra fe y esperanza que el hecho de que nuestros padres hubieran tenido las suyas y así nos hizo seres, independientes, racionales, que naturalmente preguntan por qué una cosa es así, y si lo que se nos ha enseñado es verdad.

Ni aún debemos estar contentos con creer ciegamente, pues la creencia ciega hace fanáticos, que se aferran a su manera de pensar, equivocada o acertada, y no quieren tolerar a nadie que difiera de ellos. Todas las persecuciones vienen en parte de la creencia ciega, algunas veces del error y otras veces de la verdad. De aquí que el creer ciegamente nos expone a creer erróneamente y así a prolongar el reinado del error. ¿Cuántos mahometanos honrados habría si cada musulmán se tomara primeramente el trabajo de averiguar si había algún fundamento bueno para ser discípulo del falso profeta? ¿Cuántos católicos romanos honrados, si cada hombre y cada mujer educados en la comunión romana, se tomara el tiempo y la molestia de examinar todas aquellas cuestiones que tienen relación con la doctrina y la práctica? El error tiene siempre miedo de la luz. De aquí, que se prohíba al pueblo la lectura de libros que exponen los errores de estas religiones falsas o corrompidas, y especialmente se considera un crimen leer la Biblia. La consecuencia de investigar las Escrituras sería la ruina de las creencias falsas.

Usted se llama a sí mismo protestante. ¿Puede usted decir por qué? ¿Lo es Vd. porque se le ha educado así y es esa toda la contestación que tiene Vd. que dar para justificar su fe y su esperanza? Entonces no veo cómo puede Vd. estar seguro de que no está tan equivocado y engañado como cualquier mahometano, o pagano o papista, a quienes usted condena.

La creencia inteligente hace la fe firme. Dice San Pedro que las cosas de la Biblia, que son difíciles de entender, se interpretan torcidamente por los ignorantes y los inconstantes para su propia perdición. ¿Quiénes son los ignorantes y los inconstantes? Los que son ignorantes son aptos para ser inconstantes, pues el creyente que no tiene razón inteligente para su creencia no puede ser constante; no puede estar seguro de no perder por completo cualquier día su fe.

La esponja absorbe fácilmente, pero con igual facilidad suelta también bajo una pequeña presión. Así hacen las humanas esponjas. Se empapan de cualquier doctrina en que por casualidad se meten, y pueden, en cualquier tiempo, cuando se los somete a presión, devolver aquella y en cambio absorber algo totalmente distinto; y así se encontrarán almas inconstantes, tan inseguras y mudables que creen por el momento casi lo mismo que lo que creen los que están a su alrededor.

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PERÍODO DE TRANSICIÓN — III

Un período de la vida, especialmente prueba a cualquier creyente. Yo lo llamo período de transición. Toda persona joven, especialmente si se dedica a la lectura y al estudio, llega a un momento en que las facultades de la razón se desarrollan rápidamente, y los hábitos de pensamiento independiente empiezan a querer investigar. El entendimiento en desarrollo pide una explicación de las cosas; y tan importante es este espíritu de investigación que todos los progresos humanos y todos los descubrimientos e invenciones se deben a él en gran parte. Lutero y la Gran Reforma nunca hubieran estado ligados en la historia sino por su vehemente determinación de conocer, por medio de una investigación independiente, qué es la verdad.

Supongamos, ahora, que, en este estado de transición entre los períodos intuitivo y racional de nuestro desarrollo, estamos sin conocimiento de las evidencias del cristianismo. Empezamos a decir de una cosa después de otra que se nos puede haber enseñado, «¡eso no es verdad!, no puedo por más tiempo creerlo.» Empezamos a desatarnos de una estaca, pero no tenemos otra a la cual atarnos; y así nos sentimos arrastrados, libres de toda amarra a una duda general, ya que no negación de toda verdad. La fe naufraga.

III. Esa fe inteligente y firme nos dispone para un servicio mejor; da el lenguaje de la sabiduría y nos hace aptos «para hablar la palabra oportuna al que está cansado.»

Cuanto más profunda es nuestra convicción y más firme nuestra persuasión de la verdad, más intensamente procederemos con sinceridad, y esta gran cualidad de la sinceridad es la que convence y persuade a los demás. En efecto, la sinceridad nacida de una convicción clara, profunda e inmutable es la fuerza más conmovedora, más enternecedora aparte de la de Dios. Es un fuego que caldea, un martillo que rompe, una espada que atraviesa. Viene a ser un entusiasmo contagioso que es el misterioso secreto de la elocuencia. Los demás ven y sienten cuando uno es recto y sincero y empiezan a decir: «Temo que estoy equivocado.»

Hay, por consiguiente, una significación intensa en las palabras de nuestro Señor: «Todo escriba docto en el reino de los cielos es semejante a un padre de familia que saca de su tesoro cosas nuevas y viejas.» El conocimiento de las cosas divinas que viene con el estudio y la instrucción verdaderos, llega a ser para su poseedor un tesoro del cual saca para la instrucción de los demás cosas nuevas y viejas; y un dominio completo de las evidencias del cristianismo acumulará un inagotable caudal de hechos y argumentos, con lo cual no puede estar uno desprevenido cuando encuentra al que pregunta o al que duda.

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LA EXPERIENCIA Y EL ARGUMENTO

Es verdad que más de un discípulo ignorante ha sido al mismo tiempo firme en la fe, y rico en servicios. Pero con todo, él ha estudiado una clase de pruebas y el conocimiento de ellas es el que le hace fuerte. Las pruebas que ha dominado son las que se conocen por experiencia más bien que por argumentación. Dios ha hecho posible aún para los más indoctos, conocer que la Biblia es Su Palabra, encontrando que ella es el poder de Dios para su salvación y santificación. Hay creyentes de inteligencia sencilla que no conocen nada del testimonio de la profecía y el milagro, pero saben que Dios es fiel a sus promesas y ven el milagro del corazón renovado y de la vida transformada, actualmente obrado en ellos mismos. Cristo es el Salvador vivo por esta prueba completamente infalible, lo que Él ha hecho y está haciendo por ellos. Él abrió sus ojos ciegos para que vieran su pecado y su necesidad y la belleza y el amor de Él; Él limpió la lepra de su culpa, curó la parálisis de su impotencia y la fiebre de su ardiente pasión y arrojó el demonio de sus corazones. Jerry McAuley, en cuyo entierro se reunieron, hace poco, miles de personas, tuvo en su conversión una evidencia tan grande del cristianismo como si la palabra de Cristo le hubiera levantado de los muertos.

¡Qué menos que el poder de Dios pudo, en un momento, librar a tal hombre de una vida totalmente pasada en el crimen, y no solamente libertarle de las cadenas de sus vicios sino convertirle en apóstol de gracia para la salvación de otras almas perdidas!

Pero a pesar de que es posible conocer por experiencia personal la verdad del Evangelio por su poder ¿hay alguna razón por la cual otra clase de pruebas no deben ser estudiadas? ¿No es importante satisfacer a los demás? Y ¿no es la cualidad peculiar del conocimiento práctico, que este no puede entenderse sino por nosotros mismos?

Hay experiencias que engañan y no son guías seguros o pruebas de verdad, en tanto que no se atestigüen por la palabra de Dios. Mr. Wesley en su día, encontró a muchos que pretendían tener tal experiencia de gracia que les elevaba sobre todo peligro, hasta del pecado; pero dice que ni uno de cada treinta de estos perfeccionistas perseveraba o retenía la bendición que pretendía tener.

Deberíamos entender las dos clases de prueba, de argumento o experimento. La ignorancia innecesaria no tiene disculpa en materias tan importantes. ¿Son nuestras convicciones tan firmes que no nos alegraríamos de verlas arraigar más profundamente? ¿No puede un cuerpo humano tenerse con dos piernas mejor que con una? Tratemos de arraigar nuestra fe como el cedro de Líbano y así ayudar a que otros estén más firmes, guiando al honrado investigador a la luz de la verdad.

Por consideración, pues, a todos los que desean conocer la verdad, «escribamos la visión y hagámosla evidente en las tablas.» Con idea de que el discípulo sea más fuerte y más hábil para hacer obra buena por Cristo, cogiendo al sabio en su propia astucia, saliendo al encuentro de las objeciones de los escépticos, quienes, aunque sabios en ciencia, son ignorantes en las Escrituras y sus augustos derechos; con idea de crear o establecer la fe, es de la mayor importancia estudiar cuidadosamente y de buena fe las pruebas del cristianismo.

En este pequeño libro, sin embargo, no hay más que una reducida parte del extenso territorio por el cual podemos caminar. La profecía y el milagro confirman la Palabra; la ciencia y la revelación son testimonios del mismo Dios; la astronomía indica Su eternidad, inmensidad, infinidad; la filosofía natural habla de su omnisciencia, omnipotencia, omnipresencia; la fisiología da idea de Su sabiduría y Su bondad; los principios de la vida, de la consciencia, de la inteligencia y de la conciencia, son milagros que no pueden comprenderse sin el poder Supremo y deben hacer el ateísmo y el panteísmo igualmente imposibles; mientras el corazón y la historia del hombre se unen para dar testimonio de una necesidad y un anhelo nunca satisfechos sino por Cristo Jesús.

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PRINCIPIOS DEL ESTUDIO

Sin embargo, aun cuando estas firmes persuasiones se arraigan en las mismas fibras de nuestro ser, no creemos que llevamos mucho adelantado al tratar con los que encuentran dudas y dificultades cándidas en el camino de la fe. Sin presuponer mucho, nos conviene empezar por el principio y avanzar en nuestro camino con cautela, conservando cada afirmación con escrupulosa exactitud y ensayando argumentos y pruebas con imparcialidad y candor.

El escritor siente honda simpatía por la duda honrada, en la cual se encuentra una señal de investigación sincera de la verdad, y de la cual nace toda fe razonable e inteligente. No desea justar la lanza en el campo de la controversia teológica, ni tomar parte en ninguna guerra de palabras, ni defender opiniones sectarias aunque sean populares. La religión Cristiana eleva el derecho más augusto aunque invita y desafía al ensayo de pruebas más severo y rígido. Aceptemos el desafío, y apliquemos el ensayo.

El argumento debería ser conducido con calma. El entusiasmo algunas veces lleva a conclusiones temerarias. Hay una pasión al rojo-blanco que no procede de sana lógica sino de simple sensibilidad y del ardor y el fervor de la emoción. La persuasión difiere de la convicción. La apelación al sentimiento frecuentemente tuerce el juicio, la elocuencia del discurso ardiente inclina la voluntad y algunas veces la lleva del lado del error y de la injusticia. La convicción se adquiere con el razonamiento tranquilo y frío, requiere un argumento sano y descansa en conclusiones lógicas; después que el llamamiento desapasionado a la razón ha producido la convicción, podemos despertar las sensaciones y moldear la voluntad para la determinación. Pero al principio el que duda necesita que se le satisfaga como incrédulo, con análisis claro, afirmación exacta y pruebas convincentes.

¿Sobre qué principios, pues, deberíamos estudiar las Evidencias del Cristianismo?

Primero, en un espíritu verdaderamente imparcial y científico. La ciencia es conocimiento, trata de lo que es o puede ser conocido; obliga a una comprensión clara de verdades o hechos, tiene poco que ver con teorías ingeniosas.

Algunas veces una conjetura astuta de la verdad es como una lámpara, puesta en la oscuridad, para ver si quiere enseñarnos lo que hay en las profundidades tenebrosas; sin embargo, una conjetura es una conjetura, una teoría es una teoría. Y como se ha hecho mucho daño a nuestra fe cristiana por ateos que presuponen las cosas, no está bien que debilitemos nuestra posición presuponiendo aún lo que es verdad.

Necesitamos no solamente pensar en asuntos religiosos con exactitud y perfección científicas, sino aún hacer afirmaciones cuidadosas.

Daniel Webster declaraba que ni un hombre de cada cincuenta hace constar un hecho con exactitud, sin exageración o disminución; y Burke decía que cada palabra de una sentencia es uno de los pies con los cuales anda y alargarlos o acortarlos puede alterar su curso.

Segundo: necesitamos también concentración de atención; en otras palabras, hacer con la inteligencia lo que hacemos con un cristal de aumento, reunir los rayos y centralizarlos en un punto. Sin esa concentración, ninguna adquisición de conocimiento, ni aún aplicación de la inteligencia es posible. Si un asunto recompensa el estudio en algún modo, premia así la escrupulosa concentración de todas nuestras facultades mentales.

Tercero: necesitamos también elección para aprender a distinguir cosas que difieren pero que pueden parecer semejantes, como hechos y deducciones, hechos y teorías.

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PRINCIPIOS — CONCLUSIÓN

El Dr. Hopkins dice que los hombres que son más seguros para observar hechos lo son menos, frecuentemente, para hacer deducciones. Se puede depender del hecho pero desconfiar de las conclusiones. Antecedentes y causas no son lo mismo. El escalofrío precede a la fiebre pero no la causa; así la flor a la fruta. Hay peligro en forjar eslabones artificiales. Es igualmente anticientífico unir lo que debe estar separado y separar lo que debe estar junto.

Cuarto: es absurdo pedir la misma clase de prueba en las ciencias éticas y en las matemáticas. La naturaleza de la prueba se adapta a su objeto. La prueba matemática se refiere a la cantidad: la prueba moral se refiere a las relaciones entre seres inteligentes. Se puede probar matemáticamente que dos y dos son cuatro: pero, ¿se puede probar matemáticamente que el alimento fortalece y la fiebre mata o que la honradez es una virtud? Hay muchas verdades capaces de demostración moral que desafían la de las matemáticas, pero no son de ningún modo menos verdades.

Quinto: deberíamos cultivar la imparcialidad científica, no viniendo al estudio de la verdad con tendencia de prejuicio o una teoría preconcebida que impidan la investigación y las conclusiones imparciales.

Robertson dice, que los críticos informan a Shakespeare con sus propias ideas y entonces encuentran en los escritos de este los sentimientos que han puesto en ellos; el romanista viene a la Biblia con una teoría y tuerce su testimonio para constituir el báculo de su dogma.

Sexto: deberíamos evitar dar la cuestión por supuesta y por consiguiente, estar precavidos para no dar por verdad las cosas que son falsas o por falsas las que son verdad. Strauss, sabiendo que el cristianismo se basa en milagros y especialmente en el de la resurrección de Cristo empieza por presuponer que los milagros son imposibles y dice que «fuera Cristo lo que fuera o hiciera lo que hiciera no puede haber hecho nada sobrehumano o sobrenatural». Así parte dando por supuesta toda la cuestión en litigio. Permitir tal suposición, empezar con ella, nos obliga, por supuesto, a rechazar el cristianismo como religión divina. Su misma base sería fraude o, pensando lo mejor, desatino.

Un eminente orador religioso dice: «Tratándose de Ingersoll la dificultad es esta, ha seleccionado las excrecencias de la vida humana tal cual se ha desarrollado en las iglesias y ha representado las excrecencias como la esencia de la religión. Suponed que un médico, deseando formar un museo que abarcara el cuerpo humano en todas las edades y condiciones, escogiera idiotas y lunáticos plagados de verrugas y lobanillos. Suponed que el médico los coleccionara en un museo y dijera: ¡He aquí la humanidad para vosotros! ¿Qué pensáis de ella? Eso es lo que está haciendo Ingersoll en el mundo religioso. Dice muchas cosas verdaderas que han sido dichas antes, pero él no lo sabe. No tiene extensos conocimientos en teología, temo que no lee mucho la Biblia. ¿Para qué la lee? Yo os lo diré. Las palomas volando por la campiña ven todo lo que es agradable y tranquilo; pero cuando vuelan el milano y el buitre, lo primero que ven es un cadáver repugnante, y si lo hay en cualquier parte, ellos no dejan de verlo, Ingersoll ve lo que trata de buscar. ¡Es un buitre!»

Séptimo: mucho depende de nuestra actitud mental y moral, qué queramos ser convencidos, o tomemos deliberadamente una posición de hostilidad. ¿Estamos dispuestos a encontrar armonía o desacuerdo entre la Biblia y la verdad universal? Y si hubiera aparente discordia, ¿queremos esperar pacientemente, hasta que, como en las fotografías estereoscópicas, encontramos el foco común, que produce la armonía y la unidad?

Goethe dice: «Quienquiera que reprocha de oscuridad a un autor, debía primero examinarse a sí mismo para saber si todo era luminoso en su interior. En el crepúsculo, un buen escrito es ilegible.»

Octavo: el ridículo no es argumento y no conduce a ninguna conclusión sana. Es fácil aparentar que se trastorna la verdad por el ridículo. Se ha comparado a Voltaire con un muchacho que excitara la risa dibujando un bigote en alguna hermosa estatua antigua, e Ingersoll hace un pelele para luego salpicarlo con el ridículo; y el pueblo que no piensa toma el pelele por una representación real de la religión de Cristo y el ridículo por argumento. Lo mismo se podría intentar el apagar las estrellas con una regadera o cañonear Gibraltar con escopetas de viento cargadas de tacos.

Noveno: la perspicuidad de pensamiento y de lenguaje es muy necesaria. La oscuridad puede desviar aún a un hombre honrado. Apoderarse de una idea claramente y expresarla en las menos palabras y más sencillas, es un gran triunfo del cerebro y de la lengua. Algunos escritores, dice Whatley en su introducción a los ensayos de Bacon, parece que piensan que es señal de inteligencia soberana hacer que el pensamiento aparezca confuso, como las estrellas a través de un montón de niebla. Siempre es posible, si se tiene un pensamiento que vale algo, expresarlo en forma sencilla, y ¿por qué no en lenguaje castizo y puro?

En el vigésimo aniversario de la toma de posesión del Dr. Crosby, el Rev. D. Juan Hall dijo acertadamente: «Un ministro debe estudiar la Biblia en las lenguas originales en que fue escrita, pero debería cuidarse de predicar en el idioma que sería entendido fácilmente por las personas congregadas.»

Es un hecho triste que en cuanto se refiere a hacerse entender algunos escritores y oradores se expresan en su lengua como si fuera una extraña; son, según dice San Pablo, como un extranjero para el oyente. Es locura inferir cuando no se puede entender a un hombre que es muy sabio y docto para que se le entienda. La sabiduría y la ciencia son precisamente las que contribuyen a que se entienda a un hombre.

Décimo: es seguro desconfiar de todo argumento que insulta al sentido común. Lo que se llama «metafísica» no es a menudo más que el oscurecimiento de la inteligencia de los oyentes con sutilezas que tienden a confundir y desconcertar. Cierto litigio dependía del parecido entre dos ruedas de carro y Webster y Choate eran los abogados contrarios. Para una apreciación común, las ruedas parecían hechas por el mismo modelo, pero Choate empleando los argumentos más sutiles y un profundo discurso sobre «la fijación de los puntos» trató de trastornar al jurado con metafísicas y obligarle a la conclusión contra la evidencia de sus ojos, que apenas había en realidad una sombra de parecido esencial. Webster se levantó para contestar: «Pero, Señores del jurado,» dijo, al mismo tiempo de abrir completamente sus grandes ojos negros y contemplando las dos grandes ruedas gemelas que había delante de él. «Aquí están, miradlas;» y en el instante de fulminar estas palabras, fue como si uno de los aerolitos de Júpiter hubiera herido la tierra. Esa única sentencia y mirada redujo a átomos el sutil argumento de Choate y el astuto sofisma sobre «la fijación de los puntos» se desvaneció en el aire. Tengo gran confianza en el vigoroso sentido común de una inteligencia honrada, sintiendo la completa insignificancia de un argumento, aún cuando incapaz de demostrar la razón.

Un médico cristiano, en un discurso reciente en la cátedra de una facultad de medicina, observaba: «Sin duda algunos de vosotros recordáis haber leído, que la contemplación de una estatua de un ilustre miembro de nuestra profesión fue lo que condujo a Coleridge a esta fuerte declaración, en cuanto al origen simio de la raza. Mirad aquella cabeza de Clive por Chantrey. ¿Son esa frente, esa nariz, esas sienes y esa barbilla afines de la tribu simia? ¡No, no! ¡Para un hombre que tenga sensibilidad, ningún argumento podría desaprobar la brutal teoría, tan convincentemente, como una tranquila contemplación de ese hermoso busto.»

Esos son algunos de los principios sobre los cuales proponemos examinar, al menos en líneas generales, unas cuantas de las «muchas pruebas infalibles» de que la Biblia es la Palabra de Dios y que Jesucristo es el Hijo de Dios. Y si nadie encuentra luz nueva, tendremos, al menos, la serena convicción de que hemos tratado de ayudar a las almas incrédulas.


11 / 11 — FINAL
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