EVIDENCIAS DEL CRISTIANISMO

 

MUCHAS PRUEBAS INFALIBLES
Las Evidencias del Cristianismo
POR ARTURO T. PIERSON

EDICIÓN DEFINITIVA COMPLETA
LETRA GRANDE 20pt - LECTURA FÁCIL

MUCHAS PRUEBAS INFALIBLES

Las Evidencias del Cristianismo
o
La Palabra Escrita y Viva de Dios

POR
ARTURO T. PIERSON

Traducción
“La escritura que se escribe en nombre del rey, y se sella con el anillo del rey no es para revocarla.”
Ester 8:8

La Casa Bíblica de los Ángeles
Los Ángeles, California. E. U. A.
1908

Reedición: Juan Bta. García Serna / Zaragoza, España, 2026

BREVE BIOGRAFÍA
Nacio en Nueva York el 6 de marzo de 1837, hijo menor de una familia numerosa, recibio su nombre en honor al abolicionista Arthur Tappan. Se entrego a Cristo en un avivamiento metodista a los 13 años. Se graduo en Hamilton College en 1857 y en el Union Theological Seminary en 1869.

Pastor presbiteriano, pastoreo iglesias prominentes. A los 40 años, mientras pastoreaba una rica congregación en Detroit donde los bancos eran propiedad de familias pudientes, escucho un sermón de avivamiento y se vio como un egoísta acomodado; dejo aquella iglesia y abrio una pequeña capilla en el barrio más pobre de Detroit, viviendo por fe.

Elocuente predicador, amigo íntimo de C. H. Spurgeon, quien enfermo en 1891 le pidio que le sustituyera en el púlpito del Metropolitan Tabernacle de Londres; tras la muerte de Spurgeon en 1892, Pierson quedo dos años a cargo (1891-1893). Fue también orador invitado por D. L. Moody en las conferencias de Northfield y en la Convención de Keswick en Inglaterra.

Predico más de 13.000 sermones y escribio más de cincuenta libros, entre ellos "The Crisis of Missions", "The New Acts of the Apostles", "Many Infallible Proofs" (Muchas Pruebas Infalibles), "George Müller of Bristol". Fue amigo de George Müller, de Adoniram Judson Gordon y consultor de C. I. Scofield para las notas de la Biblia Scofield.

Apasionado por las misiones, fue redactor de "The Missionary Review of the World" y profesor de misiones en Rutgers College. Su pasión fueron siempre los pobres.

Murio el 3 de junio de 1911. Su familia mando grabar en su lápida Mateo 28:19: "Por tanto, id y haced discípulos a todas las naciones".

Reedición: Juan Bautista García Serna / Zaragoza, España, 2026

AL LECTOR
El que ha escrito estas páginas se encontro una vez caminando hacia la profunda oscuridad de la duda. Principiando por los fundamentos, escudriño por sí mismo, hasta que hallo las pruebas amplias de que la Biblia es el Libro de Dios y Cristo el Hijo de Dios. Fue como hallar la propia salida de un bosque denso a la plena luz del día.

Otros están todavía en las tinieblas: y estos capítulos son los árboles "señalados," que indican el paso por el cual un hombre ha salido del bosque. Quiza alguno más puede ensayar el mismo camino con el mismo resultado.

Arturo T. Pierson.

INTRODUCCIÓN
CAPÍTULO I
Pesando las Pruebas
La importancia del estudio de las Evidencias del Cristianismo, que establecen el derecho de la religión de Cristo como la única y sola Divina, no puede ser bien encarecida o exagerada.

Todo conocimiento es bueno, deseable en sí mismo y por razón de la potencia que añade al carácter; pero especialmente el conocimiento es necesario cuando ayuda a crear o confirmar nuestra fe en las grandes verdades de nuestra santa religión. Las enseñanzas de la Biblia son a la vez tan peculiares y tan importantes, que es uno de nuestros primeros deberes y privilegios alcanzar una certidumbre de convicción en cuanto al origen divino de las Sagradas Escrituras, y el carácter y la misión divinos de Jesucristo.

Debía alcanzarse esa seguridad. Si cualquier humano legislador dirigiera a sus súbditos las leyes más elementales tocante a sus deberes como ciudadanos, esos súbditos tendrían derecho a pedir buenas y plenas pruebas de que cualquiera que hubiera escrito o compuesto esas leyes, lo hacía con autorización del rey y que él era su propio autor. Ningún súbdito quedaría satisfecho si no encontrara la gran firma y sello reales en el decreto; de lo contrario, probaría la intención de algún traidor o enemigo de engañar o traicionar a los súbditos y aún de trastornar las leyes vigentes.

Si por consiguiente Dios ha dado al género humano la revelación de su voluntad sobre materias del primer momento, no puede caber duda de que es en algún modo evidente un camino infalible, señalado por su mano; lleva en su mismo aspecto la firma y el sello de Dios: hay muchas pruebas infalibles para satisfacer la duda honrada.

Necesitamos no temer el tomar posiciones fuertes y es especialmente necesario en estos días. El catedrático Fairburn, en su reciente discurso en el seminario de la Unión, observaba que se ha hecho necesario un cambio completo en la dirección de la defensa del Cristianismo, debido al cambio de posición por parte de sus enemigos.

El deísmo del siglo pasado concedio mucho al admitir los derechos de la religión natural. Ahora todo se niega y todo debe probarse; pero admitiéndolo así, todo lo verdadero debe ser capaz de prueba. Dios no podría pedirnos nada que no fuera recto y razonable, y no sería razonable ni recto que nos pidiera tener por concedido que la Biblia es el libro del mismo Dios, sencillamente porque ella lo dice así o alguien lo sostiene o aún porque cierto número de personas lo creen honradamente. El mismo Dios nos dio facultades intelectuales para pesar con ellas la evidencia y quiere que ensayemos la verdad y la falsedad, probando todas las cosas y reteniendo lo bueno.

Hay un género de duda que es enteramente recto, y de esa clase es la duda del que no cree lo que no tiene razón para creer y de lo cual no tiene prueba, como verdadero. La inteligencia esta dotada de facultades de investigación, reflexión, razón para que podamos examinar concienzudamente la evidencia y así decidir lo que es verdadero y lo que es falso. Habla a nuestra razón, quien nos dio la razón. Apela a ella aún en Su misma Palabra. Nos manda estar siempre dispuestos a dar contestación a cualquiera que nos pide una razón por la esperanza que esta en nosotros. Esta contestación implica conocimiento.

Dios mismo, pues, no nos pide fe ciega. Deberíamos saber lo que creemos y por que lo creemos. Nada debe aceptarse si no se basa en la mayor evidencia; creer sin reflexión puede ser abrazar ciegamente el error y la falsedad. Igualmente es cierto, puesto que Dios da la Biblia para guía de todos los hombres, que las pruebas de que esta es Su Palabra no serán difíciles de encontrar ni de ver; se encontrarán y entenderán claramente, como la firma y el sello del decreto real, por la mayor parte de las gentes.

Este es un día de duda. El escepticismo se ha extendido más que nunca. Esta en nuestros libros, en la conversación de nuestros amigos, en el mismo aire que respiramos, se va infiltrando suavemente en las mismas iglesias de Cristo. Debemos ponernos en guardia.

I.
Estas pruebas, si se las examina con candidez, curarán todas las dudas honradas. El mucho escepticismo nace de un corazón depravado por la incredulidad, que se aleja de Dios con motivo de una voluntad perversa y mala, opuesta a Dios. Ninguna cantidad de evidencia hara desaparecer semejantes dudas a menos que el corazón cambie; estos incrédulos no se persuadirían aunque vieran levantarse a un muerto.

Pero todas las dudas honradas cederán ante las pruebas de un hecho o una verdad; y así, no hay excusa para dudar donde tenemos medios para conocer. La ignorancia voluntaria es culpable. Cualesquiera que sean las dudas, pues, que no surjan de un corazón depravado y de obstinación para ser convencido, desaparecerán cuando las pruebas se vean y examinen.

Ha habido muchos incrédulos cándidos, pero nunca uno que haya estudiado cuidadosamente las evidencias del Cristianismo. Mr. Hume se declaraba príncipe de los escépticos, como Voltaire lo era de los escarnecedores, y tenebrosas, en verdad, eran aquellas profundidades de duda en las cuales le sumergían sus especulaciones. Él decía de estas especulaciones: «De tal modo han obrado sobre mí y caldeado mi cerebro que estoy dispuesto a rechazar toda creencia y razonamiento, y ni siquiera puedo considerar una opinión como más probable y verosímil que otra.» Y sin embargo, aunque aparentando gran diligencia en la investigación de la verdad y empleando sus hermosas facultades y cultura para destruir la fe en el Evangelio, confesaba, como el Doctor Johnson nos dice, que no había leído nunca, ni siquiera el Nuevo Testamento con atención.

Siempre que uno duda honradamente se acerca a mí, me siento perfectamente tranquilo diciéndole en su cara: «Vd nunca ha estudiado las pruebas y es probable que nunca haya examinado atentamente la Biblia.» Y esta flecha nunca deja de dar en el blanco.

Hace unos cinco años me pusieron en relación con un hombre que se enorgullecía de sus opiniones escépticas y se jactaba de no dejarse engañar por la credulidad de los cristianos. Me arriesgue a sacar la consabida flecha de la aljaba. Yo le decía: «Señor, Vd nunca ha estudiado a fondo la Biblia.» Él desviaba mi flecha, diciendo muy positivamente: «En eso se engaña Vd, pues la Biblia me es familiar desde mi niñez. Y sin embargo a los diez minutos había demostrado que no conocía la diferencia entre Job y Lot, y creía que era Job quien había vivido en Sodoma y habitado con sus hijas en la cueva.

Si hay por el mundo algún incrédulo cándido que haya estudiado fielmente la Biblia y las pruebas del cristianismo, no ha sido hallado todavía.

Antes de terminar esta argumentación, hemos de llamar la atención hacia dos ingleses eminentes que convinieron en asaltar el cristianismo: pero con objeto de conducir el asalto con los mayores éxito y destreza, convinieron también, en primer lugar, en examinarlo completamente; pero, cuando empezaron a escudriñar de buena fe las Escrituras, ya no pudieron dudar de que la Biblia es la Palabra de Dios, y así Gilberto West y Lord Lyttleton se convirtieron e hicieron defensores de la misma fe que iban a atacar.

II. Un estudio cuidadoso de las pruebas hace creyentes inteligentes.
Una fe no firmemente fundada sobre buenas pruebas no merece el nombre de fe, pues, la base de toda fe o confianza verdaderas es la creencia, que es el asentimiento de la mente o el entendimiento a la verdad sostenida con pruebas adecuadas. Creemos algunas cosas por la evidencia de los sentidos; otras cosas por el testimonio de los demás; y aún otras por la evidencia de la razón; en cada caso hay en el fondo de la creencia alguna forma de evidencia o prueba. Tratar de hacer más amplia y más firme la base del conocimiento sobre la cual descansa nuestra fe, es demostrar respeto hacia nuestra propia facultad de pensar y respeto hacia el Creador que nos ha honrado confiriéndonos tan nobles facultades.

Si Él hubiera querido que fuéramos simples esponjas, para que nuestros padres o maestros nos hubieran puesto a embeber en alguna clase de depósito lleno de sus nociones de la verdad y el deber, hasta que hubiéramos tomado todo lo que pudiéramos absorber, Él nos hubiera convertido en esponjas. Pero Él deseaba que tuviéramos alguna razón más poderosa para nuestra fe y esperanza que el hecho de que nuestros padres hubieran tenido las suyas y así nos hizo seres independientes, racionales, que naturalmente preguntan por que una cosa es así, y si lo que se nos ha enseñado es verdad.

Ni aún debemos estar contentos con creer ciegamente, pues la creencia ciega hace fanáticos, que se aferran a su manera de pensar, equivocada o acertada, y no quieren tolerar a nadie que difiera de ellos. Todas las persecuciones vienen en parte de la creencia ciega, algunas veces del error y otras veces de la verdad. De aquí que el creer ciegamente nos expone a creer erróneamente y así a prolongar el reinado del error. ¿Cuántos mahometanos honrados habría si cada musulmán se tomara primeramente el trabajo de averiguar si había algún fundamento bueno para ser discípulo del falso profeta? ¿Cuántos católicos romanos honrados, si cada hombre y cada mujer educados en la comunión romana, se tomara el tiempo y la molestia de examinar todas aquellas cuestiones que tienen relación con la doctrina y la práctica? El error tiene siempre miedo de la luz. De aquí, que se prohiba al pueblo la lectura de libros que exponen los errores de estas religiones falsas o corrompidas, y especialmente se considera un crimen leer la Biblia. La consecuencia de investigar las Escrituras sería la ruina de las creencias falsas.

Usted se llama a sí mismo protestante. ¿Puede usted decir por qué? ¿Lo es Vd porque se le ha educado así y es esa toda la contestación que tiene Vd que dar para justificar su fe y su esperanza? Entonces no veo cómo puede Vd estar seguro de que no esta tan equivocado y engañado como cualquier mahometano, o pagano o papista, a quienes usted condena.

La creencia inteligente hace la fe firme. Dice San Pedro que las cosas de la Biblia, que son difíciles de entender, se interpretan torcidamente por los ignorantes y los inconstantes para su propia perdición. ¿Quiénes son los ignorantes y los inconstantes? Los que son ignorantes son aptos para ser inconstantes, pues el creyente que no tiene razón inteligente para su creencia no puede ser constante; no puede estar seguro de no perder por completo cualquier día su fe.

La esponja absorbe fácilmente, pero con igual facilidad suelta también bajo una pequeña presión. Así hacen las humanas esponjas. Se empapan de cualquier doctrina en que por casualidad se meten, y pueden, en cualquier tiempo, cuando se los somete a presión, devolver aquella y en cambio absorber algo totalmente distinto; y así se encontrarán almas inconstantes, tan inseguras y mudables que creen por el momento casi lo mismo que lo que creen los que están a su alrededor.

Un período de la vida, especialmente prueba a cualquier creyente. Yo lo llamo período de transición. Toda persona joven, especialmente si se dedica a la lectura y al estudio, llega a un momento en que las facultades de la razón se desarrollan rápidamente, y los hábitos de pensamiento independiente empiezan a querer investigar. El entendimiento en desarrollo pide una explicación de las cosas; y tan importante es este espíritu de investigación que todos los progresos humanos y todos los descubrimientos e invenciones se deben a él en gran parte. Lutero y la Gran Reforma nunca hubieran estado ligados en la historia sino por su vehemente determinación de conocer, por medio de una investigación independiente, ¿que es la verdad?

Supongamos, ahora, que en este estado de transición entre los períodos intuitivo y racional de nuestro desarrollo, estamos sin conocimiento de las evidencias del cristianismo. Empezamos a decir de una cosa después de otra que se nos puede haber enseñado, «¡eso no es verdad!, no puedo por más tiempo creerlo.» Empezamos a desatarnos de una estaca, pero no tenemos otra a la cual atarnos; y así nos sentimos arrastrados, libres de todo amarra a una duda general, ya que no negación de toda verdad. La fe naufraga.

III. Esa fe inteligente y firme nos dispone para un servicio mejor
Da el lenguaje de la sabiduría y nos hace aptos «para hablar la palabra oportuna al que esta cansado.»

Cuanto más profunda es nuestra convicción y más firme nuestra persuasión de la verdad, más intensamente procederemos con sinceridad, y esta gran cualidad de la sinceridad es la que convence y persuade a los demás. En efecto, la sinceridad nacida de una convicción clara, profunda e inmutable es la fuerza más conmovedora, más enternecedora aparte de la de Dios. Es un fuego que caldea, un martillo que rompe, una espada que atraviesa. Viene a ser un entusiasmo contagioso que es el misterioso secreto de la elocuencia. Los demás ven y sienten cuando uno es recto y sincero y empiezan a decir: «Temo que estoy equivocado.»

Hay, por consiguiente, una significación intensa en las palabras de nuestro Señor: «Todo escriba docto en el reino de los cielos es semejante a un padre de familia que saca de su tesoro cosas nuevas y viejas.» El conocimiento de las cosas divinas que viene con el estudio y la instrucción verdaderos, llega a ser para su poseedor un tesoro del cual saca para la instrucción de los demás cosas nuevas y viejas; y un dominio completo de las evidencias del cristianismo acumulara un inagotable caudal de hechos y argumentos, con lo cual no puede estar uno desprevenido cuando encuentra al que pregunta o al que duda.

Es verdad que más de un discípulo ignorante ha sido al mismo tiempo firme en la fe, y rico en servicios. Pero con todo, él ha estudiado una clase de pruebas y el conocimiento de ellas es el que le hace fuerte. Las pruebas que ha dominado son las que se conocen por experiencia más bien que por argumentación. Dios ha hecho posible aún para los más indoctos, conocer que la Biblia es Su Palabra, encontrando que ella es el poder de Dios para su salvación y santificación. Hay creyentes de inteligencia sencilla que no conocen nada del testimonio de la profecía y el milagro, pero saben que Dios es fiel a sus promesas y ven el milagro del corazón renovado y de la vida transformada, actualmente obrado en ellos mismos. Cristo es el Salvador vivo por esta prueba completamente infalible, lo que Él ha hecho y esta haciendo por ellos. Él abrio sus ojos ciegos para que vieran su pecado y su necesidad y la belleza y el amor de Él; Él limpio la lepra de su culpa, curo la parálisis de su impotencia y la fiebre de su ardiente pasión y arrojo el demonio de sus corazones. Jerry Mc Auley, en cuyo entierro se reunieron, hace poco, miles de personas, tuvo en su conversión una evidencia tan grande del cristianismo como si la palabra de Cristo le hubiera levantado de los muertos.

¡Que menos que el poder de Dios pudo, en un momento, librar a tal hombre de una vida totalmente pasada en el crimen, y no solamente libertarle de las cadenas de sus vicios sino convertirle en apóstol de gracia para la salvación de otras almas perdidas!

Pero a pesar de que es posible conocer por experiencia personal la verdad del Evangelio por su poder ¿hay alguna razón por la cual otra clase de pruebas no deben ser estudiadas? ¿No es importante satisfacer a los demás? Y ¿no es la cualidad peculiar del conocimiento práctico, que éste no puede entenderse sino por nosotros mismos?

Hay experiencias que engañan y no son guías seguros o pruebas de verdad, en tanto que no se atestigüen por la palabra de Dios. Mr. Wesley en su día, encontro a muchos que pretendían tener tal experiencia de gracia que les elevaba sobre todo peligro, hasta del pecado; pero dice que ni uno de cada treinta de estos perfeccionistas perseveraba o retenía la bendición que pretendía tener.

Deberíamos entender las dos clases de prueba, de argumento o experimento. La ignorancia innecesaria no tiene disculpa en materias tan importantes. ¿Son nuestras convicciones tan firmes que no nos alegraríamos de verlas arraigar más profundamente? ¿No puede un cuerpo humano tenerse con dos piernas mejor que con una? Tratemos de arraigar nuestra fe como el cedro del Líbano y así ayudar a que otros estén más firmes, guiando al honrado investigador a la luz de la verdad.

Por consideración, pues, a todos los que desean conocer la verdad, «escribamos la visión y hagámosla evidente en las tablas.» Con idea de que el discípulo sea más fuerte y más hábil para hacer obra buena por Cristo, cogiendo al sabio en su propia astucia, saliendo al encuentro de las objeciones de los escépticos, quienes, aunque sabios en ciencia, son ignorantes en las Escrituras y sus augustos derechos; con idea de crear o establecer la fe, es de la mayor importancia estudiar cuidadosamente y de buena fe las pruebas del cristianismo.

En este pequeño libro, sin embargo, no hay más que una reducida parte del extenso territorio por el cual podemos caminar. La profecía y el milagro confirman la Palabra; la ciencia y la revelación son contestimonios del mismo Dios; la astronomía indica Su eternidad, inmensidad, infinidad; la filosofía natural habla de su omnisciencia, omnipotencia, omnipresencia; la fisiología da idea de Su sabiduría y Su bondad; los principios de la vida, de la consciencia, de la inteligencia y de la conciencia, son milagros que no pueden comprenderse sin el poder Supremo y deben hacer el ateísmo y el panteísmo igualmente imposibles; mientras el corazón y la historia del hombre se unen para dar testimonio de una necesidad y un anhelo nunca satisfechos sino por Cristo Jesús.

Sin embargo, aún cuando estas firmes persuasiones se arraigan en las mismas fibras de nuestro ser, no creemos que llevamos mucho adelantado al tratar con los que encuentran dudas y dificultades cándidas en el camino de la fe. Sin presuponer mucho, nos conviene empezar por el principio y avanzar en nuestro camino con cautela, conservando cada afirmación con escrupulosa exactitud y ensayando argumentos y pruebas con imparcialidad y candor.

El escritor siente honda simpatía por la duda honrada, en la cual se encuentra una señal de investigación sincera de la verdad, y de la cual nace toda fe razonable e inteligente. No desea justar la lanza en el campo de la controversia teológica, ni tomar parte en ninguna guerra de palabras, ni defender opiniones sectarias aunque sean populares. La religión Cristiana eleva el derecho más augusto aunque invita y desafía al ensayo de pruebas más severo y rígido. Aceptemos el desafío y apliquemos el ensayo.

El argumento debería ser conducido con calma. El entusiasmo algunas veces lleva a conclusiones temerarias. Hay una pasión al rojo-blanco que no procede de sana lógica sino de simple sensibilidad y del ardor y el fervor de la emoción. La persuasión difiere de la convicción. La apelación al sentimiento frecuentemente tuerce el juicio, la elocuencia del discurso ardiente inclina la voluntad y algunas veces la lleva del lado del error y de la injusticia. La convicción se adquiere con el razonamiento tranquilo y frío, requiere un argumento sano y descansa en conclusiones lógicas; después que el llamamiento desapasionado a la razón ha producido la convicción, podemos despertar las sensaciones y moldear la voluntad para la determinación. Pero al principio el que duda necesita que se le satisfaga como incrédulo, con análisis claro, afirmación exacta y pruebas convincentes.

¿Sobre que principios, pues, debiéramos estudiar las Evidencias del Cristianismo?
Primero, en un espíritu verdaderamente imparcial y científico. La ciencia es conocimiento, trata de lo que es o puede ser conocido; obliga a una comprensión clara de verdades o hechos, tiene poco que ver con teorías ingeniosas.

Algunas veces una conjetura astuta de la verdad es como una lámpara, puesta en la oscuridad, para ver si quiere enseñarnos lo que hay en las profundidades tenebrosas; sin embargo, una conjetura es una conjetura, una teoría es una teoría. Y como se ha hecho mucho daño a nuestra fe cristiana por ateos que presuponen las cosas, no esta bien que debilitemos nuestra posición presuponiendo aún lo que es verdad.

Necesitamos no solamente pensar en asuntos religiosos con exactitud y perfección científicas, sino aún hacer afirmaciones cuidadosas.

Daniel Webster declaraba que ni un hombre de cada cincuenta hace constar un hecho con exactitud, sin exageración o disminución; y Burke decía que cada palabra de una sentencia es uno de los pies con los cuales anda y alargarlos o acortarlos puede alterar su curso.

Segundo: necesitamos también concentración de atención; en otras palabras, hacer con la inteligencia lo que hacemos con un cristal de aumento, reunir los rayos y centralizarlos en un punto. Sin esa concentración, ninguna adquisición de conocimiento, ni aún aplicación de la inteligencia es posible. Si un asunto recompensa el estudio en algún modo, premia así la escrupulosa concentración de todas nuestras facultades mentales.

Tercero: necesitamos también elección para aprender a distinguir cosas que difieren pero que pueden parecer semejantes, como hechos y deducciones, hechos y teorías. El Dr. Hopkins dice que los hombres que son más seguros para observar hechos lo son menos, frecuentemente, para hacer deducciones. Se puede depender del hecho pero desconfiar de las conclusiones. Antecedentes y causas no son lo mismo. El escalofrío precede a la fiebre pero no la causa; así la flor a la fruta. Hay peligro en forjar eslabones artificiales. Es igualmente anticientífico unir lo que debe estar separado y separar lo que debe estar junto.

Cuarto: es absurdo pedir la misma clase de prueba en las ciencias éticas y en las matemáticas. La naturaleza de la prueba se adapta a su objeto. La prueba matemática se refiere a la cantidad: la prueba moral se refiere a las relaciones entre seres inteligentes. Se puede probar matemáticamente que dos y dos son cuatro: pero, ¿se puede probar matemáticamente que el alimento fortalece y la fiebre mata o que la honradez es una virtud? Hay muchas verdades capaces de demostración moral que desafían la de las matemáticas, pero no son de ningún modo menos verdades.

Quinto: deberíamos cultivar la imparcialidad científica, no viniendo al estudio de la verdad con tendencia de prejuicio o una teoría preconcebida que impidan la investigación y las conclusiones imparciales.

Robertson dice, que los críticos informan a Shakespeare con sus propias ideas y entonces encuentran en los escritos de éste los sentimientos que han puesto en ellos; el romanista viene a la Biblia con una teoría y tuerce su testimonio para constituir el báculo de su dogma.

Sexto: deberíamos evitar dar la cuestión por supuesta y por consiguiente, estar precavidos para no dar por verdad las cosas que son falsas o por falsas las que son verdad. Strauss, sabiendo que el cristianismo se basa en milagros y especialmente en el de la resurrección de Cristo empieza por presuponer que los milagros son imposibles y dice que «fuera Cristo lo que fuera o hiciera lo que hiciera no puede haber hecho nada sobrehumano o sobrenatural». Así parte dando por supuesta toda la cuestión en litigio. Permitir tal suposición, empezar con ella, nos obliga, por supuesto, a rechazar el cristianismo como religión divina. Su misma base sería fraude o, pensando lo mejor, desatino.

Un eminente orador religioso dice: «Tratándose de Ingersoll la dificultad es esta, ha seleccionado las excrecencias de la vida humana tal cual se ha desarrollado en las iglesias y ha representado las excrecencias como la esencia de la religión. Suponed que un médico, deseando formar un museo que abarcara el cuerpo humano en todas las edades y condiciones, escogiera idiotas y lunáticos plagados de verrugas y lubanillos. Suponed que el médico los coleccionara en un museo y dijera: ¡He aquí la humanidad para vosotros! ¿Que pensáis de ella? Eso es lo que esta haciendo Ingersoll en el mundo religioso. Dice muchas cosas verdaderas que han sido dichas antes, pero él no lo sabe. No tiene extensos conocimientos en teología, temo que no lee mucho la Biblia. ¿Para que la lee? Yo os lo diré. Las palomas volando por la campiña ven todo lo que es agradable y tranquilo; pero cuando vuelen el milano y el buitre, lo primero que ven es un cadáver repugnante, y si lo hay en cualquier parte, ellos no dejan de verlo, Ingersoll ve lo que trata de buscar. ¡Es un buitre!»

Séptimo: mucho depende de nuestra actitud mental y moral, que queramos ser convencidos o tomemos deliberadamente una posición de hostilidad. ¿Estamos dispuestos a encontrar armonía o desacuerdo entre la Biblia y la verdad universal? Y si hubiera aparente discordia, ¿queremos esperar pacientemente, hasta que, como en las fotografías estereoscópicas, encontramos el foco común, que produce la armonía y la unidad?

Goethe dice: «Quienquiera que reprocha de oscuridad a un autor, debía primero examinarse a sí mismo para saber si todo era luminoso en su interior. En el crepúsculo, un buen escrito es ilegible.»

Octavo: el ridículo no es argumento y no conduce a ninguna conclusión sana. Es fácil aparentar que se trastorna la verdad por el ridículo. Se ha comparado a Voltaire con un muchacho que excitara la risa dibujando un bigote en alguna hermosa estatua antigua, y Ingersoll hace un pelele para luego salpicarlo con el ridículo; y el pueblo que no piensa toma el pelele por una representación real de la religión de Cristo y el ridículo por argumento. Lo mismo se podría intentar el apagar las estrellas con una regadera o cañonear Gibraltar con escopetas de viento cargadas de tacos.

Noveno: la perspicuidad de pensamiento y de lenguaje es muy necesaria. La oscuridad puede desviar aún a un hombre honrado. Apoderarse de una idea claramente y expresarla en las menos palabras y más sencillas, es un gran triunfo del cerebro y de la lengua. Algunos escritores, dice Whatley en su introducción a los ensayos de Bacon, parece que piensan que es señal de inteligencia soberana hacer que el pensamiento aparezca confuso, como las estrellas a través de un montón de niebla. Siempre es posible, si se tiene un pensamiento que vale algo, expresarlo en forma sencilla, y ¿por que no en lenguaje castizo y puro?

En el vigésimo aniversario de la toma de posesión del Dr. Crosby, el Rev. D. Juan Hall dijo acertadamente: «Un ministro debe estudiar la Biblia en las lenguas originales en que fue escrita, pero debería cuidarse de predicar en el idioma que sería entendido fácilmente por las personas congregadas.»

Es un hecho triste que en cuanto se refiere a hacerse entender algunos escritores y oradores se expresan en su lengua como si fuera una extraña; son, según dice San Pablo, como un extranjero para el oyente. Es locura inferir cuando no se puede entender a un hombre que es muy sabio y docto para que se le entienda. La sabiduría y la ciencia son precisamente las que contribuyen a que se entienda a un hombre.

Décimo: es seguro desconfiar de todo argumento que insulta al sentido común. Lo que se llama «metafísica» no es a menudo más que el oscurecimiento de la inteligencia de los oyentes con sutilezas que tienden a confundir y desconcertar. Cierto litigio dependía del parecido entre dos ruedas de carro y Webster y Choate eran los abogados contrarios. Para una apreciación común, las ruedas parecían hechas por el mismo modelo, pero Choate empleando los argumentos más sutiles y un profundo discurso sobre «la fijación de los puntos» trato de trastornar al jurado con metafísicas y obligarle a la conclusión contra la evidencia de sus ojos, que apenas había en realidad una sombra de parecido esencial. Webster se levanto para contestar: «Pero, Señores del jurado,» dijo, al mismo tiempo de abrir completamente sus grandes ojos negros y contemplando las dos grandes ruedas gemelas que había delante de él. «Aquí están, miradlas;» y en el instante de fulminar estas palabras, fue como si uno de los aerolitos de Júpiter hubiera herido la tierra. Esa única sentencia y mirada redujo a átomos el sutil argumento de Choate y el astuto sofisma sobre «la fijación de los puntos» se desvanecio en el aire. Tengo gran confianza en el vigoroso sentido común de una inteligencia honrada, sintiendo la completa insignificancia de un argumento, aún cuando incapaz de demostrar la razón.

Un médico cristiano, en un discurso reciente en la cátedra de una facultad de medicina, observaba: «Sin duda algunos de vosotros recordáis haber leído, que la contemplación de una estatua de un ilustre miembro de nuestra profesión fue lo que condujo a Coleridge a esta fuerte declaración, en cuanto al origen simio de la raza. Mirad aquella cabeza de Clive por Chantrey. ¿Son esa frente, esa nariz, esas sienes y esa barbilla afines de la tribu simia? ¡No, no! ¡Para un hombre que tenga sensibilidad, ningún argumento podría desaprobar la brutal teoría, tan convincentemente, como una tranquila contemplación de ese hermoso busto.»

Esos son algunos de los principios sobre los cuales proponemos examinar, al menos en líneas generales, unas cuantas de las «muchas pruebas infalibles» de que la Biblia es la Palabra de Dios y que Jesucristo es el Hijo de Dios. Y si nadie encuentra luz nueva, tendremos, al menos, la serena convicción de que hemos tratado de ayudar a las almas incrédulas.

FIN DEL CAPÍTULO I

PARTE 1.ª
La Cabecera del Libro
CAPÍTULO II
El Sello Profético
La profecía no fue en los tiempos pasados traída por voluntad humana, sino los santos hombres de Dios hablaron, siendo inspirados del Espíritu Santo. 2 Pedro 1:21.

¿Qué fundamentos hay para asegurar que la religión cristiana es de origen divino y obligación suprema? Esta es la proposición alrededor de la cual todo lo demás se agrupa. La Biblia no es más que el gran Libro y Cristo la gran Figura del cristianismo.

Las Evidencias Cristianas han sido por conveniencia divididas en «Externas» e «Internas.» Las internas comprenden el carácter del mismo Cristo y de la doctrina y moralidad enseñadas por el cristianismo, su adaptación a las necesidades humanas, la unidad y consistencia de la Biblia, y las pruebas de la verdad, fuerza y sinceridad en sus varios escritores. Las pruebas externas o históricas son las que se encuentran en la necesidad que siente el hombre de la revelación divina y la correspondiente presunción en su favor como una verdad, la autenticidad y verosimilitud de la historia sagrada, el argumento de la profecía y del milagro como sellando y sancionando esta revelación; el argumento histórico de la expansión del Evangelio contra toda oposición y de los beneficios positivos que ha otorgado al individuo y a la sociedad. De entre estas escogeremos algunas de las formas más salientes de la prueba que convienen mejor a nuestro propósito actual, y al poco espacio de que podemos disponer en un pequeño volumen.

Nuestro examen natural y propiamente camina con las Externas, pues, la evidencia Interna tiene relación en gran parte con la propia experiencia y no puede apreciarse o verdaderamente asimilarse sin experimento. Pero, para que uno pueda estar dispuesto a «gustar y ver,» debe acercarse al objeto desde fuera. Si el Evangelio de Cristo es la piedra miliaria de oro de Dios, encuentre yo desde fuera, por algún camino racional, mi guía hacia ella; así puedo estar en la misma piedra y desde ella, como el punto céntrico, examinar mi perspectiva.

Si puede demostrarse, que partiendo de cualquier punto conveniente, «Por todos los caminos se va a Roma;» que las evidencias externas convergen todas en el Evangelio; que en cuanto a ciertos grandes hechos y efectos, no puede encontrarse otra causa adecuada sino es que Dios ha hablado, con autoridad al hombre, en la Biblia y por mediación de Cristo Jesús; ¿cómo podemos nosotros honradamente evadirnos o apartarnos de la conclusión de que el Cristianismo es la religión divina y la que tiene títulos para nuestro homenaje y nuestra obediencia?

Entre estas pruebas externas dos son especialmente eminentes; la profecía y el milagro. La profecía es el milagro hablado. Prepara el camino para personas o acontecimientos que han de venir y da testimonio de ellos de antemano, como formando parte de un plan divino que se extiende a través de los siglos. La Profecía y la Providencia son por consiguiente, hermanas gemelas.

No hay pensamiento más grande en esta Biblia que el de que, detrás de todos estos cambios de la historia humana, aparentemente caprichosos, encontrados y accidentales, hay un Dios infinito, cuya omnisciencia y omnipresencia impiden que nada escape a Su conocimiento o evada Su poder, y cuya bondad asegura un designio benévolo, aún cuando parezca infortunio. ¡Cuán a menudo contemplamos la historia humana y solo vemos una horrorosa tragedia!

La profecía, infaliblemente perfilando los acontecimientos de antemano, enseña que Dios está detrás de la cortina y que Su mano gobierna y forma la historia y el destino de los hombres; el capricho se resuelve en un propósito firme; el conflicto no es más que la discordia y el desorden aparentes debidos a nuestro punto de vista parcial; el accidente se convierte en incidente en un plan grande, harmonioso, donde ninguna casualidad puede ocurrir.

Tenemos una Providencia con su previsión y provisión y presidencia, que dirige y ordena, permite y decreta.

Pero la profecía hace más que asegurarnos que exista una Providencia. Sirve para delinear lo futuro de modo que tenemos vislumbres de gloria venidera y triunfo para la causa de Dios y la piedad. Junta el pasado y el futuro en inseparable unión con el presente y ensancha la gran escena ante nosotros en su unidad. Así, se nos permite saborear con anticipación lo futuro; el antiguo hebreo a través del cristal de la profecía mesiánica contempló el Cordero de Dios quitando el pecado del mundo y así la cruz de Cristo fue llevada a través de las edades pasadas y la expiación fue un hecho presente y realizado para Abraham y David; y para nosotros hoy, las profecías del Nuevo Testamento son los cristales perspectivos que acercan las Montañas Deleitosas de una redención completa, y hacen visible las torres de la ciudad celestial.

Nada puede ser, por consiguiente, de más importancia para quien estudia la Biblia que el dominio de las Escrituras proféticas. Las profecías ya cumplidas ponen el sello evidente y grande de Dios en la Biblia; las profecías incumplidas sirven para informar nuestra fe en cuanto a desarrollos futuros y nos conducen al porvenir hasta las maravillas consumadas del día final de la victoria.

¿Por qué se une tanto peso al argumento de la profecía? La evidencia cristiana es como la ciudad santa, que San Juan vio, con cuatro lados y puertas que se abrían en todas direcciones, ¿por qué, pues, entrar por una puerta mejor que por otras? Nosotros contestamos: hay en verdad una veintena de sendas por las cuales los partidarios de la inspiración de la Escritura se acercan al corazón del tema; pero la misma Escritura convierte esto en el gran camino de prueba. Oíd al Apóstol San Pedro: «Tenemos también la palabra profética más permanente, a la cual hacéis bien de estar atentos como a una antorcha que alumbra en lugar oscuro, hasta que el día esclarezca y el lucero de la mañana salga en vuestros corazones: entendiendo primero esto que ninguna profecía de la escritura es de particular interpretación, (invención o sugestión) porque la profecía no fue en los tiempos pasados traída por voluntad humana, sino los santos hombres de Dios hablaron, siendo inspirados del Espíritu Santo»?

Las Escrituras afirman que «El hombre animal no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios; ni las puede entender, porque se han de examinar espiritualmente.»

Hay algunas fuentes de prueba, cuya fuerza solo puede sentirse por un convertido. Pero, he aquí, una evidencia que solo necesita para su examen la razón del hombre natural. El está en la oscuridad de la duda; no ha encontrado todavía por la fe el conocimiento personal e interno de Dios. Esta es la verdadera luz que Dios le da para conducirle a la conclusión racional que la Biblia es la Palabra de Dios y prepararle así para la guía más elevada de la fe. Aceptando la voluntad de Dios y el camino de Salvación, como aquí se revelan, él es conducido hasta las cimas de aquellas montañas bienaventuradas, donde el lucero de la mañana brilla y el amanecer rompe en un torrente de gloria.

La Biblia presenta como principal la prueba de la profecía. Otros argumentos implican que nosotros hemos examinado éste—otras pruebas arrancan o se derivan de esta; aquí está el fundamento sobre el cual descansan los demás argumentos. Si las Escrituras proceden de la mano o del corazón de Dios, el que busca la verdad exige su sello y firma real. Y la profecía tiene el derecho de ser exactamente esto, el solemne sello de la propia mano de Dios puesto en el pergamino sagrado.

Este, pues, es el modo escogido por Dios para demostrar al hombre que El ha hablado. Dice a los súbditos leales de su gran imperio: «Por estos signos indudables conoceréis que una proclamación de mi voluntad procede de mí: por medio de mis mensajeros os mostraré cosas venideras. Y esto puede ser bien la puerta y el camino para la convicción, puesto que es tan ancha y recta y plana que nadie puede equivocarse. Los hombres tienen una convicción instintiva de que cuando un acontecimiento futuro está predicho con claridad y precisión, de modo que ninguna conjetura, por sagaz que sea, puede justificarlo, y el acontecimiento corresponde desde todos los puntos de vista al diseño profético, es prueba de la acción de algún poder sobrenatural. ¡Cuán natural que Dios escogiera este sentido intuitivo como base de su apelación!; que El dijera a los hombres, cuando hablo por medio de un individuo, él hablará palabras u obrará hechos evidentemente más allá del desamparado poder natural del hombre. De aquí vinieron la profecía y el milagro como dobles testigos de nuestra santa religión. Estos dos son parientes próximos. La profecía es un milagro de expresión. El milagro es la profecía en acción. Ambos implican poder sobrenatural, una en palabras, otro en hechos; y de aquí que los dos llevan la sanción divina.

Establecer una profecía, es tomar por asalto toda la fortaleza del enemigo, puesto que aquella determina la inspiración de la Palabra de Dios. Establecer una profecía de Cristo es determinar no solamente su autoridad como Maestro, sino su divinidad, puesto que pone el sello y la sanción de Dios, en el testimonio de Cristo referente a El mismo. Observad su propia apelación a sus profecías: San Juan: XIV. 29. «Y ahora os lo he dicho, antes que se haga, para que cuando se hiciere, creáis.» El argumento de la profecía debe ser formidable, puesto que los enemigos de nuestra fe han dirigido contra él sus tiros más importantes.

Porfirio encontró tan sorprendentes relaciones entre las predicciones de Daniel y los acontecimientos históricos, que no vio más escape de la convicción sino negando la autenticidad de la profecía, arguyendo que nunca se escribió hasta que los acontecimientos dieron ocasión para ello.

Paine no se arriesgaba a negar la autenticidad de la profecía, sino que sencillamente negaba que se realizara en un sentido determinado. Entre estos dos escarnecedores, sin embargo, tenemos admitidos la autenticidad y el cumplimiento de la profecía.

¡La muerte de nuestro Señor Jesucristo fue predicha con tal precisión en el capítulo cincuenta y tres de Isaías, que Bolingbroke para destruir la fuerza del argumento de esta profecía, se vio obligado a afirmar que Jesús atrajo su propia crucifixión por una serie de medidas determinadas con anterioridad, simplemente para dar a los discípulos que le siguieron el triunfo de un testimonio de las antiguas profecías! ¡Comprendéis cuán grande debe de ser la potencia de un argumento que obliga a los incrédulos a inventar esas teorías imposibles para evadir la fuerza de su poderoso testimonio!

¿Qué es la profecía? La idea primaria de un profeta no es la de quien predice, sino la de quien «saca a luz» o «pone de manifiesto.» Un hombre podría ser profeta, aunque no predijera ningún acontecimiento futuro. Eliseo fue simplemente un maestro inspirado, que descubría las cosas ocultas de Dios. La idea de predecir es secundaria: primero, visión interior; segundo, visión de lo futuro. Es muy natural que Dios, al dar a un hombre visión interior de Sus ocultos misterios, podría conceder esta misma visión de lo futuro que tiene relación con estos misterios, y esa misma visión es la de lo futuro. A menudo, penetrar con certeza en el presente implica ver lo futuro, como llave de los problemas presentes.

La previsión fue concedida frecuentemente a los profetas, para acumular evidencia de su misión y comisión divinas. Pero el primer elemento en el profeta es la capacidad para enseñar la verdad espiritual. Esta distinción es importante, pues primeramente nos lleva a buscar la evidencia del oficio y la autoridad proféticos en la misma naturaleza de las verdades que el profeta proclama y enseña. En el carácter de su mensaje hay a menudo una prueba más alta de su vocación divina, que en el milagro o la predicción. Esto fue preeminentemente verdad con relación a Cristo, el más grande de los profetas. En segundo lugar, esta concepción del verdadero criterio de un profeta llevará a rechazar a cualquiera cuyas enseñanzas son evidentemente malsanas y sin carácter Bíblico, aún cuando obrara aparentes maravillas o predijera acontecimientos futuros. La Biblia nos enseña a encontrar lo que acredita al profeta en esta conformidad de su enseñanza moral y espiritual a un modelo divino. Debe haber correspondencia entre sus declaraciones y la Palabra de Dios y el sentido moral del género humano. (Deut. XIII: 3.)

En esta ley que pide por el carácter y expresión proféticos, consonancia con el derecho a inspiración, encontramos un gran factor en nuestro argumento. Dios pide que Su Palabra se tenga como inspirada, no solo porque escritores proféticos han obrado milagros o anunciado predicciones, sino porque hablaron como hablarían hombres que estuvieron inspirados por el Espíritu Santo. Sus enseñanzas presentan tales concepciones de Dios y el hombre y sus mutuas relaciones, de acuerdo con las convicciones intuitivas del ser moral del hombre: el sello de Dios está en la misma cualidad de sus revelaciones.

Estamos dispuestos a seguir la lógica de esta posición y afirmar que la función profética es esencialmente perpetua. Puede no ser necesario que los milagros se obren o las predicciones se anuncien: pero es un verdadero sucesor en la función profética el que habla de acuerdo con la Palabra revelada, y cuya declaración Dios sella y sanciona con el poder del Espíritu Santo.

Por razón de brevedad, limitamos nuestro argumento a aquel aspecto de la profecía que se refiere a lo futuro y demostraremos cuán gran confirmación de la autoridad de la Palabra de Dios se encuentra en la sencilla predicción de los acontecimientos. Pero primero entendamos claramente que no es en general el objeto de la predicción profética informarnos en cuanto a los detalles de lo venidero; sino, más bien, después que un acontecimiento se ha realizado, mostrar que todo él se encontraba en la mente de Dios y formaba parte de su plan eterno.

Esto puede explicar la necesaria oscuridad de la profecía. Representa una cerradura, para la cual solo una historia subsiguiente puede proporcionar la llave. Si los detalles proféticos se anunciaran con claridad, los hombres perversos estarían prontos, como Julián, a conspirar para frustrar la predicción; o se podía suponer que los discípulos se ponían de acuerdo para realizar un aparente cumplimiento, para dar autenticidad a la profecía. Cuando la profecía se cumple no debe ser por designio del hombre, sino más bien contra su designio, para que aparezca mejor que el cumplimiento se debe solo a Dios. Pues, evidentemente, si se realiza por intento del hombre, podría resolverse en una especie de simple colusión entre el profeta y los que celosos de la reputación de los oráculos divinos, procuraran efectuar una correspondencia con los acontecimientos. El propósito general de la profecía no se refiere, por consiguiente, al tiempo en el cual se anuncia, puesto que no está todavía realizada, pero cuando se cumple prueba que el Dios de la profecía y el de la Providencia son Uno solo. Nos revela «Deus in Historia,» administración divina del mundo; y sella, como inspirada e infalible, la enseñanza así atestiguada.

Una profecía no está confirmada como prueba de revelación hasta que se realiza; y entonces ella evidencia la mano de Dios en proporción a la extensión y precisión de sus predicciones. Una profecía así puesta en claro por los acontecimientos abre una puerta que ningún hombre puede cerrar, llevándonos por un milagro de revelación a la presencia misma de Aquél para quien, todo el futuro es como el presente, y obligándonos a inclinarnos con reverencia para oír lo que El quiere hablar.

Ahora bien, ¿cuáles son los cánones por los cuales debe probarse una verdadera profecía?

Primero, es preciso que descubra lo futuro de tal modo que ninguna simple previsión humana o sabiduría o sagacidad pudiera haberla conjeturado. Los seres humanos algunas veces presentan previsión y penetración notables en las cuales no existe ningún elemento sobrenatural. Un hombre de estado pudiera apercibir elementos de corrupción que le llevaran a predecir la caída de una nación dentro de un tiempo determinado. La comparación de las observaciones de una serie de años permite a un profeta del tiempo predecir las tormentas y hasta la salubridad comparada de las estaciones. Mas, detrás de esto, hay simplemente una inducción de hechos y principios.

Segundo, la predicción debe contener detalles, lo bastante para excluir conjeturas sutiles. Las afirmaciones generales pueden hacerse a menudo con una notable penetración de los acontecimientos; pero cada detalle o descripción, definidos y específicos aumentan la improbabilidad de que sea una declaración no inspirada, hasta que la improbabilidad se convierte en imposibilidad.

Tercero, debe haber tal lapso de tiempo entre la profecía y su cumplimiento que impida la intervención del mismo profeta, efectuando el resultado o afectándole. De lo contrario, el autor de la predicción podría, por medios secretos, sutiles, efectuar una realización aparente.

Cuando la profecía está atestiguada como genuina por semejantes señales, su valor como prueba es indecible, y el argumento que proporciona, lo es de una fuerza cada vez mayor. La fe Cristiana afirma sus títulos en un vasto número de profecías pertenecientes a diferentes períodos y personas. El argumento que nace de estas profecías empezó a estar en uso cuando se cumplió la primera predicción, y cada acontecimiento sucesivo que añadía un nuevo rasgo al perfil, añadía fuerza y peso al argumento.

Así, al principio la profecía es un riachuelo que recibe constantemente corrientes tributarias, hasta que se convierte en un río, cuyo gran caudal de prueba barre todo lo que se le pone por delante.

A través de todos los tiempos del antiguo testamento los miles de indicaciones de profecía se fueron realizando. Entonces nació Cristo, y las más numerosas y notables de todas las predicciones se encontraron y concentraron en El, de modo que los apóstoles pudieron decir con atrevimiento para apoyar los augustos títulos del Evangelio, del cual El era la figura central: «Todos los profetas dan testimonio de El». Ningún milagro que El obró, de modo tan indudable puso sobre El el sello de Dios, como la convergencia de miles de líneas de profecías en El, como en un punto focal ardiente de gloria esplendorosa. ¡Todo sacrificio encendido desde el altar de Abel hasta la última pascua de la semana de pasión, señalaban como con dedos flamígeros hacia la cruz del Calvario! Aún más, todos los siglos se movieron como en solemne procesión para depositar sus ofrendas en el Gólgota.

Pero esa edad de grandes cumplimientos proféticos fue también la edad de más grandes profecías. Y así la evidencia sigue acumulando; el cumplimiento de palabras hace tiempo pronunciadas, nos sale al encuentro hoy. Las historias del león asirio, del oso medo-persa, del leopardo griego y de la compleja «bestia» romana; los acontecimientos reales de Tiro, Babilonia, Egipto, Nínive; la extraordinaria dispersión de los judíos, las gentes más ligadas entre sí, más unidas a su propia tierra, bastante ricos para comprar cada acre de Palestina a peso de oro, aunque providencialmente apartados de ella hasta que se cumplan los tiempos de los Gentiles, todas estas cosas y cien veces más, ofrecen un argumento colosal en pro del origen divino de las Escrituras proféticas; y sin embargo la fuerza y el peso de este argumento son cada vez mayores. Los milagros impresionaban al pueblo que vivía en la edad de los milagros con una fuerza, que relativamente se ha perdido en nosotros, por la distancia del tiempo. Por muy terminante que sea el argumento de los milagros, no puede impresionarnos como impresionaban a los que presenciaron las obras. Pero las profecías realizadas y realizándose ante nuestros ojos, se convierten en nuevo milagro que cada día impresiona más y es más terminante y se presta a probar la omnisciencia tan infaliblemente como los milagros de hace dos mil años demostraron la omnipotencia. Nosotros contemplamos las Escrituras como una rueda colosal comprendiendo toda la historia con su aro gigantesco y terrible, y llena de los ojos que hablan de Quien todo lo ve. Vosotros veis la falsedad de los efugios de los que hacen mofa de la fe cristiana, como si ésta no tuviera mejor base que los mitos y maravillas de hace mil ochocientos años. Tenemos ante nuestra vista algunas de las más asombrosas pruebas de nuestra santa religión. Discípulos, que vieron sus milagros y tuvieron pruebas materiales, nos dejaron el testimonio de Cristo. Pero ellos tuvieron solamente el anuncio de muchas profecías, mientras nosotros tenemos, respecto a su cumplimiento, la evidencia de nuestros propios sentidos. Algunos incrédulos dicen, «si viéramos un milagro, creeríamos.» Pero el que puede ver que se cumple la profecía y no creer sin embargo no se dejará persuadir por ningún otro milagro. «Si no oyen a Moisés y a los profetas, tampoco se persuadirán, si alguno se levantare de los muertos.» (San Lucas XVI: 31.)

La religión cristiana es la única que jamás se haya atrevido a apoyar su derecho sobre el milagro y la profecía. La apelación a esos signos sobrenaturales es tan atrevida, que su audacia es una prueba de su ingenuidad. El Antiguo Testamento, que hasta la crítica histórica más capciosa concede que haya estado en manos de los judíos, al menos 200 años antes de Jesucristo, presenta una pintura clara, minuciosa y sorprendente de acontecimientos futuros y serenamente establece sobre los resultados todos sus derechos a un origen divino. Desafía a la historia, a la arqueología, a la ciencia, a todas las clases de conocimiento humano a que señalen un ejemplo en el cual la predicción haya fallado. Este atrevimiento a una invocación general es divino. Hay fes falsas, como el mahometismo y el budismo, que han tratado de apuntalar sus derechos con pretendidos milagros, pero aún éstos nunca se han arriesgado a inventar profecías.

Las religiones paganas pretendieron apoyarse en las respuestas de los oráculos, pero, ¡qué inmenso abismo las separa de los oráculos de Dios! Eran triviales en su importancia y su intención, no dignas de considerarse respuestas de un ser divino. Los fines que servían eran a menudo personales y egoístas. La influencia que les conseguía era impropia para mover a un dios; era muchas veces afán de ganancia, o también miedo servil al cual se hacía el llamamiento. Hablaban porque obligaba la voz de la autoridad o porque les persuadía la oferta de dinero. Un hombre pobre y obscuro no podía conmover a la indolente divinidad. Las declaraciones de los oráculos idólatras nunca fueron espontáneas, como si estuviesen inspiradas por una divina plenitud de materia, sino que se concedían siempre de mala gana, eran difíciles de obtener, raras y costosas. Cuando se pedían se exigía tiempo para la preparación, y cuando la respuesta no se realizaba, mil apologías se inventaron para justificar la falta de éxito; había de parte del que averiguaba alguna omisión o error; había alguna equivocación del amanuense que había anotado la respuesta; o quizá, los dioses no estaban dispuestos a contestar. Y cuando se obtenían las mejores contestaciones siempre eran ambiguas y equívocas. Los más famosos oráculos se deshonraron de tal modo por amor del dinero, que se hicieron venales. Los ricos o poderosos rara vez encontraban dificultad en obtener respuestas favorables. Felipe de Macedonia seducía así al oráculo con oro e influencia real; y Demóstenes decía que la sacerdotisa Pitia se inclinaba del lado de Felipe.

Unos cuantos ejemplos pueden darse de la hábil ambigüedad de los oráculos paganos que justificaba el famoso verso de Milton: «Ambiguo y engañoso con doble sentido.»

Antes que Majencio abandonara Roma para ir al encuentro de Constantino en aquella famosa batalla de las orillas del Tíber, consultó los libros de las Sibilas. «Los guardianes de estos antiguos oráculos estaban tan versados en las artes de este mundo como ignorantes de los secretos del hado; y le devolvieron una contestación muy prudente que pudiera adaptarse al acontecimiento y asegurar su reputación, cualquiera que fuese la suerte de las armas.»

«Illo die, hostem Romanorum esse periturum.»

«En ese día el enemigo de Roma perecerá.»

Sea quien fuere el príncipe vencido, ese vino a ser por supuesto, el enemigo de Roma. La derrota de Majencio fue abrumadora; él mismo intentando escapar, retrocediendo a la ciudad sobre el puente Milvio, fue empujado al río por la multitud y ahogado por el peso de su misma armadura.

Las características generales de los oráculos eran la ambigüedad, la oscuridad y la facilidad de adaptación, de modo que una contestación pudiera convenir con varios, y algunas veces perfectamente encontrados acontecimientos.

Así dicen a Pirro: «Aio, te. Æacido, Romanos vincere posse.» «Yo te declaro. Oh Pirro, que se puede conquistar a los Romanos.»

Herodoto nos dice que Creso, rey de Lidia, consultó al oráculo de Delfos, si procedería contra los persas; y la respuesta fue, según la reproduce Cicerón: «Croesus, Halym penetrans, magnam pervertet opum vim.» «Al cruzar las Halias, Creso destruirá una fuerza poderosa.» El pensaba por supuesto que el reino sería el de Ciro; resultó ser el suyo. Por tercera vez consultó el oráculo, ansioso de saber si su poder sufriría algún día disminución. El oráculo pitio contestó: «Cuando en el trono de los medas, se siente una mula. ¡Sobre el Hermus guijarroso huirá el Lidio ligero! Huye a toda prisa, por tu salvación búrlate de tu fama. No tengas escrúpulo de merecer el nombre de cobarde.» La engañifa estaba aquí; esta «mula» era Ciro cuyo parentesco mixto era la causa de que le aplicara este ignominioso epíteto.

Es, por ejemplo, la misma inseguridad en cuanto al sujeto del siguiente pasaje de Cervantes. «Esta es cadena de galeotes, gente forzada del rey que va a las galeras.» Se valían de tretas, como el verdadero rótulo sin puntuación puesto sobre una barbería en Londres. «Afeitaré por un penique y os daré un trago.» Leído como exclamación animaba a los que necesitaban un servicio, que no les había de costar nada y les proporcionaría en cambio una copa de vino. Pero cuando se pretendía a este servicio, el astuto barbero no hacía más que repetir las palabras en forma de pregunta.

¿Qué se pensaría de los oráculos de Dios, si descendieran a las puerilidades de un acertijo ambiguo, que pudiendo interpretarse de dos modos no dejara de cumplirse en algunos de ellos?

La dificultad extrema de producir una profecía que resulte exacta, puede verse en el rústico pero familiar poema, conocido por «Profecía de la Madre Shipton.» Hacía algunos años apareció como una pretendida reliquia de tiempos remotos, y reclamaba el derecho de haber predicho la invención del vapor como fuerza motriz, el aparato para los buzos, los globos aerostáticos, una triple revolución en Francia, la elevación de D'Israeli, el judío, como figura importante en la política inglesa, la erección de un palacio de cristal, etc. Después de su primera aparición cayó casi en el olvido. Años después reapareció con pequeñísimas variaciones en el poema que apenas pudieron apreciarse y sin embargo incluyendo de tal modo acontecimientos recientes que hacían aparecer esta «profecía» más sorprendente. Arguyendo a veces con escépticos, me salían al paso con la afirmación de que hubo una vieja ignorante que vivió hace 400 años, y que escribió «una profecía sin inspiración, que fue de indudable antigüedad, y aún cuando ruda en la forma, contenía varias predicciones notables.» De modo que durante algunos años, he tratado de desenterrar y exponer lo que me parecía una gran impostura y habiéndolo conseguido aquí hago constar el resultado. Mi primera idea de que era trampa, me la dio el descubrimiento de que se habían publicado tres versiones separadas y diferentes. Los cambios o variaciones eran ligeros y astutos, acomodando la pretendida profecía a los nuevos desarrollos de la historia corriente; hasta que al fin, se ha demostrado ser obra de Carlos Hindley, quien se reconoce autor de este engaño, escrito en 1862 en vez de 1448, y ¡escamoteado ante un público crédulo! Es una de las pruebas sorprendentes de la perversidad humana, que los mismos que pretenden hacer sospechosas profecías de hace dos mil años, creerán sin discutirla, una impostura que se ha publicado por primera vez hace veinte años y ¡ni siquiera examinarán su pretendida antigüedad!

La religión cristiana desafía la prueba más severa, la predicción cumplida. Es más fácil falsificar un milagro que una profecía; y sin embargo, este método de confirmación, que tan seguramente puede exponer al fraude, la falsedad o la presunción impudente, es la ley por la cual la Biblia se sostiene o cae; en esta playa de oro de la profecía, están amarrados todos estos preceptos y promesas divinos. Maravillosos son su variedad, extensión y número, aunque ninguna predicción haya dejado de cumplirse nunca; y si aquellas cuyo tiempo señalado ha llegado, no han dejado de cumplirse, ¡con cuánta seguridad no podremos esperar el seguro cumplimiento de aquellas palabras proféticas cuyo tiempo aún no es cumplido!

Había cierta sublimidad en aquel acto de los astrónomos alemanes quienes en Aiken, S. C., dejaron la piedra, en la cual descansaba su círculo meridiano al observar el paso reciente de Venus, para que quedara allí para el uso de los que en Junio de 2004 necesiten contemplar un nuevo paso del mismo astro.

¡Fijaos, la fe de la ciencia en el orden inflexible de la naturaleza! De aquí a ciento veinte años, con la exactitud de un segundo, sin demora ni falta, Venus pasará a través del disco del sol; es decir, al menos dentro de ese espacio de tiempo tres generaciones habrán perecido, los tronos se habrán visto vacíos, muriendo uno tras otro los que los ocupaban; los imperios habrán desaparecido; se habrán producido cambios cuyo número y gravedad, por lo grandes no se concebirían ahora; en una palabra, la historia humana puede haber llegado a su última gran crisis y puede haber empezado la marcha milenaria. Así mientras los que escarnecen, se ríen, y los que dudan, preguntan, mientras los imperios desaparecen y perecen las naciones, la profecía sigue su paso seguro y se aproxima a su gran cumplimiento. Con la exactitud de un segundo de tiempo y hasta la última insignificante jota o tilde de detalle, la palabra profética se cumplirá.

El hombre prudente se preparará para el futuro seguro, estará pronto y dispuesto para la crisis venidera. Mr. Wiggins de Canadá, deduciéndolo del estudio de la ciencia de las tempestades y sus centros, vientos, sus circuitos, ondas y mareas, se aventuró a predecir una gran tempestad en nuestro planeta, que había de empezar en 9 de Marzo de 1883. La predicción se hizo en Septiembre de 1882. Declaró que partiría del norte del Pacífico en la noche de 9 de Marzo, tocaría este continente viniendo del sur, barrería a lo largo la costa del Atlántico en la tarde del 10, recorriendo en dirección sudoeste el paralelo 45 y volviendo de la cordillera de las montañas Rocky, pasaría a través del meridiano de Ottawa, sobre los grandes lagos canadienses, en la tarde del 11. Lo mejor que se podía pensar es que fuera una conjetura ingeniosa, sobre la base de las probabilidades. La meteorología y las ciencias afines no están suficientemente reducidas a un sistema que permita que estas predicciones se hagan con seguridad.

Y con todo, a pesar de la duda que flotaba sobre la profecía, los hombres prudentes hicieron sus provisiones contra el posible desastre; los planes de miles de personas se modificaron, para salir al encuentro de posibles necesidades urgentes y evitar el daño; los buques aplazaron el día de su salida, las excursiones se difirieron, se apuntaló y protegió los edificios más expuestos, de modo que si la tempestad los batía encontrara preparada a la gente. ¡Hasta ahí llegan las precauciones que la previsión y la prevención humanas imaginan solo para ponerse a salvo! ¡Qué se diría de la locura, de la presunción y del abandono que no prestan atención a los avisos proféticos de la Palabra de Dios! Esa palabra segura de profecía, predice en términos claros, más allá del día cierto de la muerte, un día en que el tiempo ya no exista; cuando la tierra estará envuelta en un sudario de llamas destructoras, cuando la tierra y el mar devolverán sus muertos, y el gran trono blanco aparecerá ante la mirada asombrada de huestes innumerables de nuestra humanidad; cuando se abran los libros y se juzgue a los muertos. ¿Os habéis preparado para este día? En esa tempestad cuyos truenos estremecen la tierra y conmueven el cielo, cuyas ondas barren el último refugio de la mentira y el pecado, ¿vuestra casa permanecerá en pie o caerá para siempre?

FIN DEL CAPÍTULO II

CAPÍTULO III
La profecía de la Ruina de Jerusalén
«Y ahora, os lo he dicho antes que se haga, para que cuando se hiciere, creáis.» San Juan XIV:29

Una profecía puede darnos una idea de todas ellas; v. gr.; las predicciones de Cristo en cuanto a la destrucción de Jerusalén y la dispersión de los judíos. Establezcamos justa y firmemente que estas palabras fueron literal o sustancialmente pronunciadas por Cristo antes de su desaparición de entre los hombres; y sin peligro podemos hacer que todo el éxito de la fe cristiana descanse sobre la realización de la profecía. Pues, de solo este pasaje de la Escritura complementado con otros (1) puede demostrarse y justificarse la existencia de Dios, su gobierno moral, su providencia general y especial, la inspiración divina de las Sagradas Escrituras y el carácter y la misión divinos de Cristo. He aquí, pues, precisamente el terreno en que se satisface la duda ingenua. Pero para tener una prueba completa y justa de que la historia satisface en cada punto las exigencias de la profecía y se ajusta al molde profético, será mejor hacer venir, como testigos, solamente a los enemigos declarados del cristianismo, para que no parezca que la autoridad de Cristo y el Evangelio se basan en la parcialidad de los amigos.

(1) San Mateo, XXIV., San Marcos, XIII., San Lucas. XXI.

MUCHAS PRUEBAS INFALIBLES — LA PROFECIA DE LA RUINA DE JERUSALEM — págs. 44-45

Cualquier examen sereno de esta materia nos obliga, en primer lugar, a indagar si habría una certeza razonable de que estas palabras proféticas fueron pronunciadas o escritas antes de que ocurrieran los acontecimientos. Esta pregunta está en el mismo umbral de la investigación total; suprimirla, es dejar que todo lo demás quede sin probar. Una crítica ingenua no puede evitar el resultado, puesto que se nos constriñe a ello por los enemigos de la religión cristiana. Porfirio, en el siglo tercero de la era cristiana, atacó desesperadamente las Escrituras Judaica y Cristiana. Encontrando en el libro de Daniel una profecía que se había realizado de la manera más minuciosa, admitía en primer lugar con la mayor franqueza, que en cada pormenor, la historia había comprobado la profecía; y luego diestramente convertía esta admisión en un arma de ataque, arguyendo que un proceso de cosas tan exacto, solo pudo concebirse después de los acontecimientos; Daniel representaba el papel de historiador bajo el disfraz de profeta. Si Porfirio fue el primero en imaginar este fácil escape del argumento de la profecía, no fue el último. Voltaire, en los tiempos modernos ha admitido, del mismo modo, la maravillosa coincidencia entre aquellas profecías de la ruina de Jerusalén seguida del desquiciamiento del pueblo judío y los hechos consumados; pero arguye sagazmente que la pretendida profecía nunca fue expresada de palabra o por escrito hasta después de la destrucción de Jerusalén

En cuanto al mismo Voltaire, cualquiera objeción procedente de ese origen tiene muy poco peso. Un hombre que pudo, en una carta a un amigo, declarar que «la historia no es, después de todo, más que un costal de mentiras que atribuimos a los muertos,» y que «en cuanto a los retratos de personajes biografiados, son casi todos creaciones de la imaginación»; un hombre que al ser preguntado dónde encontró cierto hecho sorprendente, con el cual adorna una de sus narraciones, contestó: ¡es un capricho de mi imaginación!; un hombre cuyo lema fue: «Abajo el miserable,» y que sin embargo invocó a este Cristo en su hora de muerte; un hombre que después de capitanear las huestes de escépticos y mofadores, como el más osado de los blasfemos, durante sesenta años, murió con agonía y remordimiento tan terribles que hasta el Mareschal de Richelieu huyó de la cabecera de su cama, declarando que no pudo resistir un espectáculo tan horroroso, y M. Tronchin afirmaba que «las furias de Orestes apenas podían dar una ligera idea de los arrebatos de Voltaire»; un hombre que decía a su médico de cabecera, «Doctor, os daré la mitad de lo que poseo, si me dais solamente seis meses de vida»; y que al contestar el doctor: «Señor, no viviréis seis semanas,» gritó: «Entonces iré al infierno, adonde me acompañareis;» y poco después expiraba; semejante hombre no añade mucho peso a su propia objeción. Si un hombre no siente la fuerza de su propio argumento, apenas puede esperarse que los demás le den mucha importancia; y es muy evidente que Voltaire no fue un escéptico honrado, sino un mofador, un burlón, un escarnecedor, quien rara vez trataba con sinceridad, sino inventaba una objeción cualquiera que pudiera servir a sus fines. Sin embargo, en tanto que una objeción puede considerarse que pesa independientemente de su autor, hemos de averiguar brevemente la fecha de esta profecía.

Si esta tacha de fraude pudiera, por un momento, ser apartada de la religión y contemplada con juicio tranquilo y sereno sin tendencia de prejuicio, su absurda condición propia seria muy evidente. Suponer que esta profecía esta escrita después del hecho, es suponer una impostura deliberada de gigantescas proporciones escamoteada ante gente simple, en el sagrado nombre de la religión; una mezcla de hipocresía, falsificación y perjurio que deshonraría a un monstruo como Nerón. ¡Reflexionad! Un hombre en unión con otros dos como el, prepara un complot para apoyar los derechos de un simple pretendiente, disponiendo secretamente la descripción de un acontecimiento ya pasado; y luego por una serie de falsedades induciendo a los hombres a que lo acepten como una profecía verdadera. ¿Podían los hombres, capaces de hacer eso, haber escrito los Evangelios? Por confesión aun de los enemigos de la religión de Cristo, estas narraciones abundan con las mas elevadas enseñanzas morales y las mas sublimes concepciones de Dios y del deber. Debe haber alguna relación entre el hombre y su obra, y la producción de estas narraciones evangélicas por esos embusteros rematados es inconcebible. Creer esto requiere mas credulidad que aceptar la religión cristiana sin haberla examinado apenas.

La suposición de impostura intencionada en la producción de los Evangelios debe abandonarse como insostenible; desde luego se ve que contradice las grandes leyes establecidas de la naturaleza humana y supone que todo el cuerpo de creyentes esta engañado.

Los judíos eran muy celosos de su sagrado deposito, considerando su principal ventaja que les había sido confiada la Palabra de Dios. Se tuvo el mayor cuidado en compilar el canon. El derecho de un libro a ocupar un lugar en la sagrada colección se pesaba con escrupulosa exactitud. Muchos libros figuran hoy entre los apócrifos considerados dignos de ser encuadernados con nuestro Antiguo Testamento, tan puro es su estilo, tan excelente su tono; y sin embargo, rechazados como indignos de ser considerados como obra de la inspiración. ¿Cómo podía haber encontrado lugar para el en canon, el libro de Daniel? Los judíos deben haber creído en su carácter inspirado. Si el libro hubiera venido a establecer sus pretensiones después que sus tituladas profecías se realizaran, el derecho se hubiera rebatido al instante. Si se hubiera ofrecido el libro a la iglesia judaica, como inspirado, anteriormente a los acontecimientos que predecía, hubiera sostenido su derecho al carácter profético y a la autoridad divina.

Supongamos algo semejante en nuestro tiempo. Que algún piadoso bribón, que aspirase al rango de profeta, intentase el mismo modo de imponerse al publico; que escribiese una minuciosa pretendida predicción de la guerra de la Rebelión que tratase de conseguir que el mundo creyese que el la había escrito por previsión divina un cuarto de siglo antes de la guerra. ¿Cuánto tiempo tardaría este fraude piadoso en ser descubierto? Miles de cosas se combinarían para revelar el fingimiento. Su autor tendría mas probabilidades de ser canonado por loco o granuja que de ser canonizado por santo. Muchos rasgos hay que combinados para poner en tal complot alguna apariencia de verdad, de modo que el descubrimiento de la farsa fuera moralmente cierto. Se debía de empezar por preguntar, que clase de hombre es este que se atribuye carácter profético. ¿Es un hombre sincero, moralmente recto; es su palabra ajena a sospecha? ¿Es un hombre cuerdo, mentalmente sano, y no descarriado por una falacia? Entonces, si su manera de ser mental y moral estuviesen en relación con su pretensión, su profecía se sometería a un examen microscópico, si es que lleva las señales internas de esas inspiradas declaraciones y aun, si resistiera satisfactoriamente esta prueba, se podría requerir al autor a que diera testimonio satisfactorio al espíritu general de que su producción fue escrita antes de realizarse los hechos. Sobre materias de esta clase no somos naturalmente crédulos. La desconfianza natural de nuestra naturaleza hace que seamos parcos en la concesión a los demás del alto rango del carácter profético; y estamos más inclinados a resistir las pruebas de que Dios ha escogido a un hombre determinado como medio para una revelación especial, aún cuando las pruebas son amplias, que a rendir nuestro homenaje, a un candidato indigno, por una admisión apresurada de sus pretendidos derechos. Aún, si hubiera algunos dentro de la iglesia, que conspiraran para dar a semejante falso profeta un lugar en el trono de la profecía, su propio carácter despertaría sospecha de su participación en el fraude.

El año exacto de la producción de cada uno de los cuatro evangelios no puede fijarse, pero la crítica moderna más cuidadosa y erudita señala la fecha de la narración de San Mateo en el año 38 de N. S. J. próximamente, y su relato de esta profecía es el más completo, así como el primero. Marcos escribió del año 67 al 69; Lucas en 63; Juan en el 95. El sitio de Jerusalén bajo Tito acabó en 8 de Septiembre del año 70 de la era cristiana. El primer relato de esta profecía existió, por consiguiente, en forma escrita más de treinta años antes del acontecimiento, y los últimos relatos de dos a siete años antes. Juan, el único de los cuatro que escribió después del hecho, es el único que no hace referencia alguna a la profecía, como si se hubiera tenido cautela en no dar ocasión para que se imputara el que el mismo hecho le hubiera proporcionado datos para la profecía.

Pero una prueba más convincente tenemos a mano. Los tres siglos del principio de la era fueron siglos de persecución y controversia. No se dejó de probar arma alguna, fuera pluma o espada, que pudiera emplearse contra la causa de Cristo. Sin embargo, aunque estas profecías se citan familiarmente por escritores cristianos de la primera época en defensa del Cristianismo, hay que esperar hasta los días de Porfirio, cuando el siglo tercero llegaba a sus postrimerías, ¡antes de que un escritor ni aún a dudar se atreva de la ingenuidad de la profecía! La controversia aventa la paja de la ficción o la fantasía del grano de la realidad, a la vista de águila de la investigación escrutadora, sugerida por la hostilidad; ¡hasta las corrupciones o perversiones de la verdad se descubren! Juzgad, pues, si una profecía imaginaria, nunca oída hasta después del acontecimiento, esperaría trescientos años a que se la discutiera; mientras aún una duda razonable de su pureza, hubiera provisto a sus crueles enemigos de un arma irresistible contra la religión cristiana. ¡Sería tanto como esperar que un ejército poderoso al mando de jefes expertos, sostuviera el sitio de una ciudad amurallada durante tres siglos sin descubrir los puntos débiles, en que los muros estuvieran apuntalados con maderas podridas! Dios permitió estos tres siglos de la más encarnizada hostilidad con enemigos dispuestos en orden de batalla contra el Evangelio, para darnos a entender que el origen del Cristianismo nunca estuvo rodeado de las nieblas de la incertidumbre o el engaño. Sus enemigos, muchos y poderosos, tuvieron que forjar otras armas de ataque fuera de la audaz acusación de fraude.

Algunas de las más notables de estas profecías están aún en vía de realización. Durante mil ochocientos años, desde la caída de Jerusalén, la prueba severa de la historia se ha aplicado a esta profecía. Cristo, con la firmeza del que sabía lo que decía, desafió a los siglos futuros a que faltaran a su palabra profética, pues, sus predicciones alcanzaron mucho más allá de la ruina de la ciudad real de David. Pero al pasar los años y aún los siglos más augustos en procesión por delante del soberano del mundo, como jefes militares que saludaran con sus cascos adornados con plumas, las edades a su vez confiesan el carácter divino del profeta, que tanto tiempo hace trazó los límites terribles, más allá de los cuales ni aún ellas pueden pasar. ¿Qué diremos, pues, de la prueba acrisolada del tiempo?

¿En esta profecía puede explicarse la relación por coincidencia accidental? Para contestar esta duda natural, considérese la ley de la probabilidad, simple y compuesta. Cuando se hace una sola predicción en la cual no se ve más que un aspecto, puede o no demostrar que es verdad; por consiguiente, de cada dos casos quizá se cumpla uno. Por ejemplo, suponed que digo: «va a hacer un verano de mucho calor;» como puede ser cálido o benigno, la probabilidad de su cumplimiento está representada por la fracción, un medio. Esta es la ley de probabilidad simple. Si introduzco un segundo particular, entro en la región de la probabilidad compuesta, v. gr., suponed que digo, sin ninguna ley científica como base de mi conjetura, que el quince de Junio será un día muy cálido. Aquí hay dos predicciones; una consiste en que hará un calor extremado, la otra que será en día determinado. Cada predicción tiene media probabilidad de cumplirse; la probabilidad compuesta, un cuarto, esto es, que de cada cuatro casos quizá se cumplan en uno, ambas predicciones. «Un acontecimiento tiene, por consiguiente, una sola probabilidad en el producto de los términos simples que han de formar aquél.» Cada nuevo rasgo añadido hace menor la fracción de probabilidad.

En esta profecía, no hay ninguna predicción vaga, general, sino una sorprendente disposición de particulares minuciosos. Nuestro Señor traza el plan del acontecimiento futuro con todos sus pormenores, tiempo, lugar, personas, circunstancias notables, introduciendo todos ellos rasgos peculiares, que no dejan duda en cuanto a nuestra facultad para reconocer el acontecimiento, si éste tiene que aparecer como su plan. Encontramos unas veinticinco predicciones distintas aquí, y según la ley de la probabilidad compuesta, la proporción en que se encuentran todos en un acontecimiento, es de uno por cada veinte millones próximamente; quiere decir; la fracción que representa el caso de probabilidad es un medio elevado a su vigésima cuarta potencia o próximamente ¡una veinte millonésima de probabilidad!

Y sin embargo, cada uno de estos aspectos se encontraron en la destrucción de Jerusalén y nunca se han combinado en ningún otro acontecimiento. Y al seleccionar ejemplos omitimos todos aquellos aspectos acerca de cuyo exacto sentido hay una duda tal, que les convierte en menos inseguros de nuestra investigación. Escogemos solamente los perfiles más evidentes, más salientes que están realizados de manera tan maravillosa, que no pueden dejar incertidumbre razonable de la relación entre ellos.

Otra observación debería hacerse antes de entrar en el estudio más detenido de esta profecía en particular. Parece que hay en la palabra de Cristo una referencia no solo a la destrucción de la ciudad, sino al fin del mundo, y tan íntimamente están estos dos grandes acontecimientos unidos en estas revelaciones, que es materia de duda para los que se dedican al estudio de la Biblia, en qué punto cesa de hablar de lo menor y empieza a hablar de lo mayor. ¿Pero nos ha de dificultar esto ciertamente el estudio de esta cuestión? Hay una ley de perspectiva profética que todos los que contemplan las profecías deben comprender. En un paisaje una línea próxima de colinas puede tener todas las apariencias en líneas generales de una cordillera de montañas mucho más distante; de modo que aunque hay una gran diferencia en sus alturas y mucha distancia entre una y otra, las mismas líneas podrían definirlas y describirlas. Lo mismo ocurre en la profecía; un perfil puede describir un acontecimiento próximo a nosotros y otro de magnitud más importante en las lejanías del horizonte. Muchas palabras pueden tener intencionadamente un doble sentido, refiriéndose inmediatamente a una ocurrencia más próxima y remotamente a alguna otra, de la cual aquella es tipo; referencia aquí en escala menor y allí en escala mayor. Ahora, bien, podemos llamar a esto, ley de las sombras proféticas, anunciándose un acontecimiento futuro por otro y correspondiéndose los perfiles de ambos como las sombras y los cuerpos.

Pero esto más bien es un argumento en favor que en contra de la inspiración divina de la profecía, puesto que tenemos una doble predicción con una doble realización. Seguramente, si El habla a quien “un día es como mil años y mil años como un día” no tenemos por qué sorprendernos de verle emplear un perfil para acontecimientos, entre los cuales hay un abismo de mil años; puesto que para El esas vastas edades no parecen más que la vigilia de una noche y todo tiempo no es más que un insignificante tic-tac en el gran reloj de la eternidad.

Una prueba palmaria de la mano de Dios, en esta profecía y en la historia que la realiza, se encuentra en las mismas autoridades que refieren el cumplimiento. La principal relación de la destrucción de Jerusalén, si se hubiera escrito a propósito para confirmar las predicciones de Cristo, no se hubiera correspondido con éstas, con mayor exactitud. Su autor fue el príncipe de los doctores judíos de su tiempo y general, que al principio resistió obstinadamente el poder romano, reteniendo Jotopata, la fortaleza de Galilea, durante cuarenta y siete días, contra Vespasiano; en el año 67 de nuestra era, cayó cautivo, quedando sujeto a prisión hasta que Tito sucedió a Vespasiano en la dirección de la guerra judía. Estuvo presente en el sitio de la ciudad y, después de su caída, volvió con Tito a Roma, en donde escribió sus Anales; y el mismo Tito quedó tan complacido con la exactitud de su historia que le dio su aprobación y quiso que se publicara. Este historiador fue, por supuesto, Josefo. Verdaderamente fue un testigo competente, hombre de gran talento, y con toda clase de probabilidades para una observación minuciosa y una información exacta, por estar unido a la persona del jefe romano. ¿Quién se arriesgaría a acusar a un judío, que vivió y murió como uno de los fariseos más austeros, de parcialidad por el Nazareno crucificado o sus profecías? Dios escogió un enemigo de la fe cristiana para transmitirnos una narración muy minuciosa del cumplimiento de esta muy minuciosa profecía: de modo que el principal, aunque inconsciente testigo del carácter profético de Cristo, es uno cuyo testimonio no puede recusarse por judíos ni paganos. Josefo no trazó relación alguna entre los terribles acontecimientos que narró y las palabras del crucificado Jesús: pues se esfuerza constantemente por encontrar alguna razón que justifique los espantosos juicios que sobrevinieron sobre su tierra y nación.

¿Cuáles son las otras autoridades que deben citarse para probar que la profecía de Nuestro Señor se cumplió en todas sus partes? Tácito, historiador romano y pagano y Gibbon, príncipe de los escépticos, historiador inglés, quien, aún cuando trataba de demostrar que el éxito del cristianismo puede explicarse por causas naturales y secundarias, se vio obligado contra su voluntad a narrar hechos que prueban que Cristo es un verdadero profeta. Federico el Grande dijo en una ocasión a uno de sus mariscales, que era un creyente devoto: “Dadme una palabra, una prueba de la verdad de la Biblia” “Los judíos” fue la contestación lacónica, incontrovertible.

Armonizando los evangelios en una narración completa, encontramos veinticinco predicciones distintas, en relación con la ruina de la capital judía. Por conveniencia las agrupamos en clases. I. Predicciones con relación a los pretendientes al carácter de Mesías. 1. Serían muchos. 2. Arrastrarían a la gente al desierto y a lugares desiertos. 3. Engañarían a muchos, etc. Antes de este tiempo no había habido tal cosa en la historia judía. Después de la crucifixión se multiplicaron los falsos Mesías, como Simón Mago, el hechicero samaritano; Dositeo, también samaritano; Theudas, que prometió separar las aguas del Jordán como Elías; y Josefo dice: “con estas palabras engañaban a muchos”. El país estaba lleno de impostores que engañaban al pueblo y le persuadían a seguirles al desierto donde habrían de ver señales; una gran multitud era conducida a los claustros del templo por los falsos profetas.

II. Las predicciones de varias calamidades notables. 1. Guerras. En el tiempo en que Cristo hablaba, la paz prevalecía entre los judíos y las naciones próximas a ellos. Aún cuando la orden de Calígula de erigir su estatua en el templo provocó la resistencia, los judíos no pudieron creer que la guerra fuera inminente. Y sin embargo, Josefo dice: “el país fue pronto presa de la violencia; los desórdenes prevalecieron en Alejandría, Cesárea, Damasco, Tiro, Ptolomeo y por toda la Siria”. Los judíos se rebelaron contra Roma; Italia estaba agitada y en el espacio de dos años murieron cuatro emperadores romanos. 2. Hambre, pestilencia, terremotos, etc. Un hambre de varios años de duración causó sufrimientos en Judea y hubo hambres en Italia, pestilencias en Babilonia y solo cinco años antes de la ruina de Jerusalem, en Roma. Tácito y Suetonio, Filostrato hablan de terremotos, y Josefo dice que los hubo en Creta, Italia, Asia Menor y uno extraordinario en Judea. 3. Vistas asombrosas y grandes señales del cielo. Josefo afirma que precisamente antes de la guerra, «una estrella semejante a una espada se vio sobre la ciudad y un cometa durante todo un año; que una gran luz brilló alrededor del altar; que la puerta pesada del Este, que no podían mover menos de veinte hombres, se movió por sí sola; que se vieron carros de guerra y tropas en las nubes a la puesta del sol; que hubo un terremoto y una voz sobrenatural durante la fiesta de Pentecostés; que un hombre llamado Jesús insistía en gritar: Ay de la Ciudad,» etc. Tácito refiere muchos prodigios que indicaban la ruina próxima. Los ejércitos aparecían luchando en el aire, el fuego caía sobre los templos procedente de las nubes; se oyó una voz fuerte que proclamaba la marcha de los dioses del templo, y un sonido como de un ejército que partía. Nada podemos decir acerca de la realidad y naturaleza milagrosa de estas señales y vistas y sonidos; pero basta con que judíos y romanos se impresionaron con ellos como reales y milagrosos.

III. Señales dentro del reino de Dios. 1. Persecución. ¿No hizo Saul estrago de la Iglesia antes de su conversión? ¿No comparecieron Pedro y Juan ante los concilios y estuvieron en las cárceles? ¿No fue llevado Pablo ante los reyes, y él y Silas azotados y puestos en cepos por causa de su fe? Sin embargo, ¡qué fuerza maravillosa se dio, ante los adversarios, a Esteban, a Pedro, a Pablo! Ninguno de los apóstoles ha muerto de muerte natural excepto Juan. Unos seis años antes de la caída de Jerusalén hubo en Roma una terrible conflagración de ocho días, de la cual se creyó que fue autor Nerón; y para apartar de sí mismo la cólera del pueblo, echó la culpa de ella a los cristianos; empezando con motivo de esto una persecución que hasta la literatura pagana se avergüenza de referir. Nerón dirigió su carro a los jardines imperiales entre hileras de mártires cristianos envueltos en sus ardientes sábanas de llamas. 2. Traición mutua. Tácito dice que al principio aquellos de quienes se apoderaban confesaban su secta y entonces por indicación suya se condenaba a una gran multitud. 3. El evangelio ha de ser predicado en todas las partes como testimonio. ¡Qué trabajo a realizar en el espacio de cuarenta años, sin imprenta para publicar el evangelio, sin medios rápidos de comunicación para hacer el viaje fácil y teniendo que aprender lenguas extrañas! Y sin embargo se hizo. La pascua de Pentecostés, con sus representantes reunidos de todas las naciones, oyendo la buena nueva y volviéndose a sus países a ser heraldos de ella, con su milagroso don de lenguas que indudablemente disponía a aquellos primeros predicadores a predicar en lenguas extranjeras; la persecución esparciendo la masa de creyentes y haciendo que con su trabajo, se atrajeran discípulos en todas partes; Pedro caminando hacia el este a buscar las dispersas tribus judías, Pablo hacia el mundo gentil del occidente, ¡las palabras del Señor realizadas otra vez! Antes de la caída de la ciudad, el evangelio había sido proclamado en el Asia Menor, Grecia e Italia, al norte hasta Escitia, al sur hasta Etiopía, al este hasta la tierra de los Partos e India y al oeste hasta España y Bretaña. Tácito dice que en tiempos de la persecución de Nerón, la religión de Cristo se extendió por Judea y aún por el Imperio romano, y contó tantos partidarios que una gran multitud fue hecha prisionera y condenada al martirio.

IV. Señales que corresponden a la misma ciudad. 1. Jerusalén será rodeada de ejércitos. 2. Las águilas habían de reunirse como alrededor de un cadáver. Cuando el ejército romano se aproximó y rodeó la ciudad, sobre cada bandera flotante se elevaba el águila de plata. Las banderas distinguen a un ejército como su insignia; las naciones se conocen en mar y en tierra por sus estandartes. Los romanos están ligados a este símbolo a través de la historia de tal modo, que las águilas romanas son tan celebradas como la misma Roma. ¡Cuán en carácter como emblema! El águila se distingue por tres cosas, “fortaleza, rapidez, ferocidad”. ¡Cuán semejantes a aves de rapiña precipitándose sobre un cadáver eran estas huestes romanas tan fuertes, tan ágiles en sus movimientos, tan ferozmente crueles! 3. La destrucción había de venir “como el relámpago fulgura de este a oeste”(1). Ahora bien, podía haberse esperado que el ejército romano avanzara de oeste a este, así como la aproximación a Jerusalén se verificaba desde la costa. Sin embargo, en realidad la aproximación se verificó desde Olivet al este y hacia el oeste; los rayos de la guerra, que tan pronto destruyeron la hermosa capital, salieron primero de nubes amenazadoras suspensas en el horizonte oriental y su dirección era occidental.

4. “La abominación de la desolación estando en el lugar santo” (1) era una señal conspicua. Qué significa esto con exactitud, no podemos afirmarlo sino en tanto que estas palabras tienen más de una realización posible. El relato de San Mateo en cuanto a la abominación de desolación puede referirse a lo que dice San Lucas del desolador ejército pagano con estandartes de águilas idolátricas indicando desolación o destrucción y encontrándose en el lugar sagrado, mejor dicho, suspensas sobre el santuario mismo como inmundas aves de rapiña. Los judíos, juzgando todo ídolo como abominación, imploraron a un general romano, cuando dirigía su ejército hacia Arabia atravesando la Judea, que se dirigiera por cualquier otro camino, no fuera que la tierra se contaminara por el hecho de pasar una hueste pagana con emblemas paganos. Algunas cosas favorecen la referencia de estas palabras a un ejército de partidarios fanáticos y de asesinos, invitados por los judíos para defenderles contra los romanos, y quienes literalmente estuvieron en los patios del templo profanándolos; o también algunos creen que “la abominación” significa una estatua del emperador levantada por Pilato, o de Tito erigida por Adriano en el lugar santo. 5. Una trinchera y un terraplén hubo de hacerse alrededor de la ciudad. Nada parecía más improcedente e inútil. En ninguno de los sitios anteriores, sostenidos por Jerusalén, se había hecho nunca nada de esto. La situación de la ciudad y los rasgos físicos del país parecían indicar que era un derroche de tiempo y de fuerza. Los valles que envolvían la ciudad constituían una trinchera natural; las colinas que alrededor de ella se elevaban, formaban un terraplén natural. Tito, contra la opinión de sus generales, construyó una muralla y un foso de cinco millas de circunferencia alrededor de la capital destinada a desaparecer; y el historiador judío, describe bien el circuito. 6. Una gran tribulación acompañó al sitio. Citad a Josefo: «Ninguna otra ciudad sufrió jamás tales miserias, ni hubo nunca una generación más abundante en maldades desde el principio del mundo. Parece que las desgracias de todos los hombres desde el principio del mundo, si se compara con las de los judíos, no son tan considerables. La multitud que pereció excedió a todas las destrucciones que el hombre o Dios causaron en el mundo.» Era en la fiesta de la Pascua cuando la nación invadía la capital sagrada. En tres millones próximamente se calculaba el número de los que estuvieron en la ciudad. El hambre fue tan cruel que obligó a los hombres a comer las correas de sus sandalias, cintos de cuero y paja. ¡Una madre arrojó a los asesinos enloquecidos, que estaban dispuestos a cometer cualquier violencia para adquirir alimentos, un niño medio devorado y les dijo que compartieran con ella el cordero que ella había sacrificado! Cuando Tito vio los muertos amontonados desde las murallas a los valles, por cientos y miles, levantó las manos al cielo para protestar ante Dios de que todo aquello fuese obra suya. Josefo calcula que 130.000 perecieron y 97.000 fueron hechos esclavos. 7. La destrucción real de la ciudad. Tenía que ser destruida a ras de tierra. Josefo nos cuenta que tres enormes murallas de gran resistencia rodearon la ciudad y la guardia era diez veces en número mayor que los sitiadores. Considerad el trabajo de derribar estas murallas hasta hacerlas desaparecer. Sin embargo al fin del sitio se dieron órdenes para arrasar los mismos cimientos, y nada quedó sino tres torres y cuanta muralla era necesaria como albergue de la guarnición romana y muestra de la resistencia de las defensas que el poder romano había echado abajo. La circunferencia total fue tan completamente igualada con la tierra que nada quedó para indicar que había sido habitada. Tito decía: «Ciertamente hemos tenido a Dios como auxiliar en esta guerra. Él ha arrojado a los judíos de estas fortalezas; pues, como podrían contribuir los hombres o las máquinas a derribar fortificaciones como éstas» La esperanza de encontrar tesoros ocultos impulsó al ejército romano a remover la misma tierra hasta que las alcantarillas y los acueductos quedaron al descubierto y se empleó un arado para roturar los cimientos del templo, cumpliendo así literalmente la profecía de Miqueas (750 años antes de J. C.): «Jerusalén será arada como un campo.»

El templo tenía que estar incluido en esta terrible destrucción. La Profecía de su demolición es el primer eslabón en esta cadena de predicciones. Después que Nuestro Señor dejó oír en el templo su lamento sobre su pueblo, que no quería cobijarse bajo sus alas, dijo: «¡He aquí vuestra casa os es dejada desierta!» e inmediatamente partió del santuario consagrado. Cuando lo abandonaron, sus discípulos maravillados de la extraña profecía, de que aquella casa pudiera nunca ser desolada, le llamaron la atención: «Mira qué clase de piedras y qué edificios», esto es, construcciones que todavía estaban por terminar. Pero Él dijo con expresión más enérgica: «No quedará piedra sobre piedra que no sea derribada». Esta predicción era de realización improbable. (a) Las murallas comprendían algo más que diecinueve acres; la fachada del este se levantaba de una altura de un sexto de milla del valle, e inmensas piedras, algunas de ellas de 65 pies por 10, componían su estructura maciza. (b) Era hermoso y sagrado monumento de arte y de culto. Se elevaba como un monte de oro y nieve. Sus portales esculpidos, sus pórticos de alabastro y su santuario de oro conquistaron las alabanzas más entusiastas aún de los paganos. Si los vándalos y los bárbaros en el saqueo de Atenas y de Roma respetaron el Partenón y el Panteón, ¡qué no podía esperarse de los soldados del primero y más grande de los imperio!. ¿No habían de respetar un edificio del que decía el proverbio: «El que no lo ha visto no conoce la belleza?» (c) Fue construido por Herodes, hijo y protegido del poder romano, que fue más leal a la nación conquistadora que a aquellos con quienes estaba relacionado, como descendiente que era de Esaú. Y era en espíritu un romano deferente y obsequioso, que construyó ciudades para perpetuar el nombre de César, y que intentó hacer de Jerusalén otra Roma. Humillar el templo de tales era derribar una de las obras maestras de Roma. (d) Y además Tito era benigno, humano, culto, un jefe que no quería probablemente favorecer lo que en realidad prohibió esta destrucción. (e) El templo fue apagado una vez por orden suya, pero incendiado otra vez cuando volvió espaldas.

Las predicciones de Cristo, sin embargo, aseguraron la salvación de sus discípulos: «Mas ni un pelo de vuestra cabeza no perecerá» No fue bastante notable el hecho de que en esa matanza universal, ni un discípulo pereciera; pero lo más notable fue que después de sitiar la ciudad el ejército, ellos tuvieron ocasión de escapar. ¡Qué extraña señal para la huida cuando las huestes estaban ya cortando toda retirada! Y sin embargo, esta fue la señal de Cristo a sus partidarios fieles que la desolación se acercaba, era inminente. Aún tenían ocasión de huir si se apresuraban; estaban a tiempo pero tenían que aprovecharlo. Oíd otra vez al historiador judío: “Cestius Gallus, después de empezar el sitio, se retiró misteriosamente, sin razón alguna y muchos aprovecharon esta oportunidad para marcharse; una gran multitud huyó a las montañas.” En esta crisis, según sabemos por historiadores eclesiásticos del siglo primero, todos los partidarios de Cristo se refugiaron en las montañas de Pella, más allá del Jordán, y no consta que en este sitio pereciera un solo cristiano. Tan pronto como volvieron los ejércitos la ciudad fue rodeada por una muralla y toda esperanza de huida desapareció entonces.

VI. Profecías que se refieren a la historia subsiguiente. 1. La condenación de los judíos; habían de caer al filo de la espada y en cautiverio en todas las naciones. Aún antes del rendimiento de la ciudad, un inmenso número de desertores que cayeron en manos de los sitiadores, fueron vendidos con sus mujeres e hijos. Próximamente 100.000, solo de Jerusalén fueron vendidos como esclavos; 6.000 jóvenes elegidos de Tarichea fueron enviados a Nerón y 30.000 del mismo sitio, vendidos. Los altos y de buen aspecto eran conducidos a Roma para dar realce a la entrada triunfal de Tito; muchos fueron enviados a los trabajos públicos de Egipto, muchos más distribuidos por las provincias en todas las naciones, destinados a morir por los gladiadores o por las fieras. Y así ha sido desde aquel tiempo hasta ahora. La espada no está envainada todavía, ni rotas las cadenas de su cautiverio. 2. La condenación de la ciudad, “para ser hollada de las gentes hasta que los tiempos de las gentes sean cumplidos.” Hay aquí tres particulares: desolación por los gentiles y continuada hasta que llega al mundo judío el conocimiento del Evangelio y son reclamados los judíos. Hasta este día la ciudad ha sido hollada por los gentiles, y aunque los judíos han hecho esfuerzos desesperados para restaurar el dominio de su antigua capital, no han vuelto a restablecerse allí. Unos 64 años después de su expulsión por Tito, la ciudad fue en parte reconstruida por el emperador Adriano, y una colonia romana establecida allí. Bajo pena de muerte estaba prohibida la entrada a los judíos, prohibiéndoseles hasta que mirasen desde alguna distancia la ciudad. La sospecha de que el lugar sagrado había de contaminarse con ídolos los incitó a la revuelta que fue sofocada con una matanza terrible. De nuevo lo intentaron, vanamente, en tiempo de Constantino, reconquistar su posesión. Al fin se sintieron seguros del éxito, pues Roma les dio permiso para la reconstrucción. Julián el apóstata, decidido a quebrantar la fe en esta misma profecía, apoyando el celo judío con las armas, la riqueza y el poder romanos, tomó a su cargo el restaurar el templo y el ritual e implantar alrededor de él una colonia judía. Para dar a entender de que manera tan extraña este proyecto se frustró, citemos a Gibbon: “El vano y ambicioso espíritu de Julián podía aspirar a restaurar la antigua gloria del templo de Jerusalén. Como los cristianos estaban firmemente persuadidos que se había dictado una sentencia de destrucción perdurable contra todo el conjunto de la ley mosaica, el sofista imperial hubiera convertido el éxito de su empresa en un argumento plausible contra la fe de la profecía y la verdad de la revelación. Resolvió erigir, sin dilación en la parte más elevada de Moriah, un soberbio templo que pudiera eclipsar el esplendor de la iglesia de la Resurrección de la próxima colina del Calvario, establecer un sacerdocio, e invitar a una colonia numerosa de judíos. Al llamamiento de su gran libertador, los judíos de todas las provincias del imperio vinieron a establecerse en la sagrada montaña de sus padres; y su triunfo insolente alarmó y exasperó a los habitantes cristianos de Jerusalén. El deseo de reconstruir el templo ha sido en todas las edades, la pasión dominante de los hijos de Israel. En este momento propicio los hombres olvidaron su avaricia y las mujeres su delicadeza; palas y picos de plata eran proporcionados por la vanidad de los ricos, y los escombros eran transportados en mantos de seda y púrpura. Todas las bolsas se abrían con liberalidad, todas las manos pedían una parte en la piadosa labor y las órdenes de un gran monarca se ejecutaban por el entusiasmo de todo un pueblo.

«Pero los cristianos conservaron una natural y piadosa expectación de que en este conflicto el honor de la religión se justificara por algún milagro singular». Un terremoto, un impetuoso torbellino y una erupción de fuego que trastornaba y esparcía los nuevos cimientos del templo están atestiguados, con algunas variaciones por pruebas contemporáneas y respetables. Este acontecimiento público está descrito, por Ambrosio, obispo de Milán, en una epístola al Emperador Teodosio; por el elocuente Crisóstomo que pudo apelar a la memoria de la parte más antigua de su congregación en Antioquía; por Gregorio Nacianceno, que publicó su relato del milagro antes que espirase el mismo año. El último de estos escritores declaró que su afirmación de este acontecimiento no fue contradicha por los infieles, y está aserto, aun cuando parezca extraño, está confirmado por el testimonio de gran excepción de Amiano Marcelino. “Este soldado filósofo refiere que mientras Alipio estimulaba con vigor y diligencia la ejecución del trabajo, horribles balas de fuego, estallando cerca de los cimientos con frecuentes y reiterados ataques, hicieron la plaza de vez en cuando inaccesible a estos trabajadores chamuscados y castigados así; y como el elemento victorioso continuaba de esta manera, obstinada y absolutamente, como si estuviera determinado a arrojarles siempre a distancia, la empresa fue abandonada.” «Tal autoridad,» añade Gibbon, «bastaría a un creyente y dejaría atónito a un incrédulo. En una nota Gibbon procura explicar el caso por la presencia de aire inflamable contenido debajo de las ruinas del templo, el cual estalló al entrar los trabajadores que iban explotando con antorchas, etc. Jerusalén ha sido verdaderamente hollada por los gentiles. Para no hablar de la destrucción cuando las huestes paganas la pisotearon bajo la férrea planta de la guerra, fue ocupada durante setenta y cuatro años solo por una guarnición romana. La reconstrucción parcial de Adriano fue designada como profanación. El la llamó Ælia Capitolina (nombre compuesto del título Ælius, de su misma familia, y Capitolina, nombre aplicado a Júpiter por su templo del Monte Capitolino). A Júpiter Capitolino le consagró la nueva ciudad y construyó un templo a aquel dios pagano sobre el sepulcro de Cristo. Levantó una estatua a Venus en el Calvario, y la marmórea imagen de un cerdo, peculiar abominación de los judíos, sobre la puerta que daba a Bethlehem. El lugar sagrado quedó así más que desolado y conocido por su nombre pagano hasta que Elena, madre de Constantino, lo visitó en peregrinación en 326. Justiniano, en el siglo sexto, reparó y enriqueció sus iglesias, fundó conventos y construyó una iglesia para la Virgen en el Monte Moriah. Pero todo esto, aunque aceptable para el pasado, fue profanación para los judíos: ¡la ciudad seguía hollada por los gentiles! En 610 después de J. C. fue tomada por asalto, recibiendo gran daño de los persas, que la poseyeron durante un corto espacio de tiempo. En 637, bajo el Califa Omar, los sarracenos tomaron posesión y durante mas de cuatro siglos los mahometanos, árabes, turcos o egipcios continuaron hollando la ciudad sentenciada a ruinas. En 1073 los turcos seljúcidas la tomaron y sus crueldades con los peregrinos cristianos provocaron la primera cruzada, y en 15 de Julio de 1099 los cruzados, tomándola por asalto, hicieron de ella el asiento de un reino cristiano, permitiendo vivir allí solamente a los cristianos. En 1187 fue conquistada por Saladino, sultán egipcio. Durante medio siglo próximamente fue como un juguete llevado y traído entre cristianos y turcos, hasta 1244, fecha desde la cual ha permanecido bajo el poder muslímico, y el mismo hecho de una mezquita coronada con la media luna, levantándose donde estuvo el templo, basta para demostrar cuán profanamente el mismo Moriah está pisoteado por la planta de los gentiles. Apelamos a todos los espíritus sinceros preguntándoles, si la desolación prolongada de Jerusalén no es una de las maravillas históricas, casi diríamos milagros. Considerad la notable conservación de la nación judaica, aunque esparcida por todas las partes, conservando todavía sus rasgos nacionales y unidad como pueblo, mezclándose mas no confundiéndose con gentes de otras naciones; considerad su celo y tenacidad religiosos por la ciudad antigua y el templo demolido; considerad su gran número e importantes riquezas, (reuniendo una sola familia judía capital suficiente para comprar toda la Judea); considerad que si algún pensamiento y deseo embargan el espíritu de los judíos, es el de verse restablecidos en la ciudad de David; y ¿habrá humana filosofía que pueda explicar que dure diez y ocho siglos esta desolación?

VII. La predicción de nuestro Señor limitó el acto inaugural de este drama de los tiempos a la vida de las generaciones de entonces. Los años de nuestra vida son setenta, y fue próximamente setenta años después del nacimiento de Jesús cuando Jerusalén fue destruida; o, si tomamos treinta y cinco años como el término medio de vida de una generación, fue precisamente alrededor de este tiempo, después que estas palabras fueron pronunciadas, cuando su terrible realización empezó.

VIII. Cristo predijo estos como días de venganza (Lucas XXI: 22), esto es, de venganza o justicia reparadora. Todo sería evidentemente el juicio de Dios sobre el pecado del desprecio a Cristo y de su crucifixión. El que estudia atentamente la historia no puede menos de ver a Dios en ella. Hay a veces una correspondencia tan sorprendente y asombrosa entre la forma del pecado y la forma, y aún el tiempo de su castigo, que los hombres se ven constreñidos a decir, como los astrólogos de Faraón: «¡ESTE ES EL DEDO DE DIOS!». Si la destrucción de Jerusalén ha de reunirse, no como una calamidad ordinaria, sino como una interposición peculiar de Dios, en justo castigo del crimen cometido por los judíos al crucificar a Su propio Hijo, habrá algunos rasgos referentes a ella que claramente demuestren su carácter de justa reparación. ¿Cuáles son? Los judíos entregaron a Jesús para que lo mataran en la pascua; en este mismo punto de la fiesta anual, miles de ellos fueron condenados a muerte. Pidieron a voces la libertad de un ladrón y asesino para que se pudiera matar a Jesús; ellos fueron luego presa de ladrones y asesinos en el sitio de la ciudad. Ellos crucificaron a Jesús fuera de las murallas; y fuera de las murallas, ellos sufrieron la crucifixión en tal número, que faltaba lugar para las cruces y cruces para los cuerpos. Ellos hicieron burla y escarnio de su Mesías, aún cuando estaba indefenso ante el tribunal o colgaba agónico de la cruz; ellos fueron crucificados en todas las posturas imaginables, clavados en las cruces de maneras tan distintas, que parecía como si «se hubiera hecho en burla». Ellos contaron a Cristo, el inocente, como malhechor, y sus propios cuerpos muertos fueron arrojados desde las murallas como cadáveres despreciables de criminales, a los cuales se negara una sepultura honrosa. Para probar la culpabilidad de Cristo, procuraron falsos testigos, que alteraron su profecía de su propia muerte y resurrección, convirtiéndola en declaración de la ruina del templo; y el testimonio perjuro demostró que inconscientemente era profético: el templo fue destruido. Desde el Monte de las Olivas, Cristo lanzó la triste predicción y desde el Monte de las Olivas movió la bandada de «águilas» para que cayeran con sus garras sobre el cadáver. Pilato se sentó en el patio del castillo de Antonio para condenar a muerte a Jesús; y desde ese mismo punto se hizo el último y victorioso asalto en el templo y la ciudad. Ellos intimidaron a Pilato pretendiendo dar a entender su gran lealtad a César, a quien proclamaban su único rey; y su nación fue destruida por las mismas huestes de César bajo el gobierno imperial de éste. Ellos rechazaron al verdadero Mesías a pesar de sus obras y sus palabras prodigiosas; y se entregaron ellos mismos como estúpidos papanatas a la dirección de los pretendientes mesiánicos y falsos profetas. Cuando Pilato declaró a Cristo inocente e intentó soltarle, ellos asumieron toda responsabilidad, diciendo: «su sangre sea sobre nosotros y sobre nuestros hijos,» y esa misma generación bebió su sangre por la de Cristo. Nunca hubo una imprecación más profética. Un individuo puede tener su recompensa más allá de esta vida, puesto que vive más allá de esta vida. Una nación, sin embargo, es un estado temporal y sus pecados deben ser castigados, si alguna vez han de serlo, en este mundo. «Las instituciones son mortales; los hombres inmortales. El juicio histórico del tiempo se refiere a instituciones y organismos; el juicio final se refiere a individuos, cada uno de los cuales tiene que dar cuenta de sí mismo a Dios».

¿Puede ningún espíritu sincero considerar el crimen de los judíos y las calamidades que le siguieron exactamente de acuerdo con las predicciones proféticas, y no ver en estas relaciones maravillosas signo alguno de que Dios hacía presente su pecado al traer sobre aquella misma generación castigo tan patético y fuerte?

Este sorprendente testimonio a la divina inspiración de los evangelios afirma también el carácter divino de Cristo, cuyas palabras fueron: «Ahora os lo he dicho antes que se haga, para que cuando se hiciere, creáis.» El se atribuía su misión Divina y el oficio del Mesías Divino; y para demostrar su autoridad, profirió una profecía tan minuciosa que ninguna coincidencia casual puede explicarla. ¿Cómo podemos evadirnos de la convicción? Como Porfirio hizo con Daniel, así precisamente podemos hacer nosotros con Cristo, esto es, negar su carácter profético, convertir la profecía y la historia en las más hermosas caretas que cubren la más repulsiva e infernal trama jamás urdida para tender un lazo a la credulidad de los hombres. Podemos decir, en otras palabras, fría y desdeñosamente: «la profecía no se escribió hasta que Jerusalén estaba en ruinas», pero cuando los hombres usan un argumento como este en contestación a una serie poderosa de hechos y verdades, debe de ser porque ven que su causa está perdida. Ellos violan todas las leyes comunes de la crítica y la prueba histórica sin más razón que la de no dejarse convencer. Pues, no puede darse un motivo o razón adecuados para esta negación total y atolondrada del testimonio histórico, sino la determinación de oponerse a la religión cristiana. He aquí el argumento desenmascarado. «Si esta profecía fue pronunciada antes del acontecimiento, Jesucristo debe haber sido un verdadero profeta. No queremos aceptarle como tal. Por consiguiente, estas palabras no fueron escritas hasta después de la caída de Jerusalén». Los mismos métodos destruirán toda la historia y todos los testimonios, no dejándonos seguros de nada al convertir todos los hechos del pasado en fantasías de soñadores o ficciones de embaucadores. Se nos pide que huyamos de la credulidad de la fe, precipitándonos en el lazo de la duda y la negación, más crédulas todavía, porque neguemos el cristianismo se nos pide que creamos que los hombres escribieron las narraciones más puras e intachables conocidas, llenas de las más sublimes enseñanzas morales y murieron antes que renunciar a su fe; y sin embargo solamente intentaban hacer que otros creyeran que un traidor crucificado y muerto vivía todavía, fabricando astutamente profecías de hechos ya pasados con que apuntalar sus pretensiones a los honores divinos.

Cuando preguntan su nombre al Mefistófeles de Fausto, contesta que él es «el espíritu de la negación.» Nada es más fácil que negar lo que no se puede confutar; y la prueba, aunque llevara los talares de Mercurio o las botas de siete leguas antaño, nunca podría alcanzar al espíritu de la negación. Supongamos un caso: un astrónomo eminente hoy que, por medio de un nuevo instrumento muy superior en potencia al telescopio, ha encontrado habitantes en la luna. Vd. lo niega, diciendo que es imposible, porque no hay atmósfera en la luna, etc. Pero, el profesor Fulano o Mengano lo ha dicho, Vd. replica: «No lo creo.» Se le muestra a Vd. que él lo ha dicho. «No creo que sea absolutamente un astrónomo competente.» Se le demuestra a Vd. que lo es. «No creo que es sincero, está embaucando al mundo, es una impostura.» Se le demuestra a Vd. que él es incapaz de una picardía. «Bueno, pues, está loco.» Se le demuestra a Vd. que está cuerdo. «Bueno, su instrumento le engaña,» etc. ¿Cuánto tiempo costaría a la verdad alcanzar a una negación tan estrafalaria? Sin embargo, los hombres aparentan sorprenderse de que los creyentes no persigan todas las distintas formas de la negación que impugnan la verdad de la Biblia. La infidelidad empieza esta carrera a grandes pasos, tan estrambóticos como el de pedirnos que creamos que un hombre que pudo escribir un libro como «Daniel» o los «Evangelios» pudo ser un hipócrita perjuro e inventar una mixtura falsificada al lado de la cual el Libro mormón de Pepe Smith no es nada. Este método de la negación total es una de las faltas principales del moderno escepticismo.

Nada es más fácil que desacreditar un hecho o una verdad; confundir la negación con la impugnación y sustituir burlas o efugios incontrovertibles por argumentos refutables. Nosotros exhibimos esta profecía y junto a ella su correspondiente realización. Un escéptico niega la realización. Si demostramos la relación entre la predicción y el acontecimiento, él niega la profecía; no fue escrita hasta después del acontecimiento. Aportamos testimonios para demostrar que la predicción fue anterior al hecho; él niega la verdad o que los testimonios sean auténticos, proclama que eran erróneos; o como Hume y Strauss, da por admitido que los milagros de ciencia o de poder son imposibles, y afirma que ningún testimonio puede establecer lo que es imposible. Todo argumento resulta inútil con semejantes antagonistas. Bacon dice: «No puedo discutir con un hombre, a menos que encontremos un punto común de acuerdo sobre los primeros principios.

Hemos prometido a nuestros lectores tratar este tema serenamente, como un cirujano en la sala de disección maneja la lanceta y el escalpelo, con seguridad científica. Quizá no lo hemos hecho, pero es porque no podemos. El cirujano merece perdón, si le arde la cabeza y le tiembla la mano, cuando descubre los órganos vitales de su propio hijo para averiguar la enfermedad, especialmente si es una criatura viviente y no un cuerpo muerto lo que toca con la afilada hoja.

No podemos discutir el Evangelio de Cristo sin un profundo sentimiento. Todo lo que tenemos y esperamos en este mundo, y en el otro, está ligado a Él; el que toca aunque solo sea con irreverencia a esta fe sagrada nos hiere en lo más sensible de nuestro ser; el que lo insulta y ataca, introduce su espada en nuestras mismas entrañas. Y es extraño que un hombre, cualquiera que sea su credo, se complazca en destruir la fe de los demás, y hasta en blasfemar cruelmente un nombre que para estos está por encima de cualquier otro. Es, quizá, la señal de la infidelidad en boga, la que hace malignos a sus discípulos. Si uno estuviera hablando a un público de musulmanes, ¿por qué ofenderles con insultos y alusiones blasfemos al Corán y a su profeta? Mejor haría en conducirles serenamente a un libro sagrado y una persona santa superiores, si le es posible. No es prueba de que nuestra fe sea débil, el que si un hombre desgarra en público las escrituras en pedazos, y escupe a la cara del Dios de los Cristianos y se inclina en homenaje burlón ante el Crucificado, nos apoquemos y palidezcamos. El creyente no puede ver con indiferencia lo que a Jesús de Nazaret se refiere.

Hemos indicado la zarza ardiente de la profecía con sus muchas ramas, brotando y floreciendo maravillosamente en acontecimientos históricos. Podemos, pues, quitarnos los zapatos, el lugar en que estamos es tierra santa; esa gloria es la gloria de Dios. Si el lector no ve una luz resplandeciente, debe preguntarse a sí mismo si QUIERE VER.

FIN DEL CAPÍTULO III

CAPÍTULO IV

Milagros: ¿son posibles y probables?

“Jesús Nazareno, varón aprobado de Dios entre vosotros en maravillas y prodigios y señales que Dios hizo por El en medio de vosotros, como también vosotros sabéis.” Hechos II:22

MUCHAS PRUEBAS INFALIBLES — CAP. IV MILAGROS: ¿SON POSIBLES Y PROBABLES? — págs. 74-103 COMPLETO

Texto completo íntegro que me enviaste...

¡Y si queréis acudir y permanecer ante el esplendor de esa presencia, sin que vuestros ojos estén animados de hostilidad hacia la luz, y esperar allí hasta que os sintáis bañados en su gloria, llenos y emocionados por el amor y la vida que vienen en el mismo rayo con la luz, no necesitaréis milagros celestes para anunciar la mañana y aseguraros que Aquél, que puede comunicar el conocimiento de Dios y la paz de Dios, no puede ser otro que el Sol de Justicia!

FIN DEL CAPÍTULO IV

CAPÍTULO V
El testimonio que da la Biblia de sí misma; Su exactitud científica.
“Para siempre, Oh Jehová, permanece tu palabra en los cielos.” Salmo CXIX, v. 89.

Esta sublime afirmación de la estabilidad eterna de la Palabra de Dios es el «lema de Lutero.» Lo tenía escrito con carbón en las paredes de su habitación y bordado en los vestidos de sus criados. Los cambios terrenos no alcanzan a la esfera celeste; y allí la Palabra de Dios permanece, mucho más allá del alcance de causas de disturbio.

Hasta la moderna ciencia progresiva, que ha trastornado las nociones de los siglos, es incapaz de probar que sea falso el testimonio de la Palabra Divina.

La Biblia es un libro muy notable, cualquiera que sea su origen. Uno de los príncipes de la humanidad, luz del siglo cuarto, cuya oratoria le valió el nombre de Crisóstomo, «boca de oro», y cuyas virtudes hicieron de él la admiración y el terror de la corrompida corte de Eudoxia, semejante hombre, al mismo tiempo uno de los sabios más eminentes de su tiempo, ha dado a la Biblia su verdadero nombre, “H BIBLOS”, el libro por antonomasia.

En todo trabajo vemos al trabajador, su destreza en el manejo de las herramientas, su invención en el plan, su gusto en la disposición y el adorno. El artista vive en su tela y habla en su mármol. Si hubiera una obra de Dios, esperaríamos que lo expresara y lo revelara. Se va a San Pedro de Roma, y se está debajo de aquella vasta cúpula, preparado a experimentar un sentimiento de admiración por las grandes proporciones y la maravillosa decoración que Miguel Angel concibió. Y cuando en la quietud de la noche contempláis la bóveda celeste y veis miles de lámparas que arden por millares de años sin consumirse, y brillan a mayor distancia de lo que alcanza el cálculo; cuando recordáis que aquella ondulante bandera de luz, la Vía Láctea «se compone de miriadas de estrellas en apretadas filas, como guerreros innumerables, de modo que solo veis las líneas de luz centelleando en sus cascos de plata» os sentís prontos a creer que Dios planeó esa bóveda y escribió su propio nombre en ella en letras de luz». “Los cielos cuentan la gloria de Dios y la expansión denuncia la obra de sus manos”

Así, siendo este libro obra de Dios, encontramos en él la prueba y la huella de un espíritu y de una mano divinos. Habrá una grandeza en lo que se esparcen y abarcan sus enseñanzas que recuerde el arco del firmamento, gloria sobre sus hechos y verdades que sugiere el esplendor de los soles y las estrellas; habrá lo que está demasiado elevado para nuestro alcance y demasiado extenso para nuestra medida. Dios nos impelerá a decir: “¿No ha hecho mi mano todas estas cosas?” La Biblia os pide que lo demostréis con esta prueba: ¿Lleva señales de un espíritu superior al humano? Si no hay nada en él que no guarde relación con un origen puramente humano, es idolatría llamarle Palabra de Dios, tratarlo como de origen divino y rendirle honores divinos. Pero si hubiera aquí tal estructura gigantesca de verdad que ni aun una raza de Titanes pudiera haberlo construido; si sus cimientos son más profundos de lo que el hombre pudiera haber cavado, y sus cimas se levantan a alturas que nunca alcanzó el hombre, ¿cómo podremos escapar de la conclusión y de la convicción de que su autor y hacedor es Dios?

La Biblia ha sido siempre el centro de toda la controversia: pues es la verdadera llave de todo el sistema del cristianismo. Asaltarla o minarla es tomar lo más importante del cristianismo, y sus centinelas avanzados siguen la suerte de las principales defensas. Hace poco la forma de ataque y del asalto han variado. La infidelidad rara vez es insultante, despreciativa; más bien es plausible, patrocinadora. Acostumbraba a zurrar a la Biblia con palabras altisonantes: ahora le da un golpecito en el hombro y le dice: “Verdaderamente eres un libro muy hermoso, pero de ningún modo sin faltas”. El Doctor Préssense dice de Renan: “Mina muy mañosamente el cristianismo mientras le colma de alabanzas, enterrándolo bajo flores. Se acerca a la tumba del Salvador no para llorar y adorar como las mujeres del evangelio, sino para sofocar con perfumes y esencias alguna chispa fija de vida de la religión de Jesús. No asesta el golpe con espada cortante; no, inciensa. Pero el resultado es el mismo que si hiciera un ataque violento”.

El escepticismo moderno, con elevación de la sabiduría profunda y de la duda filosófica, se acerca a la Palabra Divina. Bajo el pretexto de una investigación cuidadosa, concienzuda, imparcial, como si se opusiera a creer que la Biblia no es todo lo que pretende ser, aplica sus pruebas estrictamente científicas, y, semejante al médico que toma un pulso débil, ausculta unos pulmones destrozados, o reconoce un corazón enfermo, se vuelve con un suspiro de disgusto, moviendo tristemente la cabeza. Y sin embargo cuanto más comprendemos el escepticismo científico y filosófico, más satisfechos estamos de que, como Lord Nelson, tapa el único ojo sano y declara que no puede ver con el ciego. Debajo de toda esta apariencia de serenidad y justicia de juicio observamos el afán de suprimir la verdad, un pleito parcial, desesperadas corrupciones de las doctrinas y perversiones de los hechos de las Escrituras, y el mismo odio fiero de la religión de la Biblia, la misma pasión para derribarla, la misma resuelta hostilidad hacia todo lo sobrenatural, como en las más atrevidas y provocadoras formas del ataque. Podéis encontrar este escepticismo solapado en la casa editorial, en la elocuente palabra del orador, en la cátedra universitaria y hasta en el púlpito de algunos predicadores que solo lo son de nombre. La Biblia es, según confiesan hasta los escépticos, el mejor de los libros, y en su conjunto notable por todo lo que da un valor permanente; pero querían hacernos creer que apenas marcha de la mano con nuestros tiempos de progreso, y que su pretensión a la infalibilidad es absurda.

Pero la Biblia no acepta protección, ningún homenaje dudoso, ningún encomio concedido a medias. Someted la Palabra de Dios a cualquier clase de prueba posible, intelectual, moral, filosófica, ética, literaria o científica. Si en cualquier terreno racional no resiste la prueba, caerá; si no tiene base de granito, es locura el intentar afianzar sus grandes derechos a la autoridad divina con puntales podridos de nuestra invención.

De todas las pruebas, la científica es la que menos promete; pues, si en alguna parte podemos esperar encontrar un punto débil de la Biblia, es en ésta. He aquí un gran fuerte cuyas murallas no tienen punto alguno que no defiendan bien sus cañones. Aún partidarios acérrimos de la Biblia demuestran algún pequeño escrúpulo cuando hablamos de aplicar pruebas científicas, cuando ven aparecer a la ciencia con el crisol en que se funde la verdad y el escalpelo que todo lo pone al descubierto, para aplicar sus procedimientos rigurosos a la Palabra Divina. Pero, hasta en este punto, el más débil, la Palabra de Dios es demasiado poderosa para la fuerza combinada de todos sus enemigos. Desde este punto, como desde cualquier otro, sus cañones dominan la distancia y barren el campo, y todo escéptico de buena fe puede encontrar pruebas abundantes, aún por la parte científica de que algo sobrehumano ha producido la Biblia. Es un Gibraltar, y los que lo atacan, semejantes a las olas que se acercan a la gigantesca roca del Mediterráneo, no lo destruyen ni lo conmueven, sino que se estrellan contra ella.

El argumento de la parte científica es el más concluyente porque la Biblia no es, ni puede ser, por su misma índole, un libro científico. En la historia, el tratar de la ciencia sería puramente casual, y cualesquier error científico o inadvertencias que pudieran ocurrir no perjudicarían su valor como narración de hechos. Así un tratado de matemáticas no sería guía menos digno de confianza para resolver problemas difíciles, solo porque se encontraran en él errores ortográficos o afirmaciones inexactas en materia geográfica. Todo libro es juzgado por lo que constituye su punto principal, todo lo demás carece de importancia.

El objeto de la Biblia no es enseñar la ciencia, sino dar a conocer la verdad moral y espiritual. Los hechos y las verdades científicas pueden descubrirse por la inteligencia y el trabajo del hombre, y así no se necesita su revelación. Pero nuestro origen y destino, nuestras relaciones con Dios, el camino de la paz y la pureza, la unión entre esta vida y la otra, la sabiduría más alta del hombre no ha hecho más que conjeturar sobre estas cosas; y de aquí la necesidad de que Dios hable.

Tenemos, por consiguiente, que juzgar la Palabra de Dios por el propósito que la informa, y en el desenvolvimiento de la verdad moral y religiosa, aparecen los errores o las inexactitudes científicas que no tienen relación con la verdad espiritual, no por eso harán que la Biblia sea un libro indigno de aceptación como guía para el conocimiento y práctica del deber.

Lord Bacon, desde un punto de vista estrictamente filosófico, ha dicho que «el objeto o propósito del Espíritu de Dios no es dar a conocer la ciencia de la naturaleza en las Escrituras, si no es de pasada, y atendiendo a la cultura del hombre y a las enseñanzas morales y divinas.»

No constituía parte del designio o la misión de los escritores inspirados decirnos la verdad científica. De aquí que fuera natural que, refiriéndose al reino de la naturaleza, emplearan un lenguaje figurado, como hacemos hoy en una edad del mundo mucho más avanzada en conocimientos científicos. Sabemos que el sol es el centro del sistema solar y que la tierra se mueve alrededor de él; sin embargo decimos que el sol sale por el este, y se pone por el oeste, y da vueltas alrededor de la tierra. Decimos que el rocío baja del cielo, como si fuera destilado en las lejanas profundidades del espacio, cuando en realidad la atmósfera suelta el vapor a la aproximación de una superficie más fría, condensándose como la humedad del aire en contacto con una superficie helada. Cuando, por consiguiente, los escritores sagrados emplean formas del lenguaje que se firman con las apariencias, no con la realidad, y tienen más relación con las impresiones populares que con los descubrimientos científicos, «la ausencia de exactitud científica en ninguna manera implica discrepancia o contradicción.»

Si el lenguaje de las Escrituras hubiera sido científico en vez de popular, esto hubiera constituido un defecto y obstáculo, porque hubiera fijado la atención, distrayéndola de las verdades más grandes que la Biblia estaba llamada a desarrollar, y hubiera dado lugar a controversias sobre asuntos de poca transcendencia. Suponed, por ejemplo, que en los primeros capítulos del Génesis Moisés hubiera anunciado con exactitud en términos claros todos los descubrimientos de la geología y la astronomía, hubiera atribuido al hombre una antigüedad muy anterior a la creación del hombre; hubiera hecho los seis días de la creación seis períodos de vasta duración; hubiera descrito la vasta vegetación de la edad carbonífera y el maravilloso proceso por el cual fue aquella convertida en carbón; hubiera hablado a los hombres de los primitivos luz y calor químicos y dinámicos que precedieron a la aparición del sol; de los poderosos monstruos que jugueteaban en las aguas y vagaban en la tierra; hubiera narrado las tremendas convulsiones que agitaron la tierra aun en el seno de un inmenso cráter, ¿cuál hubiera sido el efecto?

Primeramente, el descubrimiento científico hubiera sido anunciado prematuramente, antes de que el género humano estuviera en condiciones de entenderlo o aprovecharlo. En segundo lugar, el mismo Dios se hubiera contradicho comunicando directamente al hombre el conocimiento que El había decretado que el hombre obtuviese por sí mismo. En tercer lugar, el hombre hubiera olvidado las verdades espirituales más importantes, que son las principales materias de revelación, en discusiones de asuntos secundarios, para los cuales la raza no estaba todavía dispuesta. En cuarto lugar, el efecto hubiera sido desacreditar toda revelación, haciendo que Moisés apareciera como loco o soñador, destruyendo así el gran fin para el cual se pronunció la Palabra inspirada. Y sin embargo, si la Biblia es la verdad divina, no debe, ni aún a la ligera, afirmar lo que es en realidad falso. No podemos imaginar al Dios infinito revelando al hombre las grandes verdades sobre temas espirituales y rodeándolas de muchas pequeñas falsedades, simplemente porque el hombre no estaba lo bastante maduro para comprender los hechos completos.

¿Había algún camino por el cual se llegara a todos los fines que se deseaban? Solamente uno se presenta. Dios podía hacer que hombres inspirados emplearan un lenguaje tal que, sin revelar los hechos científicos con anticipación, se pudieran ajustar con exactitud a ellos, cuando se descubrieran. El lenguaje podía ser tan elástico y flexible que se contrajera a los límites estrechos de la ignorancia, y sin embargo, se agrandara a las dimensiones de la ciencia, como la venda de goma, inapreciable en la moderna cirugía, que se dilata alrededor de un miembro inflamado e hinchado y se contrae a medida que baja la hinchazón. Si hubiera términos o frases que, sin sugerir obscuros enigmas, contuvieran en sí mismos amplio espacio para todas las demandas de la humana ciencia en constante desarrollo; si la Biblia pudiera hacer selección del lenguaje imperfecto humano, sacando términos que contuvieran verdades ocultas, hasta que las edades venideras descubrieran su sentido interno, ésta parecería ser la mejor solución de este difícil problema. Y cuando llegamos a comparar el lenguaje de la Biblia con la ciencia moderna, vemos que precisamente este es el hecho.

1. Fijémonos, por ejemplo, en la astronomía. ¡Cuán cruel ha sido la batalla entre los astrónomos no creyentes y la Palabra de Dios! Dicen que el término bíblico “firmamento” es un antiguo error cristalizado. La ciencia moderna adoptando ademanes solemnes, dice: «Habéis oído decir que los antiguos afirmaban que hay una esfera sólida encima de nosotros que gira con el movimiento oscilante de sus lámparas; pero, yo os digo que esto es una antigua idea ignorante, pues no hay nada sobre nosotros más que el vasto espacio lleno de éter, y las estrellas son soles que varían por las distancias infinitas que las separan y la tierra gira sobre su eje.»

Pero examinemos con detención la palabra firmamento.” Mientras Mr. Goodwin la declara «irreconciliable con la moderna astronomía» y los apologistas tímidos se arriesgan a insinuar que Moisés cometió sencillamente un error, o que se le puede perdonar porque habló el lenguaje del vulgo, vemos que el término original hebreo rakiya significa lo que se extiende o cubre, una expansión,. Ahora léase la palabra expansión donde encontremos firmamento, y no solamente no hay contradicción en cuanto se refiere a la astronomía, sino armonía perfecta. Si Moisés hubiera sido Mitchell, no hubiera escogido palabra mejor para expresar la apariencia y que sin embargo se acomodara a la realidad. Efectivamente anticipó a la ciencia. Y este es uno de los “Errores de Moisés”.

Otro error de los antiguos fue el de la revolución de los cuerpos celestes alrededor de la tierra; después que Copérnico, Kepler y Galileo enseñaron la verdadera ley del sistema solar los hombres alzaron el grito contra la Biblia. Y sin embargo, la Biblia está de acuerdo completamente con los descubrimientos de la ciencia, de que la tierra no es plana sino esférica y de que se mueve en perfecta uniformidad sobre su eje.

Veamos las siguientes expresiones: Job. XXVI: 7; "El cuelga la tierra sobre nada. Job. XXXVIII: 8; ¿Quién encerró con puertas la mar, cuando se derramaba por fuera como saliendo de madre? ¿Cuándo puse yo nubes por vestidura suya y por su faja oscuridad, y establecí sobre ella mi decreto y le puse puertas y cerrojos y dije: Hasta aquí vendrás y no pasarás adelante etc.?, Job XXVIII: 12. "¿Has mandado a la mañana tus días? ¿Has mostrado al alba su lugar?

Cuán hermosamente se adapta este lenguaje a los hechos científicos no conocidos entonces, de que hay establecida una relación entre la tierra y el mar por la cual las aguas no pueden invadir la tierra; de que este globo no está soportado por ninguna otra sustancia sólida, como las mitologías paganas aún ahora nos enseñan, sino sostenido en el espacio por fuerzas de gravitación invisibles; de que la revolución de la tierra sobre su eje es tan absolutamente regular que, como dice La Place, no ha variado la centésima parte de un segundo en dos mil años; de modo que el alba nunca falta o se retrasa en el oriente. Jeremías XXXIII: 22; «No puede ser contado el ejército del cielo, ni la arena de la mar se puede medir».

La existencia del vasto ejército de estrellas es un hecho de los descubrimientos modernos. Hiparco, siglo y medio próximamente antes de Cristo, calculó el número en 1.022, y Ptolomeo al principio del siglo segundo de la era cristiana no pudo determinar más que 1.026. Podemos ver en una noche clara a simple vista 1.160, o si pudiéramos abarcar toda la esfera celeste, unas 3.000. Pero cuando el telescopio empezó a ser dirigido al cielo hace menos de tres siglos, por Galileo, los hombres empezaron a apreciar que Jeremías tenía razón cuando consideraba que las estrellas eran infinitas como las arenas del mar. Cuando el instrumento de Lord Ross dirigió al cielo su gran lente, he aquí que el número de estrellas visibles aumentó a unas 400.000.000, y Herschel compara la multitud de ellas a polvo brillante esparcido en el fondo oscuro de los cielos. Cuando Juan Herschel, al sur del continente africano, convierte las nebulosas en soles y Lord Ross, como si tuviera ojo de Titano, encuentra en la aureola de Orión un espléndido lecho de estrellas, y la misma vía láctea se ve que es sencillamente una gran procesión de estrellas absolutamente innumerables, cuán verdadera es la exclamación de Jeremías, 600 años antes de Jesucristo, 2.200 antes que Galileo: «No puede ser contado el ejército del cielo.» ¿Quién enseñó la ciencia astronómica a Jeremías?

II. Cuando la moderna geología empezó a desenvolver las capas terrestres y a leer las historias de las rocas, la fe tímida palideció y tembló por la palabra de Dios. Una gran edad fue revelada para nuestro globo; y ¿qué vamos a hacer de los «Errores de Moisés»? ¿Cómo se formaron estos fósiles o restos orgánicos en las rocas, y en tales cantidades que las islas de coral representan innumerables millones de zoofitos y masas enormes están compuestas de conchas no más grandes que un grano de arena? Las sierras toscanas están formadas por caracolas tan pequeñas que una onza de piedra contiene unas 10.000, y el polvo que cae de la tiza en el encerado, visto al microscopio, se ve que es un compuesto de fósiles. ¡Cuán enormes períodos han sido precisos para que los seres vivientes formaran masas semejantes!

Algunos intentaron explicar el depósito de estos fósiles por las convulsiones que acompañaron al diluvio; otros pensaron que Dios hizo el mundo de fósiles en los cuales nunca había habido vida, de modo que las rocas, después de todo, realmente nos engañan. Otros han anatematizado fácilmente la ciencia porque no podían reconciliarla con las Escrituras, imitando al bramin que, cuando el microscopio le demostró la locura de sus nociones y prácticas paganas, se libró de sus dudas haciendo añicos el microscopio. Pero, seguramente la Biblia no necesita semejantes métodos de defensa. Si la verdad se dividiera contra sí misma, ¿cómo prevalecería su reino?

La correspondencia entre la relación mosaica de la creación y los descubrimientos más avanzados de la ciencia, prueba que solo El que hizo el mundo hizo la Biblia. He aquí unos cuantos ejemplos:

1. Orden de la creación. La geología habla de un caos acuoso cuyos densos vapores no dejaban pasar la luz: Moisés afirma que al principio la tierra estaba sin forma y vacía y las tinieblas reinaban sobre el abismo. La geología hace que la vida preceda a la luz y que la vida se desenvuelva en el abismo; Moisés presenta el espíritu creador posándose sobre el abismo inmenso antes de que Dios dijera: «Sea la luz.» La geología hace que la atmósfera forme una expansión elevando vapores acuosos que convierte en nubes, y separando así los manantiales de arriba de los de abajo; Moisés afirma lo mismo. La geología nos dice que los continentes surgieron de debajo del gran abismo y produjeron vegetación: Moisés declara también que la tierra seca apareció y produjo la hierba, plantas y los árboles, correspondiendo exactamente a los tres órdenes de la vegetación primitiva. La geología afirma, pues, que los cielos se limpiaron de nubes y el sol y la luna y las estrellas aparecieron. Moisés no dice que Dios creó todos estos cuerpos celestes en el cuarto día de la creación, sino que ellos empezaron entonces a servir para dividir el día de la noche y se convirtieron en señales para las estaciones, los días y los años. La geología nos enseña, así, los monstruos marinos, los reptiles y los seres alados; Moisés del mismo modo revela que las aguas produjeron seres que se mueven y se arrastran y habla de aves que vuelan en el espacio. La geología presenta luego la raza de los cuadrúpedos mamíferos, y del mismo modo hace aparecer Moisés el ganado y los animales de la tierra en igual orden y en el sexto día de la creación. La geología, lo mismo que Moisés, presenta en la escena al hombre después de los demás animales. Según la geología la primera luz y el primer calor no fueron solares sino químicos o «cósmicos»; según Moisés, la luz precedió a la primera aparición del sol en el espacio de tres días de la creación.

2. Contemplad el orden de la creación animal. La geología y la anatomía comparada se combinan para enseñar que el orden de la creación fue de inferior a superior. Peces, proporción de cerebro a médula vertebral; 2 a 1. Reptiles, 2 ½ a 1. Pájaros, 3 a 1. Mamíferos, 4 a 1. Hombre 33 a 1. Ahora bien; este es exactamente el orden de Moisés. ¿Quién dijo a Moisés lo que la anatomía comparada moderna ha descubierto, esto es, que los peces y los reptiles son inferiores a los pájaros?

Y he aquí, algunos más de los «Errores de Moisés». Aquí tenemos un relato de la creación, obra de quince o veinte siglos antes de que la ciencia descubriera estos hechos y verdades modernos; y sin embargo, no hay un engaño o un error científico, y las coincidencias y las relaciones son tantas y tan notables, que un hombre de ciencia moderno ha confesado que, si se pudiera dibujar ligeramente el mecanismo celestial de La Place, el Cosmos de Humboldt, y el último sistema de geología, no se podrían encontrar palabras más sencillas y más sublimes que las de Moisés.

3. Además, la geología nos demuestra que las grandes plantas de la gran edad del carbón son de tal naturaleza que nunca crecieron a la luz del sol, sino en perpetuas sombras; son de tal naturaleza que deben haberse alimentado de una atmósfera llena de vapor, y su madera no se ha endurecido como si hubiera estado a la luz del sol. ¿Quién enseñó a Moisés a que pusiera el crecimiento de aquella vegetación primitiva en el período que precedió a la primera aparición del sol en el cielo?

4. La geología habla de seis períodos de la creación, extendiéndose a través de las edades. Moisés parece que habla de seis días de 24 horas cada uno. Pero también, al examinar atentamente, encontramos la palabra hebrea, YOM, que significa período de tiempo, y se usa a menudo por períodos indefinidos o estancias. En el capítulo primero del Génesis, los escépticos dicen con aire de triunfo, que hace que los períodos se midan por 24 horas; y sin embargo, en Génesis II: 4, la palabra «Yom» está empleada hablando de todo el tiempo invertido en la creación. En el Salmo XCV: 8, «en el día de la tentación,» significa cuarenta años. Empleamos la palabra española con la misma vaguedad de aplicación; «un día polar» significa seis meses; el día de gracia, el período de prueba. Orígenes y Agustín, mucho antes de que la ciencia sugiriese la idea de que día pudiese significar período, mantuvieron que la palabra hebrea era indeterminada; y cuando la Biblia declara que «un día delante del Señor es como mil años», da la clave para su propia interpretación.

Además, observaréis que de estos días creadores Moisés dijo «y la noche y la mañana eran el primer día.» Si se refiere al día solar, ¿por qué empezar por la noche?, el día solar naturalmente empieza por la salida del sol. Explicar este curioso rasgo en la relación mosaica por el hecho de que los judíos contaron sus días de puesta a puesta de sol, es razonar en un círculo, pues de este primer capítulo del Génesis es del que procedía este extraño modo de contar. Ahora cuando volvemos a la geología y encontramos que cada período de la creación empezó en una noche y se desarrolló en una mañana, (surgiendo la luz de las tinieblas y el orden de la confusión), vemos por qué Moisés fue inspirado para hacer que cada día empezara con la noche.

5. El diluvio ocurrido según el relato en tiempos de Noé, se considera como irreconciliable con la ciencia moderna. El gran punto al cual se dirigen las objeciones es el del carácter universal del diluvio. Como la raza humana ocupaba entonces solo una pequeña parte del globo, sumergir el todo de modo que hasta las más elevadas montañas estuvieron completamente cubiertas, parece un gasto innecesario de energía divina; especialmente cuando puede dudarse si toda la atmósfera condensada en lluvia bastaría para levantar los mares hasta esta altura; y se cree que hay muchas pruebas en ciertas partes de la tierra, de que no ha habido ninguna inundación dentro de los últimos 6.000 años.

A estas objeciones basta con replicar que desde el momento en que el relato bíblico se interpreta con referencia al mundo habitado, todas las dificultades desaparecen. Frases como «toda la tierra», «debajo de todo el cielo», etc., se usan frecuentemente en las Escrituras hablando de la parte de la tierra que estaba poblada; o más bien de la Palestina y las tierras que la rodean. Las palabras de carácter universal deben interpretarse no literalmente, sino de acuerdo con la intención y el fin del escritor. Cuando se nos dice que «toda la tierra se venía a Egipto para comprar grano», ¿qué entendemos nosotros? ¿Vamos a suponer que, si había habitantes en Bretaña, iban a Egipto por grano? En aquellos tiempos hubiera invertido tanto tiempo el ir y volver como el asegurar una nueva cosecha. Pero si entendemos que Egipto venía a ser un granero, un vasto almacén para toda la región en la cual reinaba el hambre, el relato es claro.

Ahora, en cuanto se refiere al diluvio, Moisés escribe del juicio terrible de Dios sobre el pecado de la raza. Su juicio cayó sobre la tierra, por causa del hombre, y solo a la parte de la tierra que fue teatro del pecado del hombre se refería necesariamente. Si nosotros entendemos que «toda la tierra» se refiere a la superficie completa habitada, el torrente todavía es relativamente universal, esto es, universal en cuanto al género humano; y el uso de términos semejantes en otras partes de la escritura justifica esa interpretación. Hugo Miller ha demostrado que todos los fenómenos de la inundación podían producirse por el hundimiento y la elevación gradual de aquella parte de la superficie terrestre conocida como cuna de la raza: y eso produciría los mismos efectos tan gráficamente descritos por Noé, “fueron rotas todas las fuentes del grande abismo, y tornáronse las aguas de sobre la tierra”. Debe añadirse que la tradición aun entre los paganos confirma el hecho del diluvio y el que el arca quedase en Ararat.

Haywood W. Guion de North Carolina ha ideado una teoría del diluvio que armoniza todos los descubrimientos de la ciencia con el relato del Génesis, y hasta puede ocupar el puesto de todas las concepciones previas de este asunto. Literalmente interpreta la afirmación de San Pedro. "El mundo de entonces pereció anegado en agua,.

En el Génesis leemos: “Júntense las aguas que están debajo de los cielos en un lugar, y descúbrase la seca”. En ambos pasajes no hay indicación de más de un continente o más de un mar.

La tierra seca parece estar sola en una gran elevación sobre el nivel del mar, y las aguas reunidas en un sitio. Esto implicaría, como sabe cualquier hombre de ciencia, ciertas condiciones peculiares. Este continente solitario, elevándose como una masa del medio del mar que lo rodea, no presentaría grandes desigualdades de superficie, aunque hubiera elevaciones que, comparadas con el resto, fueran colinas o aun montañas; habría una gran uniformidad de clima y temperatura, conservando la tierra bastante húmeda, no la lluvia o las nubes, sino las espesas nieblas; y por consecuencia, el crecimiento de grandes vegetales, espléndidos y abundantes, haciendo el alimento animal innecesario para el hombre y la bestia; habría un paraíso de verdura y una primavera perenne. Este cree Mr. Guion que era el caso. En tiempos del diluvio esta elevada bóveda, que surgió del agua, fue destrozada por explosiones volcánicas y un gran terremoto, y su gran techo se desplomó convirtiéndose en el lecho de lo que es hoy el océano Pacífico, mientras su borde, destrozado e irregular, se elevó formando las grandes cadenas de montañas, que constituyen los límites orientales del Pacífico; y el lecho de este océano original se elevó viniendo a ser los continentes de nuestros hemisferios oriental y occidental, mientras el mar se precipitó con ímpetu en el nuevo lecho formado por el hundimiento del continente original. Esto nos daría en el nuevo orden de cosas, grandes cordilleras de montañas, con notables desigualdades de clima y temperatura y todos los fenómenos de los cambios de estaciones, vientos, nubes y tempestades de lluvia y nieve, y por consecuencia el primer arco iris. Los animales que habitaban las partes estériles se verían impelidos a devorar animales más débiles que ellos, y el alimento animal se haría necesario al hombre. Según esta teoría todo el mundo original estaría sumergido y todas las altas colinas cubiertas. Los animales gigantescos de aquel continente primitivo que fueron tragados por las encrespadas aguas y enterrados después debajo de la masa superficial de suelo movedizo, proporcionarían los notables restos encontrados en tantos sitios, dando a conocer que los seres que representan fueron sorprendidos en alguna catástrofe universal.

Mr. Tullidge dice que “con el progreso del descubrimiento, la oposición, que se supone que existe entre la Revelación y la Geología, ha desaparecido; y de las ochenta teorías que el Instituto Francés contó en 1806 como hostiles a la Biblia, ni una subsiste.,, No es esto solamente, sino que entre los que abogan más poderosamente por la Palabra de Dios, hay muchos de los maestros que han explorado Sus obras. Su testimonio unánime es, que no tenemos por qué temer por la Biblia a pesar de la oposición de la ciencia falsamente entendida. Pues, “El cielo y la tierra pasarán, mas mis palabras no pasarán.,, (S. Mateo XXIV: 35).

FIN DEL CAPÍTULO V

CAPÍTULO VI
La Verdad Científica de la Palabra de Dios
“El principio de tu palabra, es verdad.” Salmo CXIX: 160.

Esto es “desde la primera palabra.” El entusiasmo del escritor anónimo de este Salmo no conoce límites ordinarios. El empieza a levantar un monumento a la Palabra de Dios, y es como una sólida columna de mármol esculpida en veintidós facetas, cada una con ocho inscripciones. Según la costumbre de los antiguos acrósticos, cada faceta conviene con una letra del alfabeto hebreo y cada una de sus ocho inscripciones empieza por esa letra, como si todos los recursos del lenguaje se agotaran vanamente al procurar describir las maravillas de las Escrituras. Termina esta vigésima sección declarando que a partir de la primera palabra, cada palabra es verdad. Reasumiendo el argumento del último capitulo, consideremos:

III. La Cosmogonía. Cuán grande es el hecho en favor de la Biblia, de que ni un error, ni un tropiezo, ni un absurdo científicos se haya encontrado nunca en ella. ¿Pueden resistir esa prueba los libros sagrados de otras religiones? Aplíquese esta piedra de toque al Corán, al Shasta, al Zendavesta, o a las enseñanzas de los más sabios y mejores hombres no inspirados. Compárese a Moisés con Zoroastro y Confucio, Séneca y Sócrates, Platón y Pitágoras, Anaxágoras y Aristóteles; cuando las antiguas religiones o filosofías acometen el tema bíblico de la creación, abundan en verdaderos absurdos. Póngase el primer capítulo del Génesis junto a la idea india del universo, que podríamos trasladar así:

“Hace millones y millones de ciclos, este mundo fue hecho. Fue formado como una llanura triangular con elevadas colinas y montañas y muchas aguas. Existe en varios pisos y la masa total está sostenida sobre cabezas de elefantes con los rabos hacia fuera, y los pies descansando sobre la concha de una inmensa tortuga, y la tortuga sobre una gran serpiente enroscada, y cuando estos elefantes se sacuden, esto hace estremecer a la tierra.”

Suponed que la Biblia hubiera cometido errores como los de Platón, quien sostuvo que la tierra es un ser inteligente, o Keplero, que afirmaba que es un animal vivo, o los antiguos sabios, que enseñaban que la Vía Láctea es una senda por la cual el sol acostumbraba a pasear y dejaba ver las señales de sus pasos; o una cinta de sustancia sólida que unía las dos partes del globo, etc. ¿Que se diría, si se encontraran en el mismo libro de Dios, las antiguas nociones, según las cuales, los brutos son seres humanos en formas distintas, hay peces en el mar con cabezas de caballos, el fénix fabuloso era un animal real y los aerolitos venían de tres estrellas, especialmente Júpiter? ¿Quién preservó el antiquísimo libro sagrado de las supersticiones que corrompieron la astronomía convirtiéndola en astrología y la química en alquimia? ¿Quién enseñó al escritor del Salmo CIV a componer aquel gran poema sobre las maravillas del mundo creado, no introduciendo sin embargo, ni uno de los errores científicos que estaban a la orden del día, hasta el punto que el mismo Humboldt se vio obligado a confesar “que en un poema lírico de espacio limitado encontramos todo el universo, los cielos y la tierra, bosquejados con unas cuantas pinceladas atrevidas?”

IV. La Filosofía Natural. Los descubrimientos modernos en cuanto a la naturaleza de la luz hacen la descripción de Moisés divinamente grande. El no representa este misterio que vibra tan extrañamente al través del espacio, como siendo hecho, sino como “haciéndole aparecer,” mandándole que resplandezca.

En Job XXXVIII: 13-14, leemos acerca del alba que “ase los cabos de la tierra, vuélvese como barro impreso de sello, y preséntanse sus cosas como vestiduras.” En Babilonia se usaban sellos cilíndricos. Según rodaban sobre el barro dejaban una huella de belleza artística. Lo que antes carecía de forma, después aparecía en atrevido relieve como escultura, y del mismo modo al girar la tierra y presentar cada parte de su superficie sucesivamente a la luz y al calor solares, lo que antes era sombrío, oscuro, muerto se descubre y muestra belleza, y el barro aparece como vestidura primorosamente trabajada en atrevido relieve y brillantes colores. Tomad esto como ciencia o como poesía y ¿dónde en cualquier otro libro de igual antigüedad encontraréis nada semejante?

Y cuán exquisita es la frase “ase los cabos de la tierra.” La palabra hebrea envuelve la idea de los rayos de luz curvándose, como los dedos de la mano, para asir, y así se habla solamente de los extremos de la tierra. El rayo directo del sol cayendo sobre su superficie viene derecho como una flecha; pero cuando la luz solar llegara a tocar las extremidades de la tierra, está inclinada por la atmósfera hasta ponerse en contacto, y si no fuera por esto, vastas porciones fuera de la línea directa de los rayos del sol estarían oscuras, frías y muertas. ¿Quién enseñó a Job, quizá más de 1.500 años antes de Cristo, a emplear términos que Longfellow o Tennyson hubieran codiciado para describir la refracción?

Job XXXVIII: 7. «Cuando cantaban a una las estrellas de la mañana», se ha considerado siempre como expresión de alto vuelo poético. Y cuando en el Salmo LXV: 8, leemos: «Tú haces alegrar las salidas de la mañana y la tarde», la palabra hebrea significa lanzar un sonido trémulo o como la voz en las vibraciones, cantar. La ciencia moderna penetra como un rayo descubridor al través de estas expresiones poéticas y la verdad científica parece oculta o envuelta en ellas. La luz llega a la vista en ondulaciones o vibraciones, como el sonido llega al oído. Hay un punto en el cual las vibraciones son demasiado rápidas o delicadas para ser percibidas por nuestro sentido del oído; entonces un órgano más delicado, el ojo, toma nota de ellas, las cuales apelan al nervio óptico en lugar de hacerlo el auditivo, y como luz, no como sonido. ¿No ha de cantar entonces también la luz? El tono más bajo que podemos oír está formado por 16 1/2 vibraciones de aire por segundo; el más alto tan agudo y «delicado que nada hay entre él y el silencio», está formado por 38.000 vibraciones por segundo. Entre estos extremos hay once octavas; el Do de la clave de Sol teniendo 258 1/8 vibraciones al segundo y su octava 517 1/2. Esas vibraciones sonoras no cesan en las 38.000, sino que nuestros órganos no son capaces de oír más allá de estos límites. Si nuestros oídos fueran bastante delicados podríamos oír hasta las casi infinitas vibraciones de la luz; y así es literalmente verdad que «las estrellas de la mañana cantaban a una». Nosotros construíamos mal este otro pasaje de los Salmos, que no podíamos entender y no nos atrevíamos a traducir como estaba en el venerable inspirado hebreo, hasta que «la ciencia se deslizó hacia la percepción de la verdad que había estado allí durante siglos ininteligible, esperando la inteligencia que pudiera percibirla.» Y ahora nos atrevemos a leerla tal como es: «Tú haces cantar, esto es, producir sonido por la vibración, las salidas, o radiaciones de luz, de la mañana y de la tarde». Si nuestros sentidos fueran lo suficientemente agudos, podríamos oír las notas separadas de cada estrella en particular. Shakespeare escribió inconsciente verdad, cuando cantó:

«Ni aún el más pequeño orbe que ves hace más que cantar, como un ángel, en su movimiento, haciendo siempre coro al querubín eterno. Esa armonía está en las almas inmortales; pero mientras esta vestidura terrena de corrupción groseramente la encierra, no podemos oírla».

Las estrellas difieren en gloria y poder, y también en el volumen y tono de su canto. En la vida futura nuestros sentidos serán indudablemente tan delicados y refinados, que podremos oír no solamente las notas aisladas, sino la infinita armonía creciente de estos millares de estrellas del cielo, cuando derraman su poderoso efluvio de himnos armoniosos en los oídos de Dios. Entonces podremos comprender la verdad de este himno:

«En el oído de la razón, todas se regocijan, y lanzan una voz gloriosa, diciendo siempre en sus cantos según brillan; la mano que nos hizo es divina.»

La música de las esferas no es monótona. Las estrellas se acercan unas a otras produciendo una luz que es inaccesible para los mortales; así la música aumenta más allá de nuestra habilidad para resistirla. Retroceden, haciendo una luz tan tenue que la música se desvanece pareciéndose tanto al silencio que solo los espíritus pueden oírla. No es extraño que Dios se recree en sus obras. El se sienta en medio de una orquesta universal que vierte en su oído un torrente incesante de canto deleitoso. Vive en medio de la luz que es, para nosotros, gloria inefable, para El música.

Job. XXVIII: 25. «Al dar peso al viento (atmósfera o aliento) y poner las aguas por medida.» Si hay algo que parece carecer de peso es el aire, el aliento que se eleva según sale de la boca. Aristóteles y aun Bacon no conocieron que la atmósfera era pesada. El descubrimiento de la gravedad del aire estaba reservado para Galileo, el gran astrónomo florentino. Y sin embargo Job, treinta siglos lo menos antes que Galileo, declaró que Dios daba peso hasta a la atmósfera.

Es peligroso pensar en ajustar las palabras de la Biblia a una exposición positiva de hechos científicos; tan maravillosas son algunas de estas relaciones. Pero es seguramente un hecho llamativo que Salomón usara un lenguaje enteramente de acuerdo con descubrimientos como la evaporación y los centros borrascosos.

Algunos han afirmado resueltamente que la teoría de las tormentas, de Redfield, está aquí claramente establecida. Sin atrevernos a tanto, nos preguntamos quién enseñó a Salomón a emplear términos que tan fácilmente se acomodan a los hechos, que los movimientos de los vientos, que parecen tan inciertos y ajenos a leyes determinadas, están dirigidos por leyes tan positivas como las que rigen el crecimiento de las plantas; y que, por evaporación, las aguas que caen sobre la tierra, se elevan continuamente otra vez, de modo que el mar nunca se desborda.

V. Consideremos la entomología. Si algún departamento de la ciencia puede considerarse completo en sus investigaciones es el que clasifica los insectos tan completamente que ha encontrado 70.000 variedades solo de escarabajos. Salomón puede considerarse apenas al nivel moderno, y algunos han considerado su error como muy grande para ser admitido en los escritos inspirados, por representar a la hormiga “preparando en el verano su comida, y allegando en el tiempo de la siega su mantenimiento”. El hombre de ciencia escéptico afirma que siendo la hormiga un insecto carnívoro no podía acaparar su alimento en la cosecha, y que la misma naturaleza de ese alimento impediría que fuera almacenado; y que Salomón incurrió en el mismo error de muchos aficionados, confundiendo el capullo blanco de la hormiga, propiamente conocidos como huevos de hormiga, con granos almacenados como provisiones. Pero, ¿qué es de la inspiración de Salomón? Si se equivoca en la ciencia, puede haberse equivocado en la teología. Ni podemos defenderle en el sentido de que la palabra, hormiga, pudiera verterse de otro modo; pues, la palabra no solo significa hormiga, sino según Buxtorf una hormiga que se alimenta de semilla.

Sin embargo, cuando estudiamos las hormigas de Palestina, encontramos entre ellas algunas especies que no solo se alimentan de semillas, sino que las cosechan también; y si sus granos se mojan por las continuas lluvias, para evitar que broten, los sacan a la superficie para secarlos al sol. Aun más, los últimos descubrimientos demuestran que la hormiga agricultora, no solamente almacena el grano, sino que prepara el terreno para la siembra, planta la semilla, limpia la tierra de cizaña y recoge la cosecha: de modo que todo lo que Salomón dice de las hormigas de Palestina, para dar ejemplo de previsión y economía, está más que justificado por los hechos. ¡He aquí otro de los “errores” en que no incurrió Salomón! ¿En qué se convierte la inspiración de los hombres de ciencia que le cargaron de errores?

Pues, ¿por qué ha luchado más ardientemente la ciencia moderna que por el reino de la ley al través de la creación de Dios? Sin embargo, observad el énfasis marcado por la Biblia en este hecho, que aun todo aquello que parece más caprichoso e incierto está sujeto a un orden fijo.

La lluvia obedece a un decreto y el trueno y el relámpago se producen con sujeción a una ley; el mar no puede traspasar su límite y el viento vuelve según su circuito. Sir Juan Herschel sentía hasta tal punto la armonía entre los fenómenos de la ciencia física y la Palabra de Dios, que decía: “todos los descubrimientos humanos parecen realizados solamente con propósito de confirmar con mayor fuerza las verdades que proceden de arriba y están contenidas en los escritos sagrados”.

VI. La Biblia se muestra de acuerdo con los descubrimientos modernos en la Fisiología, en la Anatomía Comparada y en la Química. La fisiología es un comentario maravilloso sobre la exclamación de David: “Soy obra augusta y maravillosa.” La ciencia de la anatomía no puede encontrar error alguno en el relato de la crucifixión de nuestro Señor; y un médico que vive fue salvado seguramente de la infidelidad por observar la veracidad inconsciente de los evangelistas en su relato de la crucifixión en cuanto a hechos anatómicos, entonces completamente desconocidos para la ciencia.

El versículo sexto del capítulo doce del Ecclesiastes es una poética descripción de la muerte. ¡Semejante a la cuerda de plata describe la médula espinal; al cuenco de oro, la cavidad que contiene los sesos; al cántaro, los pulmones, y a la rueda, el corazón! Sin pretender que Salomón predijo inspirado la circulación de la sangre dos mil seiscientos años antes de que Harvey la anunciara, ¿no es digno de observación que el lenguaje que usa corresponda exactamente al hecho, esto es, una rueda elevando a través de un tubo para descargar en otro?

VII. Veamos la etnología. La Biblia indiscutiblemente enseña la unidad de la raza humana. ¿No se concilia esto con los descubrimientos de la etnología?

Se ha insistido en que debe de haber habido más de un tronco original del cual ha surgido la raza; que las variedades de color y forma, desarrollo cerebral y tipo físico, no se pueden explicar por el clima, el alimento y género de vida; que al menos el negro corresponde a otra especie. Algunos, no dispuestos a luchar por la unidad de la raza, y sin embargo, dispuestos a defender la Biblia, adoptan un término medio, que la Biblia da la historia de solo una de las razas, (aquella de la cual vino la redención), olvidando que si toda la raza no procede de Adán, desaparece la unidad de la raza en el pecado y la redención.

Es injusto decir que la Biblia y la antropología o la etnología están en pugna. Primero, porque los hechos científicos no están todavía establecidos. Los hombres que han estudiado con más ahínco estos asuntos no están de acuerdo. Blumenbach insiste en cinco variedades: Caucásica, Mogólica, Etiópica, Malaya, Americana; Cuvier hace tres grandes divisiones; Prichard afirma la existencia de siete razas; Lucas Burke, sesenta y tres; Regius dos y el Dr. Pickering, once, que cree se puede reducir a una. Camper insiste en el ángulo facial como base de la división. Cuvier adopta como base las áreas comparadas del cráneo y cara serrados verticalmente en la línea media. Mientras los hombres de ciencia no convengan en los hechos, ¿qué necesidad tenemos nosotros de procurar que sus teorías estén de acuerdo con la doctrina de la Biblia? Cuando un hecho perfectamente comprobado se vea que es irreconciliable con la Biblia, entonces y solo entonces puede haber motivo para alarmarse.

Casi toda esta gritería de hostilidad entre la ciencia y la Palabra de Dios está basada en la especulación. Algún ateo piensa que ha encontrado algún nuevo hecho y se apresura a anunciarlo. Lo carga en su cañón y dispara, y espera a ver las trincheras de la fe cristiana temblar y derrumbarse al embate tremendo de su artillería. Pero, he aquí que la fortaleza sigue en pie y ni siquiera hay un agujero o una brecha en la muralla. Y cuando paramos mientes en ello nos preguntamos, qué es lo que el gran hombre de ciencia arrojó contra los muros. ¿Algún proyectil sólido, enorme, de verdad indiscutible? No, un simple taco de papel de su propia fantástica teoría, que se quemó con su misma pólvora.

Insistimos en decir que se nos enseñe un hecho indudable, revelado por estudios científicos durante dos mil años, que no pueda armonizarse con la Palabra de Dios. No solo no puede presentarse un conflicto entre los hechos y la doctrina bíblica sobre la unidad de la raza, sino que toda la corriente de la investigación, en tanto que aparece clara y positiva, se dirige a la confirmación de esa unidad. En el hombre encontramos, en todo el mundo, las mismas grandes características físicas: el mismo número de dientes, huesos y músculos; el mismo sistema de respiración y circulación, digestión y secreción; los nervios, las venas y las arterias están dispuestos sobre un mismo tipo. El hombre puede, en todas partes, vivir de todas las clases de alimento, en cualquier clima; está sujeto a las mismas enfermedades; se desarrolla lentamente y vive el mismo término medio de vida. El Dr. Prichard arguye en favor de la unidad del tronco original, partiendo de la fertilidad de la raza demostrada en su prole. “La naturaleza aborrece los híbridos,” y las variedades producidas en el mundo vegetal o animal por el cruzamiento de las especies desaparecen con rapidez; y de aquí el hecho que, después de seis mil años, la unión de individuos de diferentes variedades sea pródiga en descendencia, lo cual prueba una especie original. El Dr. Prichard sigue el curso de todas las variedades existentes de la familia humana, atribuyéndolas a causas secundarias y no encuentra entre diferentes tribus o naciones líneas fijas de división.

El hombre y aún los animales, cuando cambian de clima o modo de vivir, cambian de color, pelo y forma. El Dr. Carpenter presenta como ejemplo, la raza magiar en Hungría, que se sabe que ha pertenecido al tronco asiático. Hace unos mil años vino del norte helado de Asia al sur ardoroso de Europa, y no solo han cambiado todos sus hábitos de vida, sino hasta el tipo de la formación del cráneo del piramidal o mogólico al elíptico o caucásico; y a pesar de su estatura y rasgos físicos mejorados, queda bastante de la forma tártara para dar una idea de su origen. Lo mismo ocurre con los lapones y los finlandeses, el Dr. Carpenter dice que aunque proceden del mismo tronco que los magiares se han desarrollado diferencias muy notables hasta en los caracteres cranianos y la conformación general, estatura y proporción.

En la India, los persas, los griegos, los tártaros, los turcos y los árabes, todos blancos y sin mezcla con los indios, en unas cuantas generaciones se transforman apareciendo con el color oliva oscuro natural al clima, casi tan oscuros como el negro; y los portugueses, en trescientos años de residencia en aquel país, se han teñido de negro como los cafres. El Rev. Juan Campbell observaba, hace años según caminaba del cabo sur hacia el Africa ecuatorial, que el pueblo uniformemente aumentaba en color oscuro; y la colonia de los judíos de la costa de Malabar es ahora tan negra como los naturales de la costa. Si el clima puede producir cambios tan notables en una dirección, ¿quién es tan sabio que pueda decir los cambios que todas las causas combinadas puedan producir durante miles de años? Von Humboldt, después de hacer constar los argumentos en favor de la diversidad del origen, da su opinión de que más poderosas razones favorecen la unidad; y seguramente que no se le acusará de ciencia superficial o de prejuicio indebido hacia la Biblia.

Hasta la diversidad de lenguas, que en otro tiempo se creía que favorecía la diversidad del origen, no es ya argumento contra la Palabra de Dios. La nueva ciencia de la filología comparada agrupa estas lenguas en familias, y sigue su curso por afinidades y semejanzas hasta llegar a una gran raíz; y Klaproth ilustra el parentesco universal de las lenguas con los ladrillos con que está construido Bagdad, los cuales llevan estampada la leyenda cuneiforme de Nabucodonosor, demostrando que son fragmentos de viejas ciudades asirias. Aun las lenguas modernas exhiben los fragmentos de una lengua primitiva, y así, la fisiología y la filología, la psicología y la etnología, todas dan testimonio de la antigua gran concepción de la Biblia, de que todos los hombres procedieron de una sola pareja original.

En cuanto a la antigüedad del hombre, la ciencia no ha presentado un hecho claramente establecido para demostrar que la raza humana existía en la tierra antes que la cronología aceptada de la Biblia fija la creación del hombre. Muchas de las llamadas pruebas son sencillamente conjeturas absurdas, que saltan a conclusiones y a veces el salto es tan grande que se ha llamado a esa ciencia, «la ciencia del saltamontes» o «del kangarú.» Pretende presentar los resultados de una investigación original, aunque como dice Park Godwin, «la originalidad suele exceder a la investigación.»

Los hechos que parecen argüir una antigüedad mayor de la raza humana son sencillamente misterios que esperan interpretación. Por ejemplo, han sido encontrados huesos, cortados y pulimentados en depósitos que parecen haber estado sumergidos en agua desde que el hombre vivió en la tierra, pero tan delicadamente cortados y pulimentados que en opinión de muchos demuestran la destreza humana ayudada por instrumentos de rara perfección. Sir Carlos Lyell, sin embargo, se atrevió a poner entre los castores de los jardines zoológicos de Londres algunos huesos semejantes a los descubiertos y después de dejarlos algún tiempo, los recogió cortados y pulimentados por los castores en forma tan semejantes a los otros, que no había lugar a duda de que en ambos casos la acción había sido la misma. Así, en el caso presente, el hombre preadamita demostró ser un castor, y las herramientas que arguyeron tan alta civilización, los dientes del castor.

VIII. Hasta ahora no hemos tocado el vasto campo de la Arqueología, en el cual algunas de las cosechas más ricas y sazonadas han sido recogidas en confirmación de la Palabra Divina. Presentamos dos o tres, de la masa inmensa de hechos que constantemente se están acumulando, que demuestran que “Dios prende a los sabios en la astucia de ellos”. Los escépticos han estado confiados en que, en los descubrimientos dados a luz por los arqueólogos y paleontólogos, la Palabra de Dios se demostraría que era no más que una fábula inofensiva, pero, he aquí, que si nos callamos, las mismas piedras claman en confirmación de la Palabra.

Leemos en la historia antigua que el rey de Babilonia, cuando la destrucción de ésta, no fue Belsasar sino Nabonadius o Labineto; y que no fue hecho prisionero ni muerto, sino que escapó; y después de la toma de la ciudad libró una batalla en las afueras de la capital, fue derrotado, hecho prisionero y por consiguiente convertido en sátrapa bajo el conquistador, viviendo con lujuria y muriendo en paz. Y así los hombres de ciencia escépticos se ríen de la credulidad de las almas sencillas que adoptan por guía la Biblia, aunque ésta afirma que Belsasar fue rey cuando Babilonia cayó, y que murió en la noche de su cautiverio. Pero hace unos veinte años fue extraído de los montones que marcan el casi olvidado sitio de la gran ciudad, un gran cilindro con inscripciones muy extrañas, y de éstas se desprende que Belsasar fue hijo de Nabonadius y regente bajo su mando; y ahora la inconsistencia está explicada. Belsasar fue muerto en Babilonia cuando compartía el trono de su padre. Este, Nabonadius, escapó y sobrevivió a la caída de su ciudad, surgiendo de las ruinas de pueblos sepultados un nuevo testimonio de la Palabra.

Así también, en cuanto al diluvio. Ladrillos asirios, que pertenecen hoy al Museo egipcio británico, fechados en 660 antes de J. C., y que copian un relato anterior al 1.700 (también antes de J. C.) contienen una descripción pagana del torrente, y declaran que éste fue decretado por Dios a causa de la maldad de los hombres, y refiere el hecho de una gran nave construida, pájaros que salen de ella, un altar levantado, etc.

San Lucas llama a Sergio Paulo, procónsul de Chipre. Los historiadores insistían en que su título verdadero debe de haber sido procurador, ni aún una inexactitud podía tolerarse en el relato del evangelista. Pero últimamente se han encontrado monedas antiguas con el busto de Claudio, y aplicando al representante de Roma que gobernaba Chipre precisamente el nombre del procónsul que Lucas atribuía a Sergio Paulo. Cuanto más progresa la investigación moderna, más se afianza la Sagrada Escritura; cada nuevo descubrimiento realizado en los relatos grabados o esculpidos en los monumentos, añade un nuevo testigo al libro bendito de Dios. Verdaderamente es maravilloso que la Biblia esté de tal modo planeada y escrita que, aun cuando no anuncia nunca claramente los hechos científicos, «anteriormente al momento en que la ciencia los define,» demuestra, cuando se la interpreta correctamente, que está siempre «a la altura de la ciencia» de todos los tiempos.

Con un elevado tono de infalibilidad papal, un escritor escéptico declara que «cada paso que da la ciencia conduce al género humano mucho más lejos de las esperanzas y los temores vanos del cristianismo hacia la calma de la verdad eterna.» Sobre lo cual el Doctor Stebbins, que se las da de unitario y abogado de tendencias «liberales», se atreve a dar una negativa rotunda: «Afirmo con el mayor convencimiento, después de unos cincuenta años de estudio de la ciencia, así como de la teología, con ardor de entusiasta, que no hay un solo descubrimiento o hecho admitido en la ciencia, que, ni remotamente sea contrario a las enseñanzas del cristianismo revelado en los evangelios.»

La Palabra de Dios no puede ser demolida por el ridículo de sus enemigos. Voltaire puede tener muchos discípulos que siguen su método y tratan de caricaturizar la Palabra de Dios, como pudiera un chisgarabís cualquiera de nuestros días desfigurar la cara y la forma de alguna estatua clásica de Apolo. Pero así como la estatua permanece en su perfección ideal cuando se quitan las señales injuriosas, del mismo modo la pura y celestial belleza de la Palabra sobrevive a todos los intentos hechos para investirla de absurdidad blasfema. Ni pueden la suposición y la presunción científicas trastornar las seguridades de una revelación divina. Una falsedad no es más verdadera porque se diga en voz alta y con gestos, que intentan meter a golpes en el oyente la convicción. Como Mr. Lincoln aseguraba a Mr. Bates que «no por llamar rabo a la pata de una oveja, deja la pata de ser pata y el rabo de ser rabo,» insistimos en que ni aún la sanción de un gran nombre establece necesariamente la verdad y exactitud de una afirmación. Más de un hombre que pisa firme en el terreno de la investigación y que merece el mayor crédito en cuanto se limita a los simples resultados de la observación y la experiencia, se pierde cuando se mete en el terreno de la filosofía o la lógica, y trata de sacar consecuencias de sus investigaciones; sus conclusiones pueden ser tan inexactas e insanas como sus experimentos son cuidadosos y exactos. El hecho es que la investigación y la inducción pertenecen a órdenes distintos de cosas, y no tenemos que aceptar siempre las deducciones aunque sean del investigador más concienzudo.

Los hombres de ciencia no son siempre intelectualmente honrados y sinceros. Con prejuicios en favor de determinado credo científico o sistema religioso, se convierten en bizcos intelectuales; ven solo lo que necesitan ver y disponen los hechos y números diestramente del lado de la opinión o de la noción preconcebida. ¿Qué haremos, pues, de la Biblia? Ella se presenta ante el tribunal de la razón pidiendo un juicio imparcial. Puede ser el mejor de los libros sin que por eso sea el libro de Dios. Sin embargo ¿cómo puede ser sencillamente el libro del hombre? Hasta sus aparentes contradicciones cuando se las examina detenidamente revelan una ley más profunda de armonía, como las líneas de la columna dórica, que se creyó en otro tiempo que eran verticales y paralelas, pero que se ve hoy que se inclinan y convergen hasta el punto de que se encontrarían si se las prolongase hacia un punto encima de la columna.

El testimonio que la Palabra contiene en sí misma es lo que Chalmers llamaba «la prueba transportable» del cristianismo. Y tiene esta gran ventaja: si está dentro de la Palabra, se le puede encontrar en ella por todo el que investigue con diligencia. Dicen que la concha entona un canto al mar; podéis probarlo fácilmente, aplicad el oído y escuchad. ¿Habla la Biblia de su propio origen divino?, pues, no tenéis más que aplicar el oído y oír, apagad otras voces; (los clamores del prejuicio y la soberbia, el descreimiento obstinado y la rebeldía de corazón), y oiréis la música de los seres celestes.

Y así debemos nosotros «escudriñar las Escrituras» como hizo el noble pueblo de Berea, con presteza de espíritu para encontrar su testimonio oculto; y por consiguiente muchos creyeron. Pero debe ser investigación, no mirada superficial, indiferente que nada revela ni descubre. Recordad la famosa alhaja de las bóvedas verdes de Dresde, esto es, el huevo con su clara de plata, su yema de oro y dentro de la yema una piedra preciosa.

Lo mejor es lo más recóndito, siempre, y aquel cuyas manos no tocan más que la cáscara no encuentra los tesoros que permanecen ocultos para la mirada indiferente de la generalidad, como en las cavidades cristalinas.

Fijémonos en la abeja; vedla posarse en la flor y estar allí, introduciendo su trompa en el corazón del capullo, donde los jugos dulces se encuentran en un vaso más hermoso que el alabastro. La investigación honrada, apasionada, estudiosa de las Escrituras, descansando en las florescencias celestes, la penetración paciente, acompañada de oración, que toca el corazón de la palabra de Dios, constituye nuestra gran necesidad. El que liba la miel no necesita otra prueba que el que la copa-flor contiene el néctar. El que ha llenado las celdas simétricas de la memoria y el corazón de los tesoros de la verdad divina, y ha encontrado en ello completa satisfacción y delicia, no necesita otra prueba. Exclama:

«Cuán dulces son a mi paladar tus palabras más que la miel a mi boca.» Salmo CXIX: 103.

FIN DEL CAPÍTULO VI

CAPÍTULO VII
La Belleza Moral de la Biblia
“A toda perfección he visto fin; ancho sobremanera es tu mandamiento.” Salmo CXIX: 96.

Todo lo humano es limitado en su aparente perfección. Seguid sus huellas todo cuanto podáis o examinadlo hasta la saciedad, y encontraréis defectos, si no deformidades. Todo lo que nace del hombre o es producto de él, es defectuoso, participa del error. Corregimos nuestros relojes con el cronómetro, y el cronómetro ha de regularse por el sol; pues, «bajo las estrellas nada marcha bien». Pero la ley de Dios no revela efecto alguno, no tiene límite en su perfección.

Había en el Foro Romano, una columna dorada, erigida por Augusto y conocida por «Milliarium Aureum» o «piedra miliaria de oro». Allí convergían todos los principales caminos romanos y allí terminaban; y de allí partían hasta los más remotos límites de la civilización, siguiendo todas las direcciones, hasta donde las águilas de plata habían llevado en triunfo los estandartes del imperio.

La Biblia es la áurea piedra miliaria de los tiempos. Ha sido durante miles de años el gran centro de las ideas más nobles, del amor más puro y de la vida más santa del mundo. En ella convergen todos los caminos; de este centro luminoso irradian las grandes vías del humano progreso; de este gran libro procede la inspiración de la mejor literatura, la más desinteresada filantropía, la moralidad más intachable que el mundo ha conocido. ¿De dónde vino la Biblia? ¿Es este el punto accidental de toda esta convergencia o es el foco determinado de toda esta luz, este amor y esta vida? ¿Fue esta columna de oro erigida por uno infinitamente más augusto que el más célebre de los Césares, para ser centro y manantial de todos los progresos humanos? ¿Puso Dios la Biblia precisamente en el Foro de las naciones, para que, por todas las sendas, pudieran los hombres, en la honrada investigación de la verdad, encontrar en ella su meta; y para que desde ella como punto de partida, todo verdadero amante de Dios y del hombre pudiera seguir caminando en su noble carrera de servicios a Uno u otro? Esta es la prueba decisiva. Ni la excelencia literaria, ni la rigurosidad científica, ni la perfección como libro, bastarían a expiar un solo error vital en enseñanza ética o precepto moral, en un volumen que se atribuye la alta dignidad de ser guía del alma humana en materias de fe y vida, doctrina y deber.

Supongamos que nunca se hubiera hecho revelación alguna al hombre de la voluntad de Dios por semejante medio, pero que de algún modo se nos obligaba a buscar una comunicación escrita de Dios. ¿Qué clase de libro esperaríamos? Nosotros creeríamos estar en lo cierto al anticipar que habría en esa obra las siguientes características.

1.º Sería inteligible, una revelación clara, capaz de ser comprendida por la generalidad de los hombres. 2.º Sería uniforme, esto es, su testimonio sería esencialmente uno, acorde, armonioso. 3.º Sería trascendental, sobrepujando todas las enseñanzas humanas en el tono de sus preceptos, y llevando impresa la marca de un espíritu y un corazón divinos en toda su estructura. 4.º Sería práctico, tratando las necesidades reales del hombre en los puntos más vitales. No podemos, ni aun imaginar el medio humano de la comunicación divina afectando seriamente al resultado. Después de hacer una concesión liberal a la imperfección humana y a la imperfección del lenguaje humano, insistimos, en nombre de Dios, en que todo lo que tienda a representar su voluntad corresponderá en todos estos particulares a los supremos atributos. Si el Espíritu Santo arroja la luz del cielo en los oscuros recintos de este mundo, no habrá imperfección en los cristales por los cuales pase, que pueda esencialmente disminuir su gloria. Puede sufrir alguna absorción o refracción o tomar algún color o tinta a su paso, pero aun así será reconocida como luz de arriba.

I. La unidad o uniformidad de la Biblia es un gran argumento en su favor. Es una colección de libros escritos en diferentes épocas y por diferentes personas, a intervalos de unos dieciséis siglos. En el estilo y carácter de estos libros hay variedad y diversidad sorprendentes; unos son históricos, otros poéticos; unos contienen leyes, otros poesías líricas; unos son proféticos, otros simbólicos. En el Nuevo Testamento tenemos cuatro Evangelios, una narración histórica y veintiuna epístolas, seguida de poema simbólico en estilo oriental más fantástico. Y sin embargo, esto no es un orden artificial de fragmentos. Encontramos «el Antiguo Testamento patente en el Nuevo; el Nuevo latente en el Antiguo».

Los distintos libros de la Biblia están perfectamente de acuerdo; hay variedad en la unidad y unidad en la variedad; "e pluribus unum". Hay algunas veces divergencia, aparente al principio, pero la investigación concienzuda demuestra una armonía real. Ocurre con la palabra de Dios como con el estereoscopio; las dos láminas a veces no se juntan, pero acaba por verse una sola cosa según continuamos mirando y la vista se posa en algún punto particular. Cuanto más la estudiamos más evidentes se hacen su unidad y armonía. Tampoco están la ley y el evangelio en contraposición; sino como los querubines, mirando en diferentes direcciones, pero uno hacia el otro; y los cuatro evangelios como los seres angélicos en la visión de Ezequiel, mirando en cuatro direcciones distintas, se mueven en una sola. Toda la crítica de más de tres mil años ha fracasado en la idea de señalar una contradicción importante o irreconciliable en el testimonio y las enseñanzas de los que se encuentran más separados; no hay colisión, sin embargo, tampoco pudo haber colusión.

En ese libro no habría probablemente unidad, pues, todas las condiciones humanas eran desfavorables. Ningún otro libro se compuso nunca o fue compilado en circunstancias tan desventajosas a un testimonio y una enseñanza morales y armoniosos. Aquí hay unos sesenta o más documentos separados, escritos por unas cuarenta personas distintas, esparcidas en grandes intervalos de espacio y tiempo, extrañas unas a otras; estos documentos están escritos en tres lenguas diferentes, en distintas tierras, con notables diferencias de estilo literario y por hombres de todos los grados de cultura y de capacidad mental, desde Moisés hasta Malaquías, habiendo entre ellos gran desemejanza en el asunto y en la exposición, y, sin embargo, en ningún sentido hay falta de acuerdo en sus enseñanzas doctrinales y éticas; desde el principio hasta el fin encontramos en ellos una positiva unidad de doctrina que nos asombra. Aún cuando a primera vista parece que hay conflicto, como entre Pablo y Santiago, vemos, examinando más detenidamente, que en vez de estar frente a frente luchando uno con otro, están de espaldas batiendo a los enemigos comunes. Y lo que aún es más maravilloso, esta unidad moral no se podría apreciar del todo hasta que el libro estuvo completo. El proceso de preparación, como andamiada alrededor de un edificio, obscurecía su belleza, (los mismos trabajadores no podían apreciar desde ella su armonía) pero cuando Juan añadió la última piedra y declaró que nada más podía agregarse, la andamiada cayó, surgiendo una gran catedral.

Para apreciar este argumento poderoso en favor del origen divino de la Biblia, hagamos esta prueba en un caso supuesto. Imaginemos otro libro, compilado por tantos autores pertenecientes a tantos siglos: Herodoto contribuye con un fragmento histórico sobre el origen de todas las cosas, en el siglo quinto antes de Cristo; un siglo después, añade Aristóteles un libro de filosofía moral; pasan dos centurias y Cicerón añade un trabajo sobre la ley y el gobierno; unos cien años más y Virgilio proporciona un gran poema sobre la moral; en el siglo siguiente Plutarco contribuye con unos apuntes biográficos; doscientos años después Orígenes añade unos ensayos sobre credos y conducta religiosos; siglo y medio más tarde Agustín escribe un tratado sobre teología y Crisóstomo un libro de sermones; transcurren siete siglos y Abelardo completa la compilación con una magnífica serie de ensayos sobre retórica y filosofía escolástica. Y entre estos extremos, que, como la Biblia, abarcan quince siglos, imaginemos desde Herodoto hasta Abelardo treinta o cuarenta contribuyentes más, cuyas obras entran en la suma total, hombres de diferentes naciones, períodos, hábitos, lenguas y educación; bajo las mejores condiciones ¿cuánta unidad moral podría esperarse, aún habiendo leído cada contribuyente sucesivo todo lo que precedía a su propio fragmento?

¿Habéis oído la gran orquesta de Thomas? Ved como, según sube y baja la batuta en mano del director se produce una gran armonía con el violín y el violón, la corneta y la flauta, el trombón y la trompeta, el octavín y el clarinete, el cornetín y la bocina francesa, los címbalos y los tambores. No dudáis aunque el director estuviese oculto, que una inteligencia maestra manda a los que tocan los instrumentos. Pero Dios hace que su oratorio dure más de mil años, y cuando un músico se calla otro continúa su acorde, y sin embargo, todo es una gran sinfonía; la clave nunca se pierde ni cambia, excepto en aquellas exquisitas modulaciones que dan idea del compositor; y cuando el último acorde se extingue veis que todas estas melodías y estos movimientos gloriosos han sido variaciones de un gran motivo. ¿Compuso cada músico según iba tocando o hubo un gran compositor detrás de los muchos ejecutantes, una inteligencia suprema y directora en este concierto de los tiempos? Si Dios fue el compositor que planeó el conjunto y dispuso las partes, nombró los músicos para que se sucedieran unos a otros y para que un acorde se modulara o fundiera en otro, entonces comprenderemos cómo el gran oratorio de la creación de Moisés pasa al concierto de Isaías sobre el Mesías, confundiéndose luego en las tristes lamentaciones de Jeremías, se agranda en el solemne coro de Ezequiel, cambia en la lírica pasmosa de Daniel y después del cuarteto de los Evangelistas, termina con el coro a gran orquesta de los Santos y los Ángeles del Apóstol Juan.

¿Cómo puede explicarse? No puede darse contestación alguna, a menos que se admita el elemento sobrenatural. Si Dios realmente dirigió la producción de este libro, de modo que todo lo que contribuyó a él fue guiado por su mano, su unidad es la unidad de un plan divino, y su armonía la armonía de una inteligencia y de una voluntad divinas.

Dicen del templo construido primeramente sobre el Monte Moriah que fue hecho de piedra labrada antes de llevarla allí; de modo que no se oyó ruido de martillo, ni hacha, ni herramienta de hierro de ninguna clase en la casa mientras estuvo en construcción. La piedra fue cortada, cuadrada, pulida y dispuesta para el lugar que había de ocupar en la misma cantera antes de ser llevada a la plataforma del templo; las vigas y tablas fueron trabajadas en la forma y la estructura apetecidas en los talleres, y cuando el material para el templo estuvo reunido en el lugar destinado, no hubo necesidad más que de ir colocando las piezas. ¿Qué fue lo que aseguró la simetría en el templo una vez construido y la armonía entre los obreros de las canteras y los talleres y los de la colina? Ha debido haber una inteligencia que presidiera la obra y trazara el plan del conjunto. Hubo un cerebro que construyó el conjunto de aquella fábrica en su pensamiento antes de construirlo materialmente. Los obreros construyeron más sabiamente de lo que pensaban; iban poniendo juntas las ideas del arquitecto hechas piedra y no sus propias ideas.

Solo en cierto modo podemos nosotros explicar la unidad singular de la Palabra de Dios. La Biblia es una fábrica planeada y desarrollada en el cerebro de un arquitecto divino que a través del tiempo dirigió a sus obreros y su obra. Moisés echó sus cimientos sin saber quien construiría después que él o qué forma adoptaría la construcción. Vinieron unos obreros después de otros; podían apreciar que había armonía con lo precedente, pero no podían prever que lo que viniera después no sería más que la sublime realización del gran plan. Y sin embargo ¿cuál es el problema? Nadie discute la unidad singular de la estructura; y a pesar de esto, durante todos aquellos dieciséis siglos, al través de los cuales el edificio iba completándose, no hubo ruido de hacha o martillo, ni trabajo para desbastar la piedra o la madera por los cuales se ajustaran unas partes a otras. Cada una de ellas está en armonía con las demás, porque toda la Biblia fue construida en la mente de Dios antes de que un solo libro apareciera en el orden de la construcción.

No podéis contemplar la catedral de Milán (la primera piedra de la cual se colocó en 15 de Marzo de 1386, permaneciendo incompleta después de estos cinco siglos) sin comprender instintivamente que debe haber sido producto de una inteligencia, aun cuando muchos obreros puedan haber contribuido a elevar sus pináculos y sus paredes de mármol. La unidad de su dibujo no puede ser resultado de la casualidad. No, los obreros no eran el arquitecto, cada piedra fue formada y pulimentada para ocupar su lugar propio en el plan. Eso ocurrió con la Biblia, catedral de los tiempos. Cualesquiera fuesen los obreros, el Arquitecto fue Dios.

Esta unidad aparece más maravillosa cuando observamos el desarrollo progresivo de la revelación. Uno de los eruditos más notables de la Gran Bretaña, en uno de los libros más grandes del siglo ha dedicado las facultades de su inteligencia soberana a trazar el "Progreso de la Doctrina en el Nuevo Testamento." Demuestra que, aunque no pudiera haber habido semejante intento o acuerdo en los cerebros de los escritores y aunque los libros del Nuevo Testamento no están ni aún colocados en el orden de su producción, ese orden no podría en ningún caso cambiarse sin perjudicar o destruir la simetría del libro, y que hay un progreso metódico en el desarrollo de la doctrina desde el Evangelio, según San Mateo, hasta el Apocalipsis.

Un examen más amplio demostrará precisamente el mismo progreso de la doctrina desde la primera piedra de los cimientos hasta la de la parte más elevada; primero desde la base, luego piso tras piso, columnas sobre pedestales y capiteles sobre columnas, y arcos sobre capiteles hasta que como una cúpula reflejando los esplendores del medio día, el Apocalipsis con la gloria de visiones celestiales abarca y corona y completa el todo.

La unidad de la Biblia es orgánica. Ahora bien, la unidad de un edificio no es orgánica, es unidad de plan, de construcción, de material, pero se puede derribar la aguja de una iglesia y levantar otra; reemplazar las ventanas por otras conmemorativas, haciendo que el cristal de cada una de ellas recuerde a algún amigo muerto; cambiar todo el maderamen interior; y sin embargo, esto no afecta nada a la unidad y totalidad del edificio. Pero si un cuerpo humano pierde un ojo, un dedo o una falange, está mutilado; su totalidad ha desaparecido, su unidad ha sido violada y nada puede nunca suplir la falta de la parte perdida por insignificante que sea.

La Biblia es una unidad en esto; que ni uno de todos sus libros podría perderse sin mutilar el cuerpo de verdad en ella contenido. Cada libro tiene un lugar asignado que solo él llena. No podréis de una sola mirada descubrir su utilidad, o ver por qué es necesario al plan de la obra, pero eso es culpa de vuestra ignorancia; cada libro ocupa un lugar en el plan grandioso; el sello de Dios se ve en esta unidad orgánica.

Tomemos un ejemplo. El libro de Ester se ha considerado por algunos innecesario a la totalidad del canon o catálogo de los libros sagrados. «Pues, (dicen), ni aun contiene el nombre de Dios.» Pero ese libro estudiado detenidamente demuestra una exhibición singularmente completa de la Providencia de Dios. Revela una mano oculta detrás de los asuntos humanos, ciertas definitivas recompensas al mal y al bien; exhibe esta regla providencial en la inseguridad y falta de satisfacción de la prosperidad de los malvados; y en la prosperidad que últimamente alcanza a los buenos aún a pesar de sus adversidades, demuestra cómo la retribución es a veces poéticamente exacta en las mismas formas del castigo, y para que no confundamos la Providencia de Dios con un fatalismo escueto que suprime la libertad y la responsabilidad humanas, nos demuestra cómo la resolución y la acción en la súplica de los siervos de Dios y el libre albedrío de sus enemigos están en armonía con su soberanía que todo lo rige; y cómo todas las cosas obran de acuerdo para producir todos los grandes resultados. Nosotros vemos el ministerio de las más minuciosas materias adelantando planes providenciales. El libro que así pone de manifiesto la Providencia de Dios, (su soberanía universal, la armonía universal, la recompensa y el castigo divinos y la responsabilidad humana) no contiene una vez el nombre de Dios; pues se entiende que nos habla de la «Mano Oculta» que detrás de las escenas, invisible, lo mueve y lo dirige todo.

Cuvier ha dado a conocer en grandes afirmaciones científicas la unidad de los seres organizados. Encuentra el que, en todos los casos, forman un todo, un sistema completo, todas las partes del cual se corresponden mutuamente. Ninguna de estas partes puede cambiar sin que cambien todas las demás; y por consiguiente, cada una por separado indica y revela las demás. Por ejemplo, el diente agudo del león requiere una mandíbula fuerte, ésta necesita un cráneo apropiado para la adhesión de músculos poderosos que sirven para mover la mandíbula y levantar la cabeza; omóplatos anchos, bien desarrollados deben acompañar a esa cabeza; y debe haber un sistema de huesos de las patas que admita que las garras puedan girar y volverse hacia arriba de modo que puedan usarse como instrumentos para apoderarse de la presa y destrozarla; y por supuesto, debe haber uñas poderosas armando las garras. De aquí que podría reconstituirse todo el animal con solo un diente, aunque la especie hubiera perecido.

Así la unidad de la Biblia es la unidad de un organismo, en el cual cada parte requiere las demás. El Decálogo exige el Sermón de la Montaña. La profecía de Isaías hace necesaria la narración de los Evangelistas. Daniel conviene al Apocalipsis, como el hueso de una articulación o como los extraños huesos de la columna vertebral que forman naturalmente el eje del cuello. No es posible entender el Levítico sin la Epístola a los Hebreos. Los Salmos expresan la moralidad y la espiritualidad más alta del Antiguo Testamento y anticipan la belleza más clara del Nuevo; unen el código mosaico con la moral divina de los Evangelios y de las Epístolas. La Pascua simbolizó la Cena del Señor y la Cena del Señor interpreta y realiza la Pascua. Hasta el pequeño libro de Jonás, hace más completo el sublime Evangelio según San Juan y Rut y Ester indican proféticamente los Hechos de los Apóstoles. Ahora bien, examinad más atentamente y después de seguir el curso de la historia, de los evangelios y de las epístolas, cuando llegáis al último capítulo del Apocalipsis, os encontráis misteriosamente como ante el primer capítulo del Génesis; y he aquí que según echáis una mirada sobre todas las huellas de vuestro pensamiento, veis que habéis estado siguiendo el perímetro de un anillo de oro; las extremidades efectivamente se curvan, se tocan y se unen de tal modo que no se percibe ningún punto de contacto. Leéis al principio del Génesis sobre la primera creación, al final del Apocalipsis sobre la nueva creación (los nuevos cielos y la nueva tierra); allí de los ríos que regaron el jardín, aquí del río puro del agua de vida, claro como el cristal; allí, del Árbol de Vida del primer Edén; aquí, del Árbol de Vida que está en medio del Paraíso de Dios; allí, del Dios que bajó para hablar y andar con el hombre; aquí, que el Tabernáculo de Dios está con los hombres. Allí leemos sobre la maldición que vino por el pecado, de la serpiente cuya huella se ve en todas las alegrías humanas; aquí leemos «y no habrá más maldición,» «nada entrará que haga abominación y mentira».

II. Si la Biblia es la Palabra de Dios tiene que ser clara e inteligible; de otro modo no sería revelación. Debe ser clara a la generalidad de los hombres, aún más, la revelación debe descender de Dios hasta el nivel humano más bajo. La Biblia pretende ser el mensaje de Dios al hombre como hombre. Contiene un plan de redención que alcanza hasta donde llega la condenación. El rescate debe ser tan completo como la perdición, la salvación debe alcanzar al pecado en todos los momentos. No es restauración lo que no repara por completo la ruina. Y así como todos los hombres están en pecado y necesitan salvación, el Evangelio debe ser tan sencillo y claro que todo el que es capaz de pecar sea capaz de entender y apropiarse la salvación. Ahora bien, vemos que dondequiera que hay un ser humano que ha pasado del primer estado de la infancia y no es imbécil o idiota; dondequiera que hay una serie completa de facultades, aunque no estén desarrolladas, allí puede haber pecado voluntario y por consiguiente responsabilidad. Pero si hubiera un ser humano que pudiera pecar y sin embargo no pudiera recibir el Evangelio salvador, por incapacidad absoluta de entenderlo, habría fundamento para dudar que el Evangelio fuera de Dios.

El mundo ha tenido muchos sabios y buenos maestros de moral, y algunos de ellos han sido centros de gran influencia. Pero cada uno ha hablado a una clase de hombres. Las grandes masas han sido excluidas de su círculo escogido por el mismo carácter de sus enseñanzas. La palabra misterio es de origen griego y significa "secreto revelado" que solo los iniciados podían entender; y eran misterios para la masa común, y continuaban siéndolo porque exigían una medida de inteligencia y capacidad que los más no poseían. Por necesidad el filósofo se dirigía a los menos. Aristóteles dio origen a la palabra metafísica. Primero escribió sobre la "física" luego "meta-ta-phy-sica", "después de la física", y ¿qué hay que exprese mejor aquellas sutilezas que se encuentran más allá del sentir común? Suponed que el "Organon" de Aristóteles contuviera el secreto de salvación, ¿cuántos pecadores podrían encontrar en él el secreto? Pitágoras fue un gran maestro; pero no intentó tener dominio sobre las masas. Recibía bien a los que deseaban ser iniciados en sus misterios, y los tenía a prueba hasta que descubría los que podían y merecían ser discípulos; siendo éstos los únicos a quienes se movía a revelar las cosas ocultas de su filosofía. De aquí vino la distinción entre las escuelas exotéricas y esotéricas. Estos hechos indican la tendencia de toda la enseñanza meramente humana con respecto a las verdades morales y espirituales. Si hubiera sido completa en todos los demás órdenes, aquí había una falta fatal de principio; no llegaba ni conmovía a todos los hombres, no podía impresionarles ni formarles; no era apropiada para el hombre como hombre.

Abrimos el Libro Santo y una de las primeras cosas que fijan nuestra atención es la sencillez divina que encontramos mezclada con su asombrosa sublimidad. El camino de la santidad es una carretera llana y recta, no un sendero estrecho, obscuro, torcido; "los simples aunque insensatos no errarán en ella". La visión está escrita con claridad en las tabletas de modo que caminando de prisa se puede leer. Un niño en cuanto a edad y entendimiento puede entender todo lo que es necesario para la salvación. Una de las primeras cosas que apreciamos en la niñez es la "confianza" y la confianza es el alma de la fe. Cualquier niño que pueda entender lo que significa, en una noche oscura y tempestuosa, después de perder el camino, el entregar a un brazo más fuerte una carga que no puede llevar más tiempo y dar la mano a otra mano que puede conducirle a un hogar que él no puede encontrar ya, entenderá lo que significa que Cristo le lleve sus pecados y le guíe al cielo. Bien podría el Salvador de los pecadores colocar a un niño entre hombres y mandar a éstos que fueran como niños, pues los entendidos y los doctos en este mundo de pecado se burlan del Evangelio y huyen de él por su simplicidad. Y sin embargo ¿no es señal de que la verdadera salvación está aquí el que no necesitemos subir al cielo para traer abajo a un Salvador, ni descender al abismo para volver a traer al Salvador de los muertos? Dios nos pide no estas imposibilidades prácticas sino solo que creamos con el corazón y confesemos nuestra fe con la boca. Pero preguntáis, ¿no hay misterios en la Biblia, no hay "cosas difíciles de entender", elevados como el cielo, profundos como el abismo? Ciertamente que si; y si no las hubiera, ¿no argüiría esto contra la Biblia? La facultad de comprender por completo la obra de otra mano o de otro cerebro, ¿no implica cierta igualdad? El mismo hecho de que en el producto del genio de otro hombre haya algo que Vd. y yo no podamos entender, es prueba de que hay en él un orden superior de facultades. No necesito más que oír el fonógrafo de Edison repitiendo mis sentencias para convencerme de que el hombre que inventó esa máquina no es una inteligencia común; y una ojeada a las estatuas de Miguel Angel basta para demostrarme que este hombre fue un príncipe entre los artistas.

Así el mismo misterio de las obras de Dios demuestra que no procedían de la mano del hombre. ¡Que explique cualquiera cómo crece una hoja de hierba tomando de la tierra, el aire, la luz y el rocío, precisamente lo que necesita para su propia estructura y apropiándose estos elementos! La Palabra de Dios debe revelar el Dios que la inspiró. Debe de haber pensamientos superiores a los nuestros y obras superiores a las nuestras, o puede ser después de todo solo el trabajo de un hombre.

¿Cómo puede la Palabra de Dios ser al mismo tiempo inteligible e ininteligible, asequible a nuestras facultades y superior a ellas, a la vez clara y oscura?

No necesitamos detenernos a trazar líneas sutiles de distinción, como las de Coleridge entre «aprehensión» y «comprensión.» Una cosa puede ser al mismo tiempo sublime y sencilla. La columna de nube y de fuego fue un misterio. ¿Quién puede decir ni aún hoy, cómo una nube puede moverse con inteligencia suprema, ora yendo delante para guiar, ora deteniéndose para indicar una parada, y caminando otra vez detrás para ocultar las huestes de Dios del enemigo que les perseguía? ¿Cómo puede una nube anunciar la sombra de la noche brillando con una gloria que no puede extinguir la media noche? Y sin embargo la nube condujo a Israel, y nada pudo ser más sencillo que ir a donde ella fue y detenerse donde ella se detuvo.

Lo que era misterioso en cuanto a la nube no impedía su oficio como guía. Las "cosas secretas" pertenecen a Jehová nuestro Dios; mas las "reveladas" son para vosotros y para nuestros hijos, para que cumplamos todas las palabras de esta ley. Hay misterios pero son especulativos; hay cosas reveladas y son reguladoras; esto es, mientras Dios no contesta nuestras preguntas "¿cómo?" y "¿por qué?" contesta a nuestro "¿qué?" Nosotros no preguntamos nunca: «Señor ¿qué quieres que yo haga?,» sin tener una contestación sencilla y pronta, no envuelta en la nube del misterio o en las sombras de la oscuridad.

¿Misterio? Sí; y sería más grande el misterio si no lo hubiera en una revelación de Dios. Eduardo Irving compara al hombre, que con su conocimiento limitado espera comprender todas las cosas profundas de Dios, con el topo ciego recorriendo sus diminutas galerías subterráneas, tratando de interpretar las marchas y contramarchas de ejércitos poderosos que caminasen por encima. Hay cosas profundas en lo referente a Dios, pero ninguna de ellas se relaciona con el deber. Desconocemos el misterio del movimiento; cómo la voluntad se relaciona con los nervios, los nervios con los músculos, los músculos con los huesos; y sin embargo podemos levantar nuestros brazos y mover nuestras piernas a voluntad. Y así, cualquier que sea el misterio que haya en la Palabra, no obscurece el deber, ni nos impide caminar por la senda de la obediencia. Este Libro Bendito reconoce que hay nubes y tinieblas alrededor de El; pero nunca admite que haya nubes y tinieblas en el camino que conduce a El.

Contemplad el Monte Blanc; la distancia lo esfuma y las nubes envuelven su cima como en blanco sudario. Pero las nubes corresponden a los picos elevados, es su estancia natural y dan a la montaña un aspecto grande y sublime. Tienen propiedades para absorber multitud de colores de los rayos solares y envolver los picos temibles en los colores del arco iris; dejan la nieve y el hielo allá arriba junto al cielo, los cuales al fundirse destilan agua pura y fría para los manantiales que están allá abajo. Pero aunque las nubes revisten estas cumbres de miles de pies de altas, no hay nubes en los senderos al pie de la montaña; aquí la senda es plana y clara. Y todo esto demuestra que no es propio vivir en aquel nivel más alto. Estos grandes picos, como las estrellas que parecen tocar, son para contemplados y admirados, para despertar el asombro en el alma, pero no para habitar sus alturas sin sufrir extravío. Aquellas alturas de donde más de un alpinista cae para su daño, son resbaladizas. El aire es demasiado raro allá arriba, se respira con dificultad y el frío es muy intenso. Pero aquí abajo se pasea sin peligro, sin temor de tropezar. A este nivel todo sirve para alimentar y nutrir la vida.

¿No ocurre esto con la Biblia? Se asemeja a algunos picos elevados cuya forma temible, descansando en la tierra, llega hasta las estrellas. Sus alturas son infinitas, lejanas, esfumadas, envueltas en nubes, pero gloriosas en su oscuridad y misterio. Estas alturas no están hechas para ser holladas por la planta del hombre. Solo los ángeles pueden respirar aquella atmósfera etérea o arriesgarse a explorar los arcanos elevados y profundos de Dios. Para nosotros aquellas alturas sublimes solo son para contempladas, admiradas, adoradas. Ese es el punto donde la Biblia llega a Dios y al cielo, quedándonos a nosotros solo el contemplar y extasiarnos en la gloria. Pero donde la Biblia toca la tierra llega a nuestro nivel; aquí no hay nubes ni oscuridades; todo es luz y sencillo y claro porque aquí se encuentra la senda del deber.

Verdad es que podemos, según nos familiarizamos más con la verdad divina, trepar más alto, abarcar perspectivas más extensas, vistas más verdaderas de la relación entre esta vida y la venidera; pero aún entonces, solo nos rendiremos ante las profundidades de las riquezas, de la sabiduría y la ciencia de Dios y exclamaremos, "¡Cuán incomprensibles son sus juicios e inescrutables sus caminos!, Cuando lleguemos a la mayor altura que puedan hollar los mortales, solamente es cuando diremos con San Pablo que hay una altura y una profundidad, una anchura y una largura que sobrepujan todo conocimiento.

Bienaventurado es el que se contenta con comprender el camino del deber, y el que, en estos misterios divinos que tienen relación con los arcanos más elevados y más profundos de Dios, solo ve una prueba adicional de que la Biblia es de Dios. Porque es de Dios, es por lo que se levanta tan alto sobre el nivel terreno que su radiante cima está envuelta en las nubes y es demasiado gloriosa para nuestra contemplación.

FIN DEL CAPÍTULO VII

CAPÍTULO VIII
La Sublimidad Moral de la Palabra de Dios
"Lámpara a mis pies es tu Palabra y lumbrera a mi camino." Salmo CXIX:105

Lo que pretende ser la Biblia y sus enseñanzas morales, ¿están de acuerdo? De todos los problemas este es el más concluyente. Aun la profecía y el milagro dejarían de llevar a nuestro espíritu la satisfacción de que la Biblia es de Dios sin correspondencia entre las verdades morales en ella reveladas y aquellas facultades de nuestro ser a las cuales estas verdades se dirigen.

El hombre de ciencia infiere resueltamente que la luz fue destinada para los ojos y los ojos para la luz, porque la luz es agradable para los ojos sanos y dañosa para los enfermos. Fundándonos en principios científicos afirmamos con igual resolución que la Biblia fue destinada como luz para la naturaleza moral del hombre; y en esto consiste la amplia base de nuestra inducción. Los hombres más libres de la corrupción moral (hombres, como Platón, de pensamiento puro y juicio moral claro), cuando se les pone en contacto con las enseñanzas morales de este libro se deleitan en ellas grandemente; y solo en cuanto los hombres se corrompen moralmente, y los ojos del alma enferman por el vicio y el crimen, es cuando se apartan de la Palabra pura de Dios.

Es generalmente indicio de perversidad moral que los hombres sean enemigos de la Biblia; y en general el grado de degradación moral se demuestra por la violencia de su oposición. Hay un hombre que se ha distinguido algunos años como enemigo y detractor de la fe cristiana, sin embargo, se decía que su vida carecía en absoluto de faltas en cuanto a moralidad y que su carácter estaba desprovisto de defectos. Esto parecía extraño, pues su oposición a la religión de la Biblia es peculiarmente extremada y maliciosa. Pero una investigación posterior descubrió el hecho de que su conversación cuando no tenía el freno de los convencionalismos sociales era impura y contaminosa. Yo oí a un caballero de honradez acrisolada decir que, encontrándose con ese hombre en un hotel a causa de una gran nevada, acorralados por los montones de nieve, tan repulsivo era el desenfreno de su lenguaje que prefirió el frío y la nieve de fuera a exponer sus oídos indefensos a tales corrupciones. Es la vieja historia de odiar la luz, no viniendo a ella, para que no sean redargüidas sus obras.

Demos a esta prueba moral toda su importancia. Algunos querrían que recibiéramos la verdad fundándonos sencillamente en su autoridad, convenga o no a nuestras innatas ideas de derecho, equidad y humanidad. Hay algunos que nos dicen que no debemos tener la presunción de juzgar de la verdad y el error, que la voluntad de Dios hace la verdad y el error, y que lo que sería vicio hecho solo por elección nuestra se convierte en virtud si responde a Su palabra. ¿No hay, pues, leyes eternas de la verdad y el error que descansan, detrás de la voluntad de Dios, en la misma naturaleza de las cosas? ¿Estaba equivocado Kant, el filósofo, cuando dijo que «las dos cosas que le llenaban de estupor son las profundidades del espacio sembradas de estrellas y las profundidades mayores que existen entre la verdad y el error?» ¿Por qué Dios nos dio facultades capaces de juzgar el error y la verdad si El pretendió que nosotros no intentáramos juzgar?

Es una de las cosas asombrosas, que así como Dios hizo al hombre capaz de colocarse ante el telescopio y en las balanzas invisibles de la ciencia pesar las estrellas, así ha hecho El la naturaleza moral del hombre capaz de pesarle hasta a El en sus balanzas. Como el hijo reconoce a su padre por cierta semejanza, una mirada, expresión, actitud, gesto, tono de voz, apretón de manos; más aún, hasta en la oscuridad por algo que no se puede describir, así debemos nosotros reconocer a Dios porque El corresponde a nuestro sentimiento íntimo de lo que Dios debe ser, porque él llena con divina exactitud el extraño vacío de nuestro ser espiritual como ninguna otra cosa puede hacerlo.

Nosotros no podemos concebir ninguna exhibición de milagros que obligara a la humanidad a una creencia contraria a las enseñanzas de la razón o los mandatos de la conciencia. El Obispo Clark afirmaba que "si estuviera escrito con letras de fuego en el cielo a media noche: Dios es injusto, Dios es cruel, hay algo dentro de nosotros que lo atribuiría a una ilusión de los sentidos o a obra de algún poder maligno, hostil a Dios. El no puede ser injusto."

Si la Biblia es la Palabra de Dios, podemos estar seguros que no contiene nada esencialmente opuesto a nuestro sentido moral, pues este sentido moral se nos ha dado para percibir la verdad y reconocer la luz. Este es el argumento de correlación o adaptación mutua; argumento digno de llenar volúmenes.

La naturaleza está llena de necesidades con sus correspondientes satisfacciones; de deseos que se realizan o anhelos que se cumplen. Las alas de los pájaros nos hablan del aire en que pueden volar; las aletas de los peces, del agua que pueden surcar; la cabeza de los huesos, de la cavidad a que se ajusta; la vista es una profecía de la luz, y el oído lo es del sonido. Tan universal es esta correlación que donde quiera que nosotros encontramos un anhelo, una adaptación o una falta, buscamos con certidumbre inequívoca algo que realice el anhelo, sea capaz de adaptación, supla la falta. Emerson terminaba un largo argumento con un literato escéptico con estas enérgicas palabras: «Señor, yo sostengo que Dios que observa su palabra con los pájaros y los peces en todo su instinto migratorio, también la observará con el hombre». Y Bryant, en sus «Versos a un Ave Acuática», con gran belleza, señala la lección enseñada por esta correspondencia y correlación maravillosas, en estos versos:

El que, de zona a zona,
Guía tu seguro vuelo, por cielos espaciosos,
En el camino largo, que mi alma anda sola,
Dirigirá mis pasos.

Si el hombre anhela y necesita un Ser infinito, en cuya fuerza, sabiduría, potencia y caridad, puedan encontrar completo refugio y descanso la ignorancia, la debilidad y el afecto humano, sería la única excepción a los hechos universales el que no existiera el objeto que satisficiera esta necesidad consciente. La Biblia declara y exhibe precisamente ese objeto, exactamente adaptado a llenar y satisfacer toda esta necesidad.

Es un deber solemne nuestro aplicar a la Palabra de Dios estas pruebas morales y espirituales para inquirir, primero, si verdaderamente es la Palabra de Dios por correlación esencial con nuestros propios instintos morales y necesidades; y segundo, para apreciar más completamente su valor real y belleza. Chamfort, el ingenio parisien, dice: "Yo oí un día a un beato que hablaba contra gente que discute artículos de fe, decir ingenuamente, Señores, un verdadero cristiano no examina nunca lo que se le manda que crea. Ocurre con eso lo que con una píldora amarga, si la masticáis no podréis tragarla nunca,. En esta ingenuidad va envuelta una burla; la palabra satírica es una espada aguda con la cual se tira a fondo a toda genuina fe religiosa. Pero no es así; la Biblia no pide esa fe absurda, ciega, esa aceptación mecánica, no razonada, no pensada.

En los montones descubiertos de Nínive se ven solamente fragmentos de aquella gloria pasada, tabletas de piedra rotas, columnas destrozadas, grandeza y magnificencia y esplendor caídos en ruina. ¿Cómo reconocéis a Nínive? Por la historia y el arte habéis formado una idea de Nínive según fue cuando la corona del imperio ceñía su frente, y comparáis la concepción con estos restos, aquélla y éstos se corresponden, y ya no tenéis duda de que la antigua ciudad está descubierta, lo mismo que si la vierais ahora en toda la soberbia de su supremacía. Algo así quiere Dios que demos prueba de su palabra. Entre sus primeras declaraciones figura esta: "Y crió Dios al hombre a su imagen,. Es evidente que la imagen está desmoronada y el hombre es una ruina. Sin embargo, si comparamos la idea bíblica de la verdadera humanidad con los fragmentos en ruinas del hombre original, encontraremos una relación. Y cuanto más atentamente comparamos la Palabra de Dios con la naturaleza y las necesidades humanas, más evidentemente aparecerá la semejanza entre las expresiones de aquella palabra y los pensamientos más sublimes del alma humana. Esto ha sido observado y declarado aun por conocidos incrédulos, y ello es un hecho que ninguna filosofía ha explicado todavía y que sobre la base de la filosofía escéptica desafía una explicación satisfactoria.

Afortunadamente los enemigos del cristianismo nos proporcionan un punto de partida en sus propias concesiones y confesiones. Tan pocas son las excepciones que es justo decir que es un veredicto universal el que ningún libro jamás conocido entre los hombres se compare con este. Las alabanzas de la Biblia, arrancadas de labios de incrédulos y publicadas por sus plumas, podían ser confundidas con las palabras de adoración de los santos y aún de los ángeles. Sin embargo, la Palabra de Dios no solicita la opinión favorable de los hombres. Con divina indiferencia se abre paso en el mismo corazón del hombre. Empieza por decirle que su sabiduría es locura, su justicia, trapos de inmundicia; le asalta desde todos los puntos con las más humillantes censuras y sin embargo desafía su admiración. Reville, el abogado del racionalismo francés, dice: "Un día surgió una cuestión en una asamblea sobre el libro que le convendría llevar consigo a un hombre condenado a reclusión perpetua, y de los romanos católicos, protestantes, filósofos y materialistas, partió una sola contestación en que todos coincidían: La Biblia,.

Como insinúa con exactitud H. L. Hastings, esta Biblia es "un libro que ha sido refutado, demolido, derrumbado y desacreditado más veces que ningún otro libro de que se tenga noticia. En un dos por tres alguien se levanta de repente y echa por tierra este libro; y es como echar por tierra un sólido cubo geométrico de granito. Es precisamente tan grande de una posición como de otra; y cuando se le ha derribado está en pie, y cuando se le vuelve a derribar sigue en pie lo mismo,.

I. Un elemento que entra en la perfección ética de la Biblia es su imparcialidad. Toda humana biografía es más o menos parcial. "La Vida de Johnson, por Boswell ha sido proclamada modelo de biografías; sin embargo, es más que otra cosa un encomio muy fragante y amplificado, un adorador inclinándose ante su ídolo y oscureciendo las facciones de su ídolo con las nubes de incienso en que le envuelve. Boswell rompe a los pies de Johnson la caja alabastrina de nardo líquido y el libro está impregnado de su esencia. La biografía humana pertenece en gran parte a lo heroico y algunas veces se acerca a lo fabuloso, y no es extraño. Cuando los hombres están dispuestos a trazar estos libros, generalmente es por la profunda admiración hacia el carácter que tienen que retratar. Ellos se acercan a su obra como un artista empieza un retrato o un busto con una imagen ideal delante de él, y en lo artístico lo natural se pierde a menudo; hay una semejanza, pero es una semejanza transfigurada, es un insincero retrato del natural. Cromwell dijo a Lely, el hijo, que se disponía a pintar su retrato: "Pínteme tal como soy, si suprime usted una cicatriz, una arruga, una peca o un grano, no le pagaré ni un chelín,. Pero si se retribuyese a los autores de todas las biografías humanas según esta regla no se harían ricos; todos ellos desacreditan la verdad más o menos suprimiendo los vicios y defectos.

Observad la rígida imparcialidad ética en las biografías bíblicas, verdaderamente rígida, pero nunca frígida. Se comprende que no ha habido esfuerzo ni inclinación a representar el sujeto del bosquejo biográfico atendiendo a opiniones preconcebidas o a prejuicios, sino describiendo con exactitud y verdad la realidad y los hechos. Pero no se nos presenta ningún hombre como perfecto, excepto el único Hombre perfecto, Jesucristo. No se expone el aspecto defectuoso del carácter de Caleb o Josué, Nehemías o Daniel, pero tampoco se les manifiesta como sin falta alguna, coronados de diadema casi divina. Y, por otro lado, Noé que fue "perfecto en sus generaciones y caminó con Dios", está puesto de manifiesto durmiendo el sueño de embriaguez, y aunque sus hijos anduvieron hacia atrás y echaron ropa sobre él para cubrir su desnudez, el historiador imparcial no encubre su pecado guardando silencio, mucho menos, disculpándole. Vemos que Moisés llegó al enojo injusto y orgullo impío y no hay ningún encubrimiento a fin de que no menospreciáramos la gloria del rostro de aquel que habló con Dios como un hombre a su amigo. David, el gran rey, el santo salmista, fue hombre según el corazón de Dios. ¡Cómo vacila la pluma del biógrafo no inspirado cuando tiene que describir aquella parte de su historia que relata dos de los más grandes crímenes! Y sin embargo, cuán resueltamente el pincel del Espíritu Santo añade al hermoso retrato aquel rasgo feo y repulsivo que le pertenece, por amor a la verdad.

La Galería de Batallas de Versailles no inmortaliza ninguna derrota. Os paseáis en aquellos vastos salones y comprendéis la inscripción sobre el pórtico: "A toutes les gloires de la France,. Los salones de cuadros son tan extensos que si aquellos fuesen colocados en fila ocuparían unas siete millas. Los asuntos de estos cuadros históricos comprenden desde las Cruzadas hasta la última guerra italiana e incluyen los incidentes de la vida de Napoleón I, por David, las escenas de las más recientes batallas argelinas, por Horacio Vernet, y las de Italia y la Crimea, por Yvon. Pero es notable que no se ha representado ninguna derrota.

Miremos, ahora, la Palabra de Dios; entremos en el Museo histórico de Dios. Aquí están comprendidas las edades desde Adán hasta Abraham, desde Moisés hasta Malaquías, desde Juan el Bautista hasta Juan el Apóstol. Pedro fue a la Iglesia del Nuevo Testamento lo que fue Abraham o Moisés en el tiempo antiguo, y sin embargo aquél, cuya noble confesión fue la roca sobre la cual nuestro Señor edificó su iglesia, fue denunciado como un Satanás, un escándalo a Cristo, porque no entendía lo que es de Dios, sino lo que es de los hombres. Si la Biblia hubiese usado de clemencia con alguno, seguramente hubiera sido con el discípulo a quien Jesús amaba, el que recostaba su cabeza en el seno del Señor; y sin embargo, no hay ni aun un velo de gasa dorada para disimular su impaciencia e intolerancia, su envidia, ambición y espíritu vengativo. Estos no son hombres ideales, sino hombres reales, sujetos a pasiones como nosotros, como Pablo, el primero entre los apóstoles, y Elías, el primero entre los profetas. No se halla el idealismo griego aquí.

II. No se ha probado nunca que este Libro enseñe la inmoralidad, ni en un solo particular. La moralidad y la espiritualidad más exaltadas y positivas están enseñadas en él. ¿Dónde se pueden encontrar tales exhibiciones de la deformidad y la enormidad del pecado? ¿Dónde esas leyes elevadas del pensamiento, sentimiento, propósito y esfuerzo?

Algunos intentan robar a la Palabra de Dios su valor moral insinuando sutilmente que no es original. Se nos dice que la ley del Perdón no es cosa nueva, que el proverbio indio, hace mucho tiempo, la hacía obligatoria hasta a los enemigos y hermosamente comparó el espíritu perdonador a la madera olorosa del sándalo que comunica su fragancia aun al hacha que le divide el corazón. Se nos dice que la "Ley de Oro,: "Todas las cosas que quisiérais que los hombres hiciesen con vosotros, así también haced vosotros con ellos,; es tan antigua como los sabios chinos, y que Confucio, 530 años A. de J. S., la escribió en forma negativa: "No hagáis a otros lo que no quisiérais que otros hiciesen a vosotros,. Pero, suponiendo que todo esto sea verdad, y perdiendo de vista el hecho de que la forma negativa de este precepto es más bien una ley de plata que de oro, ¿demuestra algo en contra del cristianismo el que algunos de sus grandes preceptos se han anticipado por Platón o Pitágoras, por sabios indios o chinos? El sistema moral de la Biblia debe ser examinado como un sistema, en conjunto. Se pueden encontrar plantas tropicales en un invernadero, pero para hallarlas en su suelo natal, es necesario ir a los trópicos; allí forman parte del sistema vegetal, no son exóticas, sino indígenas, pertenecen a la flora del país. La cuestión no es si se pueden encontrar algunos de los diez mandamientos en los códigos paganos, o algunos de los preceptos del sermón de la montaña en el libro sagrado de Buda, sino ¿dónde hallamos las leyes más elevadas de la vida y el amor, envueltas en ambiente de compenetración y armonía? He aquí el suelo natal en el cual las plantas celestiales naturalmente crecen, prosperan y florecen. Este sistema divino de moralidad es el que hace que la Biblia se mantenga sola y aparte, sin superior ni rival, Daniel Webster dijo: "Siempre queda lugar para progresar,. Hasta ahora, la Biblia ocupa el punto más avanzado, pero todavía cabrá cualquier sistema de moralidad que sea mejor, y aun si la Biblia es como la cúspide de la pirámide que no deja sitio para otra piedra encima de ella, la opinión universal de la humanidad la arrojaría de su posición si se pudiera encontrar otra superior. "El progreso de la razón humana en el camino de la investigación ética es meramente el de una caballería dando vueltas a la noria, condenada siempre a recorrer la misma senda,, y no tenemos ningún temor de que algún sistema humano jamás pueda mejorar en un solo particular estas sublimes enseñanzas éticas.

Hay una tradición acerca de los descendientes de Seth, la cual dice que moraban en la cumbre de una montaña tan elevada que pudieron oír los himnos de los ejércitos celestiales y unir sus voces con las de ellos. La Biblia es esa montaña; su pico traspasa las nubes llegando hasta las sublimes alturas y atmósferas. Donde la Palabra de Dios termina, el Cielo empieza. Las concepciones de las cosas humanas y divinas que se encuentran aquí sobrepujan en grandeza y magnificencia a todos los ensueños de los siglos y los sabios.

III. ¿Dónde adquirió esas concepciones morales de Dios la mera inteligencia humana? En un capítulo anterior el relato bíblico de la creación fue comparado con las absurdidades de las mejores cosmogonías paganas. Considerad el concepto griego de Dios cuando la cultura antigua estaba en su apogeo, y comparadlo con la idea de la naturaleza divina aquí revelada. Júpiter, padre de los dioses y los hombres, el omnipotente, el tronador, fue hijo de Saturno, y había destronado a su padre y devorado a sus hijos cuando nacieron. Su mujer, sin embargo, consiguió salvar a Júpiter, Neptuno y Plutón, y éstos llegaron a ser los dioses respectivos de la tierra, el mar y el infierno. Júpiter reunía su corte en el Olimpo, y la corte del más licencioso de los soberanos franceses no fue tan infame. Los apetitos carnales, los celos, el furor, y las intrigas fueron combinados con la potestad, majestad, sabiduría y caridad en mezclas imposibles. Como Geiger dice con tanto acierto: "Los dioses fueron una aristocracia turbulenta; uno de ellos más poderoso que los demás pero no todo poderoso,. Juno, la mujer de Júpiter, le hizo dormir durante una batalla de los griegos ante Troya. Se enojó tanto con ella porque había producido una tempestad para poner obstáculos a Hércules, que la colgó de las bóvedas del cielo con una cadena con yunques atados a los pies, y cuando su hijo Vulcano se interpuso, le arrojó de cabeza, yendo a dar en tierra en Semnos, pero se le partió la pierna al caer y desde entonces siempre ha cojeado. Júpiter tenía un fuerte dolor de cabeza y se llamó a Vulcano para que le aliviara del padecimiento, y de un golpe del martillo de éste, saltó a la vista Minerva completamente vestida con sus armaduras. Estos son unos pocos ejemplos de la mitología griega.

Considerad por un momento la concepción bíblica de Dios; omnipotente, pero bondadoso; omnisciente, y sin embargo misericordioso, omnipresente, y sin embargo no el Dios del panteísmo, inseparable de sus obras, sino el Dios que todo lo rige y gobierna. Considerad Su infinita santidad, "muy limpio de ojos para contemplar el mal" y sin embargo concibió en Su gracia el plan de la salvación de los pecadores; exaltado a lo sumo del cielo y sin embargo condescendiente con los más débiles y humildes. ¡Donde adquirieron los escritores de la Biblia estas concepciones de un solo Dios, mientras las primeras naciones adoraban ídolos mudos, mientras Egipto se postraba ante el cocodrilo, y Atenas proporcionaba 60.000 mujeres para los ritos licenciosos de Venus, y Roma adoraba al dios sanguinario de la guerra, y el dios disoluto del vino; mientras toda la elevación del persa consistía en volver su rostro al oriente y adorar al sol!

IV. La Biblia sola exhibe completamente y con claridad la majestad y la dignidad del hombre, colocando a distancia infinita los tipos inferiores de la humanidad de los animales superiores. Mirad las inversiones de la verdad en la historia. Ved Egipto que en sus días más prósperos adoraba el ternero y el cocodrilo como divinos; el hombre postrándose ante el animal; luego, leed el Génesis y veréis cuán grandes son la diferencia y la distancia que hay entre el tipo más elevado de la vida animal y el tipo más bajo de los seres humanos. Los animales de orden superior solo son bestias que se mueven sobre la tierra; el hombre fue hecho a imagen y semejanza de Dios, del polvo de la tierra, pero con el alma y espíritu infundidos por la directa inspiración del hálito divino.

Observad que cuando el hombre había de ser creado, el colmo de la creación, las tres sublimes Personas de la Divinidad celebraron un concilio: "Hagamos al hombre,. Había de ser a la misma imagen de Dios: independiente en cuanto al intelecto, poseyendo las facultades de la razón, la reflexión y la comunicación inteligente. Hobbes dice acertadamente que el hombre difiere de todos los demás animales, "rationale et orationale", por los dones de la razón y el habla. Únicamente el hombre fue creado a semejanza de Dios, con respecto a la capacidad intelectual. Exalte la moderna ciencia a la creación animal como quiera y haga que el hombre descienda del mono, pero he aquí el punto que ninguna evolución puede unir. La capacidad para el desarrollo en el animal alcanza un límite más allá del cual no puede llegar. Hasta ahora ninguna ciencia ha podido limitar o medir jamás la capacidad progresiva del hombre. Después de seis mil años el mono es esencialmente lo mismo. El progreso realizado por los procedimientos más cuidadosos es como las oscilaciones de una péndola dentro de límites muy estrechos; nunca pasa de la extremidad de su arco. El hombre, ¿no es más que lo que era hace mil años?

Mirad el niño recién nacido; ningún animal al nacer necesita tanto del auxilio como él; ni aun posee el instinto de su propia conservación si no es aquel que le impele a los pechos de su madre. No tiene conocimiento del uso de la vista o del oído, de las manos o los pies. El cachorro recién nacido aventaja al niño recién nacido en inteligencia, sagacidad y poder para conservar la vida. Pero, ¡cuán pronto el niño podrá instruir al perro y manifestar su superioridad!

Había en el manicomio particular del Doctor Richards, de Nueva York, un niño que parecía por completo animal irracional y desprovisto de los instintos de conservación propios de un animal normal. Se echaba en el suelo con la lengua fuera de la boca, según las apariencias, absolutamente sin pensamiento y casi sin sensibilidad. Se le llamaba el "niño percebe,. Durante meses intentaron despertar en él una sola señal de vida consciente o impresionar en su cerebro una idea. Un día la señora de Richards dejó caer su dedal y éste al tocar el suelo hizo un ruido metálico que despertó o asustó el intelecto imbécil del niño causando un ligero movimiento en él, y lentamente se volvió para "ver un ruido que oyó,, como diría Bottom, y luego su inteligencia retrocedió a las tinieblas de la idiotez, como un caracol que se vuelve a meter en su concha. Pero como el primer débil rayo grisáceo por el oriente, aquella pequeña señal indicaba el despertar de la consciencia; era un vislumbre de la aurora. El día siguiente el dedal cayó otra vez y el niño percebe volvió a moverse y miró, esta vez con más prontitud y atención, y de este modo, poco a poco, las tinieblas se disiparon ante la luz del amanecer, hasta que la lengua ya no le colgaba de la boca sino que empezó a aprender el misterio del habla.

Más tarde un zapatero fue llamado para que hiciese un zapato delante del niño y lo ajustase a su pie, y luego decía el Doctor Richards, al colocar la mano primero en el zapato y después en el oficial: "El zapatero hace el zapato,. Y del mismo modo un sastre hace una chaqueta. Después el Doctor Richards deseaba suscitar a un tiempo las facultades mentales y morales, introduciendo en esta inteligencia que despertaba alguna idea de Dios. Pero ¡cómo había de seleccionar un objeto bastante grandioso para comunicarle este concepto! Era una mañana de verano y el sol espléndido enviaba un torrente de luz a través de los cristales. El Doctor condujo al niño al mirador y devotamente señalando el sol, dijo con piadoso respeto: "Dios hizo el sol,, y el niño impresionado igualmente por el tono y el pensamiento, repitió: "Dios hizo el sol,. El Doctor Richards le dejó allí contemplándolo y volvió dos horas más tarde y aquel niño percebe todavía seguía mirando y diciendo con reverencia, como si su alma estuviera completamente dominada por la admiración: "Dios hizo el sol,. Algún tiempo después el Obispo Potter oyó a aquel muchacho, Silvano Wheeler, repetir el Padre nuestro, y con voz ahogada de emoción dijo: "Treinta años he repetido esta oración pero nunca como éste lo hace,.

¿Es el hombre verdaderamente solo un mono educado? Cuando se descubra que el tipo más noble de la creación sea capaz de desarrollo como éste, entonces habrá bastante tiempo para dudar de que el hombre sea superior al animal. No, entre el niño percebe que yace incapacitado en el suelo y el modo más elevado de la vida animal, hay el abismo insondable del infinito. ¡Cómo se ensancha este abismo cuando recordamos que se puede llevar la educación y el desarrollo del espíritu y el corazón hasta una extensión ilimitada! Tratad de seguir el intelecto y el corazón, tan tardos para despertar a la vida verdadera, según se suceden año tras año, y más allá de esta pequeña esfera, edad tras edad y ciclo tras ciclo; el niño percebe ha dejado atrás la erudición y la ciencia de las centurias como la alondra que abandona la ramita del arbusto y se remonta hasta las alturas donde las nubes descansan para saludar al sol, o como el sol del mediodía se aleja de la turbia gloria de la aurora. Se ha ido mucho más allá de Aristóteles y Platón y Bacon; semejante al varón perfecto que deja la charla de la ignorancia infantil, él desprecia los conocimientos de los filósofos; ha alcanzado la ciencia del querube y el amor del serafín. Si el hombre descendiera de la ostra, ¿cómo iba a resultar este ascenso a mayor altura que la ostra?

La imagen de Dios en el hombre consiste también en la semejanza moral; esto es, la facultad de juicio, el discernimiento entre el bien y el mal. El hombre posee una conciencia, y si apreciamos completamente la grandeza de su autoridad y la majestad de sus decisiones, nos sentiremos constreñidos a decir con Dörner, "que la conciencia posee al hombre,.

Asimismo tiene el hombre la imagen de la inmortalidad de Dios. No fue hecho semejante a las bestias que perecen conforme a la ley del mandamiento carnal, sino según la virtud de vida indisoluble. Qué hay de extraño en lo que se nos dice que Dios "formó al hombre y alentó en su nariz soplo de vida, y fue el hombre en alma viviente", observad, fue, no tuvo un alma viviente. Es el alma lo que constituye al hombre, y por consiguiente Dios hizo que el hombre se enseñorease de los peces, las aves y las bestias, toda la creación.

La Biblia por motivo de su elevado carácter moral y espiritual ha podido resistir con éxito los asaltos de cuatro mil años. Tiene por sí misma demasiado poder y dominio sobre los corazones de los hombres para ser destruida; conseguirlo sería tanto como demoler Gibraltar con escopetas de aire y masilla o desarraigar con una mano uno de los cedros gigantes del Líbano. La Biblia es demasiado alta para que se logre acometerla con éxito; tan fácil sería arrojar agua hasta la bóveda celeste o desalojar las estrellas con flechas; o como decía el Doctor Beckinridge, "más bien se podría colocar el hombro contra la rueda ardiente del sol al mediodía y hacer que retroceda, tornándose a la noche,.

El Salmo segundo representa a Dios sentado en su trono, riéndose de la impotencia del furor humano contra El y Su ley. Del mismo modo podemos decir que la Palabra de Dios se ríe de la malicia de sus enemigos y de la impotencia de sus grandes adversarios, porque, como el trono de Dios, descansa sobre fundamentos eternos.

Quizás algún lector se sonría de este entusiasmo y piense para sí que es muy extraño, si la Biblia es un libro tan maravilloso, que el antagonista escéptico no lo descubra. Un hombre puede examinar la Biblia solo para buscar algo que objetar. El hombre no convertido ama las objeciones como el reo sentenciado ante el tribunal se alegra al percibir un defecto en el argumento dirigido contra él, aunque no pueda afectar ni en lo más mínimo su culpabilidad ni la conclusión verdadera del testimonio. Un espíritu con predisposición al escepticismo abre la Palabra, si alguna vez lo hace, no para hallar la belleza moral sino para buscar algo en que pueda fundar una nueva objeción; y de aquí la mayor parte de los ateos nunca leen la Biblia mas reciben las impresiones de otras personas. Citemos dos ejemplos.

"Sacó además el pueblo que estaba en ella, y púsolo debajo de sierras, y de trillos de hierro, y de hachas de hierro, e hízolos pasar por hornos de ladrillos; y lo mismo hizo a todas las ciudades de los hijos de Ammon. Volvióse luego David con todo el pueblo a Jerusalén," Este pasaje ha sido atacado violentamente como una prueba de la crueldad de David, hombre del agrado de Dios, que, sin embargo, aprisionó al pueblo de Rabba y les serró en dos partes, o arrastró por encima de ellos trillos de hierro, o les hendió con hachas, o les quemó en hornos de ladrillos. ¡Pues qué! ¿No se refiere esto solo al trabajo que les mandó hacer?

Un periódico ateo de Boston dedicó una de sus columnas a ridiculizar "la historia de las codornices", y calculando cuántas fanegas de codornices había amontonadas en todo el país, demostraba que cada uno de los 6.000.000 de Israelitas tendría 1.925.762 fanegas de codornices al mes, o 46.420 fanegas para una comida. Pero la Biblia no dice que estaban amontonadas hasta la altura de dos codos extendiéndose por un territorio cuarenta millas de extremo a extremo, sino, sencillamente da a entender que el viento las trajo del mar y las llevó al alcance de la mano, o unos tres pies por encima de la tierra, no fuera del alcance como hubieran estado volando a más altura de la cabeza. Si alguno dijera que había visto una bandada de pájaros sobre la torre de una iglesia, hasta un ateo ridiculizaría a cualquiera que supusiera que estaban amontonadas hasta esa altura.

V. Hay una verdad que es de más valor que todas las objeciones y contrapesa a todas ellas. La Biblia de algún modo efectúa la revolución moral del carácter. Encontrad cualquier otro libro que haya obrado tales prodigios. Los hombres han estudiado la filosofía natural, astronomía, botánica y geología, han leído novelas e historias y poemas, obras acerca de leyes y medicina y filosofía; ¿quién ha descubierto que estos libros puedan reprimir la deshonestidad, refrenar los apetitos sensuales, inspirar ideales nobles, poner de manifiesto las propensiones pecaminosas, y mover a uno a ser hijo más obediente, mejor marido y padre más cariñoso? Pero, de alguna manera, desde el día que los hombres empiezan a leer sistemáticamente la Biblia, principian a sentir que una nueva fuerza obra en el espíritu y el corazón, impulsándoles sobre todo hacia la justicia. Estimo de más valor un capítulo del Libro de Dios que todos los demás libros juntos para retraer del mal e incitar al bien; y más de veinticinco años vengo observando este Libro según ha tocado a hombres y mujeres en lo íntimo del corazón penetrándoles de la vida divina. He visto a hombres sin cultura secular engrandecerse bajo la influencia educadora de este libro; desarrollándose sus inteligencias bajo la influencia de las concepciones bíblicas de Dios y el hombre, del deber y el destino, que elevan, ennoblecen e inspiran; les he visto adquirir belleza de carácter y conducta, dulzura de temperamento y disposición, transformados, transfigurados.

Estos resultados demandan una causa eficiente y suficiente para producir tales efectos; y solo se puede encontrar esta causa adecuada en el hecho que Dios se halla en la Biblia por medio del aliento de Su Espíritu inspirador y transformador.

"Este pequeño tomo, dijo el venerable Schliermacher al levantar un Nuevo Testamento griego delante de dos estudiantes ingleses, contiene más información de valor para la humanidad que todos los demás escritos de la antigüedad juntos". Este libro es en realidad el fundamento de toda la literatura digna de ser conservada. No menos de 200.000 volúmenes se han escrito para comentar e ilustrar el Libro de los libros. Así es el sol central de una constelación de glorias; y más y más según las edades pasan, los humanos pensamientos más nobles reciben brillo de su resplandor y empiezan a girar en órbitas reverentes alrededor de este centro.

Que lo asalten los ateos; que todos blasfemen y lo ridiculicen. Es la palanca de Dios y mueve el mundo. La ciencia lo contempla con su ojo microscópico, pero no se puede comprobar que haya en él un error esencial. El filósofo moral examina su código ético, pero la inspiración de todas las virtudes se halla en él. El alma hambrienta que anhela alimento porque su corazón desfallece encuentra aquí el banquete espléndido de ricos manjares que satisfacen todo deseo. ¡Quien vuelva las espaldas a este Libro Divino hallará la recompensa de su perversidad en el salto fatal a las tinieblas de la incredulidad!

FIN DEL CAPÍTULO VIII
FIN DEL LIBRO - MUCHAS PRUEBAS INFALIBLES

TABLA DE MATERIAS

176 MUCHAS PRUEBAS INFALIBLES

del aliento de Su Espíritu inspirador y transformador.

“Este pequeño tomo, dijo el venerable Schliermacher al levantar un Nuevo Testamento griego delante de dos estudiantes ingleses, contiene más información de valor para la humanidad que todos los demás escritos de la antigüedad juntos„. Este libro es en realidad el fundamento de toda la literatura digna de ser conservada. No menos de 200.000 volúmenes se han escrito para comentar é ilustrar el Libro de los libros. Así es el sol central de una constelación de glorias; y más y más según las edades pasan, los humanos pensamientos más nobles reciben brillo de su resplandor y empiezan á girar en órbitas reverentes alrededor de este centro.

Que lo asalten los ateos; que todos blasfemen y lo ridiculicen. Es la palanca de Dios y mueve el mundo. La ciencia lo contempla con su ojo microscópico, pero no se puede comprobar que haya en él un error esencial. El filósofo moral examina su código ético, pero la inspiración de todas las virtudes se halla en él. El alma hambrienta que anhela alimento porque su corazón desfallece encuentra aquí el banquete espléndido de ricos manjares que satisfacen todo deseo. ¡Quien vuelva las espaldas á este Libro Divino hallará la recompensa de su perversidad en el salto fatal á las tinieblas de la incredulidad!

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TABLA DE MATERIAS

INTRODUCCIÓN

CAPÍTULO I

PESANDO LAS PRUEBAS

Pruebas, no presunción.—La verdad puede demostrarse.—Los que dudan honradamente.—La investigación produce fé.—El error teme la luz.—Esponjas humanas.--La fé vigoriza el servicio á Dios.— Los milagros de hoy día.—La ciencia confirma la Revelación.—La exactitud estricta es esencial.—El estudio libre de prejuicio.—Un triunfo del cerebro y de la lengua.—(Págs. 5 á 21).

PARTE 1.ª LA CABECERA DEL LIBRO

CAPÍTULO II

EL SELLO PROFÉTICO

Pruebas externas.—La profecía y la providencia.—El milagro y la profecía.—Las credenciales proféticas.—La profecía es una cerradura.—La historia, la llave.—Las pruebas de la verdadera profecía.—Una rueda colosal.—Una apelación atrevida.—Los oráculos paganos.—La Madre Shipton.—Una tempestad, ¡prepárate!.—(Págs. 23 á 42).

CAPÍTULO III

PROFECÍA DE LA RUINA DE JERUSALEM

Daniel, ¿historiador ó profeta?—Los últimos momentos de Voltaire.—Justificación de los Evangelios.—Fechas de los Evangelios.—Esta profecía no fué impugnada durante 300 años.—Un argumento importante.—Una realización maravillosa.—El pueblo hebreo.—Rasgos predichos.—Inútil intento de edificar un templo nuevo.—El testimonio reforzado por los enemigos.—La profanación de los gentiles.—El dedo de Dios.—Justo castigo de la nación.—La negación y la prueba en pugna.—(Págs. 43 á 73).

CAPÍTULO IV

LOS MILAGROS

¿Qué es un milagro?—El salvaje y la locomotora.—Los milagros no están en pugna con la razón.—Los milagros concuerdan con la naturaleza.—Un ejemplo.—Lo posible y lo probable.—Descubrimientos astronómicos.—Las credenciales divinas.—El reloj de Strasburgo.—Plan de ataque.—¿Son creíbles los milagros?—Evidencia de los milagros de Cristo.—Admisión hostil.—«Contrario á la experiencia.»—Escudriñad las Escrituras».—(Págs. 74 á 102).

CAPÍTULO V

LA EXACTITUD CIENTÍFICA DE LA BIBLIA

La Biblia no necesita protección.—Su objeto moral.—La astronomía.—El firmamento.—Apoyo geológico.—Teorias del Diluvio.—(Págs. 103 á 120).

CAPÍTULO VI

LA VERDAD CIENTÍFICA DE LA BIBLIA

Sofistería pagana.—Las vibraciones de la luz.—La precisión de Salomón.—Descubrimientos modernos.—Investigaciones etnológicas.--(Págs. 121 á 138).

CAPÍTULO VII

LA BELLEZA MORAL DE LA BIBLIA

La unidad.—Una prueba.—La mano oculta.—Claro é inteligible.—Pruebas de su origen Divino.—La cumbre de Monte Blanc.—(Págs. 139 á 156).

CAPÍTULO VIII

LA SUBLIMIDAD MORAL DE LA PALABRA DE DIOS

Una prueba moral.—El testimonio de Nínive.—El retrato de Cromwell.—Una regla divina.—Un niño percibe.—Resultado práctico de la Biblia.—(Páginas 157 á 176).

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