EL DISCURSO DE SAN PEDRO
EL DISCURSO DE SAN PEDRO
PRIMERA PARTE
HECHOS 2:14-21
14 Entonces Pedro, poniéndose en pie con los once, alzó su voz, y hablóles, diciendo: Varones Judíos, y todos los que habitáis en Jerusalem, esto os sea notorio, y oid mis palabras.
15 Porque éstos no están borrachos, como vosotros pensáis, siendo la hora tercia del día;
16 Mas esto es lo que fué dicho por el profeta Joel:
17 Y será en los postreros días, dice Dios, derramaré de mi Espíritu sobre toda carne, y vuestros hijos y vuestras hijas profetizarán; y vuestros mancebos verán visiones, y vuestros viejos soñarán sueños:
18 Y de cierto sobre mis siervos y sobre mis siervas en aquellos días derramaré de mi Espíritu, y profetizarán.
19 Y daré prodigios arriba en el cielo, y señales abajo en la tierra, sangre y fuego y vapor de humo:
20 El sol se volverá en tinieblas, y la luna en sangre, antes que venga el día del Señor, grande y manifiesto;
21 Y será que todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo.
I. Dos actitudes. La multitud de la ciudad juntóse en el sitio donde los discípulos se hallaban, atraída por el estruendo que se produjo al venir el Espíritu Santo; y al oirles hablar otras lenguas, unos quedaron favorablemente impresionados, pues sus labios se abrían para referir las maravillas de Dios; mientras que otros se burlaban y decían que se hallaban bajo los efectos del mosto embriagador. ¿A qué se debía tan diferente juicio de parte de aquel auditorio? Seguramente a la seriedad de los unos y a la superficialidad de los otros. Lo mismo ocurre en todo lugar donde se anuncia el evangelio, pues como dice San Pablo, la palabra de la cruz es locura para los que se pierden pero para los que se salvan es potencia de Dios. (1. Cor. 1:18.)
La obra de Dios y las señales de los tiempos deben examinarse con inteligencia espiritual de la cual están privados los que viven sin Dios aun cuando sean personas instruídas en las cosas del siglo.
II. Una profecía cumplida. Al oirles hablar de esa manera, Pedro les dirigió el poderoso y eficaz discurso que se lee en el capítulo que tenemos por delante. Este apóstol que pocas semanas antes, cobardemente había negado a su Señor y Maestro, revestido ahora de la potencia del Espíritu Santo, del cual acababa de ser llenado, les refiere que lo que están viendo es el cumplimiento de una profecía de Joel, (Joel 2:28-32.) quien había anunciado por mandato divino que visitaría a Israel restituyéndoles lo que habían perdido en años calamitosos de prolongadas sequías e invasiones de insectos dañinos. Los campos se llenarían de pastos verdes para el ganado y los árboles se verían cargados de ricos frutos. Las eras se henchirían de trigo y los lagares rebosarían de vino y aceite. Pero estas bendiciones materiales serían coronadas con otras de infinito más valor. El Espíritu Santo sería derramado sobre toda carne, es decir, sobre todo el pueblo. Hasta entonces lo habían recibido determinadas personas, pero ahora será una gracia de la cual todos podrán ser participantes, llenando, por supuesto, los requisitos del arrepentimiento y de la fe. No habría distinción de sexo; el Espíritu haría profetizar a hijos e hijas, a siervos y siervas. Las mujeres a las cuales en el capítulo primero hemos visto a la par de los hombres en la reunión de oración, no estarán privadas de proclamar las buenas nuevas ni de edificar a la iglesia. Felipe tenía “cuatro hijas vírgenes que profetizaban.” (Hechos 21:9.) No ejercían un ministerio mudo, inferior al de los hombres, pues les era dada palabra por el Espíritu que moraba en ellas.
En 1. Corintios 11:5 el apóstol Pablo habla de las mujeres que oran y profetizan y no pone ningún reparo al hecho en sí, y sólo quiere que las tales se cubran la cabeza, de lo que se puede colegir que el estar descubiertas era cosa que causaba mala impresión, y hasta escándalo, en aquellos tiempos. Pero traer estas modalidades a nuestro medio ambiente es hacer mal uso de la Biblia, la cual no establece reglas permanentes sobre asuntos de esta índole.
Cuando Pablo escribió a los Corintios “vuestras mujeres callen en las congregaciones” (1. Cor. 14:34.) no se está refiriendo a las que profetizaban sino a las que hablaban y conversaban, haciendo preguntas que el buen orden indicaba debían ser hechas en la casa a sus maridos, para no aumentar la confusión ya tan grande que reinaba en las asambleas de aquella ciudad, y que Pablo trata de corregir. Dios ha dado a muchas hermanas el don de predicar y lo hacen eficazmente, y muchas otras podrían hacerlo si no se lo impidiesen buenos hermanos que interpretan equivocadamente lo que San Pablo dice sobre este particular, lo cual, evidentemente, no puede tener un sentido contrario al de los pasajes donde se habla de las mujeres que profetizan.
III. “SERÁ SALVO.” Finalmente prestemos reverente atención al importante asunto de nuestra salvación. Joel anuncia los juicios de Dios que vendrán sobre el pueblo rebelde. Habrá grandes cataclismos cuando venga el día grande y manifiesto del Señor. Pero a pesar de tratarse de un castigo de proporciones pavorosas, hay un modo de escapar, de ser librados del mismo: Es invocar el nombre del Señor. Sin esperar hasta aquel día de la ira divina, debe el hombre ocuparse de su salvación ahora mismo. No la puede ganar con sus obras por buenas que éstas sean ni merecerla en virtud de su religiosidad; es un don gratuito de la misericordia de Dios, ofrecido no bajo la condición de hacer tal o cual cosa o de cumplir con tal o cual deber, a todos los que conscientes de su flaqueza e impotencia invocan a Dios llamándolo en su auxilio. El ladrón en la cruz fué oído por el Señor cuando invocó su nombre y así será oído todo pecador que quiera ser salvado.
NOTAS. HECHOS 2:14-21
15. Hora tercia. Las horas se empezaban a contar desde la salida del sol, de modo que la tercera caía más o menos a las nueve de la mañana. La sexta (Juan 4:6.) caía a mediodía, y la nona (Hechos 3:1.) a las tres de la tarde.
16. El profeta Joel. San Pedro cita a Joel (Joel 2:28-32.) con mucha libertad, sin atenerse ni al original hebreo ni a la versión griega de los setenta, cosa que siempre ocurre en las citas del Antiguo Testamento que hallamos en el Nuevo, porque lo que les importaba era el mensaje contenido en ellas y no las palabras literales. Sabían que “la letra mata mas el Espíritu vivifica.”
17, 18. Profetizar. Ya en el Antiguo Testamento hallamos ejemplos de mujeres que profetizan. María, la hermana de Aarón. Ex. 15:20; Débora, Jueces 4:4; Hulda, 2, de Reyes, 22-14.
El profeta no es sólo el que anuncia cosas que sucederán en el futuro, sino el que inspirado por el Espíritu Santo exhorta, llama al arrepentimiento y consuela a los afligidos. San Pablo dice: “El que profetiza, habla a los hombres para edificación, y exhortación, y consolación.” “El que profetiza edifica a la iglesia.” (1. Cor. 14:3,4.)
EL DISCURSO DE SAN PEDRO
SEGUNDA PARTE
HECHOS 2:22-36
22 Varones Israelitas, oid estas palabras: Jesús Nazareno, varón aprobado de Dios entre vosotros en maravillas y prodigios y señales, que Dios hizo por él en medio de vosotros, como también vosotros sabéis;
23 A éste, entregado por determinado consejo y providencia de Dios, prendisteis y matasteis por manos de los inicuos, crucificándole;
24 Al cual Dios levantó, sueltos los dolores de la muerte, por cuanto era imposible ser detenido de ella.
25 Porque David dice de él: Veía al Señor siempre delante de mí: porque está a mi diestra, no seré conmovido.
26 Por lo cual mi corazón se alegró, y gozóse mi lengua; y aun mi carne descansará en esperanza;
27 Que no dejarás mi alma en el infierno, ni darás a tu Santo que vea corrupción.
28 Hicísteme notorios los caminos de la vida; me henchirás de gozo con tu presencia.
29 Varones hermanos, se os puede libremente decir del patriarca David, que murió, y fué sepultado, y su sepulcro está con nosotros hasta el día de hoy.
30 Empero siendo profeta, y sabiendo que con juramento le había Dios jurado que del fruto de su lomo, cuanto a la carne, levantaría al Cristo que se sentaría sobre su trono;
31 Viéndolo antes, habló de la resurrección de Cristo, que su alma no fué dejada en el infierno, ni su carne vió corrupción.
32 A este Jesús resucitó Dios, de lo cual todos nosotros somos testigos.
33 Así que, levantado por la diestra de Dios, y recibiendo del Padre la promesa del Espíritu Santo, ha derramado esto que vosotros veis y ois.
34 Porque David no subió a los cielos; empero él dice: Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi diestra,
35 Hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies.
36 Sepa pues ciertísimamente toda la casa de Israel, que a este Jesús que vosotros crucificasteis, Dios ha hecho Señor y Cristo.
LA RESURRECCIÓN DE JESUCRISTO.
La resurrección de Jesucristo es la piedra angular del Cristianismo. Por eso San Pedro en este discurso, lo mismo que todos los que anunciaban el evangelio, le dan una extraordinaria importancia. Si Cristo fué resucitado su divinidad queda comprobada y su doctrina y obra reciben el sello de la aprobación de Dios. Si no fué resucitado todo el edificio por Cristo levantado mediante su ministerio se derrumba, y vana es la fe e ilusorias las esperanzas de aquellos que lo recibieron por Maestro y Señor.
Por eso los corifeos de la incredulidad, en todos los tiempos, se ingeniaron para dar explicaciones naturales a la fe en la resurrección de Cristo, de la cual los discípulos tenían tan profunda y bien arraigada convicción, la que los impulsaba a ir por todas partes haciendo resonar esta nota jubilosa: “Ha resucitado el Señor verdaderamente.” (Luc. 24:34.)
Un antiguo predicador, Jorge Burder, dijo: “La seguridad de este hecho (la resurrección) es de alcances incalculables. Es el pilar sobre el cual se apoya todo el edificio cristiano, y si el Samsón de la incredulidad pudiese moverlo, todo se derrumbaría. Pero ¡bendito sea Dios! no abrigamos este temor pues hemos creído no en ‘fábulas por arte compuestas’ pues esta gran verdad está confirmada ‘con muchas pruebas infalibles’ y nuestra fe en ella puede descansar segura.”
No es posible creer que la resurrección fué inventada por los apóstoles para salvar al Cristianismo de una ruina irreparable, como algunos lo han supuesto. El testimonio que ellos daban iba acompañado de la más indiscutible sinceridad. Si hubieran estado enseñando una cosa que ellos sabían era una monstruosa falsedad no hubieran tenido éxito en su empresa. San Pedro no hubiera visto a tres mil almas convertidas en un día, pues la mentira no convence ni gana la fe de una multitud, y si llega a ganarla, pronto la pierde porque no tarda en ser descubierta. Tampoco hubieran tenido el valor necesario para sufrir persecuciones y llegar hasta el más acerbo martirio. Pero habían visto a su Señor ser vencedor de la muerte, habían oído sus palabras, sus promesas y sus últimos mandamientos, y por eso daban un testimonio valiente con un entusiasmo vigoroso que se propagaba como las llamas de un voraz incendio.
Los mismos incrédulos han tenido que reconocer que los discípulos no estaban engañando a sus oyentes; y cambiaron de táctica diciendo que eran ellos los que estaban engañados; que eran sinceros pero ilusos que se habían formado la idea de que habían visto a Jesús resucitado. Renan, en su inimitable estilo popularizó lo que se dió en llamar la hipótesis de las visiones, según la cual María Magdalena, yendo al sepulcro siendo aún obscuro creyó ver en el jardín de José de Arimatea, donde estaba el sepulcro, algo que sólo estaba en su cerebro y en su corazón apasionado, y salió a decir a los discípulos que Jesús vivía. “Poder divino del amor —exclama Renan— momentos sagrados en que la pasión de una mujer alucinada lega al mundo un Dios resucitado.” Desde ese momento todos creen ver a Jesús y terminan afirmando enfáticamente que ha resucitado. Las plumas magistrales de Neander, en Alemania; de Pressensé, en Francia; de Godet, en Suiza, y otros apologistas de bien merecido renombre, han demostrado que la hipótesis de las visiones, tan bellamente presentada, no puede llegar jamás a la categoría de un axioma, pues carece en absoluto de consistencia. María Magdalena no tenía la idea de que Jesús había vuelto a vivir sino de que su cuerpo había sido llevado al sepulcro. Cuando lo vió creyó ver al hortelano y si llegó a afirmar la resurrección fué porque los hechos la convencieron. Por lo demás, los apóstoles y sus compañeros estaban muy lejos de ser personas predispuestas a ver visiones. Cuando las mujeres fueron a ellos llevándoles la grata nueva las trataron de locas. Tampoco quisieron creer los dos discípulos a quienes les apareció en el camino a Emmaus; y a esta incredulidad pertinaz añadamos la del pesimista Tomás que dijo que no creería si no ponía sus dedos en el lugar de las heridas hechas por los clavos y en su costado traspasado por la lanza del soldado romano. Esta su exigencia fuéle ampliamente satisfecha, y al quedar desvanecidas sus dudas, exclama conmovido: “Señor mío y Dios mío.” (Juan 20:24-28.)
¡Cristo vive! y por virtud de su muerte y resurrección vivimos los que en él confiamos. Estábamos muertos en delitos y pecados, pero ahora tenemos vida eterna.
El cuerpo de nuestro Señor transformado por el poder de Dios dejó vacía la tumba donde había sido colocado. Nosotros también esperamos la redención de nuestro cuerpo y podemos con Job mirar al futuro glorioso y decir: “Yo sé que mi Redentor vive, y al fin se levantará sobre el polvo: y después de deshecha esta mi piel, aun he de ver en mi carne a Dios; al cual yo tengo de ver por mí, y mis ojos lo verán y no otro, aunque mis riñones se consuman dentro de mí.” (Job 19:25-27.)
NOTAS. HECHOS 2:22-36
22. Maravillas, prodigios y señales. Las maravillas son todos los hechos sobrenaturales de Cristo. Los prodigios son, de un modo particular, los milagros por él realizados. Las señales son todas las pruebas que dió durante su carrera terrenal de la divinidad y origen celestial de su persona y de su misión. Los que presenciaban las obras de Cristo tenían la prueba ante sus ojos de que el hombre que las hacía no era un impostor, obrando por arte mágica, sino un enviado de Dios, que los llamaba al arrepentimiento y al camino de la vida eterna.
23. Entregado por determinado consejo y providencia de Dios. Lo que Pedro quiere decir es que la muerte de Cristo no fué el triunfo del poder del mal, pues ya estaba determinada por Dios desde toda eternidad. Era el Mesías, y si lo habían hecho morir, no era porque careciese del poder necesario para evitar su muerte, sino porque Dios mismo quiso que así fuese, para obrar la redención.
27. No dejarás mi alma en el infierno. La palabra infierno no quiere decir aquí lugar de los condenados. Es la traducción de la palabra griega Hades que se usaba para indicar el lugar donde están los espíritus separados de los cuerpos. En lugar de infierno tendría que decirse morada de los muertos. Por eso muchas veces se traduce por sepulcro.
- Juan Bta. García Serna
Comentarios
Publicar un comentario