TESTIMONIO

 

¿POR QUE DEJE EL CATOLICISMO?
POR LUIS PADROSA
EX SACERDOTE CATOLICO
EX RELIGIOSO DE LA COMPAÑIA DE JESUS
DIRECTOR-FUNDADOR DEL INSTITUTO LOYOLA
DE ORIENTACION PSICOLOGICA
VICE PRESIDENTE DEL COMITE INTERNACIONAL
DE PSICOLOGOS Y PSIQUIATRAS CATOLICOS
TELL — Box 2348 — Grand Rapids — Michigan
PROLOGO
* * *

“Y crecía la palabra del Señor y el número de los discípulos se multiplicaba mucho en Jerusalén; también una gran multitud de sacerdotes obedecían a la fe”. Esto leemos en los Hechos de los Apóstoles, capítulo 6, versículo 7.

Bastó que el actual Gobierno Español proclamara una tolerancia mucho más restringida que la que disfrutan los católicos en los países de mayoría protestante, para que el clero pusiera el grito en

el cielo. Cartas pastorales y furibundos artículos inundaron la prensa, obligando al Gobierno a limitar muchísimo más la menguada tolerancia concedida por la Ley.

¿Y cuál ha sido el resultado? Desde los días de la conversión del Rdo. Cipriano Tornos, ex confesor de la reina Isabel II, hace tres cuartos de siglo, el Cristianismo Evangélico no había obtenido tan señalados y repetidos triunfos como los conseguidos en los últimos dos años.

A causa de esta injusta y exagerada campaña anti-protestante, no solamente son atraídos muchos ateos e indiferentes a los cultos evangélicos, sobre todo en las grandes ciudades donde hay menos temor de represalias clericales, sino que la luz del Evangelio penetra en lugares al parecer inaccesibles, ganando las conciencias de elementos distinguidos del clero católico.

Nada menos que el Secretario General de las Congregaciones Marianas de España y después de todo el mundo, el Rdo. Carrillo de Albornoz, S. J., va de España a Roma y desaparece misteriosamente del escenario católico para reaparecer en Ginebra, donde hace público repudio de su fe Católica Romana en una iglesia evangélica de la ciudad de Calvino.

La cosmopolita urbe que ostenta en uno de sus parques el gran monumento a la Reforma con su lema “Post Tenebras Lux” acoge al ilustre eclesiástico español, quien manifiesta haber pasado de las tinieblas de un Cristianismo mediatizado, ensombrecido y anquilosado por enseñanzas y dogmas humanos desconocidos para el Cristianismo Apostólico, a la luz radiante del glorioso Evangelio de Cristo.

Le siguen en el mismo año 1950 varios sacerdotes de diversas diócesis de España (Gerona, Mallorca, etc.). Y ahora el reputado fundador del Instituto Loyola, el conocidísimo psiquiatra, conferenciante y orador sagrado, Rdo. Luis Padrosa Roca, deja estupefactos a propios y extraños con su conversión al Cristianismo Evangélico.

Solamente el que conoce la idiosincracia del pueblo español y ha vivido por años en ese país donde católico significa todo y el Protestantismo es objeto de todos los odios y vejámenes, puede tener idea del sacrificio enorme que significa para personas de la talla y posición del Rdo. Luis Padrosa o del Rdo. Carrillo de Albornoz una decisión de tal naturaleza.

Cuando el Cristianismo Evangélico apenas logra algunos millares de adeptos entre las clases obreras de España, mientras que es generalmente despreciado por la aristocracia, cómo puede llegar a ganar la mente y el corazón de estas figuras prominentes del mismo clero católico romano.

La explicación es lógica y comprensiva. Para el fiel católico es casi imposible un cambio de religión porque el temor de caer en pecado le impide realizar ninguna investigación en asuntos de fe; el católico debe confiar implícitamente en su Iglesia, bajo pecado mortal; por esto su mirada se dirige tímidamente en busca del “Nihil Obstat” cuando algún libro de religión viene a caer en sus manos.

De este modo evita las dudas, pero se encierra dentro de un círculo pernicioso, con grandes desventajas para sí mismo cuando tiene que discutir con otros sobre temas religiosos, y se inhabilita totalmente para ver la luz de la verdad acerca de la fe cristiana.

Esta limitación no existe, empero, en la misma medida para los elementos del clero. Ellos están puestos para defender la religión y es natural que procuren saber algo acerca de aquello que tienen el deber de combatir.

Aun existe cierto temor en muchos sacerdotes, los cuales no se atreven a leer un libro herético, ni sostendrían una controversia con un protestante sin permiso del obispo, autorización que raramente se consigue; pero ese temor supersticioso no podía existir en personas de la talla intelectual del Secretario General de las Congregaciones Marianas o del Rvdo. Luis Padrosa.

Nadie que personas tan bien asesoradas en Teología y Apologética Católica hubieran de apostatar de su fe por el hecho de permitirse investigar un poco las doctrinas y razón de ser del Cristianismo Evangélico.

“Pero la Verdad es conocida de todos sus hijos” y Nuestro Salvador afirmaba: “Todo aquel que es de la Verdad oye mi voz”. El hombre sincero y de conciencia delicada que se pone a estudiar el Evangelio queda ganado por la sublimidad y sencillez de su doctrina.

—He encontrado que no hay base en el Evangelio para los dogmas de la Iglesia Católica Romana — tales fueron las primeras palabras con que el Rdo. Padre Luis Padrosa, vistiendo aún hábitos talares, dejó asombrado al primer pastor evangélico con quien se puso en contacto en España.

Ese ministro del Evangelio se había preparado concienzudamente para una aguda polémica desde que la extraordinaria visita le fue anunciada, pues el Padre Padrosa no era en modo alguno un polemista débil. Difícilmente podía vencérsele en dialéctica, ni en conocimientos de historia, ni en teología patrística; seguramente estaría también versado en Sagrada Escritura, aunque no sea éste el punto fuerte de los católicos.

Pero toda preparación resultó inútil. El Rdo. Padrosa no iba a convertir ni a ser convertido. Iba persuadido por el mismo Espíritu de Dios y la fuerza de la Verdad, an-

Luis Padrosa Roca S.I. con tapiz escudo España antiguo fondo — Foto original 1945
LUIS PADROSA ROCA S. I.
Fotografía tomada con motivo de una conferencia celebrada en la Centro Mercantil de Alicante, en el año 1945.

helando en su interior el deseo de conocer a fondo lo que durante años había combatido sin haberlo estudiado en sus fuentes originales. Venía con la humildad del que busca y quiere hallar.

Esa es la explicación profunda de estas conversiones que tanto sorprenden. No es ligereza, no es despecho, no es interés humano. Es el peso de la verdad evangélica cuando un hombre culto y sincero se atreve, por fin, a confrontar la enseñanza de su Iglesia con la enseñanza llana de la Palabra de Dios.

* * *

El caso del Rdo. Luis Padrosa tiene, además, una resonancia especial. No se trata de un sacerdote oscuro, de vida retirada, sin contacto con el mundo intelectual. Se trata de un hombre que ha estado en la palestra pública, que ha dirigido ejercicios espirituales a lo más selecto de la sociedad barcelonesa, que ha pronunciado conferencias de psicología ante auditorios de miles de personas, que ha fundado un Instituto de renombre, y que ha sido considerado como uno de los oradores sagrados más elocuentes de la Compañía de Jesús en España.

Su biblioteca teológica es extensa. Sus notas sobre Patrística, sobre Historia de la Iglesia, sobre Psicología Experimental, llenaban estanterías. Y, sin embargo, este hombre, en la cumbre de su prestigio, lo deja todo para seguir a Cristo según el Evangelio, sin añadiduras humanas.

¿Qué ha encontrado? Lo dice él mismo en las páginas que siguen, con una sencillez que desarma. No ha encontrado en el Nuevo Testamento ni el papado, ni el purgatorio, ni la invocación a los santos, ni el culto a María como mediadora, ni la misa como repetición del sacrificio, ni la confesión auricular como institución divina. Ha encontrado a Cristo, único Mediador, única Cabeza de la Iglesia, único que perdona pecados por su sangre derramada una vez para siempre.

Nos complace, pues, presentar a los lectores de habla hispana este testimonio valiente y sereno. Que el Señor bendiga su lectura como ha bendecido ya a muchos que, a través de ella, han sido guiados de las tinieblas a la luz admirable del Evangelio.

LOS EDITORES

(1) Sagrada biblia, Nacar-Colunga. Ev. de San Marcos 9,39

(2) Hechos de los Apóstoles 5:33-33. 

INTRODUCCION
* * *

Antes de exponer las razones que me han movido a dejar la Iglesia Católica Romana para abrazar el Cristianismo Evangélico, quiero dejar bien sentado que no me guía ningún resentimiento personal.

Durante veinticinco años he vestido el hábito de la Compañía de Jesús. En ella he recibido una formación sólida, he aprendido a amar a las almas, a estudiar con rigor y a trabajar sin descanso. Guardo gratitud profunda a mis maestros, a mis compañeros y a mis superiores.

Tampoco me mueve el deseo de notoriedad. Sé muy bien que en España mi paso será interpretado como traición, como escándalo y como locura. Sé que perderé amigos, prestigio, posición económica y la obra de mis manos: el Instituto Loyola. Pero hay horas en la vida en que la conciencia no puede callar.

Desde niño sentí una inquietud religiosa intensa. Recuerdo mis primeros años en el colegio de los jesuitas, mis lecturas de vidas de santos, mi deseo de entregarme por completo a Dios. Ingresé en el noviciado con ilusión pura. Durante el filosofado y el teologado estudié a fondo a Santo Tomás, a Suárez, a Belarmino y a los modernos apologetas católicos.

Pero poco a poco fueron surgiendo en mi espíritu preguntas que no hallaban respuesta en los manuales. ¿Dónde enseña Cristo que Pedro fue obispo de Roma? ¿Dónde establece el Nuevo Testamento una jerarquía que culmine en un Pontífice infalible? ¿Dónde aparece el purgatorio, no como suposición piadosa, sino como dogma? ¿Dónde se manda invocar a María y a los santos? Buscaba citas y sólo hallaba interpretaciones forzadas.

Empecé a leer la Biblia sin notas, sin glosa, sin el temor del “prohibido sin permiso”. Leí los Evangelios de corrido, luego los Hechos, luego las Epístolas de Pablo. Y me impresionó la frescura, la claridad, la suficiencia de Cristo. “Todo está consumado”, dice Jesús en la Cruz. “Hay un solo Mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre”, escribe Pablo. “Si confesamos nuestros pecados, Él es fiel y justo para perdonar”, dice Juan, sin mencionar confesionario, ni penitencia tarifada, ni sacerdote intermediario.

Comprendí entonces lo que significa la palabra Evangelio: Buena Nueva de salvación gratuita, por gracia, por fe, por Cristo, sin añadiduras. Y comprendí también que la Iglesia de Roma, con el correr de los siglos, había ido acumulando sobre esa Buena Nueva un edificio inmenso de tradiciones humanas que la ocultan y la deforman.

hasta la Palabra de Dios, la Biblia, debe leerla con una interpretación impuesta por los hombres, difícil le será saber lo que dijo el Salvador:

“Buscad y encontraréis”.
“Pedid y se os dará”.
“Llamad y se os abrirá”.

Nadie crea que abandono la Compañía de Jesús por disgustos con mis superiores. Desgraciadamente no siempre los superiores de las órdenes religiosas tienen entraña de Caridad y espíritu paternal. Pero quiero dejar claro aquí en este mi primer escrito después de mi conversión al Evangelio, mi más sincera gratitud y admiración al P. Provincial y al P. Superior de la Residencia.

Les he visto proceder siempre con espíritu sinceramente sobrenatural.

Siento en el alma tener que abandonar el Instituto Loyola que con tanta ilusión y tan sangrientos sacrificios fundé y sostuve durante cinco años. Pero como que la dirección de este Instituto debe ser católica, no puedo continuar en él mientras no se modifiquen los Estatutos del mismo. Agradezco la valiosa ayuda que me han prestado los amigos y bienhechores del mismo, y sepan que la labor se ha realizado tal como ellos deseaban.

A mi padre y demás parientes que en estos momentos estarán afligidos pensando que apostaté de la fe, que lean este folleto despacio, y pidan luz al Señor, y se convencerán de que no es apostatar de la religión cristiana el buscar el Evangelio en toda su pureza, libre de las añadiduras y tergiversaciones que en el transcurso de los años han acumulado los hombres.

LUIS PADROSA

Rvdo. Luis Padrosa en Palacio de la Música Barcelona 1950 — gente de lado caras visibles
El Rvdo. Luis Padrosa dirigiendo la palabra al selecto público que llenaba totalmente el Palacio de la Música de Barcelona, en una conferencia de Psicología celebrada en el mes de marzo del año 1950.
CAPÍTULO PRIMERO
INFALIBILIDAD PONTIFICIA
*****
EL dogma Católico, de la infalibilidad del Pontífice Romano lo deduce la Iglesia Católica del hecho de la concesión de las llaves del Reino de los Cielos que hizo Jesucristo a S. Pedro. «Y yo a mi vez te digo que tú eres Pedro, y sobre esta Piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. Te daré las llaves del reino de los cielos, y cuanto atares sobre la tierra, quedará atado en los cielos, y cuanto desatares sobre la tierra, quedará desatado en los cielos». (Mat. 16:18-20). Esto es lo que dice Jesucristo textualmente. ¿Qué dice la Iglesia Romana? «Te daré las llaves a ti y tus sucesores...» Sobre esta piedra que eres tú y tus sucesores...» Todo lo que tú y tus sucesores desatareis, desatado quedará, y todo lo que tú y tus sucesores desatareis, desatado quedará». La Iglesia Católica sabe que Jesucristo no dijo «tus sucesores», pero asegura, como cosa de fe, que lo quería decir. Y claro está que si los sucesores de San Pedro, o
sea los Obispos de Roma los que pretenden heredar tal promesa, habría que probarlo. Porque la Escritura no dice en ningún lugar que la sede geográfica de Roma herede las llaves. Las llaves fueron dadas a Pedro como apóstol, no a una ciudad. Si fuera por sucesión geográfica, Antioquía tendría tanto derecho como Roma, pues Pedro estuvo allí primero. Además, el mismo Pedro escribe en su epístola que los ancianos apacienten la grey, no que un solo anciano domine a los demás. El obispado monárquico de Roma es tardío, y la idea de la sucesión petrina exclusiva no aparece en los tres primeros siglos sino como pretensión, nunca como dogma definido.
Entonces el Rey dirá a los de su derecha: Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo. Y a los de su izquierda dirá: Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno. (Mat. 25:34-41). En aquel juicio no se preguntará a nadie si creyó en la infalibilidad de Roma, sino si creyó en el Hijo de Dios. Si la infalibilidad fuese necesaria para la salvación, Jesucristo la habría predicado con toda claridad. Pero no hay una sola palabra de Cristo que diga: «Habrá un hombre en Roma que no podrá errar cuando hable de fe y costumbres». Todo lo contrario, el Señor advirtió: «Mirad que nadie os engañe».
Parábola y el Señor explica que la Iglesia está edificada sobre la confesión de Pedro, no sobre la persona de Pedro. «Tú eres Pedro (Petros) y sobre esta Piedra (Petra) edificaré mi Iglesia». En el griego hay distinción: Petros es piedra pequeña, movible; Petra es roca firme, inamovible, que es Cristo mismo. El mismo Pedro lo entendió así cuando escribe: «Acercándoos a Él, Piedra viva, desechada ciertamente por los hombres, mas para Dios escogida y preciosa... He aquí, pongo en Sion la principal Piedra del ángulo». (1ª Pedro 2:4-6). Pedro no se pone a sí mismo como fundamento, sino a Cristo.
Hemos repetido muchas veces que la infalibilidad, si existiera, tendría que ser probada por hechos, no por pretensiones. Pero la historia desmiente la infalibilidad. Papas han contradicho a Papas. Honorio I fue condenado como hereje por el Sexto Concilio Ecuménico. Liberio firmó una fórmula arriana. Vigilio se contradijo a sí mismo sobre los Tres Capítulos. Si uno solo se equivocó hablando ex cathedra, todo el edificio se viene abajo. Y no se diga que no hablaban ex cathedra, porque precisamente cuando definían fe y costumbres es cuando se equivocaron.
No hay que confundir la autoridad de la Iglesia con la infalibilidad de un hombre. La Iglesia, como congregación de fieles, tiene autoridad para mantener la Palabra, pero no para inventar dogmas nuevos. La promesa de que las puertas del infierno no prevalecerán contra la Iglesia no significa que un obispo no pueda errar; significa que el Evangelio permanecerá a pesar de los errores humanos. La infalibilidad, si estuviera en alguna parte, estaría en la Escritura, que es theopneustos, inspirada por Dios, no en una curia que ha cambiado de doctrina según los siglos y según los intereses políticos del momento.
Pero tú según este texto, ¿a quién le fueron dadas las llaves? Si lee el contexto entero de Mateo 16 y Mateo 18, verá que la potestad de atar y desatar fue dada a todos los discípulos por igual. «De cierto os digo que todo lo que atéis en la tierra, será atado en el cielo; y todo lo que desatéis en la tierra, será desatado en el cielo». (Mat. 18:18). Es plural. No dice «tú atarás», dice «vosotros ataréis». La misma autoridad dada a Pedro fue dada a la Iglesia entera. Y en Juan 20:23, a todos los apóstoles: «A quienes remitiereis los pecados, les son remitidos». No hay monopolio petrino.
cuya declaración es interpretada de modo muy diverso por los Santos Padres. Y aquí es donde la tesis romana se desmorona, porque no hay unanimidad patrística. (1) San Agustín dice cuarenta veces que la Piedra es Cristo. San Crisóstomo dice que es la fe confesada por Pedro. Orígenes dice que todo el que confiesa como Pedro es Pedro. San Jerónimo dice que la Iglesia está fundada sobre todos los apóstoles. ¿Dónde está entonces el consentimiento unánime de los Padres que exige el Concilio de Trento para interpretar la Escritura? Si los cuatro Padres más ilustres no vieron allí al Papa infalible, ¿con qué derecho lo ve Pío IX dieciocho siglos después?
(1) Véase: Agustín, Retract. I,21; Crisóstomo, Hom. 54 sobre Mat.; Orígenes, Com. sobre Mat. XII,10; Jerónimo, Com. sobre Mat. 16.
hizo esta promesa a Pedro por su confesión momentánea, pero poco después el mismo Pedro fue reprendido duramente: «¡Quítate de delante de mí, Satanás! Me eres tropiezo, porque no pones la mira en las cosas de Dios, sino en las de los hombres». (Mat. 16:23). ¡A los cinco minutos de recibir las llaves! Si la promesa significara infalibilidad personal y permanente, cómo puede el infalible ser llamado Satanás en el mismo capítulo. La verdad es que Pedro era falible, y él mismo lo reconoció. Cayó en Antioquía y Pablo le resistió cara a cara porque era de condenar. (Gál.2:11). Un infalible no necesita ser corregido por otro apóstol.
Otra general observación: Jesucristo nunca centralizó. Envió a los Doce de dos en dos, a predicar por Judea, Samaria y hasta lo último de la tierra. No dijo: «Todo lo que dudéis, preguntadlo a Pedro en Roma». Dijo: «Escudriñad las Escrituras». Dijo: «El Espíritu Santo os guiará a toda verdad». Si hubiera querido un intérprete infalible visible, lo habría dejado claramente establecido, con nombre, apellido y domicilio. Pero no lo hizo. Dejó un Libro, no una curia. Y ese Libro dice: «Tenemos también la palabra profética más segura, a la cual hacéis bien en estar atentos como a una antorcha que alumbra en lugar oscuro». (2ª Pedro 1:19).
Jamás quiso indicar el Señor que un hombre sería incapaz de errar. La historia lo demuestra. Cuéntese que en el Concilio Vaticano I, cuando se definía la infalibilidad, el obispo Strossmayer se levantó y leyó una lista de cuarenta Papas que se habían contradicho. Le apagaron el micrófono y le prohibieron seguir hablando. Pero la lista quedó en las actas. Un dogma que necesita mordaza para imponerse, no viene del Espíritu Santo, que es Espíritu de verdad y de libertad. La verdad no teme el examen; el error sí necesita protección y anatemas para sobrevivir.
En un tren iba un grupo de jóvenes evangélicos discutiendo sobre este dogma con un sacerdote. El sacerdote les dijo: «Es necesario un árbitro infalible para entender la Biblia, porque cada uno la interpreta a su manera». Uno de los jóvenes le respondió: «Muy bien, pero ¿quién interpreta de modo infalible al intérprete infalible? Porque el Papa habla en latín, y sus encíclicas hay que interpretarlas. Si yo necesito un infalible para entender la Biblia, usted necesita otro infalible para entender al Papa, y así hasta el infinito». El sacerdote calló. Y es que la infalibilidad no resuelve el problema de la interpretación; lo traslada un paso más allá, sin resolverlo.
¿Está usted seguro, amigo lector, de que quiere confiar su alma a la infalibilidad de un hombre? Porque si ese hombre se equivoca, usted se pierde con él. En cambio, si confía en Cristo, nunca será defraudado. Cristo dijo: «Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí». No dijo: «Yo y mi vicario infalible somos el camino». No hay dos caminos, no hay dos verdades. La infalibilidad pontificia pone a un hombre entre el alma y Cristo. Y la Escritura dice: «Porque hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre». (1ª Tim. 2:5).
porque no todo el mundo está capacitado para entender la profunda sencillez del Evangelio, y por eso se inventan sistemas complicados. El Señor, en cambio, prometió a los Doce que se sentarían sobre doce tronos para juzgar a las doce tribus de Israel. (Mat. 19:28). Si la promesa a Pedro fuese de monarquía universal, ¿qué hacen los otros once tronos? ¿Son tronos decorativos? La visión del Nuevo Testamento es colegial, no monárquica. Santiago preside el concilio de Jerusalén, no Pedro. (Hechos 15). Y Pablo dice que él no es inferior en nada a los superapóstoles. No hay rastro de un papa-rey en la Iglesia apostólica.
No habla de tronos de orgullo, sino de servicio. Por eso concluimos este capítulo con dos proposiciones claras que el lector deberá meditar delante de Dios: 1.º Que Jesucristo no prometió infalibilidad a ningún hombre, sino que prometió la asistencia del Espíritu Santo a toda la Iglesia que permanece en su Palabra. 2.º Que la historia, la Escritura y los mismos Padres demuestran que el Obispo de Roma es falible como cualquier otro obispo, y por tanto no puede nadie adjudicarse el don de la infalibilidad sin blasfemar contra la prerrogativa única de Dios, que solo Él es infalible, y su Palabra permanece para siempre.
Rvdo. Luis Padrosa 1945
El Rvdo. Luis Padrosa dirigiendo una tanda de ejercicios espirituales en completo retiro en la Casa de los Ejercicios de Sarriá, en el año 1945.


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