TESTIMONIO
“Y crecía la palabra del Señor y el número de los discípulos se multiplicaba mucho en Jerusalén; también una gran multitud de sacerdotes obedecían a la fe”. Esto leemos en los Hechos de los Apóstoles, capítulo 6, versículo 7.
Bastó que el actual Gobierno Español proclamara una tolerancia mucho más restringida que la que disfrutan los católicos en los países de mayoría protestante, para que el clero pusiera el grito en
el cielo. Cartas pastorales y furibundos artículos inundaron la prensa, obligando al Gobierno a limitar muchísimo más la menguada tolerancia concedida por la Ley.
¿Y cuál ha sido el resultado? Desde los días de la conversión del Rdo. Cipriano Tornos, ex confesor de la reina Isabel II, hace tres cuartos de siglo, el Cristianismo Evangélico no había obtenido tan señalados y repetidos triunfos como los conseguidos en los últimos dos años.
A causa de esta injusta y exagerada campaña anti-protestante, no solamente son atraídos muchos ateos e indiferentes a los cultos evangélicos, sobre todo en las grandes ciudades donde hay menos temor de represalias clericales, sino que la luz del Evangelio penetra en lugares al parecer inaccesibles, ganando las conciencias de elementos distinguidos del clero católico.
Nada menos que el Secretario General de las Congregaciones Marianas de España y después de todo el mundo, el Rdo. Carrillo de Albornoz, S. J., va de España a Roma y desaparece misteriosamente del escenario católico para reaparecer en Ginebra, donde hace público repudio de su fe Católica Romana en una iglesia evangélica de la ciudad de Calvino.
La cosmopolita urbe que ostenta en uno de sus parques el gran monumento a la Reforma con su lema “Post Tenebras Lux” acoge al ilustre eclesiástico español, quien manifiesta haber pasado de las tinieblas de un Cristianismo mediatizado, ensombrecido y anquilosado por enseñanzas y dogmas humanos desconocidos para el Cristianismo Apostólico, a la luz radiante del glorioso Evangelio de Cristo.
Le siguen en el mismo año 1950 varios sacerdotes de diversas diócesis de España (Gerona, Mallorca, etc.). Y ahora el reputado fundador del Instituto Loyola, el conocidísimo psiquiatra, conferenciante y orador sagrado, Rdo. Luis Padrosa Roca, deja estupefactos a propios y extraños con su conversión al Cristianismo Evangélico.
Solamente el que conoce la idiosincracia del pueblo español y ha vivido por años en ese país donde católico significa todo y el Protestantismo es objeto de todos los odios y vejámenes, puede tener idea del sacrificio enorme que significa para personas de la talla y posición del Rdo. Luis Padrosa o del Rdo. Carrillo de Albornoz una decisión de tal naturaleza.
Cuando el Cristianismo Evangélico apenas logra algunos millares de adeptos entre las clases obreras de España, mientras que es generalmente despreciado por la aristocracia, cómo puede llegar a ganar la mente y el corazón de estas figuras prominentes del mismo clero católico romano.
La explicación es lógica y comprensiva. Para el fiel católico es casi imposible un cambio de religión porque el temor de caer en pecado le impide realizar ninguna investigación en asuntos de fe; el católico debe confiar implícitamente en su Iglesia, bajo pecado mortal; por esto su mirada se dirige tímidamente en busca del “Nihil Obstat” cuando algún libro de religión viene a caer en sus manos.
De este modo evita las dudas, pero se encierra dentro de un círculo pernicioso, con grandes desventajas para sí mismo cuando tiene que discutir con otros sobre temas religiosos, y se inhabilita totalmente para ver la luz de la verdad acerca de la fe cristiana.
Esta limitación no existe, empero, en la misma medida para los elementos del clero. Ellos están puestos para defender la religión y es natural que procuren saber algo acerca de aquello que tienen el deber de combatir.
Aun existe cierto temor en muchos sacerdotes, los cuales no se atreven a leer un libro herético, ni sostendrían una controversia con un protestante sin permiso del obispo, autorización que raramente se consigue; pero ese temor supersticioso no podía existir en personas de la talla intelectual del Secretario General de las Congregaciones Marianas o del Rvdo. Luis Padrosa.
Nadie que personas tan bien asesoradas en Teología y Apologética Católica hubieran de apostatar de su fe por el hecho de permitirse investigar un poco las doctrinas y razón de ser del Cristianismo Evangélico.
“Pero la Verdad es conocida de todos sus hijos” y Nuestro Salvador afirmaba: “Todo aquel que es de la Verdad oye mi voz”. El hombre sincero y de conciencia delicada que se pone a estudiar el Evangelio queda ganado por la sublimidad y sencillez de su doctrina.
—He encontrado que no hay base en el Evangelio para los dogmas de la Iglesia Católica Romana — tales fueron las primeras palabras con que el Rdo. Padre Luis Padrosa, vistiendo aún hábitos talares, dejó asombrado al primer pastor evangélico con quien se puso en contacto en España.
Ese ministro del Evangelio se había preparado concienzudamente para una aguda polémica desde que la extraordinaria visita le fue anunciada, pues el Padre Padrosa no era en modo alguno un polemista débil. Difícilmente podía vencérsele en dialéctica, ni en conocimientos de historia, ni en teología patrística; seguramente estaría también versado en Sagrada Escritura, aunque no sea éste el punto fuerte de los católicos.
Pero toda preparación resultó inútil. El Rdo. Padrosa no iba a convertir ni a ser convertido. Iba persuadido por el mismo Espíritu de Dios y la fuerza de la Verdad, an-
Fotografía tomada con motivo de una conferencia celebrada en la Centro Mercantil de Alicante, en el año 1945.
helando en su interior el deseo de conocer a fondo lo que durante años había combatido sin haberlo estudiado en sus fuentes originales. Venía con la humildad del que busca y quiere hallar.
Esa es la explicación profunda de estas conversiones que tanto sorprenden. No es ligereza, no es despecho, no es interés humano. Es el peso de la verdad evangélica cuando un hombre culto y sincero se atreve, por fin, a confrontar la enseñanza de su Iglesia con la enseñanza llana de la Palabra de Dios.
El caso del Rdo. Luis Padrosa tiene, además, una resonancia especial. No se trata de un sacerdote oscuro, de vida retirada, sin contacto con el mundo intelectual. Se trata de un hombre que ha estado en la palestra pública, que ha dirigido ejercicios espirituales a lo más selecto de la sociedad barcelonesa, que ha pronunciado conferencias de psicología ante auditorios de miles de personas, que ha fundado un Instituto de renombre, y que ha sido considerado como uno de los oradores sagrados más elocuentes de la Compañía de Jesús en España.
Su biblioteca teológica es extensa. Sus notas sobre Patrística, sobre Historia de la Iglesia, sobre Psicología Experimental, llenaban estanterías. Y, sin embargo, este hombre, en la cumbre de su prestigio, lo deja todo para seguir a Cristo según el Evangelio, sin añadiduras humanas.
¿Qué ha encontrado? Lo dice él mismo en las páginas que siguen, con una sencillez que desarma. No ha encontrado en el Nuevo Testamento ni el papado, ni el purgatorio, ni la invocación a los santos, ni el culto a María como mediadora, ni la misa como repetición del sacrificio, ni la confesión auricular como institución divina. Ha encontrado a Cristo, único Mediador, única Cabeza de la Iglesia, único que perdona pecados por su sangre derramada una vez para siempre.
Nos complace, pues, presentar a los lectores de habla hispana este testimonio valiente y sereno. Que el Señor bendiga su lectura como ha bendecido ya a muchos que, a través de ella, han sido guiados de las tinieblas a la luz admirable del Evangelio.
LOS EDITORES
(1) Sagrada biblia, Nacar-Colunga. Ev. de San Marcos 9,39
(2) Hechos de los Apóstoles 5:33-33.
Antes de exponer las razones que me han movido a dejar la Iglesia Católica Romana para abrazar el Cristianismo Evangélico, quiero dejar bien sentado que no me guía ningún resentimiento personal.
Durante veinticinco años he vestido el hábito de la Compañía de Jesús. En ella he recibido una formación sólida, he aprendido a amar a las almas, a estudiar con rigor y a trabajar sin descanso. Guardo gratitud profunda a mis maestros, a mis compañeros y a mis superiores.
Tampoco me mueve el deseo de notoriedad. Sé muy bien que en España mi paso será interpretado como traición, como escándalo y como locura. Sé que perderé amigos, prestigio, posición económica y la obra de mis manos: el Instituto Loyola. Pero hay horas en la vida en que la conciencia no puede callar.
Desde niño sentí una inquietud religiosa intensa. Recuerdo mis primeros años en el colegio de los jesuitas, mis lecturas de vidas de santos, mi deseo de entregarme por completo a Dios. Ingresé en el noviciado con ilusión pura. Durante el filosofado y el teologado estudié a fondo a Santo Tomás, a Suárez, a Belarmino y a los modernos apologetas católicos.
Pero poco a poco fueron surgiendo en mi espíritu preguntas que no hallaban respuesta en los manuales. ¿Dónde enseña Cristo que Pedro fue obispo de Roma? ¿Dónde establece el Nuevo Testamento una jerarquía que culmine en un Pontífice infalible? ¿Dónde aparece el purgatorio, no como suposición piadosa, sino como dogma? ¿Dónde se manda invocar a María y a los santos? Buscaba citas y sólo hallaba interpretaciones forzadas.
Empecé a leer la Biblia sin notas, sin glosa, sin el temor del “prohibido sin permiso”. Leí los Evangelios de corrido, luego los Hechos, luego las Epístolas de Pablo. Y me impresionó la frescura, la claridad, la suficiencia de Cristo. “Todo está consumado”, dice Jesús en la Cruz. “Hay un solo Mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre”, escribe Pablo. “Si confesamos nuestros pecados, Él es fiel y justo para perdonar”, dice Juan, sin mencionar confesionario, ni penitencia tarifada, ni sacerdote intermediario.
Comprendí entonces lo que significa la palabra Evangelio: Buena Nueva de salvación gratuita, por gracia, por fe, por Cristo, sin añadiduras. Y comprendí también que la Iglesia de Roma, con el correr de los siglos, había ido acumulando sobre esa Buena Nueva un edificio inmenso de tradiciones humanas que la ocultan y la deforman.
hasta la Palabra de Dios, la Biblia, debe leerla con una interpretación impuesta por los hombres, difícil le será saber lo que dijo el Salvador:
“Buscad y encontraréis”.
“Pedid y se os dará”.
“Llamad y se os abrirá”.
Nadie crea que abandono la Compañía de Jesús por disgustos con mis superiores. Desgraciadamente no siempre los superiores de las órdenes religiosas tienen entraña de Caridad y espíritu paternal. Pero quiero dejar claro aquí en este mi primer escrito después de mi conversión al Evangelio, mi más sincera gratitud y admiración al P. Provincial y al P. Superior de la Residencia.
Les he visto proceder siempre con espíritu sinceramente sobrenatural.
Siento en el alma tener que abandonar el Instituto Loyola que con tanta ilusión y tan sangrientos sacrificios fundé y sostuve durante cinco años. Pero como que la dirección de este Instituto debe ser católica, no puedo continuar en él mientras no se modifiquen los Estatutos del mismo. Agradezco la valiosa ayuda que me han prestado los amigos y bienhechores del mismo, y sepan que la labor se ha realizado tal como ellos deseaban.
A mi padre y demás parientes que en estos momentos estarán afligidos pensando que apostaté de la fe, que lean este folleto despacio, y pidan luz al Señor, y se convencerán de que no es apostatar de la religión cristiana el buscar el Evangelio en toda su pureza, libre de las añadiduras y tergiversaciones que en el transcurso de los años han acumulado los hombres.
LUIS PADROSA
(1) Véase: Agustín, Retract. I,21; Crisóstomo, Hom. 54 sobre Mat.; Orígenes, Com. sobre Mat. XII,10; Jerónimo, Com. sobre Mat. 16.
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