IGLESIA APOSTÓLICA (X)
FIRMEZA DE PEDRO Y JUAN
HECHOS 4:13-22
13 Entonces viendo el denuedo de Pedro y de Juan, y sabiendo que eran hombres sin letras y del vulgo, se maravillaban; y les reconocían que habían estado con Jesús.
14 Y viendo al hombre que había sido sanado, que estaba en pie con ellos, no podían decir nada en contra.
15 Entonces les ordenaron que saliesen del concilio; y conferenciaban entre sí,
16 diciendo: ¿Qué haremos con estos hombres? Porque de cierto, señal manifiesta ha sido hecha por ellos, notoria a todos los que moran en Jerusalén, y no lo podemos negar.
17 Sin embargo, para que no se divulgue más entre el pueblo, amenacémosles para que no hablen de aquí en adelante a hombre alguno en este nombre.
18 Y llamándolos, les intimaron que en ninguna manera hablasen ni enseñasen en el nombre de Jesús.
19 Mas Pedro y Juan respondieron diciéndoles: Juzgad si es justo delante de Dios obedecer a vosotros antes que a Dios;
20 porque no podemos dejar de decir lo que hemos visto y oído.
21 Ellos entonces les amenazaron y les soltaron, no hallando ningún modo de castigarles, por causa del pueblo; porque todos glorificaban a Dios por lo que se había hecho,
22 ya que el hombre en quien se había hecho este milagro de sanidad, tenía más de cuarenta años.
I. VALENTÍA.
Ya hemos visto cómo Pedro y Juan hablaron ante el concilio, y aquí vemos la impresión que hicieron a los que estaban sentados para juzgarles.
Vieron en ellos firmeza y resolución, pues los acusados se convirtieron en acusadores tanto del pueblo como de sus autoridades.
Los declararon culpables de la crucifixión de Cristo, lo cual era mucho decir; y esto lo hicieron sin rodeos.
¿De dónde procedía este valor y constancia? De la certidumbre que tenían de que estaban diciendo la verdad, pues eran testigos de que Cristo vivía y de que en su nombre se estaban haciendo milagros tan portentosos y reales como los que El había hecho durante su ministerio terrenal.
Procedía también esta valentía del Espíritu Santo del cual estaban llenos, pues no les había dado Dios “el espíritu de temor sino el de fortaleza” (2. Tim. 1:7.), y así, aun estando frente a quienes podían condenarlos, hablaron demostrando que no temían a quienes pueden matar el cuerpo pero no el alma.
II. SIN LETRAS.
Quedaron también impresionados por el hecho extraordinario de que dos hombres que no habían frecuentado las escuelas rabínicas, donde estudiaban los escribas y doctores de la ley, pudiesen citar las Sagradas Escrituras con tanto acierto.
Eran hombres rústicos, pescadores del mar de Galilea, pero conocían los caminos de Dios mucho mejor que ellos, quienes pretendían ser los maestros del pueblo.
En Cristo habían tenido su Rabí, el hombre que habló como ningún otro había hablado, quien en cierta ocasión dijo: “Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, que hayas escondido estas cosas de los sabios y de los entendidos, y las hayas revelado a los niños. Así Padre, pues que así agradó en tus ojos.” (Mat. 11:25,26.)
Continuó siendo, salvo raras excepciones, el pueblo común el que respondió al evangelio y que lo propagó por el mundo.
San Pablo escribió a los Corintios: “Porque mirad, hermanos, vuestra vocación: que no sois muchos sabios según la carne, no muchos poderosos, no muchos nobles; antes lo necio del mundo escogió Dios, para avergonzar a los sabios; y lo flaco del mundo escogió Dios, para avergonzar a lo fuerte; y lo vil del mundo y lo menospreciado escogió Dios, para avergonzar a lo fuerte.” (1. Cor. 1:26-29.)
La misma sorpresa que tuvieron los miembros del concilio de Jerusalem, la han tenido muchas veces sacerdotes romanistas al encontrarse frente a humildes hermanos evangélicos que discutiendo con ellos, podían citar las Sagradas Escrituras, comparar e ilustrar un versículo con otro, interpretarlos con toda corrección, y así demostrar que las conocían mucho mejor que aquellos que pretenden tener el monopolio del conocimiento de las doctrinas cristianas.
Pero el hecho de que los apóstoles eran hombres sin letras, no debe tomarse como argumento para defender la ignorancia y menospreciar el estudio, como lo han hecho algunos exaltados, pues aunque a Pedro y a Juan los llamaron despreciativamente idiotas, eran hombres que poseían, si no erudición académica, amplios conocimientos de las cosas divinas, de la historia del pueblo de Israel, de las Profecías y de todo lo que necesitaban para cumplir dignamente la sagrada misión que se les había confiado.
III. HABÍAN ESTADO CON JESÚS.
Cuando se dieron cuenta de que aquellos dos hombres habían formado parte del grupo que por caminos de Judea y Galilea habían seguido a Jesús; que habían vivido con El; y que a sus pies habían aprendido, ya comprendieron porqué estaban capacitados para dar un testimonio tan claro, tan precioso y tan firme.
Su Maestro era el que tantas veces discutió con ellos y que los había confundido al citar las Escrituras; el que les señalaba con certeza sus errores y atacaba su hipocresía.
Busquemos también nosotros estar con Jesús; vivir unidos a El como pámpanos a la vid; escuchar su voz mediante la lectura de los evangelios; sentir el calor de su persona; cultivar su amistad, y que nuestra relación con El pueda ser vista por todos aquellos que nos rodean.
IV. NO PODEMOS.
Con amenazas les intimaron que guardasen silencio pero ellos como respuesta les preguntaron si juzgaban justo obedecer a ellos antes que a Dios.
¡Cuántas veces el cristiano se halla frente a idéntico dilema! Por un lado está el mundo que le promete bienestar, riquezas y honores si solamente enmudece y oculta sus convicciones.
Por el otro está Dios que le manda ser valiente y testificar de su fe.
Dios nos dé fuerza para que en tales casos nos sea dado decir: “No podemos dejar de decir lo que hemos visto y oído.”
Lutero se encontró un día frente a la Dieta de Worms. El papa, el emperador, los magnates de la tierra le pedían una terminante retractación.
Pero permaneciendo fiel a su Dios y a su conciencia contestó: ¡No puedo! Así salvó a la Reforma y la Biblia quedó abierta ante los ojos del pueblo.
NOTAS. HECHOS 4:13-22
14. Viendo al hombre que había sido sanado. El cojo sanado era un silencioso pero poderoso testimonio de la verdad y de los efectos saludables de la doctrina de Cristo. ¡Cuán animador es poder contestar con hechos a los astutos argumentos de los enemigos del evangelio!
16. Señal manifiesta. No podían negar y admitían la realidad del milagro, pero no se arrepentían de sus pecados; continuaban endureciendo el corazón contra Dios.
17. No se divulgue. Esto no se refiere al milagro sino a la doctrina de Cristo, cuya predicación querían a todo trance sofocar.
20. No podemos dejar de decir. Dijo San Agustín: “El que ama de verdad, no puede esconder el amor.”
21. Por causa del pueblo. Por temor de que se produjese un tumulto en el pueblo que glorificaba a Dios por el milagro realizado. Los jueces injustos viven siempre bajo el temor.
22. Cuarenta años. Esta nota final tiene por fin añadir una prueba más a la realidad del milagro. Era imposible negarlo cuando se trataba de un hombre tan conocido.
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