EX-SACERDOTE
NUEVA REEDICIÓN JUAN BTA GARCÍA SERNA ZARAGOZA ESPAÑA 2026
EL CATOLICISMO?
“Y crecía la palabra del Señor y el número de los discípulos se multiplicaba mucho en Jerusalem; también una gran multitud de sacerdotes obedecían a la fe”. Esto leemos en los Hechos de los Apóstoles, a continuación, y como corolario de los primeros relatos de persecución del naciente cristianismo.
La misma historia se repite.
En la misma proporción en que es combatida una creencia religiosa se atrae el interés público y aún de los mismos enemigos hacia ella. La oposición y difamación de una idea invita a estudiarla, a examinarla, a cerciorarse de sus argumentos y de las afirmaciones oponentes y cuando éstas carecen de razón, como ocurrió con la contradicción pagana del cristianismo en los primeros siglos de nuestra era, los resultados suelen ser del todo contraproducentes para los opositores.
Tal es el caso de España.
Bastó que el actual Gobierno Español proclamara una tolerancia mucho más restringida que la que habían gozado desde hace casi un siglo los cristianos evangélicos de ese país, para que el clero pusiera el grito en el cielo. Cartas pastorales y furibundos artículos inundaron la prensa, obligando al Gobierno a limitar muchísimo más la menguada tolerancia concedida por la Ley.
¿Y cuál ha sido el resultado? Desde los días de la conversión del Rdo. Cipriano Tornos, ex confesor de la reina Isabel II, hace tres cuartos de siglo, el Cristianismo Evangélico no había obtenido tan señalados y repetidos triunfos como los conseguidos en los últimos dos años.
A causa de esta injusta y exagerada campaña antiprotestante, no solamente son atraídos muchos ateos e indiferentes a los cultos evangélicos, sobre todo en las grandes ciudades donde hay menos temor de represalias clericales, sino que la luz del Evangelio penetra en lugares al parecer inaccesibles, ganando las conciencias de elementos distinguidos del clero católico.
Nada menos que, el Secretario General de las Congregaciones Marianas de España y después de todo el mundo, el Rdo. Carrillo de Albornoz, S. J., va de España a Roma y desaparece misteriosamente del escenario católico para reaparecer en Ginebra, donde hace público repudio de su fe Católica Romana en una iglesia evangélica de la ciudad de Calvino. La cosmopolita urbe que ostenta en uno de sus parques el gran monumento a la Reforma con su lema “Post Tenebras Lux” acoge al ilustre eclesiástico español, quien manifiesta haber pasado de las tinieblas de un cristianismo mediatizado, ensombrecido y anquilosado por enseñanzas y dogmas humanos desconocidos para el Cristianismo Apostólico, a la luz radiante del glorioso Evangelio de Cristo.
Le siguen en el mismo año 1950 varios sacerdotes de diversas diócesis de España (Gerona, Mallorca, etc.).
Y ahora el reputado fundador del Instituto Loyola, el conocidísimo psiquiatra, conferenciante y orador sagrado, Rdo. Luis Padrosa Roca, deja estupefactos a propios y extraños con su conversión al Cristianismo Evangélico.
Solamente el que conoce la idiosincrasia del pueblo español y ha vivido por años en ese país donde católico significa todo y el protestantismo es objeto de todos los odios y vejámenes, puede tener idea del sacrificio enorme que significa para personas de la talla y posición del Rdo. Luis Padrosa o del Rdo. Carrillo de Albornoz una decisión de tal naturaleza. Cuando el Cristianismo Evangélico apenas logra algunos millares de adeptos entre las clases obreras de España, mientras que es generalmente despreciado por la aristocracia, ¿cómo puede llegar a ganar la mente y el corazón de estas figuras prominentes del mismo clero católico romano?
La explicación es lógica y comprensiva.
Para el fiel católico es casi imposible un cambio de religión porque el temor de caer en pecado le impide realizar ninguna investigación en asuntos de fe; el católico debe confiar implícitamente en su Iglesia, bajo pecado mortal; por esto su mirada se dirige tímidamente en busca del “Nihil Obstat” cuando algún libro de religión viene a caer en sus manos. De este modo evita las dudas, pero se encierra dentro de un círculo pernicioso, con grandes desventajas para sí mismo cuando tiene que discutir con otros sobre temas religiosos, y se inhabilita totalmente para ver la luz de la verdad acerca de la fe cristiana.
Esta limitación no existe, empero, en la misma medida para los elementos del clero. Ellos están puestos para defender la religión y es natural que procuren saber algo acerca de aquello que tienen el deber de combatir. Aún existe cierto temor en muchos sacerdotes, los cuales no se atreven a leer un libro herético, ni sostendrían una controversia con un protestante sin permiso del obispo, autorización que raramente se consigue; pero ese temor supersticioso no podía existir en personas de la talla intelectual del Secretario General de las Congregaciones Marianas o del Rvdo. Luis Padrosa. Nadie temería ni aun ellos mismos lo creyeron al principio, que personas tan bien asesoradas en Teología y Apologética Católica hubieran de apostatar de su fe por el hecho de permitirse investigar un poco las doctrinas y razón de ser del Cristianismo Evangélico. “Pero la Verdad es conocida de todos sus hijos” y Nuestro Salvador afirmaba: “Todo aquel que es de la Verdad oye mi voz”. El hombre sincero y de conciencia delicada que se pone a estudiar el Evangelio queda ganado por la sublimidad y sencillez de su doctrina.
—He encontrado que no hay base en el Evangelio para los dogmas de la Iglesia Católica Romana — tales fueron las primeras palabras con que el Rdo. Padre Luis Padrosa, vistiendo aún hábitos talares, dejó asombrado al primer pastor evangélico con quien se puso en contacto en España.
Ese ministro del Evangelio se había preparado concienzudamente para una aguda polémica desde que la extraordinaria visita le fué anunciada, pues el Padre Padrosa no era en modo alguno un polemista débil. Difícilmente podía vencérsele en dialéctica, ni en conocimientos de historia, ni en teología patrística; seguramente estaría también versado en Sagrada Escritura, aunque no sea éste el punto fuerte de los católicos. Pero toda preparación resultó inútil. El Rdo. Padrosa no iba a convertir ni a ser convertido. Iba persuadido por el mismo Espíritu de Dios y la fuerza de la Verdad, ansioso de expresar lo que por sí mismo había descubierto en las páginas de las Sagradas Escrituras, guiado en su investigación por algunas buenas obras de teología protestante que no había reparado en leer, creyéndolas de fácil refutación.
El Rdo. Padrosa se reveló como una persona de conciencia extraordinariamente delicada. Un hombre “en el cual no hay engaño”, como Cristo decía de Natanael. Un sincero y verdadero cristiano católico, que amaba a Dios con toda su alma, sus fuerzas y su mente, y no podía soportar la idea de que estuviese contradiciendo y contrariando con sus enseñanzas y sus prácticas de sacerdote católico la doctrina del Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo.
Y estaba decidido a dar el paso doloroso y peligroso, sobre todo en España, de renunciar a sus cargos, su posición y su fama que había ganado como conferenciante y director de los institutos Loyola de Barcelona y Tarrasa, para poder ser fiel a la luz que había recibido.
Desde el primer momento expresó el deseo de hacer partícipes de su glorioso hallazgo a otras almas turbadas por la duda y el temor.
—¿No tiene entre su feligresía almas atormentadas por la duda? — decía el Padre Padrosa en esta primera entrevista.
—Los cristianos evangélicos sabemos en quien hemos creído y estamos ciertos... como decía el gran Apóstol de los Gentiles, fue la respuesta del ministro del Evangelio.
¡Ah, sí!, lo presentía. Esta es la diferencia entre apoyarse en enseñanzas de hombres, o en la palabra infalible de Dios.
- Es Verdad.
—Y lo cierto es que no hay gozo ni paz en el alma hasta que una persona ha recibido a Cristo como su único y suficiente Salvador y se halla dispuesta a cumplir su sacratísima voluntad cueste lo que cueste.
El Rdo. Padrosa pasó a explicar cómo esta paz y gozo inundó su corazón, desde el día que se decidió a seguir las enseñanzas del Evangelio.
Hoy se encuentra en América ganando su pan honradamente en trabajos de profesorado y anuncia voluntariamente el Evangelio en muchas iglesias que le invitan.
Pero su corazón está en España, donde tiene todos sus amores.
En sus compañeros de Orden, por los cuales no cesa en orar.
En sus numerosos discípulos y clientes del Instituto Loyola que más de una vez le han abierto su corazón sin que él pudiera abrirles totalmente el suyo.
En sus parientes según la carne, a quienes quisiera ver salvos y seguros por la verdadera fe en Cristo, como otrora deseara para los suyos el Apóstol Pablo.
En sus vilipendiados hermanos evangélicos, a quienes apenas tuvo tiempo de conocer, dada la premura y sigilo con que tuvieron que realizarse los preparativos de su viaje.
Estamos seguros que los talentos del Rdo. Luis Padrosa, puestos al servicio del Evangelio mediante su palabra y su pluma, reportarán bendición a las iglesias evangélicas de Hispano-América, sobre todo en la República Argentina.
Pensamos que cierto número de sus libros pueden llegar a manos de antiguos conocidos del Director de los Institutos Loyola en España, y fervorosamente pedimos a Dios tenga a bien usar estas páginas para iluminar sus almas.
Es posible que algún ejemplar llegue también a católicos fanáticos e intolerantes de la madre Patria. A los tales nos permitimos decirles como Nuestro Señor al cegado Saulo de Tarso: “Dura cosa te es dar coces contra el aguijón”. Todos los enemigos de la verdad evangélica han hecho esta dolorosa experiencia a través de veinte siglos y no puede ser menos en el nuestro y en un país como España donde quedan tantas almas sinceramente religiosas y temerosas de Dios.
—Yo nunca habría pensado en estudiar atentamente el protestantismo a la luz de la Biblia, y mucho menos en hacerme protestante —nos ha dicho el Rdo. Luis Padrosa— si no hubiese sido obligado a combatir el Cristianismo Evangélico. Pero cuando el Cardenal Segura desde Sevilla y el Arzobispo Monseñor Vizcarra de Zaragoza tocaron a rebato con sus cartas pastorales contra el protestantismo, poniendo en movimiento todas las fuerzas clericales y aun políticas de España contra la herejía, sentí que no podíamos, allá en Tarrasa, donde el protestantismo estaba arraigado y haciendo progresos, eludir la llamada de la Iglesia. Teníamos que hacer algo especial y notable para diezmar las filas enemigas. Debíamos convencer a los protestantes de su error. Para ello era necesario, ante todo, estudiar el protestantismo y enseñar a los católicos a combatirlo con el arma predilecta de los mismos protestantes, las Sagradas Escrituras. Mas las Sagradas Escrituras me vencieron.
He aquí el resultado, católicos de España, he aquí la desastrosa consecuencia para la Iglesia que pretendía servir, de no atender el consejo de Aquel a quien todos llamamos Maestro y Señor, quien dijo a sus discípulos, acerca de uno que invocaba su santo nombre sin hallarse adherido al Colegio Apostólico: “No se lo prohibáis, pues ninguno que haga un milagro en mi nombre hablará luego mal de Mí. El que no está contra nosotros, está con nosotros”. (1).
¡Cuánto mejor sería, amados creyentes católicos, que en lugar de combatir la fe evangélica por los métodos innobles de la intolerancia extendierais vuestros esfuerzos a persuadir a tantos incrédulos y escépticos como quedan en la caballerosa España acerca de los principios básicos de la fe cristiana!
Y al considerar la humilde y heroica labor de vuestros conciudadanos evangélicos o protestantes decid como el sabio Gamaliel en los tiempos apostólicos: “Ahora os digo, dejad a estos hombres; dejadlos, porque si esto es consejo u obra de hombres, se disolverá, pero si viene de Dios no podréis disolverlo y quizá algún día os halléis con que habéis hecho la guerra a Dios” (2).
«¿POR QUE DEJE EL CATOLICISMO?» Esta pregunta muchísimos la formularán. Unos con amor; otros con desprecio; otros con la duda.
Con amor los menos. ¿Por qué los hombres serán así?
San Ignacio, el fundador de la Compañía de Jesús, comienza su célebre libro de los Ejercicios Espirituales con un presupuesto que él considera esencial:
«Todo buen cristiano ha de ser más pronto a salvar la proposición del prójimo que a condenarla; y si no la puede salvar, inquiera cómo la entiende, y si mal la entiende, corríjala con amor; y si no basta, busque todos los medios convenientes para que bien entendiéndola, se salve.»
Esto quisiera que consideraran los que juzgarán mi decisión. Y que no olviden las palabras de Jesús: «No juzguéis y no seréis juzgados».
Mis públicas actuaciones como predicador de grandes multitudes han hecho que mis amigos y conocidos se cuenten por millares. He dado público testimonio de una doctrina y he convencido a muchos que vivían alejados de ella.
¿He sido un hipócrita que predica lo que no cree?
¿He desviado a muchos del camino de la Verdad?
Prefiero que lo juzgue el Señor. Pero el hecho me obliga a dar alguna satisfacción a mis familiares, amigos y conocidos, y no a marcharme como quien huye avergonzado de un delito cometido.
No. Puedo presentarme ante todos con la cabeza bien levantada, y lo haría públicamente si las leyes y las circunstancias de mi Patria lo permitieran.
No pudiendo ser así, lo hago por escrito, con este folleto que desearía leyeran todos los que me conocen, serenamente, sopesando las razones que en él escribo.
No es éste un escrito literario. No miren pues el estilo. Es como una carta que envío a todos los que amo, y deseo que brille en su alma la luz que brilló en la mía.
No es un libro de teología ni un manual de apologética.
Los protestantes encontrarán que tiene todavía sabor de catolicismo.
Es natural. En él expongo las razones principales que me movieron a dar el paso que dí. Cada capítulo será más adelante explanado en obras más profundas y más extensas. Aquí una simple enumeración.
La respuesta que darán los más a la pregunta «¿por qué dejé el Catolicismo?» la conozco bien. En otros casos parecidos han dicho lo mismo que dirán ahora: Unos que me he vuelto loco. Otro que me enamoré de alguna mujer. El católico convencido no puede creer haya otras razones por las que uno abandone la religión católica: locura o pasión.
Pero yerran los que así juzgan, como yerra casi siempre el que juzga deprisa sin profundizar el caso.
Los motivos que me decidieron no son uno, sino muchos.
Después de 43 años de vida sinceramente católica, 16 de profunda formación eclesiástica, 10 de sacerdote predicador de grandes multitudes y de públicos especializados y 23 de vida religiosa en la Compañía de Jesús, llego al convencimiento de que la Iglesia Católica Romana no es la verdadera Iglesia de Jesucristo. Y no lo es, porque está llena de sofismas. Y no puede ser la Iglesia de Jesucristo la que no está apoyada única y exclusivamente en la Verdad.
La Iglesia Católica está alejada de la verdad cristiana; y lo que es peor, no tiene posibilidad de volver a la pureza de la fe de Jesucristo.
Un corazón sincero y que de veras quiere conseguir su salvación ante el convencimiento de esta verdad, debe dar un nuevo rumbo a su vida.
Así lo hice, y al hacerlo entró en mi corazón una paz desconocida.
Trece años de estudio intenso de la apologética me han llevado a un convencimiento inquebrantable. Conozco los argumentos de ambas partes. Los he analizado y al hacerlo, unos se me han desmenuzado en mis manos como arena movediza, y los otros se han robustecido como roca firme, capaz de sostener el formidable edificio de la fe.
Aquellos que mejoraron su vida oyendo mi predicación, que no vuelvan atrás. Fué cierto lo que les dije. Recuerden que nunca les prediqué sobre la divinidad de la Iglesia Católica, ni sobre la infalibilidad del Pontífice Romano.
Acepten lo que les dije y den un paso más. Busquen, que el Señor está cerca. Al católico le es esencialmente difícil encontrar la Verdad religiosa, por los límites de la censura eclesiástica. Si no puede leer y no puede comparar, le será difícil encontrar el Camino. Si hasta la Palabra de Dios, la Biblia, debe leerla con una interpretación impuesta por los hombres, difícil le será saber lo que dijo el Salvador: «Buscad y encontraréis». «Pedid y se os dará». «Llamad y se os abrirá».
Nadie crea que abandono la Compañía de Jesús por disgustos con mis superiores. Desgraciadamente no siempre los superiores de las órdenes religiosas tienen entraña de Caridad y espíritu paternal. Pero quiero dejar claro aquí en este mi primer escrito después de mi conversión al Evangelio, mi más sincera gratitud y admiración al P. Provincial y al P. Superior de la Residencia.
Les he visto proceder siempre con espíritu sinceramente sobrenatural.
Siento en el alma tener que abandonar el Instituto Loyola que con tanta ilusión y tan sangrientos sacrificios fundé y sostuve durante cinco años. Pero como que la dirección de este Instituto debe ser católica, no puedo continuar en él mientras no se modifiquen los Estatutos del mismo. Agradezco la valiosa ayuda que me han prestado los amigos y bienhechores del mismo, y sepan que la labor se ha realizado tal como ellos deseaban.
A mi padre y demás parientes que en estos momentos estarán afligidos pensando que apostaté de la fe, que lean este folleto despacio, y pidan luz al Señor, y se convencerán de que no es apostatar de la religión cristiana el buscar el Evangelio en toda su pureza, libre de las añadiduras y tergiversaciones que en el transcurso de los años han acumulado los hombres.
LUIS PADROSA
* * * * * * * * * * * * * * *
CAPÍTULO PRIMERO
INFALIBILIDAD PONTIFICIA
El dogma Católico, de la infalibilidad del Pontífice Romano lo deduce la Iglesia Católica del hecho de la concesión de las llaves del Reino de los Cielos que hizo Jesucristo a S. Pedro.
«Y yo a mi vez te digo que tú eres Pedro, y sobre esta Piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. Te daré las llaves del reino de los cielos, y cuanto atares sobre la tierra, quedará atado en los cielos, y cuanto desatares sobre la tierra, quedará desatado en los cielos». (Mat. 16:18-20).
Esto es lo que dice Jesucristo textualmente.
¿Qué dice la Iglesia Romana?
«Te daré las llaves a ti y tus sucesores»
Sobre esta piedra que eres tú y tus sucesores»
Todo lo que tú y tus sucesores desatareis, desatado quedará, y todo lo que tú y tus sucesores desatareis, desatado quedará».
La Iglesia Católica sabe que Jesucristo no dijo «tus sucesores», pero asegura, como cosa de fe, que lo quería decir.
Y claro está que si los sucesores de San Pedro, o
← deslice si el blog es estrecho para ver borde derecho completo →* * * * * * * * * * * * * * *
sea los Obispos de Roma tienen las llaves del Reino de los Cielos, es evidente que el único medio de entrar en en el cielo es hacer lo que la Iglesia Católica Romana ordene.
Por esto afirma decididamente: «Fuera de la Iglesia no hay salvación».
* *
Analicemos serenamente este hecho evangélico.
Si cuando Pedro y sus sucesores cierran las puertas a alguno, Jesucristo se las abre, y cuando Pedro y sus sucesores abren Jesucristo cierra, no tiene sentido haberle dado las llaves. Hubiera sido un mero juego de palabras. De nada les serviría a Pedro y sus sucesores haber recibido las llaves con esta condición.
Si Pedro y sus sucesores han recibido de Jesucristo las llaves del reino de los cielos, cuando ellos abran abierto ha de quedar, y cuando ellos cierren, cerrado ha de quedar.
¿Y es realidad así?
Así lo afirma la Iglesia Católica. Pero nosotros decimos: si así es, hemos de aceptar como consecuencia lógica, que Jesucristo renunció para siempre y en todos los casos juzgar a los hombres.
Pedro y sus sucesores son los jueces absolutos y los dueños de cielos y tierra por lo que se refiere a la salvación de los hombres.
Entrarán los que Pedro y sus sucesores digan, y se quedarán fuera los que Pedro y sus sucesores digan.
Si es así, preguntamos: ¿Cómo dice Jesucristo por San Mateo: «Y serán reunidas delante de El todas las gentes: y los apartará a los unos de los otros, como aparta el pastor las ovejas de los cabritos. Y pondrá las ovejas a su derecha y los cabritos a su izquierda. En-
tonces el Rey dirá a los que estarán a su derecha: Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo: Porque tuve hambre y me disteis de comer...» (25:32-35).
«Entonces dirá también a los que estarán a la izquierda: Apartaos de mí, al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles. Porque tuve hambre y no me disteis de comer...» 25:41-46).
Y en el capítulo anterior dice: «Dichoso el siervo aquel a quien su señor a su vuelta hallará obrando así. En verdad os digo que le pondrá al frente de su hacienda». (46-47).
Y hablando del siervo infiel dice: «Y le partirá por la mitad, y le deparará la misma suerte de los hipócritas: allí será el llanto y el rechinar de dientes». (51).
Y en S. Lucas: «Procurad con empeño entrar por la puerta estrecha, porque muchos, os lo aseguro, tratarán de entrar y no lo lograrán. Una vez que el amo de casa se levante y cierre la puerta, si os quedáis fuera, por más que os pongáis a golpear la puerta, diciendo: Señor, ábrenos», El os responderá diciendo: «No sé de dónde sois vosotros». (13:24-30).
En la parábola de la cizaña Jesucristo explica con claridad que los siervos, al saber que en el campo un hombre enemigo sembró cizaña, le dicen: «¿Quieres que vayamos y la recojamos?» El les dice: «No, no sea que al recogerla arranquéis juntamente con ella el trigo. Dejadlos crecer juntamente uno y otro hasta la siega, y al tiempo de la siega diré a los segadores: Recoged primero la cizaña y atadla en gavillas para quemarla, pero el trigo recogedlo en mi granero». (Mateo 13:24-30).
Pidieron los discípulos explicación de esta pará- PAGINAS 20-21 TEXTO LIMPIO SIN ESCANEO
20 ¿POR QUÉ DEJÉ EL CATOLICISMO? / INFALIBILIDAD PONTIFICIA 21
bola y el Señor les aclara el sentido: «El que siembra la buena semilla es el Hijo del Hombre; el campo es el mundo; la buena simiente son los hijos del reino; la cizaña son los hijos del malvado... Enviará el Hijo del hombre sus ángeles, los cuales recogerán de su reino todos los escándalos y todos los que obran iniquidad y los arrojará en el horno de fuego».
Notemos que en ningún sitio dice Jesús que recibirá los que los Apóstoles hayan perdonado o juzgado como buenos. Siempre aparece El juzgando o sirviéndose de sus ángeles. Pero el Juez que dará la sentencia y separará los buenos de los malos es solamente Cristo Jesús.
¿Acaso no decimos en el Credo: «Desde allí ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos»?
Arguyamos pues: ¿Es que acaso en el día del Juicio quitará Jesucristo las llaves a Pedro y a sus sucesores y revisará las causas sentenciadas por ellos?
Si así fuera, volvemos a preguntar: ¿De qué sirve que ahora Pedro y sus sucesores abran si después Jesucristo ha de cerrar, y viceversa?
Para nada les sirven las llaves.
¿O es acaso que en el día del Juicio, Jesucristo solamente vendrá a ratificar solemnemente lo que Pedro y sus sucesores han hecho?
En este caso no dice la verdad Jesucristo cuando afirma que vendrá a juzgar, ni tampoco cuando declara en el Apocalipsis: «Esto dice el Santo, el Verdadero el que tiene la llave de David, que abre y nadie cierra y cierra y nadie abre». (Apoc. 3:7).
Este dilema, el católico no lo puede resolver, y ningún apologista católico relaciona la concesión de las llaves a Pedro con el Juicio final, por temor a la evidente consecuencia
Hemos repetido muchas veces: «Pedro y sus sucesores», porque esto es lo que dice la Iglesia Católica. Pero hemos de hacer notar que Jesucristo y sus Apóstoles no lo dijeron ni una sola vez.
Esto sólo ya hace pensar en la posibilidad de un sofisma a toda persona que juzga serenamente y que busca sinceramente la verdad.
Jesucristo dice explícitamente: «A ti, te doy las llaves. Para que lo que tú abras abierto quede, y lo que tú cierres cerrado quede».
Ni una sola vez dijo: «Lo que tú y tus sucesores abráis abierto quede».
Ni una sola vez.
No las entregó tampoco a la Iglesia.
Ni una sola vez dijo: «Sobre esta piedra edificaré mi Iglesia y a ella entregaré las llaves del reino de los cielos».
No las entregó tampoco al Colegio Apostólico.
Las entregó solamente a Pedro: «A ti».
¿En qué consistían, pues, estas llaves que un solo hombre podía tener y usar?
No se referían al poder de ligar y desligar, pues este mismo poder fué dado, en el capítulo 18 del mismo evangelio de San Mateo, a todos los apóstoles: «En verdad os digo que cuanto atareis en la tierra, será atado en el cielo, y cuanto desatareis en la tierra será desatado en el cielo».
Aún más: «Os digo en verdad que si dos de vosotros os conviniereis sobre la tierra en pedir cualquier cosa, os lo otorgará mi Padre que está en los cielos. Porque donde estén dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy Yo en medio de ellos».
Continuará.
Comentarios
Publicar un comentario