EVIDENCIAS DEL CRISTIANISMO (IV)
CAPÍTULO IV
Milagros: ¿son posibles y probables?
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“Jesús Nazareno, varón aprobado de Dios entre vosotros en maravillas y prodigios y señales que Dios hizo por El en medio de vosotros, como también vosotros sabéis„ Hechos II: 22.
¿Qué es un milagro? Las definiciones descansan en la base de todas las discusiones, puesto que definen ó limitan el terreno que el argumento tiene que cubrir: establecen límites dentro de los cuales nos contenemos y contenemos á nuestros adversarios. Esto es de tanta importancia en el debate, como el establecer reglas de honroso campeonato sería en una lucha entre atletas.
La definición es cosa muy importante. Aceptar una falsa premisa descuidadamente puede impelirnos á admitir una conclusión falsa. Todo un edificio resulta inseguro con cimientos malos. Si empezamos con una definición errónea ó defectuosa, trastornamos todo nuestro argumento.
Si se definiera un milagro como una «imposibilidad natural,» ¿cómo habríamos de salir al encuentro á los que, como Hume y Strauss, en primer lugar, presuponen que los milagros son imposibles y después preguntan con triunfo si hay testimonio que pueda establecer una imposi-
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bilidad? Es muy cómodo partir de la presunción de que un milagro es una violación de leyes naturales; en seguida, afirmar la uniformidad de las leyes como un hecho y una necesidad para la misma estabilidad del sistema de la naturaleza; después, argüir lo absurdo y la imposibilidad de voluntarias violaciones de aquellas leyes por el mismo Creador que las estableció como fuerzas dominantes; y concluir así, que ningún testimonio puede establecer un milagro.
Un milagro en sentido bíblico es sencillamente esto: «Una maravilla y una señal.» Su única significación es esta; que Dios apela á él como manifestación de su poder. Esta es la razón por la cual debe ser también una maravilla. Si no hubiera nada en él que asombrara el espíritu, como algo fuera del curso común de la naturaleza, ó más allá del poder humano, no podría ser empleado por Dios para producir la impresión y la convicción de su presencia y su poder. No necesita manifestarse en gran escala, no necesita que el poder de Dios se manifieste en él con todo su esplendor; esto pudiera ser una pérdida de fuerzas. Todo lo que hace falta es que el hecho ú ocurrencia sea lo bastante maravilloso para mostrar en él la mano de Dios, y su fin es cumplido. Así debe ser sorprendente, como fuera de las cosas ordinarias, para que pueda fijar la atención.
Un milagro debe combinar estos dos elementos. Puede ser que observéis ó una maravilla que no es una señal ó una señal que no es una maravilla: pero ni una ni otra son un milagro porque no reunen ambas condiciones. Por ejemplo, la luz del sol es una maravilla, y el estar familiarizado con el misterio diario de la mañana y la tarde, no suprime el elemento de lo maravilloso. Un vasto globo, millón y medio de veces mayor que la tierra, da á esta vida, calor y movimiento, á una distancia de más de noventa mi-
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llones de millas. Si la zarza del desierto de Horeb fué sorprendente, porque ardía con fuego y no se consumía, ¿qué no diremos de una esfera de fuego, á la cual seis mil años de combustión incesante no han reducido todavía en tamaño? Sin embargo, no decimos que el sol es un milagro, porque Dios no apela á él como una señal especial que confirme su palabra ó muestre su poder en relación con las cosas humanas. El arco iris es una señal, á la cual Dios apela como una prenda de su pacto con el hombre de que el torrente de las aguas no inundará nuevamente la tierra. Sin embargo, no lo llamamos milagro por no salirse del curso ordinario de la naturaleza, ni atraer la atención de los hombres, demostrando un poder sobrenatural.
Fijemos, pues, firmemente en nuestra inteligencia, que cuando un hecho se ve bien que está bastante fuera del orden natural ó corriente para indicar una segura interposición de un poder superior á la naturaleza y al hombre, y que cuando Dios nos indica ese hecho como señal de que Él habla por el hombre, tenemos las dos condiciones necesarias para un milagro. Debe ser superior al poder de la naturaleza y del hombre. La naturaleza representa fuerza ciega, mecánica, obrando sin inteligencia. Todas las operaciones de la naturaleza son maravillosas pero no milagrosas, puesto que siguen el camino de las leyes fijas. El hombre representa una fuerza inteligente; todos los actos del hombre son maravillosos pero no milagrosos, puesto que siguen el camino de las leyes fijas, leyes del espíritu y de la materia. Para que una cosa sea milagro, maravilla que debe mostrar el poder de Dios, debe haber alguna prueba de la intervención de una influencia que no está limitada por las leyes de la materia, ni por las del espíritu.
¿Cómo se producirá probablemente esa prueba
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ó señal, si se produce de algún modo? No puede haber más que una respuesta. Habrá una interrupción de aquellas leyes fijas que hemos visto dirigir los movimientos de la materia y el espíritu. La objeción lanzada contra los milagros como interrupción de leyes fijas, no está bien comprendida. Si hubiera un milagro verdaderamente habría de invadir el orden establecido; de otro modo, aun cuando pudiera causar la impresión de lo curioso ó aún de lo maravilloso, no se convertiría en señal de presencia ó poder mayores que las fuerzas que obedecen el orden establecido, y que llamamos mecánicas, porque al igual de los movimientos de una máquina, no pueden obrar fuera de límites establecidos.
Supongamos que á un salvaje ignorante y supersticioso, se le transporte repentinamente, como en un sueño, á los mismos centros de la civilización más elevada. Está al lado de un camino de hierro y el férreo caballo pasa velozmente por delante de él. Mira con asombro las rápidas revoluciones de las ruedas motoras y el majestuoso movimiento de este símbolo de omnipotencia mecánica. Cae de rodilla para adorarlo, pero le deteneis. Le decís que aquello no es un dios, que es sencillamente una máquina que se mueve según una ley fija y dentro de los límites determinados por los carriles, que también representan una ley. El no puede creerlo; ¿cómo le convencereis? No hay más que un camino. Demostradle que hay un poder superior á la máquina que puede cambiar su marcha; invadir lo que parece ser una orden fija y una ley uniforme de su movimiento; y si él tiene inteligencia suficiente para apreciar vuestro método de prueba, él verá que la locomotora es una máquina y nada más que una máquina. Le haceis ver cómo por la mano del maquinista cesa su movimiento, cómo merced á la aguja se le hace cambiar de vía, como se quiera;
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cómo cambia de dirección gracias á la plataforma giratoria; cómo extinguiendo su fuego queda sin movimiento, inerte. Ved, ahora, que le habéis demostrado que algún poder más grande que la máquina está presente al interrumpir su curso ordinario y uniforme. Un hombre muy ignorante sabe que es propio de la máquina, ó cuando menos, que se mueve avanzar en una dirección. Cuando un cuerpo que se mueve efectivamente se detiene, retrocede, gira; cuando todos sus movimientos ordinarios cambian, deducimos que hay un poder superior al mecánico y á ese poder le llamamos inteligencia. Si Dios hace un milagro, la prueba de su presencia será de modo que demuestre una fuerza no sólo superior al ciego mecanismo, sino también á la inteligencia humana; y eso no puede ser más que de un modo que parezca trastornar las leyes ordinarias de la materia y el espíritu. Decimos, «aparezca trastornar», porque no es necesario que una ley sea anulada ó suspendida; basta que salte á la vista que el Divino Maquinista guía la máquina para convencernos que está presente; y mi necesidad está satisfecha aunque yo no pueda entender el complejo sistema de leyes que determina el milagro.
Observemos que después de todo, aun en un milagro puede no existir una invasión real del orden del universo. Cuando la máquina retrocede, gira, cambia de vía, obedece verdaderamente á la ley como cuando avanzaba en línea recta; hay sin embargo, una inteligencia que guía la máquina, y que aporta una nueva ley que determina el movimiento. ¿Cómo sabemos si todo milagro invade ó interrumpe el orden natural establecido? ¿Qué diríamos si fuera el maquinista la inteligencia del Creador, aportando sencillamente un nuevo conjunto de leyes que aplicar al universo?
Cuando se revelan las cosas secretas encontraremos sin duda que hay en este mundo de ma-
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teria y espíritu dos planos para la realización de todo. Uno es el plano ordinario, el nivel más bajo: donde todas las cosas se mueven en una línea y orden uniformes; otro el plano extraordinario, el nivel más alto, donde la intervención especial de Dios obra maravillas, por razones sabias, una fuerza que generalmente no entra en juego.
En peligro podemos tomar posiciones aun positivas que estas. Todo acto por el cual la voluntad voluntariamente interrumpe la marcha de la ley mecánica, tiene en sí la esencia de lo milagroso, en pequeña escala. Por ejemplo, detengo con el pie una bola que rueda por la cuesta. Ella hubiera seguido rodando por el hasta que otra ley mecánica, que llamamos la gravedad de los cuerpos, atrayéndola á la tierra hubiera detenido su movimiento, pero un espíritu distinto ha sido puesto en juego, una fuerza voluntaria, inteligente, interrumpe la fuerza ciega, mecánica. Ningún desorden se ha introducido en la creación, pero hay en acción un nuevo poder que demuestra un agente inteligente. ¿Qué hace Dios en un milagro? Supongamos que es literalmente cierto que el sol «se paró mientras Josué luchaba, con los cananeos, ó que esto es sólo una descripción poética del «libro de Jasher» de una prolongación de la luz del día. La ley mecánica requeriría la marcha continua del sol por los cielos, pero se introduce la fuerza inteligente, voluntaria á dirigir el trabajo de la mecánica y ciega, y con lo inusitado, de repente despierta su asombro, no hecho como el otro, pero en mayor escala, y á propósito para probar el poder de Dios?
Lázaro murió y fué enterrado. La función de las leyes mecánicas hubiera determinado la descomposición; pero una fuerza nueva, voluntaria é inteligente domina á la mecánica y ya no hay descomposición. Al conjuro de la palabra del
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Maestro: «¡Lázaro, ven fuera!», Hijo de Dios vuelve la vida. El hombre no puede devolver la vida á los muertos; sin embargo, puede hacer revivir un cuerpo del cual ha huido el hálito de la vida, pero en el cual la chispa vital aún no se ha extinguido del todo. El médico con sus remedios, el que se ahoga con la respiración artificial, logran á veces que el espíritu fugitivo vuelva á su morada corporal. Pero cuando la muerte es real, cuando la descomposición ha comenzado, cuando el cadáver está ya en el sepulcro, ningún poder humano puede hacer que el muerto vuelva á la vida. Por eso el milagro de Lázaro es una señal inequívoca de la presencia y del poder de Dios. No es una mera aceleración de fuerzas naturales, sino la introducción de una fuerza sobrenatural que domina á la naturaleza misma.
Los milagros de Cristo no fueron hechos al azar, ni para ostentación, sino con un propósito definido: confirmar su misión divina. Por eso dijo: «Si no hago las obras de mi Padre, no me creáis. Mas si las hago, aunque á mí no me creáis, creed á las obras; para que conozcáis y creáis que el Padre está en mí, y yo en el Padre.» Juan X: 37, 38.
Así pues, cuando un incendio en la ciudad somete el aparato
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á que dé mucha más agua que de ordinario, no decimos que se ha violado la ley de la hidráulica, sino que una fuerza superior, la del maquinista que aumenta la presión, ha intervenido para producir un resultado extraordinario. De la misma manera, cuando Dios obra un milagro, no anula sus leyes, sino que introduce una fuerza superior que las domina para un fin moral y redentor.
La objeción vulgar de que un milagro es una violación de las leyes de la naturaleza descansa en una confusión de ideas. Las leyes de la naturaleza no son decretos legislativos que obliguen á la materia, sino descripciones de cómo obra la materia cuando se deja á sí misma. Si una voluntad inteligente interviene, el resultado será distinto, pero la ley no queda violada: simplemente actúa otra ley superior, la de la voluntad.
Un tren que corre por los rieles obedece á la ley mecánica. Si el maquinista aplica los frenos y lo detiene, ¿ha violado la ley mecánica? No; ha introducido la ley de la voluntad inteligente. Así también Dios, al hacer un milagro, no destruye el orden natural, sino que revela un orden superior.
Por tanto, la pregunta real no es si los milagros son posibles, sino si tenemos evidencia histórica suficiente de que han ocurrido. Y esa evidencia debe examinarse sin prejuicios filosóficos.
¿Es un milagro una violación de las leyes de la naturaleza o es solamente de las cosas, que infaliblemente nos
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