EVIDENCIAS DEL CRISTIANISMO (III)

 

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CAPÍTULO III
La profecía de la Ruina de Jerusalem
«Y ahora, os lo he dicho antes que se haga, para que cuando se hiciere, creais.», San Juan. XIV: 29.

Una profecía puede darnos una idea de todas ellas; v. gr.; las predicciones de Cristo en cuanto á la destrucción de Jerusalem y la dispersión de los judíos. Establezcamos justa y firmemente que estas palabras fueron literal ó sustancialmente pronunciadas por Cristo antes de su desaparición de entre los hombres; y sin peligro podemos hacer que todo el éxito de la fe cristiana descanse sobre la realización de la profecía. Pues, de solo este pasaje de la Escritura complementado con otros (1) puede demostrarse y justificarse la existencia de Dios, su gobierno moral, su providencia general y especial, la inspiración divina de las Sagradas Escrituras y el carácter y la misión divinos de Cristo. He aquí, pues, precisamente el terreno en que se satisface la duda ingénua. Pero para tener una prueba completa y justa de que la historia satisface en cada punto las exigencias de la profecía y se ajusta al molde profético, será

(1) San Mateo, XXIV., San Marcos, XIII., San Lucas. XXI.



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mejor hacer venir, como testigos, solamente á los enemigos declarados del cristianismo, para que no parezca que la autoridad de Cristo y el Evangelio se basan en la parcialidad de los amigos.

Cualquier exámen sereno de esta materia nos obliga, en primer lugar, á indagar si habría una certeza razonable de que estas palabras proféticas fueron pronunciadas ó escritas antes de que ocurrieran los acontecimientos. Esta pregunta está en el mismo umbral de la investigación total; suprimirla, es dejar que todo lo demás quede sin probar. Una crítica ingénua no puede evitar el resultado, puesto que se nos constriñe á ello por los enemigos de la religión cristiana. Porfirio, en el siglo tercero de la era cristiana, atacó desesperadamente las Escrituras Judaica y Cristiana. Encontrando en el libro de Daniel una profecía que se había realizado de la manera más minuciosa, admitía en primer lugar con la mayor franqueza, que en cada pormenor, la historia había comprobado la profecía; y luego diestramente convertía esta admisión en un arma de ataque, arguyendo que un proceso de cosas tan exacto, sólo pudo concebirse después de los acontecimientos; Daniel representaba el papel de historiador bajo el disfraz de profeta. Si Porfirio fué el primero en imaginar este fácil escape del argumento de la profecía, no fué el último. Voltaire, en los tiempos modernos ha admitido, del mismo modo, la maravillosa coincidencia entre aquellas profecías de la ruina de Jerusalem seguida del desquiciamiento del pueblo judío y los hechos consumados; pero arguye sagazmente que la pretendida profecía nunca fué expresada de palabra ó por escrito hasta después de la destrucción de Jerusalem.

En cuanto al mismo Voltaire, cualquiera objeción procedente de ese origen tiene muy poco peso. Un hombre que pudo, en una carta á un amigo, declarar que «la historia no es, después de


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todo, más que un costal de mentiras que atribuímos á los muertos,» y que «en cuanto á los retratos de personajes biografiados, son casi todos creaciones de la imaginación»; un hombre que al ser preguntado dónde encontró cierto hecho sorprendente, con el cual adorna una de sus narraciones, contestó: ¡es un capricho de mi imaginación!; un hombre cuyo lema fué: «Abajo el miserable,» y que sin embargo invocó á este Cristo en su hora la muerte; un hombre que después de capitanear las huestes de escépticos y mofadores, como el más osado de los blasfemos, durante sesenta años, murió con agonía y remordimiento tan terribles que hasta el Mareschal de Richelieu huyó de la cabecera de su cama, declarando que no pudo resistir un espectáculo tan horroroso, y M. Tronchin afirmaba que «las furias de Orestes apenas podían dar una ligera idea de los arrebatos de Voltaire»; un hombre que decía á su médico de cabecera, «Doctor, os daré la mitad de lo que poseo, si me dais solamente seis meses de vida»; y que al contestar el doctor: «Señor, no vivireis seis semanas,» gritó: «Entonces iré al infierno, adonde me acompañareis» y poco después expiraba; semejante hombre no añade mucho peso á su propia objeción. Si un hombre no siente la fuerza de su propio argumento, apenas puede esperarse que los demás le den mucha importancia; y es muy evidente que Voltaire no fué un escéptico honrado, sino un mofador, un burlón, un escarnecedor, quien rara vez obraba con sinceridad, sino inventaba una objeción cualquiera que pudiera servir á sus fines. Sin embargo, en tanto que una objeción puede considerarse que pesa independientemente de su autor, hemos de averiguar brevemente la fecha de esta profecía.

Si esta tacha de fraude pudiera, por un momento, ser apartada de la religión y contemplada con juicio tranquilo y sereno sin tendencia de prejui-


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cio, su absurda condición propia sería muy evidente. Suponer que esta profecía está escrita después del hecho, es suponer una impostura deliberada de gigantescas proporciones escamoteada ante gente simple, en el sagrado nombre de la religión; una mezcla de hipocresía, falsificación y perjurio que deshonraría á un mónstruo como Nerón. ¡Reflexionad! Un hombre en unión con otros dos como él, prepara un complot para apoyar los derechos de un simple pretendiente, disponiendo secretamente la descripción de un acontecimiento ya pasado; y luego por una serie de falsedades induciendo á los hombres á que lo acepten como una profecía verdadera. ¿Podían los hombres, capaces de hacer eso, haber escrito los Evangelios? Por confesión aún de los enemigos de la religión de Cristo, estas narraciones abundan con las más elevadas enseñanzas morales y las más sublimes concepciones de Dios y del deber. Debe haber alguna relación entre el hombre y su obra, y la producción de estas narraciones evangélicas por esos embusteros rematados es inconcebible. Creer esto requiere más credulidad que aceptar la religion cristiana sin haberla examinado apenas.

La suposición de impostura intencionada en la producción de los Evangelios debe abandonarse como insostenible; desde luego se ve que contradice las grandes leyes establecidas de la naturaleza humana y supone que todo el cuerpo de creyentes está engañado.

Los judíos eran muy celosos de su sagrado depósito, considerando su principal ventaja que «les había sido confiada la Palabra de Dios». Se tuvo el mayor cuidado en compilar el canon. El derecho de un libro á ocupar un lugar en la sagrada colección se pesaba con escrupulosa exactitud. Muchos libros figuran hoy entre los apócrifos considerados dignos de ser encuadernados con nuestro Antiguo Testamento, tan puro es su estilo, tan

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excelente su tono; y sin embargo, rechazados como indignos de ser considerados como obra de la inspiración. ¿Cómo podía haber encontrado lugar para él en el canon, el libro de Daniel? Los judíos deben haber creido en su carácter inspirado. Si el libro hubiera venido á establecer sus pretensiones después que sus tituladas profecías se realizaran, el derecho se hubiera rebatido al instante. Si se hubiera ofrecido el libro á la iglesia judaica, como inspirado, anteriormente á los acontecimientos que predecía, hubiera sostenido su derecho al carácter profético y á la autoridad divina.

Supongamos algo semejante en nuestro tiempo. Que algún piadoso bribón, que aspirase al rango de profeta, intentase el mismo modo de imponerse al público: que escribiese una minuciosa pretendida predicción de la guerra de la Rebelión y que tratase de conseguir que el mundo creyese que él la había escrito por previsión divina un cuarto de siglo antes de la guerra. ¿Cuánto tiempo tardaría este fraude piadoso en ser descubierto? Miles de cosas se combinarían para revelar el fingimiento. Su autor tendría más probabilidades de ser cañoneado por loco ó granuja que de ser canonizado por santo. Muchos rasgos hay que combinar para poner en tal complot alguna apariencia de verdad, de modo que el descubrimiento de la treta fuera moralmente cierto. Se debía de empezar por preguntar, qué clase de hombre es este que se atribuye carácter profético. ¿Es un hombre sincero, moralmente recto; es su palabra ajena á la sospecha? ¿Es un hombre cuerdo, mentalmente sano, y no descarriado por una falacia? Entonces, si su manera de ser mental y moral estuviesen en relación con su pretensión, su profecía se sometería á un examen microscópico, si es que lleva las señales internas de esas inspiradas declaraciones y aún, si resistiera satisfactoriamente esta prueba, se podría requerir al autor á que diera testimonio

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satisfactorio al espíritu general de que su producción fué escrita antes de realizarse los hechos. Sobre materias de esta clase no somos naturalmente crédulos. La desconfianza natural de nuestra naturaleza hace que seamos parcos en la concesión á los demás del alto rango del carácter profético; y estamos más inclinados á resistir las pruebas de que Dios ha escogido á un hombre determinado como medio para una revelación especial, aún cuando las pruebas son ámplias, que á rendir nuestro homenaje, á un candidato indigno, por una admisión apresurada de sus pretendidos derechos. Aún, si hubiera algunos dentro de la iglesia, que conspiraran para dar á semejante falso profeta un lugar en el trono de la profecía, su propio carácter despertaría sospecha de su participación en el fraude.

El año exacto de la producción de cada uno de los cuatro evangelios no puede fijarse, pero la crítica moderna más cuidadosa y erudita señala la fecha de la narración de San Mateo en el año 38 de N. S. J. próximamente, y su relato de esta profecía es el más completo, así como el primero. Marcos escribió del año 67 al 69; Lucas en 63; Juan en el 95. El sitio de Jerusalem bajo Tito acabó en 8 de Septiembre del año 70 de la era cristiana. El primer relato de esta profecía existió, por consiguiente, en forma escrita más de treinta años antes del acontecimiento, y los últimos relatos de dos á siete años antes. Juan, el único de los cuatro que escribió después del hecho, es el único que no hace referencia alguna á la profecía, como si se hubiera tenido cautela en no dar ocasión para que se imputara el que el mismo hecho le hubiera proporcionado datos para la profecía.

Pero una prueba más convincente tenemos á mano. Los tres siglos del principio de la era fueron siglos de persecución y controversia. No se dejó de probar arma alguna, fuera pluma ó espada,


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que pudiera emplearse contra la causa de Cristo. Sin embargo, aunque estas profecías se citan familiarmente por escritores cristianos de la primera época en defensa del Cristianismo, hay que esperar hasta los días de Porfirio, cuando el siglo tercero llegaba á sus postrimerías, ¡antes de que un escritor ni aún á dudar se atreva de la ingenuidad de la profecía! La controversia aventa la paja de la ficción ó la fantasía del grano de la realidad; á la vista de águila de la investigación escrutadora, sugerida por la hostilidad; ¡hasta las corrupciones ó perversiones de la verdad se descubren! Juzgad, pues, si una profecía imaginaria, nunca oída hasta después del acontecimiento, esperaría trescientos años á que se la discutiera; mientras aún una duda razonable de su pureza, hubiera provisto á sus crueles enemigos de un arma irresistible contra la religión cristiana. ¡Sería tanto como esperar que un ejército poderoso al mando de jefes expertos, sostuviera el sitio de una ciudad amurallada durante tres siglos sin descubrir los puntos débiles, en que los muros estuvieran apuntalados con maderas podridas! Dios permitió estos tres siglos de la más encarnizada hostilidad con enemigos dispuestos en orden de batalla contra el Evangelio, para darnos á entender que el origen del Cristianismo nunca estuvo rodeado de las nieblas de la incertidumbre ó el engaño. Sus enemigos, muchos y poderosos, tuvieron que forjar otras armas de ataque fuera de la audaz acusación de fraude.

Algunas de las más notables de estas profecías están aún en vía de realización. Durante mil ochocientos años, desde la caída de Jerusalem, la prueba severa de la historia se ha aplicado á esta profecía. Cristo, con la firmeza del que sabía lo que decía, desafió á los siglos futuros á que faltaran á su palabra profética, pues, sus predicciones alcanzaron mucho más allá de la ruina de la


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ciudad real de David. Pero al pasar los años y aún los siglos más augustos en procesión por delante del soberano del mundo, como jefes militares que saludaran con sus cascos adornados con plumas, las edades á su vez confiesan el carácter divino del profeta, que tanto tiempo hace trazó los límites terribles, más allá de los cuales ni aún ellas pueden pasar. ¿Qué diremos, pues, de la prueba acrisolada del tiempo?

¿En esta profecía puede explicarse la relación por coincidencia accidental? Para contestar esta duda natural, considèrese la ley de la probabilidad, simple y compuesta. Cuando se hace una sola predicción en la cual no se ve más que un aspecto, puede ó no demostrar que es verdad; por consiguiente, de cada dos casos quizá se cumpla uno. Por ejemplo, suponed que digo: «va á hacer un verano de mucho calor;» como puede ser cálido ó benigno, la probabilidad de su cumplimiento está representada por la fracción, un medio. Esta es la ley de probabilidad simple. Si introduzco un segundo particular, entro en la región de la probabilidad compuesta, v. gr., suponed que digo, sin ninguna ley científica como base de mi conjetura, que el quince de Junio será un día muy cálido. Aquí hay dos predicciones; una consiste en que hará un calor extremado, la otra que será en día determinado. Cada predicción tiene media probabilidad de cumplirse; la probabilidad compuesta, un cuarto, esto es, que de cada cuatro casos quizá se cumplan en uno, ambas predicciones. «Un acontecimiento tiene, por consiguiente, una sola probabilidad en el producto de los términos simples que han de formar aquél.» Cada nuevo rasgo añadido hace menor la fracción de probabilidad.

En esta profecía, no hay ninguna predicción vaga, general, sino una sorprendente disposición de particulares minuciosos. Nuestro Señor traza el plan del acontecimiento futuro con todos sus

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pormenores, tiempo, lugar, personas, circunstancias notables, introduciendo todos ellos rasgos peculiares, que no dejan duda en cuanto á nuestra facultad para reconocer el acontecimiento, si éste tiene que aparecer como su plan. Encontramos unas veinticinco predicciones distintas aquí, y según la ley de la probabilidad compuesta, la proporción en que se encuentran todos en un acontecimiento, es de uno por cada veinte millones próximamente; quiere decir; la fracción que representa el caso de probabilidad es un medio elevado á su vigésima cuarta potencia ó próximamente una veinte millonésima de probabilidad!

Y sin embargo, cada uno de estos aspectos se encontraron en la destrucción de Jerusalem y nunca se han combinado en ningún otro acontecimiento. Y al seleccionar ejemplos omitimos todos aquellos aspectos acerca de cuyo exacto sentido hay una duda tal, que les convierte en guías inseguros de nuestra investigación. Escogemos solamente los perfiles más evidentes, más salientes que están realizados de manera tan maravillosa, que no pueden dejar incertidumbre razonable de la relación entre ellos.

Otra observación debería hacerse antes de entrar en el estudio más detenido de esta profecía particular. Parece que hay en la palabra de Cristo una referencia no sólo á la destrucción de la ciudad, sino al fin del mundo, y tan íntimamente están estos dos grandes acontecimientos unidos en estas revelaciones, que es materia de duda para los que se dedican al estudio de la Biblia, en qué punto cesa de hablar de lo menor y empieza á hablar de lo mayor. ¿Pero nos ha de dificultar esto seriamente el estudio de esta cuestión? Hay una ley de perspectiva profética que todos los que contemplan las profecías deben comprender. En un paisaje una línea próxima de colinas puede tener todas las apariencias en líneas generales


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de una cordillera de montañas mucho más distante; de modo que aunque hay una gran diferencia en sus alturas y mucha distancia entre una y otra, las mismas líneas podrían definirlas y describirlas. Lo mismo ocurre en la profecía; un perfil puede describir un acontecimiento próximo á nosotros y otro de magnitud más importante en las lejanías del horizonte. Muchas palabras pueden tener intencionadamente un doble sentido, refiriéndose inmediatamente á una ocurrencia más próxima y remotamente á alguna otra, de la cual aquella es tipo; referencia aquí en escala menor y allí en escala mayor. Ahora, bien, podemos llamar á esto, ley de las sombras proféticas, anunciándose un acontecimiento futuro por otro y correspondiéndose los perfiles de ambos como las sombras y los cuerpos.

Pero esto más bien es un argumento en favor que en contra de la inspiración divina de la profecía, puesto que tenemos una doble predicción con una doble realización. Seguramente, si El habla á quien “un día es como mil años y mil años como un día„ no tenemos por qué sorprendernos de verle emplear un perfil para acontecimientos, entre los cuales hay un abismo de mil años; puesto que para El esas vastas edades no parecen más que la vigilia de una noche y todo tiempo no es más que un insignificante tic-tac en el gran reloj de la eternidad.

Una prueba palmaria de la mano de Dios, en esta profecía y en la historia que la realiza, se encuentra en las mismas autoridades que refieren el cumplimiento. La principal relación de la destrucción de Jerusalem, si se hubiera escrito á propósito para confirmar las predicciones de Cristo, no se hubiera correspondido con éstas, con mayor exactitud. Su autor fué el príncipe de los doctores judíos de su tiempo y general, que al principio resistió obstinadamente el poder romano, reteniendo


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Jotapata, la fortaleza de Galilea, durante cuarenta y siete días, contra Vespasiano; en el año 67 de nuestra era, cayó cautivo, quedando sujeto á prisión hasta que Tito sucedió á Vespasiano en la dirección de la guerra judía. Estuvo presente en el sitio de la ciudad y, después de su caída, volvió con Tito á Roma, en donde escribió sus Anales; y el mismo Tito quedó tan complacido con la exactitud de su historia que le dió su aprobación y quiso que se publicara. Este historiador fué, por supuesto, Josefo. Verdaderamente fué un testigo competente, hombre de gran talento, y con toda clase de probabilidades para una observación minuciosa y una información exacta, por estar unido á la persona del jefe romano. ¿Quién se arriesgaría á acusar á un judío, que vivió y murió como uno de los fariseos más austeros, de parcialidad por el Nazareno crucificado ó sus profecías? Dios escogió un enemigo de la fe cristiana para trasmitirnos una narración muy minuciosa del cumplimiento de esta muy minuciosa profecía: de modo que el principal, aunque inconsciente testigo del carácter profético de Cristo, es uno cuyo testimonio no puede recusarse por judíos ni paganos. Josefo no trazó relación alguna entre los terribles acontecimientos que narró y las palabras del crucificado Jesús: pues se esfuerza constantemente por encontrar alguna razón que justifique los espantosos juicios que sobrevinieron sobre su tierra y nación (1).

¿Cuáles son las otras autoridades que deben citarse para probar que la profecía de Nuestro Señor se cumplió en todas sus partes? Tacito, historiador romano y pagano y Gibbon, príncipe de los escépticos, historiador inglés, quien, aún

(1) Compárese: Guerras 75I. P. VI-V-IV, en que explica la ruina del templo por el hecho de que los judíos habían aumentado el área de sus patios, incluyendo tierra no consagrada, etc., etc.


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cuando trataba de demostrar que el éxito del cristianismo puede explicarse por causas naturales y secundarias, se vió obligado contra su voluntad á narrar hechos que prueban que Cristo es un verdadero profeta. Federico el Grande dijo en una ocasión á uno de sus mariscales, que era un creyente devoto: “Dadme una palabra, una prueba de la verdad de la Biblia„. “Los judíos„, fué la contestación lacónica, incontrovertible.

Armonizando los evangelios en una narración completa, encontramos veinticinco predicciones distintas, en relación con la ruina de la capital judía. Por conveniencia las agrupamos en clases.

I. Predicciones con relación á los pretendientes al carácter de Mesías. 1. Serían muchos. 2. Arrastrarían á la gente al desierto y á lugares desiertos. 3. Engañarían á muchos, etc.

Antes de este tiempo no había habido tal cosa en la historia judía. Después de la crucifixión se multiplicaron los falsos Mesías, como Simón Mago, el hechicero samaritano; Dositeo, también samaritano; Theudas, que prometió separar las aguas del Jordán como Elías; y Josefo dice: “con estas palabras engañaban á muchos„. El país estaba lleno de impostores que engañaban al pueblo y le persuadían á seguirles al desierto donde habrían de ver señales; una gran multitud era conducida á los claustros del templo por los falsos profetas.

II. Las predicciones de varias calamidades notables. 1. Guerras. En el tiempo en que Cristo hablaba, la paz prevalecía entre los judíos y las naciones próximas á ellos. Aún cuando la orden de Calígula de erigir su estatua en el templo provocó la resistencia, los judíos no pudieron creer que la guerra fuera inminente. Y sin embargo, Josefo dice: “el país fué pronto presa de la violencia; los desórdenes prevalecieron en Alejandría, Cesárea,


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Damasco, Tiro, Ptolomeo y por toda la Siria„. Los judíos se rebelaron contra Roma; Italia estaba agitada y en el espacio de dos años murieron cuatro emperadores romanos.

2. Hambre, pestilencia, terremotos, etc. Un hambre de varios años de duración causó sufrimientos en Judea y hubo hambres en Italia, pestilencias en Babilonia y sólo cinco años antes de la ruina de Jerusalem, en Roma. Tácito y Suetonio Filostrato hablan de terremotos, y Josefo dice que los hubo en Creta, Italia, Asia Menor y uno extraordinario en Judea.

3. Vistas asombrosas y grandes señales del cielo. Josefo afirma que precisamente antes de la guerra, «una estrella semejante á una espada se vió sobre la ciudad y un cometa durante todo un año; que una gran luz brilló alrededor del altar; que la puerta pesada del Este, que no podían mover menos de veinte hombres, se movió por sí sola; que se vieron carros de guerra y tropas en las nubes á la puesta del sol; que hubo un terremoto y una voz sobrenatural durante la fiesta de Pentecostés; que un hombre llamado Jesús insistía en gritar: «Ay de la Ciudad,» etc.

Tácito refiere muchos prodigios que indicaban la ruina próxima. Los ejércitos aparecían luchando en el aire, el fuego caía sobre los templos procedente de las nubes; se oyó una voz fuerte que proclamaba la marcha de los dioses del templo, y un sonido como de un ejército que partía. Nada podemos decir acerca de la realidad y naturaleza milagrosa de estas señales y vistas y sonidos; pero basta con que judíos y romanos se impresionaron con ellos como reales y milagrosos.

III. Señales dentro del reino de Dios. 1. Persecución. ¿No hizo Saul estrago de la Iglesia antes de su conversión? ¿No comparecieron Pedro y Juan ante los concilios y estuvieron en

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las cárceles? ¿No fué llevado Pablo ante los reyes, y él y Silas azotados y puestos en cepos por causa de su fe? Sin embargo, ¡qué fuerza maravillosa se dió, ante los adversarios, á Estéban, á Pedro, á Pablo! Ninguno de los apóstoles ha muerto de muerte natural excepto Juan. Unos seis años antes de la caída de Jerusalem hubo en Roma una terrible conflagración de ocho días, de la cual se creyó que fué autor Nerón; y para apartar de sí mismo la cólera del pueblo, echó la culpa de ella á los cristianos; empezando con motivo de esto una persecución que hasta la literatura pagana se avergüenza de referir. Nerón dirigió su carro á los jardines imperiales entre hileras de mártires cristianos envueltos en sus ardientes sábanas de llamas.

  1. Traición mutua. Tácito dice que al principio aquellos de quienes se apoderaban confesaban su secta y entonces por indicación suya se condenaba á una gran multitud.

  2. El evangelio ha de ser predicado en todas las partes como testimonio. ¡Qué trabajo á realizar en el espacio de cuarenta años, sin imprenta para publicar el evangelio, sin medios rápidos de comunicación para hacer el viaje fácil y teniendo que aprender lenguas extrañas! Y sin embargo se hizo. La pascua de Pentecostés, con sus representantes reunidos de todas las naciones, oyendo la buena nueva y volviéndose á sus países á ser heraldos de ella, con su milagroso don de lenguas que indudablemente disponía á aquellos primeros predicadores á predicar en lenguas extranjeras; la persecución esparciendo la masa de creyentes y haciendo que con su trabajo, se atrajeran discípulos en todas partes; Pedro caminando hacia el este á buscar las dispersas tribus judías, Pablo hacia el mundo gentil del occidente, ¡las palabras del Señor realizadas otra vez!

Antes de la caída de la ciudad, el evangelio había sido proclamado en el Asia Menor, Grecia


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é Italia, al norte hasta Escitia, al sur hasta Etiopía, al este hasta la tierra de los Partos é India y al oeste hasta España y Bretaña. Tácito dice que en tiempos de la persecución de Nerón, la religión de Cristo se extendió por Judea y aún por el Imperio romano, y contó tantos partidarios que una gran multitud fué hecha prisionera y condenada al martirio.

IV. Señales que corresponden á la misma ciudad.

  1. Jerusalem será rodeada de ejércitos.

  2. Las águilas habían de reunirse como alrededor de un cadáver. Cuando el ejército romano se aproximó y rodeó la ciudad, sobre cada bandera flotante se elevaba el águila de plata. Las banderas distinguen á un ejército como su insignia; las naciones se conocen en mar y en tierra por sus estandartes. Los romanos están ligados á este símbolo á través de la historia de tal modo, que las águilas romanas son tan celebradas como la misma Roma. ¡Cuán en carácter como emblema! El águila se distingue por tres cosas, “fortaleza, rapidez, ferocidad„. ¡Cuán semejantes á aves de rapiña precipitándose sobre un cadáver eran estas huestes romanas tan fuertes, tan ágiles en sus movimientos, tan ferozmente crueles!

  3. La destrucción había de venir “como el relámpago fulgura de este á oeste„(1). Ahora bien, podía haberse esperado que el ejército romano avanzara de oeste á este, así como la aproximación á Jerusalem se verificaba desde la costa. Sin embargo, en realidad la aproximación se verificaba desde Olivet al este y hacia el oeste; los rayos de la guerra, que tan pronto destruyeron la hermosa capital, salieron primero de nubes amenazadoras suspensas en el horizonte oriental y su dirección era occidental.

(1) San Mateo XXIV: 27.





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4. “La abominación de la desolación estando en el lugar santo„(1) era una señal conspícua. Qué significa esto con exactitud, no podemos afirmarlo sino en tanto que estas palabras tienen más de una realización posible. El relato de San Mateo en cuanto á la abominación de la desolación puede referirse á lo que dice San Lucas del desolador ejército pagano con estandartes de águilas idólatricas indicando desolación ó destrucción y encontrándose en el lugar sagrado, mejor dicho, suspensas sobre el santuario mismo como inmundas aves de rapiña. Los judíos, juzgando todo ídolo como abominación, imploraron á un general romano, cuando dirigía su ejército hacia Arabia atravesando la Judea, que se dirigiera por cualquier otro camino, no fuera que la tierra se contaminara por el hecho de pasar una hueste pagana con emblemas paganos. Algunas cosas favorecen la referencia de estas palabras á un ejército de partidarios fanáticos y de asesinos, invitados por los judíos para defenderles contra los romanos, y quienes literalmente estuvieron en los patios del templo profanándolos; ó también algunos creen que “la abominación„ significa una estatua del emperador levantada por Pilato, ó de Tito erigida por Adriano en el lugar santo.

5. Una trinchera y un terraplén hubo de hacerse alrededor de la ciudad. Nada parecía más improcedente é inútil. En ninguno de los sitios anteriores, sostenidos por Jerusalem, se había hecho nunca nada de esto. La situación de la ciudad y los rasgos físicos del país parecían indicar que era un derroche de tiempo y de fuerza. Los valles que envolvían la ciudad constituían una trinchera natural; las colinas que alrededor de ella se elevaban, formaban un terraplén natural. Tito, contra la opinión de sus generales, construyó

(1) Véase San Mateo XXIV: 15.



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una muralla y un foso de cinco millas de circunferencia alrededor de la capital destinada á desaparecer; y el historiador judío, describe bien el circuito.

6. Una gran tribulación acompañó al sitio. Dice á Josefo: «Ninguna otra ciudad sufrió nunca tales miserias, ni hubo nunca una generación más abundante en maldades desde el principio del mundo. Parece que las desgracias de todos los hombres desde el principio del mundo, si se compara con las de los judíos, no son tan considerables. La multitud que pereció excedió á todas las destrucciones que el hombre ó Dios causaran en el mundo.»

Era en la fiesta de la Pascua cuando la nación invadía la capital sagrada. En tres millones próximamente se calculaba el número de los que estuvieron en la ciudad. El hambre fué tan cruel que obligó á los hombres á comer las correas de las sandalias, cintos de cuero y paja. ¡Una madre trajo á los asesinos enloquecidos, que estaban dispuestos á cometer cualquier violencia para adquirir alimentos, un niño medio devorado y les hizo que compartieran con ella el cordero que ella había sacrificado! Cuando Tito vió los muertos arrojados desde las murallas á los valles, por cientos y miles, levantó las manos al cielo para protestar ante Dios de que todo aquello fuese obra suya.

Josefo calcula que 130.000 perecieron y 97.000 fueron hechos esclavos.

7. La destrucción real de la ciudad.
Tenía que ser destruida á ras de tierra.
Josefo nos cuenta que tres enormes murallas de gran resistencia rodearon la ciudad y la guarnición era diez veces en número mayor que los sitiadores. Considerad el trabajo de derribar estas murallas hasta hacerlas desaparecer. Sin embargo, al fin del sitio se dieron órdenes para arrasar

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los mismos cimientos, y nada quedó sino tres torres y cuanta muralla era necesaria como albergue de la guarnición romana y muestra de la resistencia de las defensas que el poder romano había echado abajo. La circunferencia total fué tan completamente igualada con la tierra que nada quedó para indicar que había sido habitada. Tito decía: «Ciertamente hemos tenido á Dios como auxiliar en esta guerra. El ha arrojado á los judíos de estas fortalezas; pues ¿cómo podrían contribuir los hombres ó las máquinas á derribar fortificaciones como éstas?» La esperanza de encontrar tesoros ocultos impulsó al ejército romano á remover la misma tierra hasta que las alcantarillas y los acueductos quedaron al descubierto y se empleó un arado para roturar los cimientos del templo, cumpliendo así literalmente la profecía de Miqueas (750 años antes de J. C.). «Jerusalem será arada como un campo.»

El templo tenía que estar incluído en esta terrible destrucción. La Profecía de su demolición es el primer eslabón en esta cadena de predicciones. Después que Nuestro Señor dejó oír en el templo su lamento sobre su pueblo, que no quería cobijarse bajo sus alas, dijo: «¡He aquí vuestra casa os es dejada desierta!» é inmediatamente partió del santuario consagrado. Cuando lo abandonaron, sus discípulos maravillados de la extraña profecía, de que aquella casa pudiera nunca ser desolada, le llamaron la atención: «Mira qué clase de piedras y qué edificios», esto es, construcciones que todavía estaban por terminar. Pero Él dijo con expresión más enérgica: «No quedará piedra sobre piedra que no sea derribada».

Esta predicción era de realización improbable.
(a) Las murallas comprendían algo más que diecinueve acres; la fachada del este se levantaba de una altura de un sexto de milla del valle, é


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inmensas piedras, algunas de ellas de 65 pies por 10 componían su estructura maciza.
(b) Era hermoso y sagrado monumento de arte y de culto. Se elevaba como un monte de oro y mármol. Sus portales esculpidos, sus pórticos de alabastro y su santuario de oro conquistaron las alabanzas más entusiastas aún de los paganos. Si los Vándalos y los bárbaros en el saqueo de Atenas y de Roma respetaron el Partenón y el Panteón, ¡qué no podía esperarse de los soldados del primero y más grande de los imperios! ¿No habían de respetar un edificio del que decía el proverbio: «El que no lo ha visto no conoce la belleza»?

(c) Fué construído por Herodes, hijo y protegido del poder romano, que fué más leal á la nación conquistadora que á aquellos con quienes estaba relacionado, como descendiente que era de Isaac. Y era en espíritu un romano deferente y obsequioso, que construyó ciudades para perpetuar el nombre de César, y que intentó hacer de Jerusalem otra Roma. Humillar el templo de Herodes era derribar una de las obras maestras de Roma.

(d) Y además Tito era benigno, humano, culto, era un jefe que no quería probablemente favorecerlo, que en realidad prohibió esta destrucción inútil. El templo fué apagado una vez por orden suya, pero incendiado otra vez cuando volvió las espaldas.

V. Las predicciones de Cristo, sin embargo, aseguraron la salvación de sus discípulos: «Mas un pelo de vuestra cabeza no perecerá»

Es bastante notable el hecho de que en esa matanza universal, ni un discípulo pereciera; pero más notable fué que después de sitiar la ciudad el ejército, ellos tuvieron ocasión de escapar. ¡Qué extraña señal para la huída cuando las huestes estaban ya cortando toda retirada! Y sin


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embargo, esta fué la señal de Cristo á sus partidarios fieles que la desolación se acercaba, era inminente. Aún tenían ocasión de huir si se apresuraban; estaban á tiempo pero tenían que aprovecharlo.

Oíd otra vez al historiador judío: “Cestius Gallus, después de empezar el sitio, se retiró misteriosamente, sin razón alguna y muchos aprovecharon esta oportunidad para marcharse; una gran multitud huyó á las montañas.„ En esta crisis, según sabemos por historiadores eclesiásticos del siglo primero, todos los partidarios de Cristo se refugiaron en las montañas de Pella, más allá del Jordán, y no consta que en este sitio pereciera un solo cristiano. Tan pronto como volvieron los ejércitos la ciudad fué rodeada por una muralla y toda esperanza de huída desapareció entonces.

VI. Profecías que se refieren á la historia subsiguiente.

  1. La condenación de los judíos; habían de caer al filo de la espada y en cautiverio en todas las naciones.

Aún antes del rendimiento de la ciudad, un inmenso número de desertores que cayeron en manos de los sitiadores, fueron vendidos con sus mujeres é hijos. Próximamente 100.000, sólo de Jerusalem, fueron vendidos como esclavos; 6.000 jóvenes elegidos de Tarichea fueron enviados á Nerón y 30.000 del mismo sitio, vendidos. Los altos y de buen aspecto eran conducidos á Roma para dar realce á la entrada triunfal de Tito; muchos fueron enviados á los trabajos públicos de Egipto, muchos más distribuídos por las provincias en todas las naciones, destinados á morir por los gladiadores ó por las fieras. Y así ha sido desde aquel tiempo hasta ahora. La espada no está envainada todavía, ni rotas las cadenas de su cautiverio.


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  1. La condenación de la ciudad, “para ser hollada de las gentes hasta que los tiempos de las gentes sean cumplidos.„

Hay aquí tres particulares: desolación por los gentiles y continuada hasta que llega al mundo gentil el conocimiento del Evangelio y son reclamados los judíos.

Hasta este día la ciudad ha sido hollada por los gentiles, y aunque los judíos han hecho esfuerzos desesperados para restaurar el dominio de su antigua capital, no han vuelto á restablecerse en ella. Unos 64 años después de su expulsión bajo Tito, la ciudad fué en parte reconstruida por el Emperador Adriano, y una colonia romana fué establecida allí. Bajo pena de muerte estaba prohibida la entrada á los judíos, prohibiéndoseles hasta que mirasen desde alguna distancia la ciudad. La sospecha de que el lugar sagrado había de contaminarse con ídolos los incitó á la revuelta, que fué sofocada con una matanza terrible. De nuevo intentaron, vanamente, en tiempo de Constantino, reconquistar su posesión. Al fin se sintieron seguros del éxito, pues Roma les dió permiso para la reconstrucción. Julián el apóstata, impelido á quebrantar la fe en esta misma profecía, apoyando el celo judío con las armas, la riqueza y el poder romanos, tomó á su cargo el restaurar el templo y el ritual é implantar alrededor de él una colonia judía.

Para dar á entender de que manera tan extraña este proyecto se frustró, citemos á Gibbon (1). “El vano y ambicioso espíritu de Julián podía aspirar á restaurar la antigua gloria del templo de Jerusalem. Como los cristianos estaban firmemente persuadidos que se había dictado una sentencia de destrucción perdurable contra todo el conjunto de la ley mosaica, el sofista imperial

(1) II. 436. 9.



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hubiera convertido el éxito de su empresa en un argumento plausible contra la fe de la profecía y la verdad de la revelación. Resolvió erigir, sin dilación en la parte más elevada de Moriah, un soberbio templo que pudiera eclipsar el esplendor de la iglesia de la Resurrección de la próxima colina del Calvario, establecer un sacerdocio, é invitar á una colonia numerosa de judíos. Al llamamiento de su gran libertador, los judíos de todas las provincias del imperio vinieron á establecerse en la sagrada montaña de sus padres; y su triunfo insolente alarmó y exasperó á los habitantes cristianos de Jerusalem. El deseo de reconstruir el templo ha sido en todas las edades, la pasión dominante de los hijos de Israel. En este momento propicio los hombres olvidaron su avaricia y las mujeres su delicadeza; palas y picos de plata eran proporcionados por la vanidad de los ricos, y los escombros eran transportados en mantos de seda y púrpura. Todas las bolsas se abrían con liberalidad, todas las manos pedían una parte en la piadosa labor y las órdenes de un gran monarca se ejecutaban por el entusiasmo de todo un pueblo.

«Pero los cristianos conservaron una natural y piadosa expectación de que en este conflicto el honor de la religión se justificara por algún milagro singular». Un terremoto, un impetuoso torbellino y una erupción de fuego que trastornaba y esparcía los nuevos cimientos del templo están atestiguados, con algunas variaciones por pruebas contemporáneas y respetables. Este acontecimiento público está descrito, por Ambrosio, obispo de Milán, en una epístola al Emperador Teodosio; por el elocuente Crisóstomo que pudo apelar á la memoria de la parte más antigua de su congregación en Antioquía; por Gregorio Nacianceno, que publicó su relato del milagro antes que espirase el mismo año. El último de estos


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escritores declaró que su afirmación de este acontecimiento no fué contradicha por los infieles, y añade, aun cuando parezca extraño, está confirmado por el testimonio de gran excepción de Amiano Marcelino. “Este soldado filósofo refiere que mientras Alipio estimulaba con vigor y diligencia la ejecución del trabajo, horribles balas de fuego, estallando cerca de los cimientos con frecuentes y reiterados ataques, hicieron la plaza de nuevo inaccesible á estos trabajadores chamuscados y castigados así; y como el elemento victorioso continuaba de esta manera, obstinada y absolutamente, como si estuviera determinado á arrojarles siempre á distancia, la empresa fué abandonada.„ «Tal autoridad,» añade Gibbon, «satisfaría á un creyente y dejaría atónito á un incrédulo». En una nota Gibbon procura explicar todo eso por la presencia de aire inflamable contenido debajo de las ruinas del templo, el cual estalló al entrar los trabajadores que iban explorando con antorchas, etc.

Jerusalem ha sido verdaderamente hollada por los gentiles. Para no hablar de la destrucción cuando las huestes paganas la pisotearon bajo la férrea planta de la guerra, fué ocupada durante sesenta y cuatro años sólo por una guarnición romana. La reconstrucción parcial de Adriano fué designada como profanación. Él la llamó Ælia Capitolina (nombre compuesto del título Ælius, de su misma familia, y Capitolina, nombre aplicado á Júpiter por su templo del Monte Capitolino). Á Júpiter Capitolino le consagró la nueva ciudad y construyó un templo á aquel dios pagano sobre el sepulcro de Cristo. Levantó una estatua á Venus en el Calvario, y la marmórea imagen de un cerdo, peculiar abominación de los judíos sobre la puerta que daba á Bethlehem.

El lugar sagrado quedó así más que desolado y conocido por su nombre pagano hasta que Ele-

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na, madre de Constantino, lo visitó en peregrinación en 326. Justiniano, en el siglo sexto, reparó y enriqueció sus iglesias, fundó conventos y construyó una iglesia para la Virgen en el Monte Moriah. Pero todo esto, aunque aceptable para el papado, fué profanación para los judíos: ¡la ciudad seguía hollada por los gentiles! En 610 después de J. C. fué tomada por asalto, recibiendo gran daño de los persas, que la poseyeron durante un corto espacio de tiempo.

En 637, bajo el Califa Omar, los sarracenos tomaron posesión y durante más de cuatro siglos los mahometanos, árabes, turcos ó egipcios continuaron hollando la ciudad sentenciada á ruinas. En 1073 los turcos seljúcidas la tomaron y sus crueldades con los peregrinos cristianos provocaron la primera cruzada, y en 15 de Julio de 1099, los cruzados, tomándola por asalto, hicieron de ella el asiento de un reino cristiano, permitiendo vivir allí solamente á los cristianos. En 1187 fué conquistada por Saladino, sultán egipcio. Durante medio siglo próximamente fué como un juguete llevado y traído entre cristianos y turcos, hasta 1244, fecha desde la cual ha permanecido bajo el poder muslímico, y el mismo hecho de una mezquita coronada con la media luna, levantándose donde estuvo el templo, basta para demostrar cuán profanamente el mismo Moriah está pisoteado por la planta de los gentiles.

Apelamos á todos los espíritus sinceros preguntándoles, si la desolación prolongada de Jerusalem no es una de las maravillas históricas, casi diríamos milagros. Considerad la notable conservación de la nación judáica, aunque esparcida por todas las partes, conservando todavía sus rasgos nacionales y unidad como pueblo, mezclándose mas no confundiéndose con gentes de otras naciones; considerad su celo y tenacidad religiosos por la ciudad antigua y el templo demolido;


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considerad su gran número é importantes riquezas, (reuniendo una sola familia judía capital suficiente para comprar toda la Judea); considerad que si algún pensamiento y deseo embargan el espíritu de los judíos, es el de verse restablecidos en la ciudad de David; y ¿habrá humana filosofía que pueda explicar que dure diez y ocho siglos esta desolación?

VII. La predicción de nuestro Señor limitó el acto inaugural de este drama de los tiempos á la vida de las generaciones de entonces.

Los años de nuestra vida son setenta, y fué precisamente setenta años después del nacimiento de Jesús cuando Jerusalem fué destruida; ó, si tomamos treinta y cinco años como el término medio de vida de una generación, fué precisamente alrededor de este tiempo, después que estas palabras fueron pronunciadas, cuando su terrible realización empezó.

VIII. Cristo predijo estos como días de venganza (Lucas XXI: 22), esto es, de venganza ó justicia reparadora. Todo sería evidentemente el juicio de Dios sobre el pecado del desprecio á Cristo y de su crucifixión. El que estudia atentamente la historia no puede menos de ver á Dios en ella. Hay á veces una correspondencia tan sorprendente y asombrosa entre la forma del pecado y la forma, y aún el tiempo de su castigo, que los hombres se ven constreñidos á decir, como los astrólogos de Faraón: «¡ESTE ES EL DEDO DE DIOS!». Si la destrucción de Jerusalem ha de reconocerse, no como una calamidad ordinaria, sino como una interposición peculiar de Dios, en justo castigo del crimen cometido por los judíos al crucificar á Su propio Hijo, habrá algunos rasgos referentes á ella que claramente demuestren su carácter de justa reparación. ¿Cuáles son?

Los judíos entregaron á Jesús para que lo mataran en la pascua; en este mismo punto de


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la fiesta anual, miles de ellos fueron condenados á muerte.

Pidieron á voces la libertad de un ladrón y asesino para que se pudiera matar á Jesús; ellos fueron luego presa de ladrones y asesinos en el sitio de la ciudad.

Ellos crucificaron á Jesús fuera de las murallas; y fuera de las murallas, ellos sufrieron la crucifixión en tal número, que faltaba lugar para las cruces y cruces para los cuerpos.

Ellos hicieron burla y escarnio de su Mesías, aún cuando estaba indefenso ante el tribunal ó colgaba agónico de la cruz; ellos fueron crucificados en todas las posturas imaginables, clavados en las cruces de maneras tan distintas, que parecía como si «se hubiera hecho en burla».

Ellos contaron á Cristo, el inocente, como malhechor, y sus propios cuerpos muertos fueron arrojados desde las murallas como cadáveres despreciables de criminales, á los cuales se negara una sepultura honrosa.

Para probar la culpabilidad de Cristo, procuraron falsos testigos, que alteraron su profecía de su propia muerte y resurrección, convirtiéndola en declaración de la ruina del templo; y el testimonio perjuro demostró que inconscientemente era profético: el templo fué destruído.

Desde el Monte de las Olivas, Cristo lanzó la triste predicción y desde el Monte de las Olivas movió la bandada de «águilas» para que cayeran con sus garras sobre el cadáver.

Pilato se sentó en el patio del castillo de Antonio para condenar á muerte á Jesús; y desde ese mismo punto se hizo el último y victorioso asalto en el templo y la ciudad.

Ellos intimidaron á Pilato pretendiendo dar á entender su gran lealtad á César, á quien proclamaban su único rey; y su nación fué destro-


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zada por las mismas huestes de César bajo el gobierno imperial de éste.

Ellos rechazaron al verdadero Mesías á pesar de sus obras y sus palabras prodigiosas; y se entregaron ellos mismos como estúpidos papanatas á la dirección de los pretendientes mesiánicos y falsos profetas.

Cuando Pilato declaró á Cristo inocente é intentó soltarle, ellos asumieron toda responsabilidad, diciendo: «su sangre sea sobre nosotros y sobre nuestros hijos,» y esa misma generación dió su sangre por la de Cristo. Nunca hubo una imprecación más profética.

Un individuo puede tener su recompensa más allá de esta vida, puesto que vive más allá de esta vida. Una nación, sin embargo, es un estado temporal y sus pecados deben ser castigados, si alguna vez han de serlo, en este mundo. «Las instituciones son mortales; los hombres inmortales; el juicio histórico del tiempo se refiere á instituciones y organismos; el juicio final se refiere á individuos, cada uno de los cuales tiene que dar cuenta de sí mismo á Dios».

¿Puede ningún espíritu sincero considerar el crimen de los judíos y las calamidades que siguieron exactamente de acuerdo con las predicciones proféticas, y no ver en estas relaciones maravillosas signo alguno de que Dios tenía presente su pecado al traer sobre aquella misma generación castigo tan patético y poético?

Este sorprendente testimonio á la divina inspiración de los evangelios afirma también el carácter divino de Cristo, cuyas palabras fueron: «Y ahora os lo he dicho antes que se haga, para que cuando se hiciere, creáis.» El se atribuía su filiación Divina y el oficio del Mesías Divino; y para demostrar su autoridad, profirió una profecía tan minuciosa que ninguna coincidencia ca-


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sual puede explicarla. ¿Cómo podemos evadirnos de la convicción?

Como Porfirio hizo con Daniel, así precisamente podemos hacer nosotros con Cristo, esto es, negar su carácter profético, convertir la profecía y la historia en las más hermosas caretas que cubren la más repulsiva é infernal trama jamás urdida para tender un lazo á la credulidad de los hombres. Podemos decir, en otras palabras, fría y desdeñosamente: «la profecía no se escribió hasta que Jerusalem estaba en ruinas,» pero cuando los hombres usan un argumento como este en contestación á una série poderosa de hechos y verdades, debe de ser porque ven que su causa está perdida. Ellos violan todas las leyes comunes de la crítica y la prueba histórica sin más razón que la de no dejarse convencer. Pues, no puede darse un motivo ó razón adecuados para esta negación total y atolondrada del testimonio histórico, sino la determinación de oponerse á la religión cristiana. He aquí el argumento desenmascarado. «Si esta profecía fué pronunciada antes del acontecimiento, Jesucristo debe haber sido un verdadero profeta. No queremos aceptarle como tal. Por consiguiente, estas palabras no fueron escritas hasta después de la caída de Jerusalem».

Los mismos métodos destruirán toda la historia y todos los testimonios, no dejándonos seguros de nada al convertir todos los hechos del pasado en fantasías de soñadores ó ficciones de embaucadores. Se nos pide que huyamos de la credulidad de la fe, precipitándonos en el lazo de la duda y la negación, más crédulas todavía; para que neguemos el cristianismo, se nos pide que creamos que los hombres escribieron las narraciones más puras é intachables conocidas, llenas de las más sublimes enseñanzas morales y murieron antes que renunciar á su fe; y sin embargo,


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solamente intentaban hacer que otros creyeran que un traidor crucificado y muerto vivía todavía, fabricando astutamente profecías de hechos ya pasados con que apuntalar sus pretensiones á los honores divinos.

Cuando preguntan su nombre al Mefistófeles de Fausto, contesta que él es «el espíritu de la negación.» Nada es más fácil que negar lo que no se puede confutar; y la prueba, aunque llevara los talares de Mercurio ó las botas de siete leguas de antaño, nunca podría alcanzar al espíritu de la negación. Supongamos un caso: un astrónomo anuncia hoy que, por medio de un nuevo instrumento muy superior en potencia al telescopio, ha encontrado habitantes en la luna. Vd. lo niega, dice que es imposible, porque no hay atmósfera en la luna, etc. Pero, el profesor Fulano ó Mengano lo ha dicho, Vd. replica: «No lo creo.» Se le demuestra á Vd. que él lo ha dicho. «No creo que sea absolutamente un astrónomo competente.» Se le demuestra á Vd. que lo es. «No creo que es honrado, está embaucando al mundo, es una impostura.» Se le demuestra á Vd. que él es incapaz de una picardía. «Bueno, pues, está loco.» Se le demuestra á Vd. que está cuerdo. «Bueno, su nuevo instrumento le engaña,» etc. ¿Cuánto tiempo le costaría á la verdad alcanzar á una negación tan estrafalaria? Sin embargo, los hombres aparentan sorprenderse de que los creyentes no persigan todas las distintas formas de la negación que impugnan la verdad de la Biblia. La infidelidad empieza esta carrera á grandes pasos, tan monstruosos como el de pedirnos que creamos que un hombre que pudo escribir un libro como «Daniel» ó «los Evangelios» pudo ser un hipócrita perjuro é intentar una mixtura falsificada al lado de la cual la biblia mormón de Pepe Smith no es nada.

Este método de la negación total es una de las armas principales del moderno escepticismo. Na-4

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da es más fácil que desacreditar un hecho ó una verdad; confundir la negación con la impugnación y sustituir burlas ó efugios incontrovertibles por argumentos refutables. Nosotros exhibimos esta profecía y junto á ella su correspondiente realización. Un escéptico niega la realización. Si demostramos la relación entre la predicción y el acontecimiento, él niega la profecía; no fué escrita hasta después del acontecimiento. Aportamos testimonios para demostrar que la predicción fué anterior al hecho; él niega la verdad ó que los testimonios sean auténticos, proclama que eran erróneos; ó como Hume y Strauss, da por admitido que los milagros de ciencia ó de poder son imposibles, y afirma que ningún testimonio puede establecer lo que es imposible. Todo argumento resulta inútil con semejantes antagonistas. Bacon dice: «No puedo discutir con un hombre, á menos que encontremos un punto común de acuerdo sobre los primeros principios.»

Hemos prometido á nuestros lectores tratar este tema serenamente, como un cirujano en la sala de disección maneja la lanceta y el escalpelo, con seguridad científica. Quizá no lo hemos hecho, pero es porque no podemos. El cirujano merece perdón, si le arde la cabeza y le tiembla la mano, cuando descubre los órganos vitales de su propio hijo para averiguar la enfermedad, especialmente si es una criatura viviente y no un cuerpo muerto lo que toca con la afilada hoja.

No podemos discutir el Evangelio de Cristo sin un profundo sentimiento. Todo lo que tenemos y esperamos en este mundo, y en el otro, está ligado á El; el que toca aunque sólo sea con irreverencia á esta fe sagrada nos hiere en lo más sensible de nuestro ser; el que lo insulta y ataca, introduce su espada en nuestras mismas entrañas. Y es extraño que un hombre, cualquiera que sea su credo, se complazca en destruir la fe de los de-


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más, y hasta en blasfemar cruelmente un nombre que para estos está por encima de cualquier otro. Es, quizá, la señal de la infidelidad en boga, la que hace malignos á sus discípulos. Si uno estuviera hablando á un público de mulsumanes, ¿por qué ofenderles con insultos y alusiones blasfemos á su Coran y á su profeta? Mejor haría en conducirlos serenamente á un libro sagrado y una persona santa superiores, si le es posible. No es prueba de que nuestra fe sea débil, el que si un hombre desgarra en público las escrituras en pedazos, y escupe á la cara del Dios de los Cristianos y se inclina en homenaje burlón ante el Crucificado, nos apoquemos y palidezcamos. El creyente no puede ver con indiferencia lo que á Jesús de Nazaret se refiere.

Hemos indicado la zarza ardiente de la profecía, con sus muchas ramas, brotando y floreciendo maravillosamente en acontecimientos históricos. Podemos, pues, quitarnos los zapatos, el lugar en que estamos es tierra santa; esa gloria es la gloria de Dios. Si el lector no ve una luz radiante, debe preguntarse á sí mismo si QUIERE VER.

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