UNA HISTORIA

La mano cicatrizada

Guillermo Dixon, el protagonista de este relato, perdió a su joven esposa e hijos, y en su desesperación juró que nunca perdonaría a Dios por esto. Llegó, pues, a tener reputación de ateo y de odiar a la Biblia. Lo que pasamos a relatar pone en evidencia la obra de Dios en un corazón tan rebelde como fue el de Dixon.

Estalló un incendio en la casa de una vecina suya, cuyo nieto se vio en inminente peligro de muerte. Sus gritos atrajeron la atención de Dixon, quien vio que no había escape para el niño. Sofocando unas palabras, Dixon trepó por una cañería y llegó hasta donde estaba el chico; tomándolo entonces de su brazo derecho, consiguió bajar a tierra de una manera maravillosa antes que se desmoronase la pared; sin embargo, sufrió terribles quemaduras en una mano que, aunque se curaron, dejaron su cicatriz para toda la vida.

La abuela del niño murió del susto, pero el niño, llamado Ricardo, no recibió ningún daño, gracias a la intervención de Dixon.

Al morir la abuela, se planteó la cuestión sobre quién cuidaría a Ricardo. Había dos candidatos: Dixon el ateo y un tal Jaime Lovatt. En estas circunstancias difíciles el caso debía resolverse si se dejaría a Ricardo con Dixon, que era incrédulo y viudo, o con Lovatt.

Dixon fue invitado a presentar sus argumentos en favor de la adopción de Ricardo.

—Tengo un solo argumento —dijo con calma, sacando el vendaje de su mano y levantándola para mostrar la herida.

Por algunos momentos nadie habló y luego los que estaban presentes prorrumpieron en aplausos y muchos hasta derramaron lágrimas. Había un argumento elocuente en la mano herida, que apeló a su sentido de justicia y fue para ellos el más poderoso razonamiento.

Al ponerse el asunto en votación, la mayoría decidió a favor de Guillermo Dixon, por lo cual Ricardo le fue entregado.

Uno de los presentes dijo:

—Fue la presentación de la mano de Dixon la que ganó: ninguno de nosotros pudimos ir contra ella.

—Creo que tiene usted razón —dijo otro—. No importa tanto quién sea Dixon ni cuáles son sus creencias: él tiene derecho sobre el niño por haber sufrido por él.

De esta manera fue resuelto el asunto y Ricardo recibió todo el cuidado que Dixon pudo prodigarle. Su amor por el niño aumentaba cada día más y el muchacho supo después cómo había venido a ser hijo adoptivo de Dixon.

Años después, Ricardo y su padre adoptivo se hallaban visitando una exposición de cuadros, entre los cuales había uno que representaba a Tomás, el discípulo, mirando las manos del Señor, de cuya resurrección había dudado.

Papá —dijo Ricardo—, cuéntame la historia de este cuadro.

—No, de éste no —respondió Dixon.

—¿Por qué?

—Porque es una historia que no creo.

—Eso no quiere decir nada —replicó Ricardo—. Hay muchas historietas que me cuentas y que no crees. Por favor, dime esta historia.

A lo que Dixon tuvo que ceder. Al terminar, Ricardo comentó:

—Ah, entonces fue como tú y los Lovatt. Ellos quisieron tenerme, pero cuando mostraste tu mano, eso decidió. Tal vez cuando Tomás vio las heridas en la mano del hombre bueno, pensó que le pertenecía a él por ellas.

Parece que sí —contestó Dixon.

—Me imagino que después Tomás estaría arrepentido por no haber creído al principio. Se portó mal, ¿no es cierto?

Dixon no contestó, pero Ricardo prosiguió:

—¡Cuán terrible hubiera sido si yo te hubiese negado cuando se relató la historia de tu mano; si hubiera dicho: «no lo creo»! ¿No es cierto, papá?

—Sí, es verdad.

—Si yo hubiera hecho como Tomás, negando que tú te quemaste por mí, entonces habría pertenecido a Lovatt, ¿no es así, papá?

—Por supuesto que no; me lo creyeras o no. Yo te salvé y eres mío.

Viendo que su papá estaba un poco molesto, Ricardo agregó: - Pero en todo caso, yo hubiera creído viendo la herida en tu mano, como hizo Tomás.

Durante el día Ricardo no dejó de pensar en el cuadro y por la noche pidió a su papá que le relatara otra vez la historia, pero el padre adoptivo contestó que no quería pensar en ella.

- Sin embargo – dijo Rficardo – tal vez Tomás amó después al hombre bueno como yo te amo a ti. Cuando miro tu pobre mano te amo más que millones y millones de veces.

El argumento penetró en el corazón de Dixón y después de reflexionar, se condenó a si mismo por su incredulidad. Su resolución de no leer la Biblia fuer poco a poco olvidada hasta que creyó, como muchos otros que él debía pertenecer a Aquel que fue “herido por nuestros pecados”.


"El Eco de la Verdad"

1956

 

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