HECHOS DE LOS APÓSTOLES (Cap.10)

Juan C. Varetto

OTRO DISCURSO DE SAN PEDRO

HECHOS 3:11-26

11 Y teniendo a Pedro y a Juan el cojo que había sido sanado, todo el pueblo concurrió a ellos al pórtico que se llama de Salomón, atónitos.

12 Y viendo esto Pedro, respondió al pueblo: Varones israelitas, ¿por qué os maravilláis de esto? o ¿por qué ponéis los ojos en nosotros, como si con nuestra virtud o piedad hubiésemos hecho andar a éste?

13 El Dios de Abraham, y de Isaac, y de Jacob, el Dios de nuestros padres ha glorificado a su Hijo Jesús, al cual vosotros entregasteis, y negasteis delante de Pilato, juzgando él que había de ser suelto.

14 Mas vosotros al Santo y al Justo negasteis, y pedisteis que se os diese un homicida;

15 Y matasteis al Autor de la vida, al cual Dios ha resucitado de los muertos; de lo que nosotros somos testigos.

16 Y en la fe de su nombre, a éste que vosotros veis y conocéis, ha confirmado su nombre: y la fe que por él es, ha dado a éste esta completa sanidad en presencia de todos vosotros.

17 Mas ahora, hermanos, sé que por ignorancia lo habéis hecho, como también vuestros príncipes.

18 Empero Dios ha cumplido así lo que había antes anunciado por 38
boca de todos sus profetas, que su Cristo había de padecer.

19 Así que, arrepentíos y convertíos, para que sean borrados vuestros pecados; pues que vendrán los tiempos del refrigerio de la presencia del Señor.

20 Y enviará a Jesucristo, que os fue antes anunciado:

21 Al cual de cierto es menester que el cielo tenga hasta los tiempos de la restauración de todas las cosas, que habló Dios por boca de sus santos profetas que han sido desde el siglo.

22 Porque Moisés dijo a los padres: El Señor vuestro Dios os levantará profeta de vuestros hermanos, como yo; a él oiréis en todas las cosas que os hablare.

23 Y será, que cualquiera alma que no oyere a aquel profeta, será desarraigada del pueblo.

24 Y todos los profetas desde Samuel y en adelante, todos los que han hablado, han anunciado estos días.

25 Vosotros sois los hijos de los profetas, y del pacto que Dios concertó con nuestros padres, diciendo a Abraham: Y en tu simiente serán benditas todas las familias de la tierra.

26 A vosotros primeramente, Dios, habiendo levantado a su Hijo, le envió para que os bendijese, a fin de que cada uno se convierta de su maldad.


I. CULPABILIDAD E IGNORANCIA. La curación del cojo atrajo a una gran multitud, la cual estaba maravillada, altamente sorprendida, al ver curado a un hombre conocido de todos y que sabían había nacido imposibilitado del movimiento.

Todos querían ver no sólo al mendigo beneficiado por el portentoso milagro, sino también al hombre que lo había efectuado. Cuando Pedro vio que a él querían atribuir la gloria de aquel portento se apresuró a decirles que no pusiesen los ojos en su persona, sino en el Omnipotente, quien por medio de aquella curación había glorificado a su Hijo Jesucristo. ¿Quién es este Jesús de quien les habla y hacia quien dirige las miradas de aquella multitud? Es el hombre que ellos entregaron y negaron delante del gobernador romano; es aquel Santo y Justo que rechazaron prefiriendo a un malhechor. Y les recuerda el día siniestro cuando lanzando imprecaciones y enfurecidos pedían que Jesús fuese crucificado y Barrabás puesto en libertad. Les pone por delante la gravedad de su pecado al haber muerto al Autor de la vida, y esto hace para conducirles al arrepentimiento, porque el anhelo de su corazón es que sean salvos, aceptando, por la fe, al que antes con tanta pertinacia y endurecimiento habían rechazado. Pero, no quiere llevarles a la desesperación y por eso les dice que sabe que tanto ellos como sus conductores, obraron por ignorancia. Es verdad que esta ignorancia, si bien atenúa la falta cometida, no la anula en forma absoluta, pues ellos estaban en el deber de saber las cosas mejor antes de pedir la condenación de un hombre sobre quien no pesaba ninguna acusación, a tal punto que el mismo Pilato repetidamente lo había declarado inocente, pues sus enemigos nunca pudieron presentarle una acusación concreta, y mucho menos un cargo que lo hiciese merecedor de ser condenado a muerte. Jesús había hecho entre ellos señales y milagros que atestiguaban que era “un Maestro venido de Dios”, y eso bastaba para que tuviesen suficiente responsabilidad sobre lo que estaban haciendo. Pero el apóstol se coloca desde el punto de vista de la misericordia divina y descubre en ellos suficiente falta de conocimiento como para abrirles una puerta de escape al castigo que merecen. También el Señor, en medio de sus horribles tormentos había pedido al Padre que los perdonase, porque no sabían lo que hacían. Así que Pedro les habla primeramente para hacerles reconocer su pecado y luego para infundir en ellos la esperanza de poder conseguir el perdón. “Conociendo el terror del Señor persuadimos a los hombres”, dijo San Pablo. Y de esta misma manera procede Pedro. Hizo sonar la trompeta que anunciaba el juicio cercano y severo, pero a la vez llama a los culpables para que huyan de la ira venidera. Y, como siempre, es mediante el arrepentimiento y la conversión que pueden reconciliarse con Dios.

I.  EL REFRESCAMIENTO. Pedro en seguida les recuerda el tiempo a venir que llama del “refrigerio de la presencia del Señor”, al cual los profetas de antaño siempre dirigieron las miradas del pueblo creyente. Ese tiempo en el cual el gozo será perfecto, llegará junto con la segunda venida de Cristo. Tienen ya los que han recibido la palabra salvadora del evangelio, el refrigerio en sus corazones, la inefable alegría de saberse y sentirse perdonados, pero es un hecho individual, y aquí se trata de una bienaventuranza colectiva de la cual gozaría todo el pueblo de Dios, que llenará a todo el mundo, según las manifestaciones de los escritores del Nuevo Testamento. Será el tiempo de la restauración de todas las cosas. El pecado hizo estragos en la humanidad, convirtiendo en un destruirse. El genial Milton escribió el Paraíso Perdido mostrando la obra destructora de Satanás, pero después escribió el Paraíso Recuperado, en el cual triunfa Cristo y la felicidad empieza para la humanidad. Toda la creación, escribe San Pablo en Romanos 8, espera la manifestación de los hijos de Dios, el día cuando todas las criaturas serán libradas de la servidumbre de corrupción para entrar en posesión de la libertad gloriosa.

 

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