EVIDENCIAS DEL CRISTIANISMO (I)


— NUEVA REEDICIÓN DE LECTURA FÁCIL —

MUCHAS PRUEBAS
INFALIBLES

Capítulo I — Pesando las Pruebas

Arthur T. Pierson

Nueva Reedición a cargo de
Juan Bta. García Serna

ZARAGOZA — 2026

Original según ejemplar: 1908

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Sobre el Autor

Arthur Tappan Pierson nació el 6 de marzo de 1837 en la ciudad de Nueva York. Recibió su nombre en honor a Arthur Tappan, el célebre filántropo y abolicionista cristiano, amigo de su familia y ejemplo de fe práctica. Desde joven mostró una inclinación profunda hacia las Escrituras y la elocuencia sagrada.

Se graduó en Hamilton College en 1857 y completó su formación teológica en el Union Theological Seminary de Nueva York en 1869. Fue pastor de algunas de las iglesias más influyentes de su tiempo: Detroit, Filadelfia e Indianapolis, y su ministerio se caracterizó por una predicación expositiva, ferviente y profundamente misionera.

A lo largo de su vida predicó más de 13.000 sermones y escribió cerca de 50 libros, entre comentarios bíblicos, obras de vida cristiana y tratados de misiones. Fue consultor teológico y colaborador cercano en la preparación de la Scofield Reference Bible de 1909, una de las Biblias de estudio más influyentes del siglo XX.

Fue amigo íntimo de D. L. Moody y de George Müller de Bristol, de quien escribió su biografía definitiva. Tras la muerte de Charles Haddon Spurgeon, fue llamado a sucederle como pastor del Metropolitan Tabernacle de Londres, ministerio que ejerció de 1891 a 1893, con gran bendición.

Durante años fue editor de la revista Missionary Review of the World, desde donde impulsó el movimiento misionero moderno. Se le considera uno de los pioneros del movimiento de “misiones de fe”, enseñando que la obra de Dios hecha a la manera de Dios nunca carecerá del respaldo de Dios.

Arthur T. Pierson partió a la presencia del Señor el 3 de junio de 1911. En su lápida se grabaron dos textos que resumieron su vida: Mateo 28:19 —“Id y haced discípulos a todas las naciones”— y 1 Juan 5:11 —“Y este es el testimonio: que Dios nos ha dado vida eterna”. Su obra Many Infallible Proofs (Muchas Pruebas Infalibles) sigue siendo hoy un clásico de la apologética cristiana, escrito para afirmar la fe del creyente y dar razón de la esperanza.

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Al Lector

El que ha escrito estas páginas se encontró una vez caminando hacia la profunda oscuridad de la duda, casi hasta el borde mismo de la desesperación. Había sido criado en un hogar cristiano, había sido enseñado a reverenciar la Biblia, pero en el tiempo de su educación universitaria, las sutiles influencias del escepticismo moderno se infiltraron en su mente. Preguntas que no podía responder se levantaban como espectros, y la fe sencilla de su infancia parecía desvanecerse ante los asaltos de la crítica.

Fue entonces, en la misericordia de Dios, que fue guiado a un estudio serio y sistemático de las evidencias de la fe cristiana. No a leer libros sobre las pruebas, sino a pesar las pruebas mismas. Y encontró, para asombro gozoso de su alma, que el cristianismo no teme la investigación, sino que la invita; que no pide que el hombre cierre los ojos, sino que los abra; que sus fundamentos no están en la arena movediza de la tradición, sino en la roca inconmovible de los hechos.

Desde aquel día, hace ya muchos años, su fe no ha sido una fe ciega, sino una fe inteligente. Ha aprendido que podemos saber a quién hemos creído, y que la duda honesta, llevada al tribunal de la evidencia, se convierte en la más firme convicción.

Estas páginas son el fruto de aquel estudio, y de muchos años posteriores de meditación y ministerio. Se escriben no para el crítico profesional, que quizá sonría ante su sencillez, sino para el hombre común y la mujer común, para el joven asediado por dudas en la universidad, para el obrero que escucha burlas contra la Biblia, para todo aquel que quiere saber si hay razones sólidas para creer.

Otros están todavía donde el autor estuvo una vez, tambaleándose en el borde de la duda, preguntándose si todo es verdad. A ellos, con todo amor y simpatía, se dedican estas páginas, con la oración de que el Espíritu de Verdad, que es el Espíritu Santo, las use para conducirles de las tinieblas a Su luz admirable.

Arturo T. Pierson.

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CAPÍTULO I

Pesando las Pruebas

I. La importancia del estudio de las evidencias

Vivimos en una época de investigación. El espíritu de nuestro tiempo es escudriñador. El hombre moderno no acepta nada porque sí; exige pruebas, pide razones, somete todo a análisis. Esto, lejos de ser un mal, es en sí mismo bueno, si se ejerce con honestidad. Dios mismo nos invita: “Venid luego, dice Jehová, y estemos a cuenta” (Isaías 1:18). Él nunca pide una fe irracional.

Sin embargo, hay muchos cristianos que miran con recelo todo estudio de las evidencias. Temen que el examinar los fundamentos de la fe sea señal de incredulidad. Piensan que creer sin preguntar es más espiritual que creer porque se ha examinado y hallado firme el fundamento. Este es un grave error. La fe no es un salto a ciegas en la oscuridad; es un paso firme sobre el terreno sólido de la verdad atestiguada.

El apóstol Pedro nos exhorta: “Estad siempre preparados para presentar defensa con mansedumbre y reverencia ante todo el que os demande razón de la esperanza que hay en vosotros” (1 Pedro 3:15). ¿Cómo podremos presentar defensa si nunca hemos estudiado las razones? ¿Cómo daremos razón de nuestra esperanza si no sabemos cuáles son?

Hay tres clases de personas a quienes este estudio es de vital importancia.

En primer lugar, al creyente mismo. Todo cristiano, por firme que sea su fe, pasará por horas de prueba. Vendrán días de oscuridad, de tentación, de sufrimiento, en que los sentimientos fallan y las emociones se apagan. En esas horas, ¡qué consuelo es poder apelar no a sentimientos, sino a hechos! No a “yo siento que es verdad”, sino a “yo sé que es verdad, porque Dios lo ha probado con muchas pruebas infalibles”. La fe anclada en evidencia resiste la tormenta; la fe basada solo en emoción naufraga.

En segundo lugar, al que duda. Hay multitudes a nuestro alrededor —en talleres, en oficinas, en universidades— que no son incrédulos por maldad, sino por ignorancia. Nunca han escuchado el otro lado. Solo han oído las objeciones, nunca las respuestas. Presentarles, con paciencia y claridad, las pruebas de nuestra fe, es a menudo el medio que Dios usa para sacarles de la duda a la luz.

En tercer lugar, al incrédulo declarado. Aunque desprecie el Evangelio, tiene derecho a que le mostremos que nuestra fe no es una fábula ingeniosa, sino la verdad más sólidamente atestiguada de la historia. Y aunque él rechace la luz, nuestra fidelidad en mostrarla deja sin excusa su incredulidad.

Por eso, el estudio de las evidencias no es un lujo para teólogos; es un deber para todo discípulo. Lucas, el médico amado, al comenzar su Evangelio, dice que escribió “habiéndolo investigado todo diligentemente desde el principio, para que conozcas bien la verdad de las cosas en las cuales has sido instruido” (Lucas 1:3-4). Dios quiere que conozcamos bien, no a medias, la verdad.

II. La naturaleza de la prueba: no demostración matemática, sino prueba moral

Al entrar en este estudio, debemos entender qué clase de prueba podemos esperar. Algunos exigen una demostración matemática de la verdad del cristianismo, tan irrefutable como que dos y dos son cuatro. Pero eso es pedir lo que la naturaleza del caso no permite, ni lo que Dios ha prometido dar.

Las verdades matemáticas se prueban por demostración. Las verdades históricas, por testimonio. Las verdades morales, por evidencia moral. Nadie exige probar con una ecuación que Julio César existió; le basta el testimonio de la historia. Nadie pide una demostración geométrica de que su madre le ama; le basta la prueba moral de una vida de sacrificio.

Dios trata con nosotros como seres morales, no como máquinas de calcular. Él nos ha dado una cantidad de evidencia suficiente para convencer a toda mente honesta y dispuesta, pero no tanta como para forzar a la voluntad rebelde. Como dijo Pascal, hay luz suficiente para aquellos que desean ver, y oscuridad suficiente para aquellos que desean no ver.

La expresión que usa Lucas en Hechos 1:3 es profundamente significativa: “A quienes también, después de haber padecido, se presentó vivo con muchas pruebas infalibles”. En griego, en pollois tekmēriois — con muchos indicios, señales, pruebas que llevan a una conclusión cierta. No dice “con demostraciones lógicas irresistibles”, sino con pruebas infalibles, es decir, pruebas que no engañan, que conducen a un veredicto seguro a quien las pesa honestamente.

¿Qué son estas pruebas? Son acumulativas. Ninguna por sí sola quizá convenza, pero todas juntas forman un haz de luz tan poderoso que disipa toda tiniebla razonable. Es como un cable: está compuesto de muchos hilos delgados; ninguno de ellos por sí solo podría sostener un gran peso, pero trenzados juntos, sostienen el puente colgante. Así son las evidencias del cristianismo.

Pesar las pruebas significa, entonces, no mirar un solo hilo, sino el cable entero. No tomar una dificultad aislada y magnificarla, sino poner en la balanza todo el peso de la evidencia positiva y ver hacia dónde se inclina.

III. Diez principios para pesar las pruebas con justicia

Para que este ejercicio sea justo y provechoso, debemos establecer desde el principio algunos principios sanos de juicio. De otro modo, examinaremos las evidencias con una balanza trucada. He aquí diez reglas de oro que todo investigador honesto debe observar:

1. Principio de la Honestidad Intelectual. — Debemos desear sinceramente conocer la verdad, sea cual sea. Si empezamos diciendo “yo no quiero que el cristianismo sea verdad”, ya hemos pervertido el juicio. El juez que entra al tribunal con el veredicto ya escrito no es juez, es verdugo. “Bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios” (Mateo 5:8) — también verán la verdad. La pureza de intención es condición para la claridad de visión.

2. Principio de la Competencia del Testigo. — Toda verdad histórica descansa en testimonio. Debemos preguntar: ¿Es el testigo competente? ¿Tuvo oportunidad de saber la verdad? ¿Estuvo en el lugar, en el tiempo? Los apóstoles no repitieron rumores; dijeron: “Lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos contemplado, y palparon nuestras manos” (1 Juan 1:1). Ellos fueron testigos oculares durante tres años y medio.

3. Principio de la Veracidad del Testigo. — ¿Es el testigo honesto? ¿Qué gana con mentir? Los testigos del cristianismo no ganaron dinero, fama ni poder. Ganaron persecución, cárcel, tortura y muerte. Los hombres no mueren como mártires por lo que saben que es mentira. Sufrir por una ilusión es posible; morir por una impostura que uno mismo ha inventado es moralmente imposible.

4. Principio del Número de Testigos. — En la ley mosaica, y en toda jurisprudencia sana, “por boca de dos o tres testigos se decidirá todo asunto”. El cristianismo no descansa en un solo hombre. Cristo se apareció a María Magdalena, a las mujeres, a Pedro, a los dos de Emaús, a los diez, a los once, a más de quinientos hermanos a la vez, a Jacobo, a todos los apóstoles, y por último a Pablo. Doce apóstoles, setenta discípulos, quinientos testigos a la vez: es una nube de testigos.

5. Principio de la Coherencia Interna. — Un testimonio falso, por muy bien tramado que esté, siempre acaba contradiciéndose. Examinad la Biblia: sesenta y seis libros, escritos por unos cuarenta autores, durante mil quinientos años, en tres continentes, en tres idiomas, por reyes y pastores, por doctos e indoctos, y sin embargo un solo plan, una sola historia, un solo Salvador desde Génesis hasta Apocalipsis. Esa unidad en medio de tanta diversidad es un milagro moral tan grande como cualquier milagro físico.

6. Principio de la Conformidad con la Experiencia. — Una teoría verdadera debe explicar los hechos. El cristianismo explica lo que ninguna otra filosofía explica: la grandeza y la miseria del hombre, su capacidad para lo sublime y su propensión a lo vil, su anhelo de eternidad y su esclavitud a la muerte. Dice que el hombre fue creado a imagen de Dios —he ahí su grandeza— pero que cayó —he ahí su miseria—. Ninguna otra clave abre todas las cerraduras del alma humana.

7. Principio de los Efectos Observables. — “Por sus frutos los conoceréis”. Si el cristianismo fuera falso, sus efectos serían malos o nulos. Pero ved la historia: donde ha ido el Evangelio puro, han ido la libertad, la educación, el hospital, el orfanatorio, la dignidad de la mujer, la abolición de la esclavitud, la compasión por el pobre. El Evangelio no solo salva almas para el cielo; levanta sociedades en la tierra. Un árbol malo no puede dar frutos buenos.

8. Principio de la Imparcialidad en las Dificultades. — Toda verdad profunda tiene dificultades. Hay dificultades en la astronomía, y no por ello dejamos de creer en las estrellas. Hay dificultades en nuestra propia existencia, y no por ello dudamos de que existimos. Es deshonesto magnificar las dificultades del cristianismo y minimizar sus evidencias, mientras hacemos lo contrario con el escepticismo. Pesemos ambas cosas en la misma balanza.

9. Principio de la Voluntad y la Luz. — Jesús dijo: “El que quiera hacer la voluntad de Dios, conocerá si la doctrina es de Dios” (Juan 7:17). Hay una conexión inseparable entre la obediencia y la iluminación. El hombre que vive en pecado y ama su pecado, encontrará siempre una excusa intelectual para rechazar a Cristo, porque no quiere que Cristo sea Señor. La incredulidad es a menudo no un problema de la cabeza, sino del corazón. “Dicen en su corazón: No hay Dios” (Salmo 14:1) — el deseo precede a la negación.

10. Principio de la Prueba Personal. — Finalmente, hay una prueba que corona todas las demás: la prueba de la experiencia personal. “Gustad y ved que es bueno Jehová”. El Evangelio invita: Ven y prueba. Miles y millones pueden testificar: “Yo era ciego, y ahora veo. Yo estaba cargado de culpa, y ahora tengo paz. Yo era esclavo del pecado, y ahora soy libre”. Esta prueba interna, del Espíritu Santo dando testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios, no se puede transferir, pero es irrefutable para quien la posee. Es la prueba del catador, del que ha probado el agua de la fuente y sabe que sacia.

He aquí, pues, nuestra tarea en los capítulos siguientes: tomar estas muchas pruebas infalibles —la profecía cumplida, los milagros atestiguados, la resurrección demostrada, el carácter de Cristo sin par, la transformación de los apóstoles, la existencia de la Iglesia, la experiencia cristiana— y pesarlas, no con la balanza del prejuicio, sino con la balanza de la justicia.

Invito al lector a que haga conmigo este acto solemne. Ponga a un lado, por un momento, lo que ha oído decir contra la Biblia. Olvide burlas y sarcasmos. Venga como un jurado que va a escuchar un caso de vida o muerte —porque de hecho lo es— y escuche toda la evidencia antes de dictar veredicto.

Si lo hace con corazón honesto y buena voluntad, tengo plena confianza, bajo Dios, de que llegará a la misma conclusión a la que llegó aquel antiguo investigador, Lucas, el médico amado: que estas cosas son ciertísimas, y que podemos saber con certeza la verdad de las cosas en las cuales hemos sido instruidos.

Porque la fe cristiana no es credulidad. Es la más razonable de todas las cosas: confiar en Aquel que ha dado muchas pruebas infalibles de que es digno de toda nuestra confianza.

— Fin del Capítulo I —
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Arthur T. Pierson — Muchas Pruebas Infalibles
Original 1908 — Reedición Juan Bta. García Serna — Zaragoza, 2026
Para gloria de Dios

Edición de letra mediana para lectura fácil — Impresión permitida para uso personal y congregacional sin fines de lucro.

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