DISCURSOS EVANGÉLICOS
Juan C. Varetto
Tercera Edición 1926
Buenos Aires
Junta Bautista de Publicaciones.
CAPÍTULO I
SAN PABLO EN ATENAS
Huyendo de la persecución que se había levantado en Tesalónica, el apóstol Pablo dirigió sus pasos hacia Atenas. Había dejado la obra al cuidado de sus fieles compañeros y entraba solo en la ilustre ciudad de Grecia.
Atenas era el centro de cultura más floreciente del mundo antiguo. Era la cuna de la civilización y de la libertad. La morada de grandes oradores, jurisconsultos y políticos. El punto al que acudían poetas y escritores para escuchar las armonías del lenguaje humano. Allí los filósofos establecían sus escuelas, y los artistas exponían las bellezas de una arquitectura adornada con los más afamados monumentos y estatuas.
Era una ciudad ilustre, más ilustre que Jerusalén y aún más ilustre que Roma. Pero el fugitivo que, huyendo de Tesalónica, hizo su entrada según relata el capítulo 17 de los Hechos de los Apóstoles, aunque estaba despojado de todos los atavíos de la grandeza terrena, era más ilustre que Atenas y que sus preclaros ciudadanos.
Atenas sería por algunos días la palestra donde el gran atleta cristiano
desplegaría sus energías. Y, como en todas partes, no se avergonzaría del
nombre del Crucificado, a quien había aceptado como su Maestro y Señor.
Pablo estaba solo. Podemos imaginarlo transitando por las calles y plazas bulliciosas de la gran capital sin tener un amigo ni un hermano con quien conversar. Y mientras tanto, “su espíritu se deshacía en él viendo a la ciudad entregada a la idolatría”.
¿Dónde empezaría la obra? ¿En qué sitio levantaría el estandarte de Cristo que tan triunfalmente había llevado a otras ciudades? ¿Por qué medios podría alcanzar a ese pueblo para quien era portador de un mensaje divino?
El Ágora era una inmensa plaza llena de monumentos y altares. Había en ella gran cantidad de pórticos donde los filósofos reunían a sus discípulos para enseñar las ideas de sus sistemas. Era el punto de reunión de los políticos que defendían tal o cual causa. Además, era el mercado de la ciudad, una especie de feria donde miles de personas se congregaban diariamente. Y como en aquel tiempo no había diarios ni revistas, “todos los atenienses y los extranjeros que allí vivían no entendían en otra cosa sino en oír o decir alguna cosa nueva”.
La sinagoga había sido el medio para ponerse al tanto de los acontecimientos de la ciudad y para contactar a los judíos. El Ágora lo sería para alcanzar a los griegos. Pablo iba todos los días a esa plaza y allí hablaba personalmente con quienes podía.
Algunos filósofos epicúreos, defensores del sensualismo, y otros estoicos, que enseñaban el sufrimiento y la abstinencia, discutían con Pablo. Sin forzar la imaginación es fácil ver al apóstol presentándoles a Cristo vivo como Aquel que todo lo arregla cuando entra a reinar en nuestro cuerpo mortal.
Estas discusiones no pasaron inadvertidas. Pronto la gente empezó a decir: “¿Qué quiere decir este palabrero?” “Parece que es predicador de nuevos dioses”.
Estos rumores llegaron a oídos de los hombres influyentes. Queriendo oír a Pablo en un lugar silencioso y tranquilo, lo llevaron al Cerro de Marte, donde tenía su sede el tribunal llamado Areópago.
El viajero que hoy visita la vieja Atenas todavía puede ver las ruinas del
grande y suntuoso edificio levantado sobre aquella colina. Allí se reunía esa
asamblea que podríamos llamar el Senado, o tal vez la Suprema Corte de Grecia.
Ese tribunal lo componían hombres que por su erudición habían merecido ser
elevados a esa altura.
¡Qué momento para Pablo! ¡Qué oportunidad excepcionalmente buena para exaltar a Cristo!
“¿Podremos saber qué es esta nueva doctrina que dices?” —preguntan los areopagitas— “porque pones en nuestros oídos cosas nuevas; queremos, pues, saber qué quiere decir esto”.
Pablo, puesto de pie en medio del Areópago, pronunció aquel célebre discurso que forma parte de las piezas selectas de la oratoria griega. Neánder dijo de él que es la “prueba viva de su sabiduría y elocuencia apostólica”. Y De Wette, que es “un modelo de enseñanza apologética”.
“Pasando y mirando vuestros santuarios, hallé también un altar en el cual estaba esta inscripción: AL DIOS NO CONOCIDO. Aquel, pues, que vosotros honráis sin conocer, a este os anuncio yo”.
Después de estas admirables palabras de introducción, continúa su discurso que aparece en el capítulo que estamos examinando. En él hallamos estos tres puntos principales sobre los cuales deseo hablar brevemente, contando para ello con vuestra cariñosa indulgencia:
- Una severa condenación de la idolatría — v.29
- Una enfática llamada al arrepentimiento — v.30
- Una solemne advertencia sobre el juicio venidero — v.31
Dejemos por un momento a Atenas, a Pablo, al Ágora, al Areópago y a todo ese conjunto de celebridades para meditar sencillamente en estos tres puntos del discurso.
La idolatría era un pecado universal en el mundo antiguo. La cultura de Roma y de Atenas no había podido librar a los pueblos representados por ellas de la aberración de rendir culto a dioses que tienen ojos, pero no ven; oídos, pero no oyen; manos, pero no palpan y pies, pero no andan.
Acostumbrado ya Pablo a adorar a Dios en espíritu y en verdad, no podía menos que sufrir al ver una ciudad tan adelantada en muchas cosas y a la vez tan atrasada en la más importante de las ciencias: la ciencia de honrar a Dios.
Con toda fineza, y al mismo tiempo con toda firmeza varonil, los ataca sobre este particular y se expresa terminantemente en contra de la forma como los griegos adoraban a la divinidad. Entre otras cosas les dice: “El Dios que hizo el mundo y todas las cosas que en él hay, no habita en templos hechos de manos”. “No hemos de pensar que la Divinidad sea semejante a oro, o a plata, o a piedra, escultura de artificio o de imaginación de hombres”.
Y ahora cabe preguntarnos: ¿No debemos nosotros atacar el culto de las
imágenes que practica la Iglesia de Roma? ¿No es más condenable la idolatría de
una iglesia que se llama cristiana que la idolatría de los paganos? La
respuesta cae como una lápida. No hay corazón cristiano que no sienta que hoy
es su deber atacarla como lo fue para Pablo en los comienzos del cristianismo.
El segundo punto es sobre el arrepentimiento. “Dios —les dice— habiendo pasado por alto los tiempos de esta ignorancia, ahora manda a todos los hombres en todos los lugares que se arrepientan”.
El arrepentimiento es el primer paso y la primera experiencia en la vida espiritual. Fue predicado por el austero Juan el Bautista a las multitudes que lo seguían. Fue predicado por el Señor cuando dio comienzo a su misión. Cuando en Pentecostés Pedro salió a predicar a la multitud, levantó su voz llamándolos al arrepentimiento. Y ahora es Pablo quien señala la misma necesidad a los areopagitas, y quien nos deja sentado el hecho de que es Dios quien lo manda y que lo manda a todos los hombres.
El estado pecaminoso de la masa humana, del cual la idolatría es un reflejo, impone la necesidad del arrepentimiento. Y esta necesidad se hace más evidente teniendo en cuenta el juicio, punto final del discurso en Atenas: “Por cuanto ha establecido un día en el cual ha de juzgar al mundo con justicia, por aquel varón al cual determinó; dando fe a todos con haberlo levantado de los muertos”.
¿Habéis pensado, amados creyentes, en que un día todas vuestras acciones,
palabras y pensamientos aparecerán ante el gran tribunal del Señor? ¿Habéis
pensado en qué condición os halláis para poder estar en pie en aquel día?
Notad que el Juez será Cristo, el mismo que hoy se te ofrece para ser tu Salvador. Debes aceptarlo, y en el día del juicio, en lugar de condenarte como Juez, te defenderá como Abogado.
¿Cuáles fueron los resultados de este discurso?
En los cuatro últimos versículos del capítulo podemos verlo. Allí hallamos que los oyentes se dividieron en tres clases.
1. Los burladores
No bien Pablo habló de Cristo resucitado, los areopagitas se burlaron. Tal vez creyeron que eso era demasiado infantil. No podían detenerse a averiguarlo y era más fácil contestar al apóstol con una carcajada. En todas las épocas hallamos hombres del mismo temperamento. Sabios en las cosas terrenales, pero tan ciegos en las espirituales que todo les parece absurdo. Todo lo someten al fallo de su limitada razón, pero no dejan que la razón trabaje ni le dan la libertad necesaria para comprobar la realidad o falta de realidad de una afirmación. Cuando no pueden comprender una cosa a primera vista se ríen y creen con esto haber vencido la dificultad. Hubo de estos en Atenas.
2. Los indecisos
La segunda clase la componían aquellos que dijeron: “Te oiremos acerca de esto otra vez”. ¿Miedo, tal vez? Esta es otra clase de oyentes que siempre está presente en toda reunión. Oyen y quedan indecisos. Hay en ellos una lucha. El poder de Dios obra en sus corazones impulsándolos a aceptar a Cristo, pero temen caer en el fanatismo o ser víctimas de un falso entusiasmo y resuelven postergar el asunto hasta otra ocasión. Esta prudencia es buena cuando se trata de responder a lo que los hombres nos proponen, pero en el caso del evangelio, siendo Dios el que nos llama, esta prudencia es locura. Lo que se requiere no es dejar para el mañana incierto un asunto cuya postergación nos coloca en el peligro de perdernos para siempre, sino tomar una pronta y firme decisión.
Leyendo el capítulo siguiente se dice que “pasadas estas cosas, Pablo partió de Atenas”. De modo que los que pensaron oír a Pablo en otra ocasión jamás tuvieron tal oportunidad. Hoy es el día de salvación. Hoy debemos aceptar a Cristo. Hoy debemos resolver entrar por la puerta estrecha y andar por el camino angosto que conduce a la vida.
3. Los que creyeron
La tercera está representada por las personas que figuran en el último versículo, que dice: “Mas algunos creyeron, juntándose con él; entre los cuales fue también Dionisio el areopagita, y una mujer llamada Dámaris, y otros con ellos”.
Cuando se predica el evangelio, aunque es lamentable tener que encontrarse con los que se burlan y con los que postergan, hay siempre algunos que creen; algunos que oyen mezclando fe y que pasan de muerte a vida mirando con los ojos de la fe al que murió por ellos en la cruz.
Ahora, amados oyentes, permitidme unas preguntas que deseo dirigir a cada uno de vosotros. ¿Sois vosotros de aquellos que se burlan mirando con ironía estos asuntos sagrados? Espero que no. ¿Hay entre vosotros algunos que después de haber oído el evangelio permanecéis indecisos esperando resolver este urgente asunto en el mañana incierto que nunca llega? Si hay alguno que así mira la cuestión, rompa con valor la cadena de la indecisión y en este mismo momento resuelva creer en Cristo, dándole cuerpo, alma, espíritu, vida y corazón, porque Él es digno de nuestro todo.
Quiera el Señor que haya aquí muchos hombres como Dionisio y muchas mujeres
como Dámaris; muchos que crean en Cristo; muchos que se junten con los que
confiesan su nombre.
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