Muchas Pruebas Infalibles

ARTURO T. PIERSON

AL LECTOR

El que ha escrito estas páginas se encontró una vez caminando hacia la profunda obscuridad de la duda. Principiando por los fundamentos, escudriñó por sí mismo, hasta que halló las pruebas amplias de que la Biblia es el Libro de Dios y Cristo el Hijo de Dios. Fue como hallar la propia salida de un bosque denso a la plena luz del día.

Otros están todavía en las tinieblas: y estos capítulos son los árboles señalados, que indican el paso por el cual un hombre ha salido del bosque. Quizá alguno más puede ensayar el mismo camino con el mismo resultado.

INTRODUCCIÓN

CAPÍTULO I

Pesando las Pruebas

 La importancia del estudio de las Evidencias del Cristianismo

La importancia del estudio de las evidencias del cristianismo, que establecen el derecho de la religión de Cristo como la única y sola divina, no puede ser bien encarecida ni exagerada.

Todo conocimiento es bueno, deseable en sí mismo y por razón de la potencia que añade al carácter; pero especialmente el conocimiento es necesario cuando ayuda a crear o confirmar nuestra fe en las grandes verdades de nuestra santa religión.

Las enseñanzas de la Biblia son a la vez tan peculiares y tan importantes, que es uno de nuestros primeros deberes y privilegios alcanzar una certidumbre de convicción en cuanto al origen divino de las Sagradas Escrituras, y el carácter y la misión divinos de Jesucristo.

Debía alcanzarse esa seguridad. Si cualquier legislador humano dirigiera a sus súbditos las leyes más elementales tocante a sus deberes como ciudadanos, esos súbditos tendrían derecho a pedir buenas y plenas pruebas de que cualquiera que hubiera escrito o compuesto esas leyes, lo hacía con autorización del rey y que él era su propio autor. Ningún súbdito quedaría satisfecho si no encontrara la gran firma y sello reales en el decreto; de lo contrario, probaría la intención de algún traidor o enemigo de engañar o traicionar a los súbditos y aún de trastornar las leyes vigentes.

 

Si por consiguiente Dios ha dado al género humano la revelación de su voluntad sobre materias de primer momento, no puede caber duda de que es en algún modo evidente un camino infalible, señalado por su mano; lleva en su mismo aspecto la firma y el sello de Dios: hay muchas pruebas infalibles para satisfacer la duda honrada.

Necesitamos no temer el tomar posiciones fuertes y es especialmente necesario en estos días. El catedrático Fairbairn, en su reciente discurso en el seminario de la Unión, observaba que se ha hecho necesario un cambio completo en la dirección de la defensa del cristianismo, debido al cambio de posición por parte de sus enemigos. El deísmo del siglo pasado concedió mucho al admitir los derechos de la religión natural. Ahora todo se niega y todo debe probarse; pero admitiéndolo así, todo lo verdadero debe ser capaz de prueba.

Dios no podría pedirnos nada que no fuera recto y razonable, y no sería razonable ni recto que nos pidiera tener por concedido que la Biblia es el libro del mismo Dios, sencillamente porque ella lo dice así o alguien lo sostiene o aún porque cierto número de personas lo creen honradamente.

El mismo Dios nos dio facultades intelectuales para pesar con ellas la evidencia y quiere que ensayemos la verdad y la falsedad, probando todas las cosas y reteniendo lo bueno. No hay excusa para dudar donde tenemos medios para conocer. La ignorancia voluntaria es culpable.

Cualesquiera que sean las dudas, pues, que no surjan de un corazón depravado y de obstinación para ser convencido, desaparecerán cuando las pruebas se vean y examinen.

Ha habido muchos incrédulos cándidos, pero nunca uno que haya estudiado cuidadosamente las evidencias del cristianismo. Mr. Hume se declaraba príncipe de los escépticos, como Voltaire lo era de los escarnecedores, y tenebrosas, en verdad, eran aquellas profundidades de duda en las cuales le sumergían sus especulaciones. Él decía de estas especulaciones: «De tal modo han obrado sobre mí y caldeado mi cerebro que estoy dispuesto a rechazar toda creencia y razonamiento, y ni siquiera puedo considerar una opinión como más probable y verosímil que otra.»

Y, sin embargo, aunque aparentando gran diligencia en la investigación de la verdad y empleando sus hermosas facultades y cultura para destruir la fe en el Evangelio, confesaba, como el Doctor Johnson nos dice, que no había leído nunca, ni siquiera el Nuevo Testamento con atención.

Siempre que uno que duda honradamente se acerca a mí, me siento perfectamente tranquilo diciéndole en su cara: «Usted nunca ha estudiado las pruebas y es probable que nunca haya examinado atentamente la Biblia.» Y esta flecha nunca deja de dar en el blanco.

Hace unos cinco años me pusieron en relación con un hombre que se enorgullecía de sus opiniones escépticas y se jactaba de no dejarse engañar por la credulidad de los cristianos. Me arriesgué a sacar la consabida flecha de la aljaba. Yo le decía: «Señor, usted nunca ha estudiado a fondo la Biblia.» Él desviaba mi flecha, diciendo muy positivamente: «En eso se engaña usted, pues la Biblia me es familiar desde mi niñez.» Y sin embargo a los diez minutos había demostrado que no conocía la diferencia entre Job y Lot, y creía que era Job quien había vivido en Sodoma y habitado con sus hijas en la cueva.

Si hay por el mundo algún incrédulo cándido que haya estudiado fielmente la Biblia y las pruebas del cristianismo, no ha sido hallado todavía.

Antes de terminar esta argumentación, hemos de llamar la atención hacia dos ingleses eminentes que convinieron en asaltar el cristianismo: pero con objeto de conducir el asalto con los mayores éxito y destreza, convinieron también, en primer lugar, en examinarlo completamente; pero, cuando empezaron a escudriñar de buena fe las Escrituras, ya no pudieron dudar de que la Biblia es la Palabra de Dios, y así Gilbert West y Lord Lyttelton se convirtieron e hicieron defensores de la misma fe que iban a atacar.

Un estudio cuidadoso de las pruebas hace creyentes inteligentes

Una fe no firmemente fundada sobre buenas pruebas no merece el nombre de fe, pues la base de toda fe o confianza verdaderas es la creencia, que es el asentimiento de la mente o el entendimiento a la verdad sostenida con pruebas adecuadas.

Creemos algunas cosas por la evidencia de los sentidos; otras cosas por el testimonio de los demás; y aún otras por la evidencia de la razón; en cada caso hay en el fondo de la creencia alguna forma de evidencia o prueba.

Tratar de hacer más amplia y más firme la base del conocimiento sobre la que descansa nuestra fe, es demostrar respeto hacia nuestra propia facultad de pensar y respeto hacia el Creador que nos ha honrado confiriéndonos tan nobles facultades. Si Él hubiera querido que fuéramos simples esponjas, para que nuestros padres o maestros nos hubieran puesto a embeber en alguna clase de depósito lleno de sus nociones de la verdad y nada más.

Hay un género de duda que es enteramente recto, y de esa clase es la duda del que no cree lo que no tiene razón para creer y de lo cual no tiene prueba, como verdadero. La inteligencia está dotada de facultades de investigación, reflexión, razón para que podamos examinar concienzudamente la evidencia y así decidir lo que es verdadero y lo que es falso.

Habla a nuestra razón, quien nos dio la razón. Apela a ella aún en Su misma Palabra. Nos manda estar siempre dispuestos a dar contestación a cualquiera que nos pide una razón por la esperanza que está en nosotros. Esta contestación implica conocimiento.

Dios mismo, pues, no nos pide fe ciega. Deberíamos saber lo que creemos y por qué lo creemos. Nada debe aceptarse si no se basa en la mayor evidencia; creer sin reflexión puede ser abrazar ciegamente el error y la falsedad.

Igualmente es cierto, puesto que Dios da la Biblia para guía de todos los hombres, que las pruebas de que esta es Su Palabra no serán difíciles de encontrar ni de ver; se encontrarán y entenderán claramente, como la firma y el sello del decreto real, por la mayor parte de las gentes.

Este es un día de duda. El escepticismo se ha extendido más que nunca. Está en nuestros libros, en la conversación de nuestros amigos, en el mismo aire que respiramos, se va infiltrando suavemente en las mismas iglesias de Cristo. Debe ponernos en guardia.

Estas pruebas, si se las examina con candidez, curarán todas las dudas honradas. El mucho escepticismo nace de un corazón depravado por la incredulidad, que se aleja de Dios con motivo de una voluntad perversa y mala, opuesta a Dios. Ni toda la evidencia hará desvanecer semejantes dudas a menos que el corazón cambie; estos incrédulos no se persuadirían, aunque vieran levantarse a un muerto. Pero todas las dudas honradas cederán ante las pruebas de un hecho o una verdad.


 

 





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