Libro de Job (Cap.6)
Job dijo: “¡Oh, que pesasen justamente mi queja y mi tormento!” (v. 2), señalando que lo que expresó se debía a su sufrimiento. Pero ahora indica que sus palabras fueron una precipitación (v. 3), motivadas por el duro dolor, por el cual no sabía cuál era realmente la razón. Al cristiano no corresponde saber, con toda precisión, cuáles son los planes de Dios. ¡Qué lección podemos aprender de la humildad de Job! que cuando uno yerra, lo mejor es la rectificación. Un espíritu de arrepentimiento y humildad siempre será aceptado por Dios.
Job exclama, en su circunstancia de aflicción: “¡Quién me diera que viniese mi petición, y que mi anhelo lo otorgase Dios!” (v. 8). La respuesta a la oración es un gran estímulo al creyente que invoca a Dios de todo su corazón, pero no siempre lo que pedimos entra en los sabios planes de Dios. Al igual que la experiencia de Job, el cual sufrió la aflicción, también el cristiano, en cierta medida y en otro contexto, pasará por circunstancias que requieren resignación, siempre con la mirada de fe de que Dios tiene todo bajo absoluto control. Por ello, no hay desesperación.
Job considera que posee una gran debilidad ante su situación, y por ello expresa: “¿Cuál es mi fuerza para esperar aún? ¿Y cuál es mi fin para que tenga paciencia aún?” (v. 11). Y continúa: “¿Es mi fuerza la de las piedras, o es mi carne de bronce?” (v. 12). “¿No es así que ni aun a mí mismo me puedo valer, y que todo auxilio me ha faltado?” (v. 13). Y exclama: “Pero mis hermanos como un torrente me han traicionado” (v. 15). La situación de Job era turbulenta, pues todo lo había perdido, y ahora, inclusive, la comprensión de sus amigos. En tales circunstancias, ¿qué podría hacer el patriarca Job, sino desesperarse en su aflicción, en la cual no encontraba un alivio que le condujese a la consolación? Así puede suceder a quien espera ayuda, y lo que halla, en su lugar, es una auténtica incomprensión.
Job se dirige a Dios: “Enseñadme, y yo callaré; hacedme entender en qué he
errado” (v. 24). “¡Cuán eficaces son las palabras rectas! Pero, ¿qué reprende
la censura vuestra?” (v. 25). Job entiende que nada nuevo aportan las palabras
de su amigo, y por ello escucharle no merece la pena. ¡Cuántos consejos se
divulgan de personas que sin tacto y amor aconsejan, pensando que sus palabras
llevan en sí la correcta corrección, pero que más bien dañan a quienes
necesitan ayuda! Aconsejar sabiamente es un talento de Dios, y que no todos
tienen por carecer de un conocimiento de la palabra de Dios, que es la única
que ilumina a dar consejos que no solamente apelan a la mente, sino que también
tocan el corazón. ¡Sé un buen consejero dejándote guiar por Dios, y aparca tus
opiniones que no conllevan consolación!
Comentarios
Publicar un comentario