JOB (Cap.41)
Dios continúa hablando a Job, indicándole que todo lo creado está bajo su absoluto control. ¡Qué gran aliento saber que toda la creación no actúa por sí misma, sino que está sujeta al mandato del Dios Creador! ¿Qué sucedería si toda la creación, incluyendo al ser humano, estuviese sin una divina y sabia dirección? No sería sino sólo un caos este mundo sin la mano todopoderosa de Dios. “¿Quién será aquel que diga que sucedió algo que el Señor no mandó?” (Lam. 3:37).
Dios le dice a Job: “¿Quién, pues, podrá estar delante de mí?” (v. 10). Y
así dijo el rey y profeta David: “El limpio de manos y puro de corazón; el que
no ha elevado su alma a cosas vanas, ni jurado con engaño” (él estará delante
de la presencia de Dios) (Sal. 24:4).
¿Hay algo debajo del cielo que no esté bajo el control de Dios? ¡Lee con
atención lo que el Señor expresó, cuando dijo! “Todo lo que hay debajo del
cielo mío es” (Job 41:11). Una falacia es pensar que el hombre tiene todo bajo
su control, pero en la realidad sólo es “un peón”, con una gran necesidad de
una auténtica dependencia de Dios. El profeta y rey David así se expresó:
“Cuando veo tus cielos, obra de tus dedos, la luna y las estrellas que tú
formaste, digo: ¿Qué es el ser humano para que en él pienses, la humanidad para
que te ocupes de ella?” (Sal. 8:3-4).
Aun las cosas inanimadas obedecen al Creador: “Hace hervir como una olla lo
profundo del mar” (v. 31). Y así hace con todo elemento de la naturaleza, que
el ser humano con sorpresa observa, y tantas veces es incapaz de dar solución
al problema de una naturaleza que “caprichosamente” opera, sin que el hombre
nada pueda hacer contra la fuerza de la naturaleza. ¿Por qué se empaña el ser
humano en actuar como si Dios no existiera? Tal necedad hace que la humanidad
siga su camino, y, por consiguiente, ello acarrea su consecuencia.
Hay un gran enemigo, que es el diablo, que ciega toda clase de
inteligencia, haciendo creer al hombre que sólo él y nadie más puede solucionar
toda emergencia, sea ésta de la índole que sea. Algunas cosas podrá y puede
hacer el ser humano, ya que Dios le ha dado inteligencia, pero hay otras que
están fuera de su capacidad de comprenderlas. ¡Cuán importante es reconocer
nuestras deficiencias, y recurrir al Dios que nos habla con toda claridad a
través de las Sagradas Escrituras, y que nadie debería desconocerlas, ya que en
ellas encontramos al Creador y sus sabios designios para el hombre existente en
la tierra!
Le animo a que lea que en Cristo Jesús hay una vida eterna, y que la muerte
física no es el final, sino el principio de una vida verdadera, y que aquí
estamos de “paso” hacia otra vida imperecedera que Dios ha prometido a todos
aquellos que en Él crean: “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado
a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en Él cree, no se pierda, mas
tenga vida eterna” (Jn. 3:16). ¡Huyamos de la “hueca” y falsa filosofía de que
después de la muerte nada queda! Esto equivaldría a negar lo que Dios nos
enseña.
El pecado de altivez ciega al hombre para que no entienda la verdad, y no
busque a Dios con sinceridad, y la oración del salmista es: “Infunde, Señor, tu
temor en ellos; ¡conozcan las naciones que solo son seres humanos!” (Sal.
9:20). “El malvado, por la altivez de su rostro, no busca a Dios; no hay lugar
para Dios en ninguno de sus pensamientos” (Sal. 10:4).
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