HECHOS (Cap.1)

Juan C. Varetto

“LOS HECHOS DE LOS APÓSTOLES”

EXPLICADO


DOS GRANDES PROMESAS

Printed in Argentina

Impreso en la Argentina

Se terminó de imprimir en la Imprenta Metodista, calle Fragata Sarmiento 1085, Buenos Aires, 28 de marzo de 1952.

Reedición: Juan Bta. García Serna

Zaragoza, 2026

HECHOS 1:1-11

RVR1960


1 En el primer tratado, oh Teófilo, hablé acerca de todas las cosas que Jesús comenzó a hacer y a enseñar,
2 hasta el día en que fue recibido arriba, después de haber dado mandamientos por el Espíritu Santo a los apóstoles que había escogido;
3 después de haber padecido, se presentó vivo con muchas pruebas indubitables, apareciéndoseles durante cuarenta días y hablándoles acerca del reino de Dios.
4 Y estando juntos, les mandó que no salieran de Jerusalén, sino que esperaran la promesa del Padre, la cual, les dijo, oísteis de mí.
5 Porque Juan ciertamente bautizó con agua, mas vosotros seréis bautizados con el Espíritu Santo dentro de no muchos días.
6 Entonces los que se habían juntado le preguntaron, diciendo: Señor, ¿restituirás el reino a Israel en este tiempo?
7 Y les dijo: No os toca a vosotros saber los tiempos o las sazones, que el Padre puso en su sola potestad;
8 pero recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra.
9 Y habiendo dicho estas cosas, viéndolo ellos, fue alzado, y le recibió una nube que le ocultó de sus ojos.
10 Y estando ellos con los ojos puestos en el cielo, entre tanto que él se iba, he aquí se pusieron junto a ellos dos varones con vestiduras blancas,
11 los cuales también les dijeron: Varones galileos, ¿por qué estáis mirando al cielo? Este mismo Jesús, que ha sido tomado de vosotros al cielo, así vendrá como le habéis visto ir al cielo.

I. El libro. El libro de los Hechos de los Apóstoles, que nos proponemos comentar en estas pláticas y notas, es uno de los más inspiradores de toda la antigua literatura cristiana. Es el primer capítulo de la Historia de la Iglesia en el cual su autor se propone dar por sentada la gloriosa resurrección de Jesucristo, la cual enciende en el ánimo de los discípulos un ardor que nunca habían conocido en tanta intensidad, y que les impulsa a dar un vigoroso testimonio de su fe en aquel en quien habían creído el día cuando por él fueron llamados a seguirle.

Oigamos al respecto algo de lo que dice Crisóstomo en sus famosas Homilías: “Su lectura no nos será menos provechosa que la del mismo Evangelio, pues abunda en máximas de sabiduría, verdades doctrinales y relato de milagros obrados por el Espíritu Santo. Merece ser leído con atención y cuidadosamente comentado. Vemos allí el cumplimiento de las promesas hechas por Jesucristo. En él la verdad brilla con toda la claridad de la historia, y después de la venida del Espíritu Santo, los apóstoles parecen hombres renovados. Los veréis recorrer en rápido vuelo, continentes y mares, y de tímidos que eran antes, ser hechos repentinamente valerosos. Desprecian las riquezas y la gloria, y se muestran superiores al enojo, a la voluptuosidad y otras pasiones. Todas las cosas son admirables en este libro, pero principalmente su lenguaje simple y familiar con que los apóstoles, bajo la dirección del Espíritu Santo, explican el modo de lograr nuestra salvación”.

II. El autor. El autor de este libro es San Lucas, autor también del tercer Evangelio, quien dedicó ambos tratados a un cristiano de distinción llamado Teófilo, a quien llama “excelentísimo”.

San Lucas es el único escritor no judío de todos los que compusieron la Biblia. Fue compañero de San Pablo en algunos de sus viajes misioneros (Hechos 16:10; 20:5-13). Era un hombre de talento, médico de profesión. Escribe con claridad, pero a la vez con erudición, en un estilo verdaderamente clásico. San Pablo lo menciona como a uno de sus colaboradores (Filemón 24); lo llama “médico amado” (Col. 4:14); y cuando el apóstol preso en Roma y cercano a ser ejecutado se vio abandonado por todos, escribió estas palabras que revelan su fidelidad de hermano y compañero de tareas: “Lucas sólo está conmigo” (2ª Tim. 4:11).

Escribía como verdadero historiador, informándose diligentemente de todo lo que deseaba dar a conocer. Así lo manifiesta a Teófilo en el prólogo de su Evangelio.

III. La tarea confiada. Cuarenta días estuvo Jesús en la tierra después de su gloriosa resurrección, apareciendo en repetidas ocasiones a sus discípulos para confirmarles “con muchas pruebas indubitables” de que él era el vencedor del sepulcro y la muerte.

Una gran tarea les iba a ser confiada y antes de que salieran a cumplirla el Señor los estaba preparando. Leemos que durante este tiempo les hablaba del reino de Dios, de aquel reino que nunca se corromperá, según está predicho en Daniel el profeta. Eran la manada pequeña a la cual el Padre se complace en darles este reino, pero antes de verlo triunfante tendrían que pasar por el fuego de la persecución y hacer frente a tremendas luchas.

Para poder afrontarlas y evangelizar al mundo era menester que fuesen revestidos de un poder divino nunca antes manifestado entre los hombres. No pueden depender de ellos mismos, porque ni el entusiasmo natural, ni la más genuina sinceridad, ni los más denodados esfuerzos, podrán romper las barreras de la adversidad que hallarán en el camino. Lo único que puede valerles es el poder del Espíritu Santo.

Tienen que prepararse, como se preparan los soldados que salen a combatir, pero en su caso la preparación consistirá en esperar, velar y orar hasta que se cumpliese la promesa del Padre. Ya veremos al ir estudiando las páginas de este admirable libro cómo supieron depender del Espíritu para el cumplimiento de la misión que les había sido confiada, lo cual hace decir a San Pablo que todo lo que hizo para implantar el evangelio entre los gentiles lo hizo “en virtud del Espíritu de Dios” (Rom.15:19). Toda obra genuinamente misionera misionera se efectúa de esta manera y no con armas carnales, pues de lo contrario termina en una lamentable derrota. Los recursos materiales para hacer frente a los gastos que la empresa demanda, el estudio juicioso del campo y de los problemas que hay que afrontar son necesarios, pero completamente inútiles si el poder de Dios no los santifica. Solamente hombres revestidos de este poder son los que pueden predicar eficazmente y ganar almas para Cristo.

El campo de acción que se les asigna es nada menos que todo el mundo. Tienen que ir hasta lo último de la tierra y predicar a toda criatura. Los dioses de las gentes pertenecían a un determinado pueblo, nación o tribu, pero el evangelio es de carácter universal ya que puede llenar las necesidades del corazón humano. Todos los hombres necesitan los beneficios que emanan de la obra redentora de Cristo y por ello debían franquear los límites de la Palestina y llevar el mensaje salvador a todas las naciones.

A pesar de las palabras tan claras del Señor resucitado, la idea de la universalidad del evangelio entró muy lentamente en el ánimo de los discípulos, quienes parecen haber entendido que se trataba de predicar a los judíos que estaban en todo el mundo. Tenían que ser testigos de las cosas que habían visto y oído y particularmente de la resurrección del Señor.

IV. La ascensión. Cuando Jesús terminaba de darles este mandamiento fue alzado a los cielos envuelto en una nube, y fue entonces que, cuando aún estaban con los ojos puestos en el cielo, dos varones se pusieron junto a ellos diciéndoles que al que ahora veían subir lo verían descender otra vez a la tierra. Así se renovaba, por palabras de ángeles, la promesa más tarde llamada “bienaventurada” del segundo advenimiento de Cristo.

Esta no iba a tener lugar tan pronto como ellos en su amor llegaron a creerlo, pero la visión de un día esplendente cuando verán al Señor rodeado de gloria y acompañado de un cortejo angelical, les infundió ánimo, mayormente en los tiempos de crueles persecuciones; y esta esperanza es la que sostiene a la iglesia y la alienta todavía, la cual mirando a lo alto continúa diciendo: “Ven, Señor Jesús”.

Recordemos que viviendo fortalecidos y guiados y con la mirada puesta en el día del segundo advenimiento, y tan sólo así, es que podrán los cristianos dar un vigoroso testimonio de Él y evangelizar a los millones que aún viven sin Dios y sin esperanza en el mundo. La promesa del Espíritu Santo, ya cumplida, y la de la segunda venida del Señor, nunca deben perderse de vista para ser victoriosos en la carrera de la fe.

HECHOS 1:1-11

  1. Hacer y enseñar. Lucas dice que el Señor obró y enseñó, y en su Evangelio leemos que fue poderoso “en obra y en palabra” (Luc. 24:19). Las obras están primero y las palabras después. Son las obras las que dan autoridad y fuerza a las enseñanzas. El que se limita a enseñar sin hacer todo lo que está a su alcance para aliviar las cargas que soportan los que sufren hambre, desnudez, enfermedades y otras calamidades, no está imitando al Maestro.
  1. Pruebas indubitables. Para convencer de que su resurrección no era una visión sino un hecho real sopló sobre ellos; comió con ellos; habló con ellos; caminó con ellos, etc. Diez apariciones del Señor después de resucitar:
  1. A María Magdalena. Juan 20:11-18.
  1. A dos discípulos en el camino a Emaús. Luc. 24:13-31.
  1. A Pedro. Luc. 24:34.
  1. A los apóstoles, con Tomás ausente. Juan 20:19-23.
  1. A los apóstoles, con Tomás. Juan 20:26-29.
  1. A varios junto al mar de Galilea. Juan 21:1-24.
  1. A los apóstoles en Galilea. Mat. 28:16-20.
  1. A quinientos. 1 Cor.15:6.
  1. A Jacobo. 1 Cor.15:7.
  1. A los once en la Ascensión. Luc. 24:50-53.
  1. ¿Restituirás el reino a Israel? Los discípulos tenían la idea de un reino terrenal que los libraría del poder de los romanos que entonces dominaban el país. Les preocupa saber si ya ha llegado ese tiempo tan anhelado. Al contestarles el Señor les hace saber que ellos tienen una misión más importante que la de hacer averiguaciones sobre tiempos o sazones.
  1. Tiempos indica los períodos largos de la historia, sazones los más breves relacionados con algún acontecimiento aislado.

 

 

 


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