Estudio Bíblico Expositivo (VII)
EFECTOS DEL DISCURSO DE SAN PEDRO
HECHOS 2:37-41
RVR1960
37 Al oír esto, se compungieron de corazón, y dijeron a Pedro y a los otros apóstoles:
Varones hermanos, ¿qué haremos?
38 Pedro les dijo: Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre
de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu
Santo.
39 Porque para vosotros es la promesa, y para vuestros hijos, y para todos los
que están lejos; para cuantos el Señor nuestro Dios llamare.
40 Y con otras muchas palabras testificaba y les exhortaba, diciendo: Sed
salvos de esta perversa generación.
41 Así que, los que recibieron su palabra fueron bautizados; y se añadieron
aquel día como tres mil personas.
LAS ESCRITURAS Y EL ESPÍRITU. Dos cosas caracterizaron al discurso de Pedro frente a las multitudes: El respeto a las Sagradas Escrituras, las cuales cita para dar autoridad a lo que afirma, y el poder del Espíritu Santo que acompañó a sus palabras.
Vemos aquí que “la Palabra de Dios es viva y eficaz y más penetrante que toda espada de dos filos, que alcanza hasta partir el alma, y aun el espíritu y las coyunturas y tuétanos: y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón” (Heb.4:12), pues hace sentir a quienes la escuchan la necesidad de buscar una puerta de escape para no caer en una ruina irreparable.
Lo que ellos habían visto con sus ojos tenía confirmación en lo que habían escrito por inspiración divina los santos varones de la antigüedad. Bien pudo más tarde Pedro escribir: “Tenemos también la palabra profética más permanente a la cual hacéis bien de estar atentos” (2ª Ped.1:19).
Pero la Palabra de Dios sólo tiene eficacia cuando la acompaña la obra del Espíritu Santo. El Señor les había dicho que enviaría al Consolador el cual “redargüirá al mundo de pecado, de justicia y de juicio” (Juan 16:8), y aquí vemos el fiel cumplimiento de aquella promesa, pues los que escucharon el poderoso sermón del apóstol se sintieron compungidos de corazón; culpables y miserables, merecedores de un fuerte castigo.
Para que la predicación tenga eficacia y sea de bendición a los oyentes se requiere que el predicador predique la Palabra de Dios y que esté inflamado del fuego del Espíritu.
II. ¿Qué haremos? Convencidos de la tremenda gravedad del pecado cometido al rechazar y hacer crucificar al Mesías, lanzan desesperados la angustiosa pregunta: ¿Qué haremos? Es decir: ¿cómo podemos escapar al castigo que tiene que sobrevenir a los culpables de esta iniquidad?
La respuesta no se dejó esperar, señalándoles Pedro el seguro camino del arrepentimiento y del bautismo. Arrepentimiento significa literalmente cambiar de pensamiento, reconocer que uno estuvo equivocado y que, a sabiendas o por ignorancia, se ha pecado contra Dios o contra sus semejantes, y cuando el arrepentimiento es genuino va acompañado de un profundo dolor y de una firme resolución de cambiar de actitud. Es el primer paso en la conversión.
Pedro añade que el arrepentimiento tiene que estar seguido del bautismo en el nombre de Jesucristo, lo que implica reconocerlo como Salvador, hacer pública profesión de fe personal en su nombre y creer que murió para redimir. El que se arrepiente y acepta a Cristo, hechos que declara al ser bautizado, recibe la remisión de pecados. La palabra remisión significa el cancelamiento absoluto de todos los pecados cometidos, cosa que San Pablo expresa con mucha claridad en Col. 2:13. No se trata de un perdón a medias que deja al pecador en la duda mortificante, es una gracia sobreabundante que inunda el corazón de una beatífica alegría.
Otra bendición a la que se refiere Pedro es la del don del Espíritu Santo.
Alguien podría haberse preguntado si ese Espíritu que ellos habían recibido era
una gracia que alcanzaría a todos. ¡Sí! La promesa era para ellos, para sus
hijos, para los que estaban en tierras lejanas a quienes el evangelio pronto
les sería anunciado, en fin, para todos los llamados a participar de este
festín espiritual.
La pasión apostólica de Pedro se ve en el hecho de que “con muchas otras palabras” seguía exhortando a sus oyentes a que fuesen salvados de la perversa generación en medio de la cual vivían. Sabían bien que la totalidad de los habitantes no abrazaría la fe y que una calamidad desastrosa llegaría pronto para castigar a la ciudad deicida, pero los que quisiesen evitarla podrían lograrlo abrazando la fe en el Mesías resucitado. Y es así, como entonces, y también ahora, tenemos que salir del mundo, de la generación perversa, y formar un pueblo apartado de pecado y de maldad.
Los resultados del sermón fueron maravillosos. Tres mil almas recibieron el
mensaje salvador y por medio del bautismo fueron añadidas al número de los
discípulos.
Era la gran cosecha de
la siembra hecha en gran profusión por Juan el Bautista, por el Señor mismo y
por aquellos a quienes él enviara. Era la Pentecostés espiritual que llenaba de
gozo y gratitud al pueblo de Dios que presenciaba el más positivo y santo de
los despertamientos espirituales que han sacudido al mundo.
Mientras recordamos este avivamiento del pasado pongamos nuestra mira en el que está predicho para el futuro y al que Pablo llama “vida de los muertos” (Rom.11:15)
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Compungidos de corazón. Es decir, heridos
como por un dardo u otro instrumento cortante. Es lo que hizo en este caso el
sermón de Pedro. No fue sólo un pasajero efecto de sentimentalismo sino una
profunda conmoción que les llevó a buscar el remedio para el gran mal del cual
se sentían culpables.
38 ¿Arrepentimiento o
penitencia? Las versiones hechas por traductores católicos generalmente usan la
expresión “hacer penitencia” en lugar de arrepentimiento. Evidentemente es una
traducción hecha con fines sectarios sin tener en cuenta el significado literal
de la palabra griega metanoesate que significa cambiar de
pensamiento. El arrepentimiento es una cosa muy diferente a la penitencia que
los sacerdotes imponen en el confesonario.
39.
Están lejos. Algunos ven en esta frase una
referencia a los judíos esparcidos por el mundo; otros, entre ellos Calvino,
Bengel, Lange, a los paganos de las naciones.
41
Añadidos. Los que se convierten no deben vivir
aislados sino identificados a los demás creyentes, para mantener juntos el
testimonio del evangelio, edificarse mutuamente y aprender las cosas enseñadas
por el Señor.
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