Estudio Bíblico Expositivo (VI)

EL DISCURSO DE SAN PEDRO

SEGUNDA PARTE

HECHOS 2:22-36

RVR1960


22 Varones israelitas, oíd estas palabras: Jesús nazareno, varón aprobado por Dios entre vosotros con las maravillas, prodigios y señales que Dios hizo entre vosotros por medio de él, como vosotros mismos sabéis;
23 a éste, entregado por el determinado consejo y anticipado conocimiento de Dios, prendisteis y matasteis por manos de inicuos, crucificándole;
24 al cual Dios levantó, sueltos los dolores de la muerte, por cuanto era imposible que fuese retenido por ella.
25 Porque David dice de él: Veía al Señor siempre delante de mí; porque está a mi diestra, no seré conmovido.
26 Por lo cual mi corazón se alegró, y se gozó mi lengua, y aun mi carne descansará en esperanza;
27 porque no dejarás mi alma en el Hades, ni permitirás que tu Santo vea corrupción.
28 Me hiciste conocer los caminos de la vida; me llenarás de gozo con tu presencia.
29 Varones hermanos, se os puede decir libremente del patriarca David, que murió y fue sepultado, y su sepulcro está con nosotros hasta el día de hoy.
30 Pero siendo profeta, y sabiendo que con juramento Dios le había jurado que de su descendencia, en cuanto a la carne, levantaría al Cristo para que se sentase en su trono,
31 viéndolo antes, habló de la resurrección de Cristo, que su alma no fue dejada en el Hades, ni su carne vio corrupción.
32 A este Jesús resucitó Dios, de lo cual todos nosotros somos testigos.
33 Así que, exaltado por la diestra de Dios, y habiendo recibido del Padre la promesa del Espíritu Santo, ha derramado esto que vosotros veis y oís.
34 Porque David no subió a los cielos; pero él mismo dice: Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi diestra,
35 hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies.
36 Sepa, pues, ciertísimamente toda la casa de Israel, que a este Jesús a quien vosotros crucificasteis, Dios le ha hecho Señor y Cristo

La resurrección de Jesucristo. La resurrección de Jesucristo es la piedra angular del cristianismo. Por eso San Pedro en este discurso, lo mismo que todos los que anunciaban el evangelio, le dan una extraordinaria importancia. Si Cristo fue resucitado su divinidad queda comprobada y su doctrina y obra reciben el sello de la aprobación de Dios. Si no fue resucitado todo el edificio por Cristo levantado mediante su ministerio se derrumba, y vana es la fe e ilusorias las esperanzas de aquellos que lo recibieron por Maestro y Señor.

Por eso los corifeos de la incredulidad, en todos los tiempos, se ingeniaron para dar explicaciones naturales a la fe en la resurrección de Cristo, de la cual los discípulos tenían tan profunda y bien arraigada convicción, la que los impulsaba a ir por todas partes haciendo resonar esta nota jubilosa: “Ha resucitado el Señor verdaderamente” (Luc. 24:34).

Un antiguo predicador, Jorge Burder, dijo: “La seguridad de este hecho (la resurrección) es de alcances incalculables. Es el pilar sobre el cual se apoya todo el edificio cristiano, y si el Sansón de la incredulidad pudiese moverlo, todo se derrumbaría. Pero ¡bendito sea Dios! no abrigamos este temor pues hemos creído no en “fábulas por arte compuestas” pues esta gran verdad está confirmada “con muchas pruebas infalibles” y nuestra fe en ella puede descansar segura.”

No es posible creer que la resurrección fue inventada por los apóstoles para salvar al cristianismo de una ruina irreparable, como algunos lo han supuesto. El testimonio que ellos daban iba acompañado de la más indiscutible sinceridad. Si hubieran estado enseñando una cosa que ellos sabían era una monstruosa falsedad no hubieran tenido éxito en su empresa. San Pedro no hubiera visto a tres mil almas convertidas en un día, pues la mentira no convence ni gana la fe de una multitud, y si llega a ganarla, pronto la pierde porque no tarda en ser descubierta. Tampoco hubieran tenido el valor necesario para sufrir persecuciones y llegar hasta el más acerbo martirio.

Pero habían visto a su Señor ser vencedor de la muerte, habían oído sus palabras, sus promesas y sus últimos mandamientos, y por eso daban un testimonio valiente con un entusiasmo vigoroso que se propagaba como las llamas de un voraz incendio. Los mismos incrédulos han tenido que reconocer que los discípulos no estaban engañando a sus oyentes; y cambiaron de táctica diciendo que eran ellos los que estaban engañados; que eran sinceros pero ilusos de que había resucitado.

Este miserable estilo popularizó lo que se dio en llamar la teoría de las visiones, según la cual María Magdalena, yendo al sepulcro siendo aún obscuro creyó ver en el jardín de José de Arimatea, donde estaba el sepulcro, algo que sólo estaba en su cerebro y en su corazón apasionado, y salió a decir a los discípulos que Jesús vivía. “Poder divino del amor —exclama Renan— momentos sagrados en que la pasión de una mujer alucinada lega al mundo un Dios resucitado.” Desde ese momento todos creen ver a Jesús y afirman enfáticamente que ha resucitado.

Neander, en Alemania; de Pressensé, en Francia; de Godet, en Suiza, y otros apologistas de bien merecido renombre, han demostrado que la hipótesis de las visiones, tan bellamente presentada, no puede llegar jamás a la categoría de un axioma, pues carece en absoluto de consistencia.

Su costado traspasado por la lanza dio testimonio. Tomás exigió ver, y su exigencia fuele ampliamente satisfecha, y al quedar desvanecidas sus dudas, exclama conmovido: “Señor mío y Dios mío” (Juan 20:24-28)

¡Cristo vive! y por virtud de su muerte y resurrección vivimos los que en él confiamos. Estábamos muertos en delitos y pecados, pero ahora tenemos vida eterna. El cuerpo de nuestro Señor transformado por el poder de Dios dejó vacía la tumba donde había sido colocado. Nosotros esperamos la redención de nuestro cuerpo y podemos con Job mirar al futuro glorioso y decir: “Yo sé que mi Redentor vive, y al fin se levantará sobre el polvo; y después de deshecha esta mi piel, aun he de ver en mi carne a Dios; al cual yo tengo de ver por mí, y mis ojos lo verán, y no otro, aunque mis riñones se consuman dentro de mí” (Job 19:25-27)

HECHOS 2:22-3

22. Maravillas, prodigios y señales. Las maravillas son todos los hechos sobrenaturales de Cristo. los prodigios son, de un modo particular, los milagros por él realizados. Las señales son todas las pruebas que dio durante su carrera terrenal de la divinidad y origen celestial de su persona y de su misión. Los que presenciaban las obras de Cristo tenían las prueba ante sus ojos de que el hombre que las hacía no era un impostor, obrando por marte mágica, sino un enviado de Dios, que los llamaba al arrepentimiento y al camino de la vida eterna.

 23.Entregado por determinado consejo y providencia de Dios. Lo que Pedro quiere es que la muerte de Cristo no fue el triunfo del poder del mal, pues ya estaba determinado por Dios desde toda la eternidad. Era el Mesías, y si lo había hecho morir, no era porque careciese del poder necesario para evitar su muerte, sino porque Dios mismo quiso que así fuese, para obrar la redención.

27. No dejarás mi alma en el infierno. La palabra infierno no quiere decir aquí lugar de los condenados. Es la traducción de la palabra griega Hades que se usaba para indicar el lugar donde están los espíritus separados de los cuerpos. En lugar de infierno que tendría que decirse morada de los muertos. Por eso muchas veces se traduce por sepulcro.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 Por Dios desde toda eternidad. No era porque careciese del poder para evitar su muerte, sino porque Dios mismo quiso que así fuese, para obrar la redención.

  No dejarás mi alma en el infierno. La palabra infierno no quiere decir aquí lugar de los condenados. Es la traducción de la palabra griega Hades que se usaba para indicar el lugar donde están los espíritus separados de los cuerpos. En lugar de infierno tendría que decirse morada de los muertos. Por eso muchas veces se traduce por sepulcro.

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