Estudio Bíblico Expositivo (IV)

EL DÍA DE PENTECOSTÉS 

HECHOS 2:1-13

RVR1960


1 Cuando llegó el día de Pentecostés, estaban todos unánimes juntos.
2 Y de repente vino del cielo un estruendo como de un viento recio que soplaba, el cual llenó toda la casa donde estaban sentados;
3 y se les aparecieron lenguas repartidas, como de fuego, asentándose sobre cada uno de ellos.
4 Y fueron todos llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les daba que hablasen.
5 Moraban entonces en Jerusalén judíos, varones piadosos, de todas las naciones bajo el cielo.
6 Y hecho este estruendo, se juntó la multitud; y estaban confusos, porque cada uno les oía hablar en su propia lengua.
7 Y estaban atónitos y maravillados, diciendo: Mirad, ¿no son galileos todos estos que hablan?
8 ¿Cómo, pues, les oímos nosotros hablar cada uno en nuestra lengua en la que hemos nacido?
9 Partos, medos, elamitas, y los que habitamos en Mesopotamia, en Judea, en Capadocia, en el Ponto y en Asia,
10 en Frigia y Panfilia, en Egipto y en las regiones de África más allá de Cirene, y romanos aquí residentes, tanto judíos como prosélitos,
11 cretenses y árabes, les oímos hablar en nuestras lenguas las maravillas de Dios.
12 Y estaban todos atónitos y perplejos, diciéndose unos a otros: ¿Qué quiere decir esto?
13 Mas otros, burlándose, decían: Están llenos de mosto.

 

I.   Viento y fuego. Hacía ya diez días que los discípulos del Señor, en número de ciento veinte, estaban reunidos de común acuerdo en el aposento alto. De repente oyeron un fuerte ruido, como de un viento vehemente que hinchió toda la casa. “Viento —dice Calvino— que tuvo por objeto producir en ellos una sensación de temor; porque nunca estamos debidamente preparados para recibir la gracia de Dios, hasta que sea sojuzgada la confianza carnal. Porque, así como tenemos acceso a Él por la fe, es por la humildad y temor que se abre la puerta para que Él tenga entrada en nosotros.” Y aparecieron también lenguas como de fuego posándose sobre la cabeza de cada uno de ellos. “El viento —dice el comentador Alford— fue el vehículo por medio del cual el Espíritu Santo se manifestó al sentido del oído y el fuego al de la vista.”

 

Tanto en hebreo como en griego la palabra viento es la misma que espíritu, a tal punto que los traductores no están seguros de cuál deben emplear en ciertos pasajes de las Escrituras. El Espíritu Santo que ahora les era dado fue representado por los autores bíblicos ya por el óleo suave o la paloma inofensiva, pero ahora toma la forma de dos poderosos elementos de la naturaleza porque quiere significar que viene a revestirlos de la potencia necesaria para cumplir con la sagrada y difícil misión que les fue confiada por el Señor. Viento y fuego son también dos elementos purificadores. Sabemos en la Argentina cuáles son los efectos del viento denominado Pampero. Sopla con vigor después de días bochornosos y los seres vivientes que estaban sufriendo una fuerte y molesta depresión, se sienten reanimados por la frescura, y toda la naturaleza revive al ser purificado el ambiente que la circunda. El fuego consume los residuos malolientes y es en las ciudades un poderoso elemento de limpieza. El fuego intenso del crisol libra a los metales preciosos de toda escoria y materia extraña a su naturaleza. Así el viento y el fuego del Espíritu de Dios santifica a los creyentes.

 

II. Llenos. El Espíritu Santo se manifestó muchas veces antes de este memorable día. Insignes varones del Antiguo Testamento habían hablado bajo el influjo de su divina inspiración; Ezequiel lo invocó para que soplase sobre los huesos secos de su magnífica visión. Jesús dijo a sus discípulos que el Paracleto que les sería enviado estaba con ellos pero que vendría para estar en ellos.

Pero en todos estos casos, y en tantos otros que podrían citarse, el Espíritu es dado en vista de un fin especial y temporalmente, pero en Pentecostés vino para permanecer con la iglesia y en cada uno de los que la componen. Jesús dijo que sería dado para que estuviese con los suyos “para siempre” (Juan 14:16).

La iglesia es el templo del Espíritu (1ª Cor.3:16), y la misma cosa se dice del cuerpo del cristiano, razón por la cual debe ser limpio y conservarse ajeno a todo pecado (1ª Cor.6:19).

Todos ellos fueron llenados del Espíritu Santo y no solamente los apóstoles. Todos sin distinción de vocación, edad y sexo. No era así en los días del antiguo pacto cuando sólo era dado a determinadas personas y con un propósito especial. No lo recibieron escasa y pobremente, pues Dios quiere que los suyos se distingan por una vida pletórica de riquezas espirituales.

En los capítulos que siguen hallaremos con mucha frecuencia que fueron llenados del Espíritu Santo, pues si el recibirlo es una experiencia que tiene lugar una sola vez, el ser llenado ocurre muchas veces, ya sea al cumplirse una misión especial o cuando se anhela esta gracia, la que sigue a un tiempo de oración y comunión con Dios.

San Pablo exhorta a los cristianos de Éfeso a que sean llenos de Espíritu Santo, demostrándolo mediante una vida de alabanzas al Señor (Ef. 5:18,19). No se apague en el corazón del creyente la llama divina la cual hace que sea ardiente en espíritu y testifique resuelta y valientemente de lo que el Señor ha hecho en su vida.

III. El don de lenguas. Jerusalén estaba llena de forasteros, judíos y prosélitos nacidos fuera de Palestina, venidos con motivo de la gran festividad. Estos fueron grandemente sorprendidos oyéndoles glorificar a Dios en las lenguas de las lejanas regiones de donde procedían. De este modo se manifestaba la universalidad del evangelio, pues era la voluntad de Dios que todos los pueblos de la tierra fuesen llamados a participar de las inescrutables riquezas de su gracia.

Por eso fue dado ese don que provoca interrogaciones saludables y despierta el santo deseo de conocer los designios de Dios para con su pueblo. Las palabras que oyen no son obscuras ni incomprensibles, sino claras y significativas. Era un nuevo milagro que se producía en la tierra para confirmar el origen celestial de la nueva doctrina que se proclamaba.

Alguien ha dicho que el primer auditorio que tuvo la iglesia fue un mundo en miniatura para que la semilla del evangelio, sembrada en esta multitud, fuese llevada lejos, así como las aves llevan las de las plantas a lugares desiertos. Más tarde hallamos que en la iglesia de Corinto había manifestaciones de glosolalia, que así es llamado el hablar en lenguas extrañas, pero evidentemente el fenómeno se producía bajo la acción de un impulso que no era el que obró en Pentecostés, pues San Pablo se vio en la necesidad de corregir la irregularidad y desorden que producían aquellos que así hablaban.

En Corinto los que hablaban no eran comprendidos por los que se hallaban en la asamblea, lo que revela que se trataba de una imitación, que bien podía ser sincera pero que no conducía, pues ningún beneficio sacaban los que oían voces sin ninguna significación; y los de afuera que entraban en las reuniones en lugar de oír el mensaje salvador que podía producir en ellos el arrepentimiento y la fe, recibían la lamentable impresión de que todo aquel bullicio era una verdadera locura, fruto del fanatismo, cosa que el apóstol no niega y dice: “Doy gracias a Dios que hablo lenguas más que todos vosotros: pero en la iglesia más quiero hablar cinco palabras con mi sentido, para que enseñe también a otros, que diez mil palabras en lengua desconocida” (1ª Cor.14:18,19)

En Pentecostés el don de lenguas fue dado para beneficio de los forasteros que entendían claramente lo que oían. En Corinto, en cambio, no tenía razón de ser, pues los que estaban presentes hablaban el idioma común a todos los habitantes de la ciudad. ¿Con qué propósito podía serles dado un don que, en esa circunstancia, en lugar de dar a conocer la doctrina sólo serviría para entorpecer la obra que la iglesia debía cumplir tanto en los creyentes como en los inconversos? San Pablo prudentemente los llama a la cordura y pone delante de ellos la necesidad de buscar y cultivar un don “más excelente”, el don del amor que tiene siempre manifestaciones prácticas y edificantes, declarando que las lenguas “han de cesar”, mientras la fe, la esperanza y el amor permanecen”.

HECHOS 2:1-13

1. Pentecostés. Esta es una palabra griega que equivale a “quincuagésimo”. Se daba este nombre a la gran festividad que caía siete semanas después de la Pascua. Era la fiesta de la cosecha (Éx.23:16) en la cual ofrecían a Dios las primicias de los frutos de la tierra (Núm. 28:26; Lev. 23:17). Los cincuenta días que mediaban entre la Pascua y el Pentecostés eran los de la recolección del grano. Como se comprende era una festividad esencialmente agrícola, santificada por un profundo sentido de gratitud a Dios, dador de toda buena dádiva.

2. Repentinamente. “Leamos la palabra repentinamente con reverencia y oración, con la secreta esperanza de que el Señor puede en cualquier momento llenar nuestras casas de su presencia.” Parker.

3. Viento recio. “Era como decir a los apóstoles que nada podría detenerlos, y que ellos dispersarían a sus enemigos como el viento hace volar el polvo de la tierra.” Crisóstomo.

4. Juntóse la multitud. ¿Cómo alcanzar a las multitudes para evangelizarlas? es la pregunta que la iglesia se hace constantemente.  Este versículo nos da la respuesta. Es cuando el sonido que oye la ciudad viene de Dios, y el Espíritu Santo obra con poder en aquellos que han estado orando y esperando.

 

 

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