EXPOSICIÓN BÍBLICA (II)
EL APOSENTO ALT0
HECHOS 1:12-14
RVR1960
12Entonces volvieron a Jerusalén desde el monte que se llama del Olivar, el
cual está cerca de Jerusalén, camino de un día de reposo.
13 Y entrados, subieron al aposento alto, donde moraban Pedro y Jacobo, Juan,
Andrés, Felipe, Tomás, Bartolomé, Mateo, Jacobo hijo de Alfeo, Simón el Zelote
y Judas hermano de Jacobo.
14Todos éstos perseveraban unánimes en oración y ruego, con las mujeres, y con
María la madre de Jesús, y con sus hermanos.
I Un lugar tranquilo. Vemos en este pasaje a los discípulos cumpliendo fielmente lo que el Señor les había ordenado respecto a esperar en Jerusalén la venida del Espíritu Santo. Les fue dada una orden expresa de que así lo hiciesen, no una mera sugestión o consejo que podían acatar o no, y por eso ni bien hubo subido al cielo se pusieron en marcha hacia la ciudad. San Lucas, en el Evangelio, al referir este mismo hecho dice que lo hicieron “con gran gozo”, es decir, con el gozo que les infundía la seguridad de que Aquél en quien habían creído vivía y que volvería un día en gloria y esplendor. Habían pasado días de muy íntima e intensa comunión con él y esto los transportaba a las alturas de una sublime vida espiritual.
Suben al aposento alto y en ese lugar tranquilo tiene lugar la primera reunión de oración celebrada por la iglesia cristiana, en la que perseveran orando y rogando, unidos en una sola esperanza y un solo deseo. Esta unanimidad es indispensable para poder recibir las bendiciones que Dios quiere derramar sobre los suyos, y que nunca vienen si están divididos por celos y rivalidades que son obras de la carne y no frutos del Espíritu. El Señor les había dicho: “Si dos de vosotros se convinieren en la tierra, de toda cosa que pidieren, les será hecho por mi Padre que está en los cielos” (Mat. 18:19).
Esta unidad siguió manifestándose en la iglesia apostólica, como se verá en los capítulos subsiguientes, y es por eso que efectúa su obra pujante, conquistando almas para el reino de Dios. Jesús les había enseñado la necesidad de mantenerse unidos al decirles que un reino dividido contra sí mismo no puede permanecer, y sabiendo que sobrevendrían grandes fracasos si entraban divisiones entre ellos, oró intensamente (Juan 17) para que fuesen “una cosa”. El mundo creería si escuchaba un testimonio confirmado por la unidad y el amor de aquellos que lo daban. La experiencia confirma esta enseñanza. Donde hay unidad hay crecimiento, hay gozo y bendiciones, pero cuando ésta falta, la obra se convierte en una cosa mecánica y sin vida que conduce a la ruina espiritual y moral.
II. La mujer. Vemos aquí a las mujeres contadas junto a los hombres, cosa nueva en aquel pueblo y en aquel tiempo. Según las costumbres judaicas no eran admitidas en las asambleas de culto, ni en las sinagogas ni en el templo. Tal era la inferioridad en que se las tenía. Pero ahora, aun en esto “todas las cosas son hechas nuevas” y en Cristo Jesús no hay varón ni mujer. Ellas sirvieron al Señor y le ayudaron con sus haberes en sus empresas misioneras y dejó de ser una esclava de la sociedad.
Esta reunión en el aposento alto, que escandalizaría a judíos y gentiles, está mostrando que un nuevo campo de actividad es ofrecido a las que profesan la piedad, y el mundo moderno sabe cuánto la obra de evangelización y de beneficencia debe a las hermanas en la fe. Que las mujeres continuaron tomando parte en las reuniones de la iglesia lo demuestra el hecho de que San Pablo da reglas de cómo deben conducirse en ellas y dice: “Asimismo también las mujeres” cuando habla de la oración colectiva, 1ª Tim. 2:9, y 1ª Cor.11:5.
III. María. Entre las mujeres que se distinguen en aquella reunión se halla María la madre de Jesús. Es la última mención que de ella se hace en el Nuevo Testamento, por eso nada se sabe sobre sus últimos días en la tierra, ni cuándo ni dónde murió. Todo lo que sobre este particular se dice es mera leyenda, con marcas inequívocas de su inexactitud. El culto que a ella se le tributa, como las oraciones que se le dirigen, son cosas contrarias a las enseñanzas apostólicas. El dogma de su inmaculada concepción, su pretendida ascensión a los cielos, corporalmente como la de Cristo, su categoría de mediadora y abogada, son groseras herejías, pues San Pablo claramente enseña que hay un solo mediador entre Dios y los hombres el cual es Jesucristo.
El esfuerzo de los mariólogos para hacerla en todo igual a su Hijo, revela que quienes esto creen y enseñan han olvidado la insalvable distancia que hay entre lo humano y lo divino. María rodeada de sus hijos y amigos, ahora todos hermanos en la fe, orando juntos en el aposento alto, esperando la venida del Espíritu Santo, es una realidad histórica que inspira e instruye, un bello cuadro que anima al corazón del creyente a la par que muestra cuál es el lugar que ella ocupa en la mente de los primitivos cristianos para quienes nunca fue lo que sus extraviados adoradores pretenden que sea.
HECHOS 1:12-14
- Camino de un sábado. — Aproximadamente un
kilómetro. Esta era la distancia que según la tradición rabínica era
permitido caminar el día de reposo.
- Aposento alto. Era una habitación que tenían todas las
casas sobre el techo, el cual era de forma horizontal. A este aposento se
retiraban para orar, donde lejos del bullicio pudiesen hacerlo con más
devoción. En otros tres pasajes de los Hechos se menciona esta habitación.
(Hechos 9:37; 9:39; 20:8). También se dice de Pedro que subió a la azotea
a orar (10:9).
- Oración y ruego. Oración es la palabra
usada para toda plegaria que se dirige a Dios, sin referencia al fervor de
la misma. Ruego denota la insistencia del pedido de una cosa que mucho se
anhela recibir.
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